Vientos de guerra

Steven Pressfield · Capítulo 47 de 54

Páginas del PDF

Vientos de guerra

XLVI al Otro Lado del Patio de Hierro

XLVI

AL OTRO LADO DEL PATIO DE HIERRO

Esa noche, al abandonar la celda de Sócrates, sus amigos cruzamos el Patio, de Hierro eh dirección al despacho de Lisímaco de Oa, secretario de los Once. La ejecución del maestro estaba fijada para el día siguiente. A petición del condenado, la cicuta se le administraría a la caída de la tarde.

El secretario nos enseñó el recipiente, un simple cuenco de madera con tapa; al parecer, la composición del jugo se alteraba al contacto con el aire. Había que ingerirlo de inmediato y, a ser posible, de un solo trago.

El ejecutor, un médico de Braurón, que casualmente se encontraba en la prisión por otro motivo, tuvo la amabilidad de concedernos unos momentos a Critóbulo, Critón, Simmias de Tebas, Cebes, Epígenes, Fedón de Samos y el resto del grupo. El facultativo, a quien no habíamos visto con anterioridad y cuyo nombre no se nos reveló, llevaba una sencilla túnica blanca de lana, como todos nosotros. Nos informó de que al día siguiente vestiría la ropa de su profesión; deseaba advertirnos para que la sorpresa no nos impresionara en exceso.

Se nos permitiría permanecer en la celda con Sócrates hasta el final y reclamar su cuerpo tan pronto se le declarara muerto y se extendiera el certificado de defunción. No habría «última cena», pues el estómago del condenado debía estar vacío; tampoco podría beber vino después de mediodía, porque su efecto podía contrarrestar el del veneno.

Critón le preguntó si podíamos hacer algo para hacer más llevadero el tránsito de nuestro amigo. La cicuta no le produciría ningún dolor, nos aseguro el médico. Su efecto era una pérdida progresiva de sensibilidad, que se iniciaba en los pies y ascendía paulatinamente hacia la cabeza, mientras el sujeto permanecía consciente y lúcido hasta los momentos finales. Podía sentir náuseas cuando la droga alcanzara la zona media del cuerpo; a partir de ese momento, la insensibilidad se aceleraba, seguida por la pérdida de conciencia y, por último, el corazón dejaba de latir. El inconveniente de la cicuta era su lentitud, pues a veces llegaba a tardar dos

horas en culminar su trabajo. Era conveniente que el sujeto permaneciera inmóvil. La agitación podía retrasar el efecto del veneno y hacer necesaria una segunda dosis, e incluso una tercera.

—Tendrá frío, señores. Convendría que le trajeran un manto de lana o algodón para que se lo eche por los hombros.

Nuestro grupo salió en silencio. Me había olvidado por completo de Polémides (que a esas alturas debía de haber entregado su confesión de culpabilidad), y me habría marchado sin pensar en él si el portero no me hubiera llamado cuando cruzábamos el patio para preguntarme a quién debía entregarse el cuerpo de mi cliente. Por un instante, temí que ya se hubiera cumplido la sentencia, y el dolor y la angustia se apoderaron de mí. Pero no, me informó el portero, la ejecución de Polémides se llevaría a cabo al día siguiente, como la de Sócrates.

La pena se le aplicaría en el tympanon. No podía decirme cuánto tiempo harían durar la agonía. El asesino —que, como me hizo notar el hombre, sabía lo que se hacía— no se había declarado culpable de traición, sino de una «fechoría». Con ese subterfugio, había eludido técnicamente (pues ésa era la acusación concreta contra él) la vergüenza de que su cuerpo fuera abandonado a la intemperie fuera de las fronteras del Ática; iría a parar al depósito de cadáveres, junto a la Muralla Norte , donde podrían recogerlo sus familiares.

—Un chico que dice ser hijo del condenado ha estado rondando por aquí, señor. A falta de otro familiar, ¿pueden entregarle el cuerpo los funcionarios?

—¿Qué ha dicho el prisionero?

—Que te lo preguntáramos a ti.

