Vientos de guerra
XLI Fuego Desde el Mar
XLI
FUEGO DESDE EL MAR
La alarma sonó bien' entrada la tercera vigilia. Yo dormía como un tronco en la villa que nos habían asignado a Telamón y a mí, en la que se alojaban una docena de oficiales con sus mujeres. Los espartanos salieron a la calle a toda prisa.
—¿Es un simulacro? —gritó alguien desde una terraza.
El puerto se extendía a nuestros pies, a dos estadios de distancia; se veían barcos en llamas atravesando la cadena y, a su resplandor, dos columnas de trirremes atenienses que avanzaban rápidamente lanzando flechas incendiarias y disparando las catapultas en todas direcciones.
Nos armamos y echamos a correr colina abajo. Ya conoces la ciudad, Jasón. El monte Coreso domina el casco urbano y abarca la extensión de los barrios que irradian del puerto. El gran rompeolas, el Pterón, cierra la entrada del puerto. Bajo su base se extienden los muelles comerciales, el Emporio, y, más allá, la aduana, las fortificaciones interiores y el bastión naval, la Capucha de la Caza dora. El río Caístro, denso de légamo, desemboca entre el templo de las Amazonas y la gran plaza del Artemisión, con las obras de drenaje y las marismas al sur, los terrenos de caballería y los suburbios de extramuros. Estos últimos, construidos sobre colinas, eran pasto de las llamas en su totalidad.
Para cualquiera que conociera la mentalidad de Alcibíades resultaba evidente que aquel ataque era su respuesta al discurso de Lisandro y un intento de aprovechar la presencia del príncipe Ciro en la ciudad. Dada su audacia, podía haber desembarcado hasta el último regimiento o incluso traído a sus tracios, y que los dioses ayudaran a quien tuviera que enfrentarse a ellos.
—Esto no me atrae ni pizca —le grité a Telamón entre la muchedumbre del puerto, pues no me moría de impaciencia por ganarme un epitafio luchando por ninguno de los dos bandos—. Busquemos un escondrijo y aguantemos hasta que a ese hijo de puta le dé por marcharse.
Nos metimos en un almacén de la calle de los Armeros. Los barcos incendiarios, galeras sin tripulación cargadas de brea y resplandecientes como el Tártaro, iluminaban el puerto y sus alrededores como si fuera pleno día. Nunca había vivido un ataque de Alcibíades desde el bando defensor.
Era un espectáculo espeluznante de caos y ruido, que había conseguido acobardar a los peloponesios. Botes de doce remos remolcaban los barcos incendiarios a un ritmo endiablado, con las pantallas levantadas para proteger a los remeros de la lluvia de proyectiles de los defensores, que hasta el momento brillaba por su ausencia. Un grupo de embarcaciones espartanas se aprestó a interceptar al bote de cabeza. Vimos que el atacante soltaba el cable; dos embarcaciones enemigas le embistieron cuando el barco que remolcaba entraba a la deriva en una rada donde fondeaba una docena de trirremes espartanos. El impacto partió los botalones incendiarios, que resonaron como truenos y volcaron su cargamento de brea y azufre en los puentes enemigos.
La segunda línea de barcos incendiarios asomó a popa de la primera.
Su repentina aparición sumió a los peloponesios en un estupor paralizante.
—¡No deis vueltas como jodidas ovejas! —gritó un oficial espartano a la muchedumbre—. ¡Botad lanchas, maldita sea!
En ese instante, Lisandro en persona pasó al galope por la calle seguido por su escolta. Vimos que el oficial corría hacia él para informarle de sus órdenes. Lisandro las anuló. La infantería peloponesia empezaba a congregarse en el puerto. Los botes atenienses seguían asolando los fondeaderos, a los que arrojaban girándulas y otros proyectiles incendiarios.
—¿Acudimos al Pterón? —gritó el oficial a Lisandro, sugiriendo tomar el rompeolas para repeler el desembarco.
