Vientos de guerra
Libro V: - Alcibíades en Esparta
LIBRO V
ALCIBÍADES EN ESPARTA
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XXV
EL SOLDADO EN INVIERNO
Tardé medio año en llegar a Lacedemonia. Mi salud empeoró durante la travesía a Regio y de nuevo en el viaje a pie desde Cilene; tuve que quedarme en una aparcería del kleros —la propiedad— de Endio, en el extremo septentrional del valle del Eurotas. No vi Esparta hasta la primavera.
Pasé todo el invierno en cama, con el óbolo en el puño, como dicen los lacedemonios. Tenía la piel del pecho tensa y fina como papel, y un esqueleto me devolvía la mirada desde el espejo. En Sicilia había recibido veintisiete heridas en las piernas, que seguían sin cerrarse: pinchazos, cortes y desolladuras, incluidas dos de tres dedos de ancho por encima de los tendones de Aquiles. Tenía doce fracturas en las costillas y la parte superior del cráneo tan magullada que, cuando me afeitaron la cabeza para restregármela con lejía, la carne era de color púrpura y se pelaba como una cebolla. Necesitaba comer y dormir. Mis benefactores, una pareja de campesinos ancianos, me instalaron en el cuarto que había pertenecido a su hijo y me dejaron descansar. Durante el día, permanecía tumbado al sol en el patio del lado sur; al caer la tarde, me sentaba ante el fuego, arrebujado en el manto sin orla que usan los campesinos. En la granja había un viejo perro de caza que respondía al nombre de Trotón; cuando recobré las fuerzas, empecé a recorrer las colinas en su compañía, encorvado sobre un bastón, como un carcamal.
Las noches eran largas y soñaba a menudo. Me sentía viejo, tan antiguo como Cronos. Las sombras desfilaban ante mis ojos, incluida la mía; vi a mi padre y a mi hermana, a León ySimón, y a mi mujer y mi hijo.
Las conversaciones que mantenía con ellos durante toda la noche eran de tal profundidad que habrían debido servir para reformar mi alma definitivamente; pero cuando despertaba, las palabras, inconsistentes como humo, se habían volatilizado. No recordaba nada. Sombra y sol eran una sola cosa para mí, pues las visiones se presentaban a capricho y ni siquiera
la cruda luz del día conseguía disiparlas. Volví a ver a los heridos del Puerto Grande y a los que murieron durante la retirada. Volví a ascender en columna al Asinaro. Cien noches desperté aterrorizado, para confirmar tan sólo mi nueva condena: seguir vivo. ¿Por qué privilegio seguía pisando la faz de la tierra cuando tantos mejores que yo yacían bajo ella? Una medianoche descorrieron la cortina; Alcibíades surgió ante mí. Su aparición, incluida la fibula de colmillo de lobo que ganó en Potidea, fue tan vívida que lo creí en la habitación en carne y hueso. Él, y no Lisandro, me aseguró, había sido el artífice de mi salvación. En lugar de agradecérselo, lo increpé:
—¿Por qué me salvaste? ¿Por qué a mí en vez de a mi hermano?
—Tu hermano no habría venido.
La verdad de aquella afirmación me hirió en lo más hondo. Quise arrojarme sobre mi torturador, estrangular su testimonio en su misma fuente; pero los miembros se negaron a obedecerme. La pena me henchía el corazón de tal modo que me privaba del movimiento y del habla.
—Necesitaba a mi lado a alguien que hubiera cruzado la misma puerta que yo —dijo Alcibíades.
