Vientos de guerra
XVII Vn Docvmento del Almirantazgo
XVII
VN DOCVMENTO DEL
ALMIRANTAZGO
Permíteme, nieto mío, que te muestre algo. Se trata de la Orden de la Es cuadra de zarpar hacia Sicilia, mejor dicho, una de los centenares de copias, redactada por los demosioi, los secretarios de los navarcas. Toca el papel; no junco ni pasta sino tela. Es tejido.
Era un documento pensado para que durara. Tenía que marcar época, convertirse en un instrumento de prestigio que cada oficial legaría a sus herederos de generación en generación. Ahora yo mismo te lo cedo, hijo mío, aunque no por las razones previstas por sus creadores, ya que los designios de dioses son incognoscibles.
El arconte de la Sección de Guerra se responsabilizó de la producción de este documento, del que se distribuyó una copia a cada comandante de trirreme de la escuadra, así como a todos los pilotos y capitanes de infantería, patrones de flota y agrupaciones de oficiales, al Consejo de Generales, los cien miembros del Consejo de Construcción naval y los Responsables de los Astilleros, además de los máximos responsables y constructores privados, los maestros de aja, proveedores, veleros y fabricantes de armamento, que habían construido y aprovisionado la flota.
Yo mismo trabajé en este documento, junto con otros seis oficiales, noche y día durante siete meses.
Fíjate en lo que lleva debajo. Es una carta de piloto del Pireo, el Puerto Grande y el Cántaros, que se extiende desde el fuerte y las instalaciones navales de Eitionea hasta el Emporio y del Puerto Tranquilo a Acte, con indicaciones de sondeos en flujo y reflujo, emplazamientos de todos los indicadores de canal, desde Diazeugma a Efebio, incluyendo las distancias de dique a dique y los ángulos de triangulación entre los cuatro faros y veinticuatro bancos, deforma que el patrón del buque pudiera determinar, trazando acimuts hacia las distintas grímpolas, su posición en un radio equivalente a la longitud del barco en cualquier punto del puerto.
Este grado de precisión fue establecido por Nicias y Alcibíades, con conformidad de pareceres por una vez, y cada una de las trescientas sesenta y cuatro naves principales de la flota podía así situarse en el punto que tenía asignado y la colosal flota zarparía siguiendo un orden y una simetría espléndidos a ojos del humano y agradables a los divinos.
En la cubierta se indican los puestos designados a los sacerdotes y magistrados. Los cuadraditos situados a lo largo del canal navegable corresponden a las barcazas fijas construidas para el arconte principal, los cultrarios de las Diez Tribus y la sacerdotisa de Atenea Poliacos, protectora de la ciu dad, así como los sacerdotes y guardianes de los santuarios de Agraulo, Enialio, Ares, Zeus, Talos, Auxo y Hegemone. Cada jefe magistrado disponía asimismo de su propia barcaza, además de unas tribunas de observación financiadas con fondos privados, que sumaban más de doscientas y se extendían en una longitud de unos veinticinco estadios frente al camino Sounio. El embarcadero, la Coma , se reservaba a los miembros del Consejo y se encontraba engalanado, montado sobre unos escalones con vistas, al otro lado del agua, al templo de Afrodita, señora de la navegación, en cuyo recinto permanecían las delegaciones de mujeres, esposas y madres de los comandantes de trirreme, vestidas de blanco, con varitas de tejo y jacinto. Al fondo de la bahía se alzaba el altar de Poseidón, sobre el cual se sacrificó un toro en honor del mar.
Los estragos del tiempo han dañado mi vista; el documento que tienes en la mano para mí no es más que una especie de mancha. No obstante, aún soy capaz de ver, buque por buque, la espléndida armada desfilando ante mis ojos cincuenta años atrás.
En primer lugar y en escolta de ceremonia avanzaban las galeras del estado, Paralos y Salamina, las más veloces del mundo. Sus velas, como las de toda la flota, se arrizaban sobre el obenque mayor a la espera de la orden de «¡A la vela!» al son de la trompeta. Una vez impartida la orden, cada cabo se fue aflojando uno detrás de otro, mientras los marineros encaramados en los aparejos soltaban la tela, desplegándola con los pies al descender, de modo que, al igual que un banderín encarado de repente con la brisa, las velas chascaron y se hincharon con tremendas sacudidas.
