Vientos de guerra

Steven Pressfield · Capítulo 8 de 54

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Vientos de guerra

VII Vn Silencio Significativo

VII

VN SILENCIO SIGNIFICATIVO

Fue la citada dama, [reanudó así la narración mi abuelo] quien dispuso la boda de su sobrino nieto Polémides con la doncella Febe.

Tal vez te parecerá curioso, nieto mío, el hecho de que nuestro cliente, a lo largo del repaso de todos los acontecimientos de su vida, no hiciera una sola mención de su esposa citándola por su nombre. En realidad, dejando aparte una única confesión hacia el fin de la historia, mencionó su existencia tan sólo tres veces, y deforma indirecta. ¿Indicaba quizás esto una falta de afecto? Lejos de ello, considero tal omisión como algo terriblemente significativo, indicio de exactamente todo lo contrario.

Permíteme que me explique.

Por aquella época, aún más que hoy en día, el hombre en muy raras ocasiones hacía mención de su esposa. Las mayores virtudes de la mujer eran la modestia y la discreción; cuanto menos se decía de ella, para bien o para mal, mejor. El lugar de la esposa estaba en el interior de las estancias, su papel consistía en educar a los hijos y llevar la casa.

Al muchacho que se criaba en aquel periodo, en especial a un muchacho como Polémides, educado bajo los duros auspicios de los lacedemonios, se le enseñaba básicamente a resistir, Sus virtudes eran las del hombre; la belleza, la belleza del hombre; tengamos en cuenta la escultura de aquella época. Hasta hace muy poco la forma femenina —y aun sólo la de las diosas— no se ha podido comparar a la masculina en bronce y piedra. Se preparaba al joven de aquella época para que idealizara la forma de otros hombres, aunque no con lascivia y libídine, sino como modelo que emular. La contemplación en mármol del incomparable físico de Aquiles y Leónidas, el hecho de admirar la perfección en los propios compañeros o mayores, alentaba a la juventud a forjar sus propias carnes siguiendo la imagen de dicho ideal, a encarnar internamente las virtudes que conllevaba tal perfección exterior.

La fascinación que ejercía Alcibíades sobre sus coetáneos provenía en buena parte, en mi opinión, del citado ímpetu. Quienes poseían una mente noble veían su belleza como indicio de una más elevada perfección en su interior. ¿Por qué, si no, los dioses le habrían dotado de tal aspecto? Entre los discípulos de nuestro maestro se encontraba el poeta Aristocles, llamado Platón. Su teoría sobre las formas nace de esta misma interpretación. De la misma forma que la manifestación material de un caballo concreto encarna lo particular y lo transitorio, proponía Platón, debe existir dentro de un terreno más elevado la forma ideal del Caballo, universal e inmutable, la cual «comparten» o de la cual «participan» todos los caballos corpóreos. Ante este planteamiento, un hombre de la espectacular belleza de Alcibíades no podía sufrir parquedad de lo divino, pues su perfección en la carne se acercaba a este ideal que existe tan sólo en los planos superiores. Creo que por eso le seguían los hombres y encontraban en él un reflejo.

Así, para Polémides y los de nuestra generación, la suya y la mía, la mera forma masculina encarnaba la areté, la excelencia, y la andreia, la virtud. ¿Cómo pudo responder nuestro hombre, al informarle su padre de la identidad de su futura esposa? Si tenía algún parecido conmigo, tengo mis dudas de que en su vida hubiera considerado la forma femenina como de especial belleza. En el sentido carnal, sí, pero nunca idealizada como la masculina. ¿Hasta qué punto pudo parecerle poco atractiva la doncella vecina de su casa, a quien sin duda conocía desde que era una mocosilla?

No obstante, existe una alusión elocuente en la historia de Polémides.

En una ocasión afirmó que su esposa, Febe, cuando tenía diecisiete años y se había convertido ya en madre de su hijo, solicitó iniciarse en los misterios de Eleusis. En otro punto de la narración, Polémides expresó su aversión por el tema, el cual consideraba poco más que superstición, y encima, superstición afeminada. Pues bien, no sólo concedió dicho favor a su esposa sino que la acompañó en su ejercicio: llevó a cabo la peregrinación por mar y realizó él mismo la iniciación.

