Vientos de guerra
XIII Tres Veces el Nombre del Vencedor
XIII
TRES VECES EL NOMBRE DEL
VENCEDOR
Los juegos olímpicos que siguieron a la campaña de Mantinea
[prosiguió Polémides] fueron aquellos en los que los equipos de Alcibíades consiguieron el primero, el segundo y el tercer lugar en la carrera de los cuatro caballos. Ni el triunfo en Troya ni la aparición del propio Apolo en una cuadriga alada habrían causado una mayor sensación. Dos veces cien mil rodearon el hipódromo. ¿Recuerdas la oda a la victoria que compuso Eurípides? ¿Cómo decía? «Hijo de Clinias… no sé qué, no sé qué… Esta gloria
… ha de ser la cima de la fama,
al oír al heraldo gritar tres veces
el mismo nombre del vencedor.»
Yo me perdí la carrera. Nuestro gallinero llegó tarde pues venía de Naupacto, de comer de balde. Nos contaron que había aparecido Alcibíades con los tres equipos en un banquete que organizó en su honor la ciudad de Bizancio, cuya ciudadela había tomado él por asalto hacía menos de diez años. Agis, el rey espartano, se encontraba allí con cuarenta de sus caballeros. La muchedumbre le abandonó para poder echar un vistazo a los jinetes de Alcibíades. Éfeso, Quíos, Lesbos y Samotracia erigieron pabellones en su honor. Los saurios enviaron una barcaza llena de vírgenes que entonaban himnos, la cual encalló y salieron todos los luchadores con sus laureles para rescatarlas. Si no recuerdo mal, el río no llegaba a un palmo de profundidad.
Exainetos de Sicilia se llevó la corona en la carrera del stadion en aquellos juegos olímpicos; nadie le dirigió una sola mirada. La muchedumbre sólo tenía ojos para Alcibíades y, a falta de él, para sus
caballos. Se armó un gran revuelo a cuenta de boñigas. Cierto, yo mismo lo vi. En cuanto uno de aquellos campeones levantaba la cola, un puñado de hombres metían la cabeza bajo ella, como si el agujero del trasero de aquel equino fuera una fuente de la que manaran pepitas de oro. Incluso se llevaban las huellas de los cascos: las recortaban en la tierra y las guardaban como si fueran improntas de albañil. Jamás había visto tantos borrachos ni me había emborrachado yo tanto. El índice de fornicación pública fue espectacular.
Por lo que se refiere a Alcibíades, no te podías acercar a él a una distancia menor de la de un tiro de flecha. A los treinta y cuatro años brillaba ya en el firmamento, como campeón de campeones, la máxima celebridad no sólo de Grecia sino también de Macedonia y Tracia, Sicilia e Italia, lo que equivale a decir que, dejando Persia aparte, era la persona más célebre del mundo.
Los propios juegos marcaron época en un sentido más amplio.
Cabe recordar que los anteriores fueron aquellos en los que Esparta quedó excluida por la polémica con los sacerdotes eleáticos de Zeus.
Sin los lacedemonios faltó el lustre en todas las coronas. Pero en esta ocasión estaban allí. El boxeador Polidoro, el pentatleta Esfenelaides, además de dos equipos en la carrera de cuatro caballos, ninguno de los cuales había sido vencido excepto por el otro. Mantinea recuperó su orgullo. Reconquistaron su michos, como habría dicho Alcibíades, y se enorgullecieron de él.
Por lo que a mí se refiere, la presencia espartana tuvo un significado más personal. Tenía la impresión de irme encontrando a cada paso a los antiguos compañeros de la instrucción, así como a los oficiales y a los capitanes jóvenes que nos hablan adiestrado. En el exterior del Pabellón de los Campeones topé con Fébidas, mi antiguo comandante, y su hermano Gilipos, quien castigó más tarde a las fuerzas atenienses con tanta dureza ante Siracusa. Me encontré también con Endio, amigo de la infancia y, según algunos, amante de Alcibíades. Era capitán de los Caballeros y al año siguiente iba a formar parte de los éforos.
Circulaban por allí muchos como yo, de los que no lucíamos los colores de nuestra nación sino la desollada piel del expatriado, del escudo a sueldo. Las temporadas transcurrían tan sin transición, una
tras otra, que la persona no se percataba de los cambios sufridos por ella misma hasta que los veía reflejados en el aspecto de un compañero al que no había visto en años. Apareció por allí Alceo, compañero de tienda de Sócrates, el divertido actor de Aspasia Tres. Se había convertido en entrenador. Pandión, su discípulo, había caído aquella mañana amarrado a la piedra, prefiriendo la muerte antes que el segundo lugar, Pandión de Acarnas, quien había prestado juramento efébico al lado de mi hermano el verano anterior, o así me parecía a mí. Y los encuentros continuaban. Todos localizaban a algún compañero de la época escolar, al que la última vez había visto imberbe. ¿Cómo se había posado la gris mancha en la barba del amigo, de dónde procedían las cicatrices que se veían en sus extremidades? Y las preguntas sobre una hermana o madre, una esposa o hijo daban como resultado las mismas respuestas tácitas. En poco tiempo cesaba el interrogatorio. Cada cual miraba a los ojos al compañero y en ellos leía la pérdida que, sin darse cuenta, llevaba grabada en los suyos.
