Vientos de guerra

Steven Pressfield · Capítulo 30 de 54

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Vientos de guerra

Libro VI: - Victoria en el Mar

LIBRO VI

VICTORIA EN EL MAR

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XXIX

LA CONJVNCIÓN DE NECESIDAD Y

LIBRE ALBEDRÍO

Con las pantallas levantadas, no resulta fácil ver algo desde la proa de una nave de guerra que avanza a todo trapo. Las olas rompen contra el racel; el roción oculta la serviola a cada cabeceo; las regalas están tan próximas a la línea de flotación y el equilibrio de la nave es tan precario que cuando la borda se alza tan sólo medio metro provoca una lluvia de juramentos, pues el peso desplazado, incluso por ese breve instante, escora todo el barco. Los remeros, que dan la espalda al objetivo, tampoco ven nada. Clavan los ojos en los infantes que permanecen en el puente, de banda a banda de la crujía, intentando adivinar el instante del impacto.

En Cízico, tras el hundimiento del Resuelto ante Teos, el barco insignia de Alcibíades era el Antíope. El remero al que tenía más próximo era un acarnio apodado Carbonilla al que conocía porque habíamos formado parte de un coro de las Leneas cuando éramos niños. Famoso por su glotonería, me estaba explicando la mejor forma de preparar las anguilas para hacerlas a la brasa. La nave volaba en dirección a una zona de la costa conocida como las «Plantaciones» hacia la que, perseguidos por el Antíope y dos escuadras de dieciséis naves, habían huido cuatro decenas de trirremes espartanos, cuyos marineros e infantes, en número superior a ocho mil, se habían apresurado a vararlas y ponerlas a buen recaudo tras un baluarte. Era un crimen echar a perder una cosa tan rica con un exceso de especias o salsa, me advertía Carbonilla mientras remaba al ritmo del tambor; un poco de albahaca y aceite bastaban para realzar la intrínseca suavidad de la carne.

Esa fue la palabra que empleó: intrínseca. Habíamos llegado a la zona de rompientes. Los infantes, de rodillas junto a las bordas, arrojaban las jabalinas, pegajosas de sal después de la escaramuza en el mar.

—Ya te la escribiré —acababa de murmurar Carbonilla, refiriéndose a la receta de las anguilas, cuando una lanza magnesia lo alcanzó de lleno

debajo de una oreja y le salió por la base del cuello. Su remo cayó al suelo, y él lo siguió.

Mientras avanzábamos entre los malditos bajíos, por encima del pequeño dique que protegía las plantaciones los defensores nos recibieron con una lluvia de proyectiles, piedras, jabalinas y los mortíferos dardos de doble filo que los beocios llaman «partecrismas» y los espartanos

«horquillas». Sentí que dos de ellos me arañaban la parte posterior de los muslos y monté en cólera. Una mano me obligó a levantarme de un tirón.

—¿Qué haces, esconderte como una rata?

Era Alcibíades.

Echó a correr hacia la proa flanqueado por el resto de nuestro grupo, Timarco, Macón y Xenocles, que compartían conmigo la responsabilidad de protegerle. Infantes con armadura se habían subido a la serviola y las bordas de la roda, incluso al espolón. La trompeta tocó «¡Ciar!»; los remeros metieron los pies en las correas y empujaron los asidores al ritmo del tambor. Los infantes saltaban desde la proa y desde ambas bordas.

Alcibíades ya estaba en la playa y reclamaba rezones a gritos.

Secundados por la infantería persa de Farnabazo y una muchedumbre de mercenarios magnesios, fáciles de reconocer por sus barbas negras como la tinta, que llevan partidas y envueltas en redecillas, los lacedemonios nos recibieron con una furiosa lluvia de proyectiles. Luchábamos en desventaja, pues teníamos que avanzar por la pendiente de arena, y solo llevábamos gorros de fieltro; no teníamos más remedio si queríamos oír silbar las lanzas y desviarlas. De improviso, los espartanos se lanzaron a la carga. Las dos líneas chocaron a lo largo de la playa. A mis espaldas, oí blasfemar a Macón. ¿Dónde estaba Alcibíades?

