Vientos de guerra

Steven Pressfield · Capítulo 21 de 54

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Vientos de guerra

XX Maestros de Guerra

XX

MAESTROS DE GUERRA

Entre las características que distinguen a los espartanos de los demás pueblos cabe citar la siguiente: cuando un aliado que se encuentra en peligro solicita su ayuda, ellos no le envían tropas ni riquezas, sino sólo un general. Este, al asumir el mando de las fuerzas asediadas, basta, según ellos, para dar la vuelta a los acontecimientos y conseguir la victoria.

Todo el mundo sabe que así sucedió en Siracusa. El nombre del general era Gilipos. Y le conocía de la época en que estuve en la escuela en Esparta. He aquí su verdadera historia.

De pequeño, Gilipos fue un corredor extraordinariamente veloz. A los diez años participó en la Hiacintada infantil y se adjudicó la victoria de la carrera larga, una prueba a campo a través de ochenta estadios. La dura prueba que debían superar los atletas se desarrolla de la forma siguiente: cada participante debe tomar suficiente agua para llenarse los carrillos, mantenerla, sin tragar una gota durante la carrera, y echarla una vez finalizada ésta en un recipiente de bronce que representa a Apolo con las manos extendidas a modo de copa. Quien traga una parte del líquido queda fuera de la competición. Casi todos los participantes lo hacen. A veces, un simple tropezón basta para tragar el agua involuntariamente.

Gilipos había ideado un truco. Cuando se encontraba lejos de la mirada de los jueces, tragó el agua y emprendió la carrera. Había escondido antes la cantidad de líquido necesaria en una piedra hueca situada a unos ocho estadios de la meta. Llegó al lugar llevando ventaja al resto de participantes, volvió a llenarse la boca y conservó el líquido hasta la llegada. Con tal estratagema venció a los diez y también a los once años. Pero una noche en que dormía al lado de Fébidas, su hermano mayor, alardeó de la hazaña. Su hermano decidió darle una lección. Al año siguiente, se fue hasta la piedra de la que él le había hablado y le dio la vuelta. Cuando Gilipos, en cabeza, llegó al lugar, no encontró el líquido para llenarse de nuevo la boca, y los otros muchachos se acercaban.

Gilipos aceleró el paso y llegó otra vez el primero a la meta. Cuando los jueces le ordenaron que llenara las manos del dios, es decir, que soltara el agua, él obedeció. Se había mordido la lengua y tenía la boca llena de sangre.

A los veinte años, cuando se encontraba al mando de una compañía bajo las órdenes de Brásidas, en Tracia, se distinguió en varias ocasiones por su valor y al tiempo cosechó importantes triunfos en la conducción de las tropas, compuestas por ilotas que no poseían armadura adecuada y apenas habían recibido formación. Parecía sentirse inclinado hacia aquellos bribones que no respetaban a nadie y poseer un talento especial para convertirles en tropas de primera. Naturalmente aquello le valió la elección por parte de los éforos como comandante de Siracusa.

Gilipos, convertido en polemarca y jefe a los treinta y seis años, con tres premios al valor en su haber, incluyendo el de Mantinea, llegó a Sicilia con sólo cuatro naves, dos secretarios, un joven oficial y un puñado de ilotas libertos como infantes. En doce meses lo había trastocado todo.

Empezó con la flota siracusana, la cual, antes de su llegada, lucía un despliegue de colores espectacular, y les prohibió toda tela que no fuera de color blanco, ordenando que se quemaran en público las vestimentas que atentaban contra su dignidad e inaugurando al tiempo la fiesta del Poseidón Desnudo, en dórico, la Gimnopotidea. A fin de evitar que sus falanges se dedicaran al saqueo, instituyó un sacrificio ritual que había de celebrarse antes del alba y exigía la presencia de todos los oficiales. Prohibió llevar la cabeza cubierta a los que se encontraban en las naves, en parte con la idea de desterrar toda manifestación de vanidad y sobre todo para conseguir que el sol curtiera y confiriera vigor a sus hombres.

Gilipos fortificó el Puerto Pequeño, cuyos astilleros habían sido pasto de la devastación ateniense, levantando espigones y empalizadas. Tras ello, organizó el trabajo. Los arquitectos y constructores navales hasta entonces se habían considerado artesanos, pertenecientes al escalafón más bajo.

Gilipos cambió tal jerarquía, adjudicando broches al honor y atribuyéndoles el apelativo de poleos soteres, salvadores de la ciudad. Antes de llevar adelante la reforma, los muchachos menores de dieciocho años no accedían a las listas del censo, mientras que a los que superaban los sesenta, independientemente de sus habilidades o fuerza física, se les imponía el retiro obligatorio. Gilipos revocó estas ordenanzas y atrajo a su cuerpo de constructores navales a los jóvenes más listos como aprendices y a los

mayores con más experiencia como maestros. A finales del invierno, la flota de Siracusa casi igualaba en número de embarcaciones de guerra a la de sus sitiadores, y sus mandos habían adquirido tal audacia que podían desafiar al invasor en el mar nave contra nave.

