Vientos de guerra
Libro IV: - Sicilia
LIBRO IV
SICILIA
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XVIII
VN TRASTORNO DE MEMORIA
Antes de ir a Sicilia [prosiguió Polémides] jamás había luchado en la marina. Las técnicas de la lucha en el mar eran nuevas para mí. No conocía nada de los dos contra uno o los concéntricos, de la penetración o la reducción; en mi vida había arrojado una jabalina arrodillado ni me había precipitado por el puente de un trirreme de forma que mi peso y el de mis compañeros hiciera descender la dirección del espolón de proa a fin de que este destrozara por completo al enemigo bajo la línea de flotación.
He tenido una pesadilla aquí en la cárcel, que se ha ido repitiendo noche tras noche. En el sueño me encuentro en Sicilia, en el Puerto Grande de Siracusa. De nuestras ciento cuarenta y cuatro naves de guerra, el conjunto de las flotas de Atenas y de Corcira, quedan tan sólo cincuenta a punto para la lucha. Estas han ido a parar a la costa, bajo el Olimpieón y forman un amasijo junto a la empalizada. Las naves de guerra siracusanas y corintias se dirigen hacia nosotros; las hachas de sus infantes atacan las torres con sus pesados «delfines», mientras los arqueros nos lanzan cabezas de hierro.
Fuera, en el puerto, nuestras embarcaciones se queman y se hunden. A lo largo de la costa espera la infantería enemiga. En el lugar en que me encuentro, en la empalizada, el enemigo continúa avanzando. Ataque y retirada, ataque y retirada. Qué acierto el de estos hijos de perra. Llevan ya diez horas y las espadas todavía golpean al unísono. Caigo hacia atrás por los golpes. La superficie se ve atestada de flechas, jabalinas y remos hechos trizas. Las fuerzas me abandonan. Pasa una embarcación. Me estoy hundiendo definitivamente cuando me despierto presa de terror.
Sé por experiencia que en determinados momentos de la batalla o— en otros de peligro extremo, la realidad tal como se experimenta normalmente se ve sustituida por un estado como de ensueño en el que parece que los acontecimientos se desarrollan con una lentitud majestuosa, una demora que casi se diría de holganza, y entonces nosotros mismos nos situamos
aparte, como observadores de nuestro propio peligro. Una sensación de asombro lo invade todo; uno se hace consciente vívida, prodigiosamente, por un lado del peligro y por otro de la belleza. Vemos y valoramos con entusiasmo tales sutilezas en el juego de la luz sobre el agua, incluso cuando su superficie ha adquirido un tono coralino con la sangre de los camaradas a los que tanto apreciamos o con nuestra propia sangre. Entonces la persona es capaz de decir para sus adentros «ahora voy a morir», y asimilarlo con ecuanimidad.
A mi hermano le fascinaba este fenómeno del trastorno. Afirmaba que era producto del miedo. Un miedo tan aplastante que arranca de la carne el espíritu que la anima, al igual que en la muerte. En momentos como aquéllos, según León, en realidad estamos muertos. Ha desaparecido el elemento del alma. Debe buscar su recipiente carnal y volver a habitar en él.
En alguna ocasión, afirmaba León, el alma no deseaba hacerlo. Se encontraba más a gusto en el lugar al que había accedido. Se trataba de la locura de la batalla, mania maches; el alma perdida, la «mirada de mil estadios».
León estaba convencido de que la ambición también era capaz de arrancar el alma del cuerpo, como podía hacerlo el amor apasionado, la avaricia o el poder del vino y las drogas. Aseguraba que ciertas formas de gobierno, o de desgobierno, arrebataban el alma del pueblo. Pero me estoy apartando de nuestro relato.
Debes tener paciencia conmigo, amigo mío, si los recuerdos de aquellos días se van sucediendo en la mirada interior como restos de naufragio y desechos del mar, desatados de los amarraderos del tiempo. Así se encuentra Sicilia, o circula a la deriva, en mis recuerdos: ni como un sueño ni como una realidad, sino como un tercer estado, apresado de nuevo en forma tan sólo de fragmentos, como una batalla que se entrevé a través de la niebla sobre el mar.
Recuerdo la víspera del día en que reclamaron a Alcibíades. Nos encontrábamos en Catane, en Sicilia, llevábamos tres meses fuera de Atenas. León y yo nos habíamos embarcado en unos puestos que no se encontraban directamente bajo el mando de Alcibíades, aunque éste había ordenado que nosotros y otros a los que conocía dé tiempo atrás fuéramos asignados a su cargo. Deseaba contar con hombres de confianza. Y quería presentar el grupo mejor coordinado cuando abriera negociaciones con las ciudades sicilianas.
Naxos se pasó a nuestro lado inmediatamente; Catane, después de un cierto forcejeo. A Mesana le bastó un ligero empujón. Llevó una delegación de cuatro naves a Camarina, la cual, pese a ser dórica, había sido aliada de Atenas en otro tiempo y, según afirmaban los agentes, estaba a punto de caer. Sin embargo, había atrancado sus puertas e incluso se negó a permitirnos el desembarco. Alcibíades ordenó que la minúscula flotilla volviera a Catane. Cuando llegó allí, le estaba esperando la galera del estado, Salamina, con unas órdenes que revocaban su mando.