Hacía rato que había anochecido; llevaba despierto una noche y un día y sabía que me esperaba otro tanto. Sin embargo, estaba claro que no podía irme a casa. Llamé a un «alondra» y, poniéndole una moneda en la mano, le envié a comunicar a mi mujer que llegaría tarde.

Cuando entré en la celda, Polémides estaba escribiendo. Se levantó de inmediato, me dio la bienvenida y me estrechó la mano. Parecía tener la moral alta. ¿Había estado con Sócrates? En la prisión no se hablaba de otra cosa.

Creí que cumpliría aquel deber de mala gana y que seguiría sintiéndome colérico contra él por el trabajo que me había obligado a hacer para nada. Para mi sorpresa, ocurrió todo lo contrario. En cuanto

entré en la celda, me sentí liberado del peso de la angustia. El hecho de que el asesino aceptara su suerte resultaba reconfortante. Sentí vergüenza.

—¿Qué estás escribiendo?

—Cartas.

—¿Á quién?

—Una a mi hijo. Otra a ti.

No pude contener las lágrimas; un sollozo escapó de mi garganta.

Tuve que ocultar el rostro.

—Siéntate —me pidió Polémides—. Mi hijo me ha traído vino. Echa un trago. —Acepté—. Déjame acabar esto. Sólo será un momento.

Mientras escribía, me preguntó por Sócrates. ¿Saldría el filósofo por su propio pie o montado en la «yegua de medianoche»? Se echó a reír.

Entre aquellos muros, nada permanecía en secreto mucho tiempo, dio; se había enterado de los planes de fuga, de que Simmias y Cebes tenían que alquilar caballos y escoltas armados; sabía qué funcionarios habían aceptado sobornos, y hasta las cantidades. Varios informadores habían chantajeado a Critón y Meneceo y cobrado para mantener la boca cerrada.

—No huirá —le aseguré—. Es tan testarudo como tú.

—Claro, como que los dos somos filósofos.

Polémides me contó que había charlado con Sócrates en varias ocasiones, cuando los sacaban a hacer ejercicio a la misma hora. Le pregunté de qué habían hablado.

—Sobre todo, de Alcibíades. Y también hemos hecho conjeturas sobre la vida y la muerte —dio, y volvió a reír—. Me tienen preparada «la puta»,

¿lo sabías?

Se había enterado de que lo ejecutarían en el tympanon.

Me preguntó de qué parloteábamos nosotros, todo el día pegados al maestro. En otro momento no le habría hablado de aquello, pero dadas las circunstancias…

—Hablamos de la ley y de la necesidad de someterse a ella aun a costa de la propia vida.

Polémides consideró mis palabras con expresión grave.

—Me habría gustado oírlo.

Me quedé observando al sicario mientras redactaba su despedida. Lo hacía con mano firme y segura. Al verle detenerse cada tanto buscando la palabra justa, no pude por menos de acordarme de Alcibíades, que tenía la

costumbre, tan seductora cuando hablaba, de hacer una pausa hasta que la siguiente frase acudía a su mente.

A la luz de la lámpara, el preso parecía más joven. Su estrecha cintura, resultado de los muchos años de campañas, facilitaba la tarea de imaginar al muchacho de Lacedemonia, con todas sus esperanzas intactas, hacía más de tres veces nueve años. Me sentí impresionado por la ironía, por la fatalidad de su coincidencia con Sócrates en aquel encierro y aquel final.

¿Lo importunaba en exceso si le pedía que concluyera su relato?

¿Serviría de algo? Sin duda, ya no para preparar la defensa. Sin embargo, deseaba oír el resto de la narración de sus labios, hasta el punto final.

—Antes —repuso—, cuéntame tú algo. Un toma y daca. Tú me repites lo que ha dicho hoy Sócrates sobre la ley… y yo te cuento mi historia hasta el final.

Me resistí, pues buena parte de las palabras del maestro eran elogiosas para mí.

—¿Y cómo no iban a serlo, Jasón? Yo sólo me trato con los mejores.

