Vientos de guerra
XXXI la Intrepidez de los Dioses
XXXI
LA INTREPIDEZ DE LOS DIOSES
Yo estaba en Atenas [me dijo mi abuelo] cuando Alcibíades tomó Calcedonia, Selimbria y Bizancio, como dijo que debía hacer y que haría.
A la primera la rodeó con un muro de mar a mar y, cuando el persa Farnabazo atacó con sus infantes y su caballería, al tiempo que Hipócrates, el jefe espartano de la guarnición, se lanzaba contra los nuestros desde la ciudad, dividió sus fuerzas, los venció a ambos y mató a Hipócrates. En Selimbria, había escalado la muralla con una avanzada, sabiendo que nuestros partidarios del interior traicionarían la plaza, cuando, al fallarle los nervios a uno de ellos, los demás tuvieron que dar la señal prematuramente. Alcibíades se encontró aislado, apoyado por tan sólo un puñado de hombres y acosado por un enjambre de defensores.
Ordenó tocar la trompeta y, pidiendo silencio, conminó a los habitantes a entregar las armas a cambio de clemencia, con tal tono de autoridad que les hizo creer que ya había tomado la ciudad (lo que era casi cierto, pues los tracios, que se contaban por miles, clamaban que saquearían la plaza entera), y consintieron en rendirse con tal de que los librara de aquellos salvajes. Alcibíades cumplió su promesa; no permitió que maltrataran a nadie y se limitó a exigir que la ciudad restableciera la alianza con Atenas y mantuviera abierto el estrecho en su nombre.
Para tomar Bizancio, utilizó la siguiente estratagema. Tras poner cerco a la ciudad y bloquear también la salida por mar, hizo correr el rumor de que un asunto urgente le obligaba a ausentarse y, embarcando con gran aparato bajo las murallas de la ciudad, se hizo a la mar, para regresar en plena noche y sorprender a la guardia, escasa y confiada.
Ya había conseguido todo lo que había prometido, asegurar el Helesponto y vencer a todas las fuerzas que se le oponían. Como había predicho Trasíbulo, se había cubierto de toda la gloria que necesitaba para regresar a casa.
Como te decía, yo estaba en Atenas, recuperándome de las heridas de Abidos. Los cirujanos me cortaron carne de la pierna en dos ocasiones, y en ambas la supuración atacó a mis tejidos faltos de ejercicio. Mi mujer casi se volvió loca de la impresión. A mí no me resultó tan duro. Era un héroe. Quienes habían promovido el destierro de Alcibíades y quienes lo habían permitido con su aquiescencia buscaban mi trato y el de cualquier otro oficial que hubiera compartido las victorias de nuestro caudillo, así como el de todos aquellos a quienes Alcibíades, Trasíbulo y Terámenes seguían enviando a casa como otros tantos ramos de flores. Pronto también ellos, nuestros jefes, volverían a casa. Atenas suspiraba por ellos como una novia por su amado.
Como supe luego, Polémides también pasó una breve temporada en Atenas, que conviene relatar, pues pudo haber influido, sí no en el curso de la guerra, sí en la dirección que habría tomado si los acontecimientos hubieran sido distintos.
Polémides reanudó su relato el veintiocho de hecatombaión, el Día de Atenas, casualmente el mismo día que su hijo —llamado Nicolaos, como su abuelo— se presentó ante mi puerta pidiéndome que le permitiera acompañarme a la cárcel. Pero ese episodio tendrá que esperar un momento. Volvamos al Helesponto… y a la narración de Polémides: La noticia de la misión de paz de Endio —siguió contando Polémides
— había llegado a los estrechos dos días antes de que los barcos de Alcibíades regresaran de su visita a las tumbas. Muchos, creyendo que la guerra había acabado, estaban de celebración. Yo empezaba a ponerme a tono cuando me convocaron para ordenarme, en nombre de Mantiteo y Alcibíades, que recogiera mi equipo sin informar a nadie y me presentara en el puesto de mando a última hora, cuando se hubieran ido los secretarios.
