Vientos de guerra

Steven Pressfield · Capítulo 3 de 54

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Vientos de guerra

II Asesinato en Melisa

II

ASESINATO EN MELISA

Dirigían la partida asesina [siguió mi abuelo] dos nobles persas bajo las órdenes del gobernador del Gran Rey de Frigia. Se habían desplazado por mar desde Abidos, sobre el Helesponto, hacia la fortaleza de Tracia en la que Alcibíades había recalado en su exilio final, desde donde, al descubrir que su presa se había fugado, la partida le persiguió a través de los estrechos hasta Asia. Acompañaban a los persas tres Iguales de Esparta cuyo jefe, Endio, había sido amigo íntimo de Alcibíades desde la infancia.

Les había encargado la tarea el gobierno de su país, aunque no la de participar en el asesinato, sino la de servir como testigos, a fin de que sus propios ojos confirmaran el fallecimiento del hombre, cuyo último resquicio de vida seguían temiendo. Era tal la fama en cuanto a fugas y resurrecciones de la que se había hecho acreedor Alcibíades que muchos le creían incluso capaz de burlar al magistrado definitivo, la Muerte.

Acompañaba a la partida un asesino profesional, Telamón de Arcadia, junto con medía docena de esbirros que él mismo había seleccionado para planificar y ejecutar el negocio. Su cómplice era Polémides el ateniense.

Polémides había sido amigo de Alcibíades. Sirvió como capitán de infantería de marina en la espectacular serie de victorias de Alcibíades en la guerra del Helesponto, permaneció a su lado como escolta cuando el conquistador regresó glorioso a Atenas y se mantuvo a su derecha cuando Alcibíades restableció el desfile por tierra en la celebración de los cultos mistéricos de Eleusis. Recuerdo perfectamente su aspecto, en Samos, al ser reclamado Alcibíades, que estaba en el exilio, para dirigir la flota. Un momento de gran exaltación en el que veinte mil marineros y soldados de infantería, angustiados por su propio destino y la supervivencia de su patria, rodearon el malecón denominado la Pequeña Choma cuando el enorme barco recaló y Polémides desembarcó, protegiéndose de la muchedumbre, que parecía tan dispuesta a apedrearle como a saludarle.

Observé la expresión de Alcibíades; no cabía la menor duda de que confiaba totalmente su vida al hombre que tenía al lado.

Siete años después, Polémides tuvo el cometido de buscar a la víctima y, junto a su adlátere, el asesino Telamón, llevar a cabo el crimen. Le fijaron como honorarios un talento de plata del tesoro de Persia.

El hombre me informó de todo ello, sin ocultar nada, durante los minutos iniciales de nuestra primera entrevista. Y lo hizo así, él mismo puntualizó, para asegurarse de que yo persona con la que su familia compartía vínculos de matrimonio con los Alcmeónidas, parientes de Alcibíades por parte de madre, y por la devoción que yo mismo demostraba por Sócrates, cuya relación con Alcibíades era bien conocida— supiera lo peor de inmediato y tuviera la oportunidad de apartarme del caso, si lo deseaba.

En los cargos contra aquel hombre no se hacía mención de Alcibíades.

Se acusó a Polémides de la muerte de un contramaestre de la flota denominado Filemón, quien había sido asesinado unos años antes en una reyerta en un burdel de Samos. Se presentó una segunda acusación contra él, la de traición. Evidentemente fue este cargo el que llevó al jurado a decidir la consiguiente ejecución. Por aquella época era corriente este tipo de actuación indirecta; sin embargo, el subterfugio quedaba agravado por el código específico bajo el cual sus acusadores le habían llevado a juicio.

Polémides no había comparecido ante la justicia ni bajo cargo de eisangelia, la acusación habitual de traición, ni de dike phonou, la explícita de homicidio, pues ambas le habrían permitido escoger el exilio voluntario y salvar la vida. Al contrario, fue acusado (por un par de conocidos delincuentes, hermanos y compinches de renombrados enemigos de la democracia) de endeixis kakourgias, una tipificación de «fechoría» mucho más general. De entrada, llamaba la atención por absurdo el hecho de que la acusación desconociera la ley. No obstante, una más profunda reflexión sacaba a la luz su astucia. Bajo dicha tipifica ción, por un lado podía encarcelarse al acusado antes del juicio y durante el transcurso de éste, sin darle opción al exilio voluntario, y por otro, se le negaba también la fianza.

