Vientos de guerra
Libro I: - Contra Polémides
LIBRO I
CONTRA POLÉMIDES
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I
MI ABVELO JASÓN
Mi abuelo Jasón, hijo de Alexicles, de la región de Alopecia, murió, hace un año, poco antes de la puesta del sol del decimocuarto día de boedromión, dos meses antes de cumplir los noventa y dos años. Era el último superviviente de aquel familiar y al tiempo terriblemente devoto círculo de compañeros y amigos que seguía al filósofo Sócrates.
El período en que vivió mi abuelo va desde la época imperial de Pericles, la construcción del Partenón y el Erecteón, pasando por la Gran Peste , hasta el ascenso y caída de Alcibíades, durante aquella desastrosa conflagración que duró veintisiete años, denominada en nuestra ciudad la Guerra Espartana y conocida en toda la Magna Grecia , tal como registra el historiador Tucídides, como la Guerra del Peloponeso.
De joven, mi abuelo sirvió como oficial de la flota en Sibota, Potidea y Esciona. Posteriormente en Oriente, como comandante de trirreme y de una compañía en las batallas de la Tumba de la Loba , en Abidos (en las que perdió un ojo y la movilidad de la pierna derecha y por las cuales se le concedió el premio al valor), y en las islas Arginusas. Como ciudadano, fue el único de la Asamblea , a excepción de Euriptolemo y Axíoco, que se enfrentó a la turba enfurecida en defensa de los Diez Generales. Enterró a dos esposas y a once hijos. Sirvió a su ciudad en el cenit de su preeminencia, cuando contaba con doscientos estados tributarios, hasta el momento de la derrota en manos de sus más despiadados enemigos. En resumen: fue unhombre que no sólo presenció los acontecimientos más significativos de la era moderna, sino que participó en ellos y conoció personalmente a muchos de sus principales artífices.
En la época de declive de la vida de mi abuelo, cuando empezó a fallarle el vigor y ya no conseguía andar si no era con la ayuda de un brazo amigo, iba a visitarle a diario. Al parecer, siempre surge alguien en el seno de una familia, como atestiguan los médicos, que se ofrece con gran
disposición y sobre el que recae el deber de socorrer a sus miembros más ancianos y enfermos.
Para mí, esto nunca fue una carga. Por un lado, tenía en alta estima a mi abuelo, y por otro, me deleitaba en su compañía, con una emoción tal que a menudo rayaba en el éxtasis. Era capaz de escucharle durante horas y me temo que conseguí abrumarle más que ayudarle con todas mis preguntas e importunidades.
Para mí él era como una de nuestras resistentes vides áticas, asaltada temporada tras temporada por la antorcha y el hacha del invasor, abrasada por el sol veraniego, cubierta de escarcha en invierno, y a pesar de todo, indoblegable, con la resistencia extraordinaria que extrae la fuerza de lo más profundo de la tierra para producir, a despecho de todas las privaciones o tal vez a causa de ellas, el más dulce y meloso de los vinos…
Tenía la viva impresión de que con su fallecimiento iba a cerrarse una era, y no sólo la de la grandeza de Atenas, sino la del calibre de un hombre con el que nosotros, sus contemporáneos, ya no estábamos familiarizados y cuyas cotas de virtud ni siquiera podíamos soñar alcanzar.
La pérdida a causa del tifus de mi querido hijo, de dos años y medio, un poco antes, por aquella misma época, me había alterado muchísimo. No me veía capaz de encontrar el consuelo si no era en compañía de mi abuelo. Aquel frágil asidero de los mortales a la existencia, la fugaz naturaleza de las horas pasadas bajo el sol, permanecía con toda su intensidad en mi corazón; sólo a su lado pude encontrar el equilibrio en un terreno pedregoso pero al mismo tiempo más estable.
Durante aquellas mañanas tenía por costumbre levantarme antes de que saliera el sol y, tras llamar a mi perro Centinela (o, mejor dicho, tras responder a su llamada), bajaba a caballo hacia el puerto por el camino de los Carros y volvía por las estribaciones de las colinas hasta la propiedad de nuestra familia en el Cerro de la Encina. Las primeras horas constituían para mí un bálsamo. Desde lo alto del camino, veía a la tripulación de las naves, ocupada en sus quehaceres en el puerto. Nos cruzábamos con otros ciudadanos de camino hacia sus propiedades, saludábamos a los atletas que se entrenaban en las calzadas y agitaba la mano ante los jóvenes soldados de caballería que maniobraban en las colinas. En cuanto concluía mi trabajo agrícola matinal, dejaba la montura en el establo y seguía a pie, con Centinela, ascendiendo por la pendiente salpicada de olivos, hasta la casita de mí abuelo.
Le llevaba la comida. Charlábamos a la sombra, en el soportal que dominaba el paisaje, y en alguna ocasión nos limitábamos a permanecer sentados, uno al lado del otro, con Centinela echado sobre las frías losas entre los dos, sin decir nada.
—La memoria es una extraña diosa, cuyos dones sufren metamorfosis con el paso de los años —comentó mi abuelo una de aquellas tardes—. Uno se ve incapaz de recordar lo que ha ocurrido hace una hora y en cambio puede traer a la mente acontecimientos de hace setenta años, como si se desarrollaran ante nuestros ojos.
