Vientos de guerra
V el Hombre Indispensable
V
EL HOMBRE INDISPENSABLE
En el asedio de Potidea, dos jóvenes se hicieron indispensables: Alcibíades y mi hermano. A raíz de su comportamiento, tanto a la hora de la acción como del consejo, había quedado claro que el primero era preeminente en heroico fuego,
sin rival entre las huestes.
En todas las unidades se le consideraba el más inteligente y audaz, poseedor de un desbordante talento para la guerra. En Atenas, por su juventud, había visto limitado su campo de acción al deporte y la seducción.
La campaña trastocó esto y le ofreció una actividad acorde con sus dotes.
Demostró su valía de la noche a la mañana. No eran pocos quienes consideraban que, a pesar de no haber cumplido aún los veinte, podía haber sido elevado al mando supremo y, además de dirigir el asedio con mayor vigor y sagacidad, lo habría llevado a un feliz desenlace con menores pérdidas de vidas humanas.
En cuanto a mi hermano, se hizo un nombre como héroe entre nuestros hombres. La experiencia enseña que por mas numeroso que pueda llegar a ser un ejército, quienes llevan a cabo las tareas de la guerra son las pequeñas unidades, y para resultar efectivas, cada una debe poseer un hombre como León, que no conoce el miedo y se levanta todas las mañanas alegre, a pesar de las dificultades, dispuesto a echarse al hombro la carga de otro con una sonrisa, presto a llevar a cabo todo tipo de cometidos, por humildes que sean. Una unidad en la que falte un hombre como León no aguantará, mientras que la que disponga de un hombre así puede recibir duros golpes pero resistirá.
Las cartas de nuestro padre nos llegaron cuando estábamos en Potidea.
Nos convocaron, a León y a mí, a la tienda del ayudante de Paquete, un capitán de Exone de cuyo nombre no me acuerdo. El oficial leyó en voz alta
el escrito de nuestro padre, en el que confirmaba la edad de mi hermano, sus dieciséis años y tres meses, y suplicaba que se le dispensara inmediatamente del servicio, al tiempo que se responsabilizaba del pago de todos los cargos y gastos de transporte.
—¿Qué dices a esto, joven? —preguntó el capitán.
León enderezó el cuerpo de pies a cabeza y juró por las aguas del Estige que no tenía veinte años sino veintitrés. Afirmó que nuestro padre, con la mejor intención, estaba trastornado tras la devastación de la zona en la que vivíamos y ahora temía, lo cual era comprensible, perder a sus hijos; de ahí, la solicitud de Atenas, presentada con una convicción tan conmovedora como persuasiva. Cuando el capitán mandó llamar a unos testigos de nuestra región, quienes dieron testimonio fehaciente de la veracidad de la carta, León se negó a doblegarse. ¡No era la edad lo que hacía al soldado sino la pasión y el entusiasmo! El capitán le interrumpió.
Jamás he visto a alguien tan inconsolable como León; ofrecía una imagen casi cómica al arrastrarse a bordo del navío que iba a llevarle a casa.
Me tocó a mí pagar por las fechorías de mi hermano, como es lógico, siendo yo el mayor. Se me impuso como sanción la paga de tres meses, se me apartó de mis tareas y se me asignó el mando de una sección de muchachos, los dedicados a cortar leña. No nos proporcionaron armas sino hachas, así como mulas y rastras para los troncos.
Tú estabas en Potidea, Jasón. Lo recuerdo bien. Apareciste con Eurimedonte al final de la primavera; la flota transportaba a los destacamentos de relevo de caballería y al reemplazo de las tropas de asalto que se había llevado la peste. Tuviste suerte. Evitaste el invierno.
En la época de nuestro padre, el invierno era estación de inactividad.
¿Quién podía siquiera soñar en la lucha en medio de la nieve y el hielo? El verano era la estación de la guerra; en Esparta ni tan sólo existía una palabra que designara el verano; lo llamaban strateiorion, temporada de campaña. De todas formas, un asedio no puede llevarse a cabo sólo a pleno sol. De ahí surgió la necesidad de un nuevo calendario para un nuevo tipo de guerra.
