Vientos de guerra

Steven Pressfield · Capítulo 27 de 54

Páginas del PDF

Vientos de guerra

XXVI Entre los Hijos de Leónidas

XXVI

ENTRE LOS HIJOS DE LEÓNIDAS

Alcibíades estuvo ausente casi todo el verano, trabajando como agente de Esparta en Jonia y las islas. Si durante la paz su iniciativa había convertido a estados tan importantes como Argos, Elis y Mantinea en aliados de Atenas, ahora consiguió atraerlos al bando contrario. Tras incitar a Quíos, Eritras y Clazómenas a rebelarse contra la metrópoli, viajó por mar a Mileto, donde obtuvo el mismo resultado. Luego, dio el gran golpe: la alianza de Esparta con el rey de Persia. Indujo a Teos a derribar sus murallas, y a Lebedos y Aeras, a la revuelta. Lo hizo solo, sin más apoyo que un comandante espartano y cinco barcos. Convenció a Quíos para que extendiera la sublevación a la isla de Lesbos, donde se le unieron los grandes estados de Mitilena y Metimna, mientras fuerzas terrestres espartanas aseguraban Clazómenas y capturaban Cumas. Y Alcibíades había conquistado otra provincia soberana: el corazón de Timea, esposa del rey espartano Agis. Era su amante, según las criadas y los golfillos de toda Lacedemonia, y el padre de la criatura que llevaba en su seno.

Entre tanto, yo me recuperaba lenta y laboriosamente. En verano aún no tenía fuerzas suficientes para subir las cuestas de Therai, ni deprisa ni despacio. Los soldados dicen que un hombre muere cuando tiene más seres queridos bajo tierra que sobre su faz. Ése era mi caso. Pero el soplo vital es un río irresistible y el alba, una diana demasiado apremiante para hacer oídos sordos.

Alcibíades se había ocupado de mí antes de marcharse y había hecho que me entregaran un arcón con el equipo completo, una capa phoinikis y diez minas de oro, una suma enorme, equivalente a lo que podría haber traído de Sicilia si la expedición hubiera tenido éxito. Me alojaba en los pabellones de invitados de Limnai, donde tenía mi propia habitación y el estatus de xenos, huésped, el mismo que un embajador. Podía comer en el cuartel de Endio, el Anficteón. Podía entrenarme en los gimnasios y cazar si me invitaban. Podía ofrecer sacrificios en cualquier templo, salvo en los

reservados a los dorios. Además, disfrutaba de ciertos privilegios relacionados con las propiedades tanto de Endio como de su hermano Esfrodias. Podía utilizar caballos y perros, e incluso pedir un ilota como sirviente. Podía sacar agua de cualquier fuente o pozo público. Sólo carecía del derecho a llevar armas y encender fuego. Por último, mi benefactor me había aconsejado que mantuviera la boca cerrada hasta su regreso.

Era cierto que Alcibíades había intercedido en mi favor ante Lisandro; me lo confirmaron antiguos amigos, compañeros de mi época de formación en Esparta, con los que restablecí el contacto y a través de cuyos ojos y confidencias pude hacerme una idea de la nueva situación de los laconios.

La ciudad había cambiado mucho en los años que llevaba fuera. Me invitaron a una cacería. El trampero era un esclavo mesenio al que llamaban Rábano. Mientras seguía el rastro con sus ayudantes, nuestro anfitrión, un Igual llamado Anfiario, le gritó que aligerara.

—Se hace lo que se puede —contestó el aludido, prescindiendo del

«amo» o del «mi señor».

Diez años antes semejante insolencia habría dejado a aquel sujeto ekpodon, «fuera de circulación». En la ocasión de marras, no suscitó más que un encogimiento de hombros y unas risas.

