Vientos de guerra
XXIII Sobre la Mvralla de las Naves
XXIII
SOBRE LA MVRALLA DE LAS NAVES
Gilipos se lanzó al ataque en el vigésimo segundo día. Asaltó las fortificaciones con treinta mil hombres y setenta y seis embarcaciones de la flota que se encontraban en la bahía. Las murallas resistieron; las naves no.
Se hundieron nuestras naves de vanguardia, las Cloto, Láquesis y Atropo. De los doce infantes de marina que constituían nuestro nuevo grupo, exceptuando a León y a mí, cinco cayeron muertos y cuatro fueron heridos de gravedad. En total, perdimos cuarenta embarcaciones, incluyendo en ellas las dieciséis que encallaron en la marisma denominada Las Astas, donde los hombres de Gilipos acorralaron a las tripulaciones entre los espigones y machacaron hasta el último de los nuestros. Pusieron luego las naves capturadas a su servicio, contra nosotros. La Ariadna de Eurimedonte se perdió en Dascón. El enemigo fijó el cadáver de éste en la proa de la nave y desfilaron ante nuestra empalizada incitándonos a todos a desear la muerte.
Se trató de una derrota de las mismas proporciones que la catástrofe de Epípolas. Aquello partió el alma a nuestros hombres. No acababan de creerse que les hubieran vencido de nuevo y de una forma tan aplastante, pero había algo aún más patente: que lo peor estaba por llegar y no tardaría.
El enemigo empezaba a construir una barrera de naves a lo largo de la entrada del puerto. Se corrió la voz de que íbamos a buscar una salida, intentar el todo o nada. Habían quedado abandonadas las murallas superiores de nuestra fortificación y se estaba levantando un nuevo contrafuerte que rozaba la orilla. Nuestra posición había quedado reducida a un rectángulo de lodo, cuya base apenas medía ocho estadios, cercado por todas partes menos por mar. Sesenta mil personas, incluyendo en ellas nueve mil quinientos heridos, y ciento diez naves ocupaban hasta la última porción de la apestosa tierra. Los últimos esclavos y auxiliares del campamento fueron despedidos, pese a haberse mostrado leales y a sus
súplicas por quedarse. Teníamos pan tan sólo para cinco días; había que guardarlo para la tropa y los heridos.
Ya no quedaba espacio para sepultar a los muertos. Quienes se ocupaban de ello apilaban los cadáveres formando cuadrados, colocando maderas de barco entre ellos, alternadas de forma que los rostros quedaran visibles para la identificación. Los pasadizos que se formaron entre estos túmulos se llenaron de hermanos y compañeros que iban en busca de los suyos. Volvían de aquellas rondas tan acongojados que eran incapaces de dormir o comer y ni las amenazas ni los incentivos conseguían que obedecieran orden alguna. La enfermería se convirtió en un lugar tan malsano, tan desalentador y espeluznante que los propios médicos mandaban a sus ayudantes que esparcieran los enfermos por el campamento. Los cadáveres de los que habían muerto en el mar se iban juntando formando una barrera flotante, bloqueando la orilla, mientras que aquellos a los que la fuerza del mar no empujaba hacia nuestra empalizada los llevaban hasta allí las naves enemigas, acumulándolos en los ganchos y picas.
Teníamos que romper el círculo o morir. Todos los que estaban preparados para combatir pasaron a bordo. Se fijó como fecha el sexto día de boedromion, día de la fiesta de Boedromia, en conmemoración de la victoria de Teseo sobre las amazonas. Levaron anclas ciento quince trirremes; veintidós permanecieron allí; no disponíamos de más remos. No se hizo nada por garantizar la seguridad de las naves. Ya pensaríamos en ello más tarde. Nicias pronunció un discurso, una excelente arenga, y Demóstenes también hizo lo propio. Nadie habló, como era costumbre, de rehuir la batalla ni de aplazamientos de última hora. Antes de que saliera el sol todos se encontraban en su puesto, no hubo que despertar ni a tino solo.
Las tropas, en número de nueve mil, defendieron ambos extremos del campamento, mientras otra se ocupaba del espigón construido ante las marismas, más allá del cual se encontraba el regimiento siracusano de los temenites, bajo el mando de Hermócrates, cuarenta mil hombres reclutados entre las turbas doce meses antes, que ahora se habían convertido en tropas de choque. La parte occidental, el promontorio denominado Nefastas nuevas, estaba protegida por una estructura hecha con piedras y leña.
Cuatro mil de los nuestros tenían que enfrentarse a veinte mil de ellos.
