Vientos de guerra
Libro III: - la Primera Guerra Moderna
LIBRO III
LA PRIMERA GUERRA MODERNA
OceanofPDF.com
X
LAS ALEGRÍAS DE LA MILICIA
No acepté la oferta de un cargo por parte de Alcibíades ni tampoco seguí a Telamón como mercenario. Hice caso, no obstante, del consejo del arcadio y me embarqué como hoplita bajo las órdenes de Eucles hacia el Quersoneso de Tracia. En cuanto concluimos la campaña, y me conté aún entre los vivos, me alisté en otra, igualmente deslucida, y tras ésta, en otra.
Estábamos luchando en una guerra de nuevo cuño, de modo que a nosotros, los reclutas hoplitas, nos instruían los veteranos de la vieja guardia. En su época, los hombres libraban batallas. Se armaban y se enfrentaban fila contra fila y determinaba la victoria la honrosa prueba de las armas. Nosotros, sin embargo, no seguíamos dicho proceso. Nuestra guerra no se lidiaba entre estados, sino facción contra facción en el seno de éstos: los pocos contra los muchos, los poseedores frente a los desposeídos.
Como atenienses, nos situamos al lado de los demócratas, o mejor dicho, obligamos a quienes reclamaban nuestra ayuda a convertirse en demócratas, a condición de que su democracia alcanzara tan sólo el grado democrático que permitiéramos nosotros. En este nuevo tipo de guerra, al asaltar una ciudad, no nos enfrentábamos con unos héroes que se habían unido en defensa de su patria, sino con una banda a los que la suerte había ofrecido el dominio temporal del estado, mientras que nuestros aliados eran los de la facción desterrada, asociados con nosotros, los invasores, con el objetivo de lograr la restitución.
En Mitilene conseguí mi primer mando. Habían asignado a nuestra compañía a los desterrados, los demócratas de la ciudad derrotados en la sublevación oligárquica, que en aquellos momentos eran algo así como asistentes politicos de las tropas de asalto atenienses. En mi vida había visto hombres como aquéllos. No eran guerreros ni patriotas, sino más bien fanáticos. Con nosotros estaba Tersandro, a quien llamábamos Péñola. El capitán nos llamó para recibir a los alistados.
El destino constituía un certificado de defunción. Incluí en la relación a los paisanos de Péñola que, una vez tomada la ciudad, tendría que arrestar y ejecutar nuestra compañía. Él mismo había confeccionado la lista; nos acompañaría en la syllepsis, la redada de identificación. No es la primera vez que ves una relación de este tipo, Jasón. Están escritas con sangre. La relación de Péñola no era un fiel inventario de enemigos civiles o de adversarios políticos: englobaba en ella a vecinos, amigos, compañeros y familiares que en su momento habían labrado su ruina. Habían asesinado brutalmente a su mujer e hijas. Habían arrancado del altar a su hermano para sacrificarlo delante de sus propios hijos. Nunca había conocido a alguien que odiara como Péñola. Ya no era un ser humano sino un recipiente en el que se había vertido el odio. No había negociación posible con una persona como aquélla, y los demás eran como él.
Más tarde, cuando cayó la ciudad, en nuestra compañía había ochenta y dos cautivos de aquella lista, incluyendo a seis mujeres y dos niños.
Llovía y soplaba un cálido viento de poniente, de modo que sudábamos al tiempo que nos íbamos empapando. Metimos a los prisioneros como si fueran ganado en unos corrales. Apareció otro de Mitelene, que no era Péñola, con instrucciones para nosotros. Teníamos que dar muerte a los apresados.
¿Cómo, me pregunto yo, hay que ejecutar este tipo de órdenes? No filosóficamente sino prácticamente. ¿Quién da el primer paso a la hora de proponer el sistema? Nunca el mejor, eso garantizado. Quemadlos, gritó uno de los nuestros situado en las filas de atrás; cerrad el corral y prended fuego ahí. Otro quería descuartizarlos como corderos. Me negué de plano a llevarlo a cabo.
El ayudante de Péñola se enfrentó a mí. ¿Quién me había sobornado?
¿Sabía yo que era un traidor?
Mi juventud me hizo montar en cólera.
—¿Cómo voy a dar esas órdenes a éstos? —exclamé, señalando a mis hombres—. ¿Cómo podré exigirles el cumplimiento del deber cuando hayan cometido tales atrocidades? ¡Quedarán destrozados!
Apareció Péñola.
—Son enemigos —gritaba, apuntando con el dedo a los desdichados que se encontraban en el aprisco.
—Mátalos tú mismo —le respondí.
Me plantó la lista ante las narices.
—¡Voy a incluir tu nombre en ella!
Me salvó el mal genio, pues, al arrebatarle la tabla y garabatear algo en ella, pareció enloquecer y querer atacarme de lleno, aunque el tumulto que se armó contrarrestó momentáneamente el impulso asesino. De todas formas, no voy a erigirme en libertador. Aquellos pobres diablos fueron exterminados al día siguiente por otra compañía, y yo, degradado a soldado raso, me embarqué de nuevo hacia el norte.
Pasaron los años como si los hubiera vivido otra persona. Echo una mirada hacia atrás y veo los reclutamientos y las licencias, los justificantes de pago y la correspondencia, las cabezas de bronce de las flechas arrancadas de mi propia carne y escondidas como recuerdos en el fondo de mi equipaje; de éste extraigo baratijas y presentes, los nombres de hombres y mujeres, también de amantes, sobre el fieltro del armazón de mi yelmo y garabateados con la punta de la espada en las correas del macuto. No recuerdo ninguno.
La temporada transcurrió como una sola noche, con aquella especie de sueño profundo y trepidante del que uno despierta a intervalos sin recordar más que el agrio olor de la torturada ropa de la cama. Al parecer, recuperé la conciencia de nuevo en Potidea, al asediar por segunda vez la ciudad siete años después del primer sitio. No sabría decir ahora mismo si aquello era un sueño o formaba parte de la realidad.
