Vientos de guerra
IX Vna Vocación Heredada
IX
VNA VOCACIÓN HEREDADA
Mi padre murió aquella noche. Me habían arrebatado a todos mis seres queridos, salvó mi tía, la esposa de mi hermanó, y los pequeños que habían mandado al norte para que no les ocurriera nada y el propio León. Éste se había ido con la flota; yo me ocupé de las exequias, atendiendo a los hermanos de mi padre y a las damas de la familia. Las incursiones del enemigo nos habían cortado todo acceso al campo, a la tumba familiar.
Teníamos que inhumar los restos de mi padre y de Meri juntó a los de mi esposa e hijo, bajo las losas de nuestra casa de la ciudad. Al articular la última invocación,
Que la tierra descanse suavemente sobre ti,
animaba mi alma un único objetivo: ver los despojos de quienes había amado bajó la tierra que les pertenecía, dónde podían hallar la paz. Aquello significaba volver a la guerra, expulsar al enemigo.
Encontraría un navío ó una compañía de infantes dónde embarcarme.
Unos días más tarde, tras despertarme solo, decidí vaciar la casa y, antes del alba, inicié la tarea de colocar todas nuestras pertenencias en la acera. No había amontonado aún tres objetos cuando una multitud se congregó frente a mí. Me puse a reír.
—Dejadme tan sólo la armadura y algo para preparar la comida.
Todo aquello desapareció en un instante. Me creas o no, el populacho respetó mis deseos. Ahí estaban intactos las vasijas de mi esposa y mi equipo militar. También me dejaron la ropa de cama.
Al día siguiente, o tal vez durante la misma mañana, acudió a mí un caballero de nuestra región, amigo de mi padre. Tenía muy mal aspecto. Me habló de épocas mejores, de los juegos que organizábamos en el campo con sus hijos e hijas. ¿Accedería yo, en recuerdo de los antiguos vínculos, a realizar un servicio para él?
—Se trata de mi esposa —dijo, sin más.
Tardé un rato en comprender lo que me estaba pidiendo.
Consternado, me deshice de él.
Dos noches después volvió aquel hombre.
—Mi esposa te trajo al mundo, Pommo. Te pido por los dioses que ahora seas tú quien la saques de él.
A veces uno cruza fronteras sin comprender lo que está haciendo en realidad. Ésta no era tina de ellas. Con gran circunspección, accedí a llevar a cabo el servicio que me solicitaba aquel hombre.
Al cabo de unos días, me solicitaron otras dos misiones parecidas. También las cumplí. ¿Por qué no?
Sólo los buenos mueren jóvenes.
Seguí solicitando mi alistamiento en la flota, pero mi aspecto debía ser tan deplorable que los oficiales me tomaron por enfermo. No había forma de obtener una plaza.
Aparecieron otros personajes angustiados, unos conocidos y otros desconocidos, que me pedían asistencia por misericordia. Iba perfeccionándome en la materia. Aquello era como ejercer de médico, me decía a mí mismo. Al igual que mi padre, libraba del tormento a los afligidos. En realidad, mi práctica médica era excelente; mis remedios daban resultado. Ningún cliente se quejó jamás. Y el negocio prosperaba.
Otra noche oí unos golpes distintos en la puerta. Era Euriptolemo, que llegaba a caballo. Salí y observé, en las sombras, que le acompañaba Alcibíades, a lomos también de un caballo.
—No te preocupes —le dije sin darle tiempo a hablar—. No he comentado nada sobre tus prácticas rituales.
—¿Crees que he venido por esto?
—Nunca he sabido por qué haces las cosas.
En aquel momento le odiaba.
—¿Y tú, amigo mío —preguntó percatándose de mi actitud—, acaso estás libre de pecado?
—Al parecer, hoy en día el pecado no es algo fácil de definir.
—En efecto.
Euro se acercó con una tercera montura.
—Nos vamos al puerto. Vente con nosotros.
Seguimos al paso por las silenciosas, calles.
—A Pericles se le ha secado la saliva —comentó Alcibíades con el tono falto de afectación del desconsolado. De modo que el flagelo ha llegado incluso al de Olimpia—. Se situará junto a Teseo, Solón y Temístocles entre los que han forjado nuestra nación, y nadie va a superarle.
