Vientos de guerra

Steven Pressfield · Capítulo 5 de 54

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Vientos de guerra

IV Ordalía y Perpetración

IV

ORDALÍA Y PERPETRACIÓN

Cuando tenía diez años, mi padre me envió a Esparta para que se me educara allí. No era nada insólito durante los años que precedieron la guerra, cuando los dos grandes estados mantenían relaciones amistosas y con su alianza Grecia se había salvado del yugo persa. Si bien se producían algunos choques y conflictos, la disposición general hacia Esparta por parte de las capas dominantes atenienses estaba marcada por el respeto. Un gran número de las familias más arraigadas, no sólo de nuestra ciudad sino de Grecia entera, mantenía vínculos de amistad y confianza con algunas familias de Esparta; todo este grupo de hacendados se identificaba en general más con sus congéneres allende las fronteras que con sus iguales en el propio estado, puesto que éstos, con su ostentación e insistencia en su supremacía, además de minar la antigua cortesía, estaban adocenando y viciando a las nuevas generaciones. ¿Qué mejor inoculación para aquellos retoños, razonaban sus padres, que una temporada de formación en el agoge espartano, donde el muchacho aprendería las antiguas virtudes del silencio, la continencia y la obediencia?

Entre los antepasados de mi padre se contaban los héroes atenienses Milcíades y Cimón, apreciado este último por los espartanos casi como un rey, afecto que Cimón les devolvió con creces, dando a su primogénito el nombre de Lacedemonio, a quien él mismo llevó a Esparta para que le educaran, aunque sólo hasta los dieciséis años. Por medio de tales vínculos y con su propio esfuerzo, mi padre consiguió inscribir a su heredero entre los contados forasteros a los que se permitía «permanecer, robar y pasar hambre» junto a sus homólogos lacedemonios. Todos los años, entre veinte y treinta anepsioi, «primos», partíamos a pie de toda Grecia y nos hacíamos un lugar entre los setecientos autóctonos. El propio Alcibíades, si bien no se formó en Lacedemonia, era xenos, compañero de hospedaje del caballero espartano Endio (quien estuvo presente supervisando el asesinato de su amigo). El padre de Endio también se llamaba Alcibíades, nombre

lacedemonio que se iba alternando en ambas familias. El de mi padre, Nicolaos, es laconio, como el mío de nacimiento, Polémidas, aunque yo cambié su pronunciación y ortografía pasándola a ática a raíz de mi alistamiento.

Tenía diecinueve años cuando empezó la guerra; en Esparta apenas me separaba una estación de aquella ceremonia que se dio en llamar O y P, Ordalía y Perpetración, un honor concedido a los no lacedemonios, que equivalía a su iniciación como espartiatas, en el cuerpo de los Iguales, y a sus camaradas «hermanastros», los mothakes.

Pocos imaginaban que la guerra iba a durar más de una estación.

Cierto es que las tropas atenienses habían entrado en acción con el sitio de Potidea, aunque aquello era exclusivamente un asunto interno entre Atenas y uno de sus estados tributarios, y pese a que éste pudiera quejarse abiertamente, no se violaba la paz. No se trataba de una cornada del toro de Esparta. El ejército espartano, azuzado por sus aliados, había invadido el Atica como represalia, si bien se dio tan poca importancia a aquello que yo participé sin demora en el alistamiento de dos divisiones de linea, a las que reforzaron veinte mil soldados de infantería pesada pertenecientes a los aliados de Esparta en el Peloponeso, que formaron las brigadas invasoras.

Ayudaron también todos los muchachos extranjeros. Nosotros no le dimos ninguna importancia. El ejército iba a avanzar, a hacer estragos y a retirarse, a lo que seguiría algún tipo de acuerdo negociado que llegaría en otoño o invierno. Ni siquiera se mencionó la idea de que a nosotros, los aspirantes, fueran a mandarnos a casa.

En la víspera de la Gimnopedia, la festividad de los muchachos desnudos, me enteré de que se había incendiado la propiedad de mi padre.

Me habían escogido como eirenos, capitán de juventudes, y aquella noche, por primera vez en mi vida, me hice cargo de mi sección de muchachos.

