Vientos de guerra
XIV Vn Programa de Conqvista
XIV
VN PROGRAMA DE CONQVISTA
Después de los juegos, mi hermano y yo nos dirigimos a pie a Atenas, y dedicamos los cuatro días a ponernos mutuamente al corriente sobre nuestras vidas. Arreglé mis cuentas y mandé a Eunice con el transbordador, vía Patrás y el istmo; ella viajaría más protegida con Telamón y Sopa. Otros de nuestro gallinero se habían dirigido también a la ciudad. Allí encontrarían trabajo con la nueva flota para Sicilia.
Ya en casa, mi hermano y yo desenterramos los restos de mi padre y hermana, así como los de mi esposa e hijo, que permanecían en aquel lugar tan inapropiado, y los llevamos a la tumba de nuestros antepasados en Acarnas, donde quizás, por fin, podrían descansar en paz. De pie ante la tierra que llevaba tanto tiempo apartada de los hijos e hijas de nuestra familia, sentí un dolor tan intenso que no fui capaz de sostenerme de pie durante el rito y caí de rodillas, embargado por la emoción.
¿Tú qué opinas, Jasón, qué poder destila nuestra tierra natal para poseernos y mantenernos cautivos? Tenemos la impresión de habernos apoderado de ella y en cambio es ella quien se ha apoderado de nosotros.
No nos pertenece, sino que le pertenecemos.
De pequeño, había pasado unas cuantas temporadas en el campo. Mi tía me llevó a la ciudad a los cuatro años; a los diez, partí para la instrucción. En realidad nunca conocí a fondo al padre de mi padre ni a sus primos y hermanos. Fue entonces cuando me familiaricé con ellos, básicamente al tener que afrontar, con León, su fuerte endeudamiento.
Tú has llevado una explotación agrícola, Jasón. Quien no lo ha hecho no conoce el significado de la pobreza. En la guerra, como mínimo uno mantiene la soldada en el puño durante una noche, antes de esparcirla al viento. El agricultor ni siquiera eso. Antes de que la semilla penetre en la tierra, ha tenido que hipotecar su cosecha, de modo que aun cuando ésta sea abundante y pueda llevar al mercado generosas cargas de higos y peras, los beneficios pasan fugazmente al contable, al recaudador de impuestos y a la
propia familia ansiosa. Decir que un hombre es propietario de una explotación agrícola sería ridículo si no fuera tan cruel. Más bien la acarrea, como un buey o un áncora de hierro, siempre a la espalda.
El soldado cree conocer el miedo. Que se lo cuente al agricultor. En vísperas de una batalla, yo mismo me he embriagado y he dormido como un tronco; en aquellos momentos, en cambio, tumbado sobre el jergón no paraba de moverme, insomne como Cerbero. El agricultor saluda el alba siempre con la misma pregunta: ¿qué calamidad se habrá producido esta noche? Nunca había sabido de cuántas maneras puede enfermar un cordero o agriarse un manantial.
. En una granja siempre se estropea algo. Empiezas a repararlo de madrugada y no acabas hasta la medianoche. Ni la misma Troya sufrió jamás estos ataques. Los hongos se infiltran en forma de moho, añublo, roya y putrefacción; hay que luchar contra las úlceras y la parálisis, las fiebres palúdicas, el cólico y el moquillo. Todo lo que trepa o se arrastra es un enemigo. En mis campañas pegaba un manotazo a los insectos y no' me acordaba más de ellos; pero en aquellos días los tenía presentes en mis pesadillas. Termitas, zompopos, avispas y avispones, langostas, ácaros, áfidos y escarabajos del grano, mariposas nocturnas, garrapatas, gorgojos y moscardas; los que roen el corazón de la fruta y los que la desgarran, los que hurgan en ella y los que la devoran. Sólo Dios podría dar fe de los seres que infestan las entrañas del ganado; cancros y orugas, sanguijuelas y tenias; y en cuántos estercoleros ha de hundirse el agricultor hasta el codo.