Era aquél un asedio poroso. En la línea de combate, los soldados establecían más relaciones con el enemigo que con sus propios compatriotas. Vendíamos comida y leña; los potidenses lo intercambiaban por valiosos bienes: primero oro, luego joyas e hilo. Vendían sus armaduras y espadas. Hacia mitad del verano, empezaron a ofrecer a sus hijas.
Por todos los dioses, qué frío hacía allí arriba. La orina echaba vapor en el aire y se convertía en hielo antes de llegar al suelo. La armadura nos despellejaba la piel en los puntos en que la rozaba el helado bronce. La gloria de morir por el propio país había perdido el descolorido lustre que en un tiempo tuvo; en especial, perder la pelleja a causa de la peste bubónica o de algún avieso infortunio, como un flechazo al azar procedente de una almena, todo para que se terminase la campaña en primavera gracias a un tratado, a partir del cual de repente todos volvían a aliarse. Acampamos allí, helados y abatidos, cerca de la ciudad de los potidenses, que destacaba en el promontorio, helada y abatida como todos nosotros.
Las tres puertas septentrionales, las que miraban hacia tierra, permanecían cerradas sólo durante el día. Cuando caía la noche se convertían en paseo para quienes recogían los excrementos, los que hurgaban en los desperdicios y en la escoria. Veías sus huellas en la nieve, anchas como baluartes. Mandaba nuestra compañía un capitán que se dejaba sobornar, de nombre Gnosos. He aquí lo que hacía: de cada ocho árboles talados, pasábamos cuatro al ejército; los otros cuatro iban al enemigo. Éste pagaba a nuestro capitán con mujeres. Pero no con'
prostitutas sino con esposas e hijas respetables de la ciudad. Se arrastraban detrás de nosotros para conseguir leña. Negué a mis muchachos el permiso de participar en aquellas orgías, en las que era corriente que una sola mujer pasara por doce hombres antes de volver de nuevo tras los muros de la ciudad. Aquella degeneración, tolerada por su superior, iría degradando el poco espíritu guerrero que poseían nuestros muchachos. Por otra parte, pese a ser consciente de que podría parecer algo pundonoroso teniendo en cuenta mis hazañas posteriores, he de afirmar que no soportaba ver los estragos que infligía tal comercio en las propias mujeres.
Me llamaron la atención por ello. A mi espalda, mis compañeros empezaron a llamarme «el espartano». Corría la voz de que estaba en concomitancia con el enemigo y que mi mojigata intransigencia no sólo minaba la moral de la juventud sino que, al desafiar las disposiciones de mi capitán, la actitud podía calificarse cuando menos de insubordinación y en el peor de los casos, de traición. En un enfrentamiento que tuve con éste, se me escapó la palabra «alcahuete». Me apartaron del servicio.
Acudí a Alcibíades en busca de ayuda. Aquel otoño, el ejército había entablado un encarnizado combate con el enemigo, que intentaba romper el cerco por la fuerza y exigía la movilización de todos nuestros efectivos;
Alcibíades había destacado en el combate; en realidad se le había concedido el premio al valor, al considerarle el hombre más valiente de los seis mil que se encontraban en el campo de batalla. La corona y la armadura tardaron unos meses en llegar. Precisamente, había recibido la corona la tarde en que acudí a él. Lo estaba celebrando con sus compañeros de tienda.
Como bien sabes, Jasón, cualquier campamento establecido durante un largo periodo en un lugar, se convierte en una ciudad. Su mercado se transforma en el ágora, sus campos de instrucción, en el gimnasio. Esta polis, para combatir el aburrimiento, crea sus propias diversiones y distracciones, sus personajes y sus payasos. La ciudad tiene una parte buena y otra mala, un barrio al que uno acude por su cuenta y riesgo y una zona privilegiada y de nota, que embelesa a todos. Indefectiblemente, una tienda, por el esplendor de sus ocupantes, se impone como epicentro del campamento.