Estábamos en el coro, disponiéndonos a iniciar la tarea, cuando uno de mis compañeros, un joven especialmente inteligente, de nombre Filoteles, avanzó siguiendo la cuidadosa forma establecida por la ley —vista baja, manos bajo la capa— y pidió permiso para dirigirse a mí. Su padre, Cleandro, estaba con el 'ejército en el Atica y había enviado un mensaje a casa. Conocía nuestra propiedad. Le habíamos acogido como huésped en más de una ocasión.

«Permíteme expresar mi más sentido pesar a Polémidas —rezaba la carta, empleando mi nombre laconio—. Me he servido de toda mi

influencia para evitar esta acción, pero Arquidamos eligió la región, aconsejado por los augurios. No podía salvarse una hacienda cuando se prendía fuego a las demás.»

Solicité de inmediato una entrevista con mi comandante, Fébidas, hermano de Gilipo, cuyo mando en Sicilia y los centenares de muertos que provocó iban a tener unos efectos calamitosos entre nuestras fuerzas.

¿Debía regresar o acabar mi periodo de iniciación? Fébidas era un caballero, la encarnación de un pasado más noble. Tras intensas deliberaciones, y considerando los augurios de Eo, se decidió que el deber con los dioses del hogar y la patria se imponía a toda obligación contraria.

Debía volver a casa.

Me dirigí a pie a Acarnas, recorrí 320 estadios en cuatro días, sin ni siquiera un perro que acompañara mis pasos, sin la menor conciencia del sinfín de aflicciones que presagiaba aquel golpe. Me imaginaba que encontraría los viñedos y bosques ennegrecidos por el fuego, muros derrumbados, terrenos de cultivo baldíos. Todo esto, como muy bien sabes, Jasón, no puede considerarse una calamidad. La vid y los olivos brotan de nuevo y nada puede matar la tierra.

Llegué a la hacienda de mi padre, el Recodo del Camino, en las horas de penumbra. Todo tenía mal aspecto, aunque nada podía preparar mis ojos para la devastación que presenciaron al alba. Los hombres de Arquidamos, además de haber quemado los viñedos y olivos, habían cortado las plantas hasta la raíz. Habían vertido cal en las agrietadas cepas y esparcido la mezcla por todo el terreno. La casa, reducida a cenizas, así como sus anexos y establos. Habían sacrificado todo el ganado. Incluso mataron a los gatos.

¿Qué tipo de guerra era aquélla? ¿Qué tipo de rey era Arquidamos para tolerar tales estragos? Me enfurecí, y Demades, mi hermano menor, a quien llamábamos León, se irritó aún más que yo cuando por fin logré localizarle en la ciudad. Haciendo caso omiso de nuestro padre, que le había ordenado seguir con sus estudios de música y matemáticas, Demades se había alistado en el regimiento de Agis, fuera de nuestra tribu y con documentos falsos. Mis dos tíos más jóvenes y los seis primos que teníamos se habían unido a sus compañías. Yo también me alisté.

La guerra había empezado. En la parte más septentrional, los potideanos, embravecidos por la violencia de la incursión espartana en el Ática, habían extendido la sublevación más allá de nuestro imperio. Les asediaban cien naves y nueve mil quinientos soldados atenienses y

macedonios. Alcibíades, el joven más insigne de nuestra generación, también se había alistado. Como la impaciencia le impedía esperar a cumplir los veinte años y pasar las pruebas de caballería, se embarcó como infante en la Segunda Eurísaces, la compañía que su tutor, Pericles, había reclamado como primer destino de mando. Cuando el tiempo y el fin de la estación de navegación amenazaban con mantener varadas las últimas compañías acarnanias que aún no habían zarpado, embarcamos en los pentecóntoros de dicha unidad. Levamos anclas el octavo día de pianepsión, día de Teseo, bajo un huracanado viento del norte.

