Vientos de guerra

Steven Pressfield · Capítulo 38 de 54

Páginas del PDF

Vientos de guerra

XXXVII Vna Cacería en Parnes

XXXVII

VNA CACERÍA EN PARNES

Mi situación era consecuencia de una estratagema que Alcibíades había puesto en práctica varios días antes. La campaña de acciones legales sólo era uno de los elementos de la respuesta de sus enemigos. Tienes parientes y amigos, Jason, que estuvieron presentes la noche a la que me refiero; sin duda, recuerdas lo ocurrido. Deja que te lo cuente tal como lo conserva mi memoria.

Unos días después de su regreso a Atenas, apenas celebrado su triunfo en Eleusis, Alcibíades organizó una cacería en las laderas del Parnes, a la que invitó no sólo a individuos predispuestos en su favor, sino también a un puñado de enemigos personales y políticos, entre los que figuraban Anito y Cefisofón, el futuro tirano Critias, Lampón, Hagnón y tu tío Mirtilo, los tres últimos, representantes del ala extrema del «Partido del Bien y la Verdad », que habían sido los perseguidores más encarnizados de Alcibíades durante el asunto de los Misterios. Cleofón y Cleónimo representaban a los fanáticos de los demócratas radicales. También estaba invitado Caricles, quien, con Peisandro, había puesto al pueblo en contra de Alcibíades en la época mencionada y, durante el reinado del terror que su intransigencia había contribuido a fomentar, habían propuesto entre otras medidas revocar la ley que prohibía torturar a un ciudadano. Alcibíades les había dado a entender que la cacería de Parnes era un gesto de buena voluntad. Deseaba hacer las paces con sus antiguos enemigos.

La cacería propiamente dicha fue una bravuconada de nuestro anfitrión, pues la región seguía infestada de espartanos, dado que el fuerte de Decelea se encontraba a tan sólo sesenta estadios al este. La audacia de Alcibíades dejó boquiabierta a toda la ciudad, porque ni siquiera los cazadores más empedernidos se habían atrevido a organizar una partida en aquellas colinas desde hacía años. De hecho, los invasores se habían adueñado de la zona hasta tal punto que, durante la temporada, los cazadores espartanos se instalaban en el pabellón, llenaban la despensa e

incluso habían reconstruido la chimenea después de que un temblor de tierra la echara abajo. Teniendo en cuenta que la ciudad estaba pendiente del acontecimiento y que se había presentado una muchedumbre de voluntarios de caballería para ofrecernos protección, nadie podía rechazar la invitación. Además, todos estábamos impacientes por averiguar lo que tramaba Alcibíades.

Los elementos no pudieron mostrarse más contrarios: los chaparrones castigaron a la partida durante las dos jornadas. No obstante, la cacería fue magnífica, y hay que decir en honor de los cazadores que —una vez que regresaron al pabellón para quitarse las túnicas empapadas y colgarlas a secar ante el fuego, pusieron a remojo sus doloridos huesos en enormes calderos, se dejaron masajear con aceite caliente y acabaron de relajarse probando el famoso tinto de la región para acompañar las peras, los higos y el queso— ninguno se quejó del tiempo ni de la cena: urogallos, venados y gansos asados. Luego, los invitados, cansados pero satisfechos, ocuparon los asientos del enorme salón, en cuyas cuatro chimeneas de cobre ardían dos fuegos por cabeza. Cecheros, batidores, perreros y sirvientes abandonaron la reunión; contando los asistentes personales, cuya discreción estaba fuera de duda, quedarían en la sala unos treinta caballeros.

Euriptolemo, Adimantos, Mantiteo, Aristócrates y Pericles el Joven formaban el consejo de nuestro anfitrión; Terámenes, Trasilo, Procles, Aristón y el resto de su grupo representaban a los moderados; y los anteriormente citados constituían la oposición. La deferencia que suponía la invitación había contribuido en gran medida a apaciguar su hostilidad. Todo el mundo parecía estar en la mejor disposición cuando nuestro anfitrión, vestido con la capa de cazador, se puso en pie junto a una chimenea y tomó la palabra.

Entró en materia sin preámbulos proponiendo que pusiéramos fin a la guerra de inmediato y nos aliáramos con Esparta. Sus invitados aún seguían boquiabiertos cuando afirmó que debíamos hacer la guerra a Persia con nuestros aliados, con el objetivo no sólo de liberar las ciudades griegas de Asia Menor, sino también de avanzar tierra adentro contra Sardes, Susa y Persépolis. En otras palabras, de conquistar todo el imperio hasta la India.

