Vientos de guerra

Steven Pressfield · Capítulo 7 de 54

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Vientos de guerra

Libro II: - la Muralla Larga

LIBRO II

LA MURALLA LARGA

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VI

EL SOLAZ DEL JOVEN

Así [prosiguió miabuelo] concluyó mí primera entrevista con Polémides el asesino. Le dejé y me apresuré a ver a Sócrates. Me vino a la cabeza al cruzar el Patio de Hierro, en el que confluían las distintas alas de la prisión, que la mención de aquella velada de treinta años atrás podía llevar una sonrisa a los labios de nuestro amigo. Por otra parte, sentía curiosidad. ¿Se acordaría Sócrates del joven soldado llamado Pommo?

Decidí no entrar en ello pues no tenía intención de seguir abrumando su mente ya suficientemente agobiada. Imaginé asimismo que la aglomeración de amigos y seguidores me impediría hablar un momento aparte con nuestro maestro.

No obstante, al llegar a su celda le encontré solo. Aquel día, los Once Administradores de Justicia habían establecido la forma de su ejecución: tomaría cicuta. Si bien dicho método afortunadamente libraba a la carne de la mutilación, el reciente dictamen, que marcaba el fin de nuestro maestro, había llevado a sus amigos a tal estado que Sócrates, para disfrutar de un intervalo de paz, se había visto obligado a apartarlos de su lado. De todo ello me informó el guardián a mi llegada. Esperaba un despido similar pero me alivió ver que Sócrates se levantaba y, con un gesto, me animaba encarecidamente a entrar.

—¿De modo, Jasón, que vienes de visitar a tu otro cliente?

Estaba totalmente al corriente del caso de Polémides. En efecto, recordaba al joven, tal como confirmó, y no sólo habló de aquella noche del asedio sino también de sus posteriores servicios en la infantería y, a partir de las informaciones de los días de gloria de Alcibíades en Oriente, del cargo de Polémides como capitán de infantería de marina. Nuestro maestro comentó la conjunción entre los dos acusados, el filósofo sentenciado por haber instruido a Alcibíades y el asesino a la espera de juicio por haberle dado muerte.

—Parecería lógico que un jurado coherente, al haber declarado culpable a uno, tendría que absolver al otro. Es un buen augurio —observó

— para Polémides, tu cliente.

A la sazón, Sócrates había pasado ya setenta veranos si bien, dejando aparte la barba, completamente blanca, y la noble amplitud de su contorno, se habría dicho que era la viva estampa de la descripción que hizo de él Polémides durante el asedio de Potidea. Sus extremidades eran fuertes y robustas, el porte, enérgico y resuelto; no hacía falta mucha imaginación para ver a aquel veterano agarrar con rapidez el escudo y la armadura y pasar de nuevo al ataque.

Naturalmente, el filósofo manifestó curiosidad por su compañero recluso y también ofreció consejos sobre la mejor forma de defenderle.

—Es tarde ya para presentar una contrademanda, un paragraphe, que declare ilegal la acusación, tal como lo es en realidad. Tal vez un dike pseudomartiriou, una demanda por falso testimonio, que puede invocarse en el momento del voto del jurado. —Se puso a reír—. Como ves, mi propio suplicio me ha convertido en algo así como un abogado de prisión.

Hablamos de la amnistía, concedida a raíz de la restauración de la democracia, que eximía de juicio a todos los ciudadanos encarcelados por delitos anteriores.

—Ten en cuenta, Sócrates, que los enemigos de Polémides le han dado la vuelta con suma habilidad, acusándole de «mala conducta». Eso remueve mucho lodo y, como admite él mismo, tal vez el suficiente para enterrarle. —Seguí con una breve narración de la historia de Polémides, basada en lo que me había contado él hasta entonces.

