Vientos de guerra

Steven Pressfield · Capítulo 50 de 54

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Vientos de guerra

XLIX Egospótamos

XLIX

EGOSPÓTAMOS

El buen orden de nuestra historia [siguió diciendo Polémides] exige que relatemos ahora la derrota que doblegó a nuestra nación. La narración mejoraría si convirtiéramos la batalla en un enfrentamiento formidable, con alternativas para ambos bandos que permitían dudar del resultado hasta el último momento. Como sabes, estaba perdida desde hacía años.

Seamos justos con Lisandro. La victoria, aunque carente de brillantez, fue el resultado de una astucia y una paciencia magistrales, y puso de manifiesto una disciplina, un autodominio y un conocimiento tan perspicaz de las debilidades del enemigo como para constituir en sí misma un hecho que no suscitó un gran revuelo. Lisandro esperó; la fruta cayó. Nadie puede negarle que obtuvo para su país y sus aliados el triunfo que ningún otro había sido capaz de proporcionarle en tres veces nueve años de guerra.

Permanecí en Tracia la mayor parte del invierno que precedió a la batalla, donde me enteré de que los agentes de Lisandro se habían hecho con el poder en Mileto y habían pasado a cuchillo a todos los demócratas. A continuación, tomó Laso, aliada de Atenas en Caria, ejecutó a todos los varones en edad militar, vendió como esclavos a las mujeres y los niños y arrasó la ciudad.

Aquel último invierno, Alcibíades sufrió una grave caída de un caballo. No pudo andar durante meses; el dolor que le producía levantarse de la silla le dejaba blanco como la pared. Los pueblos salvajes no tienen paciencia con los incapacitados. Medoco levantó el campo y se llevó su ejército; Seutes hizo lo propio. El príncipe, que debería haber odiado a Alcibíades por su asunto con Alejandra, demostró ser su defensor más constante. Hizo que lo trasportaran en litera a Pactia, le envió su propio médico, un halconero y animales para que los ofreciera en sacrificio. Le dio cinco ciudades para la carne, el vino y el resto de sus necesidades. Cuando le preguntó qué podía hacer por su espíritu, Alcibíades pidió tres cuerpos de guerreros, que puso a las órdenes de Mantiteo, Druso el joven y Canocles, e

hizo que los adiestraran como a una especie de élite móvil desconocida hasta entonces, pues podían remar y luchar como infantería pesada, cargados con sus respectivos petates y armaduras, sin depender de los nobles ni del consejo de caudillos. Cuando Medoco despreció aquella fuerza por su insignificancia numérica, Alcibíades declaró que podía triplicar sus filas en un mes sin pagar un óbolo. Se limitó a vestirlos con colores de guerra y pasearlos por las Montañas de Hierro. Fueron tantos los jóvenes deslumbrados por su formidable aspecto que reclutó a diez mil y tuvo que rechazar a otros tantos.

Al fin, en primavera, mejoró de la espalda. Ya podía cabalgar. Los clanes tracios se reúnen al alzarse Arturo, y en ése festival Alcibíades participó en las competiciones ecuestres y ganó la corona, a los cuarenta y seis años. Creo que aquello le permitió recuperar el crédito perdido.

Lisandro había capturado Lámpsaco, al otro lado del estrecho, tan cerca que es posible verla en los días sin niebla. A la playa que se extendía bajo la fortaleza de Alcibíades, atraída por su perverso destino, llegó la última flota ateniense, mandada por Conón, Adimantos, Menandro, Filocles, Tideo y Cefisodoto.

El relato que podía hacer Polémides de la batalla de Egospótamos era necesariamente sumario, puesto que cuando se produjo se encontraba en Macedonia comprando madera para barcos y también porque lo narraba a alguien como yo, que conocía lo ocurrido con detalle. En atención a ti, querido nieto, permíteme que tome el relevo y dé cuerpo a aquello que nuestro cliente pasó por alto en la relación que me hizo.