¿Por qué haría todo esto Polémides? ¿Qué le movería a ello aparte de honrar a su esposa y establecer con ella una más profunda unión?

Llegados a este punto, tendrá que permitírsenos especular con la imaginación. Vamos a imaginarnos a Polémides a los veintidós o veintitrés años, ya veterano tras doce años de disciplina espartana y dos y medio de guerra. Vuelve a casa herido; se recupera lo suficiente para que su familia

y su tía abuela le proporcionen una esposa. Puede que sus pensamientos se ocuparan de la mortalidad; tal vez deseaba tener hijos, aunque sólo fuera para alegrar a su padre, de edad avanzada. Se ha desencadenado la peste.

Mueren sus compatriotas por causas desconocidas; no se vislumbra un alivio en el— horizonte. No tiene a sus compañeros a mano; todos han ido a la guerra. Se encuentra encerrado en la ciudad, en las estancias que comparte con su padre, con su hermana, quizás con primos, tías y tíos.

Nuestro joven soldado acepta a la novia. Pertenece a una buena familia, es amiga de su hermana Mérope; sin duda la muchacha posee inteligencia, habilidad para la música y las artes domésticas. Se comporta con la modestia que caracteriza a todas las jóvenes de alta cuna; deberíamos suponer que no le falta encanto físico. Impedido como se encuentra, el joven marido descubre que debe confiar en su esposa para la compañía y la conversación, incluso para ciertas necesidades, como que le sirvan la comida, le lean o le ayuden a subir la escalera.

Descubre que su esposa es amable y paciente, que tiene talento a la hora de administrar sus exiguos recursos. Es más joven, su corazón es alegre. Le hace reír. Tengamos en cuenta que estamos hablando de un hombre curtido en la adversidad y la abnegación, que tiene como suprema virtud el sacrificio de su vida en la guerra. Reflexiona, sorprendido por la constatación de que dispone de otro remero en el barco. Ya no está solo.

Puede que por primera vez se ablande su corazón. La herida le produce mareo; alarmado, busca a tientas el equilibrio; descubre, perplejo, a su esposa junto a él, quien le sujeta con mano cariñosa. ¿No podemos imaginárnosla sirviéndole junto a la cabecera de su cama el plato que más le gusta, colocando unas flores en la ventana, cantando a su lado durante aquellas veladas?

Descubre el afecto de ella por su padre, y el amor por el hombre es correspondido. Oye las risitas de la muchacha con su cuñada en la cocina.

¿Le hará sonreír aquello? A pesar del horror que se vive fuera, la familia organiza alegres veladas en casa.

En cuanto a los apetitos de la carne, el joven Polémides hasta entonces los había saciado con las viejas brujas del campamento de las prostitutas o en relaciones ilícitas con las mujeres de la calle. Entonces se encuentra en la cama conyugal, al lado de su esposa. Ella tiene que ser inocente. Su tierna edad no le inspira la escabrosa ansia del soldado, antes bien la dulce pasión del marido. ¿Cómo descubren ellos su deseo? Puede

que con titubeos. Sin podía negociarse ni pensar en el soborno con oro. No daba cuartel; ningún indicio de sumisión iba a inducirle a la retirada.

Avanzaba en la oscuridad y en la luz del día, sin alerta de centinela que pudiera disuadirle. Los muros de piedra no le detenían. No respondía a dios alguno ni prestaba atención a ofrenda de ningún tipo. No se tomaba un día libre, ni permiso alguno. No dormía ni establecía tregua. Nada conseguía saciar su apetito.

La peste no tenía favoritos. Su silenciosa guadaña abatía al insigne y al desconocido, tanto al justo como al malvado. Día a día íbamos percibiendo sus arrolladores efectos. En el cubículo del compañero en el gimnasio, dentro del que ya no había una mano que sujetara la ropa. El puesto cerrado del vendedor, el asiento vacante del mecenas en el teatro.

Durante el día, aspirábamos el hedor del crematorio; por la noche, los carros de los muertos retumbaban ante nuestras puertas. Durmiendo oíamos el crujido de sus pasos; el terror invadía incluso nuestros sueños.

Atenas se agitaba en su autodecretado enclaustramiento bajo el azote, silencioso e invisible, ante cuyos estragos nadie era invulnerable.

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