Surgieron los vítores de los millares que se habían agrupado en la orilla cada vez que una nueva vela, adornada con un motivo que hacía honor a la divinidad o heroína que daba nombre a la embarcación, se iba hinchando y tensando. Eran todo velas ceremoniales, preparadas exclusivamente para
la ocasión, innecesarias hasta el absurdo, puesto que todos los buques avanzaban exclusivamente gracias a los remos. ¡Pero su aspecto era magnifico! Se comentó que habría bastado el suspiro de alivio de los auxiliares de los navarcas para poner los barcos en marcha, ya que habían sentido tanto terror ante los malos augurios sobre la calma o los vientos adversos.
La división de Lámacos avanzó primero, a pesar de que él mismo y su buque insignia, el Hegemonía, habían llegado allí con el escuadrón para asegurar el cabo y avisar a nuestros aliados corcírenses de la salida de la flota. Seguidamente se movieron las naves rápidas, llamadas
«degolladoras», en columnas de dos, dieciséis en total, seguidas por las galeras de cincuenta remos, treinta y seis, flanqueando el carguero, las tropas y los transportes de caballos que avanzaban compactos en el centro.
Estos, en número de ciento sesenta y siete, tardaron una hora en desfilar ante las tribunas de revista.
Tras ellos avanzaban los buques de guerra, los trirremes, en formación de escuadrón, diez y doce a lo largo y cuatro a lo ancho, con sus comandantes a la izquierda, en el puesto de honor. En primer lugar, el Procne, de ciento setenta y cuatro remos, la embarcación de Autocles, vicenavarca de Lámacos. Le acompañaban los Pompo, Áyax, Ptolemais, Gorgona y Grampus, con velas carmesí y la imagen de su animal guardián; seguidamente, Circe, Tordo, Hipólita, Zeama, Carnero e Implacable.
Bajo la vela carmesí y el emblema del grifo aparecieron Pirpnous, Aliento de fuego, la embarcación de Pitíades, el héroe de Cos. Le seguían los Indómito, Dinamis, Traseia, Anfítrite, Euxinaia, Aquilea, Centaura, y las trillizas Tisífone, Megara y Alecto.
El escuadrón Nereida bajo las órdenes de Aristógenes: Tetis, Pito, Panope, Galatea, Balte, Alcíone, Euploia, Águila pescadora, Invencible, Empeño y Aianateia. Seguidamente, Dos de la mano, Epítome, Vigilante, Contrabalanza, Temible y Medusa.
Tridente, el buque insignia de Nicias dirigía la división de Océano, con las velas moradas y gualda y el tajamar de tres puntas con revestimiento de bronce. Flanqueándolo, avanzaban Tetis, Doris, Eurínome, Céfiro, Aias y Antígona, y a continuación, los Mentor y Bahía de Maratón, las embarcaciones gemelas Stix y Aquerón, financiadas por Gritón, el adepto de Sócrates. Le seguían los Lucha, Castalia, Escila, Cécrope, con su recamado medio mujer medio dragón, y Afrodisia, cuyo
mascarón de proa, con los pechos descubiertos, había sido tallado por el propio Fidias.
Luego los Tifón, Medea, Cerbero, Antesteria, Taurópolis, Clitemnestra, Miedo y Discordia; Himno, Infatigable e Intrépido. Finalmente, Sintaxis, Hipotontis, Eleusis, Hécate, Despiadado, Ostracón y Arete.
Venía después la división Relámpago, cuarenta y un buques, bajo las órdenes de Alcibíades. Su timonel era Antíoco, sus comandantes de sección, Camedemos, Menesteo y Adimantos. Por delante avanzaba el buque insignia, Artemisa, seguido por Atalanta y Partenos, la Virgen , arrastrada por las Amazonas, Antíope, Hipólita y Pentesilea, con los Iris, Áquila, Valor y Europa.