No dijo más, ni tampoco su primo, durante el resto del camino hacia Muniquia. Al llegar— allí nos encontramos en la base naval el hormigueo de las atarazanas, de los expedicionarios y los estibadores que se apresuraban para zarpar antes de la marea, es decir, tal como nos informó uno de ellos, una hora antes del alba. Una flota bajo las órdenes de Formión se preparaba para partir hacia Naupacto. Los barcos para transportar las tropas se encontraban a lo largo del muelle, mientras que los de tres órdenes de remos, los de guerra, permanecían a la espera con el aspecto de enormes avispones con su aguijón, sesenta en total, casco contra casco, con sus cubiertas iluminadas con antorchas, nebulosos todos ellos por el pulular de los calafates, aparejadores, maestros de aja, sogueros y garrucheros. Los suboficiales vociferaban órdenes entre el estrépito de poleas, mazos, cabrestantes, tornos y grúas. Las pasarelas, un puro laberinto de guindalezas y amarras, de obenques de proa y popa, la urdimbre de cuerdas, todo tipo de abrazaderas, escotas, elevadores y cualquier cabo imaginable, tenían a su alrededor un hervidero de administradores, empleados de la armada, intendentes y registradores de los katalogos, ediles, sacerdotes, mercaderes y archiveros, conservadores del neorion, y el trabajo entre las cuadernas avanzaba'
a un ritmo superior que el de los propios nautai, que recogían los petates y los remos, abriéndose paso a duras penas entre el organizado caos de la «rúbrica en el registro, las bajas y las cesiones», a tiempo para anticiparse a la trompeta del apostolei. El armamento amontonado atestaba los muelles bajo los gallardetes de cada unidad y los infantes, envueltos en el humo de los fuegos, aprovechaban para engrasar el bronce y protegerlo de la sal, así como para resguardar los escudos tapándolos con vellones.
A pie de muelle, Alcibíades hablaba con Formión y algunos de sus capitanes, mientras Euriptolemo y yo ascendíamos por la escalera de piedra caliza, donde los marineros habían grabado sus inscripciones y dibujos obscenos, así como la omnipresente marca de
un pie y una vulva que indicaba el camino hacia la casa de mala nota más cercana, una taberna al aire libre llamada Ouros, Viento Fresco, que daba a los muelles de embarque. Euro me preguntó si había visto alguna vez una piedra de Magnesia; si sabía hasta qué punto atraía de forma irresistible las limaduras de hierro. Se refería a su primo.
Veíamos abajo, en el puerto, el revuelo que había provocado la simple presencia de Alcibíades, las maniobras de la infantería, al igual que había ocurrido en Potidea al verle llegar. Casi todo el mundo se dirigía a él al pasar por allí; oíamos incluso a algunos que le pedían que expresara su opinión con más audacia, que no permitiera que la juventud lo contuviera, le instaban a apoderarse del mando. Los soldados, en general, eran jóvenes, de nuestra edad. La dilación de los mayores les estaba impacientando. «¡Dirígenos, hijo de Climas!», gritaba más de uno, con el puño en alto y un gesto de afirmación.
En la taberna de los marineros, donde le esperábamos su primo y yo, las expectativas sobre la llegada de Alcibíades habían enardecido a los concurrentes. Acudían corriendo hasta allí las sirvientas y lavanderas de las calles colindantes, pellizcándose las mejillas y arreglándose el pelo con sus mugrientos dedos. ¿Conocías ese antro, Jasón? Sirven rancho y vino. Su propietario es un fenicio de Tiro; ha arreglado el local con motivos marineros e inventa nombres que evoquen este origen para los platos que prepara. En cuanto vio entrar a Alcibíades, empezó a recitar de un tirón su menú mientras le acompañaba a la mesa. ¿Tenía que recomendarle la «estrella de la redada» o tal vez el «primor del mar»?
—Tomaré de éste —dijo Alcibíades señalando el puchero que estaba en el fuego—. La «arcada del vómito».
El dueño dirigió una sonrisa a su huésped; ni una tiara del rey de Persia le habría hecho tan feliz. Sin embargo, Alcibíades tenía un aire grave. Se veía a la legua que le carcomía la envidia que sentía por Formión, la impaciencia por conseguir su propia flota. La celebridad que había alcanzado le irritaba; era consciente de la fascinación que ejercía sobre las masas y ardía en deseos de aprovecharse de ella.
¿Por qué habría pedido a su primo y a mí que le acompañáramos?
—A excepción de nuestro amigo Sócrates, vosotros dos sois los únicos que tenéis suficiente espíritu para decirme canalla a la cara.
Ahora decidme algo y no me mintáis: ¿cómo y dónde he de pasar a la acción?