Uno no puede ni confiar en la tierra, puesto que a cada alborada descubre un muro derribado, una zanja hundida. Cada tarea conlleva un gasto y el propietario nunca tiene dinero. La moneda del agricultor es el sudor, el único bien que posee a raudales. La lluvia es su Némesis, excesiva o escasa, así como el sol, el viento, el fuego y el tiempo. El jornalero lleva sólo a cabo el trabajo que corresponde al jornal y el que enloquece e invierte en uno o dos esclavos no hace más que añadir problemas. Mi hermano y yo, hundidos hasta la pantorrilla en el fiemo de las ovejas, nos planteábamos en silencio esta pregunta: ¿cómo demonios se las arreglaba nuestro padre?,
¿cómo podía un hombre solo estrujar la porquería para sacar provecho de ella cuando nosotros, enyuntados, nos veíamos completamente derrotados?
El agricultor se hace viejo a los cuarenta. Aguanta temporada tras temporada con el apoyo de un solo aliado: su perro.
Incansable, fiel incluso, el compañero del agricultor (el resto de descastados comprende un inútil montón de vagabundos) le sigue los pasos desde el canto del gallo y trabaja con él sin descanso durante todo el día, contento, sin más recompensa que el sonido de la voz del amo y unas rápidas palmadas y algún mimo al final de la jornada. Él es el señor de todas las bestias, el centinela nocturno, el baluarte de la línea, sin el cual la granja no sobreviviría.
Sin duda, el campo representa para el niño la felicidad; para él, cada tarea es un motivo de diversión y cada ser, un compañero de juego. La mujer también se manifiesta tal como es en una granja. Eunice se deleitó allí. La esposa de León, Teonoe, era una dama de ciudad; el campo la aburría. En cambio a sus hijos les sentaba de maravilla, lo que desencadenaba en mi mujer aquel ansia que conoce tan sólo la que no ha tenido hijos. Si deseaba quedarme, tenía que convertir a Eunice de manera oficial en mi mujer; ya no aguantaría más el constante ir y venir.
Durante aquel otoño recibimos noticias de Euriptolemo. Iba a organizarse una armada para invadir Sicilia; a su mando estaría Alcibíades.
Podía enrolarme en ella, así como mi hermano. Se nos ofrecían tres meses de paga y doble salario para los oficiales si aquello se prolongaba.
Eunice no podía quedarse en la estancia donde León y yodiscutimos el asunto.
Poco después apareció Alcibíades para presentar sus planes ante nuestro clan. Llegó hasta la Colina del Tiempo, en Acarnas, la antigua casa de campo con cubierta de tejas de mi abuelo. Allí nos reunimos una treintena de familiares: básicamente los mayores, aunque también nos acompañó algún miembro de sangre joven. Alcibíades se dirigió a los congregados después de la comida. Buscaba dinero para la escuadra. No se trataba de los ingresos del eisphora, el tributo de guerra, que por aquel entonces se había exigido ya a todos los ciudadanos, sino de un avance sin garantías de devolución y voluntario. En concreto iba en busca de patrocinadores particulares, personas dispuestas a hacerse cargo en su nombre o como sociedad de unas naves de guerra. Contaba con que construirían las naves desde la quilla, correrían con todos los gastos de construcción y prueba y harían donación de ellas a la flota, junto con los fondos para un año de salario de oficiales y tripulación. Era para Sicilia, para la gran invasión.
Cabe citar aquí una destacada característica del estilo politico de Alcibíades: su temeridad en la presentación de una causa, despojándola de todo protocolo. Si bien había sido elegido en cuatro ocasiones para el Consejo de los Generales, aquella noche su prestigio no venía respaldado por una autoridad estatal ni la generaba ninguna instancia oficial. Se presentaba ante nosotros por su cuenta.