Embarcaron veintisiete mil entre atenienses y aliados: once mil guerreros, dieciséis mil en los remos. Las embarcaciones partieron en una
oscuridad tan absoluta que los timoneles no acertaban a determinar si podían virar a babor o a estribor, tenían que decidirlo por el sonido, por la señal luminosa del oficial de proa y el silbido para la niebla. Nos encontrábamos en un momento histórico. Todos teníamos que participar en la batalla, vencer o morir, si queríamos ver de nuevo a nuestros hijos, nuestra esposa y nuestra patria. Nadie abrió la boca, ni siquiera para suspirar. Cada uno tenía que hacer lo que estuviera en su mano o morir.
Las naves avanzaron en columna hacia sus puntos de reunión para entrar luego en una formación de veinticinco por cuatro en profundidad, con una reserva de diez embarcaciones. El Pandora se encontraba en la sexta posición a la izquierda de la primera línea, la división bajo las órdenes de Demóstenes. La barrera de naves enemigas estaba situada a unos diez estadios hacia levante. La oscuridad y la niebla no nos dejaban ver ni siquiera sus linternas.
Empezó la espera, el interminable intervalo durante el que cada uno se coloca en su puesto. Las naves ligeras se iban trasladando para controlar todas las posiciones e impartir las últimas instrucciones. En el agua se pasa mucho frío, los dientes castañeteaban en la oscuridad. Los marineros, instalados en sus bancos, devoraban su ración de pan, aceite y cebada. Los infantes de marina se acurrucaban bajo el manto, arracimados, sin articular palabra. Se repitieron por vigésima vez sus órdenes. No había rancho; alguien lo había olvidado.
Finalmente, con las linternas apagadas, la línea empezó a avanzar. No se oía ruido alguno, ninguna orden, tan sólo el chirrido de los remos contra el cuero de la sujeción, el golpe de sus palas en el, agua y el deslizamiento del casco en la superficie. Se oía el golpe de las piedras que marcaban la cadencia, con la máxima nitidez, así como la respiración acompasada de los remeros al hundir el remo y empujarlo de nuevo. El Pandora avanzaba siguiendo el oleaje.
Empezó a aclararse el cielo. Podíamos distinguir ya nuestras naves. El espectáculo que ofrecían no podía presentar un contraste más deshonroso si se comparaba con la impecable imagen que habían mostrado al abandonar nuestra patria, unas estaciones antes, con tantas expectativas. Faltas de pintura, despojadas de sus adornos, luciendo tan sólo las insignias imprescindibles para diferenciarlas de las del enemigo, nuestras naves se hundían en las olas como barcazas, con tal carga de hombres dispuestos al combate en sus cubiertas que en lugar de naves de guerra parecían
transbordadores. Sus cascos estaban revestidos con cuero y piel en la parte, superior para desviar las flechas incendiarias del enemigo y a lo largo de la línea de flotación para proteger a los remeros en sus puestos. Con aquel deplorable aspecto, las embarcaciones parecían objetos abandonados que iban renqueando hacia el enemigo.
Igual que ocurrió con las demás embarcaciones, los mástiles del Pandora se habían, desmontado y abandonado en tierra. Se habían recortado la proa y la popa y colocado unas plataformas protegidas con mamparas en las que se intercalaban unas planchas abatibles a modo de rampas. El timonel cumplía su cometido parapetado entre maderas y pieles.
«¡Aféala al máximo!» —había ordenado el capitán Boros, el sexto desde nuestra salida de Atenas, mientras luchaba en la oscuridad codo a codo con sus hombres—. Pandora tiene que convertirse en la caja de los truenos para el enemigo.»
En su parte delantera, donde se encontraba antes la cámara (mi antiguo refugio para echar una siesta), habían reforzado la proa con maderas recuperadas de otros cascos destrozados. La habían aparejado con un espolón de triple anchura a fin de contrarrestar cualquier innovación que hubieran adoptado los corintios. Estos aparejos exteriores no servían por el momento, aunque en la confrontación los infantes se encaramarían a ellos equipados con garfios. Los epibatai, el pelotón al que pertenecíamos León yyo, nos manteníamos entre la popa y la parte central del barco, a fin de que la proa quedara suficientemente elevada y la cabeza de buey libre del embate de las aguas. En el borde de la proa se encontraban agachados los componentes de las tres unidades de fuego, los que habían de encender las flechas y las teas. La segunda estaba junto a mí, en la parte central de la nave, y la tercera, al lado del parapeto del timonel.