—Conocía a algunos miembros de su familia —dijo Sócrates cuando concluí la crónica—. Nicolaos, su padre, fue un hombre de una integridad excepcional, que murió asistiendo a los apestados. Mantuve una relación cordial, si bien casta, con Dafne, su tía abuela, quien dirigió de hecho el Consejo de Gobernadores Navales por medio de su segundo y tercer esposo. Fue la primera aristócrata que, en su viudez, se hizo cargo enteramente de sus asuntos, sin hombre alguno que le hiciera las veces de kirios o administrador, sin disponer siquiera de un solo criado en casa.

Nuestro maestro expresó su preocupación por el bienestar de Polémides.

—Hace un calor sofocante en esa parte del patio, según tengo entendido. Llévale, por favor, esta fruta y este vino; yo no debería beber

más, pues dicen que estropea el sabor de la cicuta.

Cuando, al caer la tarde, volvieron los demás, se consiguió algo de distracción a partir de la coincidencia en el confinamiento del asesino y el filósofo. Intervino Critón, el seguidor más acaudalado y devoto de Sócrates. Durante los días anteriores al juicio contra nuestro maestro, había contratado investigadores y había puesto en marcha una indagación sobre el entorno de los acusadores del filósofo, intentando sacar a la luz sus delitos particulares y con ello desacreditar tanto a ellos como sus acusaciones. Se me ocurrió en aquel momento que yo podría hacer lo mismo por Polémides.

Tenía por aquel entonces contratada a una pareja de mediana edad, Mirón y Lado. Eran unos chismosos incorregibles que se deleitaban sobre todo en sacar los trapos sucios de los que se encontraban en las posiciones más elevadas. Decidí poner en marcha a los dos sabuesos. ¿Qué había sido de la familia de Polémides? ¿Qué motivos impulsaron a sus acusadores?

¿Alguien les había dado la idea y, de ser así, quién? ¿Qué asunto importante encubierto pretendían sacar adelante?

Mientras tanto, nieto mío, intuyo que no acabas de asimilar el relato.

Necesitas más antecedentes. Polémides y yo éramos coetáneos; al hablar era consciente de que yo estaba al corriente de lo que sucedía por aquel tiempo y no me hacían falta más detalles sobre el ambiente y la atmósfera.

Tú, como miembro de una generación posterior, podrías necesitar una breve digresión histórica.

Durante los años anteriores a la guerra, en el periodo de mi propia infancia y la de nuestro narrador, Atenas no vivía aquella situación de desvaído esplendor que suele caracterizarle. No había dejado atrás sus mejores días, al contrario, estaban en su presente, a mano, resplandecientes y luminosos. Había enviado su armada al imperio asiático y había expulsado a los persas del mar. A ella afluían los tributos de doscientos estados. Era una conquistadora, un imperio, la capital cultural y comercial del mundo.

La guerra espartana quedaba situada muy lejos, en el futuro; sin embargo, las perspectivas de Pericles le habían inspirado para ir preparándola. Él fue quien fortificó los puertos de Muniquia y Zea, reforzó la Muralla Larga en toda su extensión e hizo construir la Muralla meridional, la «Tercera Pata», para que, caso de hundimiento de la septentrional o Muralla de Falero, la ciudad siguiera siendo inexpugnable.

Tú, nieto mío, que has conocido estas diamantinas maravillas en su versión reconstruida toda tu vida, das por supuesta su existencia. Pero en aquella época constituyeron una proeza de la técnica como no podía soñar otra ciudad griega, por no decir ya atreverse a tal empresa. La extensión de las almenas de la ciudad, siete kilómetros por un extremo, casi la misma longitud por el otro, la acción de vincular la parte alta de la ciudad a los puertos del Pireo, uniéndolos por todas partes menos por el mar, y convertir con ello Atenas en una isla invencible por su fortificación… todo esto fue considerado una temeridad por la mayoría y una locura por muchos.

