Vientos de guerra
VIII Diagnóstico: La Muerte
VIII
DIAGNÓSTICO: LA MUERTE
Por aquella época, como bien sabrás, Jasón [prosiguió Polémides], existían pocos programas de estudios de medicina; una persona podía denominarse médico y ofrecer sus servicios a cambio de unos honorarios.
Aunque más a menudo se designaba a un particular para socorrer a la población. Éste fue el caso de mi padre. Tenía don para ello. Los amigos que se veían afectados recurrían a él. Mi padre les aliviaba.
A partir de los años que pasó en el campo, mi padre adquirió conocimientos sobre plantas y kataplasmata, emplastos y purgas, entablillados, fijaciones e incluso cirugía: la práctica veterinaria popular que el agricultor aprende luchando por mantener su ganado sano y próspero. Más positivo era aún su sistema de brindar consuelo. En su presencia, las personas se sentían mejor. Mi padre veneraba a los dioses de la manera sencilla y franca en que se hacía en su época. Era creyente; sus amigos creían en él; funcionaba. Pronto acudieron a él. Así, Nicolaos de Acarnas, privado de los ingresos de su propiedad, se vio capacitado para mantener su nuevo hogar en la ciudad. Colgó el calzado de agricultor y empezó a ejercer como médico.
Conforme se iba extendiendo la epidemia se requerían cada vez más los servicios de mi padre. Meri, mi hermana, asumió el papel de ayudante y le acompañaba en sus visitas. Por aquella época yo también estaba en la ciudad. Me había casado y tenía un hijo. A menudo igualmente me desplazaba con mi padre y mi, hermana, más para proporcionarles seguridad con las armas en los barrios alejados donde se les reclamaba que para asistirles en sus prácticas médicas.
No soportaba a los enfermos. Me daban miedo. No podía quitarme de la cabeza que lo que había atraído su desgracia eran sus propios actos delictivos, mantenidos ocultos ante los mortales pero conocidos por los dioses. También me horrorizaba el contagio. Observaba la intrepidez de mi padre y mi hermana con temor reverente, admiraba la valentía que tenían
para penetrar en los habitáculos de los malditos. Recuerdo en especial una noche en la que fuimos reclamados a un barrio de chabolas, una especie de colmena hecha de tela y mimbre, sin ventilación de ningún tipo, donde el vaho de los moribundos se elevaba perniciosamente hacia los cielos. Por aquel tiempo estaba en su apogeo la locura de la religión de Teseo. Todo el callejón estaba abarrotado de astas 'de toro escarlatas. En todas las paredes se leía: Proseisin, «Están al llegar». La propia vecindad estaba atestada de inmigrantes, ancianos y niños, los forasteros que se habían apiñado en la ciudad en sus décadas de abundancia y se veían entonces aislados en su aflicción, muriendo como moscas. Ni todo el oro de Persia podía haberme seducido para entrar en aquel horrible lugar. Sin embargo, por allí desfilaban ellos, mi padre y mi hermana, armados tan sólo con su hatillo de plantas y un puñado de instrumentos médicos de poca utilidad: la varita para explorar, la lanceta y el espéculo.
Permíteme que te muestre algo, Jasón. Es el registro de prescripciones de mi padre; lo he guardado todos estos años.
Mujer, 30, fiebre, náuseas, convulsiones abdominales. Prescripción: digital y valeriana, purga con estricnina en vino. Diagnóstico: malo.
Bebé, 6 meses, fiebre, convulsiones abdominales. Prescripción: infusión de corteza de sauce, astringente de consuelda y eléboro en supositorios de cera de abeja. Diagnóstico: malo.
Al margen, mi padre anotaba sus honorarios. Los que llevan un círculo eran los pagados. Uno puede revisar entre veinte y treinta casos sin encontrar marca alguna. Pero vayamos más abajo. Fueron pasando los meses. La economía rige las entradas.
Hombre, 50. Peste. Muerte.
Niño, 2. Peste. Muerte.
Por aquel entonces yo tenía veintitrés años. No estaba dispuesto a morir ni tampoco a seguir cruzado de brazos mientras iban sucumbiendo mis seres queridos. Pero ¿qué podía hacerse? La impotencia te devoraba las entrañas. El padre de mi madre se quitó la vida, a pesar de no estar atacado
por la epidemia; el patriarca no soportaba tener que sobrevivir a otra generación de los que amaba. Mi padre y yo llevamos sus restos, en un carro de niño, pasando por la puerta denominada entonces de los Valientes, que ahora es la Puerta de las Lágrimas, hasta nuestra tumba, en el campo.
