Vientos de guerra

Steven Pressfield · Capítulo 40 de 54

Páginas del PDF

Vientos de guerra

XXXIX Llorones y Meones

XXXIX

LLORONES Y MEONES

Ese día tenía otras obligaciones [siguiócontando mi abuelo], relacionadas en su mayoría con Sócrates, para cuya fecha de ejecución sólo faltaban cuatro salidas de la estrella del atardecer; era bien pasada la medianoche cuando llegué a casa. Imagina cuál sería mi asombro al ver a Eunice, que me esperaba sola en el patio delantero, con un manto sobre los hombros para protegerse del frío. Llevaba allí todo el día, me explicó, desde que había salido de la prisión. Mi mujer le había dado de cenar y había puesto a un sirviente a su disposición para que la acompañara a casa, pero el asunto que deseaba tratar conmigo era urgente, me aseguró, de modo que había preferido quedarse. Tenía que hablar con Polémides. La cosa no podía esperar.

Estaba agotado y no deseaba otra cosa que un cuenco de vino y una cama caliente, pero intuí que tenía la ocasión de llegar al fondo del asunto de una vez por todas.

—¿Quién ha puesto la denuncia por asesinato contra Polémides? —le pregunté tan brusca como perentoriamente—. Ya sé el nombre que figura en la acusación; ahora quiero conocer el del auténtico denunciante. ¿Quién está detrás de todo esto y por qué? —Eunice se levantó indignada y negó saberlo. Empezó a dar vueltas refunfuñando, y acabó rompiendo en un torrente de blasfemias—. ¿Quién te aloja en su casa? —le pregunté empleando, no oi kos, sino oikema, por sus connotaciones de burdel.

Colofón, me respondió colérica, el hijo de Hestiodoro de Colitos. Yo sabía que era sobrino de Anito, acusador de Sócrates y uno de los más encarnizados enemigos de Alcibíades, y que su hermano Andrón había jurado ante el tribunal que era compañero de fratría de la víctima y conseguido que dictaran una orden para permitir la acusación a pesar del tiempo transcurrido.

—¿Y también compartes la cama con ese Colofón?

—¿Qué es esto, un tribunal? —replicó la mujer volviéndose con furia

—. ¿Desde cuándo soy yo la acusada?

—¿Quién quiere ver muerto a tu marido, Eunice? No ese miserable, ni su hermano, a quienes les bastaría con quedarse con sus tierras y mandarlo al exilio. Alguien quiere acabar con él definitivamente. ¿Quién?

Me miró a los ojos con una expresión que nunca olvidaré. Tuve la sensación de que me fallaban las piernas, como a quien, en palabras de Hermipo,

tropieza con la verdad.

Era ella.

—¿Cómo? —insistí—. ¿Convirtiéndote en la amante de un hombre poderoso? ¿O buscaste a quienes sabías que tenían motivos para desear la muerte de tu marido y te limitaste a sugerirles los crímenes que necesitaban para conseguir el arresto?

Eunice se echó a llorar.

—No puedes imaginarte, señor, lo que es ser una mujer en un mundo de hombres…

—¿Y eso justifica el homicidio?

—Los niños son míos. ¡No dejaré que me los quite!

Se dejó caer en la silla y empezó a sollozar. La historia brotó al fin de sus labios. El problema era su hijo, que se llamaba Nicolaos, como el padre de Polémides. El chaval tenía dieciséis años y le rebosaba la turbulenta savia de la juventud. Como muchos chicos que se crían viendo pasar a numerosos «tíos» por la cama de su madre, Nicolaos había acabado idealizando al padre, con el que sólo había convivido intermitentemente, pero cuya participación en grandes acontecimientos lo había rodeado, en la imaginación de su vástago, de un aura en la que no había conseguido hacer mella su encarcelamiento por asesinato.

El chico, me contó Eunice, se había escapado para enrolarse en dos ocasiones, utilizando nombres y documentos falsos. Devuelto a casa por los vigilantes de los astilleros, había vuelto a huir a los muelles del Pireo, donde su padre compartía cama con la viuda de un compañero de la flota. Eunice había acabado localizándole, pero no había conseguido arrastrarle de vuelta a casa. Alguna tripulación

escasa de hombres acabaría aceptándole; sólo era cuestión de tiempo que se hiciera a la mar, lo que sin duda significaría su muerte. Su padre era el único que podía disuadirle. Necesitaba mi ayuda. ¡Tenía que ayudarla!

Sus exaltadas súplicas atrajeron al vigilante, que esa noche era el hijo del cocinero, un muchacho muy despierto llamado Hermón. Era tarde y hacía frío.

—Tienes que comer algo, mujer. Entra en casa, por favor.

Indiqué a Hermón que encendiera fuego en el hogar de la cocina y acompañé adentro a Eunice; le puse una silla junto al brasero y le di una piel de oveja para los pies. Ya conoces ese rincón de la casa, querido nieto; es un sitio muy acogedor, que el carbón caldea en unos instantes.