A la luz del día era capaz de sobrellevar mi cobardía, incluso de justificarla. De noche, sudaba como si estuviera ante un tribunal. Me vi en Freato, en el Pireo, donde quienes han sido acusados de haber cometido un homicidio en ultramar deben defenderse en el barco, pues las leyes de impureza ritual prohíben que sus pies mancillen el suelo del Ática en tanto pese sobre ellos la sospecha de derramamiento de sangre. En sueños, intentaba sacrificar a los dioses, pero los sacerdotes no aceptaban mis ofrendas. Me pasaba la noche inmolando víctimas y leyendo mi condena en sus entrañas. Lejos de perder el miedo al Cielo, estaba poseído por él o, para ser más exacto, por el temor a esa tierra de nadie donde vagan y se entremezclan mortales e inmortales y donde, como afirma Crátero, los vivos y los muertos, los que aún no han nacido y los, moribundos, comparten charla y canto en la misma mesa.
Sólo el recuerdo de mis hijos parecía prometerme la absolución.
Me aferraba a la imagen de sus rostros como un náufrago a un madero. No tenía derecho. ¿Qué les había dado? Ni siquiera el apellido. La guerra me había llamado y yo había acudido. Y ahora
estaba asqueado de ella. La granja en la que me recuperaba era lo que llaman una aparcería vitalicia; el liberto y su mujer tenían perales.
Los observaba injertar y llenar cajas. ¡Con qué fuerza me encogían el corazón sus sencillas labores! No quería volver a despertar al toque de trompeta, sino al canto de la alondra, anhelaba oír de nuevo risas infantiles. Que otro ocupara mi puesto en la formación y respondiera
«¡Presente!» cuando sonara su nombre en la lista. De mis treinta y ocho años, había pasado diecinueve luchando. Era suficiente.
Pero cada noche que pasaba en aquella casa aumentaba mi deuda con Esparta y Lisandro. ¿Podía huir? ¿Adónde? No tenía suficiente resuello para apagar una vela; necesitaba toda la fuerza de ambos brazos para cambiar de postura en la cama. Si no me, encontraba Lisandro, lo harían sus agentes, capaces de perseguir a su presa por dinero hasta las puertas del Tártaro. Aunque aún no lo sabía, antes de volver a instalarme en mi patria, yo iba a convertirme en uno de ellos.
Aquella primavera oí hablar a Alcibíades. Fue en una asamblea al aire libre ante los reyes, los éforos y el cuerpo de los Iguales.
Gilipos había vuelto de Siracusa en loor de multitudes; el saldo de la derrota de Atenas era estremecedor. Mi patria y sus aliados habían perdido veintinueve mil hombres y doscientos de sus mejores barcos de guerra, además de un número incalculable de mercantes y transportes.
Las pérdidas en oro, que ascendían a cuatro mil talentos, dejaban en bancarrota las arcas del estado. Pero lo más devastador para la moral del pueblo era que la expedición se había perdido en su integridad, hasta el último barco y la última vela, hasta el último hombre y la última armadura.
—Hombres de Esparta —empezó diciendo Alcibíades—, habéis solicitado mi consejo sobre las cuestiones que serán objeto de debate ante esta asamblea en el día de hoy, y no puedo hacer otra cosa que complaceros, por más que la ocasión diste de causarme alegría. Mis compatriotas han sufrido una derrota calamitosa. Hombres a quienes conocía y amaba han perecido, y buena parte de la responsabilidad de su desgracia debe adjudicárseme. Los consejos que os dispensé han contribuido a su ruina.
La acrópolis espartana, la Ciudad Alta, tiene tan poca elevación que los niños dicen que es tan alta como sus rodillas. Sin embargo, su
emplazamiento le proporciona una acústica extraordinaria y, a pesar de su falta de pretensiones, no deja de tener cierta majestad. Además del cuerpo de los Iguales, que ronda los ocho mil hombres y se hallaba presente en su totalidad, había embajadas de varias naciones extranjeras, entre ellas, de la propia Atenas. Asistían además entre diez y quince mil espartanos de condición inferior, incluidos mujeres y niños, encaramados en las colinas hasta los terrenos de juego y el templo de Artemis Ortea, adonde las palabras de los oradores llegaban repetidas por heraldos.