Nos acompañaron medio centenar de desconsolados; el desfile se extendía hasta el Anaceo. Los espartanos, después de completar el saqueo de la temporada, se habían retirado, dejando tan sólo algunas patrullas de caballería. Una de ellas nos siguió durante el recorrido de todo el camino de Acarnas. Su teniente nos exhortó a entrar en razón y a buscarla paz. «Esto no es la guerra —gritó, escandalizado su corazón de caballero ante el horror que se cernía sobre los niños y las mujeres—. Es el infierno.»
Yo mismo había visto muy poco de la nobleza de la guerra que pregonaban con tanta elocuencia los compatriotas de aquel mando, quienes me habían educado a mí. En Etolia, nosotros habíamos incendiado pueblos y envenenado pozos. En Acarnania utilizamos las espadas para degollar ovejas, sin detenernos siquiera a despellejarlas, arrojándolas al mar mientras se desangraban. La única batalla real que había visto yo era la de Mitilene bajo las órdenes de Laques, el jefe más capacitado, dejando aparte el espartano Brásidas y Alcibíades.
A éste le habían concedido el segundo premio al valor en el asalto al puerto espartano de Giteón, e iba a recoger otro en Delión, donde salvó la vida de su maestro Sócrates, en esta ocasión como oficial de caballería: en definitiva, uno «triple», por tierra, mar y a caballo. Ya entonces había introducido su primer carro de guerra en Olimpia, aunque su conductor había volcado, lo que le impidió concluir la hazaña.
Por aquellos días no tuve noticia alguna de Alcibíades. La epidemia había atacado su hogar con dureza. Además de Pericles, había perdido a su madre, Deinómaca, a una hija que le había dado su esposa Hiparete y a los dos hijos de su amante Cleonice, quien pereció poco después. Habían muerto asimismo sus primos, Paralos y Jantipo, al igual que Amiclas, la niñera espartana que se mantuvo leal pese a que su país la reclamó.
Fuera de los muros esperaba la guerra; en su interior, la epidemia.
Apareció luego el tercer azote: nuestros propios campesinos, desesperados por los dos primeros. Los más pobres actuaron antes. Empujados por la necesidad, empezaron a saquear las casas de los medianamente acomodados, es decir, los más desprotegidos, puesto que se habían quedado sin sirvientes y administradores, al haber desaparecido todos salvo los de
más confianza, quienes, a su vez, tuvieron que optar por el delito para poder pagar al médico o al sepulturero, oficios que venían a ser lo mismo. ¿De qué servía el dinero si uno no iba a vivir para gastarlo? El caballero sucumbía y legaba su hacienda a los hijos; éstos, previendo su inminente extinción, dilapidaban todo con la rapidez de un rayo, instigados por todo tipo de parásitos y sanguijuelas que olían el jugo en cuanto se derramaba.
Todo el mundo lo veía, Jasón. La enfermedad se llevaba la esposa y los hijos de un hombre; éste, privado de esperanza, prendía fuego a su propia vivienda y sobrevivía luego entumecido en la katalepsis, sin negar siquiera el delito a las autoridades que se apresuraban hacia el lugar de los hechos mientras las llamas consumían las posesiones de sus vecinos. Cerca de Leocorión, vi a un hombre destrozado por tales fechorías. Otros provocaban incendios por pura maldad. En cuanto oscurecía, la visión de las llamas se convertía en una distracción.
Por aquel entonces, mi hermano servía en la infantería bajo las órdenes de Nicias, en Megara; él y otros muchos iban y venían regularmente con partes. Cada vez insistía en que saliera de ahí. Enrólate como infante de marina, como remero en un buque de carga, lo que sea para abandonar esta antecámara del infierno, la ciudad asediada. Había enviado a su esposa Teonoe y a sus hijos a casa de unos parientes del norte; mientras tanto, mi esposa y mihijo seguían en Atenas.
«Están muertos —me dijo León con gran vehemencia—. Sus tumbas están ya excavadas. Lo mismo que ocurrirá con nuestro padre y con Meri, y con nosotros mismos si seguimos con la locura de quedarnos aquí.» Me decía esto una noche en que los dos bebíamos mano a mano, aunque no por placer sino para perder totalmente el juicio sin ningún rubor. «Escucha, hermano, tú no eres como esos mojigatos que ven la epidemia como una maldición de los dioses. Tú eres un soldado. Sabes que no hay que levantar un campamento en una ciénaga ni beber de un riachuelo que viene de un estercolero. ¡Echa una mirada a tu alrededor, muchacho! Nos encontramos entre la inmundicia como las ratas, diez personas amontonadas en un espacio para dos, y el aire que respiramos está contaminado por el amasijo de muertos.»