Seguidamente, Leaina, Leona, flanqueado por los Histeria, Temerario, Olimpia, Furia, Sofia, Dánae, Rea, Psique y Eufranousa. Luego, Palladio, Sémele, Altea, Ruiseñor y Leopardo. Hebe, Devastador, Dafne, Érebo, las tres Moiras, Cloto, Láquesis y Atropo. Finalmente, Pandora, Veloz, Terror, Penélope, Lechuza, Corsario, Necrópolis y Calipso.
Era la más imponente armada que había zarpado bajo el estandarte de una ciudad. Tan densamente apretadas estaban las velas de la segunda y tercera divisiones que su masa cortaba el aire de la primera. En la poca extensión de agua que quedaba libre se apiñaban las pequeñas embarcaciones, de tal forma que cualquiera habría podido pasar de Etión a Muniquia sin mojarse los pies. Debía de haber como mínimo mil
«embarcaciones enanas» con niños a bordo que iban remando con tal ímpetu alrededor de los barcos de guerra que el propio empuje de los remos les volcaba a puñados. Los niños gritaban de entusiasmo al hundirse, agarrándose a las quillas de sus botes volcados.
Te noto impaciente, nieto mío. Quieres que pase al célebre incidente de las columnas de Hermes. He aquí como me enteré yo de ello.
Faltaban veintiún días para la salida. Me había pasado yo toda la noche en Asuntos Navales, atareado por un lado por finalizar este documento y por otro recogiendo el despacho, que iba a trasladarse a los tinglados de la Coma en el puerto. Junto con otros dos oficiales, mi amigo Orestíades, capitán del Resolución, y el joven Pericles, hijo del gran Pericles y de la cortesana Aspasia, salí al rayar el día de nuestro recinto del sótano. En la vigilia se había celebrado el Día de espigar, el inicio de la siega de la cebada, durante el que se concedía a las viudas y huérfanos unas horas para recoger el grano suelto y luego, una vez limpios los
rastrojos, se incendiaba la zona que queda entre la ciudad y Eubea. La neblina que circulaba por el canal y se mezclaba con la bruma del mar proyectaba una misteriosa cortina sobre la ciudad. Nos dirigíamos al mercado cuando nos adelantó un agolpamiento de mujeres en la calle de los tejedores. Iban gimiendo y profiriendo gritos de angustia.
Cogimos hacia la plaza del Consejo. Otra multitud clamaba allí. Dos esclavos huían. Pericles agarró a uno de ellos y le preguntó qué ocurría.
—¡Han cortado todos los penes!
—¡Por Heracles, habla más claro!
—Las columnas de Hermes, capitán. ¡Toda la ciudad ha quedado sin vergas!
Durante la noche, un grupo o unos grupos de vándalos, cuya identidad se desconocía, había hecho estragos en muchos puntos; se habían dedicado a desfigurar las estatuas de Hermes que se erigían con sus falos erectos, como representación de buen augurio, ante ciertas viviendas particulares y edificios del gobierno. Los delincuentes habían derribado dichas protuberancias e incluso destrozado los rostros de las estatuas.
Quién podía haber cometido tal atrocidad? Ninguna sentencia que no implicara la pena de muerte podía castigar una profanación como aquélla.
No habían violado tan sólo un clan o tribu sino la propia confederación, la divinidad que protege a todo viajero y apoya el sistema político de nuestra ciudad. La multitud —presa de terror ante la idea de la venganza de los cielos que iba a desencadenarse ante tal arranque de maldad, por no hablar del mal augurio que representaba todo ello para la flota— iba mascullando ya los nombres de algunos conocidos malhechores. Enseguida aparecieron grupos de vigilancia. La multitud estaba enfurecida.
Recuerdo la consternada expresión del rostro de mi compañero, el joven Pericles. No quedaba más que él en una familia tan devastada por la peste y la guerra como eslabón entre Alcibíades y Pericles padre. Por esta razón, y también por el talento del joven, Alcibíades le había sujetado con firmeza, más como un hermano mayor que como un primo lejano; Pericles le apreciaba sin reservas.