Tras la muerte de mi esposa, pasé dos inviernos sin sentir la llamada de la pasión. Y ello no era fruto de la virtud ni de la aflicción, tan sólo de la desesperación. De pronto, una noche entré en el campamento de las prostitutas y ya no volví a salir de allí. Tú sabrás echar cuentas, amigo mío.
Haz la suma por mí. ¿Qué cantidad en pagas, sin olvidar las primas y complementos de desmovilización, puede acumular un soldado que sirve durante toda una campaña, sin ni siquiera retirarse en invierno, exceptuando las épocas en las que debe recuperarse de alguna herida, durante toda una década? Una suma generosa, diría yo. Suficiente dinero para adquirir una pequeña propiedad agrícola, con ganado, mozos de labranza e incluso una bella esposa.
Dilapidé hasta el último céntimo. Lo forniqué o me lo bebí, y al final ni yo mismo daba crédito al hecho de que en otra época hubiera albergado alguna esperanza respecto a mí mismo.
Llegó la paz, la denominada paz de Nicias, bajo la que ambos bandos, exhaustos después de tantos años de lucha, pactaron una retirada hasta
poder recuperar el aliento, dibujando en el intervalo unas líneas que unos y otros se comprometieron a no traspasar. Volví a casa. Alcibíades había cumplido ya los treinta años, le habían elegido para el Consejo de los Diez Generales, el gobierno del estado, es decir, le habían concedido el mismo cargo que había ocupado Pericles, su tutor. Sin embargo, su estrella aún no destacaba. Quien ejercía el mando era Nicias, mayor que él y decidido oponente, quien había negociado la paz con los espartanos; mejor dicho, éstos le habían designado para tal cometido, a fin de privar a Alcibíades, pues temían su empuje, del reconocimiento y el prestigio. Mi amigo me ofreció un puesto, con la paga de capitán, que sacaba de su propio bolsillo, como enviado especial ante los lacedemonios, o más bien unos espartanos en concreto —Jenares, Endio, Míndaro—, con quienes conspiraba para hacer fracasar la paz. Yo no soy diplomático. Echaba de menos la acción.
La necesitaba.
Uno acude así a la llamada para convertirse en mercenario: como un criminal hacia el crimen. En realidad, la guerra y el crimen son dos gemelos de la misma camada de mal nacidos. Por qué, si no, el magistrado presenta su eterna oferta a la juventud errante: la servidumbre o el ejército. Ambos se reclutan mutuamente, la guerra y el crimen, y cuanto más atroz es el delito, más profundamente debe zambullirse el criminal para reivindicarse a sí mismo, olvidándose de familia y país, perdiendo la cuenta de cada una de sus fechorías, hasta que, al fin, el único enigma que descifra el soldado es el que permanece más oculto a los ojos de todos: ¿por qué sigo aún con vida?
Para mí, la paz era la guerra con otro nombre. Nunca dejé de trabajar.
A falta de licencia para servir como soldado a mi propio país, me ofrecí a los demás. Al principio, me limitaba a los aliados, pero cuando los tiempos empiezan a presentar mal cariz… el antiguo enemigo se convierte en el patrón más entusiasta. Tebas sentía un gusto especial por el poder y había fustigado a Atenas en Delión. La guerra había llevado a su redil a Platea, a Tespias y la mitad de las ciudades de la Liga Beocia; no vio ventaja alguna en participar en la paz espartana. Corinto permaneció excluida y ofendida.
El tratado no había devuelto ni Anactorión ni Solión; había perdido su influencia en el noroeste, por no hablar de Corcira, con cuyo alzamiento se había iniciado la guerra. Megara no soportaba ver su puerto de Nisea ocupado por las tropas atenienses, y Elis y Mantinea, democracias ambas, habían perdido ya la paciencia con la vida que llevaban bajo el yugo
espartano. Por el norte, Amfipolis y la región de Tracia desafiaban el tratado. Yo trabajé para todos ellos. Todos lo hicimos.
Bajo el tratado de paz, los estados daban prioridad a los mercenarios sobre las tropas reclutadas entre el pueblo. Aquellas vidas no complicaban la existencia de los políticos; podían renegar de sus actos si lo creían conveniente; en caso de sublevación, les retenían la paga; y si morían, ya no tenían que pagarles.
Tú has observado la vida del mercenario, Jasón. ¿En qué puede resumirse un año de campaña, en diez de lucha efectiva? Si lo reducimos a los momentos en que uno se encuentra bajo las garras del peligro, la cuenta asciende a unos pocos instantes. Todo lo que necesita uno es sobrevivir y con ello se ha ganado otra temporada. En efecto, el mercenario tiene más en común con el enemigo, por lo que se refiere a conservar la vida y el sustento, que con sus propios mandos, que persiguen la gloria. ¿Qué es la gloria para el soldado a sueldo? Prefiere la supervivencia.
El mercenario nunca utiliza este nombre para sí. Si posee armadura y se ofrece como hoplita, es un «escudo». Quienes lanzan la jabalina son
«lanzas», los arqueros, «arcos». Un intermediario, a quien se denominaba piloforos por la gorra de fieltro que llevaba, diría: «Necesito cien escudos y treinta arcos».
Jamás un escudo dispuesto a vender sus servicios circulará solo. El peligro del robo le obliga a buscar algún compañero; siempre es mejor ofrecerse en pareja o incluso en tetras. En cada ciudad encontramos puntos concretos en los que se congregan los soldados en busca de trabajo. En Argos, éste se encuentra en una taberna llamada El Himno, en Ástacos, en un burdel llamado El Codillo. En Heraclion hay dos lugares: uno junto a la fuente seca llamada Opunte y el otro en la cuesta oriental del Santuario de las Amazonas, al que los de aquella zona llaman Hisacópolis, la Ciudad del Coño.
En el campo encontramos también lugares de reunión de este tipo.