Mi propio padre y gran parte de la clase ecuestre habían adoptado una postura de violenta oposición a esta empresa, enfrentándose en primer lugar a Temístocles y posteriormente a Pericles, quien ejecutaba la misma política. Los terratenientes del Ática se daban cuenta claramente de que Pericles el Olímpico, como le llamaban, pretendía dejarnos indefensos ante el invasor cuando llegara la guerra, hacernos abandonar, de hecho, nuestras propiedades, ganados y viñedos, incluyendo éste que ves por encima de 110,s campos en los que estamos ahora mismo sentados. La estrategia de Pericles consistía en hacer retirar a los ciudadanos tras la Muralla Larga , permitie ndo al enemigo saquear a su antojo nuestras viviendas y dependencias. Dejarles agotar su espíritu guerrero en las tareas de esclavos de cortar viñas y encender graneros. Cuando se hubieran aburrido lo suficiente, volverían a casa. Mientras tanto, Atenas, que controlaba el mar y podía cubrir sus necesidades gracias a los estados de su imperio, contemplaría tranquilamente al invasor, a salvo detrás de sus inexpugnables fortificaciones.

Todo giraba en torno a la armada.

Las grandes casas de Atenas, los nobles, los Cecrópidas, Alcmeónidas y Pisistrátidas, los Licomedeos, Eomólpidas y Fílidas, se enorgullecían de su condición de caballeros y hoplitas. Sus antepasados y ellos mismos habían defendido la nación en la caballería o como caballeros guerreros hoplitas. En aquella época, Atenas había pasado a ser una nación de remeros. La flota empleaba y servía para que el pueblo llano se envalentonara, y éste llenaba la Asamblea. La aristocracia odiaba todo aquello, pero se veía impotente a la hora de enfrentarse a aquella oleada de cambio. Por otra parte, la armada les enriquecía. Las reformas iniciadas por Pericles y otros establecían los pagos por el servicio público, y los

cargos no se asignaban por votación sino que se echaban a suertes, y así se amañaban las magistraturas y los tribunales con hoi poloi, la mayoría. A los del «Partido del Bien y la Verdad », que expresaban su rechazo ante aquel espectáculo en el que los paladines de nuestra ciudad deambulaban por las avenidas que llevaban al puerto con sus remos y cojines, Pericles respondía que Atenas no se había convertido en una potencia naval y en un imperio por su política. La historia se había ocupado de ello. Había sido nuestra flota, tripulada por nuestros ciudadanos, la que había derrotado a Jerjes en Salamina; nuestra flota, la que había expulsado a los persas de los mares; nuestra flota, la que había restablecido la libertad en las islas y ciudades griegas de Asia. Y también nuestra flota la que nos traía las riquezas del mundo, de las que nos beneficiábamos todos.

La construcción de la Muralla Larga no significaba arrojar el guante a la historia, replicaba Pericles, sino el reconocimiento puro y simple de la realidad de la época. Jamás podríamos derrotar a los espartanos en tierra.

Su ejército era invencible y siempre lo seria. El destino de Atenas estaba en el mar, como el propio Apolo había establecido al declarar: sólo el muro de madera no os fallará,

y como demostraron en Salamina Temístocles y Arístides, así como Cimón y todos nuestros generales conquistadores de la siguiente generación, entre los que se encontraba el mismo Pericles, confirmaron una y otra vez.

Otros arremetieron contra dicha política de «muros y barcos»

afirmando que el expansionismo imperial iba a exacerbar, como en realidad había hecho, el recelo entre los espartanos. Dejémoslos en paz y ellos harán lo mismo con nosotros; ahora bien, acorraladlos, herid su orgullo con nuestro creciente poder y se verán obligados a responder de la misma forma.

Aquello era cierto y Pericles jamás lo rebatió. Sin embargo, era tal el descaro, la insolencia, la arrogancia de aquellos años que la ciudadanía de Atenas no se dignaba a llegar a ningún acuerdo con otros estados, puesto que sus comerciantes e incluso sus prostitutas se resistían a ceder la mano a sus superiores en la vía pública. ¿Por qué tenían que hacerlo? Ellos que habían derrotado al ejército y a la armada más poderosos de la tierra, que habían convertido el Egeo en su represa de molino, ¿qué negligencia iba a

dejar su ciudad desprotegida por miedo a ofender la delicadeza espartana?