Hacía dos inviernos que no veía a Alcibíades. La belleza de aquel hombre volvió a impresionarme con la misma fuerza que siempre.
Frisaba los cuarenta; en el lustroso cobre de sus rizos empezaban a brillar las hebras de plata, que, lejos de mermar su atractivo, realzaban la dignidad de su porte. La sencilla indumentaria espartana tiene, entre otras virtudes, la de proporcionar una favorecedora modestia. No podía evitar que se me fueran los ojos hacia los guerreros y atletas que rodeaban al orador, al que escuchaban con sobrio decoro. No existe pueblo capaz de rivalizar en belleza con el espartano. La sencillez de su dieta, el rigor de sus hábitos y hasta el agua y el aire de sus cuidados campos se combinan para hacer de ellos magníficos ejemplares humanos. En un espacio de treinta pasos, pude contar una docena de incomparables atletas, de hermosas y proporcionadas formas. Y, no obstante, volver la vista hacia Alcibíades era como apartarla de la luna para mirar el sol, tanto excedían sus atributos a los de quienes lo rodeaban.
—Os debo agradecimiento, espartanos. Cuando me disteis asilo, como exiliado de mi patria bajo pena de muerte, me prometí y os prometí que diría ni más ni menos que la verdad y dejaría al arbitrio de los dioses que la escucharais o no. No aspiraba a ganarme vuestro afecto, ni ignoraba que toleraríais mi presencia en la medida en que sirviera a vuestros intereses.
»En cuanto al perjuicio que mis consejos podían acarrear a mi patria, me exculpaba a mí mismo diciéndome que ya no era tal, que la Atenas que amaba había sido suplantada por otra a la que no debía lealtad y contra la que podía emplear mis energías sin escrúpulos de conciencia. Pero había pasado por alto una cosa. El estado que vosotros y vuestros aliados habéis llevado a la ruina con mi ayuda no
es una abstracción inerte, sino una suma de hombres de carne y hueso que sangran y mueren. Echáis sobre mis hombros una pesada carga, hombres de Esparta, volviendo a pedirme consejo para aumentar la desgracia de mis compatriotas. Pero he unido mi destino al vuestro.
Sea lo que haya de ser. Lo que expondré a continuación es lo que la razón me dicta como mejor.
»En primer lugar, no os apresuréis a celebrar el infortunio que se ha abatido sobre vuestro enemigo. La osa nunca es más fiera que cuando está herida y acorralada. Atenas ha perdido una flota, es cierto. Dos, si queréis. Pero el poder naval que aún conserva sigue siendo el mayor de Grecia, y el carácter de los atenienses es tal que los impulsará a resucitar ese poder de inmediato y por todos los medios a su alcance.
»Atendiendo a vuestra petición, voy a deciros lo que debéis hacer para derrotar a vuestro enemigo. Pero antes, sabiendo cuánto apreciáis la concisión, os suplico que me permitáis una digresión. Pues lo que voy a proponeros no tiene precedentes, y vuestra primera reacción puede ser el rechazo. Pero considerad, espartanos, que hubo un tiempo en que vuestro actual estilo de vida tampoco tenía precedentes.
»Cuando vuestro antepasado Licurgo promulgó sus leyes, en una antigüedad tan remota que nadie puede asegurar si era un hombre o un dios, ningún estado las había tenido o imaginado semejantes.
¿Cuándo se habían visto cosas como prohibir el dinero y castigar su posesión con la muerte; borrar toda distinción derivada de la riqueza o la cuna y declarar a todos los hombres iguales; proscribir el comercio ultramarino para impedir que las costumbres extranjeras corrompieran a la patria; prohibir la práctica de cualquier oficio que no fuera el de las armas, así como otras muchas reformas menores, como prohibir que vuestras mujeres usen cosméticos o que vuestros carpinteros— coloquen vigas cuadradas en vuestras casas? Todas esas medidas las instituyó Licurgo y vosotros las aceptasteis, para convertir a vuestra nación en una máquina unida e invencible. Aquello, amigos míos, no tenía precedentes. Pero era una respuesta acorde con los tiempos. Vuestros antepasados comprendieron su genialidad y se adhirieron a ella. Y acertaron.