Lisandro también rechazó aquello. No podía negarse que el bastardo tenía sangre fría. Cualquier otro de su raza se habría lanzado sin pensarlo a las fauces de la batalla, buscando la victoria o una muerte gloriosa. Pero Lisandro era listo. Alcibíades le estaba tendiendo un lazo, como él se lo había tendido antes. Lisandro no estaba dispuesto a caer en la trampa.
Señaló hacia el Artemisión y la amplia explanada de desfiles frente a la ciudad.
—¡Atrás! ¡Formad en la plaza!
Lisandro había construido muros para separar el barrio residencial de Antenoris de los muelles, una empresa de la que se burlaban incluso sus propios oficiales como de un trabajo baldío y absurdo. Ahora su genialidad
saltaba a la vista. Las murallas encauzaban a los atacantes que llegaran del mar —los que accedieran por el Pterón, como hacían los atenienses— hacia la avenida de la Exposición, en el lado del mar, con el agua a un lado y un muro en el otro. Era un callejón sin salida ideal para una matanza. Todo lo que necesitaba Lisandro era esperar.
La zona en que me había ocultado con Telamón era tierra de nadie. Del mar llegaban los atenienses y sus aliados; los espartanos y los peloponesios los esperaban en tierra. Chocarían en el depósito cercado con piedras que teníamos delante, y nuestras tropas serían aplastadas. Sin embargo, los planes de batalla siempre son fútiles. De repente, surgió un imponderable donde menos podía esperarlo Lisandro, y contra el que no podía luchar.
Era el príncipe Ciro, ansioso de obtener gloria.
Oímos cascos de caballos en la calle de los Armeros; un escuadrón de la caballería real persa salió a campo abierto. El grupo se abrió paso entre la masa de los peloponesios y siguió galopando hasta la plaza del Artemisión.
El príncipe tiró de las riendas ante Lisandro. El muchacho no tenía más que diecisiete años y era delgado como una caña, pero la nobleza de su sangre le espoleaba de tal modo y era tal su deseo de emular las hazañas de sus antepasados que parecía envuelto en una aureola.
—¡Ahí está el enemigo, Lisandro! ¿A qué esperas?
«¡Ve a su encuentro! ¡Ataca!», parecía querer añadir.
El príncipe hizo volver grupas a su montura y la lanzó. Su escolta salió al galope tras él. Los peloponesios y sus aliados no esperaron más; la muchedumbre corrió hacia la avenida de la Exposición. Nuestro almacén estaba justo en su camino. Los atenienses que habían llegado hasta allí dieron media vuelta y echaron a correr arrojando sus antorchas a losaleros y las callejas.
Telamón y yo echamos un vistazo a nuestro escondite. Pintura.
Habíamos ido a elegir un almacén de brea y encausto. Salimos huyendo en el preciso momento en que explotó. Sentí que el pelo y la barba me ardían; mi ropa chorreaba trementina inflamada. Corrí hacia la calle golpeando las llamas con mi manto, pero también estaba empapado de aceite y ardía.
Telamón me lanzó sobre un montón de piedra pómez, junto a un solar en construcción, momentos antes de que las hordas lo invadieran. Un jefe de pelotón peloponesio se detuvo al llegar a nuestra altura y empezó a golpearnos con la vara para obligarnos a unirnos al ataque. Yo tenía
quemado todo el costado izquierdo; no veía ni tocaba otra cosa que carne chamuscada al pasarme la mano por la cara.
—¡Por todos los dioses, este hombre no puede luchar! —gritó Telamón revolviéndose.
—¡Vete! —le insté dándole un empujón, antes de que le arrestaran o algo peor.
El príncipe Ciro cabalgaba avenida de la Exposición abajo seguido por las tropas del Artemisión, más de treinta mil hombres, mientras Lisandro, furioso, perseguía al muchacho a la cabeza de sus caballeros para salvarlo de su insensato valor…
Polémides prosiguió su narración, a la que volveré en su momento.
Entre tanto, dado que su objetivo durante el resto de la batalla no era ni participar ni observar, sino salvar la vida, cambiaré de narrador.