La temeridad de semejante empresa era tan sobrecogedora que varios de los presentes, recobrando el habla, no repararon en echarse a reír o preguntar si su anfitrión había perdido la chaveta.

Alcibíades expuso en primer lugar los beneficios prácticos, el más inmediato de los cuales sería la evacuación del Ática por parte de los lacedemonios, que regresarían a su país. Eso solo obraría prodigios: acabaría con el descontento de los hacendados y pondría fin a sus intrigas contra la democracia. En cuanto recuperaran sus viñedos y sus cuadras se les quitaría de la cabeza la idea de desestabilizar el estado. Pero las bondades de semejante política no beneficiarían tan sólo a la aristocracia.

También prosperaría el demos, y no sólo los ciudadanos humildes, sino también los residentes extranjeros sin voto, los metecos e incluso los esclavos, la mayoría de los cuales estaban más impacientes por actuar que nuestros propios compatriotas. Si les proponíamos una iniciativa capaz de proporcionarles beneficios y gloria, luchando no contra sus hermanos, sino contra bárbaros que nadaban en oro, también cerrarían el pico.

—Es, señores, lo que llamo «alimentar al monstruo». Significa proporcionar a las irreductibles facciones de nuestra nación un objetivo a la altura de sus aspiraciones, una empresa que en lugar de enfrentarlos entre sí reconcilie sus contradictorios intereses. Hoy en día el monstruo es toda Grecia, pues esta guerra ha sacudido las conciencias de todos los helenos.

Todos se han convertido en atenienses, incluidos los espartanos.

Acto seguido, llevo a cabo una convincente disertación sobre los partidos de Lacedemonia. La corriente expansionista encabezada por Endio aceptaría la propuesta con entusiasmo, una vez que se convenciera de su sinceridad, lo mismo que Calicrátidas y la vieja guardia, que aborrecía a los bárbaros y no soportaba humillarse para obtener su oro. El partido de Agis y Lisandro se opondría a nosotros, no porque no creyeran en la empresa (pelearían por encabezarla si la consideraran beneficiosa para sus intereses), sino porque su ambición estaba unida de forma demasiado estrecha a la bolsa del príncipe Ciro de Persia. Embajadas privadas, confesó Alcibíades, habían sondeado a unos y otros hacía tiempo, y otras estaban en camino; lo que no pudiera conseguirse con argumentos, se conseguiría con oro.

La imbatibilidad persa era un mito, siguió diciendo Alcibíades. Su ejército, compuesto de conscriptos y ciudadanos de estados vasallos, huiría en desbandanda ante una fuerza espartana de segunda, como lo había hecho ante la nuestra durante toda la guerra del Helesponto, y su flota no podría hacer nada contra la armada de Atenas. Describió el sistema persa de satrapías independientes y la división fomentada entre ellas por el rey. La salud de Darío declinaba; las luchas por la sucesión harían pedazos toda

Asia, y las victorias de nuestros ejércitos darían el golpe de gracia al imperio. En sus labios, el plan sonaba tan plausible que parecía inevitable, en particular en cuanto a lo de aliarnos con los macedonios y los tracios, cuyos príncipes simpatizaban como Alcibíades, y con las ciudades de Jonia, que siempre habían perseguido la independencia y se alzarían como una sola bajo la bandera de la madre patria unida.

Sus oyentes eran políticos profesionales y sabían distinguir los propósitos de los resultados. Alcibíades también tenía respuesta para aquello.

—Considerad, señores, la situación en que coloca a los espartanos esta propuesta. Han conseguido unir a los estados aliados con su lema de

«libertad», que no significa otra cosa que sacudirse nuestro yugo. Ahora nosotros encabezaríamos ese noble designio, obligándoles a hacer una elección que sacudirá los cimientos de su estado.

»Imaginad ahora la reacción de los estados griegos independientes.

Todos temen seguir a una potencia como Esparta o Atenas por miedo a ser absorbidos y convertidos en súbditos, o que ambos enemigos se alien y los sometan por completo. Pero unirse a una liga formada por ambas ciudades para luchar contra no griegos les ofrece una perspectiva mucho menos amenazadora. Si el asunto no cuaja, siempre podrán apoyar a la una contra la otra; si fracasa, sólo habrán arriesgado hombres y naves, no su soberanía; y, si tiene éxito, cosecharán riqueza y gloria en cantidades inimaginables.