¿Acaso el marido no asegura su jardín con una valla de piedra? ¿No rodean los espartanos sus campamentos con estacas y centinelas armados?

Que vivan, pues, con la armada y la Muralla Larga. Y si no son capaces de ello, que sea el tiempo quien decida.

Y decidió la guerra. Serví durante las primeras temporadas como oficial en la marina, aunque durante el segundo invierno me trasladaron al asedio del norte, al que describía nuestro cliente, el de Potidea. Las penurias fueron mayores de lo que él contaba. Había llegado la peste; se llevó una cuarta parte de la infantería. Trasladamos a casa sus cenizas en unas vasijas de arcilla que llevábamos bajo los bancos de los remeros, guardando sus escudos y armadura protegidos en cubierta.

Durante la tercera primavera cayó Potidea. La guerra en su conjunto cumplía entonces dos años. Quedaba claro que no iba a terminar pronto.

Los estados griegos se habían dividido entre Atenas y Esparta, se habían visto obligados a tomar partido por un bando u otro. Corcira con su flota había entrado a formar parte del ejército como aliada de Atenas. Argos mantenía las distancias. Salvo Platea, Acarnania, Tesalia y Naupacto mesenia, todos los estados continentales se alinearon con Esparta: Corinto, con su riqueza y su armada; Sición y las ciudades de la Argólida ; Elis y Mantinea, las grandes democracias del Peloponeso; al norte del istmo, Ambracia, Léucade, Anactorión; Megara, Tebas y toda Beocia con sus poderosos ejércitos; Fócida, Lócrida con su inigualable caballería.

Las islas del Egeo y toda la Jonia se mantuvieron bajo la hegemonía de Atenas; nuestros barcos de guerra seguían dominando el mar.

Estallaron, sin embargo, una serie de sublevaciones en Tracia y la Calcídica , zonas vitales para la provisión de madera, cobre y ganado de Atenas, así como en el indispensable Helesponto, el granero que abastecía la ciudad de cebada y trigo.

El Atica se había convertido en el patio de juego espartano. El enemigo pasó la frontera por Eleusis, dejó yerma por segunda vez la llanura de Trías y seguidamente dobló el monte Egaleo para quemar otra vez las regiones de Acarnas, Cefisia, Leuconíon y Colona. Las tropas espartanas saquearon la región de Paralia, hasta Lauríón, comenzando por la parte que mira hacia el Peloponeso y siguiendo por la que da a Eubea y Andros. Los ciudadanos de Atenas, observaban desde lo alto de la Muralla Larga los pliegues de los montes Parnés y Brileso, más allá de los que se

levantaba el humo de las últimas estatuas que sucumbían ante el fuego. En las puertas de la ciudad, el invasor rompió en mil pedazos las tiendas y viviendas de los barrios de las afueras, e incluso arrancó las losas que pavimentaban la Academia.

Polémides sirvió bajo Formión en el golfo de Corinto, primero en Naupacto y en la Argos anfiloquiana. En Etolia, sufrió, entre otras, una herida en el cráneo, que le dejó ciego durante una temporada y le exigió reclusión en casa por espacio de más de un año. De ello me informaron mis sabuesos, como fruto de sus rastreos. No pudo localizarse a ningún miembro de la familia de Polémides. Las dos has de su hermano León, ya mayores por aquel entonces, se habían casado y recluido en las casas de sus maridos. Polémides tuvo también un hijo y una hija, pero los que seguían sus huellas no pudieron descubrir más que los nombres de éstos. Al parecer, existió una segunda boda, con una tal Eunice de Samotracia; no obstante, resultó imposible conseguir el registro de tal unión.

Lo cierto es que Polémides se casó una vez, durante el tiempo en que se recuperaba después de Etolia, con la hija de un amigo de su padre. La esposa se llamaba Febe, «brillante». Como tantos en la época del dominio de la guerra, Polémides se casó joven, con tan sólo veintidós años. La novia tenía quince.

