Vientos de guerra

Steven Pressfield · Capítulo 54 de 54

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Vientos de guerra

LIII las Flores de la Encina

LIII

LAS FLORES DE LA ENCINA

El cuerpo del maestro nos fue entregado al día siguiente; enterramos sus restos en la tumba de sus mayores, en Alopecia. No puedo considerar esa fecha como aquella en que perdí el interés por la política; cualquiera con sentido común había desesperado de la capacidad del demos para gobernarse a sí mismo hacía mucho tiempo. Al cabo de un año, abandoné la ciudad con mi mujer y mis hijas y fijé nuestra residencia en el campo, en el Monte de la Encina. Y allí sigo.

Desde el día de mi vigésimo cumpleaños, consagré todas mis fuerzas y mi dinero a nuestra nación durante treinta y nueve años. Le entregué la juventud y la madurez, y perdí la salud por la causa de Atenas. Sacrifiqué tres hijos a sus fuerzas armadas, y me robó otros dos en paroxismos de locura civil. Mediante la peste y las privaciones acortó los días de mis dos primeras esposas.

Como oficial de la marina ostenté la trierarquía en siete ocasiones. He servido a mi patria como consejero, magistrado y ministro. La he representado en embajadas en el extranjero y unido mi nombre a su causa en misiones de paz y acciones de guerra. En cierta ocasión estimé las contribuciones de mi clan al estado. La suma ascendía a once talentos, aproximadamente el producto de todas nuestras tierras durante veinte años.

No me arrepiento de tal aportación y volvería a hacerla gustoso por la causa de nuestro país. Sigo considerándome un demócrata, aunque, como diría mi mujer, tu abuela, de los desengañados.

No supe nada de Polémides durante tres años. Una mañana, llegó corriendo un muchacho para avisarme de que había un extranjero en la entrada. Me apresuré a ir a su encuentro. Me encontré con un hombre enfundado en cuero y cargado con un petate de soldado. Nunca había visto al arcadio Telamón, pero lo reconocí de inmediato. No quiso quedarse, pero me entregó un par de cartas. Se las habían dado en Asia hacía dos años.

Me comunicó que Polémides había muerto. No en acción, sino accidentalmente; había pisado un clavo de hierro y había cogido el tétanos.

Volví a pedirle que se quedara a descansar.

—Llevas leguas caminando para hacerme este favor. Te ruego que te quedes a cenar, si no por ti, por nosotros, o al menos acompáñame a casa y quítate el polvo del camino.

El hombre aceptó acompañarme hasta el grupo de árboles que da sombra a la fuente, donde, como sabes, hay un banco. Se sentó en él. Las chicas trajeron vino, alphita y un opson excelente de pescado en salmuera con cebolla. Mientras el viajero comía, leí las cartas.

La primera, fechada hacia dos años, era de Polémides. Decía estar bien y esperaba que también fuera mi caso. Hada una alusión al estrecho margen por el que se había librado del tympanon y bromeaba diciendo que me había enrolado en «el bando de los indeseables».

… confío, amigo mío, en que no albergues esperanzas respecto a mi reforma. Bailo, como siempre, al son que tocan los tiempos. Como a todos los dejados de la mano de los dioses, la suerte sigue acompañándome. Nada consigue matarme y las mujeres se sacan los ojos por hacerse un hueco bajo la ropa de mi cama.

La segunda era de su hijo, que, según me explicaba el mercenario, servía con él a las órdenes del lochagoi espartano Filoteles, en las brigadas de Agesilao, que combatía contra el rey de Persia. Nicolaos me informaba de la muerte de su padre. Había ocurrido en Frigia, en el valle del Menderes, a menos de seis estadios de la Montaña del Ciervo.

… en cuanto al contenido del arcón de mi padre, él se habría sentido muy honrado, señor, sabiendo que lo conservabas como si fuera tuyo. Yo no sabría darle buen uso. No es lo mío.

El arcón lo había traído a mi casa, un mes después de la huida de Polémides, mi viejo compañero de tripulación Moretones, que, como recordarás, regentaba el refectorio de enfrente de la prisión. Moretones me hizo el siguiente relato de aquella última noche.

Era él quien había contratado los caballos para la huida y, después de mi marcha, quien los había llevado a la calleja a la que daba el patio.

Entre tanto, el vigilante había soltado a Polémides, quien, con su hijo, le había seguido hasta las escaleras de la entrada. Cuando bajaron a la calleja donde le esperaba Moretones con los caballos, doblaron la esquina tres hombres, Lisímaco, secretario de los Once, y dos magistrados, que se dirigían a la cárcel para supervisar los preparativos de las ejecuciones.

Los funcionarios estaban en una posición inmejorable para frustrar la fuga. Habría bastado un grito para atraer al personal de la cárcel. El propio Moretones me confesó que casi se meó de miedo en el empedrado.

¿Qué pasó por las mentes de aquellos magistrados, elegidos por el demos para llevar a cabo la ejecución de sus conciudadanos más nobles? Siendo como eran simples hombres y ejemplares de su raza, ¿cayeron en la cuenta de la enormidad que se disponían a cometer? Puede que, en cierto modo, llegaran a percibir a Polémides, aquel caballero convertido en delincuente, como un espejo, si no de Sócrates, de sí mismos. Era tan culpable como ellos, no sólo de los actos de los que se le acusaba, sino de mil más, que no habían tenido testigos ni denunciantes, durante tres veces nueve años de guerra. Puede que su silencio implicara una convicción semejante a la mía.

Dejémosle vivir, por nuestro propio bien. Juguemos a ser Zeus por esta vez y seamos clementes con este hombre, por todas las maldades que hemos cometido.