Alcibíades había asignado a Pericles el Joven el mando de la ola de barcos atacantes que sucederían a los de Antíoco, los mismos que Polémides había visto romper la cadena del puerto y llevar el asalto hasta la orilla. Ya he citado esas anotaciones de bitácora, que me entregó su mujer después del juicio por lo de las Arginusas. También me confió varios diarios que Pericles había redactado por aquellas fechas para que sus hijos no dieran crédito a las calumnias de sus acusadores y también, creo yo, para conservar la razón durante aquella dura prueba, cuya crónica haré a su debido tiempo. Pero, volviendo a Efeso y al diario de Pericles: El plan de Alcibíades, diseñado en una sola noche por los trierarcas y jefes de escuadra bajo su dirección, era consecuencia del discurso pronunciado por Lisandro como cierre de los juegos de Ártemis. Aquélla era la respuesta espartana, definitiva e inapelable, a la oferta de alianza de Alcibíades. Lisandro lucharía hasta el final, con la fe puesta menos en los dioses, como observó Alcibíades, que en la impaciencia del electorado ateniense. Lisandro comprendía al Monstruo tan bien como su rival. Las victorias en el interior, aunque implicaran el saqueo de ciudades importantes, no saciarían la voracidad de la bestia, y menos ahora, inflamada como estaba por las expectativas que había despertado su invencible comandante. Alcibíades tenía que atacar, y atacar a Lisandro.
Ningún objetivo inferior serviría. El Monstruo exigía la cabeza de su enemigo, o la de quien fuera incapaz de proporcionársela.
Ese era el objetivo estratégico. Los tácticos eran tres: devastar los astilleros y los talleres de reparación; destruir o llevarse tantos barcos de guerra como fuera posible, de la forma más espectacular posible; y apoderarse del Pterón y derruirlo. El ataque era una operación anfibia en la que participaban doce mil cuatrocientos hombres, noventa y siete barcos mayores y ciento diez de apoyo. Implicaba la coordinación de once fuerzas de asalto a lo largo de un frente de ciento sesenta estadios. Se habían asignado cuarenta y seis objetivos. Los rollos de señales eran tan gruesos como mi muñeca.
Los movimientos preliminares se habían iniciado dos días antes. Una escuadra de veinticuatro naves a las órdenes de Aristócrates y otra de veintiocho a las de Adimantos partieron de Samos, no con tripulaciones convencionales, sino con infantes provistos de armadura que harían las veces de remeros, honderos y jabalineros, tantos como admitían los barcos sin que el calado traicionara su número, tumbados boca abajo en el puente, tras las pantallas. La escuadra de Aristócrates puso proa al sudeste como si se dirigiera a Andros; la de Adimantos, al norte, hacia el Helesponto.
Ambas procuraron que los vigías de Lisandro en los montes Coresos y Licón observaran sus movimientos. Se adentraron en el mar hasta perderse de vista y regresaron al cabo de dos noches para desembarcar sus efectivos, Aristócrates, en los campos de cultivo entre Priene y Efeso, Adimantos, al norte, en la colonia de recreo conocida como el Garfio, desierta en esa época debido a los vientos Etesios.
La caballería hizo la travesía de Samos a Lada durante la noche y desembarcó en una cala deshabitada conocida como la Media Luna. La mandaba Alcibíades. Deteniendo a todo aquel que habría podido adelantarse para dar la alarma, las unidades avanzaron por caminos rurales hasta enlazar con las compañías de Adimantos desembarcadas en el Garfio.
Desde allí, Alcibíades avanzó sobre la ciudad. Los puestos avanzados cayeron tan rápidamente que nuestras fuerzas alcanzaron los arrabales antes de que nadie pudiera avisar a Lisandro.
Desde el sur, las compañías de Aristócrates no sólo cortaron la calzada por la que la ciudad podía recibir refuerzos, sino que además abrieron las compuertas del canal e inundaron la llanura. Cortaron la cadena en el fuerte Cilón. Los nadadores capturaron los islotes gemelos, el Yema y el Clara, donde estaban los amarres del cable. A esas alturas, los primeros barcos incendiarios iluminaban la ciudad. La infantería de Erasínides forzó la
puerta situada al norte de la avenida de la Exposición. Las naves de Antíoco entraron en el puerto a la altura de Cilón. Mis veinticuatro permanecían al pairo ante la cadena. Si los defensores conseguían rechazar a Antíoco, protegeríamos su retirada. Si nos hacía señales de avanzar, atacaríamos en su estela con todas nuestras fuerzas. Las hogueras de Cilón y Yema iluminaban el canal. Para hacerse una idea de los daños basta saber que los incendios de los astilleros, el rompeolas y el Emporio eran de tal magnitud que su resplandor se veía desde Quíos, a unos quinientos estadios de distancia.
