Vientos de guerra

Steven Pressfield · Capítulo 34 de 54

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Vientos de guerra

Libro VII: - la Voracidad del Monstruo

LIBRO VII

LA VORACIDAD DEL MONSTRUO

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XXXIII

LOS BENEFICIOS DE LA PAZ

Debo insertar este capítulo por mi cuenta, querido nieto, pues afecta poderosamente al destino de nuestro cliente, que sin embargo prefirió no confiarme estos hechos como parte de su historia, por considerarlos demasiado personales. Se refieren a la doncella samia Aurora, la hija de Telecles, que le presentó Alcibíades a modo de desagravio por su comportamiento con Eunice.

Polémides tomó a la muchacha por esposa.

Ocurrió inmediatamente después de Bizancio, en la estela de la victoria, y antes de que Alcibíades regresara a Atenas. Polémides se mostró tan reacio a hablar de Aurora como lo había hecho en relación con Febe, su primera mujer. Lo que pude averiguar procede del testimonio de otros y, sobre todo, de la correspondencia que encontré en el arcón de Polémides con posterioridad.

Esto es un decreto del arcontado de Atenas concediendo la ciudadanía a Aurora (como años más tarde la concedería a todos los samios por sus constantes servicios a nuestra causa). Una carta, de su tía abuela Dafne, de Atenas, contenía al parecer un prendedor de oro para el pelo que había pertenecido a la madre de Polémides, como regalo de boda para la novia.

En esta carta a su tía, Polémides relata los pormenores de la ceremonia y retrata con orgullo a su suegro y sus cuñados, ambos oficiales de la flota, a los que ya se siente unido, no sólo por lazos familiares, sino también de amistad:

… por último, querida tía, me gustaría que hubieras podido ver a la mujer que, sólo el cielo sabe por qué, ha aceptado convertirse en mi esposa.

No sólo me dobla en inteligencia, sino que además posee una belleza tan apasionada como casta y una fuerza de carácter a cuyo lado mi orgullo guerrero parece una preocupación pueril. En su presencia me embargan esperanzas como mi corazón no se había permitido sentir desde la muerte

de mi querida Febe, es decir, el deseo de tener hijos, un hogar y una familia.

Estaba convencido de que no volvería a sentirlo; sólo a ti, y a ella, debo esta confianza. Traer inocentes a este mundo me parecía no ya irresponsable, sino criminal. Pero, con una sola mirada al hermoso rostro de esta muchacha, antes de haber oído su voz o haberle dicho una palabra, la desesperación que llevaba arrastrando tanto tiempo me abandonó como si nunca hubiera existido. No cabe duda de que, como dicen los poetas, la esperanza es eterna.

Desde su puesto en la flota, a su mujer en Samos:

… antes de conocerte, creía que el siguiente jalón de mi existencia sería la muerte, que esperaba en cualquier momento, asombrado de que aún no hubiera dado conmigo. Todo lo que pensaba y hacía tenía su origen en la simple resolución de ser un buen soldado hasta el final. Era un viejo, y me daba por muerto. Ahora, tras el milagro de tu aparición, vuelvo a ser joven.

Hasta mis crímenes han sido lavados. Tu amor y la sencilla perspectiva de una vida contigo, lejos de la guerra, me han hecho renacer.

Aurora, embarazada, le escribe a su puesto en la flota: Es una suerte que no puedas verme, amor mío. Estoy gorda como un lechón. Hace un mes que no me veo los dedos de los pies. Me muevo a pasitos cortos y agarrándome a las paredes para no perder el equilibrio.

Temiendo que sufriera una caída, mi padre ha trasladado mi cama al piso de abajo. Repito de todos los platos y devoro los postres. ¡Es estupendo! Todas quieren estar preñadas como yo, hasta las niñas pequeñas, que se ponen almohadones en la barriga. He contagiado a toda la granja. Mi felicidad —

nuestra felicidad— se ha derramado sobre ellos…

Otra de la joven esposa:

… ¿dónde estás, amor mío? Me tortura no saber qué aguas surca tu barco, aunque, si lo supiera, mi tortura sería igual de insoportable. ¡Tienes que salvarte! Sé cobarde. Si te obligan a luchar, ¡huye! Sé que no lo harás, pero es lo que me gustaría. Ten cuidado, por favor. ¡No te ofrezcas voluntario para nada!

De la misma carta:

… ahora debes considerar tu vida como si fuera la mía, pues si caes, pereceré contigo.

Y también:

Dadnos el poder a las mujeres, y esta guerra terminará mañana. ¡Qué locura! Si todas las cosas buenas son fruto de la paz, ¿por qué se empeñan los hombres en buscar la guerra?

Otra de Aurora:

… la vida me parecía tan complicada… Me sentía como un animal dando vueltas en su jaula sin encontrar otra cosa que barrotes y más barrotes. Ahora que estoy contigo, amor mío, todo es sencillo. Me basta con vivir, amar y ser amada por ti. ¿Para qué queremos el cielo, teniendo tanta felicidad en la tierra?

Polémides le responde:

Tengo miedo, amor mío, porque ahora debo mostrarme digno de ti.

¿Lo conseguiré algún día?

Polémides da los pasos necesarios para romper sus lazos con Eunice.

Le concede la mitad de su paga para que se mantenga y mantenga a sus hijos, y solicita para ellos la ciudadanía ateniense, alegando sus años de servicio y las penalidades que Eunice y los niños han padecido a su lado.

Les busca un medio de transporte a Atenas y escribe a sus tíos y a los ancianos de su familia para que cuiden de ellos hasta su vuelta.

Ésta es de Aurora:

… he aprendido de mi padre y mis hermanos que la conducta de un hombre en la guerra no puede medirse por el mismo rasero que en tiempos de paz, y menos aún la tuya, pues has pasado la juventud y la madurez

sirviendo en el ejército lejos de casa y poniendo tu vida en peligro constantemente. Las cosas que hiciste antes de que nos conociéramos te pertenecen en exclusiva; no puedo juzgarlas. Sólo me gustaría poder ayudar, procurando evitar que nuestra felicidad cause la infelicidad de aquellos a quienes queremos socorrer. Has de saber que ayudaremos a los hijos de esa mujer llamada Eunice, sean o no tuyos, con nuestros recursos, tuyos y míos, y con los de mi padre.

Polémides sueña con recuperar la granja de su padre, El Recodo del Camino, en Acarnas, e instalarse en ella con su mujer y su hijo. Ahora la paz, o una victoria que expulse a los espartanos del Ática, lo es todo para él. Escribe a su tía animándola a unírseles y a los aparceros que trabajaron para su padre. Incluso se informa del precio de las semillas y compra, a precio de saldo, una reja de arado de hierro del inventario de un comerciante de Metimna. Embarca la herramienta en el mercante Eudia, que viaja a la metrópoli escoltado por la flota de Alcibíades, con Polémides de nuevo a bordo de la nave insignia Antíope, en la que el comandante supremo regresa a Atenas en triunfo.

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