Había abierto una brecha por su cuenta. Lo vimos corriendo cuesta arriba hacia la tierra de nadie entre los espartanos y los barcos varados en la playa. Uno no conoce el significado de la palabra rabia hasta que ha debido proteger a un hombre así de sus propias ansias de victoria. Alcibíades no llevaba casco y sólo iba armado con el escudo y un hacha. Llegó al primer barco y lanzó un rezón. Dos enemigos intentaron soltarlo; Alcibíades le hundió el cráneo al primero con el escudo y desjarretó al segundo con el hacha. Hincó el hierro en la madera de la proa enemiga. A sus escoltas no nos quedaba otro remedio que imitarlo. Se necesita una habilidad extraordinaria para defenderse de las jabalinas que te arrojan, sobre todo cuando tienes que escudar a otro con el cuerpo. Nunca he maldecido a nadie

como a nuestro comandante; le insultaba sin dejar de lanzar piedras con la honda, igual que los otros. El ni siquiera nos veía.

Tres años y medio después, durante el sitio de Bizancio, asistí un simposio que duró toda la noche. Alguien planteó la siguiente cuestión:

«¿Cómo hay que dirigir a hombres libres?».

—Siendo mejor que ellos —respondió Alcibíades de inmediato. Los presentes se echaron a reír, incluidos Trasíbulo y Terámenes, nuestros generales—. Siendo mejor y, en consecuencia, incitándoles a la emulación.

—Estaba borracho, pero el vino, lejos de nublarle el entendimiento, le hacía hablar con mayor sinceridad—. Cuando aún no había cumplido veinte años, serví en infantería. Entre mis camaradas estaba Sócrates, el hijo de Sofronisco. Durante una batalla, el enemigo nos había puesto en fuga y estaba invadiendo nuestras posiciones. Yo estaba aterrorizado y, dispuesto a huir, cogí mi equipo. Pero cuando vi a mi amigo, que ya tenía la barba gris, plantar los pies en la tierra y encajar el hombro en su enorme escudo, una especie de eros, de voluntad de vivir, se alzó en mi interior como una marea. Perdí todo temor y me sentí obligado a plantar cara al enemigo junto a mi compañero.

»El papel de un comandante es encarnar la arete, la excelencia, a los ojos de sus hombres. No hace falta azotarlos para que actúen con grandeza; basta con mostrarla ante ellos. Su propia naturaleza les impulsará a emularla.

Los atenienses corrían por la playa llevando maromas y rezones hasta los barcos enemigos. Alcibíades hizo arrastrar el primero, y luego otro, y otro. Entre tanto, las tropas de Míndaro se defendían, como sólo los espartanos saben hacerlo, contra los refuerzos encabezados por Terámenes y la caballería de Trasíbulo el Bravo. Alcibíades cayó tres veces buscando a Míndaro, el jefe espartano, que acabó pereciendo a consecuencia de las heridas. Cuando el enemigo se dispersó y huyó, Alcibíades se lanzó en su persecución seguido por los todos demás, y cuando cayó al suelo los primeros se detuvieron junto a él y lo levantaron, aterrados por la posibilidad de que un dardo enemigo lo hubiera alcanzado. Pero sólo era agotamiento. Yo mismo, que hacía apenas unas estaciones me había jurado acabar con aquel hombre, había olvidado sus crímenes, incluido el asesinato de mi hermano. Todo quedaba eclipsado por la llama que llevaba en nombre de nuestro país y mediante la que lo conducía a la victoria.

Mencionaré un hecho de la batalla naval que había tenido lugar poco antes, no para hacer el panegírico de Alcibíades, pues a ese respecto cualquier testimonio resulta superfluo, sino como un ejemplo de aquella forma de coraje de que daba prueba y que presenciamos con la misma frecuencia con que vemos grifos o centauros.

La trampa en el mar había funcionado: según lo planeado, apenas surgieron de la línea del horizonte, los cuarenta trirremes de Alcibíades atrajeron en su persecución a los sesenta del enemigo, convencido de que aquellas eran todas nuestras fuerzas. Las tripulaciones de Atenas, la flota de Samos, estaban tan bien entrenadas que, cuando fingían huir mantenían tan buen orden que sus capitanes tenían que gritarles que remaran con menos regularidad y simularan algún miedo. Antíoco era el piloto de Alcibíades. A su señal, las naves viraron en redondo empleando el anastrofe, o

«contramarcha», característico de Samos, mediante el que los barcos no giran simultáneamente de forma que el primero quede el último, sino uno tras otro, como carros alrededor de un poste. Alcibíades ordenó aquella maniobra, especialmente difícil, para asustar al enemigo, para hacerle saber que se había tragado el anzuelo y lo pagaría caro.

De pronto, los triples de Trasíbulo aparecieron a popa de los espartanos. Desde su escondite tras un promontorio, avanzaron en cuatro columnas de doce, remando, como dice la saloma, «con todo lo que encontraron tieso, incluida la polla del capitán», y se interpusieron entre Míndaro y el puerto. Los treinta y seis de Terámenes surgieron de la borrasca y bloquearon la huida hacia el norte. Alcibíades gritaba que localizáramos la enseña de Míndaro y prometía un talento al vigía que la viera primero.