La muerte de Pericles crearía un vacío, afirmó Alcibíades, en la dirección del imperio. Los estados vasallos se rebelarían, los sucesores saldrían de quién sabe dónde. Euriptolemo le cortó, indignado. ¿Cómo osaba hablar con tanta frialdad de un familiar suyo, quien, si los dioses lo tenían a bien, podía vivir aún medio año más o tal vez sobrevivir, como había hecho ya un considerable número de personas?
—No lo conseguirá —afirmó Alcibíades—. Lo he adivinado viéndole. Y no hablo con frialdad, apreciado primo, sino con previsión, con la que le caracteriza a él y desea para nosotros. ¿A quién elegiríamos en su lugar? ¿A Cleón, el que se rinde ante la plebe? ¿A Androcles, incapaz de subir de la alcantarilla con una escalera de mano? ¿O bien a Nicias, cuya timorata indecisión resulta aún más perniciosa? Escúchame bien: si Atenas contara con dirigentes que tuvieran imaginación, yo sería el primero en ofrecerme a su servicio.
Los peores, matones y babosos, sólo son capaces de manipular al populacho. Los mejores, como Formión y Demóstenes, son soldados; no van a ensuciarse las manos con la política. Lo que muere con Pericles es su perspectiva. Pero ni siquiera él ha visto lo que está más allá. La peste se acabará, nosotros sobreviviremos. ¿Y luego, qué?
»Pericles estableció tres principios inamovibles en el proceso de la guerra: la preeminencia de la flota, la seguridad de las largas murallas y no expandir el imperio mientras siga la guerra. Los dos primeros tienen su lógica; hay que revocar el tercero. No nos queda más opción que la de la expansión, y además redoblando el impulso.
Nuestros barcos deben ir a la conquista de Sicilia e Italia y posteriormente a la de Cartago y todo el norte de África. En Africa no debemos conformarnos con un punto de apoyo en la costa; antes bien avanzaremos en tierra firme y nos enfrentaremos a quien nos rete, incluido el trono de Persia.
Euriptolemo le interrumpió con una carcajada.
—¿Cómo vamos a conquistar el mundo, primo, si ni siquiera podemos salir de nuestros muros para echar una meada? ¿Con qué fuerzas contamos para llevar a cabo un cometido de tal envergadura?
—Con los espartanos, al final —replicó Alcibíades, como si fuera algo obvio—. De entrada, con sus aliados, en cuanto hayamos
liquidado a los ancianos y atraído a sus jóvenes a nuestra liga. —
Hablaba en serio—. Pero aquí, amigos míos, se plantea la cuestión:
¿me atreveré a hablar en público sobre esto? No he cumplido todavía los veinticinco años, en una nación que establece el umbral del juicio en los cuarenta. La contención va contra mi naturaleza y, por otra parte, la acción prematura puede acabar conmigo antes de empezar.
No podéis imaginar las noches que he pasado en vela, atormentado por todo esto.
Los platos se iban enfriando a medida que los primos ahondaban en el tema. Habló Euriptolemo. A aquel hombre noble, si bien había recibido el don de una mente entusiasta como la de toda su familia, los dioses no le habían proporcionado el agradable aspecto de los demás.
A los veintinueve años había perdido casi todo el pelo, y sus rasgos, si bien no podían calificarse de desagradables, tampoco formaban un conjunto que resultara atractivo. Tal vez por ello se comportaba con una cordial y oportuna modestia. Resultaba imposible no apreciarle, es más, no hacerlo a primera vista. Empezó reprochando a su primo el desorden en su vida privada.
Si Alcibíades quería que le tomaran en serio, debía mantener a raya sus apetitos, en especial la bebida y la carnalidad. Unos vicios que no son propios de un estadista.
—Si no eres capaz de envainártela, sé al menos discreto y mira dónde la metes. No te dediques a andar por ahí con cortesanas mientras tu mujer se consume de abatimiento en casa.
Euriptolemo dejó sentado que en el alma de Atenas existían dos fuerzas en pugna:
—El antiguo y elemental proceder, que venera los dioses y héroes de nuestros ancianos y el nuevo proceder, que convierte a la propia ciudad en diosa. Todos sabemos de qué lado estás tú, primo, pero no deberías dejarlo tan patente. Tampoco vas a sufrir tanto por el simple hecho de demostrar cierta humildad, de rendir homenaje al Olimpo o cuando menos simular que lo haces. La democracia es una espada de doble filo. Emancipa al individuo, le hace libre y dispuesto a destacar como ningún otro sistema de gobierno. Ahora bien, dicha espada posee también un filo oculto. Genera rencor y envidia. Por eso Pericles se comportó con modestia; se alejó de la multitud por miedo a sus celos.
—Estaba equivocado —puntualizó Alcibíades.