»Del mismo modo, cuando, en tiempos de nuestros abuelos, surgió la amenaza de Persia, vuestros reyes Cleómenes y Leónidas tuvieron la clarividencia de adoptar nuevos métodos para un nuevo tipo de guerra. Obligaron a las ciudades desunidas de Grecia a establecer una coalición para resistir al enemigo exterior. Por si fuera poco, asociasteis a vuestro plan a los ilotas, a los que armasteis y permitisteis luchar a vuestro lado en un número que excedía ampliamente el vuestro. También eso prosperó. Ahora, si queréis derrotar a Atenas y poner fin a esta guerra, debéis tener la sabiduría necesaria para llevar a cabo otra revolución.
»Ante todo, tenéis que instituir el imperio y adoptar el dinero.
Tenéis que familiarizaros con ambos y dejar de despreciarlos.
Al oír aquello, la agitación se apoderó de la asamblea. Un griterío indignado obligó a callar a Alcibíades. Las voces aullaban que el imperio degrada, que las modas extranjeras envilecen y la codicia lo corrompe todo; que el comercio enfrenta al ciudadano con el ciudadano y la avaricia empuja a los hombres a perseguir la riqueza en lugar de la virtud. Las protestas arreciaban en torno al orador con tal violencia que por un instante creí que corría peligro. Pero, apaciguada por magistrados y censores, la muchedumbre acabó calmándose.
—El dinero no es malo en sí, pueblo de Esparta —siguió diciendo Alcibíades—; antes bien, como la lanza y la espada, cuya utilidad comprendéis y no menospreciáis, es bueno o malo según el uso que se hace de él. En la guerra, el dinero es un arma. Pero, puesto que su introducción os repugna tanto, dejadme proponeros esto: usadlo tan sólo en ultramar. No lo autoricéis en la patria. Porque no os queda más remedio que usarlo, y por ello la segunda reforma que os aconsejo es ésta:
»Tenéis que extender vuestro poderío al mar. Necesitáis una flota.
No un puñado de cascarones tripulados por aliados y aficionados como el que poseéis ahora, sino una flota de primer orden capaz de plantar cara a Atenas en el elemento que considera el suyo. No estoy sugiriendo, espartiatas, que renunciéis al escudo y la lanza y saltéis a los bancos de los remeros. Antes os pediría que os cortarais el brazo derecho. Pero podéis aprender a luchar en el mar. Podéis ser oficiales; podéis mandar.
Una vez más, las palabras de Alcibíades provocaron la indignación general, aunque esta vez no tanto en forma de gritos airados como de murmullos de preocupación, que señalaban que el poderío marítimo degrada al Estado, pues eleva a los peores y les anima a luchar por la igualdad con los mejores. Fletar una armada era tanto como instaurar la democracia, y eso la liga espartana no lo permitiría jamás. Alcibíades esperó a que amainara el clamor.
—Algunos estados tributarios de Atenas ya han acudido a vosotros, hombres de Esparta, para que los ayudéis a sacudirse el yugo imperial. Ahora es el momento de escucharles, mientras Atenas se repone del descalabro de Siracusa. Pero ¿cómo podríais acudir en ayuda de esos rebeldes en ciernes, siendo como son estados insulares y ciudades de Asia Menor? Vuestro ejército no puede llegar a nado.
Necesitáis una flota. Pensad, también, que cada estado súbdito de Atenas que empujéis a la revuelta atraerá a otros a vuestra causa, pues cada cual, temiendo las represalias si fracasa en su insurrección, buscará aliados para compartir los riesgos. Cada estado que se alce contra Atenas la priva de su tributo y empobrece sus arcas. Hay una máxima infalible: mientras Atenas domine el mar, no será vencida.
