Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 33 de 61

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Un cuento perfecto

Capítulo 33

¿Lo harías?

El atardecer en Fira era bonito. Una chica tocaba, sentada junto a la fachada de lo que parecía una iglesia, un hang. La gente no dejaba de hablar y los niños gritaban. No sé David, pero yo, sentada en aquel murito, con las piernas colgando y el mar frente a nosotros, terminé por no escuchar nada más que la melodía que salía de ese extraño instrumento.

El cielo fue cambiando de color. Miré a David, cuyos ojos también cambiaban a medida que el sol se zambullía allá a lo lejos, volviéndose más cálidos si cabía, reflejando una luz naranja.

—Cuántos colores —dijo al descubrir que lo miraba.

—Como tu cara en el barco.

—Calla, canalla.

Me rodeó con el brazo y cogí aire. Cerré los ojos. Me sentí en paz.

Había algo en David…, algo, ALGO, que producía ese efecto. Sobre todo cuando no llevaba aquel bañador negro tan sexi.

Cenamos, con noche cerrada ya sobre nuestras cabezas, en uno de esos restaurantes para turistas que colgaban en la escalonada bajada de aquel acantilado que era Fira. Nos atendieron bien, pero nos dio la sensación de que todo sabía igual. Una ensalada griega, que no variaba de un sitio al otro, un poco de pollo, una pizza a medias… El vino me supo a rayos y fue David quien se lo terminó. Para él siempre estaba correcto.

Después compramos un helado en uno de esos locales que seguían abiertos hasta bien entrada la medianoche y paseamos. Se escuchaban las campanillas de los pobres burritos que recorrían sin parar la ciudad cargados con turistas poco concienciados con el respeto por los animales.

Los escalones de la ciudad resbalaban y nosotros caminábamos con los brazos entrelazados, como dos viejas. Estuve pensando en lo que

pareceríamos a ojos de otras personas y sentí cierta envidia de esa imagen que en realidad no existía, de esa pareja divertida y calmada que podrían imaginar en nosotros. Tuve envidia de una Margot que sentía, por fin, haber llegado a puerto con alguien que nunca exigiría de ella un imposible más allá de la inconsciencia de ser feliz.

—¿Has sabido algo más de Idoia? —le pregunté ya de vuelta en el hotel.

Había pasado por mi habitación para ponerme el pijama (un camisón de tirantes hasta el tobillo, de algodón, sin nada en especial) y lo encontré sentado en el borde de la piscina, mirando hacia el cielo.

—No —contestó sin mirarme.

—¿Le respondiste, verdad?

—Sí. —Asintió—. He dejado el móvil encima de la mesa. Léelo y dime qué opinas.

Me acerqué descalza a la mesa y cogí el teléfono, que no tenía código de seguridad para desbloquearlo. Idoia tenía que ser imbécil; era uno de esos chicos honestos…

Entré en WhatsApp pero, antes de leer la respuesta que había mandado a Idoia, me llamó la atención lo que podía leerse, sin tener que entrar a cotillear, en la última conversación que había mantenido. Era con Iván:

… de esas que no saben lo que valen. Algún gilipollas le habrá hecho creer que no es suficiente. Una lástima. Es preciosa.

Lo miré, fugaz. ¿Se referiría a mí?

—¿Lo encuentras? —Me miró y levantó las cejas.

—Sí. Perdona. —Abrí y lo leí presurosa—. Estaba asimilándolo. —Lo leí en voz alta—: «Podemos ser amigos, claro, pero aún recuerdo que decías que lo que menos te interesaba era mantener una amistad con alguien que no cumplió las expectativas. Piénsatelo bien porque, quizá, no sea buena idea».

—¿Crees que me he pasado? —Esbozó una sonrisa de lado…, preciosa.

—No. —Tragué saliva—. Esto la va a encabronar mucho. Idoia es de esas chicas que solo quieren lo que no pueden tener.

—Y cuando lo tienen, pierden el interés. —Respiró hondo y desvió la mirada hacia la piscina iluminada.

—Quizá esta vez le sirva de escarmiento.

—Quizá —repitió sin mirarme.

—¿Quieres una copa?

—¿Millón y medio de yenes por una copa del minibar? No, gracias.

Me acerqué a la sala de estar que separaba nuestras habitaciones y saqué dos cervezas de la neverita que había bajo el mueble. Se las enseñé y sonrió.