Desde la posición en la que me encontraba veía lo que sucedía ante nosotros. En la Pandora entraba tanta agua que los remeros la tenían hasta los tobillos. Los encargados de achicar el agua la iban sacando acompasadamente del pantoque y lanzándola rozando las orejas de sus compañeros a través de las aberturas recubiertas de cuero en las que estaban insertados los remos. Por encima de las cabezas de los remeros se habían dispuesto nuevas cubiertas para alojar a la infantería, a los arqueros y lanzadores de jabalina, que en aquellos momentos permanecían agachados, a punto de vomitar.
Por fin vimos al enemigo. Su línea de naves se levantaba como una muralla; el puerto se había convertido en un lago. Habían construido empalizadas, en las que se veían pieles entrelazadas para atajar los proyectiles incendiarios; en su parte interna habían dejado unas troneras desde las que lanzarían sus proyectiles. La superficie de la empalizada estaba cubierta de palos y maderas. Quedaba un espacio de aproximadamente un estadio. Entre la empalizada y el mar abierto veíamos su flota, compuesta por más de cuarenta naves, que avanzaban en columna de tres y cinco en fondo, a fin de impedir todo intento de romper el cerco por parte de los atenienses. Cientos de embarcaciones menores se situaban como obstáculo, mientras otras flotillas partían de la orilla. El enemigo controlaba nueve décimas partes del perímetro del puerto. El ejército de Gilipos esperaba en la orilla. ¡Que los dioses ampararan a la nave y a la tripulación que cayeran en su mortífero radio de acción!
Procedíamos siguiendo el sistema de dos y uno, operando en la hilera de remos por turnos. De pronto, unos cuatro estadios mar adentró, el contramaestre gritó: «¡Todos a la vez!», y la Pandora se lanzó hacia el frente enemigo. El capitán Boros daba órdenes a los oficiales sirviéndose de la bocina, indicándoles distintas posiciones, como si cada uno pudiera determinar la embarcación a la que iba a atacar. Salió correteando con aire jubiloso. «¡Delfines, muchachos! ¡Adelante!» Soltando una carcajada, se precipitó hacia popa, al puesto del timonel. Apareció luego el prostates, el oficial de proa, llamado Milo, al que habían sorprendido en un prado con su amante y por ello se había ganado el sobrenombre de Rhodopygos, Mejillas sonrosadas. Era un hombre inquieto, que siempre temía lo peor, y en aquellos momentos avanzaba a duras penas transportando por encima de su cabeza una tabla de roble que pesaba tanto como él.
—¿Han anunciado lluvia, joven? —le gritó León.
Rhodopygos iba pegando saltos hacia delante y hacia atrás, oteando para calcular la distancia que nos separaba del enemigo. Cuando él avisara, teníamos que avanzar como un solo hombre para lanzar los proyectiles mientras nuestro propio peso haría descender el ariete en el instante más temible. Cuando menos, aquél era el plan. En la práctica, como siempre, reinó la confusión.
Una nube de pequeñas embarcaciones situada a poco más de un estadio se dirigía hacia nosotros envuelta en la neblina. Empezaron a llover sobre la cubierta los dardos y flechas incendiarios. Uno de ellos hirió a
Mejillas sonrosadas en el pie; en un abrir y cerrar de ojos nos encontramos todos en los balancines, descargando todo lo que teníamos a mano.
Teníamos delante la muralla de naves. No lo conseguiríamos. Dos de las situadas en primera línea se acercaban hacia nosotros, un trirreme con el mascarón de proa adornado con una figura femenina con los senos desnudos y una galera sólida como una barcaza. Llevaban más de cien hombres a bordo. La Pan dora levantó la proa para embestir. El trirreme se precipitó contra nosotros lateralmente. Los infantes de proa lanzaban girándulas; los arcos de humo recorrían el espacio cada vez más reducido que quedaba entre las naves. Los hombres, colocados de rodillas, arrojaban jabalinas, pero pronto tuvieron que tumbarse tras los protectores para refugiarse del ataque enemigo. Uno y otro bando lanzaba recipientes de humeante azufre colgados de una cuerda, a los que los siracusanos llamaban
«escorpiones» y los atenienses, «hola qué tal». Las tres embarcaciones ardían.
En aquel momento se produjo el choque entre la Pandora y la galera.
Sin embargo, formaban un ángulo agudo y las dos, con las proas unidas, empezaron a virar lateralmente con los cascos trabados. Nuestros infantes de marina les asaltaban intermitentemente arrojándoles garfios; el enemigo respondía con una lluvia de flechas y piedras. Se habían desecho de los parapetos y los garfios rebotaban como si fueran judías secas. En cuanto se enganchaban, el enemigo respondía a golpes de mazo y hachazos. Un desafortunado hijo de perra había quedado enganchado por la pantorrilla y colgaba de la base del mástil, mientras tres de los nuestros intentaban, aplicando todas sus fuerzas, mantener dominada la nave. Instantes después, la Dos Tetas pegó de costado contra la panza de la Pandora y, poco más tarde, nuestro Intrépido se hincó en su trasero.
