Vientos de guerra
XLII las Miserias del Pillaje
XLII
LAS MISERIAS DEL PILLAJE
Me cabe el honor de conservar los diarios de Pericles el Joven [siguió diciendo mi abuelo], junto con esta enseña del Calíope, hundido posteriormente en la batalla de las Rocas Azules, y del Esforzado, cuyo timón manejó en las islas Arginusas. Fue el último barco que mandó. Pero a eso, querido nieto, llegaremos en su momento.
Volvamos con Polémides, a quien dejamos cuando se iniciaba el ataque a Efeso.
Consiguió huir de la ciudad, me contó, aprovechando la oscuridad y el caos de la batalla. No obstante, las quemaduras y el agotamiento le obligaron a detenerse en los campos al sur de la ciudad. Tenía que buscar un escondrijo.
Inmediatamente después del ataque, la guardia costera de Lisandro dobló la vigilancia y las patrullas. Se ofrecieron recompensas por los atenienses que hubieran quedado en tierra; los locales, muchachos e incluso mujeres, se lanzaron a la caza del hombre. Polémides sobrevivió alimentándose de ratas y lagartos, que ensartaba en los canales en los que se ocultaba, y puerros y rábanos que robaba durante la noche en los huertos de las casas. Veía pasar barcos de guerra atenienses en misiones de reconocimiento nocturno; les hacía señales y en una ocasión intentó alcanzar uno a nado, pero le fallaron las fuerzas. Siguió escondiéndose, dio, como una rata.
La fecha en que cumplía Aurora, su mujer, llegó y pasó. Ahora tenía un hijo, o eso esperaba, pero no se atrevía a viajar de día, buscar un barco o mandar una carta. Aunque, como de costumbre, no quiso confiarme aquellas cuestiones que consideraba demasiado personales, no era difícil imaginar su desesperación y la angustia por su vida, que ansiaba preservar más que nunca por su mujer y su hijo; a lo que ha de añadirse la consternación por no haber podido reunirse con Aurora para el parto y por la zozobra que debía de sentir su mujer al no saber siquiera si seguía vivo.
Por esas mismas fechas, me encontraba en Atenas. La ciudad estaba contrita y escarmentada, y refunfuñaba al despertar con resaca de su borrachera de pasión por Alcibíades. Como la respetable matrona que vuelve a ceñirse la faja y recompone su dignidad tras los excesos de las Dionisíacas, la ciudad de Atenea se estremecía, se echaba agua a la cara y abrazaba la amnesia colectiva. ¿De verdad hicimos eso? ¿Dijimos lo otro?
¿Prometimos lo de más allá? Quienes habían bailado con más desvergüenza al son de su nuevo ídolo volvían en sí y, arrepintiéndose de sus faltas, se animaban al gélido y tonificante contacto de la abjuración.
De tal modo que cuanto más indignamente se había arrastrado un hombre solicitando el favor de Alcibíades o entregando donaciones para su causa, tanta más indiferencia fingía ahora y con mayor desfachatez juraba no haber caído en semejante servidumbre.
A medida que comprendían lo cerca que habían estado de entregar su libertad, los ciudadanos se reafirmaban en la decisión de no caer en semejante locura nunca más. Los elementos oligárquicos cerraron filas, temerosos de la ira de la muchedumbre; los demócratas se autoflagelaron por su precipitación en renunciar a su independencia. El código de las masas era tan conciso como unánime: cualquier tallo que levantara la cabeza por encima de los demás debía ser arrancado de cuajo. Los nuevos radicales, encabezados por Cleofón, no se postrarían ante Alcibíades ni ungirían a ningún otro omnipotente por encima de ellos, el pueblo soberano.
Estaba claro que el poder de Alcibíades dependía hasta un punto extraordinario de su presencia en la ciudad. La mayoría de sus incondicionales lo acompañaba en la flota, y los que se habían quedado —
Euriptolemo, Diotimo, Pantítenes— no poseían un programa específico ni una filosofía que pudieran poner en práctica. Alcibíades había abandonado la ciudad y en ésta no había quedado otro proyecto que la adulación de su persona; sin el estímulo de su presencia y su celebridad para impulsar el consenso, se creó un vacío de poder. Y sus enemigos se apresuraron a llenarlo.