Entre los cientos de travesías que soporté durante las subsiguientes estaciones, aquélla fue la peor. Ni siquiera se colocaron las plataformas de los mástiles; las velas se usaron sólo como protección contra los elementos, una protección lamentablemente inadecuada contra aquel mar que retumbaba contra el armazón día y noche, sobre las desnudas espaldas y hombros de los que hacíamos al tiempo las funciones de remero y de infante, desprovistos de refugio en los navíos sin cubierta. Tardamos dieciocho días en llegar a Torona, donde nuestras compañías acarnanias y las escambónidas se habían reunido bajo el mando del general ateniense Paquete y, reforzadas por dos escuadrones macedonios de caballería, habían sido enviadas de regreso hacia nuestro punto de origen, por mar, con órdenes de capturar y ocupar las fortalezas de Perrebia en Colidón y Madrete.

Aquellos lugares me resultaban desconocidos, al igual que toda la región; tenía la misma sensación que el náufrago que se ve arrastrado hacia los confines de la tierra. Evidentemente, aquel tiempo nos acompañaría tan sólo hasta las orillas del Tártaro. Pusimos rumbo al sur, las veintidós embarcaciones —entre cuyas compañías se encontraba entonces mi hermano, que había abandonado su regimiento primigenio— atestadas de neófitos vomitando, muchachos aún más verdes que nosotros mismos, mientras la caballería enemiga seguía el avance de la flotilla desde la costa, impidiendo todo intento de desembarcar. Alcibíades se encontraba a bordo de nuestro navío, el Higeia. Se había granjeado una pésima fama al haber asignado su turno en los remos a su asistente (cuando ninguno menor de veinticinco años habría soñado jamás en tal extravagancia) mientras él controlaba la travesía de la flota más como un comandante que como un hoplita, como el resto. Llevaba sobre los hombros una capa de lana negra en la que lucía un águila plateada, un trabajo de artesanía tan espléndido que

tenía que costar como mínimo la paga íntegra de un capitán de todo un año.

Todo en su equipo era de una calidad extraordinaria, y su aspecto… la verdad es que tú lo conoces igual que yo. Ante él, uno se debatía entre la envidia, pues todo el mundo estaba perfectamente al corriente de que nadaba en la abundancia y le sobraban amantes, y un temor reverente al ver que el cielo había dotado de tanta espectacularidad a un ser de carne y hueso. Durante tres días la escuadra avanzó primero frente a la tormenta para meterse luego de lleno en ella; los de la región la calificaban de

«moderada», aunque para mí era más bien una infernal embestida.

Finalmente, a la tercera puesta de sol, se desencadenó una tempestad de una furia asesina.

El buque insignia de Paquete hacía señas para que todas las embarcaciones pusieran rumbo hacia la costa, a pesar de la presencia de la caballería enemiga.

¿Conoces, Jasón, el cabo denominado el Fuelle del Herrero? Quien ha oído hablar de él jamás puede olvidarlo. Las embarcaciones más veloces arribaron a sotavento; las naves pesadas, como la nuestra, fueron arrastradas mar adentro y estuvieron a punto de hundirse. La tierra firme del cabo era como una lengua de grava, cercada por los tres lados por unos acantilados de casi un estadio y protegida en la parte del único canal de acceso por unos promontorios rocosos en los que estallaban las blancas aguas, retumbando bajo el estruendo del potente oleaje. Tras una titánica lucha, mantenida durante la terrorífica caída de la noche, nuestras diezmadas fuerzas, diez embarcaciones, consiguieron embarrancar en el punto denominado las Calderas, una playa tan estrecha que las proas de los navíos (ya que empopar resultaba imposible en medio de tal tormenta) quedaban casi tocando los peñascos. Olas más altas que un hombre iban rompiendo contra los palos de popa, en un intento de engullirlos. Para colmo de hospitalidad, en aquel lugar, el enemigo se había lanzado sobre nosotros, y desde lo alto de un precipicio tan empinado que resultaba imposible escalarlo empezaba a arrojar piedras y a empujar rocas. Alcanzaron a dos de los navíos en un abrir y cerrar de ojos; no hubo forma de que los jóvenes de nuestras fuerzas respondieran a las órdenes de proteger las demás embarcaciones; al contrario, se agazaparon en las grietas del pie del acantilado, completamente empapados y muertos de terror.

