Vientos de guerra

Steven Pressfield · Capítulo 17 de 54

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Vientos de guerra

XVI el Sveño de Vn Soldado

XVI

EL SVEÑO DE VN SOLDADO

La granja resistió, no tanto gracias a las fatigas de mi hermano y a las mías propias como al sinfín de consejos y a la ayuda de una serie de tíos y ancianos del clan, por no hablar de sus generosos aportes en herramientas, mano de obra y efectivo. León y yo aún no nos habíamos dado cuenta de cuánto nos habían echado de menos y de lo abandonada que se había sentido nuestra familia, como tantas otras después de la peste y la guerra.

Nada hay tan insustituible como la juventud ni persona tan querida como la pródiga. Nuestros mayores podían ayudarnos y lo único que deseaban era ver hijos y más hijos. Mi tía se desplazó desde la ciudad con el único objetivo de comprobar que estábamos bien; plantada bajo el toldo del carro que la había llevado hasta allí, nos miró a los dos, desnudos de cintura para arriba y sucios como perros, mientras cavábamos una zanja para canalizar los residuos.

—Ahora ya puedo morir satisfecha.

No le presenté a Eunice aquel día ni la llevé conmigo a la ciudad un mes más tarde, cuando fui a visitar a mi tía. Aquello desencadenó otra de las salvajes peleas que solían producirse entre ella y yo, que duraban toda la noche y me herían en lo más vivo.

—¿Qué es lo que no poseo yo, Pommo, que me impida cruzar el umbral de la puerta de tu tía? ¿No tengo la piel suficientemente delicada?

Tal vez opines que mis pantorrillas no tienen la forma adecuada. Piensa, amigo mío, que no habrían aparecido las arrugas en mi rostro ni los músculos en las piernas de no haber tenido que andar de acá para allá a tu lado en aquel infierno, ¡desagradecido! ¿Será que no soy ciudadana? Si es así, tú puedes solucionarlo. Mueve los hilos que convengan. ¡Habla con tus elegantes amigos, los que convierten lo blanco en negro y lo negro otra vez en blanco!

Salió de su interior la ira que hacía tanto tiempo que reprimía.

—Yo te diré por qué no me presentarás a tu tía. Porque aún hoy busca una esposa para ti, como te buscó a Febe, la virgen, hace unos años. Busca a alguien respetable, de una respetable familia ateniense, con la que puedas tener hijos que se inscriban en los censos y no unos mocosos forasteros como los que te ofrecería una puta de fuera como yo, que ni puede votar, ni sacrificarse, ni exigir su educación cuando te dejes la piel en la guerra.

Un mediodía me encontró reflexionando junto a la tumba familiar; se le metió en la cabeza de que mi corazón pertenecía a mi difunta esposa y no a ella. Me avergonzaba de ella, dijo. No era apropiada para mí. No encajaba allí.

Una noche se incorporó en la cama poseída de cólera. —Ahora me dejarás de lado.

Yo estaba exhausto y lo que menos me apetecía era aquello. Me pegó un tremendo bofetón.

—En esta cama sobra alguien, Pommo. No puedo dormir al lado del fantasma de tu esposa. Uno de nosotros debe marcharse. Sin darme cuenta, de mis labios salieron estas palabras:

—Pues vete.

La mujer arremetió enfurecida.

—Te diré algo: la niñita de tu esposa está en la tumba. Tu hermana también está muerta. Y mientras tanto yo vivo.

Le pegué un puñetazo con la misma contundencia que se lo habría pegado a un hombre. Topó contra la pared y cayó. Me sentí horrorizado de haberle propinado el golpe, de haber pegado a una mujer, aunque al mismo tiempo la culpaba totalmente de lo sucedido. Sólo ella podía llevarme a tales extremos.

—Te avergüenzas de estar conmigo. —Eunice escupió la sangre que tenía en los labios—. Tienes en menos la vida que hemos llevado juntos y te gustaría que desapareciera, hacer como si no la hubieras vivido. Pues la viviste, Pommo. La viviste. He sido tu esposa de hecho aunque no por contrato, y tú has sido mi marido. Tú eres mi marido.

Empezó a sollozar. Me arrodillé junto a ella, brindándole consuelo con mis palabras, aunque en el fondo lo único que deseaba era marcharme, o que se marchara ella.

—¿Qué será de mí? ¿Podré tener por fin un hijo o habré de seguir negándomelo, como mandas tú?

Me suplicó que la llevara lejos de Atenas, lejos de las expectativas de la familia y de la movilización para la guerra. Habló de ciertos lugares que habíamos visto en nuestros desplazamientos, de lugares donde uno estaba a salvo. «¡Vámonos! Tenemos lo que nos hace falta: nuestras manos, nuestros corazones…»

A pesar de que estaba tan cerca de ella que su rodilla se levantó entre las mías y sus manos, apoyadas en mi brazo, notaba el corazón alejado y solitario, separado de ella por enormes espacios de silencio.

—Me dejarás de lado, Pommo. Lo leo en tus ojos. Pero no es de mí de quien te alejas, sino de ti mismo. Ninguna mujer te ofrecerá jamás lo que te he ofrecido yo. Vete. No voy a detenerte. Pero ten en cuenta esta profecía y verás cómo se hace realidad: comerás —dijo—, pero no saciarás tu hambre.

Beberás y seguirás reseco. Copularás y no hallarás en ello placer. Te encontrarás en una encrucijada y te dará lo mismo tomar uno u otro camino.

Nada te llevará a ninguna parte hasta que vuelvas en ti, hasta que vuelvas conmigo.

Jasón, amigo mío, me habían disparado contra las entrañas cabezas de bronce engrasadas: más aún, había conseguido arrancármelas. Se habían derrumbado muros de piedra sobre mi cabeza. Pero jamás en mi vida un golpe me había dado en el corazón como las palabras de aquella mujer.

Presentaría una historia mejor diciendo que en aquella ocasión ella se marchó o que me marché yo. Pero en realidad seguimos juntos otros once meses. Tuvo un hijo y de nuevo con un hijo a mi cargo me enrolé como oficial de infantería en el Pandora, bajo Menesteo, del escuadrón Titán a las órdenes de Camedeo, de la división Trueno que mandaba Alcibíades.

Aquel invierno la granja se había arruinado. Teonoe, la esposa de León, había conseguido el divorcio. Con un montón de cuentas pendientes e hijos que mantener, mi hermano fue incapaz de resistir con tres meses de soldada y como mínimo un año de paga de oficial. Se embarcó como jefe de sección bajo Lámaco. Telamón se hizo cargo de una unidad de cincuenta mercenarios, arcadios como él. Mi hermano y yo dejamos la granja a mis tíos. Destiné la mitad de mi paga a Eunice y las primas a mi abuelo, como entrada de la deuda pendiente con él y toda nuestra familia por la ayuda prestada.

No podía ganarme la vida en la tierra. Aquello no era más que el sueldo de un soldado. ¿Qué otra opción me quedaba sino volver a la guerra?

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