Puede que mi narración no haya sabido hacer justicia ni a la mujer ni a la simpatía que era capaz de inspirar. Pues, aunque juraba como un carretero, era todo sinceridad. Uno no podía por menos de admirar, si no otra cosa, su capacidad para sobrevivir. Sólo el cielo sabía contra cuántas penalidades había tenido que luchar para criar a sus hijos en los confines del mundo y rodeada de bárbaros. Incluso su objetivo presente, salvaguardar a su hijo de la guerra, podía considerarse noble si se olvidaban los medios que había empleado. Y

la verdad sea dicha, tampoco carecía de atractivo físico, pues poseía la especie de generosa concupiscencia que algunas mujeres adquieren pasada la juventud, cuando el tributo exigido por la dura experiencia las hace sentirse a gusto dentro de su propia piel. Un marinero habría dicho que aún se merecía unas estrepadas. Por mi parte, no podía evitar sentir simpatía hacia ella, ni me costaba imaginármela con Polémides. Tal vez aún pudiera conseguir que se reconciliaran, a pesar de todo lo ocurrido. Confieso que, viéndola sentada ante el fuego, lamenté no haberlos conocido en sus buenos tiempos (y en los míos), a ellos y a sus compañeros de taberna y puerto.

—¿Por dónde va? —me preguntó al cabo de unos instantes de silencio.

Se refería a qué parte de la historia me estaba contando.

Le respondí que por Samos y Efeso. Ella rió por lo bajo con amargura.

—Daría lo que fuera por oír esa sarta de mentiras.

El chico trajo pan y huevos duros. El tentempié pareció entonarla y atenuar su hostilidad y su suspicacia.

—¿Y sí pudiera conseguir que retiraran los cargos? —ofreció—.

Me iría a la cama con quien fuera, y también conseguiría dinero para sobornos.

Demasiado tarde. Ya se había fijado la fecha del juicio.

—Polémides lo sabía hace tiempo, ¿verdad? Que eras tú quien estaba detrás de su encarcelamiento. —La mirada de la mujer confirmó mi conjetura—. El no te odia, Eunice, de eso estoy seguro. —

Le prometí hacer cuanto estuviera en mi mano para conseguir que Polémides la ayudara; estaba convencido de que lo haría. Pero una expresión dolorida nublaba sus facciones. Me sentí conmovido y quise consolarla—. ¿Puedo preguntarte algo, Eunice?

—¿Es que sabes hacer otra cosa, capitán?

Le pedí que me hablara de su vida con Polémides. ¿Cuál había sido su mejor época? ¿Cuándo habían sido más felices? Me miró con desconfianza. ¿Acaso me burlaba?

—Nuestra buena época fue la buena época de Atenas. Samos y los estrechos. Cuando Alcibíades obtuvo sus victorias. —Al fin se tranquilizó y, colocándose la piel de oveja sobre el regazo deforma que el brasero le calentara un costado y la lana el otro, le dio un sorbo al vino y comenzó su relato—: Teníamos una casita en Samos. Pommo nos hizo mudarnos allí desde Atenas, a mí y a los niños. Era un sitio muy bonito, llamado «las terrazas». Todas las casas de la calle estaban ocupadas; todos los hombres pertenecían a la flota. Eran buenos tiempos, capitán. Y buena gente. Las casitas estaban construidas en la colina de tal forma que podías cultivar un pequeño jardín; por eso las llamaban las terrazas. Cultivábamos melones tan grandes como tu cabeza, y flores; pensamientos y rosas, alhelíes y jazmines. Las chimeneas tenían en lo alto esas ptera, alas, que giran como veletas y producen una suave queja cuando el viento pasa entre ellas. Cada vez que vuelvo a oír ese sonido se me parte el corazón.

»Nunca he visto tantos llorones y meones juntos. Todas las chicas estaban preñadas o recién paridas; veías criaturas gateando por todas partes. Todas queríamos hijos, porque no sabíamos cuánto tiempo tendríamos a nuestros hombres. ¡Y qué hermosos eran todos, capitán!

No sólo mi Pommo, que estaba en la flor de la edad, sino todos. Tan

jóvenes, tan valientes… Y siempre heridos. Se habrían avergonzado de no estarlo. Seguían remando con una pierna rota, o ciegos, o con una

«estrella de mar» sobre la tripa; tú lo sabes bien, señor. No habrían dejado en la estacada a sus compañeros por nada del mundo. A las fracturas de cráneo las llamaban dolores de cabeza. Me acuerdo de lo que le aconsejó el médico a uno con una conmoción que lo había dejado bizco: «Siéntate.»

»En nuestra calle teníamos una hucha. Ibas poniendo dinero, y quien lo necesitaba lo cogía y lo devolvía cuando podía. Nadie robaba.