La tienda de Alcibíades, Aspasia Tres (las principales calles de los siete campamentos fortificados que rodeaban la ciudad recibían los nombres de famosas cortesanas de Atenas), se había convertido en dicho centro. No sólo por la fama de él, sino también por la inteligencia y conversación de sus dieciséis compañeros, entre los que se encontraba su propio maestro, Sócrates (no tan famoso por aquel entonces como filósofo, sino como robusto y aguerrido combatiente de cuarenta años), el célebre actor Alceo, Mantiteo, boxeador olímpico, y Acumenos, médico. Aquellos personajes eran de lo más divertido. Todo el mundo quería estar con ellos. Se valoraba más una cena en Aspasia Tres que una condecoración. Justamente por esta razón había rehuido yo a Alcibíades, pues no deseaba presentarme a él sin invitación y también porque consideraba nuestra relación como algo cordial pero al mismo tiempo distante.
En aquellos momentos, sin embargo, la gravedad de mi situación me empujó a hacerlo. Esperé al punto de la noche en que creí que habría concluido la comida vespertina y me encaminé a la tienda de Aspasia con la única intención de robar a Alcibíades unos momentos, pensando en hablar tal vez con él fuera de la tienda y conseguir que intercediera por mí ante los mandamases. Imaginaba que con unos golpes en el poste solucionaría el asunto.
Tuve la sorpresa de que, a diferencia de las demás zonas valladas del campamento, cuyos callejones permanecían a oscuras, desiertos, de no ser por algún soldado suelto que corría en busca de refugio en medio del frío, la
entrada de la tienda de Alcibíades resplandecía, con antorcha y brasero, la intersección de los callejones era un animado hormiguero de variopintos oficiales fuera de servicio, infantes, vendedores de vino, malabaristas, pasteleros, un grupo de acróbatas en plena representación sobre un escenario montado con troncos y un bufón profesional, por no citar a una serie de mujerzuelas desdentadas procedentes del campamento de las prostitutas que merodeaban por allí con gran brío. Los aromas de la carne que crepitaba al fuego parecían incrementar la animación; las fogatas ardían con gran resplandor en el suelo, que se había descongelado. Mientras me abría paso entre el gentío, vi abrirse la entrada de la tienda y salir al espécimen femenino más deslumbrante que jamás contemplaron mis ojos.
Tenía el pelo rojizo; sus ojos, de un violeta tan intenso que parecían destellar como diademas bajo la luz de la antorcha. Llevaba un manto de marta cibelina que la cubría de pies a cabeza y la escoltaban dos oficiales de caballería, altos como torres, ataviados con las capas con orla de armiño del enemigo. Ninguno de los sitiadores se había atrevido a ponerles las manos encima; en realidad, nuestros muchachos les acercaron los caballos, ayudándolos a montar. La dama salió al galope, aunque no en dirección hacia la ciudad sino por el camino hacia el risco denominado de Asclepio, donde, por lo que supe más tarde, se había acondicionado una pequeña casa para su uso particular y el de su escolta.
—Es Cleonice —aventuró un vendedor de cebolla frita—. La amiga de Alcibíades.
Habría permanecido sin duda toda la noche plantado ante la puerta de no haber pasado por casualidad por allí Euriptolemo, el primo de mi anfitrión, quien, al reconocerme, me llevó aparte. Muy animado, me informó de que aquella dama, Cleonice, era la esposa de Macaón, el ciudadano más acaudalado de Potidea. Alcibíades tenía relaciones con ella con el objetivo de que su marido traicionara a su ciudad.
—Se ha enamorado de él y no quiere volver a casa. Dice incluso que espera un hijo suyo. ¿Qué se puede hacer?
Euriptolemo, a quien sus compañeros llamaban Euro, me mandó esperar mientras él se metía en la tienda. Poco después oí la risa de Alcibíades; se abrieron las cortinas y sin darme cuenta me vi apartado del gentío y acogido por la calidez del interior.
—Pommo, amigo mío, ¿dónde te habías metido? ¡No andas solitario por los bosques con aquellos inocentes!
Según pude saber, Alcibíades se había erigido en maestro de placeres.