—¿De verdad? Te encuentras en una Atenas desconocida para el común de los mortales, Alcibíades, un dominio cuyo brillo te impide ver la situación real en que vive el resto, donde los cuencos no desbordan de vino sino de hiel y bilis. Es algo que veo a diario en los tribunales. La envidia y el rencor dominan en nuestra ciudad y medran tanto en tiempo de penuria como en la abundancia. Reflexionemos sobre las posibilidades que ofrece el estado al envidioso para que aniquile a quien le supera. Puede llevarle ante el Consejo o la Asamblea, ante los tribunales populares o el Aerópago. Suponiendo que su víctima se presentara a la elección, él puede recurrir al examen de la solicitud, y retenerla hasta su expiración. Si el desventurado sirve en la flota, su enemigo puede llevarle a juicio ante los apostoleis o la Junta de Asuntos Navales. Puede arrestarlo él mismo o esperar a que lo hagan los magistrados, condenarle directamente, demandarle ante los árbitros o presentar información ante el arcontado. Nunca le faltarán cargos, pues el estado se los proporcionará en abundancia.
Puede empezar con el de negligencia en el cumplimento del deber, malversación, desfalco; cohecho, robo, extorsión; abandono, desatención, contravención. ¿Fallan todas estas figuras? Puede atajarse con la evasión de tributos, asociación ilícita, malversación de patrimonio. ¿No basta con el asesinato y la traición? Dejemos que al enemigo le parta el rayo de la impiedad, que conlleva la pena capital, contra la que el acusado no solamente debe defender sus actos sino la esencia de su alma entera.
»Ríes, primo, pero reflexiona sobre el fin de Temístocles, el salvador de nuestra nación, exiliado en Persia. El sin par Arístides, desterrado. Milcíades, acosado hasta la tumba, cuando no habían transcurrido ni dos años después de su victoria en Maratón. Pericles consiguió la fama procesando al mayor héroe que ha visto esta ciudad, a Cimón, quien expulsó a los persas del mar y edificó el imperio a partir de sus cimientos; mientras que él, el olimpíaco, a duras penas salvó el pescuezo en un puñado de ocasiones. Y tú mismo, primo.
¡Menudo blanco constituyes! ¡Por todos los dioses, permíteme que te lleve ante un jurado! —Hizo un gesto señalando a los admiradores que se habían congregado allí y le miraban embobados desde los extremos
de la terraza—. Soy capaz de conseguir que quienes te idolatran exijan tu sangre.
Los primos rieron, secundados por la concurrencia, que oía la jocosa diatriba de Euriptolemo.
—Aplaudo tu elocuencia, primo —siguió Alcibíades—. Pero estás en un error. Interpretas mal el carácter del hombre. Nadie tiene como objetivo mancillarse con sus propios fluidos elementales, sino elevarse sobre las alas del daimon que le anima. Echemos un vistazo a los marinos e infantes que se encuentran en los muelles de embarque. No es la bilis ni la cólera lo que les empuja, sino la sangre del corazón.
Van en busca de la gloria, la misma que ansiaban Teseo o Aquiles.
—La mitad de ellos pretende eludir el servicio y tú lo sabes muy bien.
—Por falta de perspectiva de sus dirigentes. —Se acabó la época de dioses y héroes, primo. —Para mí, no, y tampoco para ellos.
Alcibíades señaló de nuevo las tropas que se veían al fondo.
—Me censuras, primo, insistiendo en que debo reivindicar una perspectiva que vaya más allá de mi fama y gloria y lo mismo para nuestra nación. Pues bien, ¡no existe nada más allá de la fama y la gloria! Son las aspiraciones más sagradas y elevadas del alma humana, pues engloban el deseo de inmortalidad, de trascendencia de todos los límites inherentes, la pasión que anima incluso a los dioses inmortales.
»Me acusas además, Euro, de malgastar mi tiempo con hombres de gran brillantez y espléndidos caballos y perros en vez de ocuparlo con el común de las gentes que conforma nuestra nación. Pero yo he observado a estos hombres, a los normales y corrientes y a los de las castas intermedias, en presencia de dichos caballos y perros. He visto cómo se apiñaban, al igual que las abejas alrededor de la miel, junto a los grandes. ¿Por qué? ¿No será porque perciben en la nobleza de esos paladines un indicio de la esencia que poseen en embrión en sus propios corazones? Frínico nos advirtió:
Ella es una amplia cama
En la que caben la democracia y el imperio,
pero él también andaba desencaminado. La democracia tiene que ser imperio. El apetito que inflama la libertad en el individuo tiene que tener un objetivo acorde con su grandeza.