Se había perdido el control. Paquete y los oficiales atenienses se habían visto arrastrados más allá del cabo; tardamos una eternidad en

establecer a quién correspondía el mando de nuestro maltrecho grupo, que recayó en un capitán de infantería macedonio, el cual, superado por aquella situación límite, se había replegado al pie del acantilado y no había forma de hacerle salir del refugio.

Sobre la playa caían las piedras como si granizara. Con las embarcaciones llenas de brechas, nuestra extinción estaba asegurada; el enemigo iba a limitarse a cerrar la salida desde arriba y a mantenernos en el fondo a base de piedras y flechas. Junto al Higeia, se había partido un barco que transportaba caballos. Muchos de ellos se agitaban entre el oleaje, a punto de ahogarse; dos que habían alcanzado tierra firme tenían el lomo partido por las piedras; sus relinchos perturbaban aún más a los novatos. La propia nave cabeceaba entre los rompientes, amarrada tan sólo por sus cabos de proa y popa, de cada de uno de los cuales se ocupaban los veinte muchachos, presas del frenesí, hundidos hasta el pecho en la vorágine.

Alcibíades y su primo Euriptolemo se habían arrojado al rescate. Me encontré con mi hermano León; los dos nos sumamos a la tarea. Tras un esfuerzo monumental, conseguimos por fin llevar a la playa la nave de transporte. Sin necesidad de palabras, Alcibíades se había convertido en nuestro comandante. Salió a grandes zancadas en busca de un mando superior a quien informar, y nos ordenó que le siguiéramos en cuanto los caballos estuvieran a salvo en tierra firme.

El vendaval seguía batiendo a cabeza de playa. No cesaba la lluvia de piedras; el temporal no cejaba. Mi hermano y yo acabábamos de alcanzar el extremo de la playa e íbamos en busca del puesto de mando; vimos a Alcibíades hablando con el capitán macedonio. De repente, dicho oficial le asestó un golpe. Nos lanzamos hacia delante. Aun en medio de la algarabía de la tempestad y las olas, la razón del enfrentamiento estaba clara: Alcibíades exigía órdenes, el capitán se veía incapaz de proporcionárselas.

Éste se lanzó sobre el muchacho, veinte años más joven que él, consciente, como todos nosotros, de su linaje y su reputación.

—Tu pariente Pericles no se encuentra aquí, jovencito, ¡no pretendas dar órdenes en su nombre!

—Hablo por mí y en nombre de los que van a morir a causa de tu abandono —replicó Alcibíades, abarcando con un ademán las embarcaciones, el vendaval y la lluvia de pedruscos que seguía azotándonos

—. ¡Toma una determinación o, por Heracles, seré yo quien la tome!

Sólo quedaban intactas dos naves. Alcibíades se dirigió a ellas. El capitán le hablaba a gritos, ordenándole que no se moviera, amenazándole con lo peor en caso de desobediencia. El joven no respondió a sus desafíos y se limitó a seguir su camino; nosotros, mi hermano y unos cuantos más, seguimos su marcha como arrastrados por una cadena. Al llegar al escollo impartió órdenes. Nadie oyó una sola palabra. Sin embargo, agarramos los remos y nos lanzamos contra el temporal, diez en cada hilera sin ni siquiera fijar los canaletes, pues de nada iban a servir en aquel mar. No sabría decir cómo salieron de allí las naves sin ni una sola pérdida humana. Tal vez lo que salvó al grupo, aparte de la clemencia de los cielos, fueron los baos de las naves y el volumen de agua de mar que trasladaban como lastre adicional. De cada cuatro golpes de remo, sólo uno surtía efecto. Cada cabezada impuesta por el vendaval golpeaba el casco como una máquina de asedio, mientras que unas olas de doble longitud que la de las naves las iban empujando como condenadas. Al caer en picado hacia el seno, las proas hocicaban, lo que provocaba enormes cascadas de agua en las sentinas; en el ascenso hacia la cresta, el viento batía la quilla al descubierto y situaba los navíos en posición vertical, cual estacas de vid. En los remos, nos encontrábamos prácticamente de pie en los puestos de nuestros compañeros de popa.