Entre Sunion y Pella existe una serie de campamentos denominados
«gallineros». «Necesito una docena de escudos.» «Acércate al Asopo, pues he visto a una multitud cacareando.» Algunos de estos lugares no son más que pendientes secas junto a un arroyo; otros —entre los que puede citarse el de Triteos, cerca de Cleonas, el que se encuentra a lo largo del Peneo, junto a Elis, simplemente Potamou Campsis, el lugar donde serpentea el río
— están muy apiñados, a la sombra de unos bosquecillos, con mercado
durante unas horas e incluso unos cobertizos hechos con bastas telas de nombre «a horas», en los que el soldado que va con una mujer consigue algo de intimidad para pasárselo a otra pareja más tarde.
Los cobertizos de caza abandonados son lugares muy socorridos para pasar la noche los escudos en su camino. Uno localiza estos populares refugios desde las pendientes que los rodean por la tala de árboles para el fuego. Por aquel entonces se había establecido un servicio de correos que cubría el país de modo informal aunque curiosamente eficaz. Los soldados metían en el interior de su equipo cartas, paquetes y «palos», que les entregaban las esposas, amantes o un compañero especial que habían conocido en el camino. Cada nueva llegada armaba un gran revuelo en el gallinero en busca de tales efectos. Cuando uno de los hombres oía pronunciar en voz alta el nombre de un conocido, cogía la carta dirigida a él y a veces la transportaba medio año hasta que por fin conseguía entregarla.
Las ofertas de empleo, denominadas trapos colgados, se esparcían por los gallineros y burdeles, incluso por los árboles que hacían las veces de mojón o bien junto a las fuentes más conocidas. Cuando corría la voz de una oferta de trabajo, el gallinero entero se ponía en marcha y escogía de camino a sus mandos. El escalafón mercenario no es tan formal como el del ejército del estado. El capitán recibe su nombre según el número de hombres que tiene a su cargo. Puede ser un «ocho» o un «dieciséis». Los oficiales son «hombres de grado» o «banderines», nombre que procede de las bandas con que adornan sus lanzas, a modo de estandartes agrupados. A un buen oficial nunca le faltan hombres dispuestos a servir bajo sus órdenes, de la misma forma que los grandes jefes esperan contratarle. Una persona encuentra un grupo de confianza y se mantiene en él.
Es un oficio en el que ves a menudo las mismas caras. Todo el mundo va haciendo el mismo recorrido. Yo mismo me topé con Telamón en dos ocasiones, en el transbordador a la salida de Patrás y en un gallinero de Alfeo antes de enrolarme junto a él en la primera batalla de Tracia. Muy pocos utilizan su nombre real. Abundan los sobrenombres y los nombres de guerra. Los macedonios, los «maces», conforman el grueso de la soldadesca, los de ojos castaños y pelo anaranjado. Nunca serví en una unidad en la que no hubiera un bermejazo, un bermejillo y un montón entre ellos.
No se ofrece paga a ningún hombre no iniciado o probado. De entrada, uno debe servir de balde y no recibe comida ni accede al fuego hasta que ha
demostrado que se mantiene firme en la lucha. Más adelante, en la plaza de concentración, se acerca a él el hombre de grado. «¿Cuándo recibiste la última paga?» «Aún no he recibido ninguna, señor.» El oficial le pide el nombre y le ofrece un par de monedas. «Empieza mañana.» Así de simple.
Está enrolado.
La disciplina es también menos ceremoniosa entre los contratados. En Heraclea, Tracia, en la primera refriega bajo las órdenes de Telamón, uno de los nuestros desertó durante el asalto. Sorprendentemente, el granuja aquel nos esperaba en el campamento al regreso, donde, con aires de suficiencia, se acercó a Telamón con una retahíla de excusas. Nuestro capitán, sin perder el paso, le atizó con la espada con tal fuerza que el hierro asomó un par de palmos entre los dos omóplatos del hombre. En el preciso instante en que éste se tambaleaba, atravesado por el arma de Telamón, nuestro oficial blandió su espada y le cortó en redondo el cuello. Sin mediar palabra alguna, despojó el cadáver y el equipo del hombre y arrojó su contenido a las prostitutas y muchachos del aprovisionamiento, dejando en el suelo unos restos desnudos y deshonrados. Me encontraba yo al lado de un escudo ateniense al que llamábamos Conejo. Este se volvió a mí sin expresión en el rostro: «He recibido el mensaje».
El ritmo de la vida del mercenario es estupefaciente, algo parecido a la pasión que experimenta el putañero o el jugador, que marcan el rumbo que persigue circunstancialmente el escudo a sueldo, el que responde fielmente a este nombre. El fluir de sus vidas borra todo lo sucedido anteriormente y lo que ha de ocurrir después. En primer lugar, y por encima de todo, está la fatiga. El infante exhala agotamiento noche y día. Incluso en plena tormenta en el mar, el soldado que acaba de sentir las arcadas junto a la barandilla se desploma contra el piso de madera y derrama todo lo que lleva dentro con la barba enterrada en la sentina.
En segundo lugar encontramos el aburrimiento y en tercer lugar, el hambre. El soldado tiene los pies martirizados. Avanza en la marcha hacia cierto objetivo, que ve a su alcance sólo cuando está a punto de ser sustituido por otro, igualmente desprovisto de significado. La tierra aguanta bajo sus pasos, y él se halla siempre dispuesto a hundirse pesadamente en ella, cuando no debido a la muerte, a causa del agotamiento. El soldado nunca ve el paisaje: únicamente la agobiada espalda del hombre que marcha penosamente en columna ante él.
Los líquidos dominan la vida del soldado. El agua, a la que debe llegar si no quiere morir. El sudor, que fluye de su frente y desciende en regueros por su caja torácica. El vino, que necesita al final de la marcha y al principio de la batalla. El vómito y los meados. El semen. Éste nunca se le agota. Como penúltimo, la sangre, y más allá de ésta, las lágrimas.
El soldado vive de sueños y nunca se cansa de enumerarlos. Añora a su amada y su hogar y al mismo tiempo vuelve al frente, alegre, sin hablar del tiempo que ha pasado alejado.
