Vientos de guerra
XXXIV Strategos Avtokrator
XXXIV
STRATEGOS AVTOKRATOR
A Alcibíades le habría gustado regresar al comienzo del invierno; pero las elecciones en Atenas se habían aplazado. Tuvo que mantenerse alejado y matar el tiempo atacando los astilleros espartanos de Giteón y llevando a cabo acciones por el estilo. Las noticias llegaron al fin. No podían ser mejores. Alcibíades había vuelto a ser elegido estratego, lo mismo que Trasíbulo, que lo había traído de Persia, Adimantos, su amigo y compañero de exilio, y Aristócrates, que había apoyado su regreso ante la Asamblea. El resto de los estrategos eran neutrales u hombres de irreprochable independencia. Cleofón, líder de los demócratas radicales y acérrimo enemigo de Alcibíades, había perdido su puesto, que había ocupado Arquidamos, un truhán, aunque tratable, y abogado de Critias, amigo íntimo de Sócrates.
Trasilo ya estaba en Atenas con el grueso de la flota, que respaldaría a su comandante en todo. No obstante, Alcibíades, cuya sentencia de muerte aún no había sido revocada, seguía teniendo dudas sobre la disposición del pueblo. Su primo Euriptolemo le había escrito desde Atenas aconsejándole que la llegada de los barcos de guerra, una sola escuadra insignia de veinte trirremes, fuera precedida por galeras cargadas de grano (veintisiete esperaban ya en Samos, a las que debían unirse otras catorce que ya habían zarpado del Ponto), que debían ser barcos conocidos de casas prominentes, particularmente de aquellas que más perjuicios habían sufrido a manos de los espartanos, cargados para la ciudad, con el fin de recordarle que debía aquella bonanza al hijo al que había repudiado. Era pura cuestión de cortesía, señalaba la carta de Euro, pues sería grosero presentarse a una fiesta con las manos vacías.
Así pues, las galeras arribaron al Pireo dos días antes que la escuadra, acompañadas por un correo rápido con instrucciones de regresar para informar de la acogida que les habían dispensado. Pero la llegada de los mercantes, y la noticia de que los barcos de Alcibíades estaban cerca,
provocó tal entusiasmo en el puerto que el pueblo no permitió que la barca zarpara de nuevo hasta que pudiera prepararse una escolta adecuada para acompañarla. Entre tanto, la escuadra, que seguía avanzando ignorante de lo que la esperaba, empezó a temer lo peor. Al doblar el cabo Sunion con fuerte viento del oeste, los barcos de cabeza avistaron una veintena de trirremes que se acercaban con el sol en popa, de forma que era imposible distinguir sus enseñas, y el joven Pericles, que mandaba la vanguardia, ya había ordenado zafarrancho de combate cuando comprendió que las naves que se aproximaban, lejos de constituir una amenaza, eran una comitiva de bienvenida, adornada con guirnaldas y atestada de familiares y notables.
Pero Alcibíades seguía temiendo una trampa. Llevaba bajo la capa, no la ligera coraza de ceremonia, sino el peto de bronce de campaña. Los infantes recibieron instrucciones de permanecer junto a él y mantenerse alerta… Los barcos, que avanzaban en dos columnas, formaron una hilera al acercarse a la embocadura del puerto de Eitionea. El Antíope, que ocupaba el séptimo lugar, se separó de la formación con la intención de virar en redondo al menor indicio de traición. Avistamos las murallas. Se veían destellos, como de puntas de lanza o armaduras de infantería. Pero, cuando los barcos se aproximaron al bastión, nos dimos cuenta de que los objetos que producían reflejos no eran armas arrojadizas o piezas de armadura, sino las joyas de las mujeres y los espejuelos de los niños. Una lluvia de guirnaldas cayó sobre nosotros. Los jóvenes arrojaban al aire caramelos, suspendidos de las hélices de abeto que suelen tallar los viejos sentados en el muelle y que son capaces de recorrer muchos estadios arrastrados por las corrientes de aire. Ahora nos caían sobre la cabeza, resonaban contra los cascos y golpeaban el agua entre los remos.