Los espartanos huyeron hacia la orilla, que se encontraba a diez estadios de distancia. La división de Alcibíades inició la persecución desde el flanco, siguiendo una trayectoria oblicua hacia el barco de cabeza. Era un jefe de escuadra, que, al ver la enseña de Alcibíades, se aprestó al combate.

A un estadio, viró hacia el puerto, hizo un quiebro alrededor de dos de sus barcos, cuyos remos se habían enredado, y se dirigió hacia nosotros.

Antíoco eludió su embestida y pasó con tal rapidez ante sus amuras que el enemigo se lanzó contra sus propias naves y las obligó a ciar con todas sus fuerzas para evitarlo. Antíoco agujereó dos de ellas a placer, pero al embestir a la tercera mientras huía, nuestro espolón quedó enganchado; la inercia de la nave nos arrastró hacia su costado, y los remos se partieron

como astillas. Cuando nuestro flanco chocó con el de la nave espartana, sus infantes nos lanzaron todo lo que tenían a mano. Nuestros hombres se apresuraron a ponerse a cubierto de la lluvia de proyectiles que azotaba el puente del Antíope. Oí un rugido rabioso y alcé la vista. En pie y solo en medio de la tormenta de hierro, Alcibíades recorría el mar con la mirada buscando a su enemigo.

—¡Míndaro! —gritaba—. ¡Míndaro!

En la llanura del Macestos hay un muro de piedra, una simple represa de una granja, hacia la que habían huido los espartanos al retirarse de la playa. Tras él, en la penumbra del ocaso, la infantería se resistía con sorprendente tozudez, apoyada por la guardia del sátrapa Farnabazo, que había acudido de Dascilio. El choque formó un embudo en una abertura del ancho de un carro, mientras en torno los combatientes se hundían en los campos de lino que el enemigo había inundado para impedir el avance ateniense. Los caballos de ambos bandos pe hundían en el cenagal hasta la panza; los jinetes seguían luchando sobre monturas agonizantes o ya muertas, que el barro mantenían en pie.

Tal era la situación cuando Alcibíades, llegó galopando desde la playa.

El cuello de botella parecía insuperable. Tres escuadrones de nuestra caballería y más de mil infantes estaban atascados allí. A un estadio de distancia se veía avanzar a la caballería enemiga, seguida por un enjambre de tropas ligeras y paisanos, granjeros blandiendo horcas y rastrillos, azuzados por los látigos de sus señores. Si no conseguíamos abrir una brecha, nos desbordarían. Habríamos podido atravesar los diques por el este o el oeste, pero no había tiempo, y si tan sólo una docena de enemigos conseguía llegar antes no podríamos pasar.

Alcibíades montaba una yegua llamada Mostaza, que había pertenecido a Agasicles, el asistente de Trasíbulo, abatido junto a los barcos. Cualquier caballo, sin la presión de su jinete, sabe cómo abrirse paso en una ciénaga. Alcibíades soltó riendas al animal y, tomando consigo a cuarenta jinetes y doscientos infantes, avanzó por el fangal. Mostaza dio un rodeo de cinco estadios y, cubierta de barro, cruzó el muro por una abertura en la retaguardia del enemigo. Desde allí, Alcibíades encabezó el ataque contra la infantería espartana y dio muerte a su comandante, Amonfareto, hijo de Polidamos, caballero y vencedor en Nemea. En el Eurisación de Atenas, a la izquierda según se entra, aún se conserva un

bronce incomparable de un caballo de guerra, no más alto de un palmo, con esta leyenda:

Guié, y Niké me siguió

Esa tarde pereció Míndaro, el mejor general espartano. De un total de noventa barcos enemigos, hundimos cincuenta y ocho y capturamos veintinueve. Las brigadas de laconios y peloponesios, junto con la caballería persa que les daba apoyo, fueron derrotadas en la llanura del Macestos por Trasíbulo y Alcibíades. A la noche siguiente, Alcibíades entraba en Cízico y reclutaba carreteros para cargar las contribuciones en metálico; veinte días después había hecho lo propio en Perinto y Selimbria, y fortificado Crisópolis para cerrar el estrecho y cobrar un décimo de todas las mercancías como peaje para financiar la flota. Un despacho interceptado, dirigido a Esparta por los restos de su ejército, decía lo siguiente:

Barcos hundidos, Míndaro muerto, los hombres pasan hambre. No sabemos qué hacer.