Cuando, en el curso de mi siguiente visita, intenté interrogarle sobre este tema, él puso sus objeciones, con cortesía pero también con firmeza. Se lo respeté y renuncié a ir más al fondo. Mi importunidad, no obstante, había llevado a la mente de nuestro cliente el recuerdo de la matriarca de su familia, la persona que había dispuesto aquella unión, por quien el prisionero sentía un profundo afecto y cuya memoria revivía en aquellos momentos. Evocó una entrevista con ella en sus aposentos a la vuelta de las citadas campañas. «¡Qué curioso! —comentó—. Hacía veinte años que no pensaba en aquel día. No obstante, gran parte de lo que se trató allí tiene relación con nuestra historia, precisamente en esta coyuntura. » Me mordí la lengua; poco después, Polémides empezó:

Después de lo de Potidea estuve dos años y medio sin volver a Atenas, luchando en una campaña tras otra. Ya sabes cómo era aquello. La herida que me llevó a casa ni siquiera se produjo en el combate; salté de un andamio y me rompí el cráneo. Me quedé una temporada ciego. Mis amados compañeros del hospital me desvalijaron hasta la última pieza de

mi equipo, salvo tres tetradracmas de plata que guardaba en las nalgas; se habrían llevado el escudo y el peto también de no haber recostado la cabeza contra el primero y doblado el brazo alrededor del segundo. Las cartas que me escribió un compinche para mi hermana Meri jamás llegaron a Atenas, de forma que, cuando descendí por la pasarela en Muniquia, nadie me esperaba allí y ni siquiera conseguí sacar una moneda para poder llegar a la ciudad. Caminé solo, cargando con las armas y la armadura, mientras el candente atizador que notaba en el interior del cráneo me amenazaba con hacerme perder el conocimiento a cada paso.

Se había desencadenado la peste. Me costaba creer que pudiera provocar tantos cambios. El camino de ronda, que se había ensanchado tanto en la época de mi partida, veintiséis meses antes, hasta el punto de que los jóvenes lo utilizaban para organizar carreras de caballos a medianoche, entonces tenía poco más o menos la anchura de un carro, con sus lados atestados de casetas y barracones que se extendían hasta la Muralla Larga, tugurios de los refugiados que habían tenido que huir del campo. En la ciudad veías los callejones repletos de desposeídos. Había desaparecido la cortesía. Ni el simple hecho de ver a alguien como yo, un joven soldado herido, suscitaba una palabra amable ni el ofrecimiento de una mano para subir una acera. En las avenidas que me resultaban familiares no veía más que desconocidos que manoseaban como campesinos los escasos óbolos mojados que no llevaban en monederos.

De nuevo en la ciudad, pude descansar, mimado por mi dulce hermana.

Meri había guardado para mí unas cerezas, las últimas del año, pese al temor de no verme nunca más. Su afecto era para mí un rayo de sol; quería disfrutarlo a todas horas. A ella no le bastaba ver a su hermano. Tenía que tocarme el rostro y el pelo, permanecer sentada horas y horas junto a mí.

—Tengo que estar segura de que realmente eres tú.

Ella y nuestro padre insistieron en que, en cuanto las fuerzas me lo permitieran, acudiera a visitar a nuestra tía Dafne, quien había cuidado de mí de pequeño y actualmente se consumía poco a poco sola y angustiada en su sexagésimo segundo invierno. Meri mandó a un muchacho que se me anticipara y en la tercera hora me dirigí hacia su casa.

Dafne era en realidad mi tía abuela. En su juventud había destacado por su belleza. De soltera dirigió el grupo femenino de las Panateneas mayores y ofreció la sagrada copa de leche a la Serpien te de la Acrópolis.