El enemigo tenía piedras enormes rocas que debían de pesar un talento, amontonadas en la parte de proa y en los parapetos. Llevaba a bordo a los más ciclópeos de sus hombres, los cuales levantaban sus proyectiles para arrojarlos contra nuestras protecciones y las hacían añicos.
Dirigía uno de aquellos titanes. Aquella especie de buey que mediría casi siete pies y llevaba el torso desnudo, con una enorme zancada saltó a nuestra proa llevando como única arma una descomunal piedra, la cual empujaba por delante de él y con ella iba derribando a nuestros infantes. Un joven llamado Elpenor le abrió el brazo hasta dejarle el hueso al descubierto; el bruto se dio la vuelta vociferando, soltó la roca, aplastó el
cráneo del infante y, girando sobre sus talones, golpeó el rostro de otro que tenía a mano. Con unos muslos que parecían troncos de roble, iba apartando de su camino a quienes le impedían avanzar.
No era momento para heroicidades. Cogí a dos, a Metón, Quebrantabrazos, y a Adastro, Cabeza de estopa, y los lancé contra la espalda del monstruo. Lo agarramos entre tres y le clavamos una lanza en el hígado y otra en la cadera. Cabeza de estopa le abrió la corva con una pica.
La bestia humana cayó sobre una rodilla soltando unos terribles alaridos. Ni siquiera se dio la vuelta para ver quién le había derribado; se limitó a levantar de nuevo la piedra y lanzarla con todas sus fuerzas contra los pantoques. Pasó por el compartimiento de los remeros, rompiendo instantáneamente la rodilla de uno del segundo banco, para quedar aplastada contra la madera de la sobrequilla, y con ello todo el casco tembló. Empezó a entrar el agua. La Pandora se estaba hundiendo.
Resulta imposible reconstruir a posteriori la sucesión de los acontecimientos, la sucesión de las sucesiones, pues todo se sucede con una velocidad vertiginosa en medio del caos, cuando las propias facultades se encuentran alteradas por la furia y el terror, por el miedo que uno siente por sus hombres y por uno mismo. En un momento determinado, uno de los infantes enemigos me tenía agarrado por la barba y golpeaba con su escudo la parte superior de mi yelmo con tal frenesí que me di cuenta de que me partiría el cráneo. Le así con todas mis fuerzas por los testículos y no le solté hasta que logré deshacerme de él. Resbalé por encima del parapeto cubierto. León, desde atrás, lo decapitó con un certero golpe asestado con las dos manos; la cabeza con el yelmo rebotó contra mi barriga, soltando sus fluidos, topó luego con los palos y cayó al mar.
El combate en el mar tiene una particularidad: el hombre no tiene hacia donde huir. De una u otra forma nuestra compañía consiguió capturar la galera, si es que puede llamarse así a un amasijo de madera ardiendo a punto de hundirse, y el triunfo se debió básicamente al hecho de que la carraca en cuestión hacía aguas por la parte de popa y nosotros, al avanzar desde la proa teníamos ventaja, ya que nos encontrábamos en una posición más elevada. Emprendimos el ataque contra el enemigo tras una barrera de escudos. Se iniciaba entonces una batalla paralela, horripilante como la que ya estaba en curso, en el canal que se había formado entre los encendidos cascos, mientras los remeros de la Pandora y la Dos Tetas, obligados a abandonar las embarcaciones, peleaban cuerpo a cuerpo con la intención de
ahogar al adversario. Las hachas y los palos habían reemplazado a las lanzas y las jabalinas. Se utilizaban asimismo trozos de remo. Los guerreros golpeaban, cortaban y ensartaban al enemigo en medio del agua incluso cuando iban cediendo bajo sus pies las cubiertas sobre las que se encontraban. Por aquel entonces la tercera y cuarta oleada atenienses habían alcanzado las murallas de naves enemigas y estaban atacándolas a modo de tropas terrestres destinadas al asalto de una fortaleza. Nos llevaron al Intrépido. Mo mentos después, nosotros también luchábamos en la muralla.
Mi primo me contó más tarde lo que veía desde un punto de observación en la orilla. Los heridos suplicaban a los cirujanos que los empujaran hacia el mar. La suerte de todos dependía del resultado de la batalla; nadie podía quedarse al margen. Incluso los guerreros que habían quedado en tierra se acercaban a la orilla, se adentraban como podían en el mar, como hacían los siracusanos a lo largo de su costa, forzando la vista en medio de la humareda en busca del menor indicio de victoria o derrota.