Los manuales nos cuentan que la lanza y la espada constituyen el armamento del infante. Esto es erróneo. El pico y la pala son su recurso, la azada y el azadón, la palanca y la alzaprima; estos instrumentos y también el capacho del argamasero, el hacha del leñador y, sobre todo, la sera del cantero, el omnipresente utensilio que el novato aprende a crear a base de juncos y manojos de ramas. Y encima disponerlo de forma adecuada, amigo mío, con las correas que descansan en la frente y la concavidad entre los hombros, sin nudo alguno que martirice la carne, pues cuando la carga de escombros y piedras alcanza la mitad del peso de quien lo acarrea, éste debe poder levantarlo. Hacia arriba por aquella escalera, ¿está claro? Hacia el punto en que el armazón de madera espera el relleno que ha de convertirle en el muro circundante de la ciudad, cuyas almenas escalaremos, derribaremos y erigiremos de nuevo.
El soldado es agricultor. Sabe cómo dar forma a la tierra. Es carpintero; levanta fortificaciones y empalizadas. Es minero: excava trincheras y túneles; es mampostero: labra el camino a partir de la áspera piedra. El soldado es el médico que practica la cirugía sin anestesia, es el sacerdote que inhuma al difunto sin salmo alguno. Él es el filósofo que dilucida los misterios de la existencia, el lingüista que pronuncia «coño» en mil lenguas. Es arquitecto y demoledor, apagafuegos e incendiario. Es una bestia que mora en la tierra, un gusano, con boca y ano y entre uno y otro, nada más que apetito.
El soldado contempla el horror y finge indiferencia ante él. Salta con displicencia por encima de los cadáveres que se encuentra en el camino y se deja caer para engullir su ración de gachas sobre las piedras ennegrecidas por la sangre. Se empapa de historias capaces de quitar el color a la cabellera de Hades y las supera con las de cosecha propia, riendo, para volverse después y ofrecer su último óbolo a la dama y el pilluelo perdidos por allí, a los que no volverá a ver si no los encuentra por casualidad
insultándole desde lo alto de un muro o un tejado, arrojándole tejas y piedras para partirle el cráneo.
Crucé un puñado de veces las Termópilas con los «maces» de nuestro gallinero. Viajeros incansables, entrábamos en tropel por el muro y excavábamos en busca de cabezas de bronce persas en el altozano de los Trescientos que participaron en la inmortal resistencia. ¿Qué pensarían esos caballeros de antaño al contemplar la guerra como la estábamos librando?
No era Helena contra los bárbaros en defensa de la sagrada tierra, sino griegos contra griegos a causa de la fidelidad y el fervor ciegos. No era ejército contra ejército, hombre contra hombre, sino grupo contra grupo, padre contra hijo, incluida la participación de los niños y la madre en el lanzamiento de una piedra o en un degollamiento. ¿Qué pensarían estos héroes de la antigüedad de la conflagración civil en las calles de Corcira, cuando los demócratas rodearon a cuatrocientos aristoi en el templo de Hera, les sedujeron con sagradas promesas y les exterminaron luego delante de sus propios hijos? ¿Y de la inmolación de seiscientos en la misma ciudad, cuando el demos, el pueblo, cercó a sus enemigos en la posada, arrancó el tejado de ésta, arrojó sobre los congregados ladrillos y piedras mortíferos hasta el punto en que los infelices encerrados, presas de desesperación, se autoinmolaron clavándose en el cuello las mismas flechas que les lanzaban de fuera y se colgaron de las correas de las literas? ¿Qué sacarían en limpio del posterior destino de Melos o Esciona, cuando Atenas ordenó matar a todos los hombres y vender a las mujeres y niños como esclavos? ¿Cómo podrían aceptar la matanza llevada a cabo por sus compatriotas contra los hombres de Hisias o su conducta en el asedio de Platea, cuando los hijos de Leónidas plantearon a sus cautivos una sola pregunta, «¿Qué servicio has prestado a Esparta?», y luego aniquilaron hasta el último hombre?
Por aquellos días tuve una mujer, procedente de Samotracia, si bien cuando se embriagaba afirmaba ser de Trecén. Se llamaba Eunice, justa victoria. Había sido la esposa de campamento de mi compañero, un capitán de ocho llamado Automedón, quien murió, pero no a causa de las heridas sino por culpa justamente de una muela infectada. Eunice acudió a mi cama aquella misma noche. «No deberías mezclarte con las prostitutas.» Con tal rapidez se convirtió en mi mujer.
¿En qué se diferenciaba de mi esposa, Febe? ¿Te interesa, Jasón? Te lo contaré de todas formas.
Así como mi querida esposa era un capullo que creció en un jardín enclaustrado, esta dama, Eunice, era un brote nacido de una tormenta. Una flor que creció silvestre. Era de esas mujeres que puedes dejar con un compañero y nunca te la pegarán a tus espaldas. Volverás y les encontrarás riendo, ella le estará preparando la comida y cuando éste se disponga a marcharse, te cogerá aparte diciendo: «Si te alcanza el hierro, yo cuidaré de ella». El supremo cumplido.
Eunice era sensata. Cuando venía a ti, colocaba los tobillos junto a tus orejas y con las manos te apretaba las costillas. Notabas su ansia por ti y por tu simiente, y a pesar de que eras consciente que pasaría al siguiente, sin ceremonias, como había hecho contigo, no tenías nunca motivos de queja.
Había integridad en su conducta.
Nos encontrábamos en Tracia, bajo contrato de un año con Atenas, asaltando poblaciones en apoyo de la flota. Un cometido absurdo; cuarenta hombres andaban por espacio de tres días por las colinas y volvían con un solo cordero medio desfallecido. Las tribus salvajes defendían sus rebaños con las caras pintadas y unos símbolos mágicos pintarrajeados en las ijadas de sus caballos. Aquello parecía la guerra de una era anterior a la del bronce, mil generaciones antes de Troya. Aquello de llegar aunque fuera a duras penas vivo al campamento, sin ni siquiera un toldo como cobijo y lanzarse sobre la mujer que te esperaba recostada en la estepa… tampoco era tan malo.
