Vientos de guerra
XXXVI Vn Espejo Deformante
XXXVI
VN ESPEJO DEFORMANTE
Como sabes, Alcibíades desdeñó la oferta de Critias citando la advertencia del poeta:
La tiranía es un podio espléndido
del que no hay modo de bajar.
Y, como también sabes, cuando la noticia de su renuncia llegó al pueblo, su popularidad alcanzó cotas sin precedentes.
No obstante, sus enemigos no tardaron en idear el modo de explotarla. Era un espectáculo tremendamente irónico ver a individuos como Cleofón, Anito, Cefisofón y Mirtilo, adalides de los oligarcas, cerrando filas con los demócratas radicales, no sólo contemporizando, sino abogando por las medidas que más probabilidades tenían de obtener el favor de los partidarios de Alcibíades; en otras palabras, convirtiéndose en sus más ardientes y sumisos secuaces, con la exclusiva intención, que elucidaron los poetas cómicos más tarde, de producir tal hartazgo de Alcibíades que el pueblo acabara empachado y tuviera que vomitarlo.
Nadie percibía aquel peligro con más claridad que el propio Alcibíades, que redujo el círculo de sus íntimos a aquellos amigos de la juventud y la guerra —Euriptolemo, Adimantos, Aristócrates, Diotimo y Mantiteo— que le querían por sí mismo y no le veían, en frase del poeta Agatón, a través del espejo deformante de sus propias esperanzas y temores. Yo también percibí que aumentaba su confianza hacia mí.
Me encomendaba misiones cada vez más importantes y delicadas.
Me envió a hablar con grupos de familiares de los caídos en Sicilia y me eligió para formar parte del comité que debía elegir un emplazamiento para el monumento conmemorativo. Ofrecí sacrificios,
representé a la infantería de la marina en actos oficiales, me entrevisté con posibles aliados e intenté sobornar o intimidar a enemigos potenciales. Aquellas tareas acabaron resultándome insoportables y pedí a Alcibíades que me relevara. Quiso saber el motivo.
—Me aplauden, no por lo que soy, sino por lo que represento, y se dirigen a un Polémides imaginario en lugar de dirigirse a mí.
Alcibíades se echó a reír.
—Ahora ya eres un político.
Hasta ese momento, había conseguido mantenerme al margen de los tejemanejes partidistas. Ahora me resultaba imposible. La política invadió mi vida. Si me encontraba con cualquiera, ya no podía saludarlo como a un amigo o conocido; ante todo, debía tener en cuenta si era correligionario o contrincante y tratarlo en consecuencia: preguntarme qué podía hacer por nuestra causa, hoy mejor que mañana, mientras él hacía lo propio y me tomaba la medida basándose en idéntico criterio. Ya no conversaba, negociaba; no hablaba, interpretaba. Todo eran cambalaches; vivía para cerrar tratos. Pero obtenerlos era tan difícil como agarrar el humo, pues, por cada sí recibía diez noes, y sin el sí no tenía nada. El valor de cada hombre subía o bajaba como el precio de un carnero en el mercado, de acuerdo con un patrón que no era ni el dinero ni el khous, sino la influencia. Nunca sonreí tanto con tan poca sinceridad, ni hice tantos amigos a quienes les importara menos. En todas las cosas, la apariencia suplantaba a la sustancia. Uno no podía pedir garantías a los demás, ni ofrecerlas en ningún asunto, por trivial que fuera, pues debía mantener abiertas todas las opciones y hacer su apuesta en el último momento; si había dado su palabra a un amigo, faltaba a ella y saltaba sobre la oferta más ventajosa tan rápido como pudiera. Al amanecer, con una guirnalda al cuello, sacrificaba a los dioses; por la noche, cerraba tratos con títeres y canallas. No era mi estilo. Odiaba aquella vida. Para colmo, sabía lo mucho que nos jugábamos con aquellos manejos, así que debía pensar, y de hecho lo hacía, no sólo en cómo conseguir que nuestro partido obtuviera ventaja sobre sus oponentes, sino también en cómo anularles en el momento crítico.
Echaba de menos a mi mujer, pero también a su padre y sus hermanos, y añoraba la sencillez de aquellos campesinos que, como comprendía ahora que estaba lejos, se habían convertido en mi hogar y mi familia.
Estaba atrapado en la tela de araña de la política.