Acabé accediendo. La conversación se había desarrollado del siguiente modo.

Nuestro grupo estaba reunido en la celda de Sócrates. Varios de nosotros seguíamos instándole a huir. Con una escolta armada, el maestro no tenía nada que temer. Podría viajar a un lugar seguro, que nosotros, o sus amigos de otras naciones, nos encargaríamos de buscarle.

Yo, tonto de mí, esperaba una respuesta directa. Ni que decir tiene que el filósofo no nos la dio. Por el contrario, se dirigió al hijo de Critón, el más joven de los presentes, que permanecía sentado a sus pies, contra el muro.

—¿Qué opinas, Critóbulo? ¿Es lícito distinguir entre justicia y ley?

Mi garganta dejó escapar un gruñido tan violento que provocó las risas de todos, incluida la de Sócrates. Volví a exponer mis razones. ¡Ya no quedaba tiempo para debates filosóficos! Ahora era una cuestión de vida o muerte. ¡Había que actuar!

No fue Sócrates quien me reprendió, sino Critón, su amigo más antiguo y fiel.

—¿Eso es para ti la filosofía, amigo Jasón? ¿Un pasatiempo para la barbería, con el que nos entretenemos mientras el destino nos muestra clemencia, y al que damos la espalda a la hora de la verdad?

Respondí que podían reconvenirme cuanto quisieran, con tal de que siguiesen el camino que les proponía. Sócrates me miraba pacientemente, lo que acabó de enfurecerme; pero volvió a tomar la palabra sin dirigirse a mí.

—¿Recuerdas, Critón, el discurso que pronunció ante el pueblo nuestro amigo Jasón durante el juicio a los generales?

—Ya lo creo. ¡Nunca lo he visto tan encendido!

Rogué al maestro que no siguiera burlándose de mí, pues lo tratado en aquella ocasión hablaba, precisamente, a favor de mi postura.

—¿Cómo así, querido amigo?

¡Porque se había pervertido la justicia! ¡Porque habían dado muerte a hombres justos en un arrebato de locura!

—El demos puede hacerte volver de Elis o Tebas, Sócrates, pero no del infierno.

—¡Sí, ése es el fuego, Jasón! El ardor que mostraste aquel día y el brillo que te ha acompañado toda tu vida. Entonces me sentí orgulloso de ti como me he sentido de pocos antes o después. —Sus palabras me llenaron de apuro y no supe qué decir—. Siguiendo a Euriptolemo, que había pronunciado un valiente discurso de defensa, hablaste de la ley y conminaste al pueblo a que no la olvidara. Ese fue el crimen que le imputaste, si la memoria no me traiciona. Afirmaste que la envidia empuja al hombre mezquino a destruir a quien es mejor que él. ¿Me equivoco? Sólo quiero recordar lo que diste exactamente, deforma que podamos examinar la cuestión y quizá iluminarla.

Dije que estaba en lo cierto, pero que, no obstante, deseaba volver al asunto de la huida.

—Creo que lo que te angustia —siguió diciendo el maestro— es el temor a que se repita la misma injusticia. Mi condena, aseguras, no tiene su origen en ningún crimen, sino en el odio de los hombres hacía alguien que se considera mejor que ellos. ¿Es correcto, Jasón?

—¿Acaso no es exactamente lo que ha ocurrido?

—¿Crees al pueblo capaz de gobernarse a sí mismo?

Respondí con un no rotundo.

—Y, según tú, ¿quién debería gobernarle?

—Tú. Nosotros. Cualquiera menos él mismo.

—Déjame formularte la pregunta de otro modo. ¿Crees que debemos obedecer la ley, incluso cuando es injusta? ¿O, por el contrario, puede el

individuo decidir por su cuenta qué leyes son justas y cuáles no, qué leyes merecen ser obedecidas y cuáles violadas?

Repliqué que lo que había recibido no era justicia, de modo que la desobediencia estaba justificada.

—Oigamos tu opinión, Jasón. ¿Qué es preferible, perecer por causa de una injusticia que nos infligen otros o vivir tras haber cometido una injusticia contra ellos?