Estaba sentado en el banco de honor, la corona ante él, las mejillas enrojecidas por el vino. Le habían herido; bajo la túnica se.adivinaban las vendas de las costillas. Me presentó como su compañero de las Calderas y mandó que dispusieran para mí asiento y vino. Estaba al corriente de mis problemas.
—¿Es cierto que llamaste alcahuete al capitán?
Mi llegada había interrumpido la conversación; intenté desviar la atención de mi persona para que siguiera la charla. El grupo no siguió ese camino. Mantiteo el olímpico me pidió que expusiera mis objeciones a un inofensivo retozo. Repliqué que se trataba de una práctica ni de lejos inocua, que, por el contrario, minaba la moral de la juventud que estaba a mi cargo.
—Yo mismo tengo una hermana pequeña, Meri —añadí, casi sin darme cuenta, con gran pasión—. Sería capaz de sacar las tripas al hombre que tuviera la osadía de poner la mano sobre su vestido sin permiso de mi padre. ¿Cómo voy a quedarme con los brazos cruzados observando cómo se mancilla a las doncellas, aunque sean hijas del enemigo?
Aquello levantó un irónico coro de «Oye, oye». Ante mi sorpresa, quien intervino en mi defensa fue Alcibíades. Su intervención fue recibida con irónicas y desdeñosas burlas, que él soportó sonriendo afablemente.
—Podéis reír, amigos, al oírme romper una lanza a favor del sexo débil, pues mi fama como seductor de mujeres no es inconsecuente. Pero soy yo el más indicado para afirmar que conozco lo que representa ser mujer.
Hizo una pausa y, volviéndose hacia mí, dijo que debía dejar de lado toda preocupación en cuanto a los cargos de que se me acusaba. Alguien movería los hilos adecuados. De momento, lo que tenía que hacer era beber, aunque no con moderación, como los espartanos, sino a fondo, al estilo ateniense, para superar a quienes me llevaban ventaja. Si no, insistió mi anfitrión, las chanzas podrían perder chispa, y la conversación, profundidad.
Se volvió de nuevo hacia los demás y siguió:
—Imaginémonos, amigos míos, que un bello joven se parece mucho a una mujer. Se le hace la corte, se le adula, se ensalzan unas virtudes que no posee aún y en general se le aclama por unas cualidades que, lejos de ser suyas, son accidentes de nacimiento. Y no sonrías, Sócrates, puesto que el asunto se acerca mucho al punto sobre el que estabas disertando. Me refiero
a la diferencia existente entre el verdadero yo del politico y el mithos que éste debe proyectar si quiere participar en la vida pública. Afirmaba yo, y tú no has puesto en tela de juicio la exactitud de mi aserción, que yo mismo o cualquier otra persona que entra en la política debe ser dos al mismo tiempo: el Alcibíades que conocen mis amigos y «Alcibíades», esa ficticia personalidad que a mí me resulta desconocida pero cuya fama debo alimentar y conformar si pretendo que se imponga mi influencia en la arena política.
»Una mujer bella se encuentra en el mismo aprieto. A la fuerza ha de tener una imagen de sí como dos seres: el alma particular que conocen sus allegados y el sustituto externo que sus atractivos muestran al mundo. La atención que recibe puede satisfacer su vanidad, pero se trata de algo vacío, de lo que ella es consciente. Termina pareciéndose a los pilluelos que vemos en la fiesta de Teseo, que empujan unas carretillas pintadas con un par de astas de toro delante. Se da cuenta de que sus admiradores no la aman por sí misma, es decir, no aman a la que lleva la carretilla, sino por la fantasía que ésta tiene delante. Esta es la definición de la degradación. Y
precisamente por ello, amigos, desde muy joven he despreciado a los pretendientes que me hacían la corte. Ya de niño comprendí que no era a mí a quien amaban. Buscaban tan sólo la superficie, movidos por su propia vanidad.
—Aun así —intervino Mantiteo, el boxeador—, no rechazas las insinuaciones de nuestro compañero Sócrates, como tampoco rehúyes la amistad del resto del grupo.
