Vientos de guerra

Steven Pressfield · Capítulo 33 de 54

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Vientos de guerra

XXXII Sobre la Virtud de la Crveldad

XXXII

SOBRE LA VIRTUD DE LA CRVELDAD

Aquella chica era Timandra, en cuya ropa fue envuelto el cadáver de Alcibíades apenas unos años después, en Frigia, a falta de algo mejor con que amortajarlo.

En la época de los estrechos, tenía veinticuatro años. Conquistó el corazón de Alcibíades y ninguna otra mujer consiguió desplazarla. Era lo que él necesitaba; ambos lo supieron al instante. Los parásitos a quienes no podían ahuyentar soldados armados hasta los dientes echaban a correr ante una simple mirada de aquella mocosa. Nunca oí a Alcibíades defender a otra mujer que no fuera su difunta esposa salvo en broma o con ironía.

Ahora se encolerizaba de tal modo a la menor ofensa cometida contra Timandra que hombres que mandaban miles de soldados se acercaban a ella de puntillas, apurados como adolescentes. Timandra era como la paloma de Trapezos, que, al emparejarse con un águila, se convirtió también en águila.

Se ha hablado hasta la saciedad de la caótica vida privada de Alcibíades, que, según sus detractores, se habría tirado a una anguila si se hubiera estado quieta el tiempo suficiente. Ya conoces a Eunice, Jasón. No es una anguila, pero se lo llevó a la cama una noche, o él a ella, en Samos, un año antes de que apareciera Timandra. Fue su forma de golpearme, cuando los golpes no habrían bastado, por no atenderla a ella y a los niños, abandono del que seguramente era culpable. No podía reprochárselo, pues, como todas las mujeres, estaba indefensa ante las tempestades de su corazón, pero tenía que pedirle cuentas a él, que debería habérselo pensado dos veces, y la perspectiva me producía no poca aprensión, lo confieso, a pesar de que no me asustaba enfrentarme a ningún hombre cara a cara. Y no es que temiera que invocara su autoridad contra mí, pues nunca se habría rebajado a algo así; sin embargo, me preocupaba que la pasión del instante lo impulsara a atacarme. Alcibíades era tal prodigio como atleta y luchador que, sólo estando yo armado y él no, me parecía tener alguna posibilidad.

Por supuesto las cosas no llegaron tan lejos. Cuando le exigí una

explicación, aprovechando un momento en que inspeccionaba solo el astillero, me respondió con un remordimiento tan sincero que toda mi cólera se esfumó al instante, para ceder el sitio, lo creas o no, a la pena que me causó su relato de los hechos. Pues su incapacidad para gobernar sus apetitos era el único defecto que le hacía sentirse mortal.

—Me dijo que ya no era tu mujer, que la habías echado a la calle. Me abordó pretextando que necesitaba dinero. —Me miró a los ojos—. Sabía que era mentira, pero aun así seguí adelante, porque soy como un perro. —

Y, dejando caer los brazos, añadió—: Vamos, golpéame ahora mismo, Pommo, no te lo tendré en cuenta.

¿Qué iba a hacer, pegarle una paliza a nuestro caudillo en mitad de las atarazanas?

—Ni siquiera recuerdas su nombre, ¿verdad? —No recuerdo el de ninguna, Pommo.

Dos tardes después, me estaba ejercitando en el rompeolas cuando pasó Mantiteo en una barca de ocho remos manejados por efebos recién llegados de Atenas.

¿Tienes una verde limpia? —me gritó, refiriéndose a la capa de gala de la infantería de la marina, de color verde oscuro—. Se requiere el placer de tu compañía. ¡Y no te dejes en casa los buenos modales!

Así es como conocí a mi segunda mujer, o, para ser exactos, como ella me conoció a mí. Era la hija del samio que fue nuestro anfitrión esa noche, y se llamaba Aurora. Me enamoré de ella al instante y con todo el corazón, aunque apenas pude disfrutar de su compañía, pues tuve tan mala fortuna que los dioses se la llevaron al cabo de un año. Nunca supe lo que Alcibíades le contó a su padre de mí, ni en qué tono. Pero desde el momento en que aquel hombre nos recibió en su umbral a Mantiteo y a mí, me sentí como un príncipe ungido.

Así es como Alcibíades me compensó por su falta, ¿comprendes? Era su desdichado sino, y el nuestro, que tuviera que compensar a tantos.

Timandra no podía cambiarle, pero sabía manejarle. En los estrechos, no compartían la misma habitación; ella no lo consentía, porque no estaban casados, pero tampoco quería casarse, aunque Alcibíades no se cansaba de pedírselo. Tenía que ir a la cama de la chica y volver a la suya, salvo que ella le permitiera quedarse a pasar la noche. Timandra tampoco se avino a mudarse cerca de él, para espiarle, sino al ala opuesta, donde vivía y trabajaba. Tenía sus propios medios de subsistencia, que administraba ella

misma, y su principal interés era facilitarle las cosas a Alcibíades, no en lo relativo a los asuntos de la guerra, en los que nunca se inmiscuyó, sino en las cuestiones relacionadas con su bienestar y organización.