Mientras tanto, Alcibíades, como supimos más tarde, estuvo a punto de perder la vida en las siguientes circunstancias. Su caballería había avanzado por los suburbios adelantándose a la infantería de Adimantos y se dirigía hacia la puerta norte para unirse a las compañías de infantería desembarcadas en el Pterón por Antíoco y Erasínides. Los hombres de Alcibíades seguían a un guía a través del laberinto de callejas que forma ese barrio. Desembocaron en una plaza. Para su asombro, un ejército de mujeres había levantado barricadas de bancos y carros volcados en la única salida y defendieron la posición con uñas y dientes. No eran amazonas, sino mujeres del barrio decididas a proteger a sus hijos y sus hogares.
Las mujeres atacaron a la caballería de Alcibíades desde los tejados, arrojando tejas, ladrillos y piedras con una temeridad pasmosa, y, lejos de amilanarse ante los proyectiles con que les respondieron los atenienses, siguieron defendiéndose con, una contumacia tan bulliciosa y obscena que, según atestiguaron los jinetes, producía un terror más intenso que cualquier falange de espartanos o cualquier horda de aullantes salvajes. Un ladrillo alcanzó a Alcibíades en un hombro. El golpe le fracturó la clavícula, y tuvo que ser asistido por Mantiteo, que nunca se separaba de él. Como de costumbre, Alcibíades luchaba sin casco; de haberle alcanzado un palmo más arriba, el proyectil le habría partido la cabeza.
En la ciudad, los batallones del enemigo avanzaban por la avenida de la Exposición. Se inició la lucha por el Pterón, el enorme rompeolas por el que se batían hombres, caballos y barcos palmo a palmo. Los andamios se alzaban a ambos lados; eran de pino y estaban en llamas de un extremo al otro. Las ataguías del último tramo estaban erizadas de escombros, ladrillos y estacas, carretillas de mortero, bombas de achique y piezas de hierro que las convertían en trampas mortales. Los hombres y los caballos caían allí en un número espeluznante.
Antíoco nos hizo la señal de atacar. Yo había situado el Calíope a la izquierda de la línea, para pasar cerca del Pterón y evaluar la situación.
Devolvimos la señal y avanzamos con toda la potencia de nuestros remos.
La lucha sobre el rompeolas era espectacular. Alcibíades, al mando de la caballería y la infantería pesada, había conseguido abrirse paso hasta él, aunque aún no podíamos verle desde nuestra posición. La masa del enemigo, una línea de un centenar de escudos secundada por lo que parecían millares de hombres, había retrasado su avance por la avenida de la Exposición. Unos cuatro o cinco mil espartanos, incluidos jinetes, habían subido al rompeolas antes que Alcibíades y Adimantos, y ahora empujaban y se abrían paso a hachazos hacia la garita situada en su extremo, en un intento de llegar al cabrestante para volver a cerrar el puerto y atrapar a nuestros barcos en su interior. Los infantes atenienses que habían tomado el muelle y cortado la cadena defendían el último tramo del rompeolas, mientras, a su altura, los barcos de ingenieros de Erasínides, de costado junto a la empalizada, aplicaban poleas y cables a las estacas sumergidas, al tiempo que seguían desembarcando infantes de los transportes fondeados.
Al pasar junto al extremo del Pterón a bordo del Calíope, pude ver entre la masa de los enemigos a un personaje ricamente vestido, rodeado por una guardia de jinetes. No podía ser otro que Lisandro.
Posponiendo cualquier otro objetivo, decidí atacarle inmediatamente.