La vida del soldado es lo primero; una vez que se ha sometido a ella, se sitúa en un estadio no sólo anterior a la escritura sino prehistórico. Éste es su atractivo.
Yo había sacrificado a mi hermana Meri.
Con mi daga le había abierto el cuello.
¿Qué me quedaba sino errar hasta donde me llevara la guerra, vagar por la tierra, desangrarme en ella y desafiarla para que me envolviera en su manto? Naturalmente, no lo hizo. ¿Por qué? ¿Había perdido toda la valía, hasta el punto de ser capaz de vivir eternamente?
Durante el segundo invierno de la paz, nuestro gallinero tuvo oportunidad de trabajar con una buena paga en la reconstrucción de las murallas de Argos y la fortificación de Nauplia, su puerto. Todo era cosa de Alcibíades; había traicionado a Endio, su amigo espartano, lo que desembocó en la misión diplomática a Atenas con el objetivo de impedir una alianza argiva, cosa que le hizo aparecer como un impostor y un
mentiroso ante las personas que, enfurecidas, no sólo sellaron el pacto con Argos sino con Elis y Mantinea. En aquellos momentos Alcibíades se encontraba en Argos, con cuatrocientos carpinteros y mamposteros llegados de Atenas. Se cumplían los deseos de Euriptolemo: su primo llevaría su ambición a tierras extranjeras. Por medio de la fuerza de su personalidad y ánimo de persuasión, tanto en asamblea abierta como en conciliábulos privados con los dirigentes, Alcibíades había conseguido acercar a Atenas a las tres principales democracias del Peloponeso, dos de las cuales habían sido aliadas de Esparta.
Nuestro gallinero quedaba boquiabierto ante la magnitud de la construcción. Desde la ciudadela de Larisa, hasta donde te alcanzaba la vista, la ciudad quedaba circundada por andamios y construcciones en pendiente, cabrias y plataformas con ruedas, abrecaminos, aserraderos, puestos de mercaderes y carreteros, con tal multitud aplicada al trabajo que quienes carecían de capachos para transportar la argamasa la acarreaban a la espalda, sujetándola entre los brazos, con los dedos entrelazados debajo de ella. Localicé a Euriptolemo, que andaba en busca de un puesto de trabajo para nuestro gallinero. Me dio unas palmadas de bienvenida en el hombro y me explicó que podíamos aprovechar mucho mejor nuestro tiempo.
Nos contrató para adiestrar a los mesenios libertos como hoplitas, a unos doscientos que habían pertenecido a Esparta, aunque huyeron a los fortines construidos por Alcibíades y Nicias, donde consiguieron la libertad.
Teníamos que entrenarlos durante todo el verano, para acompañar en otoño a Alcibíades a Patrás a fin de conseguir también que la ciudad entrara en la alianza. Cuando protesté ante nuestro mando, al conseguir por fin audiencia, diciendo que aquellos mesenios no estarían en disposición de luchar en otoño, éste me miró riendo. «¿Quién ha hablado de lucha?»
Iba a ganar Patrás por medio del amor.
Y así fue. He aquí cómo.
Patrás, como bien sabes, domina la puerta occidental que da al golfo de Corinto. Era una democracia y se mantenía neutral. En aquellos momentos, no obstante, al haber conseguido Atenas la alianza con otras importantes democracias del Peloponeso —Elis, Mantinea y Argos—, Patrás era ya una fruta madura.
¿Has vivido en Patrás, Jasón? Es una ciudad muy agradable. Guisan allí calamares en su tinta y sirven tordo al horno. La gente no acude a comer al mercado sino a unos establecimientos denominados «banderas», que en
realidad son casas particulares, muchas de ellas con terraza con vistas al mar. Cuando uno entra en una de estas casas, coge una bandera de vivos colores con un símbolo, un del delfín o un tridente, pongamos por caso, y se la ata alrededor de los hombros. Con ella, pasa a formar parte de la familia.
Toma la porción que desea o pide a la propietaria un plato y ella se lo prepara. Al final de la comida, envuelve el importe en la bandera y la deja sobre el banco.
El gobierno de Patrás está formado por dos cámaras: el Consejo de los Ancianos y la Asamblea del Pueblo. Alcibíades acudió en primer lugar a los dirigentes que conocía personalmente y, tras apaciguar sus temores en cuanto a sus intenciones y las de su patria, consiguió permiso para dirigirse al pueblo. Contaba entonces treinta y dos años, había sido general de Atenas en dos ocasiones y era el que más prometía de la nueva hornada de Grecia. Se dirigió a ellos diciendo:
—Hombres de Patrás, doy por supuesto que vosotros, como helenos libertos, preferiréis la independencia y la autodeterminación para vuestro estado antes que tolerar que un poder ajeno rija sus destinos. Convendréis con neutralidad en que ya no existe otra opción. Hoy todos los estados de Grecia deben situarse al lado de Atenas o de Esparta; no tienen otra alternativa.
La Asamblea de Patrás se reúne al aire libre, en un promontorio denominado El Collar, con vista al golfo. Alcibíades señaló aquellos estrechos.
—¿A qué elemento, mar o tierra, va unido el futuro de vuestra nación?
Considero que éste es el factor decisivo, pues si la respuesta es la tierra, su destino ha de estar vinculado a Esparta. Así conseguirá la mayor seguridad.
Ahora bien, si las esperanzas de cada uno se sitúan en el extranjero, en el intercambio y el comercio, debemos reconocer que el poder que domina el mar no debe aguantar otro estado que se aproveche de dicho elemento en beneficio propio, si éste implica agravio.
