Vientos de guerra
Libro IX: - Vientos de Guerra
LIBRO IX
VIENTOS DE GUERRA
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XLIII
ENTRE LA TIERRA Y E L MAR
En Atenas [me explicó mi abuelo], la marcha de Alcibíades fue recibida con un alivio que rayaba en el éxtasis (al menos, por lo que me explicaba mi mujer en una carta que recibí ese otoño en Samos), a tal extremo había llegado el temor del pueblo, no sólo a la tiranía de la que imaginaban haberse librado milagrosamente, sino a la imprevisibilidad de un único y todopoderoso comandante cuya conducción de la guerra se había vuelto en el mejor de los casos discutible y cuyo estilo, caracterizado por la.preeminencia de sus amigos y su amante, empezaba a lindar con lo regio. La Asamblea sustituyó a Alcibíades por un colegio de diez generales para impedir cualquier tentativa de concentración del poder y nombró un cuerpo suplementario compuesto por diez taxiarcas tribales que servirían como capitanes de barco, para que actuara como garantía adicional contra la reiteración de los excesos. Por si tales frenos no fueran suficientes, la Asamblea reforzó la flota recuperando a un puñado de antiguos generales y concediéndoles el mando de barcos aislados. La nómina de trierarcas se llenó de nombres ilustres. El Europa formó parte de una escuadra que hizo la travesía a Metimna; dos barcos por delante iba el Alcíone, mandado por Terámenes, mientras a nuestro costado remaba el Infatigable, a las órdenes del gran Trasíbulo.
Funcionó. Ahora, el mando estaba repartido por todo el espectro político; la rivalidad disminuyó y volvió a reinar el orden. Compartidas con aquellos hombres, la escasez y las penalidades nos pesaban menos. Habían desertado al enemigo tantos buenos marineros que por primera vez en la Historia una flota ateniense se aprestaba al combate en inferioridad de condiciones. Eso acabó de serenar a nuestras fuerzas. Las tripulaciones se entrenaban de buena gana; la disciplina se reforzaba internamente, entre compañeros, sin necesidad de que la impusieran los oficiales. Puedo decir que, de todos los contingentes que acompañé a ultramar, aquel conjunto de hombres y barcos fue, si no el más brillante, ciertamente el más capaz.
La partida de nuestro comandante supremo también tuvo profundas consecuencias para Polémides, que, según me contó, se enteró de ella mientras permanecía escondido tras la batalla de Efeso.
Con Alcibíades desposeído del mando, Polémides no podía volver a casa. Perdería el Recodo del Camino, si aún no lo había perdido, y con él todos los medios de subsistencia de sus hijos y los de su hermano. Su condena por traición seguía en pie. Ahora era un hombre perseguido por ambos bandos. Incluso cruzar a Samos para reunirse con su mujer y su hijo llevaba aparejados enormes riesgos. Estaba atrapado, como dice el poeta, entre la tierra y el mar.
La propiedad de mi suegro, el padre de Aurora [siguió contando Polémides], era una parcela en una región montañosa alejada del puerto de Samos, en la ladera de una colina que dominaba el extremo norte de la bahía de Pilion. Desde la ciudad se llegaba por la calzada de Heraion. No obstante, yo preferí desembarcar en el extremo más alejado de la isla, en el lado de la bahía, en un cabo llamado la Teta de la Vieja, mientras aún era de noche. Había pasado del continente al islote de Tragia; luego, transcurrido más de un mes desde de la fecha en que cumplía mi mujer, hice la última travesía en un bote que un chico de catorce años llamado Sofrón había robado a su padre. El muchacho no quiso que le pagara; ni siquiera me preguntó mi nombre; según dijo, sólo lo hacía por amor a la aventura.
Llegué a la propiedad por el camino posterior, empinado y pedregoso; cuando el sol y las tejas de la casa brillaron dándome la bienvenida, estaba empapado en sudor. La granja se veía a lo lejos: el par de edificios auxiliares de piedra, el camino que bajaba la colina entre ellos y la senda flanqueada por alcanforeros que conducía a la vivienda principal. Al pasar junto a la tumba familiar, situada al borde del camino, advertí, colgadas en el dintel, dos epikedeioi stephanoi, las guirnaldas de tamarisco y laurel que los isleños ofrecen a Deméter y Core para que intercedan por sus muertos.
¿Habría fallecido el viejo?, me pregunté, recordando al abuelo de Aurora, que vivía en una casita, bajando la cuesta. Apreté el paso diciéndome que no debía permitir que mi alegría por el ansiado regreso perturbara el luto de la familia. A un tiro de piedra, vi a mi cuñado Anticles, que, seguido por su perro Flecha, salió de detrás de uno de los graneros. Lo acompañaban dos mamposteros con sus mazos y sus plomadas.
—¿Ha vuelto a caerse el muro del jardín? —le grité a modo de saludo.
Anticles se volvió hacia mí. Sus facciones se alteraron de tal modo que la sonrisa se heló en mis labios. Su hermano Teodoro apareció en el camino que bajaba la colina. Me vio, se inclinó sin dejar de andar y, agarrando una piedra en cada puño, avanzó hacia mí.
—¡Tú! —fue todo lo que dijo.
—¿Qué ha ocurrido? —me oí preguntar.
Las piedras pasaron rozándome las orejas.
—¡No queremos verte por aquí!
Solté el petate y las armas y, enseñándoles las manos desnudas, les pedí clemencia en nombre de los dioses.
—¡Vete al infierno! —me escupió Anticles—. ¡No has traído a esta casa más que desgracias!
Los hermanos avanzaron hacia mí. Los mamposteros se les unieron. Se oía ladrar a los perros.
—¿Dónde está Aurora? ¿Qué ha pasado?
—¡Largo de aquí, miserable!
Una piedra lanzada por Teodoro me alcanzó en la cadera.
Supliqué a los hermanos que me contaran lo ocurrido. Que me permitieran hablar con Aurora.
—Es mi mujer, y me ha dado un hijo.
—Espérales allí —replicó Teodoro señalando hacia las tumbas.
Todos los que hemos sido soldados las hemos conocido, Jasón: esas horas en que el dolor físico o espiritual supera la capacidad del corazón para soportarlo. No podía creer que aquella pesadilla fuera real. ¿Cómo podían avanzar contra mí aquellos dos hombres, mis hermanos, con semejante odio? ¿Cómo podían ser aquellas guirnaldas para los dos seres a quienes más amaba en este mundo?
—¡Vete de nuestras tierras! —me gritó Anticles avanzando a grandes zancadas y blandiendo un garrote—. Por los dioses que, si vuelves a cruzarte en mi camino, ésa será tu última hora o la mía.
Me fui. En el límite de la propiedad me encontré con dos muchachos que quemaban matorrales. Por ellos supe que mi mujer había fallecido hacía dos meses. Envenenada. El hijo que llevaba en el vientre había muerto con ella.
Pasaba de mediodía. Volví a subir la colina. Al llegar a lavalla, una jauría de perros me cortó el paso. Anticles descendía la cuesta al galope.
—¿Qué puedo hacer, hermano —le supliqué—, para aliviar vuestro dolor…?
No respondió. Hizo caracolear a su montura mirando a quien tenía debajo con tal odio como no puede sentirse por otro ser humano, sino por una aparición o un espectro, carente de vida pero visible, al que se le ha negado el descanso bajo tierra.
—Has robado el sol de nuestro cielo, tú y quien te envió. Ojalá tus días, y los suyos, sean tan negros como los nuestros.
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