Estaba dispuesto a sacrificar mi propia vida y la de toda mi tripulación si era necesario. Hice señales a mi segundo, Licomenes, capitán del Teama, para que continuara con la escuadra, y a Damodes, trierarca del Erato, éstas otras: «Sígueme» y «Desembarca a los infantes».
Pude ver a Damodes el Oso en su racel de popa. También él había avistado al enemigo y se moría de ganas por atacarle. Entretanto, en la bahía, el Tique de Antíoco se había partido la roda y emprendía la retirada ciando hacia el Pterón. Amarrar un triple a una muralla de siete metros de altura es toda una hazaña a plena luz del día. Al resplandor de las llamas, el Calíope se acercaba como un cascarón infame pilotado por un borracho.
Antíoco se limitó a encajar la popa del Tique entre dos ataguías y, lanzando una última andanada, subió detrás de una pantalla de fuego.
El combate sobre el Pterón había alcanzado un punto de tal densidad que hacía imposible hasta las tácticas más elementales, tales eran las proporciones del caos. El enemigo tenía cinco mil hombres sobre el rompeolas, apretados escudo contra escudo, y varios miles más empujaban
desde tierra. El grueso de nuestra caballería luchaba desmontada, pues el enjambre de peloponesios embestía contra los caballos con una saña asesina. Los pobres animales agonizaban en el suelo relinchando y coceando, mientras otros se debatían en el agua y se ahogaban. Yo resbalé al saltar una roca, caí de bruces con todo mi peso más el de la armadura y golpeé la roca con el casco. Me produje moretones en ambos ojos y me rasgué la carne entre el pulgar y el índice. En tales condiciones, conseguí encaramarme al fin al Pterón y busqué al espartano.
No era Lisandro, sino el príncipe, Ciro de Persia, que había jurado hacer pedazos su propio trono para abatir el poder de Atenas.
—¡Ciro! ¡Ciro!
Nuestros hombres gritaban su nombre y se abalanzaban sobre los campeones que lo protegían. Los caballeros del príncipe se batían con sobrecogedora valentía y con una habilidad de jinetes sólo superada por la de sus monturas, ejemplares adiestrados para mantener la cohesión flanco contra flanco y para retroceder y descargar ambos cascos delanteros y atacar con el espolón de su peto. Nunca podré olvidar la expresividad de sus ojos.
—¡Matadlo! —aulló Antíoco desde la popa del Tique.
La caballería y la infantería pesada, Alcibíades y Adimantos, se abrieron paso entre la masa. Los infantes luchaban alrededor del príncipe Ciro, gritando que le tenían atrapado. Una alteración súbita, tan profunda como asombrosa, se apoderó de Alcibíades. Aunque tenía la clavícula fracturada bajo la hombrera, como supimos más tarde, la lesión, que habría obligado a retirarse, impotente y dolorido, a cualquier otro, no le impidió enderezarse y levantar el escudo de nueve kilos con el brazo afectado.
Se precipitó hacia el príncipe. Todos lo hicimos. Nos lanzamos hacia la marea de cuerpos y armaduras que empujaba hacia el extremo del Pterón la muchedumbre de refuerzos espartanos y peloponesios provenientes del puerto.
En ese momento, Lisandro llegó a la vanguardia de las fuerzas enemigas. Le gritó a Ciro que retrocediera hacia él. «¡Ábrete paso, te salvaré!» El espacio que les separaba estaba abarrotado de infantes atenienses, hombres aislados de los barcos fondeados junto al rompeolas, como yo mismo, junto con nuestros comandantes, Alcibíades y Adimantos, y los restos de la caballería. Las llamas bramaban en los barcos, los belfos
de los caballos parecían exhalar humo, los gritos de los hombres se elevaban en una algarabía demencial.
—¿Lo estáis viendo, hombres de Grecia? —gritó Alcibíades al enemigo—. ¡Un espartano luchando hombro con hombro con el bárbaro!
—¡Para liberarse de ti, maldito arrogante! —ladró Lisandro.