Como quiera que fuese, los funcionarios miraron para otro lado. Con el corazón en un puño, Polémides y el muchacho emprendieron la huida. La última súplica del fugitivo al vigilante fue que me hiciera llegar el arcón cuando fuera posible sin ponerme en peligro.

Permíteme intercalar aquí, querido nieto, un último documento. Lo encontré en el arcón de nuestro cliente hace sólo unos días, mientras buscaba otro que quería enseñarte. Es una transcripción del discurso que Alcibíades dirigió a los hombres de la flota de Samos en su segunda despedida, después de Notion, el exilio del que nunca regresó:

… lo que digo ahora que me dirijo a los jefes que deben mandar vuestra escrofulosa chusma, soldados, es que los dioses les protejan.

¿Queréis que os cuente dónde aprendí a dirigir a hombres como vosotros?

En los establos de mi padre, de sus caballos. Y apelo a nuestro amigo Trasíbulo para que lo confirme, pues estaba a mi lado cuando de niños nos maravillábamos ante esos campeones los días en que se celebraban carreras.

No necesitaban que nadie les enseñara a correr. Apostando por caballos,

aprendimos a valorar la planta y la postura antes que la largura de los huesos o la musculatura de las ancas. ¿Estáis de acuerdo en que un caballo de carreras puede poseer nobleza? ¿Y qué nobleza es ésa que puede poseer una bestia lo mismo que un hombre? ¿No será la virtud espiritual por la que uno se entrega a un objetivo mayor que su propio interés?

¿Cómo mandar a hombres libres? Sólo hay un medio: incitar a cada uno de ellos a estar a la altura de su nobleza.

Cuando era niño, mi tutor me llevó al Pireo para que viera los botes que competían entre Acte y Bahía Silenciosa. Mis ojos infantiles imaginaban que cada embarcación era impulsada por una sola criatura, un único animal magnífico con múltiples pares de brazos. Pero, cuando los botes estuvieron cerca, vi a los hombres que manejaban los remos. ¿Me creeréis, amigos míos, si os digo que me solté de mi pedagogo para acercarme a tocarlos con mis propias manos y comprobar que eran reales?

¿Cómo era posible, les pregunté, que seis remaran como uno? «Mira allí, muchacho, y verás a ciento setenta y cuatro hacer lo mismo.»

Un trirreme haciéndose a la mar: ¡por los dioses que era un espectáculo espléndido! Y aún es más noble una línea avanzando, y lo más noble de todo, la armonía de toda flota. Y vosotros, amigos míos, sois los mejores de todos los que han navegado y navegarán. Cuando la vejez nos apresa en su garra, ¿que nos queda? Padres y madres, esposas, amantes, incluso los hijos, todo desaparece, creo yo, menos los camaradas con los que nos hemos enfrentado a la muerte. No necesitamos otra cosa, amigos míos. Ellos son lo que pocos llegan a sentir o conocer.

Vosotros no me necesitáis, hermanos. No hay fuerza sobre la faz de la tierra capaz de haceros frente. Quieran los dioses llevaros de victoria en victoria. Lo último que verán mis ojos cuando me vaya al infierno serán vuestras caras. Gracias por honrarme con vuestra camaradería. Y ahora, amigos míos, adiós. Os deseo lo mejor.

Me quedé observando al mercenario Telamón mientras acababa de comer. Aunque, según mis cálculos, debía de tener más de cincuenta años, estaba tan delgado y fuerte que no aparentaba más de treinta y cinco. Nada me habría gustado tanto como interrogarle sobre las últimas campañas que había compartido con Polémides.

Un vistazo bastó para convencerme de que no me respondería. Me limité a preguntarle adónde se dirigía. Al puerto, respondió, a embarcarse para la guerra.

En el granero guardaba un par de botas y un manto de lana mucho mejores que los que llevaba. No hubo manera de que los aceptara. Se puso en pie y se echó el petate al hombro.

Dejó una moneda sobre el banco.

Le dije que ofendía la hospitalidad de la granja.

Sonrió.

—Es de Pommo, capitán. Pensaba que la encontrarías interesante.

Cogí la moneda. Era un dórico de oro de Frigia, la paga de un mes para un soldado de infantería. El reverso ostentaba un trirreme y una Niké alada; el anverso, a Atenea Triunfante flanqueada por una lechuza y una rama de olivo.

La pieza se llamaba «alcibiádico», me dijo Telamón. Era una moneda muy utilizada, válida en toda Asia.

El camino que atraviesa la granja divide en dos las dependencias auxiliares. La cocina de los peones y las viviendas del servicio quedan al oeste, como sabes, junto con varias casitas y el pabellón de invitados. Al otro lado están los cobertizos de los aperos, en esa pendiente que llamamos

«la arruga», y, más allá, los corrales. Mientras el mercenario caminaba hacia la salida, un grupo de curiosos, fascinados por su aspecto y su indumentaria, le seguía con la mirada. El corro estaba compuesto no sólo por muchachos y doncellas, sino también por peones y matronas que habían interrumpido sus faenas. Cuando estaba a punto de llegar a la cerca, se le adelantaron dos chicos para que no tuviera que descorrer el pestillo, y lo habrían seguido a distancia hasta el final del camino, o hasta llegar al mar, si sus padres no les hubieran llamado a gritos.

Encandilado por aquella figura, yo tampoco fui capaz de dar media vuelta hasta que desapareció por el paseo de las encinas, de cuyas flores se obtiene el tinte escarlata que siempre ha sido el color de la capa de campaña de los soldados.

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