Había perdido la paciencia con todo aquello y protesté con vehemencia. Sócrates no cometería una injusticia contra nadie dándose a la fuga. ¡Tenía que vivir! ¡Y por los dioses que todos y cada uno de nosotros haríamos lo posible y lo imposible para preservar su vida!

—Te olvidas de alguien, Jasón, contra quien cometería una injusticia.

La Ley. Imagina que la Ley estuviera sentada con nosotros en estos momentos. ¿No te parece que diría algo así: «Sócrates, te he servido durante toda mi vida. Bajo mi protección, creciste hasta hacerte un hombre, te casaste y formaste una familia; te ganaste la vida y practicaste la filosofa; aceptaste las ventajas y la seguridad que te proporcionaba. Y

ahora, cuando mi veredicto ya no te favorece, quieres darme de lado. »?

¿Qué podríamos responderle a la Ley ?

—Algunos hombres están por encima de las leyes.

—¿Cómo puedes decir semejante cosa, amigo mío, habiendo defendido con tanto ardor lo contrario en aquella ocasión?

La vergüenza volvió a enmudecerme. Me sentía impotente ante tamaña convicción.

—Permíteme que te refresque la memoria, mi querido Jasón, a ti y a aquellos de nuestros amigos que estuvieron presentes ese día, y que ponga en antecedentes a los demás, pues eran demasiado jóvenes por aquel entonces.

» Tras proscribir a Alcibíades a raíz de la derrota de Notion, la ciudad envió a Conón para que asumiera el mando. No obstante, para que el poder no estuviera concentrado en las manos de un solo hombre, el Consejo nombró un cuerpo de diez generales, entre los que estaban nuestros amigos Aristócrates y Pericles el Joven. Bajo dicho mando colegiado, la flota libró una importante batalla contra el enemigo en las islas Arginusas, en la que destruyó setenta de sus barcos de guerra, incluidas nueve de las diez naves espartanas, mientras que perdía veinticinco de las nuestras. Tú estabas allí, Jasón. ¿Lo he contado con exactitud? Corrígeme si me equivoco, por favor.

»En aquella ocasión, al final de la lucha, era evidente que la fortuna había favorecido a los atenienses. Pero después de la batalla se desencadenó una tempestad súbita, como, según dicen, suelen serlo las de esas latitudes en esa época del año, y los hombres que permanecían en el agua —los compatriotas que tripulaban aquellos de nuestros barcos que se habían ido a pique— no pudieron ser salvados. Quienes, por su probada experiencia, habían sido nombrados líderes por los generales, entre ellos Trasíbulo y Terámenes, no pudieron hacer nada. Todos los que estaban en el agua perecieron, es decir, las tripulaciones de unos veinticinco barcos, cinco mil hombres. Cuando se supo lo ocurrido, en la ciudad se produjeron reacciones encontradas: la de quienes exigían, escandalizados y coléricos, la sangre de los que no habían sido capaces de rescatar a los náufragos, y la de quienes se esforzaban en digerir la catástrofe como otra más de la guerra, alegando la intensidad de la tormenta, que confirmaban todos los informes, y valorando en su justa medida la importancia de la victoria.

» Casualmente —tú que estabas allí no puedes por menos de recordarlo—, poco después de la batalla se celebraba la Fiesta de la Apaturia , esa ocasión habitualmente gozosa en la que las hermandades se congregan para confirmar sus vínculos y admitir a los jóvenes. Como decía, eran tantos los huecos que los marineros y los infantes habían dejado en las filas de las fraternidades que resultaba imposible no hacerse cargo de la magnitud de la tragedia. Y la desesperación, azuzada por la retórica de determinados individuos, unos, movidos por la buena fe, otros, por el deseo de eludir su propia responsabilidad, estalló con inusitada violencia. La ciudad exigía sangre. Seis de los generales fueron arrestados (los otros cuatro, puestos sobre aviso, se dieron a la fuga). El pueblo los juzgó de inmediato, no individualmente, como prescribe la ley, sino en bloque. Pericles, Aristócrates y sus cuatro colegas tuvieron que defenderse a sí mismos cargados de cadenas, como traidores. ¿Es así como ocurrió, Jasón? Y vosotros, Critón y Cebes, que también estabais allí, corregidme si me aparto de la verdad.