No hace falta, Jasón, que te recite la letanía de las victorias de Alcibíades. Tú estabas allí. Ganaste el premio al valor en Abidos, merecidamente. ¿Sabías que fui yo quien recomendó que te lo concedieran?

Ésa era una de mis tareas por aquel entonces. Veo que te ruborizas; no te avergüenzo más, aunque recuerdo la mención, palabra por palabra.

Para los soldados y marineros jóvenes, que no habían conocido otra cosa que aquellas victorias bajo Trasíbulo y Alcibíades, nuestra bonanza era sencillamente la consecuencia lógica de su superioridad, su derecho de nacimiento como atenienses. Pero, para los de nuestra generación, que nos habíamos curtido en la época de la peste y las calamidades, la experiencia de tanta fortuna, el hecho de que una victoria siguiera a otra tan rápidamente, se producía como en mitad de un sueño. No hay pharmakon como la victoria, dice el proverbio. Y, aunque al principio quienes teníamos cicatrices de Siracusa nos resistimos a darles crédito, cuando los triunfos siguieron llegando —Tumba de la Cierva, Abidos, Metimna, bahía del Capirote, Clazómenas, Las Hondonadas, Quíos y la cala de los Ochenta Estadios, otra vez Quíos y Eritras, en un mismo día—, también nosotros empezamos a creer, como los jóvenes desde un principio, que aquella racha

no era ni casualidad ni suerte; que al fin, conjuntados en un solo campo, Atenas poseía naves, tripulaciones y comandantes tan buenos como para hacerla invencible, salvo quizá ante los propios hijos de Gea si hubieran ascendido del Tártaro.

Estábamos escribiendo la Historia. Hasta los ciegos lo veían. Para cumplir el deseo que me había expresado León en las canteras, me propuse ampliar su crónica, o al menos conservar en mi arcón de marino documentos que me imaginaba organizando y publicando en nombre de mi hermano, una vez que me hubiera retirado. Llegué incluso a tomar notas y esbozar mapas. Con el tiempo comprendí que dejar constancia de las acciones y las tácticas no era lo que me interesaba, ni a mí ni a nadie.

Lo que nos arrastraba a todos no era lo que hacía nuestro caudillo, sino cómo lo hacía. Era evidente que manipulaba alguna fuerza a la que los demás no teníamos acceso. Aunque en ocasiones dispuso de superioridad numérica, nunca la necesitó para derrotar al enemigo. Siempre se mostraba clemente con los vencidos, y era incapaz de vengarse de quienes habían trabajado para perjudicarle. Actuaba de ese modo, no por humanidad o altruismo, sino porque lo contrario le parecía innoble y falto de elegancia.

Lo siguiente forma parte de un comunicado a Tisafernes, a quien llamaba amigo a pesar del famoso arresto en Sardes y de que los persas ofrecían diez mil dáricos por su cabeza:

… no es la posesión de fuerza lo que conduce a la victoria, sino su aparición. Un jefe capaz no maneja ejércitos, sino percepciones.

Y del siguiente párrafo:

… la utilidad de maniobrar ordenadamente durante una batalla consiste en producir en la mente de los nuestros la convicción de que no pueden perder y en la de los enemigos, la de que no pueden ganar. El orden es indispensable por ese motivo, más que por cualquier otro.

La ortografía no era el fuerte de Alcibíades. Cuando trabajaba hasta tarde, sus dudas aumentaban, y no le daba reparo despertar a quien tuviera más a mano. «Espabila, Bravo. ¿Cómo se escribe epiteichísmos?» Su problema era que escribía igual que hablaba, hasta el punto de que sus

secretarios decían que ceceaba al redactar. De modo que muchas cartas a medio escribir iban a parar a la papelera, y de allí a mi arcón.

En esta nota, dirigida a Anito, su gran enemigo en Atenas, pero redactada sabiendo que circularía por los grupos políticos sobre los que ejercía su influencia, Alcibíades pretende tranquilizar a quienes habían presentado los cargos que le habían acarreado el exilio, temerosos de que, volviendo a la cabeza de una flota victoriosa, buscara vengarse:

… mis enemigos me acusan de querer imponer mi voluntad sobre los acontecimientos porque aspiro a la fama, la fortuna o, en el caso de quienes admiten que soy un patriota, a la prosperidad de mi país. Nada más erróneo.