Por lo que se refiere al cometido en Sicilia, daba la casualidad, como tú sabes, que a la sazón Atenas poseía un tratado de mutua defensa con la ciudad de Segesta; poco antes, los representantes de dicha ciudad habían hecho un llamamiento a la Asamblea, en busca de apoyo en una contienda con sus vecinos, los selinuntinos, quienes, con la ayuda de las fuerzas de Siracusa, les tenían asediados. Alcibíades y otros partidarios de la guerra habían aprovechado aquello como pretexto; de la noche a la mañana el pueblo ratificó la medida. Se asignaron fondos para una expedición; se nombraron tres generales: Alcibíades, Nicias y Lámacos. No obstante, ciertos adversarios, entre los cuales estaba el propio Nicias, se habían confabulado para poner un límite al desembolso con la esperanza de socavar la operación antes de su inicio. Alcibíades llevó su propuesta al pueblo, mejor dicho, a los adinerados, a las mejores familias y asociaciones políticas privadas. La noche que se presentó ante la nuestra ya había organizado como mínimo "tres encuentros de este tipo y programado otros cuatro para las cuatro noches siguientes. En total, se calculaba que había influido en más de doscientos clanes y hermandades; aquello le llevó todo el otoño y parte del invierno. Se solía bromear sobre estas campañas nocturnas diciendo que cuando menos le mantenían alejado de los burdeles.
Sin embargo, era un asunto grave y Alcibíades lo abordaba con la mayor seriedad. Antes de acudir a la velada con los hombres de nuestra familia, se había preocupado de ver en privado a los principales miembros, ya fuera en el campo o en la ciudad, donde pudiera establecer con el hombre un contacto a solas y sin ceremonial. Era una táctica para ablandarlos. Además, cada posible benefactor había recibido en casa un programa, y él mismo llevaba otros, actualizados, a las reuniones, donde los distribuía. Cabe destacar que dos de mis tíos, cuyos recursos eran demasiado exiguos para afrontar una contribución tan monumental, no recibieron los programas sobre la escuadra sino unas instrucciones más modestas en las que se solicitaban donaciones para la caballería. Recuerdo la sorpresa, por no decir indignación, de mi abuelo al constatar la
información recabada por Alcibíades sobre las mejores propiedades de nuestra familia, ¿Hasta qué punto estaría al corriente de la situación de los principales eupátridas de la ciudad, los auténticos ricos de toda la vida?
El atardecer se presentó claro y glacial. Se dispusieron unos braseros en la terraza meridional de la casa de mi abuelo, protegidos por unas mamparas de lana, que dejaban abierto tan sólo el costado que daba a Decelea. Alcibíades llegó pronto, acompañado por Menesteo y Pitíades y también por el arquitecto naval Aristofonte, dispuesto a responder a las cuestiones técnicas. Todos estábamos al corriente de que los dos compañeros de Alcibíades habían recibido premios al valor por parte de la flota, Menesteo, como capitán de nave en Mitilene, Pitíades, como comandante de escuadra en Cos, y que ambos tenían ya una edad, cierta inclinación oligárquica, por lo que sin duda les había reclutado a fin de contrarrestar su juventud y notoriedad como paladín del pueblo. Una vez concluida la cena y el himno, recogida ya la mesa, Alcibíades saludó a sus anfitriones y les agradeció la asistencia y hospitalidad.
—Permitidme acometer el tema que nos ocupa y, al igual que los espartanos, seguir el dicho de lo bueno si breve dos veces bueno. Si bien, como todos sabéis, se me ha elegido para el Consejo de los Generales y se me ha brindado la oportunidad de compartir el mando de la escuadra expedicionaria, he acudido esta noche ante vosotros sólo en calidad de ciudadano. Por tanto, me dirijo a vosotros, amigos míos, exclusivamente en mi nombre. Alguien puede recriminármelo, tachando la actitud de vanidosa o impertinente. Eso es lo que opinarían nuestros enemigos, los espartanos, quienes actúan, cuando deciden hacerlo, siguiendo únicamente las pautas establecidas y por las vías que corresponde. Por ello nuestro sistema de gobierno es superior al suyo y por lo mismo jamás nos han aventajado ni nos aventajarán. Puesto que nuestro sistema dispone que cualquier ciudadano puede plantear la cuestión que sea a otro o a un grupo, buscando por medio del razonamiento y la persuasión un consenso para su causa. Esto es la democracia en el mejor de sus sentidos. No se trata de dirigirse con el engreimiento de los demás a la multitud, sino de hacer una fría y comedida llamada al sensato y al prudente, en interés de todos.