»Patrás está situada en el mar, amigos míos, en el promontorio más estratégico. Y esto constituye una ventaja para vuestra nación, pues le da un incomparable valor ante Atenas como aliada, pero constituirá un peligro en el caso de que se convierta en vuestra enemiga. No os engañéis pensando que esta paz será duradera. Volverá la guerra. Debéis prepararos ahora mismo, decidiendo qué rumbo os reportará mayor seguridad: la alianza con esta potencia naval que os necesita y os ha de proteger, cuyo poder abre
para vosotros la posibilidad de utilización de todos los puertos y rutas marítimas del mundo, protegiendo al tiempo vuestros mercantes hasta donde les lleve su ambición y proporcionándoles tribunales que han de salvaguardar sus intereses, o bien la alianza con una potencia terrestre, con Esparta y su Liga, incapaz de defenderos contra un asalto por mar, que reclutará a vuestros jóvenes para luchar como infantes en el campo en el que están peor preparados y equipados, y bajo cuya hegemonía habréis de sufrir aislamiento y pobreza, la interrupción del comercio que, aparte de proporcionaros lo que hace agradable la vida, os ofrece los excedentes sin los que la seguridad no es más que una ilusión.
Pretendía que Patrás edificara unas largas murallas que unieran la parte alta de la ciudad con el puerto. En el momento en que un consejero se opuso a él, exponiéndole su temor de que Atenas pudiera engullir a Patrás, Alcibíades respondió: «Lo que tú dices puede ser cierto, amigo mío. Pero si Atenas lo hace, será de forma gradual y desde abajo. Esparta os arrancará la cabeza de un bocado».
De todas formas, su argumento más contundente no tenía ni que expresarse. Se trataba de la perspectiva de los libertos mesenios, quienes, enardecidos por su odio hacia Esparta, se habían convertido en unidad de choque. Ahí está lo que la libertad y Atenas pueden hacer por vosotros, decía su sola presencia. Sed como ellos o plantadles cara.
Patrás se pasó a nuestro bando. Con ello, Alcibíades había separado de Esparta en sus mismas puertas a tres poderosos estados y había sacado a un cuarto de la neutralidad. Formó una coalición cuyas fuerzas armadas no tenían nada que envidiar a las de su antiguo amo, adhiriéndose al tiempo al tratado de paz y sin dejar en peligro una sola vida ateniense. E iba a avanzar, él o sus representantes, contra un quinto estado, Epidauro, cuya caída redondearía la táctica por la que el sexto y más importante aliado espartano, Corinto, se vería también aislado y desprotegido.
Entonces vimos por primera vez a los espartanos y sus representantes.
Su caballería aparecía por toda Acaya y Argólida, seguida por la infantería escarlata de las setenta ciudades laconias, los llamados Vecinos, hoplitas adiestrados hasta tal extremo que superaban a todos exceptuando el propio Cuerpo de los Iguales. Llegó Míndaro, el mariscal de campo, así como Endio y Cleóbulo, dirigentes de los partidarios de la guerra. Ellos y sus capitanes fueron apareciendo por los gallineros, y para nosotros era la primera ocasión de ver a espartanos reclutando escudos y lanzas por cuenta
propia. Entre ellos, uno destacaba por su fervor y diligencia. Se trataba de Lisandro, hijo de Aristocleito, el mismo Lisandro cuyo nombre había de destacar en los anales atenienses como sinónimo de maldición.
Telamón aceptó el trabajo que le ofrecía y a mí me reprendió por mi renuencia. Otros de nuestro gallinero se ocuparon también de distribuir
«mandatos». No hablaban de tales cometidos ni siquiera conmigo.
Sabíamos tan sólo que los llevaban a cabo de noche y les pagaban bien por ellos.
Con Telamón, escuché a Lisandro dirigiéndose al Consejo de Patrás:
«Varones de Patrás, el discurso del general ateniense —refiriéndose a Alcibíades, quien se había dirigido a la Asamblea unos días antes—, de todos conocido, ha sido refutado por los embajadores de mi ciudad, cuya elocuencia aventaja de lejos a la mía. No obstante, es tal el respeto que me inspira vuestra nación que, pese a presentarme ante vosotros sólo como soldado, he visto la necesidad de prestar mi voz para tales refutaciones. No os engañéis, amigos míos. El rumbo que decidáis ahora ha de tener profundas consecuencias. Os suplico que luchéis contra el impulso que puede llevaros a la precipitación. Dicen que la liebre puede saltar hacia la olla, pero no pega el brinco para salir de ella en cuanto se ha colocado la tapa.
»Permitidme que os hable de la diferencia que existe entre el carácter ateniense y el espartano. Quizá no habéis reflexionado sobre ello. ¿Qué tipo de nación es la espartana? Nosotros no somos marineros, ni está en nuestro ánimo codiciar un imperio. Mantenemos nuestra parte del Peloponeso, satisfechos, y no pretendemos su engrandecimiento. Hemos establecido unas alianzas defensivas. Aun cuando atacamos allende los mares a nuestros enemigos, nuestro objetivo no es el de la conquista, antes bien acabar con el posible peligro. Cierto es que asimos con fuerza los estados que nos rodean. No obstante, a medida que aumenta la distancia, vamos aflojando las riendas.
»Vuestro estado queda a un paso del nuestro, varones de Patrás. ¿Qué es lo que queremos de vosotros? Únicamente que permanezcáis libres, independientes y fuertes. Estamos convencidos que en ello radica nuestra propia seguridad, puesto que un estado libre resiste la incursión con todo su empuje. ¿Teméis acaso que os perjudiquemos? Todo lo contrario, Esparta os prestará ayuda de todas las formas posibles para proteger vuestra independencia, siempre que no os volváis contra nosotros.
»Tomemos ahora en consideración a los atenienses. Ellos son una potencia naval. Edifican imperios. Tienen sometidas ya a doscientas ciudades. Patrás va a convertirse en la doscientos uno. El orador que se presentó ante vosotros, aquel general ateniense, os dirigió almibaradas palabras y os infundió seguridad. Sin embargo, debéis ver lo que se oculta tras ello, amigos míos, ya que con tales lisonjas han arrebatado la libertad a otros estados. Planteaos si el hombre os parecerá tan atractivo cuando vuelva con sus buques de guerra para exigir tributo a vuestras arcas, cuando os arrebate a la juventud para su flota e imponga a vuestra nación los códigos y leyes atenienses. ¿Os parecerá equitativa esta supuesta alianza cuando tengáis que entregarle las últimas monedas que guardáis cada uno en la bolsa a cambio de las "lechuzas" de Atenas? Vuestro huésped os ha prometido protección bajo las leyes atenienses. ¿Qué significa esto, sino que ni el pleito más modesto y privado podrá resolverse ya en vuestros propios tribunales, antes bien deberá dilucidarse en Atenas, ante los jurados atenienses, entre una corrupción y codicia que pido a los dioses que no tengáis que soportar jamás?