La presencia de los neodamodeis, los «nuevos ciudadanos» que se habían ganado la libertad sirviendo en el ejército, y los brasidioi, que habían hecho lo propio bajo el gran general Brásidas, se dejaba sentir en todas partes. Ningún siervo consideraba irremediable su condición, por ínfima que fuera. «La esperanza es un licor peligroso», había declarado Lisandro, mi salvador, ante los éforos en el curso de un parlamento tan subido de tono e inaudito en Lacedemonia que había sido puesto por escrito y circulaba de mano en mano. «La guerra ha abierto la vasija, y nada podrá taparla de nuevo.»

Lisandro y Endio se habían erigido en valedores de los siervos, o al menos aceptaban como inevitable incorporarlos a los asuntos del estado.

Ninguno de los dos era altruista, y menos aún demócrata, sino tan realistas como Alcibíades. Según mis informadores, se habían reconciliado con él, o bien ambas partes habían comprendido la conveniencia de explotarse mutuamente. Endio había conseguido que su amigo fuera admitido dentro de las fronteras laconias, y Lisandro, como polemarca, garantizaba su seguridad.

Todos los grandes estados —rezaba la transcripción del discurso de Lisandro— se fundan sobre una violencia contra la naturaleza, de la que nace tanto su vigor como su vulnerabilidad. La locura de Atenas se llama democracia. Para bien, esa forma de abuso espolea el espíritu de iniciativa de los ciudadanos en una medida insólita en estados regidos con manó más firme, y desencadena energías que pueden impulsar a la nación hacia una prosperidad sin precedentes. Por desgracia, también siembra la envidia en el cuerpo de la polis. La democracia devora a su juventud. Cuanto más alto asciende un hombre, tanto más ahínco ponen sus conciudadanos en procurar su caída, de tal modo que, cuando se alza un individuo de auténtica valía, el estado puede beneficiarse de su talento el poco tiempo que tarda la chusma en inmovilizarle en la estaca y aplicarle antorchas a los pies.

En cuanto a Lacedemonia, nuestra aberración es la servidumbre que hemos impuesto a los ilotas. El sudor de nuestros esclavos produce, nos decimos, ese mismo poder bajo el que los mantenemos subyugados. Pero

¿quién domina a quién? Nos acostamos sobre una alfombra formada por quienes nos comerían vivos en mitad de la noche y aún nos sorprende que la pasemos dando vueltas sobre ella. Y nuestro ejército, a despecho de su fama de invencible, se encamina hacia el campo de batalla tarde y de mala gana, temeroso de dar la espalda a los cuchillos de cocina que deja en casa.

En campaña, hacemos que nuestros centinelas vigilen el campamento, más preocupados por aquellos que nos sirven que por el enemigo. La masa de nuestros esclavos es la espada que nos hará prosperar o perecer, y tenemos que empuñarla o dejar que nos mate.

Lisandro quería una flota. Propugnaba la expansión y la manumisión.

Pero la antigua constitución no daba margen a las reformas. Las cosas no podían cambiar. No cambiarían. Sin embargo, debían cambiar, y aquellos jóvenes lo sabían.

Aquél era el fenómeno más preocupante: las asociaciones políticas o

«aceite y trapo», como se les llamaba, las escuelas de lucha. Focos de agitación semejantes no habían existido nunca. Ahora abundaban y lo dominaban todo.

Parte del genio de las antiguas leyes que habían mantenido intacta la forma de gobierno espartana durante más de seis centurias consistía en haber fomentado la tutela de los mayores sobre los jóvenes en todas las instituciones. En ninguna faltaban veteranos; no había asociación o

camarilla que escapara a la supervisión de los mayores. Los nuevos grupos politicos habían roto con la norma. Eran sociedades juveniles y, como tales, hervideros de impaciencia. Apostaban por el futuro, y sus líderes eran Lisandro y Endio, Calcideo y Míndaro. Gilipos, por su parte, era miembro de «El Anillo», como el héroe Brásidas antes que él. En definitiva, aquél era el campo que atraía a los laconios más brillantes y ambiciosos, fueran cuales fuesen su nacimiento y su fortuna.

