Vientos de guerra

Steven Pressfield · Capítulo 36 de 54

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Vientos de guerra

XXXV a Cvbierto de la Envidia

XXXV

A CVBIERTO DE LA ENVIDIA

Cinco días más tarde, los prytaneis convocaron la Asamblea. El Consejo había preparado mucho trabajo, especialmente en lo relativo al erario, que estaba casi en bancarrota; la reimplantación del tributo del imperio; la renovación de la eisphora, el impuesto de guerra; las tasas sobre el paso de los estrechos; diversos asuntos relacionados con la flota y el ejército, como la concesión de honores y la celebración de consejos de guerra y juicios por negligencia y malversación; y, por último, la prosecución de la guerra. El orden del día no podía ser más apretado; sin embargo, nadie parecía dispuesto a hablar. La Asamblea se limitó a murmurar hasta que apareció Alcibíades; a partir de ese momento, el pueblo le mostró tanto respeto y adulación que no hubo manera de tratar ningún asunto, pues cada vez que se proponía alguna medida o algún proyecto de ley alguien provocaba una aclamación. El caos no disminuyó al día siguiente, ni durante la siguiente sesión; por el contrario, cada vez que el epistates, el presidente de la Asamblea, planteaba una cuestión, todas las cabezas se volvían hacia Alcibíades y sus compañeros esperando que expusieran su parecer. Nadie gritaba un sí hasta que él no votaba afirmativamente, ni un no hasta que no le veía fruncir el ceño.

La Asamblea estaba paralizada, pues el brillo de su miembro más ilustre había anulado su capacidad de deliberar. Pero el trastorno no limitó sus efectos al debate público. Hombres como Euriptolemo y Pericles, a quienes se atribuía cierto ascendiente sobre Alcibíades, se vieron asediados no sólo por serviles peticionarios, sino también por simples amigos y socios que les felicitaban y les ofrecían sus servicios.

En la Asamblea sólo había partidarios de Alcibíades. La oposición brillaba por su ausencia. Por más que pidió a los presentes que expresaran su desacuerdo sin temor, quienes tomaban la palabra sólo lo hacían para secundar las propuestas de sus adeptos o presentar otras que éstos, lo sabían, consideraban acertadas. Cuando Alcibíades se ausentó para animar

el debate, los congregados se levantaron y se marcharon a casa. ¿Qué sentido tenía quedarse si no estaba Alcibíades? Si se marchaba a comer, el pueblo le imitaba. No podía alejarse para orinar sin que una caterva de conciudadanos le siguiera, se levantara la túnica y aliviara sus necesidades junto a él.

Su triunfo se celebró de inmediato en Eleusis. Alcibíades devolvió todo su esplendor a la sagrada procesión en honor de los Misterios, que, sustituida por una travesía marítima poco gloriosa, no se efectuaba por tierra desde el comienzo de la ocupación espartana. La infantería y la caballería escoltaron a los neófitos e iniciados a lo largo de los cien estadios del recorrido, mientras las fuerzas enemigas seguían a la comitiva a distancia sin atreverse a actuar. Yo estaba presente y pude ver las caras de las mujeres que se apretujaban para acercarse a su salvador derramando lágrimas e invocando a las dos Diosas, cuya ira contra Alcibíades había sido el origen de todos los recientes males, para que sostuvieran su fuerte brazo y le permitieran protegerlas y honrarlas. Así pues, ahora parecía gozar del favor de todo el mundo, no sólo de los hombres, sino también de los dioses.

Cabía esperar que aquella locura remitiera poco a poco, pero no fue así. La gente se arremolinaba a su alrededor en todas partes, en tal cantidad que dejaba pequeñas a las multitudes de Sarros y Olimpia. En cierta ocasión, al pasar por la calleja llamada el Atajo, que desemboca frente a la parte posterior de la Cámara Redonda, la muchedumbre rodeó al séquito de Alcibíades y aplastó contra los muros a Diotimo, Adimantos y sus mujeres, que les acompañaban casualmente y echaron a gritar temiendo morir asfixiadas. Los infantes de la escolta tuvieron que forzar a empujones la entrada a una casa particular, por cuya puerta trasera se escabulleron los notables y sus esposas, mientras los soldados se deshacían en disculpas por la intrusión y las mujeres de la casa miraban embobadas a Alcibíades, que, sentado en un poyo del patio, ocultaba la cara entre las manos, descompuesto por la histeria de la masa.