De una forma u otra, las dos embarcaciones consiguieron avanzar cuatro estadios mar adentro. Los muchachos se comunicaban como los perros, por medio de unos ladridos que el estruendo apagaba; no obstante, el objetivo estaba claro: llevar a cabo el primer desembarco en la parte septentrional, trepar por la pared del acantilado y situarse detrás del enemigo.

Alcibíades se puso a remar con tal vigor que movía a la emulación; en sus órdenes, que iban pasando a gritos los hombres en los bancos, precisaba que había que correr hacia la orilla del modo que fuera, prescindiendo de las embarcaciones y pensando sólo en llegar por nuestro propio pie. La cresta que nos conducía se deshizo a tal velocidad que prácticamente nos arrancó de los bancos. Nos lanzó por la borda. Yo perdí el sentido con la caída y recuperé la conciencia entre las olas, lastrado por el escudo, que me empujaba hacia el fondo con una violencia inimaginable. Llevaba el antebrazo trabado por la abrazadera hasta el codo y quedaba fijado como si llevara una manilla; gracias a la rotura de los remaches, desencajados por la presión del choque, conseguí bracear hasta la superficie. Ante mis ojos se

ahogó uno de los muchachos, arrastrado hacia el fondo de la misma forma.

Los restantes se juntaron en la playa, exhaustos, sin armas ni protección.

Las dos embarcaciones estaban hechas añicos. Los muchachos temblaban como azogados, completamente cárdenos.

Uno de ellos se volvió hacia Alcibíades, que estaba calado hasta los huesos y desarmado, temblando convulsivamente como los demás, aunque regocijándose por ello. No existe otra forma de describirlo. Respondió a los muchachos, agitados por las pérdidas de los buques, que en caso de no haberse hundido, habría dado órdenes para que se abrieran brechas en ellos y se afondaran.

—Debéis quitaros de la cabeza toda idea de retirada, hermanos. No nos queda más vía que la de avanzar, más alternativa que la victoria o la muerte.

—Ordenó que se hiciera el recuento y, una vez que se hubo descubierto que faltaban tres, los que se habían ahogado, señaló el sentido de su sacrificio.

Lo que habíamos perdido carecía de importancia al lado de la audacia del ataque—. La falta de armas no es un obstáculo grave en esta oscuridad.

Bastará aparecer de improviso a la espalda del enemigo. Tal será su sorpresa que huirá despavorido.

Alcibíades nos dirigió en el ascenso. Era un caballero y sabía que, con un tiempo como aquél, el enemigo lo primero que buscaría sería cobijo para sus monturas. No estábamos perdidos, repitió, por más negra que fuera la tempestad, lo que teníamos que hacer era seguir el borde, utilizando los relámpagos como faros, hasta descubrir el lugar. Por supuesto, estaba en lo cierto. Apareció un peñasco. Ahí estaban ellos. Nos precipitamos encima de los que cuidaban los caballos con piedras, palos y trozos de remo. En un abrir y cerrar de ojos, nuestro comandante había conseguido que ascendiéramos y empezáramos a atacar a lo largo del precipicio en una oscuridad tan absoluta como la de una tumba. En la cima, el grueso de la fuerza enemiga se dio a la fuga, tal como había pronosticado Alcibíades.

Perseguimos a unos cuantos, yo ansioso por arrebatar el escudo a alguno de ellos. Los que habían recibido una formación espartana preferían la muerte al regreso del campo de batalla, incluso victoriosos, con las manos vacías.

Cayó el primer hombre bajo mi golpe. Se hundió entre las rocas; oí cómo se le partía el cráneo en la oscuridad. Mi hermano me apartó de él con la intención de arrancarle el peto y el escudo. Estaba loco de alegría por haber sobrevivido, me sentía invencible, como les ocurre a tantos jóvenes soldados al cometer actos de barbarie en estados semejantes. León me

arrastró de nuevo hacia el precipicio. Nuestro grupo se había reunido, dominaba el terreno. ¡Habíamos vencido! Abajo, nuestras tropas aclamaban su liberación. Me di cuenta de que habían formado una cordada en la pared del acantilado; algunos habían subido desde la playa y se encontraban ante nosotros. Vi allí al capitán macedonio. Estaba reprendiendo a Alcibíades con vehemencia y rencor.