Gilipos también reformó el ejército. Puso a prueba a sus hombres para descubrir cuáles de ellos ambicionaban más el honor que la riqueza o el poder, y a éstos les nombró capitanes. Todos aquellos que se habían ganado el puesto gracias a su riqueza o influencia tuvieron que solicitarlo de nuevo, sometiéndose al juicio de Gilipos y al de sus nuevos mandos. Reorganizó también el ejército en compañías, que ya no se agrupaban por tribus sino por la parte de la ciudad a la que pertenecían. Enfrentó a las facciones que mantenían una rivalidad endémica, ofreciendo recompensas en las competiciones entre ellos. De esta forma, el batallón de la parte de Geloán se distinguió por encima de su adversario de Andetusia. Seguidamente reunió a éstos como aliados contra los demás. Por medio de este tipo de ejercicios, cada unidad iba adquiriendo confianza en sí misma, y el ejército en su conjunto reforzaba su fe.

Al descubrir que les faltaban armas y otros instrumentos de defensa, Gilipos ordenó a todos los que poseían escudo y peto que se presentaran en la plaza central. Los ricos, aprovechando la oportunidad para lucirse, exhibieron unas armaduras doradas y resplandecientes. Después de aquella demostración de orgullo, Gilipos presentó su sencilla panoplia. Todo lo suntuario quedó eliminado, se vendió y lo recaudado se invirtió en adquisición de armamento para los soldados rasos.

A fin de aumentar los ingresos, se valió de la siguiente estratagema.

Temeroso de que la introducción de un impuesto directo pudiera arrebatarle el apoyo de la aristocracia, consiguió que la Asamblea exigiera a cada ciudadano presentarse un día en concreto para dar cuenta de sus riquezas.

Con aquello todo el mundo podía constatar con sus propios ojos el alcance de lo que atesoraban los demás. Los privilegiados se avergonzaron de no haber contribuido más, mientras que los humildes, que habían servido con honor, fueron ensalzados. Llovieron los donativos. La caballería pudo adquirir un buen número de animales y los sótanos rebosaban.

Aprovechando la afinidad lingüística entre los espartanos dóricos y los siracusanos, Gilipos se valió también de las palabras para la causa. A los infantes de marina con armadura les llamó homoioi, Iguales. Los regimientos recibieron el nombre de lochoi, las divisiones, el de moral.

Siguiendo otras costumbres espartanas, obligó a cada miembro de una unidad militar a abandonar la costumbre de cenar en casa o con los amigos, instaurando las comidas en la mesa común, junto a la compañía. Así fomentaba el espíritu de unidad y todos se sentían iguales e identificados.

Gilipos prohibió la embriaguez, declarando delito merecedor de azotes la incapacidad de tenerse en pie. Estableció asimismo sanciones contra quienes echaran barriga o encorvaran excesivamente los hombros. Introdujo himnos de burla, como en Esparta, y reclutó a los niños de la ciudad para que se reunieran alrededor de quienes se presentaran desaseados y les ridiculizaran con canciones. Gilipos estableció éstas y otras reformas. Sin embargo, la mayor la logró con su sola presencia, con el hecho de estar ahí para convivir con sus compañeros en el peligro y ofrecerlo todo para garantizarles la libertad.

Una mañana de finales de invierno, mientras reunía sus batallones y nosotros nos apresurábamos hacia nuestros puestos, vi que León estaba tomando notas.

—¿Te has fijado —me comentó— con qué disciplina van hacia sus puestos los siracusanos ahora que Gilipos los ha modelado a su imagen?

Observé aquello. De todos nuestros aliados —atenienses, argivos y corcirenses—, la mayor parte se encontraban arrodillados o en cuclillas.

Los petos, esparcidos por el suelo, los escudos, torcidos o colgados de cualquier forma. Los escuderos hacían turnos dobles y triples, mientras sus compañeros llevaban tiempo empleados como jornaleros. En el otro bando, hasta el último siracusano lucía su panoplia completa, el escudo contra la rodilla, el escudero a su izquierda, sosteniendo el peso del yelmo y la coraza a la manera espartana.

Aquel día nos derrotaron. A finales de verano, su contrafuerte había cortado nuestra defensa y con ello se había perdido toda esperanza de sitiar Siracusa. En un asalto nocturno, Gilipos tomó Lábdalon, la fortaleza y depósito situados por encima de Epípolas, donde, además de guardarse el equipo del sitio, estaba también el dinero de nuestro oficial pagador.