Todos admitimos que el relato de Sócrates era fiel en el espíritu y en los detalles.

—Los generales fueron juzgados en asamblea abierta. La pritanía le correspondía a mi tribu y, casualmente, el turno como epistates, a mí. Fui el presidente de la Asamblea , por única vez en toda mi vida, y por un solo día, tal como prescriben las leyes.

»Los acusadores hablaron en primer lugar; a continuación lo hicieron los generales, uno tras otro, en defensa propia; pero la impaciencia de la muchedumbre les impidió conservar el uso de la palabra el tiempo que concede la ley. Sólo dos hombres hablaron en su defensa: primero, Axíoco; luego, Euriptolemo, y ni él ni nadie de su familia ha honrado nunca su apellido como en aquella hora. Su discurso se limitó, astutamente a los ojos del pueblo, a propugnar que cada general tuviera su propia sesión ante el tribunal. "De ese modo, podéis tener la certeza de que se hará justicia en toda la extensión de la palabra, y podremos castigar a los culpables con la máxima severidad, al tiempo que evitamos cometer el terrible crimen de condenar a quienes nada tienen que reprocharse.”

»El pueblo le escuchó, e incluso aprobó su moción; pero, acto seguido, Menecles puso una objeción deforma y, sometida a una segunda votación, la propuesta de Euriptolemo quedó en minoría, lo que de hecho implicaba la condena de Pericles y sus compañeros. No obstante, antes de dicha votación, te levantaste tú, Jasón. Como presidente, te di la palabra, aunque muchos te abuchearon, porque conocían tu amistad con Pericles el joven, por no hablar de tu honroso historial al servicio de la flota. ¿Me permitís, queridos amigos, que intente capturar el espíritu, si no la letra, de la alocución de nuestro camarada? ¿O preferís que me limite a contar lo ocurrido?

Los otros deseaban ardientemente que el maestro prosiguiera.

Sócrates se volvió hacia mí; luego, se dirigió a los demás con expresión grave:

Jasón dio lo siguiente: «Estáis impacientes, hombres de Atenas, por acabar con este asunto. Permitidme, pues, que os ofrezca una salida. Como ya habéis decidido que estos hombres son culpables, ahorremos al Estado las costas del juicio y la deliberación, y considerémosles tales. Decidamos que, violando las leyes de los dioses y de los hombres, abandonaron su deber hacia sus camaradas en peligro. ¿Estáis de acuerdo? Siendo así,

¡lancémosnos sobre ellos como una jauría y estrangulémosles con nuestras propias manos!

»"Me abucheáis, hermanos. Hay que hacerlo como ordena la ley, gritáis. ¿A qué ley os referís, a la que violáis a capricho o a la que queréis para vosotros mismos? Porque mañana, cuando despertéis, manchados con la sangre de estos inocentes, no habrá canon ni estatuto que pueda disfrazar vuestra iniquidad.

»"Replicaréis, como los fiscales que han hablado en vuestro nombre:

¡Estos acusados son asesinos!'. Pintaréis, como han pintado vuestros acusadores, el desgarrador retrato de nuestros compatriotas náufragos pidiendo una ayuda que nunca llegó, hasta que les fallaron las fuerzas y dejaron de luchar contra el líquido elemento. He combatido en el mar.

Todos lo hemos hecho. Que Dios se apiade de nosotros; perecer en ese campo de batalla es la suerte más espantosa que le cabe correr a un hombre, porque ni sus huesos, ni los jirones de su ropa, pueden recuperarse para darles sepultura en la tierra que lo vio nacer.

