Vientos de guerra

Steven Pressfield · Capítulo 28 de 54

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Vientos de guerra

XXVII en el Mvelle de Samos

XXVII

EN EL MVELLE DE SAMOS

En este punto del relato de Polémides [me explicó mi abuelo], la situación dio un giro inesperado. Mis hombres, Mirón y Lado, se presentaron en mi despacho una tarde. Estaban fuera de sí.

—¡Señor, la hemos encontrado! ¡Hemos encontrado a la mujer!

—¿Que mujer?

—¡Eunice! La mujer de tu cliente, el asesino.

Aquello sí que era una noticia, tanto más cuanto que según Polémides Eunice había muerto.

—Está en Atenas —insistió Mirón—, con sus hijos, y está dispuesta a hablar… por una cantidad.

Concertamos una entrevista, que tuvo lugar en mí casa de la ciudad, en el Pireo. Por desgracia, la conversación no dio mucho de sí, más allá de la revelación involuntaria, pues se debió a un lapsus de Eunice, de que conocía y era conocida de Colofón, hijo de Hestiodoro, el individuo que había formulado la acusación de asesinato contra Polémides. Es más, la mujer me confirmó que había presenciado el crimen, cometido en un kapeleion o taberna de baja estofa de Samos el año vigésimo tercero de la guerra. Por más que insistí, no quiso seguir hablando del tema; de hecho, se marchó tan deprisa que olvidó pedirme la suma acordada. Tampoco volvió ni envío a nadie para cobrarla.

Informé de todo ello a Polémides al día siguiente, durante nuestra entrevista en la cárcel. No parecía sorprendido de la presencia de la madre de sus hijos en Atenas.

—De esa mujer se puede esperar cualquier cosa.

¿Deseaba ver a su hijo y a su hija? Quizá yo consiguiera convencer a Eunice, mediante una compensación si era necesario, para que accediera a la reunión. La respuesta del prisionero me desconcertó:

—¿Has visto a los niños con tus propios ojos? ¿Ha afirmado ella categóricamente que los tuviera consigo?

Cuando le respondí que no, soltó un gruñido y dio la cuestión por zanjada. Lo único que conseguí deducir, más de sus evasivas que de sus aseveraciones, fue que los niños habían estado bajo su custodia recientemente, tras huir de la de su madre. Al parecer, había ocurrido durante aquel mismo año, en El Recodo del Camino, la propiedad familiar de Polémides en Acarnas. Le repetí la pregunta. Si conseguía localizar a los niños, ¿le gustaría que fueran a visitarle?

—Prefiero que no me vean aquí.

La celda no tenía ventana, sino una tronera en el techo, que arrojaba un rectángulo de sol en el muro norte. Polémides alzó la vista hacia la abertura, que podía alcanzar a pesar de los grilletes; al cabo de unos instantes, se volvió hacia mí. De pronto, recordé haberle visto hacía años.

En una postura muy parecida, con idéntica expresión en el rostro, de pie en la proa de un bote con la armadura puesta. Saltó a tierra en cuanto la embarcación tocó el muelle de Samos, en el que esa mañana los marineros y los soldados, bulliciosos e impacientes, se contaban por miles. Lo acompañaban tres infantes, uno en proa y dos en popa. Escoltado por ellos, Alcibíades avanzó muelle adelante.

—Eras su guardaespaldas, Polémides —dije impulsado por aquella imagen súbita—. Te recuerdo. En el muelle de Samos, el día que volvió.

El prisionero no reaccionó, absorto —intuí— en el recuerdo de sus hijos, sin duda ya bastante crecidos, y en las preocupaciones que pudieran inspirarle, cualesquiera que fuesen. Por mi parte, no pude resistirme a aquel recuerdo recién recuperado y me sentí arrastrado de vuelta a aquel lugar y aquella mañana.

Por aquel entonces, la flota fondeaba en Samos. Era el vigésimo primer año de la guerra. Habían transcurrido siete, quizá ocho meses desde la conversación en Esparta que acababa de referirme el prisionero.

Déjame relatarte brevemente lo ocurrido en ese intervalo.

Alcibíades, como contaba nuestro cliente, se había embarcado en Lacedemonia con destino a Jonia, en compañía del espartano Calcideo, recién nombrado navarca de la armada del Peloponeso. Dicha fuerza era aún un heteróclito puñado de anticuados trirremes y pentecóntoros aportados por los aliados de Esparta, sobre todo Corinto, Elis y Zacinto, además de unas cuantas galeras construidas en Giteón y Epidauro Limera y tripuladas por voluntarios, pescadores y prófugos en su mayor parte. No había un solo Igual entre todos ellos.

No obstante, en apenas dos meses, Alcibíades y Calcideo incitaron a la revuelta no sólo a Quíos y sus escuadras de barcos de guerra (que convirtieron a la causa a Anaia, Lebedos y Aeras), sino también a Eritras, Mileto, Lesbos, Teos y Clazómenas, así como a Efeso, con su gran puerto, que con el tiempo se convertiría en el bastión de Lisandro. Con aquellos reveses, Alcibíades había privado a Atenas de un tercio del tributo de sus colonias, que necesitaba más que nunca tras el desastre de Siracusa. Peor aún, aquellas plazas fuertes, ahora en manos enemigas, amenazaban las rutas del grano del Ponto, imprescindible para la supervivencia de Atenas.

Para colmo de males, corrían rumores de que Alcibíades se había puesto en contacto con el gobernador persa Tisafernes y había conseguido encandilarlo. Tisafernes era el sátrapa de Darío en Lidia y Caria. Además de disponer de un tesoro ilimitado, mandaba la flota de guerra de Fenicia, doscientos treinta trirremes (cuando Atenas podía dotar de hombres a poco más de cien) tripuladas por hombres de Sidón y Tiro, los mejores marinos del levante. Si Alcibíades convencía al sátrapa para que los pusiera al servicio del bando espartano, la destrucción de Atenas sería inevitable.