Al tercer día, al alba, Eunice me despertó zarandeándome en el campamento que teníamos instalado a lo largo del Alfeo.
—¡Levántate, dormilón! E intenta echar un vistazo al caballero.
Vi a León en la orilla. Nos habíamos despedido en Mantinea dos veranos antes y yo no había respondido al montón de cartas que me habían llegado de él y que seguían en mi equipaje.
Iba acicalado, pulcro, se notaba que había prosperado, había abandonado el servicio. Le di unas alegres palmadas. Aquel imprudente pilluelo de Potidea era ahora como una columna, con treinta años, con hijos de más de diez y la propiedad de nuestro padre, que administraba en aquellos momentos en solitario. Emprendimos la marcha hacia la ciudad por un camino muy transitado.
Me reprochó el hecho de seguir la vía de la guerra.
—La soldada vale la pena —fue mi defensa.
—Pues invítame a comer.
Los dos nos reímos.
—Tú no soltarías un óbolo ni por el trasero…
Según me dijo, tía Dafne estaba enferma. ¿Sabía yo que seguía siendo la niña de sus ojos?
—Está preocupada por ti, hermano. Y yo también lo estoy. —
Pretendía que volviera a casa con él, a trabajar la tierra. Como copropietario, al cincuenta por ciento—. Yo no puedo con toda la propiedad, Pommo. Pero entre los dos podríamos conseguir que rindiera.
Mi hermano y yo pasamos el día juntos y ni uno ni otro fue capaz, hasta el momento de despedirnos, de abordar el tema que más nos llegaba al alma.
—¿Ya has colocado en su lugar sus huesos?
Me refería a los de mi esposa e hijo, a los de mi padre y de Meri, en la tumba de Acarnas, su hogar.
—Tú eres el mayor, Pommo. Sabes bien que eres tú quien debe hacerlo.
Con aquella respuesta, se desvaneció en mí toda la alegría que podían depararme a partir de entonces los juegos. Tenía que volver a casa. Preparé el equipaje a la mañana siguiente, lo que desencadenó una solemne disputa con Eunice, para quien era artículo de fe que algún día me «daría aires de caballero» y la abandonaría. No soporto este tipo de escenas con las mujeres. Tenía ya el equipo a punto cuando vino a buscarme al campamento un hombre de armas, un escudero de los espartanos. Era un hombre de Endio, a quien apodaban Derechazo por su habilidad con el hacha. Me transmitió la invitación de su jefe para cenar en su mesa aquella noche. En ella incluía a mis compañeros y a las respectivas mujeres.
El banquete del caballero no se celebró en el pabellón de los huéspedes sino en una propiedad privada situada en Harpine, en las afueras de la ciudad de Olimpia. Derechazo nos recogió para llevarnos hasta allí. Contaba yo por aquel entonces treinta y cuatro años; Endio había cumplido ya los cuarenta y cinco. De joven, mi categoría había sido tan inferior a la suya que incluso entonces, sin darme cuenta, me dirigía a él con el tratamiento de «señor» y me situaba al lado de su escudo, como deferencia.
—Tranquilo, Pommo. Ahora podemos ser amigos.
El caballero se mostró cortés, casi diría encantador con nuestras mujeres, al permitirles cenar junto a él y sus compañeros, una familiaridad, sin precedentes en Lacedemonia.
—¿Es cierto —aventuró la deslenguada Eunice— que las mujeres espartanas aparecen completamente desnudas en las fiestas?
—Nosotros no decimos desnudas —respondió nuestro anfitrión—
sino bienaventuradas.
—¿Y qué pasa con las gordas?
—Precisamente por ello no engordan.
Eunice asimiló aquello con sentido del humor.
—¿De verdad que las mujeres espartanas son las más bellas de Grecia?
—Eso afirma Homero —replicó Endio citando a las hijas de Tindáreo, la Helena de la antigüedad y Clitemnestra, así como a su prima Penélope, a quien Odiseo había dejado en Ítaca.
Hacia el final de la cena apareció otro espartiata. Era Lisandro.
Desde lo de Mantinea había ascendido a lochagoi de hoplitas. Tomó asiento al lado de Endio. Cuando se hubo entonado el himno de acción de gracias, dando por terminado el banquete, los dos nos hicieron señas a Telamón y a mí para que no nos retiráramos. Era tarde pero había claro de luna. ¿Aceptaríamos acompañarles al campo para tomar un poco el aire? Nos habían preparado ya las monturas; los escuderos de los Iguales saldrían primero con sus teas.
¿De qué podía tratarse? Durante la cena se había evitado toda mención de Alcibíades, nadie había citado proeza alguna poniéndose su nombre en los labios. El mismo Endio se había limitado a articular un par de palabras sobre su amigo, respondiendo a una observación hecha por Telamón, sobre el hecho de que el pabellón más espléndido erigido en honor al vencedor era el de Argos, la cual, desde lo de Mantinea, se había convertido por segunda vez en democracia y entre cuyos influyentes Alcibíades contaba con un montón de aliados y amigos. ¿Estaría explotando políticamente la situación? «Nada de lo que hace él —precisó Endio— se aleja de la política.»