Los despachos que relataban la incursión en Efeso, considerada una gran victoria, no consiguieron provocar la alegría de la ciudad. Las peticiones de dinero de la flota llegaban a diario. Por esa época, yo trabajaba en la Inten dencia Naval. Éramos diez, uno por cada tribu, con un epistates, un presidente, que cambiaba diariamente. Sólo Patroclo, hijo
del oficial del mismo nombre caído en Sicilia, y yo votábamos invariablemente a favor de financiar a la flota. Nuestros colegas se resistían, por legítimas consideraciones económicas, pero sobre todo por las presiones de los enemigos de Alcibíades, que deseaban provocar su caída escatimándole el dinero.
Anteriormente sólo se recibían solicitudes de los curadores de los astilleros, del Colegio de Arquitectos, de los Diez Generales o de los taxiarcas de las tribus. Ahora admitíamos peticiones de dinero de los jefes de escuadra e incluso de contramaestres e infantes, a razón de veinte al día. Aquí tienes una moción proponiendo conceder la ciudadanía a todos los remeros extranjeros de la flota. Esto es una carta en la que se pide a los propietarios que habían alquilado a sus esclavos como remeros que renuncien a su comisión, y que se asigne un salario a dichos hombres para evitar que deserten. Y esta otra, para que también se les conceda la ciudadanía.
Los centenares de demandas legales presentadas por los enemigos de Alcibíades empezaron a cobrarse víctimas. Cada partidario condenado, como Polémides, por colaborar con el enemigo, era otro golpe propinado a Alcibíades. ¿Por qué no había conseguido tomar Efeso? ¿Por qué, si no por su amistad con Endio y su antigua asociación con Lisandro? Sus enemigos aprovecharon la coyuntura para desvelar su plan de alianza con Lacedemonia contra los persas. ¿Qué otra cosa podía ser aquello aparte de una estratagema para vender la ciudad al enemigo?
En mi propia familia, el miedo por la suerte del estado avivó el debate.
Dada la insensata intemperancia de los demócratas radicales, temíamos su acceso al poder casi tanto como el de Alcibíades. Un personaje de su estatura, aunque fuera noble, imposibilitaba el libre intercambio de intereses políticos dentro del estado. Incluso aquellos que le amaban, o que como yo le aclamaban como comandante y hombre clarividente, acabamos temiendo su regreso, con victorias o sin ellas.
Pero lo que más le perjudicó fueron sus famosas OC. Las órdenes de compensación —que había emitido en nombre de Atenas durante toda la Guerra del Helesponto y que habían permitido financiar la flota mediante contribuciones sin necesidad de recurrir al pillaje— empezaron a vencer.
Por supuesto, no podían pagarse; el erario estaba en bancarrota. Pero su simple existencia dio la razón a los aliados, que demostraron su penuria volcando la caja del dinero y dejando caer la última polilla. Los enemigos
de Alcibíades utilizaron el asunto para acusar a su régimen de ruinoso y corrupto. Y, cuando dejó de obtener victorias, cuando no pudo conquistar Andros, cuando el empuje de Lisandro revigorizó la flota peloponesia, cuando se dispararon las deserciones de nuestros remeros isleños, atraídos por el oro de Ciro, los susurros se convirtieron en murmullos y los murmullos en voces.
Esa primavera me asignaron mi séptimo barco, el trirreme Europa, y partí hacia Samos para unirme a la escuadra de Pericles el Joven. Los problemas empezaron antes de zarpar. Una veintena de remeros esclavos desertaron en el mismo puerto y el doble de nautaí extranjeros, en Andros, donde recalamos para participar en el sitio; de modo que llegamos a Samos «a media palamenta», con la tripulación tan menguada que sólo podíamos cubrir dos bancos de remeros. Alcibíades no estaba allí. Llevaba dos meses en el Quersoneso, intentando recaudar fondos.
Los marineros, querido nieto, ya se sabe: necesitan beber. Más incluso que fornicar, necesitan entregarse a la purga de la euforia y la estupefacción. En mi opinión, es menos un vicio que un hecho natural. Los marineros necesitan el vino cuando están en acción y aún más cuando no lo están. La dureza de la vida en el mar es de sobra conocida; lo que no se comprende tanto es el tributo que se cobra el miedo. El hombre de tierra firme cree que los marineros aman el mar y se sienten en él como en casa.