Desalojábamos a los importunos de letrinas y tejados y de las tumbas de los familiares de Alcibíades. Sus adoradores le daban serenatas nocturnas y arrojaban piedras y trozos de madera envueltos en peticiones y poemas por encima de las tapias de su casa, a veces en tal cantidad que los criados tenían que retirar los objetos frágiles y los niños se veían obligados a jugar dentro para evitar que los bienintencionados proyectiles les rompieran la crisma. Los mercachifles vendían la efigie del héroe pintada

en platos y hueveras, grabada en medallones, bordada en cintas para el pelo y paños de cocina, en banderines y cometas. En todas las esquinas podían adquirirse estatuillas de la buena suerte en forma de palo mayor con su vela, que ostentaba las letras nu y alfa, por Niké y Alcibíades. Las reproducciones a escala del Antíope costaban un óbolo. Los sencillos corazones del vulgo erigían santuarios en su honor por todas partes; desde las puertas se atisbaban rincones atestados de baratijas en el interior de las casas, como altares dedicados a un semidiós.

Se le presentaban delegaciones de hermandades y consejos tribales, de cultos a héroes y antepasados, de asociaciones de veteranos y gremios artesanales, de sociedades de residentes extranjeros y grupos sólo para mujeres, ancianos o jóvenes, unos para solicitar la reparación de alguna injusticia, otros para manifestarle su lealtad, y el resto para concederle la máxima distinción de su secta, absurdas fruslerías que los soldados debían etiquetar, meter en cajas y trasladar en carretillas a un almacén. Pero en la mayoría de los casos le importunaban sin razón alguna, por el simple deseo de verlo y estar con él. De hecho, era un título de honor presentarse ante su puerta espontáneamente, sin motivo ni previo aviso, dado que pedir audiencia se consideraba un indicio de codicia o interés. Y siguieron acudiendo; los ebanistas al amanecer, los Hijos de Dánae a la hora del mercado, los vigilantes de los astilleros a mediodía, los alfareros un poco después, seguidos por otros que ofrecían la misma mezcla de palabrería, adulación y vanidad. Critias, que con el tiempo se convertiría en tirano, llegó a poner en versó el sentimiento general:

A mi propuesta se dictó el edicto

que del tedioso exilio te devolvió a la patria.

Yo fui el primero en conmover al pueblo,

y quien con voz más firme se batió por tu causa.

Era imposible encontrar a nadie que hubiera votado contra él ó formado parte de un jurado que le hubiera condenado. Sus antiguos detractores debían de haber huido a la región hiperbórea ó al infierno.

Los encomiastas de las delegaciones tampoco podían terminar sus panegíricos, interrumpidos por los gritos de «¡Autokrator, autokrator!» que lanzaban sus correligionarios. Los de la mañana querían un Alcibíades dueño del estado y libre de toda cortapisa

constitucional, y los de la tarde, fraternidades más circunspectas de la clase ecuestre y de los hoplitas, de los hombres de la flota y los gremios de comerciantes, secundaban el sentir popular y le aconsejaban que se pusiera a cubierto de la envidia. Todos los grupos le ponían en guardia contra la inconstancia del demos, que acabaría volviéndose contra él y demostrando la inconsistencia de «su»

presunta devoción. Cuando llegara ese momento, le advertían aquellos partidarios de la obediencia, la autoridad de Alcibíades debía ser absoluta. Estaba en juego nada menos que la supervivencia de la nación.

La duodécima noche, la corporación más seria e influyente de Atenas se reunió con Alcibíades en casa de Calias, el hijo de Hipónico.

Su portavoz era el mismísimo Critias. Si Alcibíades estaba de acuerdo, declaró, a la mañana siguiente propondría la moción al pueblo. Sería aprobada por aclamación. La ciudad dejaría atrás sus pasionales y suicidas oscilaciones y estaría en condiciones de reanudar la guerra y ganarla.

Alcibíades no respondió, pero Euriptolemo lo hizo por él.

—¿Eres consciente, Critias, de que una moción semejante sería contraria a la ley? —preguntó con toda calma.

—Con todos mis respetos, amigó mío, la ley la hace el demos, ylo que dice el demos es ley.

Alcibíades seguía sin despegar los labios.

—No sé si lo he entendido bien —dijo Euriptolemo—. ¿Se supone que ese mismo demos que desterró y condenó inconstitucionalmente a mi primo podría ahora, con pareja ilegalidad, aclamarlo dictador?

—En aquella ocasión, el pueblo actuó con ligereza —declaró Critias enfáticamente—. En ésta, actúa con sabiduría.

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