—Porque vosotros sois mis auténticos amigos, Mantiteo. Aunque tuviera el rostro magullado como tú, seguirías queriéndome.
Alcibíades intentó llevar a Sócrates a la conclusión de su disertación sobre el tema que había interrumpido mi llegada, pero no lo consiguió, ya que Alceo, el actor, sacó de nuevo la cuestión de las humilladas mujeres de Potidea.
—No empleemos a la ligera la palabra «degradación», compañeros. La guerra es degradación. Tiene como objetivo la degradación definitiva: la muerte. Estas mujeres no han sido sacrificadas. Sus magulladuras curarán.
—Me sorprendes, excelente amigo mío —respondió Alcibíades—.
Sobre todo como actor, deberías saber que la muerte toma muchísimas formas malignas, aparte de la física. ¿Acaso no es lo que trata la tragedia?
Piensa en Edipo, en Clitemnestra, en Medea. Sus heridas también cicatrizarán. No obstante, ¿no se les destrozó totalmente por dentro?
Habló luego Mantiteo:
—En mi opinión, no son estas mujeres las que sufren el verdadero envilecimiento sino sus padres y hermanos, que permiten que se las utilice de una forma tan aborrecible. Estos hombres tienen otras salidas. Podrían morir de hambre. Podrían luchar hasta la muerte. A decir verdad, estas jóvenes son heroínas. Pensemos que cuando un hombre lo arriesga todo en defensa de su país, se le concede la corona del valor. ¿No son iguales estas muchachas? ¿Es que no sacrifican sus bienes más preciados, su virginidad, su reputación de virtuosas para socorrer a sus atribulados compatriotas? ¿Y
si, llegada la primavera, sus aliados espartanos se despiertan y acuden en su ayuda? ¿Y si nosotros mismos salimos derrotados? ¡Por todos los dioses, los potidenses deberían erigir estatuas en honor de estas valientes muchachas! En realidad, visto así, nuestro joven amigo —me señaló— no está librando de la vergüenza a las nobles muchachas sino negándoles su opción a la inmortalidad.
Las risas y coros de «Otra vez, otra vez» acogieron la disertación, así como el acompañamiento de golpes con los cuencos de vino contra las cajas y baúles de madera dispuestos a modo de mesas para el banquete.
—Un momento —interrumpió Alcibíades—. Veo sonreír a nuestro amigo Sócrates. Está a punto de hablar. Sinceramente, creo que debemos advertir a nuestro compañero Polémides, o tal vez, como hizo Odiseo al acercarse a la isla de las sirenas, taparle los oídos con cera. Puesto que en cuanto haya oído el suave discurso de nuestro amigo, se encontrará esclavizado para siempre, como nos ocurre a todos.
—Sigues mofándote de mí como siempre, Alcibíades —dijo Sócrates
—. ¿He de soportar tal abuso, compañeros, sobre todo procedente de la persona que menos tiene en cuenta mis consejos y no persigue más que su propia popularidad?
Sócrates, el hijo de Sofronisco, estaba sentado frente a mí. De todos los allí reunidos, su aspecto era en realidad el menos atractivo. Era un hombre bajo y fornido, de labios delgados y nariz chata, casi calvo ya a los cuarenta años, con una capa de tela basta manchada de sangre a raíz de una escaramuza que había tenido lugar a principios del mes, de una calidad digna de un espartano.
Aquellos hombres empezaron a zaherirle sobre un incidente ocurrido unos días antes. Al parecer, Sócrates, a media mañana, se encontraba ensimismado al aire libre, aguantando el frío glacial, dándole vueltas a algún enigma o problema irresoluble. Siguió así, con las sandalias metidas en el hielo, reflexionando sobre el tema todo el día, para desconcierto de todos los que observaban, tiritando a cubierto, con los pies protegidos por un vellón. Los soldados se asomaban por turnos; Sócrates seguía allí. Hasta que cayó la noche y hubo resuelto su perplejidad no se levantó para ir a cenar junto al fuego. Incitados por Alcibíades, los del grupo quisieron saber qué misterio había ocupado con tanta tenacidad la cabeza de su amigo.