Según mi primo, desde aquella perspectiva resultaba imposible ver el muro de naves; veían tan sólo el humo, negro en su parte inferior y de tonos grisáceos en el ascenso, formando unos nubarrones tan densos que se habría dicho que todo el firmamento estaba en llamas. Alrededor del puerto se libraban unos combates tan feroces que, de no encontrarse en el contexto de aquel holocausto, podrían haberse cualificado de históricos, aunque, inmersos en aquella situación en la que participaba un número tan elevado de hombres y embarcaciones, más bien parecían batallas secundarias o epílogos. Las naves en pugna en mar abierto, comentaba mi primo, habían abandonado hacía mucho el sentido de la maniobra y la táctica. Se limitaban a forcejear, casco contra casco. Sé veía la superficie del puerto como sembrada de pequeñas islas y archipiélagos de naves, a veces cuatro, seis o incluso diez amalgamadas, mientras los hombres, en el puente, entablaban la pugna cuerpo a cuerpo, a vida o muerte.
Alrededor de las naves, se aglomeraban un sinfín de embarcaciones siracusanas, botes, zatas, armadías y balsas tripuladas por el último jovenzuelo o vejestorio capaz de lanzar un artefacto incendiario o desparramar el cerebro de un marino con un palo o una piedra. Se distinguían las embarcaciones atenienses por el enjambre de pequeñas naves que las rodeaban intentando hacerse con el timón, lanzando proyectiles o colocándose en los bancos para inutilizar los remos.
Como quiera que la suerte de la batalla se alternaba, la consternación entre los que la presenciaban desde la orilla iba aumentando. De pronto veías a los compañeros que se abrazaban llenos de júbilo, según contaba mi primo, mientras nuestra armada expulsaba al enemigo. Pero apenas volvías la vista hacia otro lado, en el que se imponía la fuerza contraria, la desesperación se apoderaba súbitamente de ti; desechos en lágrimas, los espectadores gemían y se lamentaban por su destino.
Por si no bastara aquella expectación, se agolparon en lo alto de las almenas las mujeres e hijas de los siracusanos, observando tan de cerca los acontecimientos que los guerreros desde abajo oían sus gritos. Aquellos cuya nave embestía de lleno una de los atenienses recibían una clamorosa ovación, mientras las que sufrían el asedio provocaban una lluvia de gritos de desprecio.
En el muro de naves, nuestro bando iba venciendo.
El enemigo se cernía sobre doscientas embarcaciones, mercantes, barcazas, galeras y buques de guerra, manteniendo la línea con cuerdas y madera, de forma que el frente formaba un baluarte impenetrable para el atacante. Y contra éste se lanzaban las naves atenienses. Un detalle diferenciaba aquella batalla de las demás en las que había participado yo: en ningún punto del campo de batalla se podía detectar una embarcación o a un solo hombre que huyera de la confrontación. Tan obsesionados estaban los dos bandos por conseguir imponerse, los atenienses para evitar la aniquilación, los siracusanos y sus aliados para vengarse de quienes habían declarado la guerra con el fin de esclavizarles y, sobre todo, para alcanzar la imperecedera fama de haber llevado a los atenienses a la ruina, que nadie se planteaba por un instante salvar la piel al contrario, les movía sólo la intención de superar al otro en pericia y valor. El sol se veía alto en el cielo cuando, abatido por un «quebrantahuesos» me caí del puente de una barcaza y fui a parar contra el casco, donde me hundí como una piedra en una masa de agua que me llegaba hasta el pecho. Sopa tiró de mi cuerpo, arrastrándolo hasta un refugio y allí se ocupó de mi pierna.
—Mira eso, Pommo —me dijo señalando la línea de la confrontación
—. ¿Habías visto en tu vida algo igual?
Hasta donde alcanzaban mis ojos, el mar era una cortina de naves envuelta en humo. A nuestra izquierda, una de nuestras embarcaciones acababa de atacar a una de las que formaban el muro; los tres órdenes de remos luchaban con furia, mientras desde la brecha se iniciaba una tormenta
de piedras, flechas y teas tan compacta que tenías la sensación de que la atmósfera se había solidificado en hierro y fuego. En cuanto el espolón ateniense logró desengarzarse de las entrañas del enemigo, un segundo trirreme se abalanzó sobre la misma embarcación. El espolón arremetió contra la popa del enemigo, hendiendo toda su parte posterior. Bajo su impulso, un enjambre de guerreros saltó por los aires. Mientras la embarcación se hundía arrastrada por su propio peso, y entre ambos bandos se intensificaban las descargas, la primera nave, que había conseguido dar marcha atrás, acometió con nuevo ímpetu en el mismo punto.