Se conseguiría la pena de muerte, y se celebraría el juicio, no ante el Areópago sino en un tribunal del pueblo corriente, en el que se daba por supuesto que unos términos como los de «traidor» y «amigo de Esparta»

encenderían las iras del jurado. Estaba claro que quienes acusaban a Polémides querían su muerte, por las buenas o las malas. Era de prever

que iban a salirse con la suya, pues pese a que muchos odiaban a Alcibíades y le acusaban de la derrota de nuestra nación, otros tantos seguían queriéndole. Estos no iban' a mostrar su repulsa ante la ejecución del hombre que había traicionado y asesinado a su paladín. A pesar de todo, observaba Polémides, sus acusadores pertenecían, estaba convencido de ello, al bando opuesto, al de quienes habían conspirado con los enemigos de su país, pretendiendo comprar su propia seguridad al precio de la ruina de su nación.

En cuanto a su apariencia, Polémides era un hombre atractivo y singular, de ojos oscuros, estatura ligeramente por debajo de la media, muy musculoso y, si bien había cumplido hacía mucho los cuarenta, su cintura era estrecha como la de un colegial. Tenía una barba del color del hierro y la piel, a pesar de la reclusión, conservaba aquel oscuro cobrizo que suele verse en las personas que han pasado gran parte de su vida en el roar. Se entrecruzaban en la piel de sus brazos, piernas y espalda las cicatrices del fuego, la lanza y la espada. En la frente destacaba, aunque decolorada por la exposición a los elementos, la koppa, la marca de los esclavos de Siracusa, recuerdo de la cautividad que sufrieron los supervivientes de las calamidades sicilianas y símbolo del atroz sufrimiento.

¿Le detestaba yo? Estaba preparado para ello. Sin embargo, en el fondo, su claridad de ideas y expresión, la franqueza y su absoluto deseo de auto-exculparse, neutralizaban mis prejuicios. A pesar de sus delitos, se presentaba en mi imaginación casi como lo hubiera hecho Odiseo, salido de los cantos de Homero. Tampoco se comportaba de la forma brutal o insolente que caracteriza al soldado a sueldo; al contrario, su conducta y porte eran los de un noble. Ofrecía en el acto el vino que tenía a mano e insistía en ceder a la visita el único taburete que había, en su celda, protegiéndolo para mi comodidad con el vellón que utilizaba para cubrir el desnudo' camastro de la estancia.

Durante aquella entrevista inicial, al tiempo que hablaba, llevaba a cabo una serie de ejercicios gimnásticos pensados para mantenerse en forma a pesar de la reclusión. Colocaba el talón contra la pared por encima de la cabeza y, apoyado en la planta del otro pie, situaba tranquilamente la frente sobre la elevada espinilla. En una ocasión en que le llevé unos huevos, agarró uno de ellos cerrando la mano y, con el brazo extendido, me desafió a que le abriera los dedos o aplastara el huevo. Lo

intenté, aplicando todas mis fuerzas en el empeño, y fracasé, mientras el sonreía maliciosamente.

Jamás tuve miedo con aquel hombre o de aquel hombre. En realidad, a medida que fueron pasando los días, iba sintiendo una profunda simpatía por él, a pesar de sus numerosos actos delictivos y de la falta de arrepentimiento que demostraba. El nombre, Polémides, como bien sabes, significa «hijo de la guerra». No era, sin embargo, hijo de una guerra cualquiera, antes bien de una guerra de escala y duración sin precedentes, que se distinguió de todos los conflictos anteriores por su desprecio del código del honor, de la justicia y de la contención voluntaria que habían caracterizado los principios de las luchas anteriores entre los helenos. Fue en realidad esta guerra, la primera guerra moderna, la que forjó el destino de nuestro narrador y lo dirigió hacia su final. Empezó como soldado y acabó como asesino. ¿Qué le diferenciaba de mí? ¿Quién negaría que yo o cualquier otro no representáramos en la penumbra de nuestros corazones, por obra u omisión, la misma oscura historia que interpretó a la luz del día nuestro compatriota Polémides?

El fue, como yo mismo, un producto de nuestra época. De la misma forma que para llegar al puerto, la carretera y la senda siguen distintos trazados a lo largo de la costa, su camino corrió paralelo al mío y al de la mayoría de nuestros contemporáneos, aunque pasando por un país distinto.

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