»Soy consciente, conciudadanos, de que algunos os mostráis escépticos respecto a mí y no me tenéis en gran estima. Permitidme que encare directamente esta cuestión para poder convenceros de que mis cualidades personales que podrían inquietaros desempeñarían en las
presentes circunstancias no el papel de rémoras sino el de bazas en beneficio de nuestra causa como individuos y de nuestra ciudad en general.
»Otros reprobarán mi ambición, la cual no oculto. Tal vez os parezca ultrajante; algunos temen sus consecuencias. Tendré también en cuenta a los que se han escandalizado a causa de mi comportamiento personal. Si se me permite decirlo, ¡yo mismo me he escandalizado! Pero esto no puede achacarse más que a la juventud, caballeros, y a un exceso de ardor. Cuando alguien adquiere un potro para las carreras, no busca en él la docilidad sino el brío. Va por un caballo que corra. Que sean los adiestradores quienes lo amaestren. Y eso es lo que os pido esta noche a vosotros, caballeros.
Tendedme la mano. Ajustad mi ímpetu a vuestra moderación. A partir de este equilibrio se forjan los grandes equipos y se ganan las carreras importantes.
»Sicilia es una carrera importante. Tiene un vasto territorio, más fértil que todo el Peloponeso y una extensión cultivable mayor que toda Grecia.
En Sicilia crece la cebada, el trigo, el centeno y la avena. Allí se hace pujante el olivo y todo tipo de frutales. Sicilia posee agua, madera y caballos. Quien cuenta con Sicilia no necesita el grano del mar Negro.
Dispone además de una gran variedad de minerales: oro, plata, hierro, cobre y estaño. Sus ciudades, en número de cincuenta, pueden equipararse a las poleis griegas en cuanto a recursos y tesoros.
»Y lo más tentador es que Sicilia se encuentra en el umbral de Italia.
No hace falta que entre en detalles sobre la riqueza de estas tierras inexplotadas. No creo que nadie me lo discuta, caballeros. Perfecto. Sin embargo, ahora se plantea una clara cuestión que nadie expresa: ¿qué voy a sacar yo de ello?
»Todos vosotros tenéis hijos, algunos de los cuales tienen a su vez los suyos. Cada heredero debilita vuestro patrimonio, porque deben dividirse las propiedades. ¿Qué vamos a dejar a nuestros sucesores? ¿Dónde encontrarán la parte que les corresponde? Vosotros, amigos míos, pertenecéis a la clase ecuestre, de la pentakosiomedimnos; sois terratenientes y caballeros. Permitidme que os formule una pregunta. ¿Qué es más fácil: construir una gran propiedad con barro y piedras o conquistar una entera, una propiedad que posea ya sus campos desbrozados y sembrados, con agua, cercas, pastos e incluso campesinos que conocen el arte de cultivar la tierra? Cuando nos apoderemos de Sicilia, ¿a los hijos de quién corresponderá la mejor parte del lote? ¿A quién pueden entregarse si
no a los que han sufragado las armas con las que se ha hecho posible la conquista?
»Estaréis pensando: la guerra no es una empresa loable, Alcibíades.
Acarrea un sinfín de perjuicios; puede que su resultado sea la calamidad. Os plantearéis asimismo: Sicilia es fuerte, sus cincuenta ciudades no van a limitarse a darse la vuelta y rendirse. Os respondería que ojalá tuviera más ciudades, puesto que cuanto mayor es la división con más facilidad se someten. Pensemos que esas ciudades son islas. Lo que son en realidad. Va cada una por su cuenta, movida por su propio interés, envidiosa de todas las demás. Nos apoderaremos de estas ciudades como lo hicimos con las islas de nuestro imperio: aliándonos con la más fuerte contra la más débil, conquistando lo principal y pasando luego a la parte que opone resistencia.