Desde el lado opuesto, tres galeras atenienses acababan de golpear contra las naves del muro. Tan revueltos estaban los infantes de ambos bandos que se veían más siracusanos que atenienses en los puentes de las embarcaciones atenienses, y en las naves siracusanas ocurría lo mismo.
Pasaron manteniendo cierta distancia con los atacantes tres barcos atenienses de grandes dimensiones, de una lentitud amenazadora, con arqueros que iban lanzando una lluvia de brea que volaba por encima de las cabezas de sus hombres y se estrellaba contra el enemigo. Se prendió fuego en una de las embarcaciones del muro y las llamas se propagaron inmediatamente, alimentadas por el viento o por los hombres que no cejaban en su empeño. Cuando el sol alcanzó el cenit, se habían abierto ya una docena de brechas en la empalizada. Más tarde, León me contó que había visto tres naves atenienses, dirigidas por la Implacable de Demóstenes, desfilando ya a través del muro enemigo y haciendo señas para que le siguieran.
Habíamos vencido. Sin embargo…
El enemigo seguía controlando las dos mordazas del torno, el promontorio de la ciudad, Ortigia, y Plemirión, La Roca, y en el centro el muro de naves fondeadas en la bahía. Tenía cincuenta mil hombres en un extremo y veinte mil en el otro, dispuestos a reunirse en el muro. A los puntos en los que se había abierto una brecha en la línea de embarcaciones acudían pequeñas naves a rellenar los huecos. Otras transportaban recambios mientras el resto se impulsaba encima de las maderas y las cadenas que seguían sujetando el asediado muro. Había transcurrido toda una mañana; estábamos pegando tal paliza al enemigo, causándole tantas bajas, que realmente no podíamos esperar que resistiera mucho más.
En un combate tan cerrado, aquellos que no poseen experiencia, aunque sean valientes como los siracusanos y sus aliados, cometen un error
que en Esparta se denomina «seguir la corriente» o «la ratonera». El hombre que se bate de esta forma se planta ante el enemigo de cara, le asesta o recibe de él algún golpe y luego, los dos ilesos, se hacen a un lado para abordar al siguiente e iniciar otra ronda de golpes y así sucesivamente.
Es el miedo el que le hace actuar así. Busca un escondrijo, una «ratonera»
en medio de la matanza. En Esparta los muchachos son propensos a este hábito. Por ello se les instruye en luchar hasta que uno de los contendientes cae al suelo. Es lo que los lacedemonios denominan monopale, «de uno en uno». Los siracusanos no habían aprendido aún el arte, pese a las pródigas instrucciones de Gilipos. Entonces, en el muro de naves empezó a notarse la superioridad de los atenienses en cuanto a experiencia. Lo enfocaron así: enfrentamiento sobre el puente, veinte contra veinte, cuarenta contra cuarenta, una parataxis, batalla campal en miniatura. O bien pelea por debajo del puente hombre contra hombre, con el agua hasta los muslos o la cintura, los costados de la nave a menudo en llamas, rodeando a los combatientes. Los atenienses le habían cogido el tranquillo. En el mar, quienes están en situación de defensa han de matar hombres, tarea que nunca es fácil. Quienes atacan, al contrario, deben destruir cuantas más cosas mejor. Los infantes de la marina de Atenas penetraron en el costado con fuego y hachas. Iban abriendo las entrañas de las naves, de una en una, prendiendo fuego a sus cascos. A lo largo de la muralla las embarcaciones se iban a pique crepitando.
Encontré a León ya Telamón. Juntos destrozamos a hachazos una barrera de troncos, ocho superpuestos sujetos con bandas de hierro, que unían las diversas secciones de la línea enemiga. Extenuados, León y yonos sentamos a horcajadas sobre los troncos, golpeando con unas hojas tan poco afiladas como un cuchillo para untar grasa. Apareció el enemigo. Unas pequeñas embarcaciones cargadas con honderos se dirigían hacia nosotros.