Endio era el más rico, con diferencia. Su propiedad del valle septentrional producía un vino excepcional al que se calificaba de meliades,

«dulce como la miel», además de cebada, higos y quesos suficientes para permitirle patrocinar a no menos de ocho decenas de caballeros cuyas fortunas habían decaído hasta el punto de impedirles costearse su asiento en un comedor militar. Al pagar por ellos, Endio restablecía su condición de espartiatas. Además, tutelaba a numerosos mothakes, hijos bastardos de Iguales, a cuya formación subvenía. Unos y otros eran ahora tan leales a Endio como al estado. Habida cuenta de los ilotas que lo consideraban su patrón, se decía que Endio mandaba un ejército privado sólo inferior al del rey.

Erigirse en campeón de Alcibíades había aumentado si cabe su influencia. Cada triunfo de su amigo en ultramar aumentaba la popularidad de Endio en casa. En su criadero de caballos de Cranioi, que ocupaba cuarenta y cinco hectáreas, había instalado un cuartel general en el exilio para su aliado. La víspera de la partida al Este de Alcibíades, tuve que acudir allí para agasajarle a él y a sus camaradas, Iguales de Esparta y atenienses desterrados. Cuando llegué, terminaba una competición ecuestre infantil; los invitados, en especial Alcibíades y Endio, convirtieron la entrega de premios en una bufonada, para regocijo general. Siguieron los sacrificios y el banquete, durante el que no se oyó una palabra de preocupación. Al cabo, la fiesta se trasladó a la guarida de Alcibíades, que me hizo llamar y sentarme en su mismo banco.

—Cuéntame lo de Sicilia —me ordenó.

Estábamos en la habitación que le servía de despacho. Por todas partes había transcripciones de actas de asambleas, actas de tribunales y documentos administrativos de Atenas, Argos, Tebas, Corinto… Mirara adonde mirase, veía pólizas de flete, comprobantes de construcción, órdenes de embarque, transcripciones de tribunales de guerra, skylatai decodificados y todos los informes de espionaje militar y politico

imaginables; los casilleros, que llegaban hasta el techo, rebosaban de cartas personales listas para ser enviadas, como pude descubrir echando un rápido vistazo, a todas las ciudades de Grecia, las islas del Egeo, Jonia y Asia continental.

—Lo has oído mil veces.

—Pero no de ti.

Se lo conté. Tardé en hacerlo toda la noche. Endio y los otros entraban y salían, o roncaban acurrucados en un rincón. Alcibíades no se movió.

Escuchaba con una atención constante, interrumpiéndome tan sólo para exigirme más pormenores cuando, en su opinión, me daba demasiada prisa en cambiar de tema o suceso.

Quería oírlo todo y oír lo peor. Si surgía un nombre, me pedía particulares sobre la suerte que había corrido el individuo de marras.

Ningún detalle le parecía insignificante. Una broma que había gastado el aludido, cómo era su mujer, cómo había muerto… La estrategia y la topografía le traían sin cuidado. Sobre el contorno de Epípolas o el despliegue de la flota le bastaron unas palabras. No dejó traslucir ninguna emoción. Durante las partes más duras, sólo se inmutaban sus ojos y esos músculos de debajo de la mandíbula que, como cualquier soldado sabe, mueven involuntariamente los sometidos a tortura.

—¿Estás cansado, Pommo? ¿Lo dejamos para más tarde?

—No, acabemos de una vez.

—Me muero de aburrimiento —protestó Endio.

—Pues vete a dormir.

—¿Cuántas veces tendremos que oír lo mismo?

—Hasta que haya oído lo bastante.

Alcibíades me hizo contarle casos de sacrificio individual o intrepidez, no sólo de atenienses, sino también de sus aliados, e incluso de esclavos.

Sus secretarios tomaban nota del nombre, patronímico y comarca de residencia del aludido, y me hacían repetirlos para mayor certeza.

—¡Endio, deja de dar vueltas, o vete a dormir!

Acabé mi relato cuando apuntaba el día. Alcibíades no se había movido en toda la noche.

—Ya está —dije, y me levanté.