Le interrogaba, a menudo sin piedad, me temo, sobre las recónditas reservas que guardaba en su corazón. Puede que él agradeciera la entusiasta atención de la juventud, pues en una ocasión abordó un relato que fue persiguiendo, incansable luchador como era, con todo detalle hasta su conclusión. En su época no había triunfado aún el arte del escriba; la facultad del recuerdo no estaba atrofiada. Los hombres eran capaces de recitar largos pasajes de la Ilíada y la Odisea, de repetir estrofas de cien himnos y de relatar episodios y versos de la tragedia que habían visto representar unos días antes.
Más vívidos eran aún los recuerdos que tenía mi abuelo de los hombres. Rememoraba a sus amigos y a los héroes, pero también a los esclavos, los caballos y perros, incluso los árboles y las vides que habían dejado huella en su corazón. Era capaz de evocar el recuerdo de una antigua amada, setenta y cinco años atrás, y resucitar su ilusión en unos colores tan reales que uno creía verla delante, llena de juventud, encantadora, en carne y hueso.
Pregunté en una ocasión a mi abuelo a quién consideraba más excepcional de entre todos los hombres que había conocido.
—El más noble —respondió sin vacilar, Sócrates. El más audaz e inteligente, Alcibíades. El más valiente, Trasíbulo, el bravo. El más perverso, Anito.
El impulso me llevó a una pregunta lógica:
—¿Hay alguno cuyo recuerdo sea el más imborrable? ¿Uno hacia el que vuelvan constantemente tus pensamientos?
Ante aquello el hombre se irguió. Qué curiosa pregunta, respondió, pues en efecto existía un hombre que, por razones que no podía precisar, había ocupado últimamente sus pensamientos. Aquella persona, afirmó mi abuelo, no se encontraba entre las filas de los personajes célebres o de
renombre; no fue navarca ni arconte, ni encontraríamos su nombre registrado en los archivos, salvo en forma de oscura y acusadora glosa casi ilegible.
—En mi opinión, este hombre fue el más perseguido. Era un aristócrata de Acarnas. En una ocasión colaboré en su defensa, en un juicio del que dependía su vida.
Aquello me intrigó de inmediato e insistí para que mi abuelo entrara en detalles. Sonrió, diciendo que una empresa de esta envergadura le llevaría muchas horas, puesto que los acontecimientos de la historia de aquel hombre se desarrollaron durante una serie de décadas por las tierras y los mares de casi todo el mundo conocido. Aquella perspectiva, lejos de desalentarme, intensifi có mi interés.
—Te lo ruego —le supliqué—; el día se está consumiendo ya, pero situémonos como mínimo al principio.
—Eres insaciable, rapaz.
—No me cansaría de oírte hablar, abuelo, en eso sí soy insaciable. El hombre sonrió.
—Empecemos, pues, y veamos adónde nos lleva la historia. Por aquella época -dio mi abuelo-aun no había nacido la casta profesional de los re ricos y especialistas en asuntos judiciales. En un juicio, un hombre lleva a su propia defensa. Aunque si lo deseaba, podía designar a otra persona, al padre, a un tío, tal vez a un amigo o un ciudadano influyente, para que le ayudara a preparar el caso.
»El hombre en cuestión, me solicitó a mí por medio de una carta escrita desde la prisión. Era algo extraño, pues yo no tenía una relación personal con él. Los dos habíamos servido al mismo tiempo en distintos escenarios de batalla y habíamos asumido puestos de responsabilidad junto a Pericles el Joven, hijo de Pericles el Viejo y Aspasia, a quien ambos teníamos el privilegio de contar como amigo; esto, de todos modos, no tenía nada de insólito en aquellos días y no podía constituir ni de lejos un vínculo. Por otro lado, se trataba de una persona que cuando menos habría que cualificar de muy conocida. Por medio de un oficial de reconocido valor que había prestado durante mucho tiempo importantes servicios al estado, entró en Atenas en el momento de la capitulación, y no sólo bajo el estandarte del enemigo espartano, sino también envuelto en el manto escarlata de Esparta. Yo consideraba, y así se lo dije, que una persona culpable de tal infamia tenía que recibir el castigo supremo, y que no
estaba dispuesto a contribuir de ninguna forma atal exoneración de un criminal.
»No obstante, el hombre insistió. Acudí a visitarle a su celda y escuché su historia. A pesar de que por aquel tiempo el mismo Sócrates había sido condenado y sentenciado a muerte, de hecho vivía a la espera de la ejecución entre los muros de la misma cárcel, y yo tenía que prestarle primero ayuda a él; pese a que los asuntos de mi propia familia también me reclamaban, accedí a asistir al hombre en la preparación de su defensa. No lo hice por creer que pudiera ser absuelto ni que lo mereciera (él mismo ratificó sin reparos su propia inculpación), sino porque creía que su historia debía hacerse pública, aunque sólo fuera frente a un jurado, para reflejar fielmente a la democracia que, al condenar al más noble de sus ciudadanos, mi maestro Sócrates, estaba poniendo de manifiesto la iniquidad de coronar y consumar su propia inmolación.
Mi abuelo permaneció un rato en silencio. Casi veía cómo volvía los ojos hacia el interior y cómo su corazón evocaba el recuerdo de aquella persona, así como el tono y el estilo de su época.
—¿Cómo se llamaba el hombre, abuelo?
—Polémides, el hijo de Nicolaos.
Recordaba vagamente el nombre pero no acertaba a situarlo ni por asomo en su contexto.
—Fue el hombre -apuntó mi abuelo— que asesinó a Alcibíades.
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