No creo en la voluntad individual, ni he creído en ella desde que tengo uso de razón. Lo que siempre he intentado es seguir los dictados de la Necesidad. Tal es el solitario dios al que rindo culto y el único que existe en mi opinión. El drama del hombre es que vive desgarrado entre la Necesidad y el libre albedrío. Lo que distingue a los estadistas como Temístocles y Pericles es su capacidad de oír los dictados de la Necesidad antes que los demás, pues el primero comprendió que Atenas debía convertirse en una potencia naval y Pericles, que la supremacía en el mar lleva irremisiblemente al imperio. Cuando el individuo o la nación se alinean con la Necesidad sus acciones son irresistibles. El problema es que cada momento lleva aparejadas tres o cuatro necesidades. Por añadidura, la Necesidad es como un tablero de juego. Por cada opción que se cierra surge una nueva necesidad. Lo que ha desfigurado mi carrera es que, aunque he percibido la Necesidad, no he sabido convencer a mis compatriotas para que actuaran según sus dictados. Mi esperanza respecto a ti, Anito, es que podamos actuar como políticos maduros…

De Trasíbulo a su colega el general Terámenes, intranquilo al ver eclipsada su estrella por el sol de Alcibíades:

… me ha sido de gran utilidad considerarlo no tanto un hombre como una fuerza de —la naturaleza. Mi única preocupación es Atenas. Al hacerlo volver del exilio, es como si hubiera puesto la cabeza en el tajo del verdugo, del mismo-modo que alguien enfrentado en el mar a un enemigo insuperable solicita a los dioses una gran tempestad, o enfrentado a un ejército en tierra firme, un fuerte terremoto.

De la misma carta:

… recuerda, amigo mío, que el propio Alcibíades no comprende su don, del que se sirve en la misma medida en que es gobernado. Su inmodestia, por irritante que pueda resultarte, para él es objetividad. Se considera superior. ¿Por qué disimularlo? Para una mente como la suya, sería una hipocresía, y no puede negarse que no hay hombre más sincero que él.

Otro fragmento:

aunque sus detractores le acusan de pérfido, nada le es más ajeno que la duplicidad, pues no puede negarse que siempre ha advertido de todo lo que ha hecho a amigos y enemigos con sobrada antelación.

Los hombres querían a Trasíbulo y temían y respetaban a Terámenes, pero Alcibíades les inspiraba el mismo amor ciego que un niño dotado de poderes mágicos. ¿Había dormido? ¿Había comido? Cincuenta veces al día, se me acercaban marineros e infantes preocupados por el bienestar de su caudillo, como si la llama de su buena fortuna corriera el peligro de provocar la envidia de los dioses. Nuestro cometido ya no era protegerlo de sus enemigos, sino del excesivo afecto de sus propios hombres y de las continuas importunidades de los aduladores y pedigüeños que le seguían los pasos día y noche.

Las mujeres no se quedaban atrás. Acudían en bandadas, no sólo hetairai, cortesanas y pornai, putas vulgares y corrientes, sino también mujeres libres, doncellas y viudas, algunas ofrecidas por sus propios hermanos. Más de una vez tuve que quitarle de encima a un jovenzuelo que hacía de alcahuete de su madre. ¿La respuesta de la matrona? «¿Y tú qué dices, buen mozo?» Los auxiliares más rijosos de nuestro comandante no daban abasto para consolar a tanta rechazada.

Para Alcibíades, sin embargo, el libertinaje había perdido su encanto.

No necesitaba la promiscuidad; tenía la victoria. Había cambiado. Una favorecedora modestia se asentó sobre sus hombros como la sencilla capa de infante que usaba, aunque sujeta al cuello con una fibula de oro. Era un Alcibíades nuevo, y se sentía satisfecho. Nunca vi a un hombre tan contento

por los triunfos de sus camaradas, que no le inspiraban la menor envidia, ni siquiera en el caso de aquellos que podían ser considerados sus rivales, Trasíbulo y Terámenes. Cuando le ofrecieron una villa en el cabo Pennon, en Sestos, la rechazó alegando que no quería desalojar a sus moradores y siguió pernoctando en una tienda, junto a su barco. Incluso se negó a que le pusieran un suelo de madera, hasta que los carpinteros lo colocaron por propia iniciativa mientras estaba ausente con la flota. Se volvió, si no dejado, frugal. Todo su dinero y todo su tiempo eran para los hombres.

La correspondencia. Enviaba un centenar de cartas al día. Se le pasaban las horas muertas en esos menesteres, ayudado por secretarios que hacían turnos, a menudo durante toda la noche, el día siguiente y parte de la noche posterior. Era la pesada rutina de las alianzas, el ejercicio cotidiano de la influencia y la persuasión.

—¿Cómo puedes soportarlo? —le pregunté un día.

—Soportar ¿qué? —replicó.

Le encantaba. Para él aquellas cartas no eran obligaciones enojosas sino hombres, un coro que dominaba al fin desde el estrado.