Por aquel entonces, cinco décadas más tarde, seguía ofreciendo sus

posesiones a la ciudad. Sin que nadie la hubiera coaccionado, cedió las plantas inferiores de su casa a una familia del campo. Ésta, por su parte, había abierto sus puertas a otros que se encontraban en situación desesperada, quienes hicieron lo mismo con otros hasta el punto de que al llegar al patio quedé impresionado por la multitud congregada y el estado de deterioro y pobreza que presentaba todo aquello. Arriba, no obstante, la atmósfera en la que vivía mi tía no había cambiado; comprobé que seguía intacta incluso la habitación en la que había vivido yo de niño. La anciana conservaba también sus encantos y, al ofrecerme asiento en la estancia que en otra época había sido el salón de su cuarto marido, convertida ahora en cocina y despensa, constaté que seguía irradiando la seguridad de la persona que ha disfrutado de las atenciones de los demás y que sigue poseyendo dotes de mando.

¿Había visto yo los tugurios de las calles?

—¡Por todos los dioses, si yo fuera hombre, Polémides, los lacedemonios iban a lamentar su insolencia!

Mi tía se dirigía siempre a mí llamándome por mi nombre completo e indefectiblemente con el mismo tono de reprobación.

—¿Cómo puede ponerse un nombre así? ¡«Hijo de la guerra», hay que ver! ¿En qué estaría pensando tu padre, y su esposa, para acceder a tal capricho?

Se quejó, como siempre, de la prematura muerte de mi madre.

—Tu padre no quiso volver a casarse, aunque estaba abrumado por los tres pequeños y las tareas agrícolas. Por ello te envió a estudiar fuera. Por eso y por el miedo a que yo te tratara con excesivas contemplaciones.

Tomó mis encallecidas manos entre las suyas.

—De niño tenías las manos regordetas como la pechuga de un ganso y unos suaves rizos que recordaban a Ganimedes. ¡Y vaya aspecto que tienes ahora!

Insistió en prepararme la comida. Cogí unos cuencos de los estantes más altos y carbón de una canasta. Notaba sus ojos sobre mí, que no perdían detalle.

—Tienes el cráneo fracturado.

—No es nada.

—¡Por los dioses! ¿Crees que no he aprendido nada durante todos estos años?

Estaba al corriente de todas las campañas en las que había servido y me reprendía por haberme ofrecido voluntario cuando había podido tomar un barco a casa hacía un año y dieciocho meses. Conocía los nombres de cada uno de mis jefes y los había interrogado a todos, si no en persona, a sus ayudantes, y de haberle fallado éstos, a sus madres y hermanas.

—¿Qué locura se ha apoderado de ti, Polémides, para situarte en primera línea sin preparación alguna? ¿No te habrán apedreado? —Se refería a la llamada de reclutamiento de los katalogos para la ceremonia de iniciación de la piedra tribal—. ¿Te presentaste tan sólo para romper el corazón de tu hermana y el mío?

Me habló de Meri, cuyo prometido, un oficial de la infantería de marina, había perdido la vida en Metimna. Mi hermana permaneció virgen, contaba entonces diecisiete años, y disponía de una escasísima dote a causa de las estrecheces del momento. ¡La cantidad de doncellas que iban consumiéndose como ella al haber sido llamados todos los jóvenes a la guerra!

Mi tía insistió en que no pretendía que rehuyera el peligro, antes bien que llevara a cabo el servicio con prudencia.

—Te educaron en Esparta para inculcarte la virtud y el autodominio, no para prepararte como guerrero. ¡Eres un caballero! ¡Por todos los dioses!

¿Acaso no sientes la llamada de la tierra?

Me sentí avergonzado.

—Tu hermano ha demostrado aún menos consideración que tú. En cuanto a tus primos, tan sólo se interesan por los actores, los caballos y por su propio aspecto. ¿Quién va a protegernos, Polémides? ¿Quién conservará las tierras?

—Todo es discutible, ¿verdad, tía? Sobre todo con las compañías espartanas que andan asando la carne con las astillas de nuestras camas y bancos.

—No me vengas ahora con estas impertinencias, muchacho. ¡Aún soy capaz de colocarte sobre mis rodillas y pegarte unos azotes!

Inició una plegaria y colocó el cazo sobre las brasas.