—Eso es obra de Androcles —dio enseguida el joven—. De él o de Filaidas, conchabados con Anito y los de su ralea. —Nos hizo reparar en unos hombres que circulaban por allí enardeciendo a la muchedumbre.
Tenía que tratarse de unos provocadores, reclutados para fomentar el
malestar—. Acusarán a Alcibíades. He de encontrarlo e informarle enseguida.
Aquella mañana se presentaron cargos contra Alcibíades. Aparecieron testigos, esclavos y libertos; los primeros habían sido torturados y a los segundos se les garantizó la inmunidad. En la rueda, muchos fueron los que pronunciaron el nombre esperado por sus torturadores. En la Asamblea , Pitónicos, Androcles, Tésalo y Anito pidieron la pena de muerte.
Se presentó Alcibíades y rechazó tales acusaciones, calificándolas de torpe intento por parte de sus enemigos de achacarle un delito que sólo podía cometer un demente. ¿Acaso sus enemigos creían que era estúpido para llevar a cabo una atrocidad semejante en vísperas del triunfo que más anhelaba, de sabotear su propia causa de una forma tan absurda?
Alcibíades negó todos los cargos y exigió que se le procesara de inmediato. Había que olvidar aquella histeria antes de que la flota se hiciera a la mar. Sin embargo, sus enemigos, apoyados por Procles, Eutidemo, Hagnón y Mirtilo, presentaron otras acusaciones, entre las que cabe citar la de profanación de los misterios. Los acusadores presentaron esclavos y guardianes que, bajo garantía de inmunidad, hablaron de una serie de veladas en casas particulares durante las que Alcibíades y otras personas de su círculo, ataviados con vestimentas sagradas como mofa y brincando con ánimo de caricaturizar a los sacerdotes e iniciados en los misterios, se habían divertido organizando parodias de iniciaciones, faltando gravemente al respeto a la divina Deméter. Hicieron hincapié en tales delitos considerándolos no sólo como ultrajes contra los dioses, que por sí solos merecían la pena de muerte, sino también como prueba del desprecio demostrado por sus autores hacia la misma democracia. Se consideraron acciones propias de un futuro tirano, de alguien que se situaba por encima de todas las leyes.
Alcibíades no fue el único acusado; un sinfín de personas, podríamos hablar incluso de centenares, de todos los bandos, salieron en las declaraciones de los informadores. El pueblo consideraba que había llegado a tal extremo la profanación que no podía achacarse más que a una coalición, o a unas coaliciones en connivencia con otras de ideas parecidas, con el objetivo de derrocar a los gobernantes.
Empezaron las rondas de detenciones. Se presentaba un informante de una facción que podía ofrecer entre cincuenta y setenta nombres.
Inmediatamente después aparecía un segundo títere, como portavoz de la facción acusada, para denunciar a los que habían denunciado a los suyos.
El pueblo, aterrorizado, los metía a todos en la cárcel. Las detenciones duraron días, y no sólo las llevaban a cabo las autoridades en conformidad con el debido proceso, sino también grupos armados que se dedicaban a buscar a las víctimas por la calle e incluso en sus propias casas. El ágora permanecía desierta; nadie se atrevía a acudir a ella por miedo a las detenciones. Se hacía caso omiso a las convocatorias del tribunal; los mismos magistrados temían que se les detuviera a ellos. Tan grande era el caos en la Asamblea que no sólo se aplazaban las sesiones a causa de los disturbios sino que se suspendían del todo. El dominio del terror no amainó con el tiempo; al contrario, exacerbado por sus propios desafueros, se agudizó e intensifi có hasta situar al estado en el umbral de la anarquía.
¿Qué había desatado la locura en la ciudad?