Desde las pequeñas embarcaciones que se arremolinaban a nuestro alrededor nos aclamaban como a héroes. Parecía que toda la ciudad estaba en fiestas. Los barcos se habían colocado paralelos a la Coma, donde, en su día, los trierarcas de la flota de Siracusa se habían reunido solemnemente ante los apostoleís para recibir la bendición y la orden de embarcar. La multitud era tal que no se veía el muelle. El Atalanta, que se había colocado a estribor, nos ocultaba del gentío. Entre los aparejos de popa de nuestro compañero de escuadra, distinguimos la calva reluciente de Euriptolemo, que destacaba sobre la muchedumbre. El noble tenía una mano pegada al pecho, como si intentara contenerse con ella, y agitaba entusiasmado el sombrero de paja con la otra.
—Pero ¿eres tú, primo? —murmuró Alcibíades, e, inclinándose hacia él, respondió al saludo con el brazo.
Ante nosotros se alzaba el frontón del Bendidion y, debajo, la pendiente del desembarcadero de Artemis Tracia. El Cratiste y el Alcipe ya habían virado en redondo para arrimar sus popas al muelle. Efebos adornados con guirnaldas esperaban junto a las poleas para remolcar al Antíope. Oímos un repiqueteo metálico. La gente nos arrojaba dinero. Los niños saltaron a bordo y se disputaron las monedas que llovían sobre el puente.
La zona donde el camino de los Carros, la dolorosa carretera por la que había regresado sólo dos años después de Potidea, corre paralela a la Muralla Norte, ocupada por los tabucos de los moribundos en la época de la peste, se había convertido ahora en un alegre paseo, donde un grupo de caballos aguardaba a los comandantes. Sus cascos hollaban una alfombra de espliego. Aunque los demás generales abrieron la marcha, la multitud sólo tenía ojos para Alcibíades. Los padres lo señalaban a sus hijos y las mujeres, tanto doncellas como matronas, se llevaban la mano al pecho y suspiraban arrobadas.
Lo condujeron al Pnix, cuyas laderas rebosaban de gente, encaramada incluso a las ramas de los árboles, como pájaros. La ceremonia se celebró ante el Eleusinion, en el mismo lugar en el que, el día del destierro de Alcibíades, el rey arconte había decretado ante la muchedumbre que se borrara el nombre del exiliado del katalogos de ciudadanos y se erigiera una estela infamante, para que el pueblo no olvidara nunca su perfidia y su traición. Ahora, un nuevo basileus avanzó tembloroso para ofrecer a aquel mismo hombre la restitución de sus propiedades en la ciudad y su criadero de caballos en Erquias, que le habían sido confiscados a raíz del destierro, y una panoplia completa, el premio tardío por su valor en Cízico. La estela había sido hecha pedazos, declaró el arconte, y arrojada al mar.
Durante toda la celebración, Alcibíades mantuvo una actitud tan seria y distante que acabó provocando el temor del pueblo. Pues el hombre ante el que ahora danzaban suplicantes ya no era el mismo al que habían desterrado sin contemplaciones, sino un comandante victorioso al mando de una flota y un ejército que se apoderarían del estado y les harían picadillo a todos a una orden suya. La multitud buscaba con la mirada los nubarrones de su frente, como niños cogidos en falta que observan la vara en la mano del maestro. Y, cuando se mostró impaciente, e incluso desdeñoso, con los
halagos de sus conciudadanos, y entregó a sus asistentes los diversos encomios y cartas de felicitación sin mirarlos siquiera, la alarma cundió entre la muchedumbre.
En la plaza del Amazoneón los carros triunfales alcanzaron a la procesión llevando las enseñas y los espolones de las naves enemigas, sus arietes y los escudos y corazas de sus generales. La aglomeración era tal que tardaríamos horas en llegar a la Acrópolis para ofrecer los trofeos a la Diosa, de modo que Alcibíades ordenó con gestos, pues el alboroto habría impedido oír sus palabras, que descargaran el botín allí mismo. Fue una decisión impremeditada; no obstante, el glorioso cargamento acabó a los pies de la gran estatua de mármol de Antíope, que daba nombre al barco insignia de nuestra flota y cuyo pedestal ostenta los siguientes versos a Teseo:
Y, regresando con presentes,
los entregó a los mismos
cuyo odio en otros tiempos
le expulsó de la patria.