Entonces fue Euro quien golpeó la mesa.
—¿Y quién va a encender esa llamó?
—Yo lo haré —declaró Alcibíades.
Se puso a reír. Los dos estallaron en carcajadas.
—Entonces, éste es el rumbo que debes tomar, primo. —
Euriptolemo se inclinó un poco, como presa de una inspiración celestial—. Suponiendo que tus compatriotas no te presten atención, pues recelan de tu juventud, lleva el caso a otros tribunales y a otros consejos. Comienza por el extranjero, con nuestros adversarios y aliados. Los cancilleres de los demás estados pronto estarán al corriente de la enfermedad de Pericles. ¿Quién va a dirigir Atenas?, preguntarán. ¿Con quién deben establecer un trato para asegurar el bien de sus naciones?
Euriptolemo hizo una sucinta exposición de sus argumentos.
¿Qué príncipe extranjero, viendo a Alcibíades ante él, escuchándole, no adivinaría el futuro de Atenas? Sería una locura rechazar al héroe por su juventud, y nadie podría captarlo mejor que el más agudo y el visionario. Al comprender lo que a la fuerza tiene que suceder, verían enseguida que era de sabios situarse de entrada a su lado. Alcibíades podría afianzarse en las cortes extranjeras; asegurando alianzas, forjaría coaliciones. ¿Quién más lo conseguiría? La fama de su linaje le abriría las puertas de un sinfín de estados y sus bien ganados laureles como guerrero, por no decir también como criador y jinete (un noble vicio que comparten los señores de todas las naciones), le servirían en el resto.
—¡Has acertado, primo! —intervino Alcibíades—. Te aplaudo.
Siguieron conversando durante una hora más, sin dejar el tema de las consecuencias e implicaciones de tal política. Su base era la guerra. La paz tendría funestas consecuencias.
—¿Y tú qué dices, Pommo? —Al cabo de un rato Alcibíades se dirigió a mí—. No has abierto boca en toda la noche.
Al ver que vacilaba, me dio unas palmadas en el hombro.
—La política aburre a nuestro amigo, Euro. Él es soldado. Dinos, pues, Polémides, ¿qué es lo que opina un soldado?
Sé tú mismo, fue todo lo que pude decirle.
—Sí. —Se echó a reír—. ¿Pero cuál de mis ellos?
—Vete a la guerra. Lucha directamente. Vence. Trae las victorias a Atenas. Deja que el enemigo te critique si se atreve.
Nos separamos al amanecer; Alcibíades estaba fresco como si hubiera dormido toda la noche. Se iba hacia el mercado, a buscar a otros amigos y seguir su investigación. Agradeció mi franqueza.
—¿Necesitas algo, Pommo? ¿Dinero? ¿Un cargo?
—Quisiera ver regresar a mi primo, si puedes prescindir de él.
—Puede decidir por su cuenta, como tú o como yo.
Le di las gracias por aquello. Necesitaba imperiosamente dormir.
Un hombre me esperaba delante de la puerta de casa. Tenía más de treinta años, la tez curtida como el cuero e iba armado como un mercenario. Me recibió con una mueca.
—¿Sabe usted que me está dejando sin trabajo?
Tomó asiento sobre unas piedras y se puso a desayunar pan mojado con vino. Le pedí su nombre.
—Telamón. De Arcadia.
Había oído hablar de él; era un asesino. Lleno de curiosidad, le invite a entrar.
—Si pretende ganarse la vida cortando venas —dijo en tono de reproche—, al menos tenga el decoro de cobrar por el servicio. Si no,
¿cómo puede medirse con usted un pobre?
Le dije que lo hacía por Prometeia. Como penitencia.
—Un noble gesto —comentó. Me cayó bien el hombre. Le ofrecí el pan que me quedaba, y él se lo metió en el equipaje, junto con una ristra de cebollas. Iba a embarcarse al cabo de diez días en una brigada al mando de Lámaco para una expedición al Peloponeso. Dijo que podía llevarme con ellos si yo quería—. Por lo que he oído, a su trabajo le falta sutileza. Venga conmigo y yo le enseñaré.
—Quizás en otro momento.
Al levantarse, colocó una moneda sobre un cofre. No hizo caso de mi protesta.
—Yo espero que se me pague y por ello también cumplo.
Observé desde el umbral cómo se alejaba, cargando con el enorme peso del equipo, y luego me metí en la desmantelada casa de la muerte.
Tal vez algo había cambiado. Por fin, me dije, alguien me ofrecía trabajo.
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