Personalmente, opino que la razón era Sicilia: el miedo que sentía el pueblo ante una empresa que marcaba un hito, así como el miedo a su impulsor y a su monumental orgullo. Recuerda, nieto mío, que a Alcibíades no le faltaban enemigos. Como el rayo, su ambición desataba la desconfianza y el odio tanto de los demócratas como de los oligarcas. Los aristócratas le temían como traidor a su clase. Consideraban que les había vendido para llevar adelante su ambición de paladín de las masas. En opinión de los nobles, la expedición siciliana no iba a reportar más que su propia extinción. Suponiendo que Alcibíades volviera victorioso —algo innegable, apoyado por aquella insuperable flota—, ¿qué haría en cuanto desembarcara? Con el visto bueno de la plebe, se erigiría en tirano. Y no demoraría durante mucho tiempo su segunda ofensiva, o eso creía la aristocracia terrateniente, a saber, arrancarles el poder y quitarles la vida.
Los enemigos de Alcibíades que pertenecían a la nobleza lo veían así.
En cuanto al pueblo llano, sus enemigos eran igual de virulentos: los bribones de poca monta que habían alcanzado la fama a hombros de la multitud antes de que les arrebatara el consenso. Hipérbolo, el archidemagogo, a quien había conseguido desterrar Alcibíades gracias a la conspiración; Androcles, su sucesor, quien le guardaba rencor y quería tomarse el desquite por lo de su amigo; Cleónimo, el más redomado sinvergüenza; Tidipo, Cleofón y el bravucón Arquedemos. Aquellos villanos se caracterizaban por su salvaje astucia y desvergüenza. No había
atrocidad imposible para ellos. Sabían manipular los instintos más bajos del pueblo y nada los detenía en el camino de alcanzar sus objetivos.
Lo que nos lleva de nuevo a la demencial hazaña de la mutilación de las estatuas de Hermes. ¿Quién podía llevar a cabo algo semejante? Ambos extremos tenían el mismo incentivo, y la misma falta de escrúpulos. ¿Y por qué había de reaccionar el pueblo con tanta histeria?
Polémides, en su relato sobre el fracaso en Sicilia, habla de la táctica de acoso que empleó el enemigo con nuestro ejército en retirada. El enemigo, aparte de concentrar su ataque en toda la columna, se concentraba también en un punto de la retaguardia. Tenía como meta infundir el pánico en un sector para que éste lo transmitiera, como ocurre con frecuencia en grandes concentraciones de hombres, al resto.
Una ciudad puede ser también presa del pánico. Un sistema de gobierno puede hacerse añicos.
Lo pernicioso del pánico es que incluso el hombre más valiente se siente incapaz de resistirlo y o bien queda anonadado o huye despavorido, lo que le iguala al cobarde.
Por aquella época conocía yo a un tal Bías, oficial dé un barco, condecorado tres veces, a quien no podía achacársele una acción reprobable. A pesar de ello, lo detuvieron y lo condenaron a muerte.
Desesperado el hombre, recurrió a la siguiente táctica: se declaró culpable de unos delitos no cometidos y, con la inmunidad garantizada, prometió decir los nombres de quienes habían conspirado con él. Citó entonces sólo los de aquellos que habían sido ya denunciados por otros o habían huido de la ciudad y se encontraban a salvo. Funcionó la estratagema, lo liberaron. Pero uno de los hombres que él había citado, Epicles, hijo de Automedon, aún no se había marchado; lo detuvieron y lo ejecutaron.
Polites, hermano de Epicles, consternado ante aquello, se presentó en casa de Bías, lo sacó a la calle y lo mató a plena luz del día y nadie se atrevió a acusarle por ello.
Las situaciones límite, multiplicadas por mil, tenían atenazada la ciudad. Imagínate que tu amigo te coge aparte y te pregunta en honor de la amistad: «Dime la verdad: ¿tienes alguna información sobre los culpables?». Si es así, y se lo confiesas, puede que dicho amigo informe en contra tuya, bajo presión, nunca se sabe. De modo que le dices la verdad como si fuera una mentira o una mentira como si fuera la verdad, y él, a su vez, hace lo mismo. Así, el amigo se ve perjudicado por el amigo, incluso el
hermano por el hermano, puesto que en un ambiente de terror y de desconfianza uno no puede fiarse ni de su propia sombra.