Pero la inversa es igual de cierta. Derrotad a su flota y derrotaréis a Atenas.
»Ahora me dispongo a exponer el tercer y último punto, que juzgaréis diez veces más odioso que los dos anteriores. Podéis acallarme a gritos. Pero, mientras lo hacéis, admitid al menos la inevitabilidad de lo que propongo. Pues, sin la asunción de esta tercera medida, las otras carecen de utilidad.
»Tenéis que tratar con el bárbaro.
»Tenéis que aliaros con Persia.
Para mi asombro, y para el de Alcibíades, a juzgar por su expresión, su última propuesta no levantó la previsible ola de indignación. Al parecer, las reacciones se dividían entre el pasmo y la ponderación, incluso la aquiescencia, pues nadie habría podido negar, al menos en su fuero interno, que semejante política llevaba años en vigor, aunque clandestinamente desarrollada y torpemente ejecutada.
—Sólo los persas son lo suficientemente ricos para comprar y dotar de tripulaciones los barcos que derrotarán a Atenas. Tenéis que tragaros vuestro orgullo, espartanos, y pactar con ellos, no como
ahora, con repugnancia y desprecio, sino sincera y totalmente. Podéis encontrar representantes capaces de negociar sin dejarse engañar por los bárbaros (pues de sobra conocemos la astucia de sus cortesanos) ni enajenaros la adhesión de vuestros aliados helenos, que os consideran, como vosotros mismos os preciáis de ser, los libertadores de Grecia.
¡Un acuerdo con los medos, como Alcibíades calificó al fin su propuesta, no significaba dejarse atar a la cama persa, sino sólo establecer una confederación de conveniencia, para explotarla mientras sirviera a los intereses de Esparta y abandonarla tan pronto los perjudicara.
—Por odioso que pueda sonar a vuestros oídos, hijos de Leónidas, cuyo heroísmo salvó a Grecia del yugo medo, mi consejo posee la inevitabilidad de la Historia. Persia tiene el oro. El Gran Rey teme a Atenas. Sus tesoros pagarán la flota que os dará la victoria. Lo único que falta es vuestra voluntad de obtenerla.
Alcibíades hizo una pausa. Ni siquiera miró a los enviados de Atenas, aunque sin lugar a dudas era consciente de que acababa de proponer una abominación al definir el conjunto de acciones que llevarían a la derrota y la postración de su patria. Una especie de arrobo paralizaba a la asamblea. Lo que había propuesto Alcibíades era una traición de dimensiones tan sobrecogedoras que, como una tragedia sobre el escenario, provocaba el terror y la piedad con su mera enunciación. Nunca me había inspirado tanto temor el Cielo como en aquellos momentos. Me abrí paso hacia Alcibíades esperando descubrir algún signo de miedo o aprensión en su rostro. No lo había.
El proscrito se había encaramado a un promontorio que nadie más se había atrevido a pisar.
—Me habéis pedido consejo, hombres de Esparta, y os lo he dado.
Recuerdo haber escuchado otras dos opiniones ese mismo día. La primera, inmediatamente después del parlamento de Alcibíades.
El ateniense había bajado de la tribuna y se abría paso entre la muchedumbre cuando el caballero Calicrátidas, que tanto se distinguiría más tarde luchando por la causa que entonces condenaba, se interpuso en su camino. Admitiendo la utilidad de los consejos de Alcibíades, preguntó a sus compatriotas si su objetivo era la victoria a toda costa.
—¿En qué nos habremos convertido, hermanos, cuando, tras llevar a la práctica esa sucesión de infamias, ascendamos victoriosos a la acrópolis de Atenas? ¿Qué clase de hombres seremos si nos ponemos del lado de los tiranos para esclavizar a hombres libres?