Estaba yo con Alcibíades cuando apareció el capitán de la Sala mina, acompañado por dos enviados de la Asamblea. Ambos procedían de Escambónidas, como el mismo Alcibíades, quien los conocía bien y por ello no le despertaron recelos. Iban todos desarmados. Los oficiales presentaron los documentos pertinentes y le ordenaron que les acompañara a Atenas, donde sería juzgado por impiedad, profanación y traición. Lamentaron la desafortunada naturaleza de su misión. Precisaron que, si así lo deseaba, Alcibíades podía seguirles con su propia nave, sin necesidad de subir en calidad de prisionero a bordo de la Salamina. Pero tenía que embarcar cuanto antes, a lo más tardar por la mañana.
Aquella noche no se habló más que de la perspectiva de un golpe de estado. Nicias y Lámacos llamaron a los infantes, entre los cuales nos encontrábamos León y yo ; estábamos de vigilancia, ocho en cada nave, repartidos en compañías armadas que patrullaban la orilla.
Unos años después serví en el Calíope con Pericles el joven. Antíoco había sido su oficial y mentor en la guerra naval. Según el propio Pericles, Antíoco le había comentado que Alcibíades, previendo la citación para el proceso, había estado organizando durante meses una campaña mediante el correo entre sus aliados que seguían en Atenas, cuyo objetivo era conseguir una nueva formulación de los cargos presentados contra él y la retirada de la acusación de profanación, la única que le inspiraba un franco temor por el horror que provocaba en el pueblo. Las cartas que se recibieron dos días después confirmaron que se había logrado el objetivo. Éstas eran las noticias que había estado esperando Alcibíades. Estaba convencido de que conseguiría imponerse ante tal reducción de cargos, defendiéndose a sí mismo ante la Asamblea. Ahora bien, allí, en la ribera de Catane, los enviados le informaron, al parecer sin conciencia de sus consecuencias, de que no se habían retirado los cargos por profanación. Habían traicionado a
Alcibíades, de forma inteligente y ya era tarde para responder con un contraataque.
Entre los consejeros de Alcibíades, Mantiteo, Antíoco y su primo, también llamado Alcibíades, fueron los que más presionaron para dar un golpe de estado, mientras que Euriptolemo y Adimantos se oponían a él.
Quienes abogaban por dicha reacción instaban a Alcibíades a hacerse con el mando de la expedición allí y entonces, encarcelando o, en caso de que fuera necesario, dando muerte a quienes se negaran a situarse a su lado. Los radicales no se conformaban con esto: proponían abandonar la campaña de Sicilia y poner toda la flota rumbo a Atenas, donde Alcibíades, apoyado por el ejército y la marina, se declararía amo y señor de la ciudad.
Fue el propio Alcibíades quien rechazó la propuesta.
—No voy a tomar a Atenas como amante —afirmó—, sino como esposa.
Muchos se burlaron de aquella frase, tachándola de fácil y falta de ingenio, manteniendo que Alcibíades aceptaba el acuerdo de la Asamblea porque estaba convencido de que tenía en Atenas suficientes aliados para hacer triunfar su causa; o bien que sus agentes habían ya sobornado suficientes testigos como para conseguir la exoneración. Yo no lo creo.
Creo que pensaba exactamente lo que dijo. Y no lo afirmo en defensa del hombre, a fin de presentarlo como caballeroso o digno de honor (si bien puede afirmarse de él tanto lo uno como lo otro) porque hay que tener en cuenta que tal afirmación denota una arrogancia por un lado suprema y por otro pasmosa.
Estoy seguro de que sus sentimientos debían ser éstos. Atenas no era para él una ciudad a la que servir sino una consorte a la que seducir; obtenerla de cualquier otro modo que no fuera por su afecto espontáneo hubiera sido un deshonor para ella y también para él. No ansiaba el amor y el poder sino las dos cosas, que se fundamentaban y alimentaban mutuamente.
Para entonces yo no había pensado en nada de esto, cuando los enviados le presentaron su requerimiento junto al Artemisia, varado allí.
Estoy convencido, sin embargo, de que todos comprendieron la reflexión de Alcibíades. Le miré a los ojos. No vi en su expresión odio ni deseos de venganza, a pesar de que estos sentimientos marcaron su conducta posterior. Percibí en él la tristeza. Creo que en aquel instante supo situarse aparte de su destino, como el hombre que se encuentra en una situación de
máximo peligro, al que se eleva para ofrecerle una perspectiva amplia del campo de batalla. Al igual que un jugador experto, Alcibíades percibía la jugada y la réplica con gran antelación; ninguna auguraba nada bueno y sin embargo él no era capaz de idear un golpe maestro que pudiera librar a su ciudad de aquel terrible final.
—¿Qué vas a hacer? —le preguntó Euriptolemo, su primo.
Alcibíades le dirigió una mirada grave, sin parpadear.
—No volveré a mi país para que me asesinen, eso es seguro.
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