Había otras misivas, la mayoría en realidad, cuyas líneas dictaba o escribía de su puño y letra al final. Eran cartas a viudas, elogios de los mutilados y los caídos, diez, veinte, treinta al día… Las dirigía personalmente al propio interesado si aún vivía, pero a menudo hacía que las entregaran al padre, la madre o la esposa, sin conocimiento del hombre merecedor de la distinción. ¿Puedes imaginarte, Jasón, el orgullo y el alivio que tales mensajes proporcionaban a quienes permanecían en casa, muertos de miedo por sus maridos o sus hijos? Con el tiempo conocí a muchos de ellos; seguían guardando celosamente aquellas cartas, que sacaban con reverencia para leerlas en voz alta y hacer saber a hijos y nietos el valor que habían demostrado sus padres.

Cuando Alcibíades deseaba honrar a un hombre de la flota, enviaba carne o vino con sus felicitaciones a la mesa del oficial. A otros los distinguía invitándolos a la suya. Pero cuando quería manifestar a alguien un aprecio especial no le mandaba regalos, le encomendaba misiones. Le elegía para las tareas más peligrosas, pues a éstas, solía decir, enviaba soldados y recibía capitanes. Como había dicho Endio, ninguno de sus actos carecía de visión política.

No gobernaba a golpe de decreto, sino por la fuerza del ejemplo. En lugar de ordenar a los comandantes que intensificaran la instrucción, se

hacía al mar al mando de su propia ala y empezaba. Si quería que la flota dominara determinada maniobra, sus propias escuadras eran las primeras en practicarla. Cuando deseaba que alcanzaran algún objetivo, hacía que sus propios barcos lo superaran. No ordenaba que la flota embarcara antes del alba; simplemente, cuando los capitanes se levantaban, descubrían que los barcos habían zarpado hacia la zona de ejercicios.

A su amigo Adimantos, jefe de escuadrón:

… si es necesario emplear la fuerza con un subordinado, procura que sea mínima. Si te ordeno «Coge ese cuenco» y te pongo la punta de la espada en la espalda, obedecerás, pero no asumirás la acción como tuya.

Siempre podrás alegar: «Me obligó a hacerlo, no tuve elección». Pero si me limito a hacerte una sugerencia y tú la sigues, no tendrás más remedio que reconocer tu conformidad y, en consecuencia, hacerte responsable de ella.

Más tarde, cuando sitió Bizancio, el tenor del asedio fue, si semejante palabra puede aplicarse al caso, alegre. Los hombres lo encararon convencidos, sin refunfuñar ni fingirse enfermos, e incluso el enemigo, al capitular, no parecía abatido sino optimista, confiado en el futuro.

El mejor modo de poner sitio a una ciudad es ofrecer al enemigo un conjunto de salidas tal que se vea obligado a elegir la rendición o la alianza, no como si se las hubieran impuesto por la fuerza, sino como si las hubiera elegido libremente. Una decisión tomada de ese modo no será abandonada en el futuro, cuando necesitemos que nuestro nuevo aliado nos ayude a enfrentarnos a algún peligro.

En la planificación del asedio de Cízico, cuando Terámenes acabó de exponer a los comandantes una ingeniosa estratagema que permitiría rodear completamente al enemigo, Alcibíades se mostró de acuerdo, pero propuso una alteración: dejarle una escapatoria. «No para que huya, sino para que sepa que, al no hacerlo, ha actuado con cobardía. De ese modo, no sólo habremos quebrantado sus fuerzas ese día, también habremos hecho tal mella en su espíritu que no se atreverá a enfrentársenos de nuevo.»

Cuando tenía que aplicar un correctivo a algún hombre de la flota, actuaba de modo semejante. En lugar de ordenar que lo azotaran, lo apartaba de la compañía de sus camaradas. En su opinión, ese castigo

dejaba intacta la moral del reo y lo incitaba a reintegrarse a su puesto con vigor y voluntad renovados. Si reincidía en la misma falta, era relegado a la retaguardia con la impedimenta y los cobardes. Con esa medida y otras semejantes, Alcibíades convirtió tales puestos en padrones de ignominia.

Yo había participado en varias acciones con Pericles el joven, un jefe de escuadra que ya destacaba entre los oficiales. Alcibíades lo tenía subyugado.

—Es la mediocridad, Pommo, ¿lo comprendes? Alcibíades la ha proscrito por completo. Cualquiera de nosotros preferiría morir a defraudar sus expectativas. ¿Recuerdas la noche en que nos equivocamos sondando frente a Eleo? Le estaba informando, e intentaba presentar lo ocurrido de la mejor forma posible. Alcibíades no despegó los labios. Se limitó a lanzarme una mirada… Por los dioses, antes me dejaría azotar delante de toda la flota que volver a fallarle. Con aquella mirada era como si me dijera: «Esperaba tanto de ti, Pericles… Pero me has decepcionado».