Me alojaba en Melite, con mi tía. Le confié mis planes de obtener la exención o la baja del servicio y volver a explotar El Recodo del Camino con mi mujer y mi hijo. Deseaba de todo corazón que mi tía se mudara con nosotros. Le construiría una casita; podría hacer de matriarca y propietaria. Respondió que siempre le había tentado la idea de poseer una casita en el campo. Le estreché las manos. Parecía que sólo me separaba de la felicidad la última línea de bajíos.
Me presenté en el Registro para hacer constar mi deseo de construir en nuestras tierras de Acarnas. Para mi asombro, el empleado me informó de que las habían reclamado. ¿Qué broma era aquélla? El hombre me mostró los documentos. Un tal Axiómenes de Colona, de quien nunca había oído hablar, había solicitado la propiedad alegando mi desaparición en ultramar y el previo fallecimiento de mi padre y mi hermano. Incluso había depositado el parakatabole, igual a una décima parte del valor de las tierras.
Al alba estaba ante el secretario del arconte, fijando fecha para una diamartyria, una sesión en la que testigos reconocidos por el tribunal darían fe de que yo era el hijo de mi padre y su legítimo heredero. Eso, me dije, pondría fin a aquel despropósito. Pero a mediodía fui a caballo hasta la granja y descubrí cuadrillas de peones en plena faena. Los hijos del tal Axiómenes, nada menos que tres, aparecieron de improviso y, tratándome con intolerable arrogancia, me enseñaron el título de propiedad y me conminaron a abandonar mis tierras. Casualmente iba de uniforme, con una espada ceremonial al cinto. Un daimon maligno se apoderó de mí. Mi mano voló al pomo del acero y, aunque recobré la calma antes de desenvainarlo, el gesto y la furia con que lo hice bastó para que mis antagonistas retrocedieran aterrados e indignados. Se alejaron jurando sacarme las tripas ante el tribunal.
—Y no le vayas con el cuento a tu amigo Alcibíades —chilló el mayor—. Porque ni siquiera él está por encima de la ley.
Un politico hubiera comprendido de inmediato el designio que encubría aquella treta. Yo no. Estaba tan disgustado que pedí consejo a varios amigos, incluido mi comandante, Pericles el joven, que, tan ingenuo como yo, me acompañó a casa del dichoso Axiómenes. Le pedí disculpas y, en tono comedido, me reafirmé en mi posición, que era
inatacable; no había muerto en combate; la granja me pertenecía; no había más que resolver el asunto de la mejor manera posible. Estaba dispuesto a pagar una compensación por mi desafortunado arrebato.
—Ya lo creo que lo harás —respondió aquel miserable.
Me había denunciado ante el Consejo.
—¿Por qué?
—Por traición.
Aquel canalla había hecho las averiguaciones oportunas y descubierto los pormenores de mi liberación de las canteras de Siracusa. Yo era, afirmaba la acusación de eisangelia, un «agente e instrumento de Esparta». Se mencionaba mi formación en Lacedemonia y mi repatriación a aquel país después de Sicilia, mi servicio con Alcibíades en Asia, «aliado con los enemigos de Atenas», e incluso el origen de mi nombre y el de mi padre, junto con otras injurias, calumnias y falsedades.
Aquello iba en serio; el delito no sólo llevaba aparejada la pena de muerte, sino también la apagoge, detención sumaria. No podía cerrar los ojos sin miedo a que mis enemigos me prendieran a punta de espada.
Decidí solucionar el asunto sin molestar a Alcibíades. Pero llegó a sus oídos, y me hizo llamar. Acudí a su criadero de caballos de Erquias, donde cabalgaba temprano para ejercitarse y aclararse la mente.
—Esta acción —dijo apenas llegué— no va dirigida contra ti, amigo mío, sino contra mí. Y no es la única.
Me explicó que en los últimos diez días se habían presentado unas cuarenta denuncias dirigidas contra partidarios suyos y por el mismo motivo: colaboración con el enemigo. Sus oponentes esperaban que el efecto acumulativo de las acusaciones conseguiría fomentar la desconfianza hacia Alcibíades y presentarlo como aliado encubierto de Esparta. Mi caso carecía de importancia. El tal Axiómenes, me explicó Alcibíades, era un paniaguado de Eutidemos de Cidateneo, tío de Antifón y miembro del culto de Heracles de ese distrito, un grupo político ultraoligárquico aliado en su odio a Alcibíades con veintenas de grupos similares decididos a provocar su caída.