Dejaremos una o dos independientes, para poder señalarlas ante ellos como prueba de que no hemos coaccionado a nadie para que forme parte de nuestra alianza.
»Muchos de vosotros habéis tenido un cargo en la flota. Comprendéis lo que significa el poder naval. Cuestionáis la viabilidad de un proyecto con tantas ligas, tan alejado de cualquier puerto amigo, del reabastecimiento. Os responderé, amigos míos, que aun cuando la escuadra fuera innecesaria, buscaría un pretexto para que pudiera hacerse a la mar, de todas formas.
Permitidme que os cuente por qué. Ante una recompensa de la envergadura de Sicilia no basta la fuerza bruta, hace falta diplomacia y audacia, y por encima de todo la súbita y espectacular presentación de una fuerza abrumadora. Y para ello nada mejor que una escuadra. Escuchadme con atención, caballeros.
»Las fuerzas terrestres, por numerosas que sean, presentan a la vista un espectáculo de confusión y falta de delimitación. Cuando avanzan por el campo de batalla su número queda a menudo desdibujado entre los sembrados o bien oculto tras los desfiladeros y montañas. Mil soldados de infantería ocupan un espacio poco mayor que esta propiedad. Un ejército, aunque reúna cincuenta mil soldados, suele quedar eclipsado por el paisaje u oculto entre el polvo que levanta su propia marcha; a pesar del número, produce una impresión lastimosa y muy poco intimidatoria.
»¡Ah, pero una escuadra! Su exhibición abarca sin fisuras el horizonte del piélago, con el brillo de las velas extendidas y de —los bancos de remos. Un ejército en el campo de batalla tiene el aspecto de una multitud, la armada, el de la cólera de los dioses. Y no lo olvidéis: el enemigo jamás
verá eclipsada nuestra flota por la inmensidad del océano. Nos contemplará siempre entre los confines de su propio puerto, el cual habremos llenado de un extremo a otro con naves de guerra y hombres para amilanarles y acorralarles.
»Pero el despliegue de la fuerza naval tiene otro aspecto revelador. Su temeridad. La escuadra lleva consigo la audacia de su empresa. El enemigo que se encuentra en casa queda impresionado por su súbita aparición. Al ver la fuerza naval avanzando hacia él, procedente de las capas celestiales, queda sobrecogido por el terror, como le ocurrió a Príamo cuando vio las negras naves de Aquiles ante Troya.
»La flota reduce al mínimo el riesgo y las víctimas. Por medio de su espectáculo, amedrentaremos una ciudad tras otra y las introduciremos paulatinamente en nuestro saco. Region, Mesana, Camarina, Catane, Naxos y la originaria Sícelo, todas se unieron a nuestra causa en el pasado; actuaron correctamente y volverán a hacerlo. Nuestro avance adquiere un impulso propio, y el enemigo es incapaz de no verlo como el destino. Se da cuenta de que no puede imponerse y por voluntad propia se enrola bajo nuestra bandera. Sí, sí, me diréis, todo esto en teoría parece admirable, Alcibíades. ¿Pero quién lo hará realidad?
»He de dejar ahora a un lado la delicadeza para hablar con claridad, sin ambages. Sé que algunos sienten celos de mí, de mi celebridad. Es algo que yo comprendo, amigos míos. Os pido, sin embargo, que penséis que ahora mismo pongo dicha fama a vuestra disposición para unirla a vuestros objetivos. Lo que consiga yo con mis esfuerzos particulares redunda tanto en beneficio de Atenas como en el mío propio. Recordad lo que ocurrió en Olimpia; los principales dirigentes de Sicilia se encontraban en el estadio cuando mis caballos consiguieron la triple victoria. Erigieron pabellones en honor de ésta y gritaron junto a mí, en busca de mi amistad. ¿Acaso no se mostrarán bien dispuestos cuando yo mismo, junto a los jefes que me acompañen, con el apoyo de esta formidable armada, me dirija a ellos como estoy haciendo con vosotros esta noche, sin arrogancia, sin amenazar con destruir sus hogares y esclavizar a sus familias, al contrario, buscando su alianza, ofreciéndoles que se unan a nosotros? Aunque pueda parecer inmodesto, voy a preguntaros: ¿qué otra persona en Atenas podría inspirar la misma atención?