Nada más equivocado. A la mayoría el líquido elemento les produce terror, incluso en tiempo bonancible; durante las tormentas, hay que obligarles a permanecer en sus bancos a latigazos. Por otra parte, la mano del hombre no ha construido barco menos marinero que el trirreme. En el costado de babor de los talamites, la obra muerta tiene menos de un metro; a la menor marejada, las olas inundan el puente constantemente. Es un barco construido por su velocidad, no por su resistencia. Con mala mar, las planchas tiemblan y se comban. Con oleaje constante se hincha y salta.
Con viento de popa, hunde el espolón; su precario asiento lo convierte en un infierno cuando hay que maniobrar con viento de costado, y su largo y esbelto perfil lo expone a zozobrar con cualquier viento fuerte. Sobrevivir a una tempestad deja al marinero menos endurecido contra el peligro que aterrorizado ante el próximo. Añade el miedo al enemigo y a morir en el yermo de agua, y tendrás un terror que pocos pueden soportar, incluso durante poco tiempo, y casi nadie, estación tras estación.
En la flota corrían rumores de que Alcibíades se estaba quedando con parte del producto del pillaje. Se decía que su amante Timandra, a quienes los marineros llamaban La Sícula , pues era natural de Hicara, había sustraído más de cinco talentos para comprar refugios en Tracia en previsión de que la evolución de los acontecimientos aconsejara la huida de Alcibíades. Los hombres no se limitaban a refunfuñar. «Nos roba nuestra bebida y nuestros coños», se quejaban, y con razón.
La escasez de fondos empujó a Alcibíades a actuar deforma temeraria.
Con los príncipes Seutes y Medoco se dedicó a hacer incursiones en el interior de Tracia. Pero los naturales demostraron tal disposición para la lucha y tal capacidad para ocultar sus posesiones que las bajas superaron a los beneficios en una proporción de diez a uno. Los hombres se negaron a alejarse un paso de los barcos. Alcibíades ya no podía «tomar prestado» de comarcas amigas o hacer cambalaches con sus órdenes de compensación.
A medida que Lisandro reforzaba la fortificación de las ciudades costeras, hasta tomar tierra para aprovisionarse de agua o comer a mediodía se convirtió en una empresa llena de peligros.
Nuestra escuadra fue enviada a apoyar a Alcibíades en Focea. Mi bitácora recoge que hicimos escala en Tercale. Los lugareños acudieron a centenares a la playa donde desembarcamos, apedrearon los barcos y nos cubrieron de improperios; cuando, después de mucho parlamentar, vencimos sus suspicacias y conseguimos tomar tierra, las mujeres nos rodearon llorando. Las tropas de Alcibíades habían arrasado cuatro poblaciones, aseguraban, y se habían llevado el dinero y el ganado.
Pericles les aseguró que estaban equivocadas; los piratas sólo podían ser hombres de Lisandro que se hacían pasar por atenienses para provocar una insurrección.
Seguimos hacia el norte. Podíamos ver las nubes de humo que ascendían de las colinas; los pescadores nos repitieron la historia de las mujeres: columnas de campesinos huían hacia el interior. Nos cruzamos con el Tea ma y el Panegiris, trirremes a las órdenes de Alcibíades, que regresaban a Samos con rehenes, hijos de nuestros aliados, secuestrados para pedir rescate. ¿Tan desesperada era nuestra situación? Llegamos a Cumas. Ya conoces esa ciudad, nieto. Erigida en torno a una bahía llamada El Platillo, su ambiente es oriental y relajado.
Alcibíades había exigido al distrito veinte talentos. Los habitantes le habían suplicado que les eximiera alegando su pobreza y recordándole las
extraordinarias levas con que habían contribuido a nuestra causa, hasta ver amenazada su supervivencia. El comandante les replicó que las necesidades de la flota estaban por encima de cualquier otra consideración. Incapaces de pagar, los ciudadanos le cerraron las puertas.
Alcibíades atacó. La acción fue un error mayúsculo. Las unidades atenienses se mostraron reacias a atacar a sus aliados, y varias desobedecieron las órdenes. El único cuerpo que siguió a Alcibíades sin rechistar fueron los dii, los más salvajes de los tracios. Con posterioridad, salieron a la luz atrocidades que no podían taparse. La ciudad fue tomada y despojada de su tesoro.