—Creo que eso puedo permitírmelo.

—David, deberías dejar de preocuparte por el dinero.

—No. —Me senté a su lado y le tendí la cerveza—. No puedo, Margot.

Hablas desde el privilegio que supone que ese no sea tu problema, pero… sí es el mío. No te sientas juzgada, por favor.

—No. Bueno…, me refería a durante este viaje. Yo te invité,

¿recuerdas?

—Y yo acepté. Pero no soy tu juguetito, ¿a que no? Por lo que tengo que pagarme mis cosas. En el fondo, me jode, pero… Idoia tenía razón.

Tengo que organizar mi vida o no podré rectificar.

—¿Y por dónde quieres empezar? —Brindamos con el culo de las cervezas.

—Por el piso. —Hizo una mueca—. Buscaré algo compartido cerca de Iván y Domi. Quiero seguir ayudando con Ada.

—Qué dulce eres, David —dije sin pensar.

Se volvió hacia mí con las cejas arqueadas. Cualquiera diría que

«dulce» significaba una ofensa en su idioma. A lo mejor me había pasado.

Quizá se me estaba yendo la olla ya con tanto David por aquí y por allá.

—¿Yo? ¿Dulce? ¡Qué va! —Se rio—. Eso es porque estás viendo solo esa parte de mí, pero te aseguro que no es la predominante.

—¿Me escondes algo?

Me miró, levantó las cejas significativamente y esbozó una sonrisa muy pilla.

—Y tanto…

—¿Como qué?

—No voy a picar —respondió.

—No sé a qué te refieres. —Di un trago a la cerveza.

—Te estás haciendo la tonta, cariño.

David se levantó de un salto y se quitó la camiseta, que tiró sin cuidado y que quedó colgando del respaldo de una de las sillas de la terraza.

—¿Qué haces?

—Me voy a dar un baño.

—Oye, oye… —Me reí—. Ahora no te pongas en plan canallita porque he dicho que eres muy dulce.

—¿No me puedo dar un baño? —Se desabrochó el pantalón y se lo quitó en dos tirones.

Pues nada. David en ropa interior delante de mí. Menos mal que estaba a trasluz y que no tardó en dejarse caer con los brazos en cruz al agua. La onda expansiva me alcanzó, llenando de gotas mi camisón.

—¡¡David!! —me quejé.

Antes de que pudiera ni siquiera imaginar sus intenciones, tiró de mis piernas y terminé dentro del agua con el camisón puesto, entre dos brazos que me arrastraban hacia el centro de la piscina.

—¡¡Eres idiota!! —Me carcajeaba, intentando zafarme.

—¿No era muy dulce?

Doy gracias a que el camisón fuera largo y no me permitiera entrelazar las piernas a su cintura. Me alejé cuanto pude.

—¿Y esa parte…?

—¿Qué parte? —preguntó flotando allí en medio.

—La que me escondes… ¿es la que le gusta a Idoia?

—A Idoia no tengo ni idea de qué le gusta de mí. Bueno…, en la intimidad no se queja, pero parece que fuera del dormitorio la aburro.

—Tú no puedes aburrir a nadie, David.

—A lo mejor es que soy muy creativo en la cama y siento un precedente que no puedo mantener si no es follando.

Podría decir que disimulé bien la sorpresa, pero… no lo hice. Abrí la boca y boqueé como un pez hasta que David se echó a reír a carcajadas.

—Pero ¡¿qué caras pones?!

—¡Déjame! No esperaba que te pusieras a hablar de tu destreza sexual.

—Mentirosa, has empezado tú. Oye…, ¿cuánto tiempo llevabais Filippo y tú juntos?

—No hables en pasado —me angustié—. Llevamos tres años.

—¿Es tu relación más larga?

—Sí. —Asentí—. Antes de él nada llegó a cuajar del todo.

—Oh, vaya. Una mujer fatal por aquí.

—Fatal, sí. Fatal depilada. ¿Y tú?

—Yo no me depilo, como puedes comprobar. —Se atusó el más bien escaso vello en el pecho.

—Me refiero a cuánto tiempo llevabas con Idoia.

—Nueve meses.

—Uau —me burlé—. Y apuesto a que ha sido tu relación más larga.

—Pues no, listilla.

—¿Estuviste un año con tu novia del insti? No, no, espera…, once meses.