El principio de la mínima fuerza tenía como corolario el de la mínima supervisión. Cuando Alcibíades asignaba los cometidos en combate, se limitaba a especificar el objetivo y dejaba los medios para conseguirlo al arbitrio del oficial en cuestión. Cuanto más arriesgada era una misión, tanto más informales eran sus instrucciones. Nunca lo vi dar órdenes desde detrás de una mesa.

Ordena a cada hombre más de lo que se considera capaz de hacer.

Oblígalo a ponerse a la altura de las circunstancias. De ese modo lo estarás incitando a descubrir nuevos recursos, tanto en sí mismo como en sus hombres, y a ampliar las capacidades de cada cual, mientras los sometes a todos a las exigencias del riesgo y la gloria.

Otra carta a Adimantos:

Así como procuramos que nuestros enemigos se sientan responsables de la derrota que les hemos infligido, hemos de procurar que nuestros hombres se sientan artífices de la victoria que han obtenido. Cuanto menos le das a un combatiente para conseguir el triunfo, tanto más lo valora.

Recuerda que sólo disponemos de dos medios para mejorar la flota.

Pagando a mejores hombres o mejorando a los que tenemos. Aun en el caso de que fuera practicable, rechazaría la primera, porque un mercenario puede

alquilar sus servicios a otro patrón, mientras que un hombre que se convierte en su propio patrón sigue siendo leal para siempre.

En el Mnemósine había un remero que no sabía nadar. Sus compañeros lo habían intentado todo para enseñarle. Tras enterarse, Alcibíades en una barca, se adentró en el mar una mañana con aquel hombre, frente a su nave, anclada a medio estadio. Decir que el espectáculo era extraordinario sería como no decir nada; se habían congregado centenares de hombres, que estaban pendientes de la escena. Alcibíades habló en voz baja con el remero un buen rato. De pronto, aquel individuo cerró los ojos y se zambulló en el agua. Cuando llegó a su nave, la playa era un clamor.

¿Qué le había dicho Alcibíades?

—Me dijo que podía hacerlo, y consiguió que lo creyera —me explicó el remero.

Cuando el Panegyris y el Atalanta sufrieron serios daños en la Cala de los Ochenta Estadios y no había forma de consolar a sus trierarcas, que se sentían culpables, Alcibíades los hizo llamar a su presencia y, desnudándose ante ellos, les pidió que se fijaran en las cicatrices que le cubrían el cuerpo.

—Prefiero a un hombre que ha recibido heridas haciendo frente al enemigo que cien barcos con los adornos intactos. Puedo encontrar capitanes sin un rasguño en cualquier parte. Pero ¿dónde conseguiré hombres valientes como vosotros y vuestras tripulaciones?

Esta carta iba dirigida Pericles el joven y sus oficiales, que le habían solicitado más barcos:

Nunca olvidéis que tenéis a vuestras órdenes a atenienses y que las cualidades que hacen grandes a nuestros compatriotas son intangibles.

Audacia e inteligencia, adaptabilidad e iniciativa. Convertidlos en dinero y os conseguiré todos los barcos que necesitéis.

Del mismo modo que castigaba a los hombres alejándolos de su presencia, los premiaba permitiéndoles acercarse a él. Le gustaba verse rodeado por sus oficiales, especialmente por la noche, mientras trabajaba.

—Tened presente, amigos míos, que el acceso a vuestra persona es un enorme incentivo para quienes están a vuestras órdenes. Una sonrisa, una palabra amable, un apodo empleado con afecto… Recordad el orgullo que sentíais de niños cuando vuestro padre os sentaba en sus rodillas, o pensad

en cómo una invitación a cenar con vuestros comandantes os hace olvidar un día de dura brega contra un viento adverso. No seais parcos con vuestras personas. No hay dinero que pueda pagar vuestra atención, y los hombres lo saben.

Aleccionaba a sus capitanes para que pensaran en términos de escuadras y alas, no de barcos aislados, y a considerar siempre la flota como un todo, sabiendo qué escuadras había en cada sitio y cuánto tardarían en llegar, o con qué rapidez —podría acudir en su ayuda la propia.

Reaccionaba con furia cuando le informaban de que un grupo de naves avanzaba fuera de formación. La expresión «en apoyo de» no faltaba en ninguna de sus órdenes. Ante cualquier estrategia que le proponían, su primera pregunta siempre era: «¿Qué barcos darán apoyo?».