»»Sí, la sangre de nuestros hermanos clama venganza; pero ¿cómo la obtendremos? ¿Pisoteando las mismas leyes por las que dieron la vida? En mi familia nos consideramos demócratas. Los arcones de mi padre guardan menciones honoríficas escritas por Pericles el Viejo, padre de uno de los acusados en el día de hoy, que, como todos sabéis, es amigo mío. Esos documentos son objeto de culto bajo nuestro techo, talismanes de nuestra democracia. Estamos reunidos en sagrada Asamblea, atenienses, como hacían nuestros padres y los padres de nuestros padres antes que nosotros.

Pero ¿deliberamos? ¿Llamáis deliberar a esto? Mi corazón percibe una semilla negra. Miro vuestros rostros y me pregunto: ¿Dónde he visto esa expresión? Os diré dónde no la he visto. No la he visto en las caras de los guerreros que se enfrentan al enemigo con coraje. La vuestra es una expresión completamente distinta, y lo sabéis perfectamente.

»"¿Que sacrílego imperativo, hombres de Atenas, os empuja, contra toda razón y contra vuestro propio interés, a destruir a los mejores de entre vosotros?

»"Temístocles salvó el Estado cuando mayor peligro corría; sin embargo, lo condenasteis y lo exiliasteis. Milcíades os dio la victoria en Maratón; pero le cargasteis de cadenas y os moríais de ganas de arrojarle al Pozo. A Cimón, que os dio un imperio, le acosasteis hasta llevarle a la tumba. ¿Y Alcibíades? Por los dioses, no disteis tiempo a que sus pies entibiaran el pedestal al que lo habíais subido antes de derribarles a ambos y bailar regocijados sobre los pedazos. El ácido y la bilis son para vosotros como la leche de vuestra madre. Preferiríais ver el Estado arrasado por vuestros enemigos antes que preservado por quienes son mejores que vosotros y veros obligados a reconocerles como tales. El destino más amargo que sois capaces de concebir, hombres de Atenas, no es la derrota a

manos de quienes os odian, sino aceptar los dones de quienes sólo buscan vuestro amor.

»"Cuando era niño, mi padre me llevó al astillero de Telegonea, donde su primo, carpintero de ribera, estaba construyendo una barca. Había terminado el casco, y nos sentamos dentro para comer y celebrar por adelantado la finalización del trabajo. En tono grave, el primo de mi padre dijo que a partir de ese momento no le quedaba más remedio que permanecer junto a la embarcación incluso de noche. Al advertir mi perplejidad, me puso una mano en el hombro: `Para desanimar a los saboteadores. Los hombres somos envidiosos —me dio mi pariente, deseoso de aleccionara mi ingenuo corazón—. De todo lo que puede ocurrirles bajo la capa del cielo, lo que menos soportan es tener menos éxito que un amigo’.

» "Nuestros enemigos nos observan, hombres de Atenas. Lisandro nos vigila. Si pudiera acabar con los diez generales de sus enemigos en el campo de batalla, ¿con qué honores no lo distinguirían sus compatriotas?

¡Y somos nosotros mismos quienes nos disponemos a hacerlo en su lugar!

»"¿Qué locura se ha apoderado de vosotros, compatriotas? Vosotros, que clamáis contra la tiranía más alto que ningún otro pueblo, os habéis convertido en tiranos. Porque ¿qué es la tiranía sino el nombre que damos a esa forma de gobierno que se mofa de la justicia y se funda en el poder de la fuerza?

» "He subido a esta plataforma muerto de miedo. Anoche, en el lecho de mi esposa, me eché a temblar y necesité la fuerza de su animoso corazón, como hoy he necesitado la de mis camaradas, para subir a hablaros. Pero ahora, oyéndoos vociferar, ya no siento miedo por mí, sino algo mucho peor: pánico por vosotros y por nuestra patria. Vosotros no sois demócratas. Preguntad a los hombres de la flota. No encontraréis uno solo que condene a estos hombres. Vivieron la tormenta, como la viví yo.

Los náufragos ya estaban muertos, que los dioses se apiaden de ellos. Pero no es ése el crimen por el que perseguís a estos generales. Son culpables de otro. Son los mejores de entre vosotros, y vuestros mezquinos corazones jamás los absolverán de semejante delito.