Nuestro grupo estaba formado por diez hombres. Aparte de Telamón, León y Sopa, yono conocía a nadie más. Los otros se habían ido sumando de uno en uno o por parejas; ni me enteré de sus nombres. Uno con barba rojiza pedía a gritos a una de nuestras naves que lanzara fuego. Mientras se desgañitaba, un proyectil le partió la garganta; cayó como un saco de piedras. El tirador empezó a pavonearse dispuesto de nuevo a disparar. Oí un grito de alarma atrás. No sé cómo, otro grupo enemigo había penetrado en el casco que acabábamos de cruzar. Se acercaban a nosotros otras dos embarcaciones de honderos. Todos íbamos sin yelmo; nos habíamos
desecho de los escudos. Éramos blancos seguros. Los proyectiles silbaban a nuestro alrededor. Telamón soltó un grito para que siguiéramos; nos arrojamos al mar. Una hora más tarde nos encontrábamos en otro casco, desmantelando un nuevo haz de troncos, con tan sólo un pilos en la cabeza y los andrajos que cubrían nuestro cuerpo como protección.
El enemigo insistía. Acudía a raudales desde Ortigia y La Roca. La procesión no parecía tener fin. Eran hombres robustos, frescos, con la barriga llena y las piernas descansadas. Sus carnes no habían catado la espada, el puño ni golpe de ningún tipo. Los mangos de sus armas no habían sufrido el constante zarandeo de todo un día. No tenían los huesos molidos como nosotros, que ya habíamos utilizado el tercero y cuarto escudo, arrancado a los compañeros muertos o moribundos. El humo no había asfixiado sus pulmones ni el fuego chamuscado su piel; circulaba agua fresca por sus intestinos; aún eran capaces de sudar.
Pero a pesar de todo, los nuestros se habrían impuesto a no ser por el viento y el reflujo de la marea. El sol se había desplazado ya y se hundía en el horizonte; soplaba la brisa. La marea cambió en una pérfida conjunción.
Existe un canal denominado la Carrera, justo al abrigo de la isla de Ortigia, a través del cual la corriente, comprimida por la configuración del litoral y la profundidad marina, circula a una velocidad inusitada al cambiar la marea. El enemigo abrió una brecha en el muro de las naves. La corriente empujó, impulsando nuestros trirremes hacia atrás. Y por si esto fuera poco aparecieron veinte naves de combate corintias que rodearon el muro desde la parte septentrional. Con la ayuda de la creciente brisa y envalentonados sus hombres por un ímpetu divino, se precipitaron contra las naves atenienses, incluyendo la Implacable.
Nuestros remeros se veían incapaces de controlar sus movimientos en el fuerte temporal. Abatidos por el cansancio, empezaron a flaquear y a obstruirse entre sí. El viento golpeaba contra la superficie de los remos y jugaba a su antojo con ellos. La corriente se hacía más intensa. Las naves que conseguían mantener la posición y enfrentarse a las rachas con la proa por delante descubrían su vulnerabilidad ante el ataque lateral lanzado por los corintios, que iban llegando con sus tripulaciones frescas, así como por el de los siracusanos, que se precipitaban hacia allí; convencidos de que los dioses habían respondido a sus plegarias enviándoles la imprevista tormenta para derrotar al enemigo. Me encontraba yo en aquellos momentos a bordo del Aristeia, la quinta o sexta embarcación en la que había servido durante
el día, cuando oí que su comandante ordenaba invertir el sentido y embestir a uno de los corintios que se acercaban. Tan fuerte era la tempestad que nuestra embarcación se desplazaba marcha atrás. Los corintios evitaron el choque sin problemas, invirtiendo el sentido de sus órdenes de remos, se situaron perpendicularmente para contraatacar. La Arísteia alzó la popa en medio de una nube de proyectiles. La nave corintia, obstaculizada también por el viento, que chocaba perpendicularmente contra su casco, consiguió tan sólo asestar un golpe de refilón a la proa del Aristeia, aunque le bastó para abrir una brecha lo suficientemente ancha para que pasaran por ella dos hombres. El agua entró a chorro. La orilla quedaba aún a diez estadios.
Los hombres remaban con la desesperación de aquel que, consciente de la derrota, tiene al enemigo en sus talones y sabe que la guerra será a muerte. Oían a los hombres de Gilipos, ávidos de sangre. Empezaron a escucharse lamentos de desesperación; las extremidades presentaban el temblor que precede a la parálisis. Nuestra embarcación navegaba bajo la sombra proyectada por las Epípolas, en las oscuras aguas que nos separaban de la costa. Hacía el mismo frío que durante la mañana.
El Aristeia chocó contra la empalizada ateniense. Las naves que habían acudido en primer lugar al ataque del muro habían derribado los pilotes y destrozado sus cascos precipitándose contra ellas. En aquellos momentos la tripulación y los guerreros afluían a cientos en la superficie, en un desesperado intento de recomponer el frente. Localicé a León y a Sopa trabajando con ahínco en la tarea. ¿Qué les movía a una actitud tan noble?