»Por último, señores, pensad en el efecto de esta iniciativa sobre los persas. Los espartanos son sus aliados. Aunque rechacen nuestra oferta, los medos no. podrán por menos de preguntarse, ante cada nuevo navarca llegado de Esparta, a qué partido pertenece y hasta qué punto pueden confiar en él. De modo que, aun en el caso de que tengamos que continuar esta guerra, habremos sembrado la suspicacia entre nuestros enemigos, y sin ningún coste para nosotros. —Alcibíades hizo una pausa para preparar su golpe de efecto—. Quiero que hagas la propuesta tú, Cleofón, y vosotros, Anito y Caricles. Yo no puedo presentarla.

»Una iniciativa semejante debe ser planteada por mis enemigos.

Escuchadme, por favor, y sopesad estas consideraciones. Si yo o cualquiera de mi partido presenta este plan ante el pueblo, será interpretado como una temeridad nacida del orgullo. Se me acusará de simpatía hacia los espartanos debido a mi antigua asociación con ellos, o, peor aún, de haberme dejado sobornar por ellos, lo que desencadenará las consabidas

acusaciones de traición, ambición inmoderada, codicia, etcétera, etcétera.

No me cabe duda de que vosotros mismos las formularíais. Por el contrario, señores, si vuestros partidos, cuya implacable enemistad con los espartanos es pública y notoria, presentan esta propuesta, obtendrá una credibilidad inmediata; lo que es más, será aplaudida por su clarividencia y su valentía.

Vosotros os ganaréis todo el crédito. Y yo os respaldaré con todo lo que poseo.

No estaba hablando con idiotas. Todos comprendieron de inmediato la genialidad del plan y de su corolario, esto es, hacer que lo presentaran sus enemigos. Si Anito y Caricles, por los oligarcas, o Cleofón, por los demócratas radicales, hacían lo que proponía Alcibíades y planteaban la idea a título personal, éste habría conseguido su objetivo declarado, si ésa era su auténtica intención, o, lo que era más probable, habría atraído a sus enemigos a una trampa, pues podría denunciar la propuesta como traición y a ellos como traidores, alegando no saber nada de la misma y exigiendo que sus artífices fueran castigados con toda la fuerza de la ley. Por otra parte, si sus adversarios intentaban adelantársele y le traicionaban ante el pueblo presentando el plan como suyo y rechazándolo, corrían el riesgo de descubrir que el demos estaba a favor, y quedarían en una posición falsa por su mezquindad y su perfidia. En ambos casos, estarían perdidos. Y él, Alcibíades, aparecería como el estadista clarividente y generoso que había regalado aquella oportunidad de gloria a sus enemigos, tan ciegos como para despreciarla, o como el intachable patriota apuñalado por la espalda por los mismos miserables que ya habían privado a la ciudad de su genio con anterioridad. Sólo saldrían indemnes si el pueblo rechazaba el plan.

Pero ¿quién podía arriesgarse a confiar en ello en aquellos momentos, cuando mayor era el ascendiente de Alcibíades?

Caricles, el futuro maestro de torturadores, se levantó.

—¿Por qué llegas a extremos tan extravagantes para arruinarnos, Alcibíades? ¿Por qué no te limitas a hacernos asesinar? Es lo que haríamos nosotros.

Alcibíades se echó a reír.

—¡No sería tan divertido! —Y, recobrando la seriedad, repitió que proponía el plan con absoluta buena fe.

—¡Y una mierda! —le espetó el oligarca—. ¡Combatiré a tu lado ante Persépolis en el infierno! —añadió, y se marchó refunfuñando.

El debate se prolongó hasta bien entrada la noche, con muchas proposiciones de Critias, Cleofón y Anito, que defendieron sus diversos puntos de vista. Critias, como cabía esperar, se mostró favorable a la alianza con Esparta, pero manifestó sus temores respecto a la respuesta del pueblo, mientras que Anito atacó el plan como indigno de Atenas y, en el fondo, constitutivo de traición, e insinuó que Alcibíades utilizaba a la ciudad como instrumento para su propia gloria, pues de hecho Atenas sólo era para él

«una piedra más que incrustar en tu tiara». Ha de reconocérsele que dijo todo aquello a la cara de su enemigo y con absoluta franqueza.

Pasada la medianoche me retiré con Pericles el joven al cuchitril que compartíamos. Seguimos oyendo las voces de la sala durante un buen rato, al cabo del cual el pabellón quedó en silencio. Sin embargo, resultaba difícil conciliar el sueño tras semejante simposio; nos despertamos con hambre y decidimos hacer una incursión en la despensa. Para nuestro asombro, Alcibíades seguía despierto en la cocina, a solas con su amanuense, al que dictaba cartas.

—¡Mis queridos Pommo y Pericles! ¿Qué os trae por aquí, una cena tardía o un desayuno madrugador?