Nuestra escuadra llegó inmediatamente después. Ya se habían celebrado los consejos de guerra, con un saldo de cuatro oficiales atenienses y sesenta y un hombres condenados. Los cargos, originados en una acción naval, no podían reducirse a simple insubordinación. Se había producido un motín. La pena era la muerte.
Alcibíades consiguió exculpar a varios condenados con diversos pretextos e hizo la vista gorda ante la huida de otros. Pero nueve remeros, encabezados por un tal Oréstides de Maratón, se negaron a confirmar su culpabilidad recurriendo a subterfugios. Mantenían que eran inocentes. Lo criminal eran las órdenes.
Era poco después de mediodía, bajo un sol abrasador y un fuerte viento etesio. Los condenados permanecían bajo custodia en una guarnicionería, en la explanada que llaman «de la Verdad ». Alcibíades estaba borracho, no tanto como para no saber lo que ocurría, pero sí lo suficiente para acallar sus sentimientos de culpa. Sólo deseaba hallar un modo de salvar a aquellos hombres, pero no podía comprometer su autoridad negociando en persona con los amotinados, de modo que encargó de ello a Pericles. Yo acompañé a mi amigo voluntariamente.
Hablamos con los condenados mientras los infantes los sacaban y los ataban a los postes de ejecución. El tal Oréstides me pareció uno de los hombres más honrados que había conocido. Al oírle defender su causa y la de sus compañeros sin vacilación ni retórica, Pericles y yo no pudimos contener las lágrimas. No contó ninguna mentira. Su dolor y su indignación ante el estado de la flota eran tales que sus hombres y él, según sus propias palabras, «preferían perder la vida antes que pedir clemencia».
Alcibíades ordenó la ejecución. Los infantes se negaron a obedecerle.
Nunca he presenciado semejante escena de duelo y consternación.
Alcibíades contaba con dos compañías de dii tracios. Les ordenó hacerlo.
Lo hicieron.
La flota se sintió tan ultrajada al saber que unos atenienses habían sido ejecutados por salvajes que Alcibíades, temiendo por su vida, tuvo que permanecer toda una noche a bordo del Indomable. Al amanecer, ordenó el saqueo de Cumas, cuyo producto cupo en el hueco de dos escudos y fue expuesto por los pagadores en la playa del desembarco. Los hombres desfilaron ante las mesas. Ninguno quiso coger su parte.
Esa noche supimos lo de Notion.
Dos días antes se había librado una batalla naval ante las costas de dicha ciudad. Las escuadras de Lisandro habían barrido a las nuestras, mandadas por Antíoco, que había perecido a manos del espartano. Quince barcos atenienses habían sido hundidos o capturados; no era una gran pérdida en términos numéricos, pero sí calamitosa para la moral.
Alcibíades se apresuró a volver a Efeso y congregó a la flota en la entrada del puerto. Pero Lisandro era demasiado astuto para salirle al encuentro. El Pterón, que ya estaba acabado, protegía el bastión perfectamente. Las tropas espartanas y peloponesias controlaban hasta el último palmo de costa.
Dieciséis días más tarde llegó este informe de Atenas: se había efectuado el recuento de votos para el Consejo de generales de aquel año.
Alcibíades no había sido reelegido.
Dos días más tarde, al amanecer, pronunció su discurso de despedida ante la flota.
No se atrevía a regresar a casa por miedo a que le juzgaran; tendría que retirarse, tal vez a Tracia, si los rumores de que Timandra había comprado fuertes en la región eran ciertos. Disolvió a la tripulación del Indomable y permitió que los hombres buscaran otros barcos. Ciento cincuenta y cuatro remeros e infantes decidieron compartir su suerte; seguirían a Alcibíades.
Esa noche, mi barco, el Europa, realizó maniobras ante el rompeolas, El Gancho, dirigiendo un ejercicio de señales con varias naves y correos rápidos samios. Volvimos tarde y viramos en redondo para fondear a la luz de las teas. Cuando nos disponíamos a varar de popa, avistamos un barco de guerra que abandonaba la playa y se hacía al mar, con la mitad de los remos, contra la marea.
Lo observamos alejarse. La nave no llevaba ni luces de navegación ni lámpara de señales; la tripulación remaba en silencio. Sólo se oía el crujido de los toletes. Era el Indomable.
Habían transcurrido once meses desde la apoteosis del jefe de nuestra flota en Atenas hasta aquella sigilosa huida hacia el exilio, en una noche sin luna.
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