Acusó al joven de imprudencia e insubordinación, de vergüenza para su país y la buena marcha de la alianza. ¡Tres muertos a causa de su acto de rebeldía, dos embarcaciones perdidas por su usurpación de mando! ¿Dónde están nuestros escudos y armas? ¿Conoces el castigo por tales pérdidas?

Los ojos del capitán echaban chispas. Alcibíades tendría que presentarse ante un tribunal, acusado de amotinamiento, por no decir de traición, ¡y por Zeus que él bailaría sobre su tumba!

Tres suboficiales macedonios, compatriotas del capitán, le respaldaban con las armas. Alcibíades no mudó su expresión, se limitó a esperar a que acabara la diatriba.

—Una persona no debe hablar así —precisó— de espaldas a un precipicio.

Reprimiré mis deseos de exagerar el momento; antes bien citaré sólo que tres de sus secuaces, al considerar su situación, agarraron al comandante y lo despeñaron.

El resto, los que acabábamos de experimentar por primera vez en nuestras jóvenes vidas un bautismo de terror de aquellas dimensiones —y durante un período de tiempo más prolongado de lo que jamás hubiéramos imaginado—, nos vimos enfrentados a un desafío aún más desmesurado.

¿Qué sería de nosotros? Sin duda, los de abajo informarían sobre el comportamiento de Alcibíades. Nosotros éramos sus cómplices. ¿Acaso no nos juzgarían como asesinos? ¿No se mancillarían nuestros nombres, no caerían la vergüenza y la deshonra sobre nuestras familias? ¿Nos mandarían a Atenas encadenados a la espera de la ejecución?

De repente, Alcibíades se acercó a los tres macedonios y, poniéndoles la mano sobre el hombro, les aseguró que no albergaba ningún propósito siniestro. ¿Podían informarle —preguntó— del nombre y la familia del que había sido lanzado al abismo?

—Vais a redactar el siguiente parte —ordenó Alcibíades. Se dispuso a dictar el texto de un elogio al valor. Cada uno de los actos de heroísmo que había llevado a cabo él recaían en el capitán. Habló del valor del oficial ante

el abrumador peligro; de cómo el hombre, sin tener en cuenta su propia seguridad, se hizo a la mar en plena tempestad, escaló la escarpada pared de roca para rodear y aplastar al enemigo, salvaguardando con su actuación las embarcaciones y hombres de la compañía que tenía abajo. En la cima del triunfo, cuando dio muerte con su espada al comandante enemigo, la cruel fortuna se cernió sobre él. Cayó por el precipicio—. La gloria de esta hazaña —concluyó Alcibíades— ha de perdurar, imperecedera.

Había que mandar el parte, añadió Alcibíades, al padre del capitán.

Además, él mismo informaría a Paquete y a los generales de Macedonia al regreso de nuestro escuadrón. Se volvió entonces a nosotros, los jóvenes, y nos miró con detenimiento.

—¿Cuál de vosotros, hermanos, va a colocar su mano bajo la mía en este documento?

Ni que decir tiene que ninguno de nosotros se negó a ello.

Nuestra informal compañía de infantería, reunida con la brigada bajo las órdenes de Paquete, triunfó en su misión durante más de un mes de lucha, en el curso de la cual, Alcibíades, a los diecinueve años, si bien no desempeñaba oficialmente el mando, éste le fue otorgado por sus superiores con prontitud y espontaneidad, y se convirtió en nuestro capitán efectivo.

Cuando la unidad llegó por fin a Potidea, nuestro destino, y se unió a las tropas que se ocupaban del asedio, fue disuelta con la misma rapidez con que se había formado, y Alcibíades, sin ninguna condecoración aunque también sin acusación ninguna, fue trasladado a su regimiento.

En cuanto al incidente, mi hermano observó más adelante que, si bien él, al igual que yo, sirvió en las siguientes campañas junto a una serie de jóvenes que se encontraban presentes ante el precipicio en aquella ocasión, jamás ninguno hizo alusión a aquel acontecimiento.

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