Vientos de guerra

Steven Pressfield · Capítulo 45 de 54

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Vientos de guerra

XLIV Vn Testigo del Homicidio

XLIV

VN TESTIGO DEL HOMICIDIO

Incapaz de continuar, Polémides se mantuvo en silencio durante unos instantes. Cuando al fin consiguió recuperarse, declaró que había cambiado de opinión respecto al juicio. Ya no deseaba negar los cargos; se declararía culpable. Llevaba tiempo pensándolo, me explicó, pero hasta ese momento no había comprendido que era la salida más digna. Sólo lamentaba que yo hubiera dedicado tanto tiempo a sus asuntos, dijo, con tanta generosidad e interés, por lo que me pedía disculpas.

Me sentí indignado ante aquella deserción y monté en cólera. ¿Cómo se atrevía a abusar de la simpatía de mi corazón y difamar, atrayéndola a su causa, el recuerdo de mis queridos camaradas? ¿Creía que había aceptado aquella tarea a la ligera? ¿Porque lo admiraba o pensaba que merecía la absolución? Lo despreciaba y despreciaba todo lo que había hecho, le espeté, y había aceptado ser su abogado sólo para que el relato de sus indignidades sirviera como manifiesto de infamia para nuestros compatriotas. Su causa había dejado de ser suya en el instante en que me pidió que le asistiera; ¿cómo se atrevía a echarse atrás en el último momento?

—¡Sí, muérete —me oí exclamar—, y déjanos en paz a todos!

Di dos zancadas hasta la puerta y la aporreé llamando al carcelero.

Sólo el eco respondió a mis voces. Comprendí que el funcionario debía de estar cenando en el refectorio, al otro lado de la calle. A mis espaldas, Polémides reía por lo bajo.

—Me parece que estás tan preso como yo, amigo mío.

—Eres un bellaco, Polémides.

—Nunca he dicho lo contrario, compañero.

Al volverme, sentí que la cólera empezaba a abandonarme y comprendí hasta qué punto había llegado a importarme la suerte de aquel miserable. Una sonrisa suavizó las facciones del veterano. Reconoció la

justeza del veredicto que había pronunciado sobre él y añadió que su único defecto era su incapacidad para acabar lo que empezaba.

Prosiguió, no con palabras, sino abriendo su arcón y sacando dos cartas; por su expresión, deduje que las había releído hacía poco y que su contenido le había afectado profundamente. Me las tendió.

—Siéntate, amigo mío. De todas formas, no podrás salir hasta dentro de un rato.

La primera carta, dirigida a su tía abuela Dafne, estaba fechada unos meses después de la definitiva destrucción de la flota ateniense en Egospótamos, el desastre que hizo inevitable la capitulación de la ciudad y, tras veintisiete años de guerra, su derrota a manos de Esparta y de sus aliados peloponesios y persas.

En esa época, me explicó Polémides, estaba al servicio de Lisandro y condenado por traición y asesinato en su patria. Escribe a su tía, a Atenas, advirtiéndole que se prepare para el sitio y la inevitable rendición:

… facciones de nuestros compatriotas se ofrecerán para procurar lo que ellos llaman la paz. La soberanía será entregada; la flota, desmantelada; la Muralla Larga, derribada. Se impondrá a Atenas un gobierno títere.

Habrá represalias. Tal vez a mi regreso pueda mitigar, al menos en lo tocante a ti y tu familia, los efectos de la anarquía que sin duda reinará.

Debes abandonar la ciudad y marcharte al campo, tía. Llévate a los hijos de León. ¿Podrás localizar a los míos? Por favor, ponlos a salvo. El sello de esta carta es el del Estado Mayor de Lisandro. Te protegerá, pero no lo utilices salvo que sea cuestión de vida o muerte, pues determinados compatriotas te lo harán pagar más tarde.

Por último, querida tía, no acudas al Pireo cuando arriben las escuadras de Lisandro, o verás lo que una patriota como tú no podría soportar sin que se le partiera el corazón: el niño al que criaste, con el escarlata del enemigo.

Estoy curado del amor a la patria y más que curado de toda vergüenza. Sólo actúo, como han hecho y harán otros, para salvar mi vida.

Ésta es la respuesta de su tía:

¡Hombre sin honor! ¿Cómo te atreves a preocuparte por mi persona para ocultar tu perfidia? Ojalá hubieras muerto en las canteras, o en alguno de tus indignos enredos, para que pudiera seguir considerándote hijo de tu

padre y no el infame que tan inicuamente has demostrado ser. Los dioses saben que no volveré a mirarte a la cara. Has dejado de existir para mí. No tengo sobrino.

Devolví las cartas a Polémides. Su expresión decía bien a las claras que compartía la condena de su tía, tan profundamente como para que todo razonamiento fuera inútil, al menos en aquel momento. Sentí que se me escapaba de las manos como un cadáver arrastrado por las aguas, cuando no consigues alcanzarle con el bichero y, empujado por la corriente, tu bote pasa de largo para no volver jamás.

El carcelero volvió al fin, y me vi libre. Crucé el Patio de Hierro en dirección a la celda de Sócrates, en cuya compañía pasé el resto de la tarde. Al maestro no le quedaban más que tres días. El barco sagrado que regresaba de Dejos había sido avistado a la altura de Sunion esa misma mañana; su llegada a Atenas pondría punto final al aplazamiento de la ejecución. Se esperaba la arribada de la nave esa noche. Sin embargo, no se produjo. Un sueño de Sócrates lo había predicho. Se le había aparecido una hermosa mujer vestida de blanco, nos contó a los presentes esa tarde, y dirigiéndose a él por su nombre, le había declarado: A la grata tierra de Ptía

llegarás al tercer día.