El espartano hincó las rodillas en su montura y lanzó la jabalina desde tan cerca que el arma recorrió apenas tres veces su longitud antes de clavarse con un ruido seco en el escudo de su enemigo. Alcibíades paró el golpe con el brazo fracturado. La punta de la jabalina atravesó el bronce, hizo astillas el roble de debajo y penetró cuatro dedos en su carne.
—¡Está herido! —gritaron los hombres de ambos bandos, mientras los espartanos y los persas se lanzaban hacia él con renovados bríos y los atenienses y sus aliados cerraban filas todavía más para alzar un muro de cuerpos ante su comandante.
El infante más próximo a Alcibíades le ayudó a levantar el escudo que ya no podía sostener. Las flechas acribillaron la espalda del héroe. Las lanzas, su montura. Nubes de proyectiles volaban sobre su cabeza.
La caballería de Lisandro se abalanzó hacia él. Alcibíades lanzó su hacha entre la lluvia de flechas y jabalinas. Yo estaba a apenas unos metros del espartano, tan cerca que pude verle la barba bajo el guardapapo del casco mientras paraba el hacha con el escudo.
—¡Tira ahí, Lisandro! —aulló Alcibíades señalando al príncipe Ciro
—. ¡Tira ahí, y sé como Leónidas! —añadió refiriéndose al rey espartano que con tanto valor había caído en las Termópilas, dos generaciones antes, defendiendo a Grecia de los persas.
—¿Ni ahora puedes dejar de cortejar a las masas, farsante? —le escupió Lisandro, furioso.
—¡Tu rey Leónidas está aquí, y te señala como traidor a Grecia!
Nuestros infantes hicieron un último intento de llegar a Ciro. Los proyectiles llovían desde los barcos y el rompeolas; el príncipe y sus caballeros retrocedían.
—¡Matadlo! —tronó Antíoco sobre el griterío.
El muchacho seguía retrocediendo hacia el final del Pterón empujado por el ataque ateniense.
—¡Hombres de Persia —exclamó el príncipe en su lengua (o eso nos tradujeron más tarde)-, de vosotros depende que vuestro príncipe viva o muera!
Sin un instante de vacilación, los campeones de Ciro lanzaron a sus pura sangres contra las lanzas atenienses e hicieron retroceder a sus enemigos gracias a su magnífico sacrificio. Ciro se lanzó al galope. Príncipe y caballo se abrieron paso protegidos por los escudos de los caballeros espartanos.
Aquello precipitó el final. Masa contra masa, cada división se esforzó en arrojar a la otra al mar. Todos callamos. Los hombres ya no gritaban ni gruñían. Ni siquiera relinchaban los caballos; sólo se oía ese ruido que obliga a quien ha participado en una batalla a despertar aterrado.
Los enemigos eran demasiados; nosotros, demasiado pocos.
Retrocedimos. Escapamos en los barcos. El ataque había terminado.
Alcibíades embarcó a bordo del Tique. Los hombres se arremolinaban a su alrededor, según me contó Antíoco, señalando las llamas y aclamándolo.
En esos momentos no dijo nada. Al amanecer, una vez que desembarcamos en Samos, bañado y vendado por los cirujanos, nos llamó a su lado, en confianza y aparte, a Adimantos, Aristócrates, Antíoco, Mantiteo y a mí mismo. A partir de ese momento, nos advirtió, debíamos procurar alejarnos de él.
—Después de esta noche —nos dijo—, mi estrella ha caído.
Se cuenta una anécdota de Lisandro en la estela de la batalla. Al parecer, al reunir las tropas en el Artemisión, cuando los partes informaron de cuarenta y cuatro de los ochenta y siete trirremes quemados o destruidos, junto con los astilleros, instalaciones de reparación y todas las rampas de construcción del Pterón, el espartano tuvo que enfrentarse no sólo al príncipe Ciro, que debía rendir cuentas a su padre del rendimiento del oro persa, sino también a los representantes de los éforos, técnicamente sus superiores, que casualmente acababan de llegar de Esparta.
—¿Y cómo llamas a esto, Lisandro? —le preguntaron los magistrados, refiriéndose a la devastación del puerto.
—Lo llamo por su nombre —se cuenta que respondió Lisandro—.
Victoria.
OceanofPDF.com