Nuestro ilustre huésped ha aprendido a vestir como nosotros, a ejercitarse como nosotros, a hablar como nosotros… Pero, según dicen, el camaleón puede adoptar cualquier color menos el blanco. —
Se volvió para mirar a su antagonista—. ¿En qué nuevo estado quieres convertirnos, Alcibíades? Lo llamaré por su auténtico nombre:
¡Atenas! —Gritos de aprobación secundaron aquel golpe de efecto.
Calicrátidas siguió dirigiéndose a Alcibíades—: Si seguimos tu consejo, ¿no nos convertiremos en codiciosos remeros atenienses?
¿Tendremos otro orgullo que el de haber esclavizado a toda Grecia como ellos? Y ¿quién gobernará ese remedo de Atenas que propones, esa… democracia?
El caballero gesticuló con desprecio hacia Lisandro, Endio y un grupo de sus partidarios, con los que sin duda se había aliado Alcibíades. Ellos, cediendo el derecho a réplica a su socio ateniense, guardaron silencio.
—Era lo que esperaba de ti, Calicrátidas, y lo comprendo. Yo en tu lugar probablemente habría respondido lo mismo. Pero comprende tú esto. Lo que he expuesto a la asamblea no lo he hecho en mi propio beneficio —¿en qué podría beneficiarme?-, sino como alguien que aconseja a un amigo al que quiere bien. Detesto lo que os he propuesto. Pero lo he propuesto al dictado de un dios, y ese dios se llama Necesidad. Lo haréis voluntariamente, tras meditarlo con detenimiento, o a la fuerza, empujados, por los acontecimientos. Pero lo haréis. O pereceréis.
El segundo cambio de pareceres se produjo momentos más tarde; lo oí por casualidad cuando intentaba acercarme a Lisandro, con quien aún no había conseguido hablar, mientras él se alejaba entre el gentío. El éforo Antálcidas, un anciano de sesenta años que se había distinguido tanto en la batalla de Mantinea como en la de Anfípolis, se había acercado a Lisandro y lo había llevado aparte en plena discusión.
—…desearía de todo corazón, querido tío —le decía Lisandro empleando el tratamiento deferente y afectuoso para dirigirse a
alguien de mayor edad— que las opciones fueran tan claras como en tiempos de nuestros abuelos. Pero no estamos en las Termópilas ni somos Leónidas. Hoy en día, Lacedemonia es como un barco empujado por una tormenta; no puede volver atrás ni permanecer al pairo. Su única posibilidad es seguir avanzando a todo trapo.
—Y a todo trapo —replicó Antálcidas— ¿quiere decir tratar con déspotas y manchar nuestro honor con engaños y duplicidad?
—Si la piel de león no es suficiente, habrá que juntarla con piel del zorro.
—Que los dioses se apiaden de nosotros, Lisandro, si Lacedemonia acaba cayendo en manos de hombres como tú. Como tú y como ese miserable de Atenas cuyo nombre maldito me niego a pronunciar. ¡Una pareja engendrada en el infierno, para gobernar estos tiempos del infierno!
—Los tiempos cambian —repuso tranquilamente Lisandro—; y
¿qué los hace cambiar, sino la voluntad de los dioses? Dime, anciano.
¿Acaso no honran los mortales al Cielo cambiando a la par de los tiempos y lo ofenden aferrándose estúpidamente a las antiguas maneras de hacer las cosas?
—Lisandro, llevas la blasfemia a extremos sin precedentes.
—¿Qué quieres que hagamos, Antálcidas? ¿Juntarnos a la orilla del mar y entonar himnos a las glorias del pasado, mientras el futuro pasa a nuestro lado tan deprisa como un barco de guerra?
El anciano se volvió hacia Alcibíades, que acababa de acercarse a Lisandro. Su mirada iba del uno al otro como si ambos, más representativos de su generación que de sus respectivas patrias, fueran sus enemigos en igual medida.
—Doy gracias a los dioses todopoderosos, Lisandro, porque no viviré para ver la Esparta en la que tú y hombres como tú acabaréis mandando.
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