Se levantó al instante y, acercando bancos a la enorme mesa, se empeñó en hacernos de camarero y prepararnos un tentempié de carne fría y pan. Envió a la cama al somnoliento amanuense y, tras interesarse por nuestra salud y la de nuestras familias, prosiguió con su tarea.

—No me he atrevido a preguntártelo delante de los otros, Alcibíades

—dijo el pariente de nuestro anfitrión, ansioso por aprovechar aquella oportunidad—; pero ¿va en serio el asunto de Persia?

—Tan en serio como la muerte, amigo mío.

—Seguro que no esperas que la reunión de esta noche permanezca en secreto. No me extrañaría que la noticia estuviera ahora camino de Atenas.

Alcibíades sonrió.

—Mi discurso de esta noche iba dirigido a muchas audiencias, Pericles, a cualquiera más que a quienes lo han escuchado en persona. —Se puso en pie y, adoptando el tono confidencial de quien no desea seguir disimulando, se dirigió a nosotros como un jefe a sus acólitos o un hierofante a sus iniciados—: Debéis preguntaros qué podemos conseguir.

La victoria sobre Esparta es una quimera. Con el dinero persa o sin él, su ejército sigue siendo invencible. Y, en caso de que fuera posible, no deberíamos desear vencerla, porque de conseguirlo, como dijo Cimón,

lisiaríamos a Grecia y privaríamos a Atenas de su compañero de yugo.

»Así pues, ¿qué es posible? La paz, no. Grecia no la ha conocido nunca y nunca la conocerá. Pero sí una guerra más noble. Una guerra que no sólo impedirá que el Monstruo siga devorándose las tripas, sino que además lo pondrá ante una coyuntura tan formidable y propicia como para permitir que los más humildes alcancen prominencia y los más altos, gloria imperecedera.

Alcibíades nos sirvió el pan y la carne. Nosotros dos seguíamos pasmados ante la temeridad de su visión y la desmesura de su ambición.

—Comprendo tu propósito, Alcibíades. Pero, con toda franqueza,

¿puede tener éxito semejante aventura?

—Debe tenerlo y lo tendrá. —Se sentó y, advirtiendo la expresión de incredulidad de Pericles, se lanzó a una disertación tan extraordinaria y tan reveladora de la índole de su intelecto que, a nuestro regreso al cuartito, el joven oficial tomó la extraordinaria medida de ponerla por escrito tan fielmente como le permitieron su memoria y la mía. Aún conservo las notas en mi arcón de marino—. La mayoría de los hombres-empezó diciendo Alcibíades— creen que lo que llaman vigilia es su única existencia, mientras que los sueños son apariciones sin sustancia que visitan nuestras conciencias dormidas.

Las tribus salvajes que habitan más allá de la Bitinia tracia están convencidas de lo contrario. Para ellos la auténtica existencia tiene lugar en los sueños; en cambio, desprecian la vida consciente, a la que consideran un fantasma y una ilusión. Pueden localizar la caza, es decir, predecir donde aparecerá, basándose en los sueños que aseguran poder convocar la noche anterior. He cazado con ellos y lo creo. Afirman que son capaces de entrar en los sueños y salir de ellos a voluntad, y sólo temen morir mientras sueñan; en cambio, no dan importancia a la muerte física, pues el sueño sobrevive incluso a la desaparición del recipiente que lo alberga.

—¡Qué cosa más absurda! —exclamó Pericles—. Si mueres en sueños, despiertas con vida. ¡Pero pálmala en la vida real y se acabó el soñar!

Alcibíades se limitó a sonreír.

—Todos presentimos que hay otro mundo debajo de éste. No un mundo de sueños exactamente, sino de posibilidades. Lo que no existe todavía, pero podría existir. Lo que podemos hacer realidad. Del mismo modo que un niño tumbado sobre la hierba junto a un arroyo puede atravesar la superficie del agua con la mano para coger un guijarro del fondo. En eso consiste nuestra vida, ¿no? Un animal no ve más que las sustancias materiales, pero un hombre ve sueños.

»Yo me he alimentado de sueños. No sólo para sustentarme, sino para agasajar a otros. En eso se reconocen mutuamente los grandes y así es como quien posee una visión guía a hombres libres. Claro —

añadió Alcibíades— que no sirve cualquier sueño. Sólo uno, y ése, como el guijarro en la corriente, hace mucho tiempo que recibió un nombre. Ese guijarro se llama Necesidad. La Necesidad es el sueño. El que grita para nacer y llama a todos aquellos que se consideran dirigentes para que sean sus parteros.