Al final, cuando todos los soplones hubieron cantado y los informadores fueron descolgados del potro de tortura, salió a la luz que había llevado a cabo aquellos excesos un grupo político de cien miembros.
En mi opinión, una flagrante estupidez. Arremetieron como críos resentidos, sin tener idea de los males que inconscientemente podían desencadenar.
Recuerda lo que vio Euriptolemo, y contó nuestro cliente Polémides, aquella tarde en Viento Fresco, la taberna del puerto. Manifestó que en el alma de Atenas confluían dos corrientes enfrentadas: el antiguo sistema, que venera a los dioses, y el moderno, que convierte a la propia ciudad en dios.
Quien se rebelaba entonces era el antiguo sistema. Aquellos jóvenes aristócratas descerebrados habían mutilado de noche a las divinidades de la ciudad y aquello infundió en las masas el terror divino. El baluarte que aguanta toda sociedad tembló y se desmoronó ante la afrenta hecha a los dioses. A partir de entonces, la audacia de montar aquella espectacular empresa allende los mares se convirtió para ellos en el orgullo que atrae las iras del Olimpo. Les falló el coraje. Recordaron la peste y los barcos que volvían a casa con las cenizas de sus hijos. Al contemplar las rotas estatuas de Hermes, del que acompaña a los hombres al otro mundo, temieron el infierno y sintieron terror de los dioses. La flota de Sicilia les pareció la armada de la fatalidad. Retrocedieron ante la envergadura de su propia ambición y, enardecidos por aquellos que tenían como objetivo sacar provecho de la situación, atacaron a su artífice.
Se había ejecutado a muchos. Otros tantos se consumían en la cárcel; huyeron de la ciudad por centenares. Pero a pesar de todo, los enemigos de Alcibíades no se atrevían a detenerle, pues conocían el apoyo que tenía en la flota y el ejército, entre los marineros de fuera y los aliados. Optaron por atacarle con rumores y difamación. Según decían, se preparaba contra él un cargo por traición. Corrían rumores de que Alcibíades se había aliado con Esparta para destruir la flota. Sus enemigos mancillaban la memoria de su padre y de sus abuelos, citando el origen lacedemonio de sus nombres, y el del mismo Alcibíades, desacreditando incluso sus heroicas muertes en combate contra los persas, al recordar que habían luchado aliados con los guerreros de Esparta. Ni tan sólo quedó intacta la memoria
de Amiclas, la nodriza lacedemonia de Alcibíades. Ya de recién nacido, afirmaban sus enemigos, Alcibíades había «mamado del pecho de Esparta».
Mi compañero, el joven Pericles, preocupado por la suerte de su familiar, fue en busca de él una mañana.
—Era aún pronto, aquella hora en la que las sombras se alargan y los vendedores del mercado todavía no han montado sus tenderetes, cuando Orestíades y yo dimos con él en el Liceo. La plaza estaba desierta; él hablaba con Sócrates, los dos desdibujados entre la neblina matinal, bajo el plátano que se alza en la colina, por encima de la fuente. Tan enfrascados estaban los dos que mi compañero y yo nos detuvimos a una cierta distancia, pues no deseábamos importunarles.
»Alcibíades permanecía ante el filósofo en una postura de abatimiento. En mi vida le había visto tan castigado o contrito. Le colgaba la cabeza; las lágrimas descendían por sus mejillas. Sócrates le había colocado la mano sobre el hombro, con gesto amable. Le hablaba en voz baja aunque con cierta fuerza. De repente, Alcibíades apoyó una rodilla en el suelo y hundió el rostro en la capa de su maestro. A pesar de que nos encontrábamos lejos, mi compañero y yo veíamos el estremecimiento de sus hombros al emitir aquellos desgarradores sollozos. Nos retiramos al unísono, ya que no deseábamos que se nos viera ni que nuestro amigo supiera que habíamos estado allí.
A pesar de la insistencia de Alcibíades en que le procesaran sin demora, sus enemigos habían conspirado para aplazar la comparecencia.
