Vientos de guerra

Steven Pressfield · Capítulo 4 de 54

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Vientos de guerra

III en la Celda de Polémides

III

EN LA CELDA DE POLÉMIDES

Me preguntas, Jasón [intervino el prisionero Polémides], cuál es el aspecto más desagradable del arte del asesino. Consciente de que eres el parangón de la probidad, sé que esperas sin duda una respuesta que implique responsabilidad por el derramamiento de sangre o corrupción ritual, tal vez cierto rechazo al propio crimen. Ni lo uno ni lo otro. La parte más dura es la de entregar la cabeza.

Tienes que hacerlo para conseguir la paga.

Telamón de Arcadia, mi mentor en las lides del homicidio, me enseñó a introducirla en aceite de oliva y entregarla dentro de un recipiente.

Durante la primera época de la guerra no se exigía esta prueba. Bastaba con un anillo o un amuleto, cuando menos de esto me informó más tarde mi tutor, puesto que por aquella época no había sido yo contratado para el «arte silencioso», sino que servía como soldado raso, al igual que los demás. Las exigencias al asesino se recrudecieron a medida que fue avanzando la guerra. Las víctimas que tuvieron la oportunidad de hacerlo suplicaron, algunas de forma bastante elocuente, por su vida. Yo consideré deshonroso, por no decir un mal negocio, ceder ante tales halagos. Yo cumplía con mis compromisos.

Veo que sonríes, Jasón. Debes tener en cuenta que no siempre fui un villano. Entre mis antepasados figura el héroe Fileo, hijo de Ayax, antepasado de Milcíades y de Cimón, aquel a quien se concedieron los derechos de la ciudad al igual que a su hermano Eurísaces, de quien Alcibíades afirmaba ser descendiente. Mi padre era caballero de Meleagro y criaba caballos de carreras, entre los que tenía algunos de excepcional linaje, destacando la yegua Briareia, la que participó en el equipo de carreras de Alcibíades que ganó la corona en Olimpia, en el año de su espléndido triple, cuando el propio Eurípides entonó la oda por la victoria.

Éramos personas de bien. Personas de rango.

Una vez dicho esto, no voy a fingir inocencia en cuanto al asesinato de Alcibíades ni en cualquier otra acusación. Pero estos sinvergüenzas no me persiguen por ello, ¿verdad? Les sigue satisfaciendo demasiado verme muerto. No hay nada que deteste tanto el hombre como —el espejo que se sostiene ante él, cuyo reflejo muestra su fracaso en demostrarse a sí mismo su valor. Lo mismo ocurre con el delito de tu maestro, de Sócrates el filósofo. Tendrá que tragar la cicuta por ello. Me temo que mis propias transgresiones siguen sin verse mancilladas por tal aspiración al honor.

En cuanto a esta acusación de asesinato, me refiero al del desafortunado Filemón…, he de afirmar que soy inocente. ¡Fue un accidente! Pregúntaselo a cualquiera de los que lo presenciaron.

¡Pero fíjate cómo estoy suplicando por mi vida! No me diferencio en nada del resto de los canallas que están sepultados aquí. [Risas.] Si tuviera una bolsa de oro enterrada en el huerto, créeme que la sacaría a la luz ahora mismo. ¡Y te ofrecería, además, mi esposa y mi hija! [Risas de nuevo.]

De todas formas, escúchame, Jasón: te agradezco que hayas venido.

Soy consciente de que te reclaman en otras partes y he de darte las gracias por el tiempo que me has dedicado. Sé que, si no me desprecias a mí, desprecias mis faltas. En cuanto a la absolución, el apostador hace tiempo que ha comprado la pala para cavar mi tumba. Pero te ruego que no te retires. Sigue conmigo la trayectoria del hombre al que se dice que asesiné y nuestros entrecruzados destinos: el suyo, el mío y el de nuestra nación.

Si yo soy culpable, lo es también Atenas. ¿Qué hice yo sino lo que deseaba ella? De la misma forma que le amaba la ciudad, así le amé yo a él.

Y como le odió ella, le odié también yo. Vamos a contar esta historia, vamos a hablar de cómo embrujó a nuestro estado y de cómo tal hechizo nos llevó a la ruina, y lo pondremos todo en el mismo saco. Mientras imploro por mi vida como el perro que soy, tal vez consigamos desenterrar algo de oro del huerto, el tesoro de la perspicacia y la iluminación. ¿Qué dices a ello, Jasón? ¿Vas a asistirme? ¿Ayudarás a un villano a investigar el origen de su vileza?

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