Me encaminé hacia el potrero. La finca empezaba a despertarse. Los mozos se disponían a iniciar sus tareas, asperjaban y rastrillaban el corral o sacaban los caballos a pasear. Sentí la presencia de Alcibíades a mi espalda,

en la oscuridad, pero no me volví para hablarle o darme por enterado de su presencia.

—No sé de nadie que me odie tanto como tú.

—No te hagas ilusiones. Hay muchos que te odian más. Alcibíades rió por lo bajo.

—Viniste a matarme. ¿Por qué no lo has hecho?

—No lo sé. Supongo que no he tenido agallas.

Me volví hacia él. En mi vida he visto una expresión como la que tenía su rostro en esos momentos.

Daba la impresión de ser el hombre más solitario del mundo. Alguien que no podía confiar en los hombres, y menos aún en los dioses. Era evidente que nada le importaba menos que su propia muerte. Más bien, como un agonista en la palestra, parecía poseído por el genio perverso que le permitía percibir los dictados de la necesidad con mayor claridad que el resto de los hombres de su generación y le otorgaba, para servir a ese don, los poderes de pasión y persuasión necesarios para expresar sus imperativos. Sin embargo, sus compatriotas habían rehusado beneficiarse de su clarividencia, a diferencia de sus enemigos, cuyo odio crecía en proporción al provecho que obtenían de ella.

Cualquier otro caudillo guerrero ostentaba alguna graduación o dignidad, hablaba o mandaba en virtud de alguna autoridad. Alcibíades estaba solo y no poseía ni condición social, ni credenciales, ni siquiera el manto que le cubría los hombros. Allí estaba, sin patria y maldito, arrojado entre sus peores enemigos y, no obstante, nadie como él, espartano o ateniense, manipulaba el curso de la guerra con su sola voluntad y su solo empuje.

Más adelante, bajo pabellón persa, me sentiría intermitentemente presa de un pánico indescriptible. Tenía la sensación de estar demasiado lejos de todo lo que conocía. ¿Cómo había vencido aquella angustia mi benefactor?

¿Qué frontera podía ser más remota que la que ya había cruzado? ¿Qué mayor crimen podía cometer? ¿Qué mayor soledad podía sentir? Y, sin embargo, estaba poseído. No, como aseguraban sus enemigos, por la ambición de riquezas o gloria. Creo que ni siquiera por el deseo de redimirse. Más bien, estaba enzarzado en una lucha contra el destino, el Cielo o aquel genio aciago que dio al traste con todos sus esfuerzos y acarreó la destrucción y la desgracia a aquellos a quienes sólo deseaba beneficiar.

—¿Me perdonarás algún día por haberte salvado la vida, Pommo?

Clavé los ojos en la fibula que le sujetaba el manto en el hombro. Era el colmillo de lobo de Potidea. Experimenté ese fenómeno que los espartanos llaman un «retorno», durante el cual uno tiene la sensación de volver a vivir determinado suceso tal como ocurrió en su momento.

—¿Por qué me salvaste a mí —me oí preguntar—, en vez de a mi hermano?

—Tu hermano no habría venido.

Lo dijo sin un asomo de malicia, como una observación sencilla y evidente.

—¿Y por qué me hiciste venir?

—Necesitaba a mi lado a alguien que hubiera cruzado la misma puerta que yo.

Era la frase, idéntica, palabra por palabra, que había pronunciado su aparición en mi sueño febril. ¿Se lo decía? ¿Para qué?

—¿Y qué puerta es ésa? ¿La del infierno?

No respondió. Con una expresión entre compungida e irónica, se limitó a llevarse la mano al colmillo de lobo y quitárselo del hombro. La inscripción rezaba: «Al valor». Me lo enganchó en el manto.

—Tenía otro motivo para conseguir que te indultaran.

El cielo se había iluminado tras el monte Parnon. Alcibíades miró en aquella dirección. Yo seguía esperando.

—Cuando me maten, quiero que lo haga alguien que me odie de verdad. —Se volvió hacia mí y me miró directamente a los ojos—. ¿Te das cuenta del tiempo que llevamos luchando en esta guerra, Pommo? Cuando empezó, éramos unos críos. Los que nacieron entonces ya se han hecho hombres.