—Siento mezclarte en mis asuntos, Pommo. Pero, sin saberlo, nuestros enemigos pueden habernos dado un triunfo en una partida
más importante. ¿Confías en mí, viejo amigo?
Podía serle útil si aceptaba su plan.
Anularía la concesión de la propiedad presentando un dike pseudomartyriou, una acusación de falso testimonio, tras lo cual conseguiría que la granja pasara provisionalmente a manos del pariente que yo eligiera, que la administraría hasta mi regreso.
—¿Mi regreso? ¿De dónde?
—En lugar de defenderte de la acusación de traición, Pommo, actúa como si fueras culpable. Debes huir.
Sólo podía pensar en mi mujer y mi tía. ¿Cómo iba a explicarles aquello? ¿Cómo iba a cuidar de mi hijo? Si huía de la justicia, Aurora y el niño no podrían venir a Atenas. En cuanto a mí, ¿no confirmaría mi huida mi culpabilidad y me acarrearía un destierro de por vida?
—¿He dejado de protegerte alguna vez, Pommo?
Me garantizó que mientras tuviera poder no habría ley ni acción humana capaces de perjudicarnos ni a mí ni a mi familia. Él pondría las cosas en su sitio, y con intereses.
—Nuestros enemigos quieren hacerte pasar por agente de Esparta. Muy bien. Dejaremos que lo hagan.
Quería que me pasara al enemigo. Que viajara a Éfeso, bastión espartano del Egeo y cuartel general de Lisandro, que había sido nombrado navarca de la flota. Mis previas relaciones con Lisandro y las credenciales de los cargos de que se me acusaba me abrirían las puertas. Ante el resto de la gente debía presentarme como un simple prófugo; pero, cuando Lisandro me llamara para interrogarme, cosa que haría con toda certeza, me declararía enviado de Alcibíades.
Insistiría en la buena fe de su propuesta de alianza con los espartanos y me ofrecería como correo para los mensajes que Lisandro deseara confiarme.
En cuanto a la sentencia que pudiera dictarse contra mí en Atenas, Alcibíades se limitaría a decretar un indulto en su calidad de strategos autokrator.
—Entonces hazlo ahora —le pedí.
Se puso muy serio y me clavó la mirada, ni fría ni colérica, y sin embargo insostenible.
—Es un asunto de gran trascendencia, Pommo.
—Es un asunto tuyo.
—Estoy tan atrapado en él como tú.
Tenía un motivo adicional para reprocharme mi tibieza. Unos diez días antes, habían llegado varias compañías de prisioneros de guerra procedentes de la Calcídica. Entre ellos estaba mi viejo compañero Telamón. Había conseguido que lo soltaran; ahora estaba en el hospital, recuperándose de sus heridas. No había informado a Alcibíades ni a ninguno de mis superiores, por considerarlo innecesario. Por supuesto, Alcibíades se había enterado.
—Saca a tu amigo de la barraca del matasanos. Viajad juntos al Este y ofreceos como sicarios. Eso aumentará tu credibilidad ante Lisandro; puede que incluso quiera emplearte para liquidarme.
Iría. ¿Qué otra cosa podía hacer?
—No disfruto sacando partido de tu situación, Pommo. Pero los problemas desesperados exigen soluciones desesperadas. Ya sé que te trae sin cuidado, pero esta misión, si triunfa, cambiará el destino no sólo de Grecia, sino del mundo.
—Tienes razón —respondí—. Me trae sin cuidado.
Casualmente, Euriptolemo y Mantiteo regresaban en ese momento de su cabalgada por las colinas. Hablamos del apuro en que me encontraba y de los planes de mi comandante. Según Euriptolemo, estaba claro que debía agachar las orejas ante aquel cargo de traición; no podía permitir que me metieran entre rejas. Podían pasar meses hasta la celebración del juicio; ¿quién podía predecir la disposición del demos para entonces? Sería una locura tentar a la suerte ante un jurado ateniense, especialmente teniendo en cuenta que quienes podían defenderme deberían partir de nuevo a la guerra, y pronto.
—¡Alegra esa cara, Pommo! Esto redondea tu historial. —Y, echándose a reír, Euriptolemo me puso una mano en el hombro—. ¿O
es que no sabes que nadie es auténtico hijo de Atenas hasta que no le destierran y le condenan a muerte?
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