Vientos de guerra
L en el Recodo del Camino
L
EN EL RECODO DEL CAMINO
A pesar del desprecio que le inspiraban mi conducta y mi persona
[siguió contando Polémides], mi tía permitió que cargara sus pertenencias en la plataforma de un carro y que la ayudara a subir al asiento del carretero. Se vino conmigo a Acarnas para instalarse en el Recodo del Camino. En la ciudad se había impuesto la tiranía. Respaldados por la guarnición espartana, los Treinta, pues así se les llamaba, consolidaban su poder manipulando los tribunales y gobernando por el terror. Intenté evacuar a la viuda de mi hermano y a sus hijos en diversas ocasiones; pero, mujer de ciudad, Teónoe se negó a acompañarnos a la granja. Durante dos meses, mi tía y yo nos hicimos mutua compañía; yo trabajaba en el campo y ella cocinaba, lavaba, remendaba y llevaba la casa sin la ayuda de sirvientes, como había hecho en la de su marido, donde mandaba sobre docenas.
Al cabo, la anarquía que se había adueñado de la ciudad decidió a mi cuñada a abandonarla; llegó el uno de hecatombaión, el día del cumpleaños de León, con su hija, mi sobrina. El otro hijo de mi hermano se había exiliado voluntariamente; tenía diecinueve años y se había convertido en guerrillero y jurado no dar tregua a los vencedores de su patria. Teónoe trajo también consigo a un niño de nueve años y a una niña de siete, fruto de su segundo matrimonio con un marinero de la flota mercante, muerto en una de tantas acciones anónimas. Localicé a Eunice en Acte, en una casa de vecinos. No consintió que viera a mis hijos, pues temía mi influencia sobre el chico.
En Acarnas la democracia había sido abolida y los ciudadanos habían perdido los derechos y las armas. Se estaba redactando una nueva constitución, o al menos eso aseguraban los Treinta. Pero fueron pasando los meses sin que se promulgara ningún artículo. En su lugar, había listas.
Si tu nombre aparecía en ellas, no se te volvía a ver el pelo.
El ejecutivo elegido por el pueblo, el Consejo de los Diez Generales, dejó de existir y el Areópago, de reunirse. Volvieron los exiliados, es decir, quienes habían sido desterrados con anterioridad como enemigos de la democracia. Se convirtieron en agentes de los Treinta. Los tribunales se cerraron a los pleitos civiles, pues se consideraba que dicha materia favorecía la causa demócrata; cuando volvieron a abrir, se habían convertido en instrumentos de persecución. Como bajo cualquier tiranía, la legitimidad de la acusación se extendió a lo preventivo. Un hombre podía ser ejecutado no sólo por los actos que había cometido, sino también por los que podía cometer. Y la persecución no se limitaba a los enemigos políticos. Los Treinta actuaban contra cualquiera que tuviera dinero. La lista de bajas ascendía a mil quinientos, y seguía ascendiendo. Los demócratas que eludieron al verdugo fueron enviados a servir a Lisandro en las líneas de choque.
Un día, Telamón apareció a caballo en el Recodo del Camino, trayendo vino y cebada tostada, que aceptamos encantados. Le pregunté qué pensaba hacer ahora que había acabado la guerra. Se echó a reír.
La guerra no acaba nunca.
Había venido a reclutarme. Para nadie en concreto; sólo para volver al camino. Me hizo notar que la granja no seguiría en mis manos eternamente.
Tarde o temprano, aunque sólo fuera porque necesitaba aliados, Esparta tendría que levantar la bota de la garganta ateniense. La democracia reviviría. Los pájaros que, como yo, hubieran anidado en el alero del enemigo volverían a verse en mitad de la tormenta. Si no nos asesinaban nuestros vecinos en plena calle, nos juzgarían legalmente antes de ejecutarnos. Por suerte, añadió Telamón, todos los miembros de mi familia eran mujeres y niños. La venganza acabaría conmigo; el demos dejaría en paz a aquellos inocentes.
Observé a mi mentor mientras exponía sus razones. ¡Qué joven parecía! Daba la impresión de no haber envejecido un mes en veintisiete años de guerra.
—¡Cuéntanos el secreto de tu inmortalidad!
Me daría unas cuantas lecciones sobre los vicios, replicó. Aborrecía tres: el miedo, la esperanza y el patriotismo. Pero había otro que aún odiaba más: cavilar sobre el pasado o el futuro. Según Telamón, es una ofensa contra la naturaleza, pues nos induce a tener aspiraciones, a buscar resultados que dependen de fuerzas que están por encima y por debajo de la
tierra y que los mortales no podemos comprender ni alterar. Ése era el crimen de Alcibíades, sentenció mi amigo, junto con otra violación de las leyes divinas.
Alcibíades consideraba la guerra como un medio, cuando lo cierto era que constituía un fin en sí misma. Si nuestro comandante aseguraba honrar sólo a la Necesidad, Telamón decía servir a una divinidad más primordial.
—Se llama Éride. Discordia. Todo es discordia, amigo mío; tenemos que luchar hasta para salir del vientre de nuestra madre. Mira aquellos halcones en plena caza; sirven a Éride, lo mismo que esas hierbas, cuyas raíces luchan bajo tierra por cada pizca de alimento.