La única noticia que hacía concebir esperanzas concernía igualmente a Alcibíades. Se rumoreaba que había seducido y preñado a la ilustre Timea, esposa del rey espartano Agis. Y, según los informes, la noble dama se cuidaba poco de ocultar su aventura. Si en público llamaba a la criatura que crecía en su seno Leotíquida, en privado se refería a ella con el nombre de Alcibíades.

El amor por aquel hombre le había hecho perder la cabeza.

¿Por qué animaba aquello a los atenienses? Porque nos daba a entender que Alcibíades seguía haciendo de las suyas y acabaría cavando su propia tumba, ayudado por la rabia de Agis y la inquina de los espartanos de la línea dura.

Por supuesto, eso es ló que ocurrió. Al cabo de cinco meses había añadido una sentencia de muerte, pronunciada por Esparta, a la que había cosechado anteriormente en Atenas.

Esta vez optó por huir a Persia, a la corte de Tisafernes, en Sardes, donde volvió a rehacerse tras deshechar el manto de tela basta de Lacedemonia y adoptar la túnica púrpura de los pisaverdes palaciegos.

Según me contaron, Tisafernes había caído bajo su hechizo hasta el punto de nombrarlo consejero para todos sus asuntos y llamar Alcibídeón a su

«paraíso» (como llaman los persas a su cotos de ciervos) favorito.

Entre tanto, Atenas estaba sola y en bancarrota. Todos los hombres aptos habían sido reclutados para la flota. No quedaban más que ancianos y efebos para guardar las murallas. El eros masculino que constituye la médula de toda ciudad había desaparecido. Las calles clamaban por él.

Los lechos de las esposas languidecían sin él.

La democracia carecía de campeón. Su agotada tierra sólo producía retoños enfermos, raquíticos y deformes. Sus piruetas en la escena política dejaban bien claro hasta qué punto eran meras caricaturas y sólo servían para aumentar el dolor del pueblo, privado por la peste y la guerra de la flor de dos generaciones. Criados en semejante ambiente de empobrecimiento, los jóvenes crecían salvajes, sin respeto a la ley y la decencia.

El civismo se había esfumado. Los viejos evadían sus deberes; los jóvenes eludían el reclutamiento. En los teatros, los poetas cómicos eran quienes mostraban mayor vitalidad, pero sólo para zaherir a los bufones que se atrevían a postularse como hombres de estado. Los pocos con cualidades para servir a la ciudad se mantenían al margen y dejaban el campo libre a aquellos cuya ambición de notoriedad sólo iba a la zaga de su falta de escrúpulos para obtenerla.

El pueblo empezaba a acordarse de Alcibíades y a echarlo de menos.

En homenaje a su recuerdo, rememoraban los episodios de la guerra, cada uno de los cuales les inducía a proclamar su visión y su energía. De joven nadie lo había superado en valor. Una vez que obtuvo el mando, había castigado al enemigo como ningún otro, hasta obligarle a jugarse su misma superviviencia en un solo día de batalla en Mantinea. Su sola iniciativa había dado vida a la mayor armada de la historia. De haber luchado bajo sus órdenes, no habríamos perdido en Sicilia. De hacerlo en aquellos momentos, no estaríamos perdiendo en el Este. Los males que había atraído sobre Atenas aconsejando al enemigo ya no eran vistos como crímenes o traiciones, sino como pruebas de su talento militar y su audacia, dotes que la ciudad necesitaba desesperadamente y no encontraba en ningún otro. A esas alabanzas se unían las de los hombres de la flota, cuyos mejores comandantes —Trasíbulo, Terámenes, Conón y Trásilo—

eran amigos de Alcibíades u oficiales que habían dado los primeros pasos bajo su tutela. Impúteselen los vicios de conducta o motivación que se quiera, declaraba el demos, en cuanto hombre de estado, era como un titán entre enanos. Y en las barberías y escuelas de lucha, la plebe recordaba

qué Alcibíades no se había pasado al enemigo por voluntad propia. ¡Lo habíamos arrojado a los brazos de Esparta nosotros mismos! Habíamos sido lo bastante necios para permitir que un hatajo de truhanes y conspiradores, celosos del talento de Alcibíades, privaran al estado del adalid que tanto necesitaba.

Mi mujer y yo asistimos a la representación de una comedia de Éupolis en la que un actor extravagantemente vestido hacía el papel de Alcibíades. La intención del comediógrafo había sido ridiculizar a aquel lechuguino; sin embargo, la audiencia coreó su nombre con entusiasmo. En la calle, el actor fue recibido por una multitud y llevado a casa en triunfo.

Por toda la ciudad, los muros ostentaban la pintada: «Anakaleson»,

«Traedlo a casa».

Tuvo que pasar otro año, querido nieto, pero al final Alcibíades fue llamado, si no por la Asamblea de Atenas, por los hombres de la flota de Samos, que prometieron a Tisafernes oro y una alianza con Persia.

Ese fue el momento que recordé a Polémides, cuando la proa de su bote tocó los maderos del muelle de Samos y, rodeado por veinte mil marineros, soldados e infantes de Atenas, Alcibíades se dirigió hacia la plataforma que llaman la «Descarga», hasta la que los carreteros hacen retroceder sus carromatos para recibir las capturas de los sardineros, y alrededor de la cual, bajo la colina de los Defines, se congregó la muchedumbre de las divisiones terrestres y las tripulaciones, que cubría además todos los tejados y pérgolas y se encaramaba a las arboladuras y los espolones de los barcos, esperanzada y ansiosa por escuchar al proscrito repatriado.

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