—Estábamos hablando de degradación —empezó Sócrates—. ¿Y en qué consiste ésta? ¿No se trata de la percepción de un individuo basándose en una cualidad aislada, hasta la exclusión de las múltiples facetas de su alma y su ser, utilizando así a la persona? En el caso de estas desgraciadas mujeres, dicha cualidad es su carne y la utilidad de ésta a la hora de satisfacer nuestros propios deseos básicos. Desestimamos todo lo demás que las convierte en humanas, descendientes de los dioses.
»Tened además en cuenta, compañeros, que esta cualidad específica por la que condenamos a dichas mujeres y las sentenciamos a apartarse de la humanidad es una cualidad sobre la que ellas mismas no poseen autoridad alguna, una cualidad que se arrojó sobre ellas sin comerlo ni beberlo en el momento de nacer. ¿Acaso no nos encontramos ante la antítesis de la libertad? Es la utilización que uno hace del esclavo. Tratamos incluso mejor a nuestros perros y caballos, prestando atención a las sutilezas y contradicciones de su carácter, apreciándoles o desdeñándoles según ellas.
Sócrates se detuvo y preguntó al grupo si alguno no estaba de acuerdo con su reflexión. Todos compartieron su opinión y le animaron a continuar.
—Y además nosotros, que nos consideramos hombres libres, a menudo actuamos así, no sólo respecto a los demás sino también hacia nosotros mismos. Damos cuenta y definimos nuestras propias personas por medio de unas cualidades que nos fueron otorgadas o de las que nos privaron al nacer, excluyendo las que nos hemos granjeado o hemos adquirido posteriormente, por medio de la iniciativa y la voluntad. Para mí ése es un mal mayor que la degradación. Es autodegradación.
Dirigió una sutil mirada a Alcibíades. Nuestro maestro de placeres captó claramente el gesto y se lo devolvió, divertido e intrigado, aunque no
sin una cierta ironía.
Sócrates siguió:
—Considerando tal estado de autoesclavitud, empecé a cavilar.
¿Cuáles son exactamente las cualidades que hacen libre al hombre?
—Nuestra voluntad, como has dicho tú mismo —apuntó Acumenos, médico.
—Y la fuerza para ejercitarla —añadió Mantiteo.
—Exactamente lo que yo pensaba, amigos. Nuestros pensamientos van por el mismo camino, incluso dejan atrás mis pobres consideraciones. Pero
¿qué es el libre albedrío? Estamos de acuerdo en que lo que no posea libre albedrío no puede calificarse de libre. Y lo que no tiene libertad está degradado; es decir, queda reducido a un estado inferior al que pretendieron los dioses.
—Creo ver hacia dónde se encamina todo esto —terció Alcibíades con una sonrisa—. Noto que se acerca la reprimenda, compañeros, para mí y para todos nosotros.
—¿Debo interrumpir? —preguntó Sócrates—. Tal vez nuestro maestro de goces está fatigado; el heroísmo y la adulación de sus semejantes le han dejado exhausto.
El grupo insistió para que su compañero reanudara el tema.
—He estado observando a los jóvenes soldados del campamento.
¿Verdad que su impulso dominante es el de obrar conforme a las normas?
Cada uno de ellos cuida espontáneamente sus rizos a imagen de los demás, se acomoda el dobladillo a la misma altura que los otros, se pasea e incluso adopta posturas siguiendo una tendencia idéntica. La inclusión en la jerarquía lo es todo; la exclusión, es el mayor temor.
—Eso no tiene trazas de libertad —intervino Acumenos.
—Las tiene de democracia —respondió Euriptolemo con una carcajada.
—¿Estaríais de acuerdo, amigos, en que estos jóvenes, tiranizados pd
—la opinión de sus semejantes, no poseen libertad? Todos coincidieron.
—En realidad, son esclavos, ¿es cierto o no? No actúan siguiendo los dictados de su propio corazón sino que buscan complacer a los demás. Dos palabras describen tal actitud. Demagogia y moda.