—Salí durante cinco años con mi ex.

Abrí los ojos de par en par mientras apoyaba la espalda en el borde de la piscina.

—¿Perdona? ¿Cinco años?

—Sí. Estuve enamoradísimo de ella.

—¿Y qué pasó?

—Que nos queríamos como lo que éramos: unos críos. —Se encogió de hombros—. Teníamos veintidós años cuando rompimos, fíjate. Pero estoy seguro de que si la hubiera conocido ahora, me casaría con ella.

Me di la vuelta, mirando hacia el interior de la villa iluminada. No quería que me notara que aquel comentario me había molestado un poco. Y

no quería que me lo notara porque ni siquiera yo entendía por qué me sentía así.

—Pues búscala.

—Ahora ya es tarde —dijo situándose más cerca—. Lo jodimos todo.

—¿No crees en las segundas oportunidades?

—No.

Apareció a mi lado y se agarró del borde como yo, cruzando los brazos sobre él. Nos mantuvimos la mirada unos segundos.

—¿Puedo preguntarte algo íntimo?

—Te he sujetado la cabeza mientras vomitabas…, creo que sí.

—¿Con cuántos has follado?

Tragué y miré hacia delante.

—Joder con el niño, vaya preguntita. Pues… no llevo una lista.

—Venga…, dame un número. Un rango de números al menos. ¿Menos de cinco?

—Más.

—¿De cinco a diez?

Hice una mueca.

—¿Más de diez?

Le tapé la boca. Tenía los ojos muy abiertos.

—¿Me dejas ya en paz? —Le quité la mano.

—Eres una caja de sorpresas, Margarita.

—¿Es que una mujer no puede tener pasado sexual? ¿Tenéis que ser vosotros quienes nos enseñéis todo lo que sabéis y nosotras las que nos quedemos con una única experiencia en la vida?

—Ah, no, no. A mí que tú me digas que te has acostado con más de quince tíos…

—No he dicho eso…

—Pero yo lo he deducido. A mí eso me gusta.

—¿Por qué?

—Pues porque me da esperanza. Tienes un alma libre…

—No es cuestión de alma libre. Es que yo siempre pensaba que era el definitivo y luego veía que…, que no.

—No hables de amor para intentar ocultar el hecho de que te apetecía hacerlo. Y lo hiciste. Bravo por ti, pequeña Margot.

Hice una mueca.

—Seis —confesé—. ¿Y tú?

—Pues… también seis.

Los dos sonreímos mientras nos mirábamos.

—El siete es el número de la suerte —me dijo alejándose del bordillo—.

¿Y si de tu noche loca en Grecia sale el amor de tu vida?

—O el pollazo de mi vida. Anda, David…

—¿Qué?

—¿Qué noche loca voy a tener?

—¡Uy! ¿Cómo que qué noche loca vas a tener? ¿Te crees que todo va a ser tan tranquilito siempre? Espera a que lleguemos a Miconos. Quizá antes.

Tú te comes…

—¡¡No termines la frase!! —le advertí—. ¿Y tú qué haces mientras tanto? ¿Me aplaudes?

—Ah, no. A mí me gusta participar. —Me guiñó un ojo—. Yo mejor me busco otro plan y te voy dando la réplica en gemidos desde mi habitación.

—¿Lo harías?

Me solté del bordillo también y me acerqué.

—¿Qué de todo? ¿Gemir? Soy bastante expresivo, sí.

—No, idiota. Follarte a una desconocida en tu habitación.

Puso morritos y los acercó a la nariz poniendo una cara fea.

—Creía que me ibas a preguntar si me montaría un trío contigo y otro tío.

—¿De dónde te has sacado eso?

—Nada, nada…

Se alejó riéndose y en cuanto tocó el bordillo salió de la piscina de un salto.

—¡Oye! —le grité desde dentro de la piscina.

Tiró cerca del borde una toalla seca y se envolvió la cintura con otra.

—¿Qué? —preguntó echándose el pelo hacia atrás.

—¿Lo harías?

Se mordió el labio inferior mientras se reía.

—Sal del agua o te quedarás hecha una pasa.

—¡No me has contestado!

—Buenas noches, Margot.

—¡¡Oye!!

Lo vi adentrarse en la sala de estar, apagar todas las luces excepto la de una lámpara de pie y encender la de su dormitorio.

Buenas noches, David.

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