» "Sí, abucheadme, hombres de Atenas, pero os conocéis mejor que nadie. No seáis hipócritas. Si pretendéis violar la ley, por las pezuñas de Quirón, hacedlo como hombres. Vosotros, los de allí, derribad las estelas de las leyes. Y vosotros, coged martillo y cincel y borrad las tablas de la

constitución. ¡En pie todo el mundo! Marchemos, como la chusma que somos, contra la tumba de Solón y mandemos al infierno sus sagrados huesos. Eso es lo que hacéis condenando a estos hombres contra toda ley y todo precedente.”

»Estas palabras, mi querido Jasón, u otras muy parecidas, fueron las que pronunciaste ese día. En esa ocasión, oíste rugir a la plebe contra ti, como la oí rugir contra. mí momentos después, cuando me negué, como presidente de la Asamblea , a someter a votación aquella moción inconstitucional. Pidieron mi cabeza, amenazaron a mi mujer y a mis hijos… Jamás había oído un clamor semejante, ni siquiera en plena batalla, en boca de un enemigo sediento de sangre. Pero había pronunciado el juramento de la pritanía y no podía actuar deforma contraria a la ley. No sirvió de nada, como sabes bien. Él pueblo se limitó a esperar al día siguiente, cuando terminó mi turno y el nuevo epistates les concedió lo que exigían.

»No obstante, la cuestión es que no puede culparse a las leyes en ninguno de los dos casos: ni en la condena de los generales ni en la mía.

Fue el pueblo quien conculcó las leyes. Por lo cual creo que acertaste defendiendo la ley entonces y que acierto aceptándola yo ahora. Por favor, amigos, ¿podemos dar por zanjada la cuestión de la huida?

Me di por vencido y escarmentado. Sócrates me puso la mano en el hombro afectuosamente y me preguntó, aunque se dirigía a todos:

—¿Puede el demos gobernarse a sí mismo? Tal vez te tranquilice recordar, amigo mío, que los ideales a los que aspira el amante de la sabiduría —la supremacía del espíritu sobre el cuerpo, el descubrimiento de la verdad, el dominio de las pasiones de la carne…- son no sólo despreciables, sino también absurdos para el común de los mortales. La mayoría de los hombres no pretenden gobernar sus apetitos, sino satisfacerlos; para ellos la justicia es un obstáculo en el camino de su codicia, y los dioses, simples entelequias hueras a las que invocan para enmascarar sus propias acciones, motivadas por el miedo, la conveniencia y el egoísmo. Él demos no puede ser elevado como demos sino como conjunto de individuos. A la postre, uno sólo puede gobernarse a sí mismo.

Por consiguiente, dejemos a la masa a su aire.

»Lo que más me duele, Jasón, es tu desesperación y su consecuencia: el alejamiento de la filosofía. Es como si pudieras soportarlo todo sin traicionar nuestra vocación, salvo este golpe, mi propia desaparición, que

tu corazón no puede tolerar. Nada podría causarme más pena o darme más miedo que saber que mis esfuerzos, y toda mi vida, han sido vanos. —Las lágrimas afloraron a mis ojos; no obstante, seguía sintiéndome incapaz de suscribir su postura—. ¿Te acuerdas de lo que ocurrió tras el juicio a los generales? —me preguntó Sócrates—. ¿Recuerdas que los amigos de Pericles el Joven nos reunimos frente al calabozo del Baratron, el Pozo del Muerto, y reclamamos su cuerpo a los funcionarios?

»Arifrón y Jenócrates, parientes de Pericles, habían conseguido un carruaje para trasladar el cuerpo a su casa. Su mujer, Quíone, «Nieve», se opuso a utilizarlo. Mandó a sus hijos al puerto para coger una carretilla pública. Todos sabéis cómo son, amigos míos. Las hay en todos los muelles, en grupos de dos o tres, para que los marineros recién llegados trasladen sus cosas hasta los carros de alquiler. Llevan la leyenda «Epimeletai ton Neorion», «Propiedad de la Armada ».