Tenía yo dos primos, nietos de Dafne, Simón y Aristeo, que se habían criado cabalgando; habían destacado en la caballería y conseguido, como me informó mi tía, cierta fama dudosa. ¿Estaba yo al corriente de que por aquel tiempo se dedicaban a montar jolgorio por la ciudad con aquel atajo

de disolutos y pisaverdes que trataban de ganarse el favor del barbilindo de Alcibíades?

—Lo he visto con mis propios ojos —precisó mi tía—. Tus primos cenan con dramaturgos y prostitutas.

—Con los mejores dramaturgos, imagino.

—Sí. Y con consumadas prostitutas.

Ella misma había observado a aquella patulea un día de madrugada cuando se encontraba frente al Paladio desfilando por la ciudad dionisíaca esperando el toque de la trompeta.

—Allí apareció la pandilla, con coronas, retozando como sátiros, ebrios después de toda una noche de orgía. ¡Allí estaban Simón y Aristeo!

¿Sabes dónde está la tahona de la esquina del Banco del General? Cuando los postulantes salieron de allí con las sagradas ofrendas, los beodos entraron en tromba a buscar comida. En efecto, y además nos siguieron en la procesión cantando. Todos ellos, incluyendo a tus primos, burlándose con procacidad de los cielos.

Mi tía se quejaba del libertinaje de aquel grupo de desalmados, pero sobre todo de su cabecilla, de Alcibíades. Según me explicó ella, se había traído del norte a los bastardos que tuvo con aquella mujerzuela extranjera, con Cleonice, dos muchachos, y los instaló a todos en distintos aposentos en su mismo barrio, una avenida por debajo de donde tienen que pasar todos los días sus hijas legítimas e Hiparete, su esposa.

—¿Qué van a decir las muchachas cuando tengan uso de razón? ¿Ésos son los vástagos fornecinos de nuestro padre? ¡Qué atractivos son!

Hice algún comentario para quitar importancia al asunto.

—¿No sois capaces tú y tu generación de encontrar algo de lo que burlaros?

Mi tía me miró, resignada y compungida.

—Tal vez tu padre te puso un nombre más adecuado de lo que yo creí.

A decir verdad, disfrutas con la guerra. Te sientes a gusto con todo lo que conlleva, con el hedor del fuego en el que se prepara la comida, con el paso de tus compañeros junto a ti. Tu abuelo era así. Es algo que admiro en ti; es varonil. Pero es el solaz del joven. Y nadie, ni siquiera tú, puede mantener esta situación para siempre.

Hizo la ofrenda y me sirvió la comida.

—Tenemos que encontrarte esposa.

Me eché a reír.

—Esas prostitutas van a pegarte algo.

Por fin aquel agradable rostro se iluminó con una sonrisa. Estreché a aquella noble dama que había sido siempre mi benefactora, una persona a quien admiraba. Cuando me aparté de ella, ya no observé en su rostro la expresión de regocijo sino más bien la de dolor.

—¿Qué será de nosotros, Pommo?

Le salió el grito desgarrado, acongojado, que incluía, sin haberlo pretendido ella, mi nombre coloquial.

—¿En qué se ha convertido nuestra familia? ¿Qué será de ti? Se deshizo en lágrimas.

—Esta guerra pondrá fin a todo lo que era justo y cortés.

Luego, volviéndose como movida por un impulso celestial, me cogió las dos manos y las estrechó con un extraordinario vigor que contrastaba con su gran delicadeza.

—Tienes que resistir, hijo. Prométemelo por Deméter y Core. ¡Que alguien entre nosotros consiga aguantar!

Se oyó en la calle el rudo grito de algún rufián, aunque ya no se trataba del típico arriero o portador de otros tiempos sino de alguien que vivía ahí, abajo, y había hecho suya la antes noble avenida.

—Júramelo, hijo. ¡Dame tu palabra!

Se la di, de la forma en que uno hace con una anciana excéntrica, sin recordar nunca más aquella promesa.

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