En el Museo, bajo la estatua de Niké, le esperaban sus hijos y los hijos de sus parientes, vestidos con túnicas blancas de efebos, coronados con mirto y blandiendo ramas de sauce. Aquel encuentro, pensaba el pueblo, pondría término al hosco talante de Alcibíades. Sin embargo, ocurrió todo lo contrario. Porque ver a aquellos muchachos de cuya infancia no había podido ser testigo, pues su exilio duraba ya ocho años, sólo consiguió aumentar la amargura de su corazón y el dolor por quienes ya no estaban. Sus familiares más próximos habían muerto hacía años: su madre, su padre, su esposa, sus hijas de corta edad, su hermano y sus hermanas, vícimas de la peste y la guerra, y los más ancianos habían fallecido en su ausencia. A continuación, se le acercaron los miembros de su clan, niños que no habían nacido la última vez que estuvo en la ciudad, doncellas que ahora eran mujeres casadas y madres, y muchachos imberbes convertidos en hombres, cuyos rostros y nombres le resultaban desconocidos en la mayoría de los casos, de modo que, cuando el heraldo los nombró uno a uno, la aflicción de Alcibíades parecía
la de aquellos que al mirarse cara a cara no recuerdan el cariño de la infancia.
Llevaron ante él a la hija de su primo Euriptolemo, una muchacha de dieciséis años casada y con un niño de pecho, ella, representando a Core con una guirnalda de tejo y serbal, y su criatura, vestida de violeta, por Atenea. Al adelantarse a la muchedumbre, la pobre muchacha tartamudeó intentando recordar las estrofas de bienvenida, se puso roja y se echó a llorar. Alcibíades, que la había cogido del codo, tan abrumado como ella, no pudo reprimir las lágrimas por más tiempo.
Los diques se rompieron en todos los corazones, pues cada cual, embargado por sus sentimientos, contagió al vecino, hasta que nadie pudo resistir los embates de la emoción, que se apoderó de la multitud. Porque el pueblo, que hasta entonces había temido o la ambición de Alcibíades o su venganza —en otras palabras, que se había limitado a pensar en sus propios intereses—, acababa de descubrir en el rostro de su caudillo, que seguía sosteniendo a la llorosa muchacha, el dolor que había soportado durante tantos años y lejos de aquellos a quienes quería. Olvidó los perjuicios que le había causado y sólo recordó los beneficios que le debía. Y, comprendiendo que aquel momento constituía el ápice de reconciliación de la ciudad y su hijo, abandonó toda preocupación por sí mismo y se dejó llevar por la compasión y la alegría de ponerse en sus manos. Por aclamación, la Asamblea lo nombró strategos autokrator, comandante supremo en tierra y mar, y le concedió una corona de oro.
Alcibíades empezó a hablar entre sollozos:
—Cuando era niño en casa de Pericles, los días de Asamblea, solía acudir con mis amigos a aquellos árboles que veis allí, en la ladera del Pnix, para escuchar los discursos y los debates, hasta que mis compañeros se cansaban y me pedían que los acompañara a jugar; pero yo me quedaba solo en mi atalaya, atento a los oradores y las discusiones. Ya entonces, cuando aún no era capaz de expresarlo, percibía el poder de la ciudad, que se me antojaba semejante a una magnífica leona o un animal legendario. Me asombraba la iniciativa de tantos hombres
individuales, con ambiciones tan diversas y contradictorias, y el resultado de todo ello, la ciudad, que por sublime alquimia uncía a todos bajo el mismo yugo y engendraba un todo mayor que las partes, cuya esencia no era ni la riqueza, ni el poder de las armas, ni la excelencia arquitectónica o artística, aunque producía en abundancia todas esas cosas, sino una cualidad espiritual, intangible, cuya esencia era la audacia, la intrepidez y el empuje.
» La Atenas que me exilió no era la Atenas que yo amaba, sino otra, carente de nervio, muerta de miedo ante la evidencia de su propia grandeza y desterrada de sí misma por ese miedo, del mismo modo que ella me desterraba a mí. Odiaba a esa Atenas y puse todo mi empeño en humillarla.
»Estaba equivocado. He causado graves perjuicios a la ciudad que amo. Hoy hay aquí no pocos cuyos hijos y hermanos perdieron la vida a consecuencia de acciones propuestas o ejecutadas por mí. Soy culpable. No puedo alegar nada para exonerarme, a no ser el funesto destino que nos ha perseguido a mi familia y a mí, y que dicha estrella, alejándome de Atenas y alejando a Atenas de mí, nos ha perjudicado a ambos con sus siniestros designios. Que esa nave cargue con nuestras culpas, las mías y las vuestras, y se las lleve lejos sobre los mares del cielo.