En cierta ocasión, Mitrídates y Arnapes se presentaron como embajadores de los persas en la villa que Alcibíades tenía en la Punta Cabeza de Perro, y, al ser recibidos por Timandra en perfecto arameo, la tomaron por la intérprete o la amante del general y pasaron de largo en busca del despacho. Timandra hizo que los soldados los detuvieran a punta de espada y, cuando los enviados expresaron su indignación y le pidieron que se presentara, ella les contestó:

—Señores, he observado que quienes se acercan a aquellos a quienes los hombres llaman grandes sólo lo hacen con uno de estos fines: servirlos o combatirlos. Ni en un caso ni en el otro puede el gran hombre descubrir a alguien en quien descargar su corazón con confianza. Ése es el servicio que presto a nuestro comandante, y vosotros, que habéis tenido abundante trato con los grandes, podéis juzgar su dificultad. —Sonrió No obstante, me he precipitado al deteneros por la fuerza. Consideraos libres, señores, de pasar cuando lo deseéis.

Los enviados le hicieron una de esas reverencias que los persas llaman ayana, destinadas a príncipes o ministros.

—Ordena lo que desees, señora, pero acepta, por favor, nuestras disculpas por la descortesía hasta que dispongamos de medios más materiales para expresarlas.

Desde la adolescencia, Timandra había sufrido el asedio de los pretendientes, que ofrecían la luna y las estrellas a su madre, la cortesana Frasiclea, para poseerla, del mismo modo que los hombres cortejaban a Alcibíades en su juventud. Puede que eso fuera un vínculo entre ellos, algo que les hacía entenderse. En público, su relación parecía tan casta como la del hermano y la hermana; sin embargo, era evidente que sentían una devoción mutua y apasionada.

En la medida de lo posible, Timandra domesticó a Alcibíades y puso orden en las caóticas jornadas de aquel genio, que hasta entonces lo organizaba todo exclusivamente en su cabeza. Pero la presencia de aquella mujer era un arma de doble filo, pues su enorme influencia sobre la figura capital de una coalición de guerra contribuyó a crear en torno a Alcibíades un ambiente con cierto regusto cortesano. Al fin y al cabo, ¿qué era ella?

¿La reina? ¿La favorita del emperador?

En cualquier caso, era evidente que alguien tenía que protegerlo del cúmulo de distracciones que lo apartaban de los asuntos de la flota. A pesar de ostentar su mismo rango, Trasíbulo y Terámenes nunca se vieron expuestos a semejante avalancha de celebridad. Podían pasear sin que los molestara la nube de aduladores, peticionarios y hembras en celo que envolvía constantemente a su colega.

Pero volvamos a mi embajada ante Endio. Tardé un mes en llegar a Atenas por la ruta fijada; a esas alturas, la misión espartana se había marchado con la negativa de Cleónimo y los demagogos. Me puse en camino de inmediato para darles alcance, pero ya habían cruzado el istmo; tuve que entrar solo en el Peloponeso, aunque conseguí alcanzarlos en el fuerte fronterizo de Caria.

Endio escuchó muy serio la propuesta de Alcibíades, pero no me dio ninguna respuesta. Al amanecer, Derechazo me trajo un mensaje para Alcibíades escrito por el propio Endio, que, según el angustiado mensajero, había demostrado al redactarlo una abnegación extraordinaria o una temeridad inaudita. Preocupado por la suerte de su señor si llegaban a interceptar la carta, Derechazo se negó a marcharse. Rompí el sello. Destruí la carta yo mismo tras encomendar su contenido a la memoria, para proteger a ese espartiata al que siempre había respetado, aunque hasta ese día no me había inspirado especial afecto:

Endio a Alcibíades, saludos.

Te envío este mensaje, amigo mío, sabiendo que su descubrimiento podría significar mi muerte. Tienes razón; no puedo negar la sensatez del plan que me propones. Sin embargo, no puedo hacer nada en su favor. No porque nuestro partido haya caído en desgracia; su forma de ver las cosas sigue siendo la predominante. Sino porque he sido desbancado. Ahora domina Lisandro. Ya no puedo controlarlo.

Escucha bien lo que voy a decirte. Lisandro se ha convertido en el mentor del joven Agesilao, hermano del rey Agis, que ascenderá al trono en su momento. A través del hermano menor, se ha ganado el apoyo de Agis, que te odia, ya sabes por qué. Agis aceptaría encantado tu cabeza o tu hígado, pero nada más.

Lisandro no se cansa de intrigar para que lo nombren navarca de la flota. Está convencido de que conseguirá manejar a los persas, a diferencia

del resto de nuestros navarcas, que no pueden disimular su desprecio por los bárbaros ni dejar de despreciarse a sí mismos por haber aceptado su oro.

Conoces el carácter de Lisandro perfectamente. Para él la mentira y la verdad valen lo mismo; utiliza lo que pueda servirle para obtener sus fines.