Una terrible desesperación se apoderó de mi ánimo, debido en parte a Polémides, cuyo relato de las horas de la caída de nuestra patria se añadía a la inminencia de la ejecución de mi maestro, que para mí era una segunda y más aciaga derrota, pues anunciaba, lo intuía, no sólo el final de nuestra soberanía, sino también de la misma democracia.

Esa noche, fui el último en abandonar la prisión. Estaba decidido a no volver a hablar con Polémides en persona ni comunicar sus deseos a las autoridades. Había hecho su elección: a él le correspondía llevarla a efecto. El pasadizo de salida estaba en silencio, salvo por un carpintero que hacía una puerta en el taller de la prisión. Eché un vistazo al interior. Al principio, tomé las argollas de hierro por goznes o abrazaderas. De pronto, reconocí el instrumento.

No era una puerta.

Era el tympanon en el que ejecutarían a Polémides. Lo atarían desnudo a la plancha, que a continuación colocarían en posición vertical.

Nadie podría acercarse o prestarle ayuda; sólo permanecería a su lado el verdugo, para aplicarle el tormento prescrito por el tribunal y certificar la defunción del condenado. El carpintero me invitó a entrar con un gesto y se puso a parlotear amigablemente sin dejar de trabajar. Me explicó que tenía que hacer un instrumento nuevo para cada ejecución.

—No te imaginas lo que pueden soltar las tripas de un hombre.

A renglón seguido, me explicó cómo funcionaba el instrumento.

Cuatro argollas inmovilizaban los miembros de la víctima y una cadena le sujetaba la garganta. Unas clavas giratorias tensaban esta última hasta estrangularlo. La mayor ventaja del aparato era que ahorraba el derramamiento de sangre.

Le pregunté si aquel instrumento en concreto era para Polémides. El carpintero no lo sabía; no tenía por costumbre preguntarlo. No obstante, observó, los ajusticiados por traición no pueden ser enterrados en el Ática

«ni en ninguna tierra bajo dominio ateniense». El cadáver seria abandonado para que lo devoraran los perros y los cuervos.

Para el carpintero, aquel invento era lo último en instrumentos de ejecución.

—Mucho mejor que arrojar al condenado al Pozo del Muerto, como hicieron con los generales de las Arginusas. Eso fue una salvajada. Mi padre hizo las trampillas. Nadie había hecho seis de una vez, de modo que tres tuvieron que esperar. Fue espantoso, porque se oyeron los golpes cuando cayeron los tres primeros. Pericles el Joven y Diomedón no llevaban capucha. Ninguno dio nada, salvo Diomedón. «Acabemos de una vez. »

Lo mejor, dice Teógnides, sería no nacer

… pero, habiendo nacido, lo mejor

es correr hacia el infierno y descansar

bajo el pesado escudo de la tierra.

Unos días antes, después de mi segundo encuentro con Eunice, había llamado a mis sabuesos Mirón y Lado y, tras prometerles una prima, les había instado a redoblar sus esfuerzos para descubrir los particulares del homicidio del que se acusaba a nuestro cliente. Mis hombres no se hicieron

de rogar y se presentaron dos días después por la mañana. Habían dado con cierto individuo, miembro de la flota por aquellas fechas. Un testigo ocular. No testificara en persona, pues debía dinero y no quería hacerse notar en la ciudad. No obstante, por una cantidad, estaba dispuesto a dictar una declaración y a pronunciar un juramento sobre su veracidad.

Este es el documento. El hombre se identifica como ciudadano del distrito de Anfítrope y antiguo suboficial de la armada:

… ocurrió en Samos, en uno de esos antros que los de allí llaman un

«soda». El Poleo. Las tripulaciones de algunos barcos solían reunirse en él; era su lugar favorito. La puta de Polémides, Eunice, andaba por allí esa noche, con otras doce que hacían la calle; también había niños, era uno de esos tugurios… Se había echado a llover, y el techo tenía goteras. Había cacharros sobre las mesas, y cosas así…

De pronto, entra Polémides. Sin mirar ni a derecha ni a izquierda, se va derecho a por Eunice y le echa las manos al cuello, como si quisiera partírselo. Dos o tres hombres saltan sobre él y los separan. Polémides forcejea con ellos y logra soltarse. Coge un cuenco de hierro lleno de agua de lluvia y vuelve a abalanzarse sobre la mujer. El tal Filemón intenta cortarle el paso. Polémides le arrea con el cacharro, y el otro cae redondo…

Fiambre antes de tocar el suelo.

Polémides se le queda mirando y luego se vuelve hacia Eunice y sus críos y los mira boquiabierto, como si estuviera ido. Reacciona al ver a los mocosos. Da media vuelta y se va a toda prisa. Todo el follón pasó en la mitad del tiempo que se tarda en contarlo. Nadie había dicho una palabra de principio a fin.

Las mujeres se encargaron de airear los trapos sucios. Resulta que esa Eunice es una loba de cuidado. Había dado belladona a la señorita con la que se había casado Polémides. La había envenenado. La muchacha estaba preñada, así que el hijo que llevaba en el vientre la palmó con ella. Por lo menos, así lo que me contaron.

Eso es lo que ocurrió, capitán. Polémides se cargó al pobre bastardo de Filemón, no adrede, sino porque se metió en medio cuando iba a arreglarle las cuentas a su mujer. Esa es la verdad. Yo estaba allí y lo vi.

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