Podías dejarla hucha fuera toda la noche. No había bandos ni corrillos; todos éramos amigos. No necesitábamos diversiones. Nos bastaba con estar juntos. Nadie engañaba; nadie debía nada.

Teníamos todo lo que necesitábamos: juventud y victoria. Teníamos los barcos, teníamos a los hombres, teníamos a Alcibíades. ¿No era bastante, capitán? ¿No habría sido bastante para la mayoría de los hombres? —Eunice había pelado una manzana mientras hablaba; arrojó al fuego la monda, que produjo un chisporroteo—. Pero no lo era para Polémides de Acarnas. ¡Quia! Se buscó otra mujer, ¿no te lo ha contado? No una fulana, no. Una jovencita respetable. Como lo oyes. Se casó con ella y tuvo la cara de decirme que no me presentara en la boda. ¿Qué te parece? Me entregó la mitad de su paga, una miseria, como si eso lo arreglara todo. Tenía un hijo y una hija de su propia sangre, y los largó con poco más que un «Ahí os pudráis».

»Iba a ser un hacendado, como su padre. ¡Qué risa! Había intentado trabajar la tierra conmigo y no distinguía la mierda de cerdo de la morcilla de cerdo. Pero resulta que ahora era su sueño. Esa vez haría que funciona ra, me dio.

»Maté a un hombre de un hachazo por él. ¿Te ha contado eso, capitán? En Eritras. Le partí la cabeza en dos a aquel hijo de puta porque estaba borracho ciego y se arrojó sobre Pommo. Si volviera a tener aquella hacha, la echaría en la sopa. —Se quedó inmóvil y en silencio un buen rato, soste niendo la manzana junto a la boca y rodeándose el cuerpo con el otro bra zo, como una niña—. Pero ¿para qué vamos a seguir hurgando en el pasa do, señor? Esa mujer está bajo tierra y él lo estará pronto. Lo condenarán por Alcibíades, y esta vez no podrá escabullirse.

Le pregunté si lo quería.

—Yo quiero a todo el mundo, capitán. No me queda más remedio.

Se había hecho muy tarde. Saltaba a la vista que Eunice estaba tan ago tada como yo. Le aseguré que hablaría con Polémides sobre su hijo y trataría de convencerle para que aceptara verla, de modo que ella misma pudiera ex hortarle a intervenir. Le recordé la cantidad que le había prometido y le ofre cí el doble. ¿Estaba segura de que quería echarse a la calle a aquellas horas? Podía hacer que le prepararan una habitación sin ningún problema. Me dio las gracias, pero rehusó; prefería no preocupar a la gente con la que vivía. En la puerta, mientras le buscaba a alguien para que la acompañara con una an torcha, un impulso súbito me obligó a hacerle una pregunta:

—¿Puedes darme tu opinión sobre Alcibíades, como mujer? ¿Qué te pa recía, no como general o como personaje, sino como hombre?

Se volvió hacia mí sonriendo.

—Nosotras las mujeres ansiamos la gloria, capitán, igual que los hom bres. Pero ¿de dónde proviene nuestra grandeza? No del hombre al que con quistamos, sino del que traemos al mundo.

Intentaba, le dije, comprender a Timea de Esparta, la reina que no sólo se había dejado seducir, sino que además alardeaba de su infidelidad.

Eunice no veía en ello ningún misterio.

—No había mujer en el mundo, ni Timea de Esparta ni la propia Hele na si hubiera seguido viva, que pudiera estar frente a aquel hombre sin sentar en su vientre la llamada del dios. ¡Qué hijos me habría dado su semilla! ¡Qué hijos! —Se echó la toca sobre los hombros; luego, levantándose el velo para colocárselo bien, se detuvo

—. ¿De verdad quieres saber cómo es Pom mo? —Le aseguré que lo deseaba sinceramente. El corazón se le partió dos veces en su juventud

—dio apartando los ojos de mí y mirando a un lado con expresión grave—. Por su hermana y por su primera mujer. Cuando se las llevó la peste, enterró sus cuerpos, pero no su recuerdo. ¿Qué mujer de carne y hueso puede competir con eso, señor? Y las dos están muertas, así que ni siquiera puedo maldecirlas.

»Eso es lo que queda de él, capitán. Y de Atenas. La peste y la guerra se llevaron las esperanzas de sus hijos. Y las tuyas también, señor, si no me engaño al leer en tus ojos.

Medité sus palabras gravemente, impresionado por su verdad.

—Si necesitas alguna cosa, señora, no dudes en acudir a mí. Si está en mi mano, trataré de complacerte.

Se puso el velo, dispuesta a marcharse, pero se volvió de nuevo.

Alcibíades les dio esperanza, ¿verdad, capitán? La sentían en el vien tre, como las mujeres, y le perdonaban todas sus faltas y todos sus crímenes. Tenía eros. Era eros. Sólo eso pudo apoderarse de la ciudad de aquel modo y cambiarla de arriba abajo.

OceanofPDF.com