En su opinión, la justicia sólo es un tema de conversación y el orgullo personal, un lujo que un guerrero no puede permitirse. Considera estúpidos a todos los compatriotas que no están dispuestos a arrodillarse ante los persas, como él ante Agis y otros para aumentar su influencia con cada genuflexión. Lisandro dista de ser un malvado; es, en cambio, muy eficaz.

Ve la naturaleza humana tal como es, a diferencia de ti, que no puedes evitar sondarla para descubrir lo que podría ser. De lo que pudieras reprocharle, sólo debes culparte a ti mismo, pues Lisandro ha estudiado en tu academia y ha memorizado tus lecciones. A su lado, los demás jefes espartanos son como niños, pues saben luchar pero nada más. Lisandro sabe de todo. Comprende el funcionamiento de la democracia ateniense, especialmente las veleidades del demos. Te considera capaz de vencer a cualquiera, salvo a tus compatriotas. Asegura que acabarán destruyéndote, como a cualquiera de los grandes hombres que te precedieron. En otras palabras, no te teme. Quiere luchar. Cree que puede vencerte.

Lisandro posee todas tus virtudes guerreras y diplomáticas, y una más.

Es cruel. Es capaz de ordenar asesinatos, torturas y matanzas, pues para él no son más que medios, como el perjurio, el soborno o el cohecho. No dudará en aterrorizar incluso a sus propios aliados. Como el tirano Polícrates, opina que sus amigos le estarán más agradecidos cuando les devuelva lo que les haya quitado que antes de que se lo quitara. Su único principio es la victoria.

Por último, cree que te conoce. Comprende tu carácter. Te ha estudiado durante todo el tiempo que pasaste en nuestro país, sabiendo que un día tendría que enfrentarse a ti. No esperes una lucha limpia. Amagará y remoloneará, pues carece de todo orgullo como guerrero; luego, aparecerá como surgido de la nada y te vencerá.

Aunque no te sirva de consuelo, te diré que creo que el plan que propones, la alianza griega contra Persia, obtendría el beneplácito de Lisandro, si le conviniera en estos momentos.

Te regalo esta máxima de su cosecha: no subestimes la crueldad ni el empleo de la fuerza bruta. Tu estilo es evitar la coacción, que a tus ojos

degrada a todos y a la larga se paga cara. Pero, amigo mío, a la larga todo se paga.

No bajes la guardia. Puede que este hombre te haga morder el polvo.

La guerra por el dominio del Helesponto prosiguió; Alcibíades obtenía victoria tras victoria. Durante ese año y el siguiente, Lisandro fracasó en su intento de conseguir el mando de la flota espartana.

En cuanto a mí, serví en el mar con Pericles el joven y en unidades terrestres, principalmente a las órdenes de Trasíbulo. Cortejé, por carta y en persona cuando la acción me llevaba al sur, cerca de Samos, a la alegría de mi corazón, Aurora. Con el tiempo, mi afecto se extendió también a su padre y sus hermanos, por quienes llegué a sentir tanto cariño y estima como sólo me habían inspirado León ymi padre.

Volví a la escuadra de Alcibíades a tiempo para asistir a la capitulación de Bizancio. Fue la batalla más dura de toda la guerra helespóntida, contra tropas escogidas espartanas, los Iguales y perioikoí de Selasia y Pelena, reforzados por mercenarios arcadios e infantería pesada beocia de la guarnición de Cadmo, la misma que nos había rechazado en Epípolas. En un momento de la lucha, un millar de jinetes tracios a las órdenes de Bisantes se lanzó contra los espartanos, cuyo número se había reducido a menos de cuatrocientos, pues llevaban toda la noche combatiendo ante las murallas. Los espartanos los hicieron picadillo, caballos incluidos.

Cuando al fin hicimos retroceder al enemigo, abrumado por nuestra superioridad numérica y por la deserción de sus aliados bizantinos, Alcibíades tuvo que recurrir a toda su fuerza, en persona y escudo al brazo, para impedir que los príncipes tracios mataran hasta al último adversario.

Se vio obligado a ordenar a nuestras tropas que empujaran a los espartanos hacia el mar, como si fueran a ahogarlos, para que aquellos salvajes sedientos de sangre, que le temen al agua tanto como nosotros al infierno, desistieran.

Esa noche no varamos nuestros barcos, que quedaron anclados frente a la playa, con los espartanos muertos y heridos. Yo asistí a un cirujano del enemigo, a quien llamé Simón por error más de una vez.

Por la mañana, el estrecho estaba lleno de maderos humeantes y cuerpos que flotaban donde la corriente de salida se encuentra con la de entrada. Alcibíades ordenó que se limpiara el canal y se encendieran fogatas

en ambas orillas, Bizancio y Calcedonia. Ahora, Atenas dominaba ambas, y el Helesponto con ellas.

Alcibíades había acabado dominando el Egeo.

Al fin podía regresar a casa.

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