Vientos de guerra
LII Vna Magistratvra Clemente
LII
VNA MAGISTRATVRA CLEMENTE
Pasé el último día de Sócrates en su celda [siguió diciendo mi abue lo], con los demás. Estaba agotado y me quedé dormido. Tuve el siguiente sueño:
Cansado pero deseoso de escuchar al maestro con la claridad mental que merecía, me puse a dar vueltas por la cárcel en busca de un rincón en el que echar una cabezada. Mi búsqueda me llevó a la carpintería. Allí, colocado horizontalmente, estaba el tympanon en el que Polémides encontraría la muerte ese mismo día.
—Entra, señor —me dio el carpintero haciéndome una seña—.
Duerme un poco.
Me tumbé y concilié el sueño de inmediato. Sin embargo, me desperté sobresaltado para descubrir que los funcionarios me estaban sujetando al instrumento. Las argollas de hierro me inmovilizaban las muñecas y los tobillos, y la cadena me aprisionaba la garganta.
—¡Os habéis equivocado de hombre! —intenté gritar, pero el hierro ahogó mi voz—. ¡Os habéis equivocado de hombre!
Me desperté de golpe y me vi en la celda de Sócrates. Había dado un grito y le había asustado. Ya había ingerido la cicuta, me dieron, y, mientras esperaba a que le hiciera efecto rodeado por sus amigos, se había echado en el catre y se había tapado el rostro con un paño. Pedí perdón a todos. Ni que decir tiene que lo último que necesitaba el maestro era agitación. Apesadumbrado, les pedí que me excusaran y me apresuré a salir de la celda.
El día tocaba a su fin. Al salir al Patio de Hierro, vi a una mujer y un muchacho que se dirigían hacia la salida. Eunice. Era extraño, pues Polémides se había negado a verla repetidas veces. ¿Habría ocurrido algo?
El chico volvió enseguida. Nicolaos, el hijo de Polémides. No tenía intención de marcharse; tan sólo había acompañado a su madre hasta la
calle. Vino a mi encuentro y, estrechándome la mano, me dio las gracias por todo lo que había hecho por su padre. En el muchacho se había operado un cambio extraordinario. Aunque tan escuálido y desgarbado como siempre, parecía haber accedido a la virilidad súbitamente. Me hablaba como a un igual, hasta el punto de hacerme sentir apuro e impulsarme, en un intento de aliviar lo que tomé por angustia, a decirle lo siguiente: que, aunque su madre había sido la causa de aquella desgracia, no había pretendido otra cosa que protegerle y evitar que huyera para participar en la guerra.
El chico me lanzó una mirada extraña.
—Las cosas no ocurrieron así, señor. ¿No te lo ha contado mi padre?
Su madre, insistió, no había sido la causa de nada. No era la instigadora de la acusación, sino su títere. Colofón, que había denunciado a su padre sin importarle cometer perjurio había actuado, aseguró el muchacho, como instrumento de quienes contrataron a Polémides durante el régimen de los Treinta para asesinar a Alcibíades.
—Esos miserables, al saber que mi padre había vuelto a la ciudad, temieron que revelara sus crímenes. Chantajearon a mi madre aprovechando su vulnerabilidad como no ciudadana y la obligaron a contarles los pormenores del homicidio accidental de Samos, lo que ha permitido a esos canallas obtener la sentencia de muerte de mi padre.
Polémides había entregado su confesión, me explicó el muchacho, a cambio de un acta de ciudadanía para Eunice y sus hijos, que sus acusadores le habían propuesto en secreto garantizándole que estaban en condiciones de conseguirla. Había preferido no revelármelo por miedo a que yo, indignado porque le costara la vida, decidiera contarlo todo.
Junto a las escaleras que llevan a la calle hay un banco. De pronto, el cansancio pudo más que yo. Tuve que sentarme. El muchacho me imitó. Se hizo de noche. Encendieron antorchas y las colocaron en los tederos.
Recobré la noción del tiempo al cabo de un rato, sobresaltado por un alboroto procedente del pórtico, al otro lado del patio. El vigilante discutía acaloradamente con Simmias de Tebas, uno de los amigos más queridos de Sócrates. Al parecer, el funcionario acababa de hacerle salir de la celda.
¿Habría muerto el maestro? Sin perder un instante, crucé el patio seguido por el muchacho. El portero se había sumado a la discusión, que, para mi sorpresa, giraba en torno a unos caballos.
—Puede que los hayas alquilado tú, señor —le decían el guardián y el portero a Simmias—, pero son nuestros cuellos los que peligran si los ven.
Consternado, Simmias me llevó aparte.
—Por los dioses que la he hecho buena, Jasón.
Unos días antes, me explicó, confiando en obtener permiso de Sócrates para planear su huida, había encargado a ciertos sujetos que alquilaran monturas y compraran el silencio de carceleros e informadores.
Lo tenía todo preparado antes de que Sócrates se negara tajantemente a huir.
—¿Puedes creerlo, Jasón? Con todo lo demás, me había olvidado del asunto por completo…
—No lo entiendo, Simmias.
—¡Los caballos y la escolta están aquí! ¿Qué hacemos?
Simmias era un manojo de nervios. Al parecer, el portero le había hecho salir de la celda de Sócrates hacía apenas unos instantes, alarmado a más no poder y exigiéndole que solucionara el problema inmediatamente.
Simmias no sabía qué partido tomar. Estaba claro que no deseaba otra cosa que volver de inmediato al lado del maestro y no fallarle en su última hora.
—Déjalo de mi cuenta, Simmias.
—¡Que el cielo se apiade de nosotros, Jasón! ¿Crees que conseguirás solucionarlo, amigo mío?
Hay fronteras, me había dicho nuestro cliente en cierta ocasión, que uno cruza sin darse cuenta. Aquélla no era una de ésas. Con Polémides y con nuestro maestro, el demos no había tenido clemencia. Ahora, la mano de la fortuna había elegido a un nuevo magistrado, y ese árbitro era yo.
¿Quién, si no yo, indultaría al transgresor? ¿Quién más le absolvería, cuando él mismo había arrojado la piedra negra? Puede que, mediante aquella subrogación, los dioses hubieran dispuesto la ocasión de perdonar a todos, incluido yo.
Me volví hacia el muchacho.
—Tu padre asegura que ha hecho las paces con su ejecución…
—Sí, señor.
—¿Crees que podrás hacerle cambiar de opinión?
El muchacho me cogió ambas manos con las suyas.
—Pero ¿y tú, señor?
Temía que algún informador, al enterarse de mi participación, pusiera mi vida en peligro.
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