Egospótamos está justo enfrente de Lámpsaco, al otro lado del Helesponto. No es un puerto, sino apenas un fondeadero. Hay dos pequeñas aldeas, pero carecen de mercado. El viento sopla del nordeste, continuo y fuerte; la intensa corriente que discurre frente a la playa hace difícil hacerse a la mar y más aún varar, puesto que los barcos, huelga decirlo, deben tomar tierra ciando. La playa propiamente dicha mide más de diez estadios, extensión más que suficiente para los barcos y un campamento de treinta mil hombres, que, no obstante, tienen que caminar más de treinta estadios hasta Sestos para encontrar comida. Egospótamos tiene buena agua, salvo cuando sube la marea, que asciende por los arroyos; hay que remontarlos dos estadios para obtener agua potable. Parecía una locura asentar el campo en aquella playa inhóspita, teniendo tan cerca la ciudad

aliada de Sestos. No obstante, retirarse a ella, como aconsejaban muchos, incluido Alcibíades, habría sido conceder Lámpsaco al enemigo, cosa a la que no se atrevían los generales, que tenían bien presente la suerte que habían corrido sus prededesores tras Arginusas. Por otra parte, no veían el momento de enfrentarse a Lisandro. Fueran cuales fuesen los inconvenientes de Egospótamos, al menos estaba justo enfrente del enemigo. Lisandro no podría escabullirse; tarde o temprano tendría que salir y presentar batalla.

Este documento, procedente de la investigación que llevó a cabo el Consejo con posterioridad, es lo declarado bajo juramento por mi viejo compañero Moretones, que sirvió a bordo del Hipólita en aquella playa: Bajó de su castillo. Todos dejamos los que estábamos haciendo y nos arremolinamos a su alrededor. Era Alcibíades, desde luego, pero parecía un salvaje. Ya sabéis, señores, cuánta facilidad tenía para adquirir los hábitos de la gente con la que convivía. Los generales no estaban dispuestos a permitir que se dirigiera a las tropas, pero hasta la última de sus palabras se extendió como el fuego por todo el campamento. No dijo nada que los hombres no hubieran oído una y otra vez: que aquel lugar era una trampa mortal y que nos retiráramos a Sestos. Que dispersarnos a lo largo de kilómetros para conseguir manduca nos hacía vulnerables. ¿Y si los espartanos nos atacaban por sorpresa? Pero no podíamos irnos, o Lisandro se largaría. Y lo siguiente sería la llegada de Atenas del Salamina para convocar a los generales a casa y juzgarlos por negligencia. Todos sabíamos que la cosa acabaría así.

Alcibíades trajo comida, pero los generales no permitieron que los hombres la aceptaran. Juró que nos proporcionaría un mercado, o que haría que nos trajeran productos del campo, gratis. Tenía a sus tracios, dijo, diez mil, entrenados para luchar a pie, a caballo y en el mar. Seutes estaba en camino, lo mismo que Medoco. Otros cincuenta mil. Los pondría bajo el mando ateniense, del que renunciaba a formar parte.

Si no aceptaban sus tropas, al menos podían darle un barco. Serviría bajo el comandante que le asignaran. Pero los generales tampoco podían hacer eso. Concederle algo era concederle todo. Si vencíamos a Lisandro, se llevaría toda la gloria; si perdíamos, la mierda nos llovería encima a nosotros. ¿Cómo iban a decir que sí a eso los generales? Los ejecutarían en cuanto pusieran los pies en el Ática.

Propuso servir no como capitán de barco, sino como simple infante. Lo echaron del campamento. Era demasiado grande, ¿comprendéis? A su lado todos parecían enanos. Y tenían razón. A los ojos de los generales, era el peor enemigo de Atenas; lo temían más que a Lisandro.