Recuerdo aquella noche también por otro motivo, un encuentro con Damón, el mayor de los dos Ojos de gato. En este punto, debo explicar que me había retirado del servicio personal de Alcibíades. Había pedido que me sustituyeran porque estaba cansado de espantarle las moscas. Ahora servía a las órdenes de Pericles el Joven en el Calíope.
La cosa funcionaba así. Muchos competían por proporcionar carne femenina a sus jefes. Ciertos oficiales se habían convertido en proveedores profesionales e importaban género de tierras tan lejanas como Egipto.
Cualquier belleza con la que tropezaban en campaña iba al saco y acababa
ante la puerta de su superior. A veces, Alcibíades necesitaba dos o tres la misma noche, sólo para coger el sueño. Eso era asunto suyo. Pero yo estaba harto de montar guardia ante su puerta impidiendo el paso a amantes desdeñadas y aspirantes a suicida. Cuando presenté, la dimisión, se echó a reír.
—Me asombra que hayas durado tanto, Pommo. Debes de quererme más de lo que pensaba.
Esa noche, cuando me dirigía al puesto de mando, me encontré con el Ojo de gato Damón. Lo acompañaba una chica, su novia, dijo. Quería presentársela a Alcibíades. ¿Me importaba que entraran antes? Vi lo bastante del rostro de la muchacha para convencerme de que era una belleza, aunque no más atractiva que cualquiera de las docenas que habían dejado un surco en el patio hasta la fecha. Les dejé pasar. Esperé. Llegó mi turno.
Alcibíades estaba solo; no había ni jóvenes oficiales ni soldados.
—Esta mañana ha salido una embajada para Endio en el Paralos —
dijo Alcibíades—, llevando la respuesta oficial de los generales a la oferta de paz de los espartanos. Tú llevarás la oficiosa. Y sólo mía.
No llevaría ningún documento, me explicó, ni me registraría en ninguna frontera, ni transmitiría su propuesta a nadie salvo al propio Endio.
Si me interrogaban sobre mi misión, podía contar lo que quisiera con tal de que fuera falso. A continuación, me preguntó si quería saber por qué me enviaba precisamente a mí.
—Porque Endio te creerá. No tendrás que hacer nada, Pommo, sólo ser tú mismo. Un soldado con una misión de soldado.
Se trataba de lo siguiente: si Alcibíades podía convencer a Atenas,
¿podría Endio convencer a Esparta para acabar la guerra y luchar como aliadas en la conquista de Persia?
Se echó a reír.
—¡Ni siquiera has pestañeado, Pommo!
—Hace tiempo que te conozco.
—Bien. Entonces, escúchame con atención. Después de Cízico, cuando acabamos con Míndaro, imaginaba que los espartanos enviarían a sustituirlo a Endio o a Lisandro, que son sus mejores generales con diferencia. Que hayan convertido a Endio en enviado de paz significa que su partido ha caído. Lisandro lo abandonará, si no lo ha hecho ya.
»No pierdas tiempo tratando de convencer a Endio de la conveniencia de lo que propongo; hace años que piensa como yo. No obstante, reaccionará con suspicacia. Creerá que quiero dirigir la coalición. Dile que le cedo el mando, a él o a cualquiera que nombre en su lugar, y, si se echa a reír, que se echará, y dice que ya estoy intrigando para desplazar al pobre hijo de puta que se atreva a cruzarse en mi camino, ríete tú también y dile que tiene razón, pero que, estando las cosas así de claras, el tal hijo de puta habrá tenido tiempo para prepararse.
»Dile que los éforos se han pasado de listos eligiéndole como enviado; ahora no puedo volver a casa hasta que no haya barrido del mar a los enemigos de mi patria. Él lo sabe. El problema es que entonces será demasiado tarde. Si puede convencer a su país, tiene que ser enseguida, o el demos de Atenas, enardecido por las victorias que le proporcionaré, pondrá tales condiciones que Esparta no podrá aceptarlas nunca.