»Y con otros dos puntos voy a concluir, caballeros.
»En primer lugar, a quienes protestan diciendo que nuestra nación vive ahora en paz, que tenemos un tratado con los espartanos y que esta empresa siciliana, si bien técnicamente no representa un quebrantamiento, a la larga ha de sumirnos en una guerra a gran escala, les responderé con otra pregunta: ¿qué tipo de paz vivimos en la actualidad si las ciudades de Grecia en realidad están luchando ahora en más frentes que antes? ¿Qué paz es ésta cuando la tercera parte de nuestros jóvenes opta por servir como mercenarios de estos estados? Volverá la guerra, qué duda cabe. Lo que debemos decidir nosotros es cuándo. ¿Se reanudará en el momento en que nuestros enemigos se encuentren mejor dispuestos, cuando sus fuerzas estén mejor preparadas? ¿O bien seremos nosotros quienes elijamos, cuando nuestra causa tenga más posibilidades de imponerse?
»Pasemos ahora al meollo del problema. Para otros, caballeros, yo podría limitar mi llamada siguiendo unas consideraciones de ganancia y riesgo, que no son intrascendentes. Para vosotros, no obstante, para los que consideráis la cuestión con los ojos de la sabiduría, he de hablar de designios más profundos.
»Nuestra nación es grande. Pero la grandeza engendra obligaciones.
Debe demostrar su valía si no quiere derrumbarse. Todos habéis constatado lo que esta guerra, llevada a cabo de forma poco sistemática, sin vigor, así como la denominada paz, han conseguido generar en el espíritu de nuestros jóvenes. Quienes están a punto de llegar a la madurez reclaman acción, mientras que los veteranos se ven sumidos en la decepción y el resentimiento. Se están echando a perder… Digámoslo por su nombre.
Sicilia es el antídoto. Una llamada al esplendor que rescate a nuestra juventud del agotamiento y la desesperación. Pericles cometió un error al situarnos a la defensiva. No es propio de Atenas. No es propio de nuestro estilo. Estamos muriendo día a día, constreñidos por esta innoble paz, en declive, no por falta de recursos sino por carencia de gloria.
»Atenas es una espada que se oxida en su funda. Nosotros, los atenienses, no podemos, cruzarnos de brazos. La inactividad es fatídica para todos. Y lo que más aborrezco de esta paz son las consecuencias sobre el alma de nuestra nación. Acabará con nosotros, amigos míos, como una derrota en la guerra. Atenas no es una mula de tiro sino.un espléndido caballo de carreras; no debemos engancharla a un arado, antes bien a un carro… a un carro de guerra.
»Finalmente, caballeros, hablaré para aquellos que desconfían de mí y temen mi ambición. Cuando esta escuadra se sitúe ante Siracusa, no me veréis amilanarme frente al enemigo. Mi ariete será el primero en buscar al adversario y en arremeter contra él. Puede que acaben conmigo. Pero entonces vosotros os habréis librado de mí. Mi orgullo ya no os irritará.
Pero tened presente que…
»La escuadra permanecerá.
»Mucho después de que mis huesos se hayan convertido en polvo en la tierra dispondréis de ella. Atenas dispondrá de ella. Será vuestra y la utilizaréis a vuestro antojo.
»Reflexionad sobre esta propuesta, amigos míos. El botín de nuestra empresa lo compartirán todos, incluso los que habrán permanecido a salvo lejos del combate. Pero el honor y la gloria se reservarán para los primeros que se hayan alistado. Uníos a mí, hermanos y compatriotas. Zarpemos desde nuestros puertos con esta imponente armada y que el mundo se maraville ante ella.
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