El grupo respondió con silbidos y ovaciones.
—Afortunadamente tú, Sócrates, eres inmune a tales dictados precisó Alcibíades.
—Sin duda, con mi miserable capa y la barba recortada con la espada, todo el campamento me ve como un personaje de quien chancearse. Sin embargo mantengo que, ajeno a las limitaciones que impone la moda, yo soy el más libre de los hombres.
Sócrates amplió la metáfora para abarcar la asamblea de Atenas:
—¿Acaso existe bajo la capa del cielo un espectáculo más degradante que el de un demagogo lanzando su perorata ante las masas? Cada una de sus sílabas chirría por el enorme descaro, ¿y por qué? Porque nosotros discernimos, al oír al infeliz sinvergüenza bravuconear ante la multitud, que trabaja con oficio y astucia para someter a su antojo al populacho. Busca su propio ascenso mediante su aceptación, y es capaz de decir lo que sea, lo más infame y perverso, para elevar su imagen a los ojos de ellos. Dicho de otra forma: el político es el esclavo supremo.
Alcibíades disfrutaba muchísimo con este toma y daca.
—En otras palabras, tú dirás de mí, amigo mío, que al seguir con la política actúo como un alcahuete y un coime, en busca de un ascendente entre mis semejantes, y que al hacerlo pongo mi yo más noble al servicio de mi yo más innoble.
—¿Eso es lo que respondería yo?
—¡Pues ahí te he cazado, Sócrates! ¿Y si lo que un hombre persigue no es seguir a sus semejantes sino guiarles? ¿Y si su discurso no arranca de las falsedades del halagador sino de los recovecos más sinceros de su corazón? Politico ¿no es acaso la definición del hombre de la polis? ¿De quien no actúa para sí sino para su ciudad?
La conversación siguió briosa y animada durante casi toda la velada.
Debo admitir que no seguí, o no pude seguir, buena parte de sus giros y vueltas inesperados. Al final, no obstante, la conversación pareció resumirse en una cuestión que el grupo había estado debatiendo antes de mi llegada: en una democracia, ¿podía describirse como «indispensable» a un hombre, y de ser así, merecía tal persona una dispensa mayor que sus coetáneos de menos valía?
Sócrates se puso de parte de las leyes, las cuales, a pesar de sus defectos, afirmó, ordenan que todos los hombres sean iguales ante ellas.
Alcibíades tachó aquello de absurdo y con una carcajada manifestó que su amigo no podía estar convencido de ello, que en realidad no lo estaba.
—De hecho, yo te declaro, por encima de todo, indispensable. Sería capaz de sacrificar batallones enteros para conservar tu vida, lo mismo que
haría cada uno de los presentes en esta mesa.
Un coro de «sigue, sigue» lo secundó.
—Y no me mueve sólo el afecto —continuó el joven—, sino el provecho del estado. Porque él te necesita, Sócrates, como médico, para el cuidado de su alma. Sin ti, ¿qué sería de él?
Sócrates no pudo contener una carcajada.
—Me decepcionas, amigo mío, puesto que esperaba descubrir amor en lugar de política en el fondo de la devoción que proclamas de forma tan apasionada. Sin embargo, no vamos a tomarnos la cuestión a la ligera, amigos, pues en su fondo radica la materia que nos lleva al examen más riguroso. ¿Qué tiene prioridad según nosotros, el hombre o la ley? Situar a un hombre por encima de la ley es negar por completo la ley, ya que si ésta no es igual para todos no rige para nadie. El hecho de situar a un hombre en un pedestal crea el tramo de escalera por la que puede ascender otro más tarde. En realidad sospecho, como les ocurrirá a todos, hermanos míos, que cuando mi compañero me ha proclamado indispensable, tenía la intención de establecer el precedente mediante el que luego poder ungirse a sí mismo.
Alcibíades, riendo, se declaró realmente indispensable.
