Vientos de guerra
XXII la Cara Opvesta del Paraíso
XXII
LA CARA OPVESTA DEL PARAÍSO
Habrás oído hablar un sinfín de veces, Jasón, del eclipse lunar que se produjo un mes después del desastre de Epípolas, y el terror en que quedó sumida la flota y el ejército, al tener lugar en el momento en que las naves se disponían a zarpar para ponerse a salvo. Muchos habían censurado a Nicias y acusado a las tropas de haber cedido al pavor y a la superstición en el momento de su liberación, cuando habían decidido como mínimo abandonar Siracusa y partir hacia la patria.
A quienes nos lo reprochan sólo puedo decirles una cosa: no estaban allí. No se encontraban entre los nuestros para notar el horror que allí se respiraba, cuando la luna ocultó su rostro protector. Me considero un hombre práctico y, sin embargo, yo también tuve que volverme, turbado, acobardado, ante aquel prodigio celeste.
Desde Epípolas habíamos perdido a nueve mil hombres. Ante los precipicios, muchos, presas del pánico, cayeron por centenares, Salí aquel primer día al alba con León en busca de mi primo. Faltaban miles de hombres. Muchos de los que habían intentado el regreso se habían perdido por el camino. Entonces, con la primera luz del día, los jinetes siracusanos los estaban triturando. En la base del precipicio había una gran extensión de cadáveres y soldados moribundos. Todos eran nuestros. Algunos se habían caído cuando la aglomeración empujó hacia el borde y cada hombre, aterrorizado por alcanzar un asidero, había ido desplazando a otros, los cuales, por su lado, se iban precipitando sobre los que iniciaban el camino de vuelta por el serpenteante sendero. Otros, en su desesperación, se lanzaron deliberadamente, abandonando su armadura y entregándose al destino.
En lo alto del precipicio se reunían los grupos del enemigo. Gritaban para que les oyéramos desde abajo, provocándonos:
—¡Qué listos sois, atenienses! ¿Os creíais capaces de volar?
Alardeaban de sus proezas lanzando brazos, piernas e incluso cabezas sobre los amontonados cadáveres de nuestros soldados.
—¡Así es como abandonaréis Sicilia!
Telamón nos esperaba en el campamento. Había encontrado a Simón, sano y salvo, atendiendo a los heridos. Me desplomé allí mismo y dormí durante todo el día. De nuestros dieciséis infantes sólo quedaban cuatro; hicieron falta cinco compañías para crear una nueva. Pasé el día al lado del Pandora, escribiendo cartas de pésame. Su proa se había podrido del todo; se encontraba escorada en un punto al que los soldados llamaban la playa del Perro, esperando nueva madera.
El campamento se había convertido en un gran lodazal que olía a chotuno. Habíamos plantado las tiendas en el humedal en el que nos habían arrinconado las tropas de Gilipos: cincuenta mil personas apiñadas en una ciénaga más estrecha que el ágora de Atenas. A cada paso te ibas hundiendo en el lodo. Yo tenía por cama una puerta colocada sobre un amasijo de cieno y la compartía con León y Astilla, por turnos, como se hace a bordo.
Los soldados habían puesto el nombre de «armadía» a los camastros.
Además, tenías que vigilar el tuyo para que no te lo robaran.
Los marineros extranjeros empezaron a deshacer los cabos. Era imposible detenerlos; esperaban a que oscureciera y se lanzaban por ellos.
Algunos se llevaban incluso los remos. Falló el avituallamiento y la recogida de desperdicios; no quedaban ya armeros, cocineros ni asistentes.
Había que asignar a la tropa las tareas de las que normalmente se encargaban los ganapanes; en diez días se produjeron altercados que estuvieron a punto de provocar una sublevación. Lo que sí poseía la tropa era dinero. Pero ¿qué podía comprarse? Ni un simple palmo de tierra donde apoyar la cabeza o un terrón limpio en el que pudieras hacer tus necesidades. Ni siquiera podíamos comprar agua; el enemigo había represado los arroyos que desembocaban en el campamento e infectado la única fuente de aquellos alrededores. Los enfermos se amontonaban por centenares en los ya atestados lugares en los que permanecían los heridos en Epípolas, quienes empeoraban día a día en aquel miasmático infierno.