Habíamos recorrido ya unos cuantos estadios junto al Alfeo. Ante nosotros se extendía un paisaje cubierto de olivares y campos de cebada. Endio comentó que aquellas tierras, en concreto la propiedad por la que pasábamos entonces, pertenecían a Anacreón de Elis, familiar de su esposa, quien tenía importantes deudas con él. A un gesto de Endio, los escuderos de los espartanos se detuvieron junto al risco que daba al río.
—Lo que vamos a hablar mi compañero y yo ahora mismo —
empezó el caballero— no tiene nada que ver con los reyes y magistrados de Lacedemonia, nos atañe tan sólo a nosotros, como particulares. ¿Nos atenderás sin repetir una palabra de lo que oigas?
Se me puso la carne de gallina.
—Podemos volver a pie —respondí, descabalgando. La mano de Telamón me detuvo.
—Estos caballeros desean hacer un trato, Pommo. Yo también estoy en él. —Me dio unos toques en la rodilla para tranquilizarme. No perdía nada prestando atención a una propuesta de trabajo.
—¿Te consideras patriota? —preguntó Endio dirigiéndose a mí.
Era capaz de llegar a Atenas al despuntar el día, si es que se refería a eso.
—Lo que quiero decir es: ¿defenderías tu ciudad contra sus enemigos? ¿Prescindirías del valor de tu vida si con ella tu país conservara la libertad?
Confiando en los dioses, respondí que esperaba conservar las dos. Sonrió, echando una mirada a Telamón. Mi compañero se mantenía en silencio. Habló luego Lisandro, dirigiéndose a mí:
—Has dicho que sacrificarías la vida contra el enemigo que amenazara tu país. Te creo y eso te honra. Pero sigamos con la suposición. En caso de que azotara tu nación una gran epidemia, una hambruna, pongamos por caso, una desgracia…
—Habla sin tapujos, amigo mío.
—… ¿Responderías con la misma audacia? Suponiendo que con un único golpe certero pudieras salvar…
—¿Me tomas por un homicida, Lisandro? Endio le interrumpió, acalorado:
—Quien mata a un tirano no es un asesino sino un patriota. ¡Un libertador de su país como Harmodio y Aristogitón!
—Caballeros, caballeros —intervino Telamón levantando la mano
—. Estamos hablando de negocios, no nos apasionemos.
Endio no le hizo caso y siguió dirigiéndose a mí con gran ardor:
—¿No le llamarías salvador a quien librara de tal azote a su patria?
—¡Endio!
La exclamación salió de Lisandro, en tono implacable.
Aquél hizo un esfuerzo por recuperar el control.
—Vamos a hablar claro. Se acabaron las evasivas. Tienes ojos en la cara, Polémidas; no eres estúpido. El enemigo de tu país no es Esparta. Su adversario real está en sus propias entrañas. No vamos a ser nosotros sino la serpiente tres veces coronada, cuya ambición ha llegado a un límite febril, quien va a destruirla con sus excesos.
—¿Tanto le temes, Endio?
—Le temo y le odio. Y también le amo, como tú.
Se volvió. Durante un buen rato nadie abrió la boca.
—¿Cuál sería la parte correspondiente al patriota —intervino mi compañero— que lograra arrancar a esa víbora del pecho de Atenas?
—Todo lo que ves.
Eso lo dijo Lisandro, señalando los olivares y los campos de cebada. Telamón soltó un silbido.
—Un incentivo de gran interés. Ahora bien, ¿cuánto tiempo sobreviviría el salvador para disfrutarlo?
—Bajo nuestros auspicios, hasta la vejez.
—¿Desde cuándo se preocupa tanto Esparta —preguntó a los dos Iguales— por el bienestar de un enemigo?
—¡Basta ya! —gritó Endio—. ¿Vas a matarle?
—Más dispuesto estaría a acabar con vosotros dos, y por la mitad de este precio.
Las rodillas de los Iguales se hundieron tanto en la montura que los caballos hasta se asustaron. Lisandro tuvo que reaccionar para controlar las riendas.
—Tranquilidad, amigo mío —dijo, dirigiéndose a Endio—. No vamos a persuadir a nuestros compañeros esta noche. Puede que estén en lo cierto. Si Atenas es en realidad la enemiga de nuestra nación, nuestra obligación, la vuestra y la mía, es la de socorrer a todos los que por su actuación la debilitan. —Sonrió, mirándome a los ojos—.
Que los cielos encumbren a nuestro amigo, el que luce la triple corona.
Telamón y yo descabalgamos. Endio se giró sobre la inquieta montura.
—Oídme bien porque voy a anunciar una profecía: llegará un día en que Atenas quedará arruinada, con su flota hundida, las largas murallas arrasadas, las viudas y los huérfanos gimiendo por sus calles. Y todo ello sucederá a causa de un hombre…
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