—¿No fueron indispensables Temístocles, Milcíades y Pericles? El estado se habría convertido en ruinas sin ellos. Y no nos olvidemos de Solón, quien nos proporcionó unas leyes en cuya defensa se mantiene firme nuestro amigo. No me interpretéis mal. No pretendo derogar la ley sino observarla. Sería absurdo declarar «iguales» a los hombres de no existir el mal. En realidad, el argumento que pretende difamar a un hombre declarándole «por encima de la ley» es superficialmente falso, habida cuenta de que dicho hombre, ya sea Temístocles o Cimón, conforma sus actos a una ley superior, cuyo nombre es Necesidad. El hecho de poner obstáculos en nombre de la «igualdad» al hombre indispensable es la locura del que ignora el trabajo de este dios, el que antecede a Zeus, a Cronos y a la propia Gea y se sitúa perennemente como su, como nuestro, legislador y progenitor.
Más risas y golpes con los cuencos de vino. Sócrates se disponía a responder cuando un alboroto fuera le interrumpió. Un brasero derribado había incendiado la tienda de al lado; todo el mundo salió en tropel para colaborar en la extinción del fuego. El grupo se disolvió. Me encontré al lado de Alcibíades. Éste indicó a su asistente que fuera a buscar caballos.
—Vamos, Pommo, te acompañaré hasta tu campamento.
Di el santo y seña al centinela de turno y emprendimos el camino en el frío.
—¿Qué? —dijo Alcibíades en cuanto hubimos superado la primera línea de estacas—. ¿Qué opinión te merece nuestro profesor calvete?
Respondí que no acertaba a formarme una opinión de él. Sabía que los sofistas se hacían ricos con sus honorarios. En cambio Sócrates, ataviado como el pueblo llano, parecía más bien…
—¿Un pedigüeño? —preguntó Alcibíades, riendo—. Porque se niega a aprovecharse de lo que persigue a través del amor. Si pudiera, pagaría, no se considera maestro sino alumno. Y te diré algo más. Mi corona al valor…
¿te has percatado esta noche de que en ningún momento la he colocado, como habría hecho cualquiera, sobre mi cabeza? Se debe a que el premio le pertenece a él, a nuestro desastrado maestro del discurso.
Alcibíades explicó que en el punto álgido de la batalla por la que se le había distinguido había caído, magullado y herido, atacado desde todos los flancos por el enemigo.
—Sólo Sócrates acudió en mi defensa, desafiando su propia seguridad para que pudiera guarecerme bajo su escudo, hasta que nuestros compañeros consiguieron congregarse y volver con refuerzos. Mantuve con gran vehemencia que la recompensa le pertenecía, pero él convenció a los generales para que me la concedieran a mí, sin duda con la intención de educar mi corazón a fin de que aspirara a otras formas de gloria más nobles que las de la política.
Seguimos el resto del trayecto en silencio. Más allá de las almenas de la asediada ciudad se vislumbraba el humo de los fuegos para preparar la comida.
—¿Reconoces este olor, Pommo?
Era carne de caballo.
—Están asando la caballería —puntualizó Alcibíades—. En primavera estarán acabados, ellos lo saben bien.
En el campamento de los leñadores, Alcibíades convirtió su llegada en un espectáculo, dejando claro, sin articular palabra que me tenía en gran estima y que cualquiera que me contrariara se las tendría que ver con él.
Evidentemente, diez días después mi comandante recibió órdenes de trasladarse de nuevo a Atenas y le sustituyó un oficial que tenía instrucciones de dejarme libre para dirigir mi sección como quisiera.
Me apeé del caballo y devolví las riendas a mi amigo.
—¿Qué piensas hacer durante el resto de la velada? —preguntó. Iba a escribir una carta a mi hermana.
—¿Y tú? ¿Volverás para seguir las discusiones filosóficas? Se echó a reír.
—¿Qué otra cosa puedo hacer?
Observé su partida arrastrando el caballo que me había traído. Sus huellas sobre la nieve no seguían, sin embargo, la línea de estacas que llevaba a Aspasia Tres sino que ascendían por la pendiente denominada de Asclepio, hacia la cabaña de abeto donde le esperaba la dama, Cleonice, la de los ojos color violeta.
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