»De niño, observé a menudo que Pericles el Viejo era capaz de definir el presente y el futuro, no sólo para sí mismo sino también para los demás, sin emplear más fuerza que la de su propia persona. Podía decirles lo que veía y hacérselo ver, de modo que ya no percibían las cosas con sus propios ojos sino con los de él. De ese modo mantenía a la ciudad, y al mundo, bajo su hechizo.

»Entre los amantes, el mayor presta ese servicio al más joven, elevándole al donarle su visión, más noble y de más largo alcance.

Pues todos los muchachos, y la mayoría de los hombres, son profundamente imperfectos, no sólo en sí mismos, sino también en sus aspiraciones, que son mediocres, vanas y mezquinas. Ese fue el regalo que me hizo Sócrates, exaltar mis aspiraciones; gracias a la fuerza con que se apoderaron de mí, comprendí que aquel hombre era un don fastuoso para sus semejantes, además de su más poderoso instrumento de ambición. Pues ¿qué puede elevar más a un hombre en la estima de sus compatriotas que ser el artífice de su dicha y su prosperidad?

»Sócrates —siguió diciendo Alcibíades— considera la Política inferior a la Filosofía, y estoy de acuerdo con él. ¿Qué hombre culto no lo estaría? Pero la Filosofía no podría existir sin la Política. Des de ese punto de vista, la Política es la vocación más noble de todas las imaginables, pues hace posibles todas las demás. ¿Y cómo definir la

Política sino como el arte de conseguir un visión para el pueblo, esa visión que es su destino pero que sólo intuye imperfecta y parcialmente?

—¡Eso no es un político, Alcibíades, sino un profeta!

—El profeta percibe la verdad, Pericles, mientras que el político la hace manifestarse ante sus compatriotas y a menudo enfrentándose a su obstinada oposición.

—Y, en el caso de Atenas —tercié yo—, a la de nuestros súbditos y enemigos. —Había algo que deseaba preguntarle—. Supón, Alcibíades, que la justicia estuviera sentada a esta mesa y te replicara:

«Amigo mío, me has dejado fuera de tus cálculos. Porque lo que tú llamas Necesidad otros lo llaman Injusticia, Opresión e incluso Crimen». ¿Qué responderías a la diosa?

—Le recordaría a la Justicia, amigo mío, que la Necesidad es anterior a ella y fue creada aun antes que la tierra. La Justicia, como ella bien sabe, no puede prevalecer ni siquiera en el Cielo. ¿Por qué iba a prevalecer entre los mortales?

—Esa es una filosofía dura, Alcibíades.

—Es la filosofía del poder y de aquellos que lo poseen. La filosofía del imperio. Y todos los que tenemos estados feudatarios, los espartanos, los persas y también los atenienses, la hemos abrazado. Si no, ¡dejémoslos marchar! Pero entonces caeríamos, fracasaríamos y seríamos infieles a nuestro destino. Eso, en mi opinión, es un crimen mucho más grave que la injusticia, en especial, si es tan benigna como la nuestra, que de hecho aporta a nuestros estados súbditos mayor seguridad y bienestar material de los que serían capaces de obtener por su propia cuenta.

»Pero la cuestión, amigos míos, es ésta. Nuestros así llamados estados súbditos no están sometidos a nosotros en el sentido fuerte de la palabra, es decir, sojuzgados por la fuerza; su reconocimiento de nuestra excelencia les estimula a emular nuestras mejores cualidades.

Si no, ¿por qué acuden sus hijos a nuestra ciudad y se alistan en nuestra flota, incluso en sus horas más bajas? Su fortuna prospera con la nuestra y es inseparable de ella, como la de todos esos estados adormecidos cuyos ejércitos se unirán libre y gustosamente a nuestra causa cuando avancemos contra Asia.

—Entonces, ¿tú ves no sólo por Atenas, sino también por sus súbditos y sus enemigos?

—¡Y por el mundo entero! —exclamó Alcibíades y, soltando una carcajada irónica y ligera como la espuma, señaló los platos y la bandeja que teníamos delante—. Me limito a preparar el banquete y hacerme a un lado mientras mis amigos cenan.

Al volver a nuestro cuarto, pasamos junto a los de Anito, Critias y Caricles, que seguían despiertos y conspirando entre susurros. Los enemigos de Alcibíades intrigaban intentando idear el modo de provocar su caída. Ignoraban que el agente de su desgracia, la de su adversario y la suya propia, ya había desembarcado a esas horas en Castolos, Jonia, protegido por el Caranedion, la caballería real del príncipe Ciro de Persia.

OceanofPDF.com