Sabían que si permitían que su adversario hablara ante un jurado, arrastraría al pueblo hacia él. Sus enemigos le querían fuera, en el mar con la flota, para poder procesarle sin estar él presente, para que no pudiera hablar en defensa propia.
Durante aquella terrible experiencia, Alcibíades siguió con sus sesiones de preparación física y pendiente de la flota. Una mañana me encontraba yo en las dependencias de las fuerzas expedicionarias, situadas temporalmente en un almacén junto al puerto, cuando llegó Alcibíades. Le acompañaba su preparador; venían directos del gimnasio y tenían aún la piel moteada por el polvo del foso de lucha. Vi a Alcibíades muy angustiado.
—¿Que más quieren de mí? He entregado todo lo que poseo a la ciudad, mi fortuna, hasta el último óbolo, ¡y ahora hasta difaman la
memoria de mis padres!
Estaba impaciente por acudir ante el tribunal. Que el demos le declarara culpable enseguida y siguiera con la locura cuando estuviera ya muerto.
—Ya no puedo soportarlo más. ¡No puedo!
Tenía el pelo enmarañado y apelmazado de sudor. Andaba descalzo, desnudo de cintura para arriba, con el aspecto, imaginaba uno, de Aquiles en su tienda ante Troya, enfurecido por los malos tratos de Agamenón. De pronto su hombro rozó con un montón de loza y tiró sin darse cuenta unos cuantos recipientes al suelo.
—¡Que me carguen también eso en cuenta!
A fin de desviar la atención de Alcibíades hacia una cuestión menos dolorosa, un oficial presentó una serie de documentos de los navarcas, que exigían la aprobación de Alcibíades y confirmaban la disposición de la flota para hacerse a la mar. Aquello intensificó aún más su desánimo.
—¿Quién tiene la culpa de esto? —Se estrujó el pelo con los dedos—.
Nadie más que yo. Nadie más que yo.
Habían pasado por las puertas del embarcadero unos cuantos capitanes, que se iban reuniendo junto a él, dándole fe de su lealtad. A Alcibíades se le empañaron los ojos; por un momento pareció vencido.
Luego, observando la consternación en los rostros de sus compañeros, captó el aspecto cómico del gesto y estalló en una carcajada.
—Animo, amigos míos; nuestros enemigos sólo me han apuñalado con la pluma. De mi cuerpo mana tinta, no sangre.
Empezó a andar por el embarcadero, seguido por los oficiales, y desde sus tablas se zambulló en la bahía.. Se oyeron unos vítores; una serie de manos tiraron de su cuerpo, que chorreaba. Le colocaron una capa sobre los hombros. Los hombres le rodearon.
—Al diablo con esos chacales —saltó un capitán denominado Euríloco
—. Que el mar nos quite de encima sus mentiras.
Patroclo, otro capitán de trirreme, lo secundó con pasión.
—Olvidémonos del juicio —apremió a Alcibíades—, y embárcate ahora mismo con la flota.
—Dios no creó un bálsamo mejor que la victoria.
Alcibíades se detuvo, claramente consciente de la resonancia del nombre de aquel hombre y de su glorioso antepasado, el bienamado compañero de Aquiles.
—Patroclo, amigo mío, ¿acaso tu nombre es un presagio? ¿Será mi cólera, como en el caso de Aquiles, la causa de tu muerte y la mía?
El instante quedó suspendido como una espada de un hilo. Luego aquellos hombres exclamaron al unísono:
—¡Sicilia!
Alcibíades les miró.
—¿Vamos a zarpar, hermanos, dejando enemigos a nuestra espalda?
—¡Sicilia! —retumbaron con más ardor las voces.
Allí mismo, más allá de su hombro, las embarcaciones de la flota esperaban balanceándose sobre el ancla, una línea tras otra, saturando el puerto, mientras él, que con su voluntad y ambición había dado a luz aquella armada y la había dispuesto hasta el último detalle, daba un paso atrás con gravedad, sopesando en lo más profundo de su corazón la decisión que la necesidad y su propio destino le había obligado a tomar a él y a su propio país.
—¡Sicilia! —exclamaron una y otra vez los oficiales—. ¡Sicilia!
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