Me preguntó si estaba cansado de luchar.

—A más no poder.

Los ilotas se dispersaban por los campos para iniciar las labores agrícolas.

—Lisandro te hará llamar pronto. Debes hacer lo que te diga.

—¿Por qué?

—Por mí.

Sentí su mano sobre el hombro, firme como la de un amigo.

—No sigas atormentándote de ese modo, Pommo. A veces vivir es más duro que morir. Además, no tenías elección. El Cielo te creó para este

fin, como a mí para el mío. —Me soltó el hombro y lanzó una carcajada—.

¿Todavía no lo has comprendido, amigo mío? Tú y yo estaremos en esto hasta el final.

Pasaba las primeras horas de una tarde espléndida en el monte Carneo, en las afueras de Esparta, cuando Lisandro me mandó llamar. La ciudad se había engalanado para el Festival de Apolo; todos los ejercicios militares habían sido suspendidos. Me encontré con él junto al campo de pelota que llaman El Islote.

—Has servido como infante en la marina —me espetó Lisandro sin más preámbulos—. Volverás a hacerlo.

—¿No me quieres como sicario?

—No te pases de listo conmigo, hijo de puta. Si por mí fuera, seguirías pudriéndote en las canteras. Y no te pavonees como si tu amigo te hubiera salvado el culo por lo mucho que te quiere. No tardará en dar el salto. Por eso estás aquí. Porque cree que seguirás a su lado.

—¿De veras?

—Tú salta cuando yo lo diga y no respires sin mi permiso.

Lisandro no era un hombre físicamente poderoso. Sólo me llevaba media cabeza y no era más ancho de hombros que yo; pero no me avergüenza confesar que me daba pánico.

—Si tan seguro estás de que te traicionará —dije—, ¿por qué no lo matas ya?

—Porque me es útil, como yo a él. Por ahora nos queremos como hermanos.

A su lado, Fresa le hizo una seña; nos observaban. Lisandro abrió la marcha bajo las acacias frente a la pista de carreras y el pequeño bronce del dios Risa. Llegamos por la vía Amiclea hasta la Cinta, la pista recta donde, descalzas y en camisa, se entrenan las niñas.

—Detengámonos aquí —ordenó Lisandro señalando un espacio entre un grupo de espinos en el que su caballo podría pastar—. Tienes que comprender lo que ocurrirá.

»Esparta se aliará con Persia. El precio serán las ciudades griegas de Asia. Se las venderemos a Darío a cambio de oro y una flota para acabar con Atenas. Alcibíades cerrará el trato. Ningún espartano, incluidos Endio y yo mismo, lo conseguiría. Tras obtener el acuerdo, Alcibíades nos traicionará. Debe hacerlo y lo hará. No habrá fuerza que pueda impedirle volver a casa y redimirse a los ojos de sus compatriotas.

»Ahora viene lo más peliagudo. Tres fuerzas procurarán destruirlo. Sus compatriotas, que le odian, sus enemigos en el campo espartano y cualquier persa con suficiente visión de futuro para intuir que les prepara una trampa.

—Se volvió hacia mí—. Lo mantendrás con vida, Polémidas —dijo, usando mi nombre laconio—. Tú y los infantes que pagaré y a los que entrenarás.

—Hasta que decidas que ha llegado el momento de matarlo, ¿no es eso?

El espartano me miró fijamente. Estaba claro que mi persona y mi pretendida rectitud le traían sin cuidado. Pero la cuestión en sí misma merecía consideración. Por un momento su pétreo semblante se dulcificó y, como si viera en mí, no a un igual al que podía confiarse, sino al representante de un grupo de electores, me miró a los ojos con pesar.

—No seré yo quien exija la desaparición de nuestro amigo, Polémides, sino ese dios solitario al que rinde culto.

—¿Y qué dios es ése?

—La Necesidad.

OceanofPDF.com