Este era el tipo de conversación de entonces. Tenlo en cuenta, Jasón.
Se anunciaba la verdad con la franqueza del condenado. La civilidad se arrastraba por el pestilente marasmo hacia el canal de desagüe con escrúpulos y miramientos. ¿Qué sentido tenía obedecer las leyes cuando
uno estaba ya sentenciado a muerte? ¿Por qué habría que honrar a los dioses cuando sus peores augurios resultaban insignificantes comparados con lo que estábamos soportando? En cuanto al futuro, encararlo con esperanza era una locura, contemplarlo con temor hacía aún más insufrible la aflicción presente. ¿A qué objetivo respondía la virtud? Comportarse con paciencia y sobriedad era un disparate; la irresponsabilidad y la búsqueda del placer, el sentido común. Resultaba absurdo postergar el deseo; socorrer a los afligidos constituía el camino más rápido para llegar al propio fin.
La desesperación engendraba descaro, la muerte lenta cortejaba la extinción. Las bandas deambulaban por las calles armadas con losas y travesaños, armas de las que podían afirmar que eran inofensivas cuando la autoridad les detenía, algo que no ocurría casi nunca. Aquellos bravucones garrapateaban bulderías en los edificios públicos, pintarrajeaban incluso los refugios de los muertos y nadie les paraba los pies. Cada acción insolente que quedaba impune generaba más desvergüenza. Esa escoria iba a la caza del forastero, cuanto más débil, mejor, y los apaleaba con una saña nunca vista. En más de una ocasión, mi padre y mi hermana, al acudir en auxilio de algún necesitado, se vieron obligados a atender a algún herido al que habían dejado en la calzada para que se desangrara. Las túnicas blancas de los que socorrían a los demás les protegían en sus rondas, aunque aparecieron luego quienes se disfrazaban con ellas para entrar en una casa, a revolverlo todo a pesar de que sus ocupantes, medio moribundos, se lamentaran. Un día vi a una mujer a quien habían apedreado en el mismo umbral de la puerta de la casa que acababa de saquear, mientras los desaprensivos huían con el botín de la malhechora dejando que su sangre fuera fluyendo por la acera. Estaban prohibidas las armas, y también las teas: nadie podía tener una que iluminara el camino. A quienes cogían con astillas para prender fuego y yesca los condenaban a muerte.
Lo aleatorio de la desaparición desencadenaba lo peor y lo mejor en los hombres. Mi hermana Meri organizaba en casa reuniones de información para sanadoras y médicos, buscando la receta, el régimen o el remedio que pudieran aliviar el sufrimiento. Ningún tratamiento podía considerarse descabellado. La fiebre que consumía a los afectados les producía tal tormento que su piel no resistía el contacto con la tela más fina.
Entrabas en una casa y te encontrabas con un montón de gente desnuda. Los apestados, encendidos en su estado febril, se sumergían en las fuentes públicas, donde otros, que morían de sed, acudían a beber. El fresco de la
noche no atenuaba el tormento, ya que la desazón de permanecer sobre la cama enloquecía a los enfermos. Los médicos prescribían baños y diuréticos; sangraban a algunos enfermos, purgaban a otros. Nada surtía efecto.
Los propios médicos presentaban un aspecto peor que los moribundos.
Mi esposa alimentaba a esos espectros y ella misma se iba demacrando día a día. Con el tiempo, la búsqueda de remedios quedó desplazada por la de los recursos encaminados a adormecer el dolor, a los que siguieron las benévolas soluciones para acabar para siempre con el sufrimiento. Algunos bebían sangre de toro, otros se tragaban piedras. Yo mismo participé en este lamentable manejo. Recorrí los mercados de los marineros en busca de adormidera y brusela, de cicuta y belladona. Mi hermana me enseñó a preparar brebajes para acabar con los moribundos. En poco tiempo habían aumentado tanto que resultaba imposible cuidarles.
Mi hijo se puso enfermo. Sus gritos, que no cesaban ni de noche ni de día, me destrozaban el corazón. Mi esposa le mecía, cantándole con voz suave, mientras ella misma se iba debilitando. Cuando el dolor de ambos se hizo insoportable, mi hermana empezó a administrarles solano, las últimas provisiones de que disponía, para ayudarles a exhalar el último suspiro.