»Si Endio te pregunta sobre Persia y su vulnerabilidad, cuéntale lo que has visto con tus propios ojos. No hay flota persa que pueda plantar cara a la armada ateniense, ni fuerza terrestre al ejército espartano. Darío está en las últimas. Las luchas por la sucesión harán pedazos el imperio.
»Una vez que te haya oído, Endio dará por sentado que, además de enviarte a ti, habré mandado embajadores a la corte persa para volver a proponerles una alianza, sabiendo como sé que también los espartanos han enviado mensajeros al Gran Rey. Limítate a decirle que tengo que jugar mis cartas, como él las suyas, pero que la Necesidad será la que diga la última palabra; antes o después, alguien tendrá que confiar en alguien. Con la ayuda de los dioses, seremos él y yo.
»Averigua todo lo que puedas sobre los partidos de Lacedemonia, pero sin presionarlo. El sabrá si se puede hacer algo. No obstante, pregúntale si cree factible atraer a nuestra causa a Lisandro, o incluso a Agis. Cualquiera de ellos, o ambos, sería bienvenido. Por supuesto, Endio comprenderá que la alianza de nuestras dos ciudades acabará en una nueva guerra una vez que hayamos vencido a los persas. Dile que preferiría esa guerra futura a ésta de ahora, que sólo puede destruirnos a todos y hacer que nuestros enemigos triunfen sin mover un dedo.
¿Y si Endio me pedía que volviera con él a Lacedemonia para repetir el ofrecimiento a otros dirigentes de su partido?
—Hazlo. Necesito todo el apoyo que puedas conseguir. Pero sé discreto. Si te ven en cualquier ciudad, nuestros enemigos sabrán que vas de
mi parte y a quién te he enviado. La audacia de la maniobra es lo que le da alguna posibilidad de éxito. Pero, si se descubre prematuramente, estará condenada al fracaso.
Me dio dinero y contraseñas y me asignó el barco que me llevaría hasta Paros, desde donde tendría que seguir por mi cuenta.
—¿Esto va en serio, Alcibíades? —le pregunté antes de salir—. ¿O
voy a jugarme el cuello por una intriga de las tuyas?
Como siempre que reía, su rostro recuperó el color de la juventud.
—Cuando volvamos a casa, Pommo, lo que ocurrirá a su debido tiempo, Atenas se me ofrecerá en bandeja. Entonces correremos más peligro que nunca, pues se crearán tales expectativas que decepcionarlas sería una calamidad mayor que la de Siracusa. ¿Sabes por qué llamo «el Monstruo» a los hombres y la flota? Porque hay que alimentarlos, hoy, mañana y pasado mañana; si no los alimentamos, nos devorarán a ti y a mí, y luego se devorarán ellos mismos —dijo con toda calma, como el jugador que, habiendo apostado su dinero y su casa, no duda en añadir al envite su propia vida. Intuí entonces, y creo ahora, que su audacia no era la de los hombres, sino la de los dioses—. Derrotar al enemigo es un juego de niños comparado con alimentar a ese monstruo, que a su vez no es nada al lado del demos de Atenas, el Supremo Monstruo, que estará más hambriento que nunca cuando volvamos llevándole la gloria. ¿Lo entiendes, amigo mío?
Debemos colocar ante ese monstruo una empresa a la altura de su apetito.
—Se echó a reír, feliz como un niño—. En eso consiste el destino. En conseguir, como esta noche, la conjunción de Necesidad y libre albedrío. —
Oí ruido en la alcoba y, al volverme, atisbé una forma femenina que avanzaba y retrocedía en la sombra—. Ahora vete, viejo amigo,
… que no te sorprenda el alba
lejos del undoso piélago.
Al pasar ante la Taberna del Congrio, vi al joven Damón, solo, borracho y emborrachándose aún más. Le pregunté dónde estaba la chica.
—Soy un imbécil —masculló—. Y tengo lo que se merece un imbécil.
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