»La discordia es el fundamento más antiguo y más sagrado de la vida.
Bromeas, amigo mío, diciéndome que no he envejecido. No obstante, si fuera cierto, se debería a mi obediencia a esa dama, que es a un tiempo vieja como la tierra y joven como el alba de mañana.
—¿Sabes cuántas veces me has soltado ese sermón? —le pregunté sonriendo.
—Y aún así sigues sin aprender la lección.
La guerra emprendida por interés sólo acarrea la ruina. Sin embargo, no conviene menospreciarla, pues es tan constante como las estaciones y tan eterna como las mareas.
—¿Qué mundo andas buscando, Pommo, «mejor» que éste?
¿Imaginas, como Alcibíades, que vosotros, o Atenas, podéis elevaros o elevar a otros a una esfera más alta? Este mundo es el único que existe.
Aprende sus leyes y obedécelas. Ésa es la auténtica filosofía.
Puede que tuviera razón. Sin embargo, yo no estaba dispuesto a cargar con el perenne petate del soldado y enrolarme, más allá de toda esperanza, en los batallones de la Discordia.
Me quedé.
¡Cómo me despreciaba mi tía! Entre los dos, ayudamos a parir a las ovejas, descalzos y con delantales.
—¡No creas que nos has salvado la vida! Estaríamos aquí igualmente sin tu intercesión.
—Gracias, tía.
En la mesa, había asumido el papel de patriarca, del que yo había abdicado, y empleaba aquella tribuna para infundir el amor a la libertad y el odio a la tiranía en el corazón de los jóvenes. Supe hasta dónde llegaba su
desesperación de patriota el día que en su arenga salió a relucir el nombre de Alcibíades.
—¡Por la Sagrada Pareja, no queda otro con redaños para resucitar el estado!
En los mercados campesinos se respiraba un ambiente similar. Los agricultores preguntaban a los mercaderes que llegaban de la ciudad si Alcibíades seguía vivo. ¿Lo habíamos alejado de nuestra causa definitivamente?
Para mí, aquello era pura demencia. Por lo visto, ahora se había pasado a los persas. Sólo Dios sabía con qué ropas se disfrazaba y qué ficciones tejía para salvar la piel. Dejad que Atenas, y sus devastadas y empobrecidas tierras, se cuiden de sí mismas. ¡Dejadla descansar! ¡Dejadlo en paz a él!
Un día fui andando hasta el puerto con mi sobrino y un vinatero de la granja del otro lado de la colina. En Butadas, desde lo alto del camino, vimos los muros de la ciudad, intactos y tan imponentes como siempre.
Luego, giramos a la altura de la Academia, donde confluían el camino de los Carros y la Muralla Norte.
No quedaba nada.
El barrio al oeste de Mélite había sido arrasado a lo largo de un estadio. Pasamos por Maronea, junto a las minas de plata abandonadas, a las que habían arrojado los ladrillos y las piedras. Tenían la suficiente profundidad para enterrar una flota, que era justo lo que habían hecho.
Cuando llegamos a la zona donde antaño se alzaban las Patas, los muros que unían la ciudad y el puerto, comprobamos que no quedaba nada que estorbara la vista, hasta tal punto habían desmantelado las fortificaciones.
Aunque me creía curado de espanto, el espectáculo me encogió el corazón.
A mi lado, el vinatero lloraba.
Mi tía Dafne murió el veintitrés de boedromión, el último día de los Misterios.
Mi hijo, como en ocasiones anteriores, apareció por casa tras huir de la de Eunice. Tenía que llevarle con ella, pero por el momento le dejé quedarse conmigo. Me secundó en el entierro de la anciana. Cantamos el Himno por los Caídos, por primera vez en mi familia por una mujer. Se lo había ganado.
Unos días después, una partida procedente de la ciudad se presentó en el Recodo del Camino. Volvía del campo y los vi antes que ellos a mí.
¿Huía? ¿De qué habría servido? Me llevaron a Atenas y me metieron en una
casa particular abandonada, a dos manzanas de la Vía Sacra. Las ventanas estaban condenadas con ladrillos y los muebles habían desaparecido. En el sitio que había ocupado el hogar sólo quedaba la piedra, negra de, sangre.
Me hicieron entrar en una habitación. Había otros hombres, armados, y, sentados tras un sencillo escritorio, dos individuos a los que no conocía, pero cuya actitud les delataba como agentes de los Treinta.
—Tu nombre ha aparecido en una lista —dijo el más alto.
—¿Qué lista?
Se encogió de hombros.
El más bajo puso dos documentos sobre la mesa y me preguntó cuál prefería firmar. El primero era mi certificado de defunción; el segundo, el acta de concesión de la ciudadanía ateniense para mis dos hijos.
—Queremos que hagas un trabajo.
Antes de que hablaran, ya sabía de qué se trataba.
—Lo considero mi amigo —declaré—, y la última esperanza de nuestra patria.
Oí un ruido en una de las puertas laterales y me volví hacia ella.
Telamón llenaba el marco hasta el dintel, con su equipo de guerra. Me volví hacia los agentes.
—Precisamente por eso —dijo el más alto— tienes que matarlo.
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