Durante cuatro mañanas, Lisandro situó sus fuerzas en orden de batalla en mitad del estrecho. Durante otras tantas, la flota de Atenas se situó enfrente. A mediodía, Lisandro se retiraba a Lámpsaco y los atenienses, a Egospótamos. Todos los días, nuestros hombres tenían que dispersarse para buscar comida, mientras que los de Lisandro, con la ciudad a sus espaldas, tenían la suya al alcance de la mano, junto a sus barcos. Al quinto mediodía, Lisandro realizó la misma maniobra: sacó las naves y volvió a retirarlas. Atenas le imitó. Pero ese día, cuando nuestros marineros se desperdigaron para comer…

Cayeron sobre nosotros con el triple de fuerzas: doscientos diez barcos de guerra y cuarenta y dos mil hombres. No hace falta que os diga cuáles eran nuestras posibilidades. Sólo hay un modo de subir a bordo de un trirreme: por compañías, en orden. Pero ¿cómo lo haces con los hombres desperdigados a lo largo de treinta estadios de guijarros? Botamos el Hipólita con un solo banco de remeros. A nuestros flancos, el Pandia y el Implacable ni siquiera consiguieron reunir tantos. Nadie intentó organizar el ataque. Simplemente nos lanzamos contra ellos. Nos agujerearon de proa a popa. Cualquiera que estuviera en el agua podía darse por muerto. Los espartanos cazaron al resto en la playa.

Lisandro los había entrenado a conciencia; conocían el terreno y cortaron ambos torrentes y todos los caminos de escape. Sus barcos lanzaron rezones a los nuestros y los remolcaron. Lisandro fue listo; nada de infantería pesada, que se habría quedado atascada en la arena, sólo peltastas y jabalineros. Y, en lugar de lanzarse a ciegas a la carga, avanzaron formados por compañías y destrozaron el campamento como perros de presa. Si volvías la cabeza, lo veías todo escarlata.

Lisandro hizo la friolera de veinte mil prisioneros. Vendió a los isleños y los esclavos, y sólo retuvo a los ciudadanos atenienses.

Se los llevó cautivos a Lámpsaco, los juzgó y los ejecutó como opresores de Grecia. Cuando empezó la investigación del Consejo, las

galeras habían empezado a llegar al Pireo con el cargamento de la matanza. Lisandro devolvió a Atenas los cuerpos de sus hijos, para que nadie pudiera acusarle de impiedad, pero sobre todo para quebrantar la moral de la ciudad. Porque, aunque ya no tenía flota ni hombres para tripularla, muchos habían jurado resistir hasta el final, con ladrillos y piedras si era necesario, subidos a la Acrópolis , y arrojarse al vacío antes que rendirse al enemigo.

Lisandro embarcó los cuerpos desnudos y despojados de cualquier cosa que pudiera identificarlos. Con ello quería obligar a los funcionarios a exponer los cadáveres juntos, como en una necrópolis, de modo que la gente, para identificar a sus hijos y maridos, tuviera que recorrer los pasillos y las avenidas que formaban los caídos y mirar cada rostro en busca de los de sus seres queridos. Imponiendo a los atenienses aquella prueba pretendía aterrorizarlos y extirpar de sus corazones la voluntad de resistir.

Su ejército lo integraba ahora toda Grecia, respaldado por el inagotable tesoro de Ciro. El ejército de Agis sitió la ciudad; la flota de Lisandro la bloqueó por mar.

El dieciséis de muniquión, la misma fecha en que Atenas y sus aliados habían preservado a Grecia de la tiranía de Persia en Salamina, la armada de Lisandro entró en el Pireo sin oposición. El partido encabezado por Terámenes entregó la ciudad. Dos batallones de infantería pesada tebana tomaron el Areópago y cerraron todas las oficinas gubernamentales. Un regimiento corintio ocupó el ágora; divisiones de Elis, Olinto, Potidea y Sición derribaron las puertas e iniciaron la demolición de las fortificaciones del Pireo, mientras otras de Eniadas, Mitilene, Quíos y el imperio, ya liberado, comenzaban a desmantelar la Muralla Larga al son de la música de muchachas flautistas. Dos brigadas de infantería de la marina espartana y peloponesia, que incluían brasidioi e ilotas manumitidos, neodamodeis, bajo el mando de Pantocles, se apoderaron de la Acrópolis. Ofrecieron sacrificios a Atenea Niké y asentaron el campo entre el Erecteon y el Partenón. La última división, compuesta de infantes lacedemonios y mercenarios de Macedonia, Etolia y Arcadia ocupó la Cámara Redonda y la sede de la Asamblea en la colina del Pnix. Con ellos estaba Polémides, vestido de escarlata.

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