»Los que pertenecéis a la nobleza tenéis terrenos en propiedad y pertenecéis a la clase ecuestre. Cuando se reanude la guerra, y esto sucederá
—en este punto dijo la verdad nuestro amigo ateniense—, ¿quién de vuestros compatriotas sufrirá más? ¿Va a ser el pueblo llano, quien encontrará trabajo con la flota y verá mejorar su situación con la guerra, o vosotros mismos, que tenéis el patrimonio situado fuera de las exageradamente alabadas largas murallas, y quedará yermo? ¿De quién serán hijos los primeros que morirán, qué propiedad quedará menguada y devastada?
Mis compañeros llevaban a cabo otras tareas para Lisandro. Durante aquel otoño, por una de ellas se pagaban treinta dracmas, el salario de un mes por dos noches de trabajo, aunque exigían que el hombre conociera bien los caminos del interior de Lacedemonia.
Cuando Telamón informó a su empleador de que su paisano era un anepsios, educado en Esparta, me mandaron a mí. A la sazón Lisandro tenía su cuartel general en una posada llamada El Caldero, en Ptolis, en la frontera de Mantinea. Nos introdujeron en ella después de la medianoche, cuando se habían retirado ya los demás oficiales y los posibles testigos.
Lisandro dijo acordarse de mí de la época de la instrucción, algo poco probable, ya que él seguía un curso tres años superior al mío y estaba en
una fuerza escogida de adiestramiento. De todas formas, yo sí me acordaba de él. De las cuatro, menciones de honor que un joven podía obtener durante el curso, en lucha, coro, obediencia y castidad, Lisandro se llevó tres. No obstante, era de tan baja cuna y se consideraba que hacía tantos esfuerzos por congraciarse con sus superiores que tales virtudes no le reportaron el rápido ascenso que parecían deparar. Además, la paz retrasó también su carrera, Tendría unos treinta y cinco años; debería tener ya el grado de lochagoi. Pero no era más que capitán de caballería, un grado de poco prestigio en el ejército espartano. En realidad, aquella noche nada de él me impresionó tanto como su atractivo, que me pareció casi tan sugestivo como el de Alcibíades. Era alto, con ojos grises y larga melena hasta los hombros. En aquellos momentos resultaba imposible concebir que aquel individuo pudiera presidir algún día el desmembrado imperio de los atenienses y regir como un dios el vasto mundo helénico.
Lisandro detalló la futura misión. Telamón y yo teníamos que llevar a Esparta en una jaula un polluelo de lechuza, presente que él mismo ofrecía a Cleóbulo, jefe de los partidarios de la guerra. El cometido real, no obstante, consistía en entregar un despacho, el cual, por temor a ser descubierto, debía aprenderse de memoria y transmitirse sólo a él. Se trataba de una súplica dirigida al consejo de magistrados a fin de que abordaran seriamente las intrigas de Alcibíades. Los éforos tenían que actuar, con la máxima rapidez, puesto que las medidas que había puesto en marcha aquel ateniense por su cuenta, en opinión de Lisandro, ponían en peligro la propia supervivencia de Esparta. Cuando me mostré reacio a aceptar, por miedo a perjudicar a mis compatriotas, Lisandro se echó a reír:
«Debes recordar que siempre puedes presentar esta información, así como todo lo que además veas y oigas en Lacedemonia, a tu amigo —refiriéndose a Alcibíades—, en nombre del amor o de la ganancia». Aún hoy recuerdo el texto.
… el peligro no radica en el caballero Nicias ni en los llamados dirigentes populares de Atenas —Hipérbolo, Androcles y los demagogos—, cuya visión no va más allá de halagar a la plebe cara a las elecciones del próximo año, sino más bien en el aristócrata empujado hacia la gloria, el único que posee visión estratégica y al tiempo una voluntad implacable. Se sirve de esta paz como si fuera la guerra, con el objetivo de trasladar su fama particular a través de la sumisión de otros estados y de apartar a
nuestra nación de sus aliados del Peloponeso. Tenemos que atajar esta conspiración antes de que sea demasiado tarde, amigo mío, sin escrúpulos en cuanto a medios o medidas.
Lisandro conocía a Alcibíades, desde aquellos veranos de su infancia en que éste y sus hermanos acudían a visitar a su xenos, amigo invitado, Endio, en Esparta. Como ya he dicho antes, Lisandro, de joven, era un pobretón; consiguió entrar en la instrucción como mothax, es decir,
«hermanastro» o patrocinado, con los gastos pagados por el padre de Endio, según Alcibíades. Uno puede imaginar hasta qué punto tal subordinación encendía el orgullo de dicho joven y alimentaba el resentimiento que sentiría durante toda su vida por su adversario.
Llevé a cabo aquel cometido y también otros, en general tareas de correo. En Esparta uno notaba realmente el cambio. Los partidarios de la guerra tenían la supremacía; los jóvenes (y más curioso aún, las mujeres) pedían a gritos una actuación que restableciera el orgullo espartano. La batalla estaba en ciernes. Se respiraba en el aire.