Fortificó Euríalo, el único reducto en las alturas vulnerable, y siguió amurallando toda la parte alta. Incluso por mar, donde destacaba aún la pericia de nuestros marinos, Gilipos lanzó su cuerpo naval a la ofensiva. En aquel momento aprovechó el ingenio de sus mandos. Al darse cuenta de que la batalla no iba a iniciarse por mar sino en el Puerto Grande hizo reforzar las proas y los baos de los trirremes, triplicando sus dimensiones a fin de

atacar de frente y no lateralmente como acostumbraban los atenienses. De él aprendimos una nueva palabra, boukephalos, cabeza de buey. Gracias a estos brutales instrumentos, pudo atacar a nuestras naves más ligeras y perseguirnos por detrás de los dos rompeolas hasta el puerto. Nos tocaba entonces a nosotros instalar pilotes en forma de semicírculo y ocuparnos de la gabarra de dragado para colocar «erizos» y «delfines».

Hacia finales de otoño, las naves de combate de Gilipos habían -

hundido o neutralizado cuarenta de las nuestras y sus tropas nos habían echado de Epípolas, a excepción de la fortaleza del Círculo de Sice. Su propia flota había sufrido terribles pérdidas: más de setenta naves dañadas o hundidas; aunque se repuso con rapidez de estas pérdidas, trayendo madera nueva por el Puerto Pequeño y por tierra firme, puesto que contaba con la protección del contra fuerte.

Gilipos nos tenía bloqueados e iba apretando el cerco. Los siracusanos podían permitirse el lujo de perder doble número de hombres que nosotros, el doble de naves y murallas, y día a día consolidaban sus posiciones a medida que las ciudades sicilianas, al oler la sangre, se pasaban del lado del invasor al de sus compatriotas. Nicias ordenó que se abandonaran las murallas superiores. Perdimos unos cuantos puntos de apoyo esparcidos por la ciudad y el puerto y, por si esto fuera poco, el molino para el pan, nuestra principal provisión. Los vendedores y seguidores de la campaña, así como la mayoría de nuestras mujeres, iban esfumándose. Tuvimos que arrastrarnos como ratas hacia la parte meridional, las marismas y el sumidero del puerto. Entonces, en otro asalto nocturno, las tropas de Gilipos nos echaron del Olimpieón, con lo que estuvimos a punto de perder también aquel endeble punto de apoyo.

Mi vieja nave, Pandora, se había pasado el verano batallando por mantener alejado al enemigo de Plemirión, pues su ataque no cesaba y no existía posibilidad de retirarla para vararla. Cuando por fin fue conducida a la orilla para su reparación, subí a bordo con la intención de controlar una grieta que tenía abierta en la parte delantera de los baos. Al colocar el pie sobre el superior, me di cuenta de que la madera cedía como una esponja.

Nuestras embarcaciones se estaban pudriendo.

Las reservas del oficial pagador se habían terminado; se acumularon retrasos de tres, de cuatro meses. Los marineros extranjeros empezaron a desertar, mientras que los guardas y esclavos que les sustituían cambiaban de bando al olerse los primeros golpes. El estado de salud de Nicias

empeoró; la moral estaba a la altura de las letrinas. Los oficiales mercenarios se veían incapaces de mantener a raya a sus hombres. Telamón había perdido una quinta parte de los suyos, que se había pasado al enemigo.

A comienzos del segundo invierno llegó una carta de Simón. En ella contaba que la esposa de León se había casado de nuevo, con una buena persona, un inválido de guerra. Nuestro primo había visto a Eunice llena de rencor contra mí; había encontrado también a mis hijos, que gozaban de buena salud.

… distintos informes sobre Gilipos y sus fechorías. La culpa sólo es de Atenas. ¿Qué esperaban que hiciera Alcibíades, agradecerles que le hubieran condenado a muerte?

Los que nos encontramos en nuestra patria estamos también en deuda con nuestro amigo. Además de mandar a Gilipos, ha convencido a los espartanos para que redoblen sus esfuerzos contra nosotros. El rey Agis se encuentra ante nuestras murallas con todo su ejército y no tiene intención de invertir la marcha. Han fortificado Decelea, otro de los golpes planeado por Alcibíades. Han acudido ya allí veinte mil esclavos. Trescientos se desplazan cada noche, privando a la ciudad de los hábiles artesanos que tanta falta le hacen. Ya no llega trigo ni cebada a tierra firme a través de Eubea. Todo debe pasar por mar dando la vuelta por Sunion. Una ración de pan cuesta el salario de un día. A mí, la casa de empeños me ha arrebatado la última capa de calidad. Los de Meleagro me ha borrado de la lista de caballeros. No les recrimino por ello, pues ya no tengo ni caballo. Ah, pero la fortuna me ha sonreído…

Una segunda flota a las órdenes del héroe Demóstenes está a punto de zarpar en vuestra ayuda. Sobornando con mi última moneda al oficial de reclutamiento, me han aceptado en caballería sin montura.