Me precipité hacia ellos gritando. No llevaba armas ni calzado. Estaba completamente extenuado. Como todos, por otra parte. Se respiraba la muerte, no sólo en el frío y la oscuridad sino en los propios huesos. Se oía a las, naves corintias y siracusanas que se abalanzaban contra nuestra fortificación como aves de rapiña. Avanzaban como en un sueño. ¡Por todos los dioses, qué bello espectáculo! A mi lado, los submarinistas se afanaban en el agua intentando aparejar en la empalizada la cadena que unía dos vallas de espinas sumergidas. El peso mantenía el flotador abajo; ellos hacían enormes esfuerzos por lanzar el extremo a los compañeros que se encontraban a horcajadas en la plataforma, pero les fallaba la fuerza en los brazos; la cuerda iba topando contra la superficie con un chasquido sin llegar nunca al punto marcado. Otras dos naves enemigas se habían situado ante la brecha abierta en nuestra línea; se acercaban con tanta rapidez que los primeros proyectiles lanzados por sus toxotai agitaban el agua ante
nuestras narices. Acudieron más hombres en nuestra ayuda desde la orilla.
Tras un esfuerzo sobrehumano, lograron introducir la cadena en el agujero pertinente y tensarla.
Con un titánico impacto, la embarcación que se encontraba más avanzada se precipitó contra la empalizada. Vi a Sopa enmarañado entre las cuerdas. Una pica le atravesó la nuca. Sumergidos, con la idea de salvar la vida, León y yonotábamos las estacas hundidas, sólidas como árboles, que iban penetrando en las entrañas del enemigo, así como las vallas de espinas que le desgarraban el fondo. Aun así, los remeros corintios seguían peleando para abrir una brecha por la que pudieran penetrar sus compañeros y atacar las naves atenienses destrozadas en la otra parte de la barricada. Se inició entonces una refriega delirante. Los atenienses pululaban como hormigas a lo largo del trirreme atravesado. Los muertos formaban una alfombra en el agua. Nuestros hombres se afanaban con las manos vacías con la idea de encaramarse en los agarraderos de los remos, y destrozar los bancos a través de las portillas protegidas con cuero, mientras los infantes enemigos les golpeaban desde la parte superior y los arqueros les lanzaban flechas a bocajarro. Nuestros hombres iban recogiendo las flechas encendidas que caían como lluvia sobre sus naves para lanzarlas de nuevo hacia los asaltantes. Los corintios se iban hundiendo, y su casco entraba a formar parte del frágil baluarte que aún nos protegía. Más allá del muro, un grupo de hombres armados se dirigía hacia el muro de naves, sus arqueros iban lanzando dardos encendidos contra nosotros mientras los remeros entonaban el paean con aire jubiloso y triunfal.
Encontré a León entre el amasijo de cadáveres. Sopa estaba muerto y a Astilla lo habían destrozado a hachazos. Las olas, apenas capaces de derribar a un niño, nos zarandeaban; avanzábamos con mucho esfuerzo, y tal era nuestro temblor que apenas conseguíamos dominar las extremidades.
Nuestro primo Simón, nos tendió la mano en medio de aquel amasijo.
Nos traía vino y a mí me estrechó rodeándome con su capa. Otros arroparon a León y le friccionaron el cuerpo para que la sangre recuperara el calor. Se respiraba la desesperación y se veían aún más afligidos aquellos que durante todo el día no habían podido participar en la lucha, los ilotas y los heridos que se habían visto obligados a observar sin asestar golpe alguno.
«Éste es el aspecto que ha de tener el infierno», pensé al contemplar la orilla.
Más arriba, un grupo de marineros hacía lo posible por reanimar a un compañero. No había nada que hacer. Por fin, el último que lo intentaba abandonó y se alejó. Había caído la noche. En la bahía, ya sumida en la oscuridad, las naves enemigas retomaban sus posiciones y los guerreros atacaban con sus lanzas a los que habían quedado rezagados entre las olas, gritando que dentro de poco todos correríamos la misma suerte. Aparte de León yde mi primo, la masa de marineros observaba con aire ausente aquella terrorífica escena.
—¿Lo viste ahí? —dijo uno sobrecogido, lleno de pavor—. Estaba en las naves, combatiendo para el enemigo.
—Ahí estaba cuando nos han asaltado, dirigiendo su nave.
¿A qué venían aquellas estupideces? ¿Acaso aquellos idiotas creían haber visto a Poseidón, o al propio Zeus, entre los paladines del enemigo?
—¿De quién demonios habláis? —pregunté—. ¿Qué fantasma creéis haber visto, lunáticos?
El marinero se volvió hacia mí como si el lunático fuera yo.
—Alcibíades —puntualizó.
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