»Sobre una simple carretilla de marinero llevamos a casa el cuerpo de nuestro amigo. Éramos veinte e íbamos todos juntos, pues temíamos la reacción de la gente. Sin embargo, nadie nos molestó; estaban ahítos de sangre.

Jantipo, el hijo de Pericles, fue el más valiente. Sólo tenía catorce años, pero caminaba delante del grupo, erguido y sin soltar una lágrima.

Se encargó de vestir a su padre, cuando aún temíamos que los Once prohibieran enterrarle en el Ática, y esa noche le cortó el pelo a su madre y le puso las ropas de luto. Se había dictado la orden de confiscar las propiedades de Pericles. ¿Lo recordáis? Nos reunimos para acoger en nuestras casas a todos y todo lo que pudiéramos. No obstante, la cosa acabó así: al cabo de dos días, el pueblo recobró la cordura y comprendió que había cometido una locura. El remordimiento colectivo se apoderó de la ciudad, y la gente reconoció la enormidad de su crimen y lamentó amargamente su apasionamiento y su precipitación.

»Quíone se negó a confinarse en las habitaciones de las mujeres. "Que me detengan", decía. Vestida de luto, se lanzó a la calle, sin velo, con los rizos cortados, como un reproche viviente hacia todo y hacia todos. A los pocos que tuvieron el coraje de acercársele no les dirigió la palabra; se limitó a exhibir la cabeza rapada, día tras día.

»¿Lo comprendes, Jasón? Era una filósofa. Sin necesidad de maestro, su animoso corazón intuyó lo que exigían las circunstancias y le infundió el coraje para actuar. Ni Brásidas ni Leónidas, ni siquiera el mismo Aquiles

mostraron nunca tanta entereza ni tanta generosidad en el amor por el hogar y la patria. Ante semejante ejemplo, ¿cómo podría yo, amigos míos, que llamo amor a la sabiduría a mi vocación, cómo podría permitirme una acción indigna de la filosofa y de Quíone? Debo saltar al precipicio, por decirlo así, tan silenciosamente como Pericles, su marido. Y vosotros, amigos, podéis lanzaros a la calle con la cabeza rapada, como ella —dijo Sócrates, y con esas palabras concluí yo también el relato que me había pedido mi cliente.

Absorto en sus pensamientos, Polémides permaneció en silencio largo rato.

—Gracias —dijo al fin; luego, sonriendo, sacó un documento de su arcón y me lo tendió.

—¿Qué es esto?

—Échale unvistazo.

Empecé a leer el prólogo. Era mi defensa de Pericles el Joven, el mismo discurso al que acababa de referirme con las palabras de Sócrates.

—¿De dónde lo has sacado?

—Me lo entregó Alcibíades, en Tracia. Le gustaba mucho, como a mí.

Y no era la única copia que circulaba entre nuestros hombres.

Volvió a hacérseme unnudo en la garganta al recordar a los seres queridos, tanto míos como de Polémides, de los que ya no nos quedaba más que el recuerdo. Era bien entrada la noche; oí los pasos del portero en el patio, que se retiraba a su cuchitril. Ahora tendría que armar unauténtico escándalo para que me dejaran salir. «Es igual», me dije. Mi mujer no se inquietaría, pues se figuraría que había decidido pasar la noche en casa de algún amigo. Me volví hacia mi compañero, que me miraba divertido, como si pudiera leerme el pensamiento.

—Te toca cumplir tu parte del trato, Pommo: acabar tu relato. O estás demasiado cansado para seguir? —Una expresión extraña animó sus facciones—. ¿Porque sonríes así? —le pregunté.

—Nunca me habías llamado Pommo.

—¿De veras?

Tendría mucho gusto en concluir su historia, aseguró. Me confesó que había temido que hubiera dejado de interesarme, toda vez que ya no necesitaba preparar su defensa.

—Ahora, llevemos el barco a puerto, si te parece, y dejémoslo bien amarrado, con la ayuda de los dioses.

OceanofPDF.com