Adquiriremos los caballos en Sicilia, al menos esto dicen nuestros jefes. Animo, pues, primos. ¡Cabalgaré (o correré) a rescataros!

Cuando llegó esta carta, cuatro meses después de haberse mandado, la flota bajo las órdenes de Demóstenes había alcanzado Corcira. Diez días después aparecieron las primeras naves ligeras. Siete días más tarde llegó la flota: setenta y seis naves, diez mil hombres, armaduras, dinero y

provisiones. El cuerpo de defensa de Gilipos de retiró a Fondograso y a la Túnica del Pedagogo, su tercero y cuarto contrafuertes; la flota retrocedió por detrás de Ortigia, hacia, el Puerto Pequeño.

Se había invertido de nuevo la trayectoria de la guerra. Saludaron con gran algarabía las nuevas naves de Atenas todos los hermanos y compañeros reunidos en el Puerto Grande. Algunos saltaron desnudos desde los puentes de sus propias embarcaciones para alcanzar a nado las nuevas naves y subieron por la borda para abrazar a sus tripulantes. León y yo nos encontramos con Simón en la orilla, con su caballería sin caballos, y nos deshicimos en lágrimas mientras nos estrechábamos con fuerza.

¡Cuánto tiempo había pasado! Dos amargos inviernos desde que la expedición dejó la patria con el corazón henchido de esperanza; dos veranos de dilación y desmoralización desde que sus hombres habían visto por última vez a sus amados hermanos y amigos, oído de sus propios labios alguna noticia de casa o les habían estrechado con sus brazos. No podía llegar en mejor momento aquel refuerzo.

Todos los de la primera expedición, en cuanto hubieron localizado a amigos y parientes, quisieron ver con sus propios ojosa Demóstenes.

Nuestro nuevo comandante llegó a la orilla a pie, el yelmo bajo el brazo, la capa rozando el agua. Por encima de las empalizadas, la tropa gritó hasta perder la voz. ¡Ahí está, hermanos! Su piel no es amarillenta, como la de Nicias a causa de la enfermedad y las medicinas, al contrario, le vemos curtido por el sol, rebosante de vigor y seguridad en sí mismo. Tampoco se apresura a erigir un altar para pedir consejo a los dioses; él avanza decidido para examinar la situación con sus propios ojos y sujuicio. ¡Demóstenes, compañeros! ¡Por fin tenemos a un triunfador, quien venció en Etolia, en Acarnania y en el golfo, el que derrotó e hizo prisioneros a los espartanos en Esfacteria!

La primera orden que impartió Demóstenes fue la de pagar a los hombres. Cuarenta mil hombres desfilaron por las mesas en una tarde y se les pagaron todos los atrasos con monedas con lechuzas y vírgenes acabadas de acuñar. Aquella noche su discurso fue más escueto que el de un espartano.

—Varones, he echado un vistazo a este terrible lugar y he de deciros que no me ha gustado nada. Hemos venido aquí para machacar a esos hijos de perra. Ha llegado el momento de empezar.

Aquello fue aclamado con un estruendo de espadas contra escudos; el ejército demostró a gritos su decisión y aprobación.

Al cabo de tres noches, una fuerza compuesta por cinco mil hombres recuperó el Olimpieón. Al alba del día siguiente, diez mil más expulsaron a los siracusanos de la bahía. La flota controló de nuevo la Roca y volvió a asediar la ciudad; se produjo otro asalto nocturno durante el cual recuperamos ocho estadios de nuestra antigua muralla.

Se produjeron muchísimas bajas. En cuatro días, el total de muertos superó el de un año entero, pero sabíamos que había que aguantar pues estábamos en el camino de la victoria. Demóstenes no permitía que decayeran los ánimos. Recuperó las armaduras de los fallecidos y heridos y convirtió a las tropas auxiliares e incluso los encargados de cocina en soldados de infantería pesada. La unidad a caballo de la que formaba parte mi primo se encontraba entre las remodeladas. Simón nunca había combatido a pie, con armadura. No es una técnica que pueda adquirirse de la noche a la mañana. Por otro lado, ni él ni sus compañeros podían permitirse el lujo de empezar con cometidos fáciles.

El siguiente ataque sólo podía dirigirse a un lugar: Epípolas. Había que reconquistar los altos; sin control sobre ellos no podía triunfar el ataque contra la ciudad.

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