Una frase recorrió el campamento: «Izar el akation». ¿Sabes a qué me refiero, Jasón? La vela del trinquete del trirreme, la única que se despliega durante la batalla y desde la que se efectúa el salto a vida o muerte en la huida. Todos ardían en deseos de izar el akation. Epípolas había enfrentado a Demóstenes con el grueso de la expedición. Bajo su perspectiva, Sicilia
no era más que un atolladero; teníamos que sacar de allí a nuestros muchachos enseguida, y de no ser posible aquello, retirarnos a una parte de la isla que pudiera ocuparse por tierra, conseguir víveres y atender de forma adecuada a los heridos y enfermos.
El único que tomó partido fue Nicias. Se negó a emprender la retirada sin órdenes procedentes de la Asamblea de Atenas. Una noche cené con mi primo y con el médico Pallas. El hombre pertenecía a la familia de los Euctemónidas, de Cefisia; estaba emparentado con Nicias y le había asistido en una enfermedad de los riñones, que aún le hacía sufrir mucho. El médico iba algo tiznado y no vaciló a la hora de expresar su punto de vista:
—Si Nicias nos lleva a casa sin la victoria, ¿cómo expresará su reconocimiento el demos? Él lo sabe, puedes creerlo. Los mismos oficiales que chillan exigiendo la retirada, una vez a salvo, en Atenas, se volverán contra él para ocultar su vergüenza. Le acusarán de cobardía o traición o bien de haberse dejado corromper por el enemigo; los portavoces de sus acusadores enardecerán a la muchedumbre, y ésta clamará por su cabeza, como ocurrió con Alcibíades. Puedes pensar lo que quieras, pero Nicias es un hombre de honor. Preferiría morir aquí como soldado que verse sacrificado en la patria como un perro.
Pasaban los días y nadie se movía.
Volvió Gilipos de las ciudades sicilianas tras haber reclutado un segundo ejército, aún más numeroso que el, primero. Se levantó un campamento de diez mil en el Olimpieón y otro dos veces mayor en Ortigia. El enemigo había perdido todo temor. Guarnecía sus filas a la luz del día y circulaba por nuestras empalizadas, provocándonos.
Finalmente, Nicias se convenció de que la retirada era una salida juiciosa. Se impartió la orden; aquella noche todo el mundo subiría a bordo de las naves. En el campamento reinaba la euforia. Lejos de sentirse avergonzados por la decisión, aquellos hombres respiraban de nuevo tranquilidad. La humildad y la piedad, a pesar de haberse recuperado con retraso, les libraba de la ruina que les habían impuesto los dioses, todos los reveses y males que había sufrido la expedición a partir de la desaparición de Alcibíades. ¿Qué locura, reflexionaban entonces aquellos hombres, nos pudo llevar a deshacernos de él? ¿Quién podía imaginar que con Alcibíades al mando se podían haber sufrido aquellas calamidades? Siracusa habría caído dos años antes. El ejército se encontraría a media bota de Italia; la flota habría reducido a los cartagineses y daría ya la vuelta a Hesperia. Pero,
evidentemente, los dioses no lo habían dispuesto así. Quizás el cielo castigaba nuestro orgullo al acometer una empresa de tal envergadura o por haber utilizado la fuerza contra un país que jamás la había aplicado contra nosotros. Tal vez los inmortales envidiaban a Nicias su suerte, o a Alcibíades su ambición. Todo era posible. Lo que importaba era que volvíamos a casa.
Lo que importaba hasta que la luna desapareció.
No existe una noche tan oscura como aquélla, cuando la esfera iluminada se hundió en la tenebrosa negrura. Nadie puede imaginar algo tan renegrido como el mar sin estrellas, ningún hombre tan inclinado al terror como el que se encuentra en peligro de muerte. Tan terribles eran los auspicios, cuando los adivinos los interpretaron, que sólo fueron capaces de leer el oráculo después de sacrificar a la tercera víctima; los videntes iban matando un animal tras otro esperando el que sangrara de forma propicia.
Tres veces nueve días la flota debía aguantar: eso indicaban los presagios.
En un periodo de tres veces nueve días no pudo zarpar ninguna nave.
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