Mi primo Simón, capitán de caballería, se había trasladado a nuestra casa junto con Clímene, su esposa, y sus dos hijos gemelos. Fue allí donde empezó a arderle también la frente. Una noche nos abandonó y tan sólo se llevó el caballo. Pasaron unos días y Climene fue apagándose; se pasaba las horas llorando por él. Me dediqué a recorrer todos sus escondrijos, incluso los que habíamos compartido de niños. Un día, a medianoche, desesperado, decidí acudir a Alcibíades, y me dirigí a su propiedad, situada en la colina de los Caballeros.
Por aquella época, las calles, incluso las que habitaban los más acomodados, se habían convertido en corredores del horror. Morían los vecinos, dejando abandonados a sus animales domésticos; otros, al no poderlos alimentar o encontrarse demasiado enfermos para cuidarlos, los soltaban. Circulaban manadas de perros salvajes. Sin embargo, no se dirigían a los cadáveres, su instinto animal no se lo aconsejaba; antes bien iban a la caza de los vivos, entraban en las casas, arañaban los postigos y se plantaban en los umbrales de las puertas mientras sus infames aullidos y gruñidos retumbaban por los desiertos caminos. Permanecí horas inmerso en aquel suplicio y por fin llegué al portal de la casa de Alcibíades.
Las antorchas iluminaban el espacio; no vi a vigilante alguno por allí.
Se oía una alegre música en el interior. Entré en el patio, donde vi a un hombre de mi edad, que me resultó desconocido, tonteando ante una fuente seca, agarrando desde atrás los desnudos pechos de una prostituta. Otra se encontraba de rodillas frente a él.
Seguí hacia el interior. Las antorchas lo iluminaban todo y un grupo de gente disipada circulaba por allí. Sonaban los tambores. Habían organizado una procesión, que avanzaba cantando y bailando. Sobre una tarima, unos cuantos hombres y mujeres vestidos de acólitos con unas varas de sauce en la mano. Representaban una burla de los ritos de la tracia Cotitto, la diosa de la orgía.
Ahí destacaba Alcibíades, ridiculizando los oficios del sacerdote, o tal vez habría que decir de la sacerdotisa. Llevaba ropa de mujer, los labios pintados, los rizos dispuestos en una grotesca caricatura del sátiro al estilo sagrado. Iba descalzo y estaba completamente borracho. Me acerqué a él para preguntarle sobre el paradero de mi primo.
Me miró de hito en hito. No tenía ni idea de quién era yo. Los bailarines brincaban licenciosamente a su alrededor.
—¿Quién es el intruso que se atreve a entrar sin permiso en este recinto sagrado sin haber pasado por la iniciación? ¡Arrodíllate, suplicante, y venera a la diosa!
Insistí en preguntar por mi primo.
Entonces Alcibíades me reconoció. Levantó su bastón, y fue cuando vi que se trataba de una pala de cocina, de las de remover la sopa.
—Inclínate, forastero, y manifiesta tu deferencia a los cielos; de lo contrario, con el poder que se me ha otorgado, te apalearé hasta dejarte sin sentido.
Dos prostitutas se estaban enroscando en sus rodillas. Empujó a una de ellas hacia delante, la cual empezó a tambalearse y, a gatas, se acercó a mi capa, bajo la que colgaba una espada xiphos del talabarte.
—¿De modo que el intruso llega armado? ¡Impío! ¿Qué castigo merece? —Alcibíades levantó su cuenco de vino simulando una terrible indignación—. ¡Ocupaos, postulantes, de este sucio hereje! Ha llegado, como dice Menecio,
al lugar en el que ningún mortal puede,
sin recibir castigo, echar una mirada y marcharse.
Entonces vi a mi primo.
—¡Sal de aquí, Pommo! —me ordenó, saliendo de la cadena que formaban los bailarines.
—No me iré sin ti —respondí.
—¡Eres un cerdo, Pommo!
Lo dijo Alcibíades, descendiendo de la tarima y apoyando el brazo, con gesto alegre, en mi hombro.
—En una ocasión, hallándonos en un asedio, amigo mío, hiciste de aguafiestas y yo te respeté. Pero se han vuelto las tornas. Ahora quien está asediado y enclaustrado es nuestro país.
Empujó a la prostituta que tenía yo delante para que se pusiera de pie.
—¿Qué te parece esto? —dijo, rasgándole la vestimenta hasta la cintura—. ¿No te impresiona? ¿Y esto? —La desnudó por completo.
La muchacha no hizo ningún esfuerzo para cubrir su cuerpo; al contrario, me miró fijamente, orgullosa de su belleza.
—Déjale tranquilo, Alcibíades —intervino mi primo.
Vi que Euriptolemo se acercaba para intervenir.
—¿No serás afeminado, verdad? —dijo Alcibíades teatralmente
—. ¡Podemos solucionar también estas necesidades! —Hizo un gesto hacia la penumbra para llamar a los muchachos.