Durante aquel verano, el ejército salió al campo, y en las dos ocasiones a raíz del llamamiento del rey Agis. Cuando fracasó la primera campaña en las mismas puertas de Argos, los espartanos se volvieron hacia su rey enfurecidos por su irresponsabilidad. Alcibíades aprovechó entonces la ocasión. Incitando a los aliados, tomaron Orcómenos, asegurándose así la llanura y los pasos hacia el norte de Mantinea y aislando a Esparta de los aliados que tenía más allá del golfo. Quedaron así desprotegidas también Tegea y Oresteón. El ejército espartano no contaba con estas caídas, que abrían todo el valle del Eurotas. Sin embargo, los éforos no tomaron cartas en el asunto. Los caballeros y jefes militares tildaron de torpe y cobarde a su rey y nadie confió en los libertos ilotas, que por aquel entonces conformaban una significativa parte del ejército. El caldero hervía con escaso caldo.
Una noche apareció Telamón con una misión. íbamos a librarlo a caballo junto con dos escudos atenienses, Conejo y Sopa, llamado así éste por su incapacidad de retener alimento cuando nos encontrábamos en el mar. La tarea consistía en descender por el valle hasta Tegea, unos cuatrocientos estadios; a partir de ahí escoltaríamos en secreto a Anaxibio, jefe de la guarnición espartana, hasta el fortín de Tripolis, donde éste
recibiría órdenes del gobierno. Teníamos que estar allí con él a la segunda vigilia y de vuelta a Tegea al amanecer.
Lisandro no nos informó, pero en aquellos momentos Alcibíades se encontraba en Tegea. Había llegado allí con sus mesenios libertos para dirigirse al Consejo.
Localizamos' al espartano y emprendimos el camino. Apenas habíamos recorrido doce estadios cuando nos interceptó un mensajero de Lisandro.
Habían cambiado los planes; teníamos que desviarnos hacia el santuario de Artemisa, en el camino de Tegea a Palantión.
Anaxibio, nuestro espartano, era un jefe y no le costaba nada aplicar el fresno de su vara contra quien se retrasaba o contra los duros de mollera. En dos ocasiones azotó a Sopa en las costillas, vociferando sobre quién demonios nos habría adiestrado y qué tipo de estupidez llevábamos entre manos.
Llegamos al santuario en plena segunda vigilia. Quedaba claro que nuestro irascible jefe no estaría de vuelta al alba. Tampoco encontramos a Lisandro al subir las escaleras.
—¡Por los gemelos! —Anaxibio golpeó la piedra con el extremo de la vara con tanta contundencia que casi nos rompe los tímpanos—. Os voy a desollar vivos por vuestra insolencia, como haré también en su momento con el bastardo mothax.
Por detrás de una columna apareció Lisandro, acompañado tan sólo por su ayudante, a quien llamaban Fresa por una mancha de nacimiento.
Imploró el perdón de Anaxibio, quien respondió blandiendo la vara ante él, asestando fuertes golpes contra la piedra y tomando en vano los nombres de una serie de divinidades. Lisandro le pidió que dejara de comportarse así, ya que las tropas estaban acampadas en los alrededores y podían tomar el barullo como señal de alarma.
—Aplicad la vara contra mí, si lo deseáis, pero oíd el mensaje que me han ordenado transmitir.
Finalmente, el otro bajó el palo. Y en aquel preciso instante, Lisandro agarró su espada y, atacando la desprotegida derecha de Anaxibio, le asestó tal golpe de revés que le partió el cuello hasta el hueso y prácticamente lo decapitó. Anaxibio cayó como un saco de un carro; el líquido manaba de su cuerpo como podría derramarse el de un cubo volcado. Los cuatro contemplamos boquiabiertos cómo Fresa giraba aquella masa, la colocaba boca arriba sobre las losas y, hundiendo una y otra vez la lanza de nueve
pies en ella, dejó el cuerpo tan agujereado que una inspección posterior forzosamente tendría que achacarlo a la acción de unos cobardes asesinos.
Mis compañeros esgrimieron armas; nuestro grupo estaba en formación, espalda contra espalda, conscientes de que nuestros asesinos estaban al acecho, a las órdenes de otros aliados de Lisandro. Pero no se oyó ruido alguno. No surgieron de las sombras los temidos grupos.
Suponiendo que fuera cierto lo del campamento en las cercanías, nadie se movió.
—Qué desperdicio.
Fue Lisandro quien rompió el silencio, señalando el cadáver de su compatriota. Escupió sangre. Se había mordido el labio por casualidad, como suele suceder en tales circunstancias.
—Era un buen oficial.
—Y a nosotros se nos tendrá en cuenta esta muerte —replicó Telamón, señalándose a sí mismo y también a nuestro grupo.
—No van a citarse nombres —respondió fríamente nuestro empleador.
Lisandro se arrodilló para examinar aquello que había sido un hombre y ahora no era más que un montón de carne.
Uno capta paulatinamente la perfidia. El asesinato de Anaxibio se atribuiría a unos agentes de Atenas. No aparecerían los nombres de los que lo habían perpetrado y, por tanto, no iban a apresarnos; aquella acción bastaría para desencadenar la indignación entre los espartanos. El gobierno del país vencería la pereza y se despabilaría a tiempo para arrebatar Tegea.
—¿Vas a matarnos ahora, capitán? —preguntó Telamón.
Lisandro se levantó, presionando con el dedo su labio cortado.
Comprendimos, por su actitud, que ni por un momento le había pasado por la cabeza tal cosa.
—Los hombres como vosotros, que se mantienen al margen de la lealtad hacia un estado, tienen para mí un valor inestimable.
Hizo un gesto hacia su ayudante, quien nos entregó la paga. —Con eso no tenemos bastante —dijo Telamón. Nuestro jefe se echó a reír.
—Estoy sin blanca.
—Entonces nos llevaremos los caballos. Lisandro dio su aprobación.
Conejo había llegado al pórtico; nos indicó que no había peligro. Mi sangre, que se había helado durante aquel rato, recuperó su calidez.
—Quien asesina a los suyos, capitán —inconscientemente, me estaba dirigiendo al espartano—, menosprecia tanto a los dioses como al hombre.
Los ojos de Lisandro se clavaron en los míos, con la fuerza de una lanza.
—Acepta la parte del hombre que te corresponde, Polémidas, y deja que sea yo quien me ocupe de los dioses.
OceanofPDF.com