—Fue tal la aclamación, acompañada de pateos y aplausos, que provocaron aquellas palabras que la plaza parecía temblar y las columnas del santuario, a punto de venirse abajo. El pueblo gritaba su nombre sin descanso—. Durante años, mis enemigos han intentado sembrar el miedo en vuestros corazones, afirmando que mi objetivo era gobernar sobre vosotros. No hay falsedad más malintencionada. Nunca he perseguido otra cosa, amigos míos, que ganarme vuestro aprecio y obtener para vosotros beneficios tales que os indujeran a honrarme. Pero esta expresión es imprecisa. Pues en mi mente la ciudad nunca ha sido un recipiente pasivo en el cual yo, su benefactor, vertía mis dones. Semejante presunción sería no sólo insolente, sino vergonzosa. Por el contrario, como un oficial entrando en batalla a la cabeza de sus hombres, deseaba servirle de llama e inspiración, provocar, con mi confianza en ella, su nacimiento y renacimiento, moldeándola según los dictados de la Necesidad, pero teniendo siempre en
mente su auténtico ser, esa ciudad hambrienta de gloria que fue, es y debe seguir siendo, y ese dechado de libertad e iniciativa al que el resto del mundo mira con asombro y envidia. —Un griterío ensordecedor le obligó a hacer una larga pausa—. Ciudadanos de Atenas, me habéis tributado un exceso de honores al que ningún hombre puede corresponder solo. Así pues, permitidme que pida refuerzos. —Y diciendo aquello, hizo señas a los otros comandantes, que habían permanecido en silencio a su lado hasta aquel momento—. Me enorgullezco de presentaros a vuestros hijos, cuyos hechos de armas nos han deparado esta hora de gloria. Permitidme que diga sus nombres, y dejad que vuestros ojos se gocen en su victoriosa virilidad. Trasíbulo está ausente, pero aquí están Terámenes, Trasilo, Conón, Adimantos, Erasínides, Timócares, León, Diomedón, Pericles. —Los nombrados dieron un paso al frente y saludaron alzando el brazo o inclinándose, entre aclamaciones que parecía que no fueran a acabar nunca—. Estos hombres están ante vosotros no sólo por sus propios méritos, sino también en representación de los miles que siguen en ultramar, gracias a los cuales podemos decir al fin y aclamar como cierto que el enemigo ha sido barrido de los mares. —El clamor que recibió aquellas palabras eclipsó a todos los precedentes. Alcibíades esperó a que amainara el tumulto—.
Sin embargo, conviene que juzguemos la situación con objetividad. Nuestros enemigos ocupan aún la mitad de los estados de nuestro imperio. El tesoro que los persas han puesto a su disposición es diez veces mayor que el nuestro, y nuestras victorias, lejos de disminuir su combatividad, la han incrementado y exacerbado. Pero ahora y al fin, amigos míos, Atenas posee la voluntad y la cohesión necesarias para enfrentarse a ellos y prevalecer. Nos basta con ser nosotros mismos para vencer.
El alboroto alcanzó tales proporciones que las tejas empezaron a caer.
—¡Dejadle ver su casa! —gritó alguien.
Como un solo hombre, la muchedumbre invadió el estrado y arrastró al grupo a Escambónidas, hasta la antigua propiedad de Alcibíades, restituida a propuesta de la Asamblea y restaurada en previsión de su regreso. El gentío llenaba la plaza, a pesar de sus
monumentales proporciones, y las entradas, suficientemente amplias incluso para la gran procesión de las Panateneas, no bastaban para dar paso a la enfervorizada multitud.
En el momento de mayor júbilo, un ciudadano de unos sesenta años se adelantó y gritó hacia Alcibíades:
—¿Dónde están los de Siracusa, maldito traidor? —La gente intentó acallar al anciano con gritos coléricos—. ¡Sus fantasmas no han venido a jalearte, impío renegado!
La muchedumbre se tragó al viejo en un abrir y cerrar de ojos. Sólo se veían puños alzándose y volviendo a caer, y pies pateando al disconforme, indefenso en el suelo. Me volví para comprobar la reacción de Alcibíades, pero no pude verlo, pues me lo ocultaba la gente. Sin embargo, Euriptolemo estaba cerca. Sus facciones expresaban un sobrecogimiento y una aprensión capaces de ensombrecer al mismo sol de un mediodía sin nubes.
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