—¿Qué ha sido de tu célebre mithos, Alcibíades? ¿Qué va a pensar Atenas de este comportamiento?
—¿Y quién va a informarla, Pommo? Tú no, por supuesto. Y éstos tampoco, pues si Euforión está en lo cierto:
Quién osa llamarle ladrón,
cuando tiene la mano dentro de la bolsa de éste?
Euro se acercó a mí, encogido y avergonzado.
—Pommo ha perdido a su esposa e hijo —informó a su primo.
—Y yo, madre, hijos, hija, tíos y primos. Y como dicen los espartanos: «¿Y a quién no le ha ocurrido lo mismo?»
Monté en cólera.
—Un día afirmaste que eras dos: Alcibíades y «Alcibíades».
¿Cuál de ellos eres ahora?
—El tercer Alcibíades. El que no soporta a los otros dos.
—Pues este Alcibíades —exclamé— es un cerdo.
Los ojos se le encendieron de furia, pero de repente se transformó y adoptó una expresión irónica y desesperada.
—¿Puedes tú considerarte amigo de uno de los Alcibíades al tiempo que desdeñas a los otros?
—Yo nunca he sido amigo tuyo.
Di media vuelta.
—¡Vuelve, Pommo! Haz los votos. ¡Únete a nosotros!
Me largué a toda prisa, y les oía cómo me llamaban, entre carcajadas.
—Sólo los buenos mueren jóvenes. ¿Acaso no te enseñaron esto los espartanos? Cuídate, amigo. ¡No tientes a los dioses con la virtud!
En el patio, agarré a mi primo y le supliqué que volviera a casa, que lo hiciera por sus hijos. No quiso, pero me sujetó con fuerza, mientras su frente presentaba el brillo de la fiebre que tan bien conocía yo, e insistió para que me quedara allí, donde aún reinaban la risa y la música.
—¡Pues vuelve a casa! —gritó al ver que me retiraba, indignado—. Vuelve en busca de la muerte. Yo permaneceré aquí con la vida, mientras me quede una pizca para seguir adelante.
Aquí tienes, Jasón, otra entrada en el cuaderno de mi padre:
Hombre, 54. Peste. Muerte.
El justificante de la fatalidad, autodiagnosticada.
Unos días después, el hombre empezó a decaer. Mi hermana aplicó todos sus conocimientos en su caso. Poco más tarde ella también presentó los mismos síntomas. No estaba dispuesta a calmar su dolor con los pocos farmaka de que disponía, pues los reservaba para otros.
Mi padre se desesperaba buscando el modo de acabar con el sufrimiento de ella. En dos ocasiones tuve que frenarlo. ¿Cuánto puede durar? Diez días, respondió, en este infierno de dolor.
Me quedaba toda la noche en vela junto a ella, que se retorcía.
—¿Me quieres, Pommo?
Sabía lo que deseaba.
—No permitas que nuestro padre lo haga.
Recorrí de nuevo las calles. Que el cielo se la lleve, suplicaba.
Pero al volver siempre la encontraba viva. Su agonía se intensificaba por momentos.
—Eres un soldado, Pommo. Sé fuerte como ellos.
La trasladé, con ayuda de mi padre, hasta la bañera. Su cuerpo era ligero como el de una niña.
—Que los dioses te bendigan —dijo.
Ordené a mi padre que la sujetara bien en el momento en que le hacía también una señal con la cabeza. Y le corté las venas.
—Que los dioses te bendigan —dijo mi hermana.
Me sujetó la mano con fuerza y también la de mi padre, tan débil como la suya.
—Que los dioses te bendigan.
[Aquí Polémides perdió el control. La emoción le entrecortó la voz. Tuvo que hacer un enorme esfuerzo para seguir y las frases se iban interrumpiendo con los sollozos.]
¿Cómo pueden articular los labios de una persona tales palabras?
Vi morir a mi esposa y a mi hijo. ¿Nos concedieron los dioses el don de la palabra para utilizar un lenguaje tan infame? Corté las venas de mi hermana.
[El hombre escondió su rostro entre las manos. Me levanté para abrazarle. Sus brazos me agarraron fuertemente y unos lastimeros gemidos convulsionaron su pecho.
Volvió la cabeza. Comprendí su situación y me incorporé para alejarme.
Al salir eché una mirada hacia atrás. El hombre seguía en el rincón de su celda, la mejilla contra la piedra de la pared, sujetándose desesperadamente el cuerpo mientras el recuerdo de la aflicción le iba hundiendo.]
OceanofPDF.com