Durante el avance quería que las naves se mantuvieran «remo con remo», de forma que la proximidad diera ánimos a las tripulaciones. En el mar hacía transmitir señales noche y día para mantener a los barcos en contacto, como una unidad. Se negaba a evacuar a los heridos, que debían volver a puerto con sus compañeros de tripulación, aunque la cubierta se llenara de charcos de sangre y angarillas que dificultaban los movimientos de los remeros. Los hombres tenían que saber que nadie sería abandonado y que sus compañeros se harían cargo de ellos.

—Nadie teme más a la muerte que quien lucha en el mar, pues el soldado de infantería, al caer, entrega sus huesos a la tierra, de la que pueden ser recuperados, mientras que el marinero los entrega al estéril y despiadado océano.

Esta iba dirigida a Pericles el joven, cuando supo que se había encolerizado con uno de sus remeros:

Los soldados de infantería pueden luchar sin su capitán y huir sin él.

Pero el marinero se dirige a la batalla uncido a su comandante, sin nada que lo separe del infierno más que su fe en ti y una tabla de cuatro dedos de ancho.

Alcibíades entrenaba a la flota sin descanso en la forma de presentarse, de modo que pocos parecieran muchos y muchos parecieran pocos.

Practicaba el aprovechamiento de cabos y promontorios para disimular nuestra presencia y número. Acostumbraba a los hombres a navegar fuera cual fuese el estado de la mar, pues las tormentas y las borrascas no sólo

favorecían la ocultación, sino que magnificaban el teatro de terror con el que intimidar al enemigo. En la gran victoria de Cízico, ocultó la flota aprovechando un chubasco que había predicho meses antes, pues el estudio de la zona le había convencido de que a determinada hora de determinado día cabía esperar aquel tiempo.

Antes de que llegara, los hombres tendían a juntarse por especialidades, y los infantes despreciaban a los nautai, los remeros del banco superior a los del inferior y la caballería a todos los demás cuerpos.

Alcibíades puso fin a aquellas distinciones, no con castigos, sino con victorias. Más tarde, cuando Trasíbulo volvió de Atenas con mil soldados de infantería y cinco mil marineros adiestrados para lanzar jabalinas, pero fue derrotado en Éfeso, los hombres de Alcibíades se negaron a permitirles la entrada en el campamento; quienes nunca habían sido vencidos despreciaban a sus compatriotas por permitir que el enemigo erigiera un trofeo a su vergüenza. Alcibíades acabó con aquello poniéndolos hombro con hombro frente al grueso del ejército espartano. La victoria volvió a eliminar las disensiones.

Aprovechaba las escuadras que no estaban en campaña o misiones de pillaje para fascinar a la población civil. La presencia de naves de guerra atenienses, aunque sólo fueran dos o tres ancladas en una cala, atraía a gentes que vivían a varios estadios de distancia. En lugar de ahuyentar a los curiosos, Alcibíades ordenaba que les permitieran subir a bordo. Quería que supieran qué aspecto tenían los barcos de guerra y sus tripulaciones. Sobre todo, pretendía encandilar a los muchachos, pues su juventud los impulsa a buscar héroes y modelos de emulación. Nos lo contaban todo. Las características de las mareas, las corrientes y el tiempo, que Alcibíades apreciaba más que la plata. A diferencia de los espartanos, que los despreciaban, sentía debilidad por los pescadores. No había cena en la que faltara uno de aquellos personajes, a quienes interrogaba después sobre las particularidades de las mareas y los canales, de las tormentas y las estaciones.

En plena batalla no puedo consultar las cartas de navegación, pero sí escuchar a un piloto que me sugiere virar para aprovechar una corriente.

A menudo encabezaba él mismo las incursiones y, materializándose en la oscuridad, se abatía sobre un puerto empuñando el hacha y la espada, o

desembarcaba en él a plena luz del día, de modo que la población lo temía más que a la guarnición de la plaza. Le encantaba sacar de la cama a las autoridades y los magistrados. Solía interrogarlos personalmente, tras lo cual los devolvía a sus casas con presentes y abrumados por el poder de la flota,

pues aquel a quien se sorprende en plena noche retiene todo lo que ve con ojos desorbitados por el terror y magnifica en sus informes la invencibilidad de sus captores.

No adiestraba a la flota para proporcionarle una mediocre uniformidad, sino para estimular la individualidad y el espíritu de iniciativa.

… cada ala, y cada escuadra dentro de su ala, debe tener incentivos para reafirmar su propia identidad, aquel talento o habilidad en los que destaca especialmente y de los que se siente orgullosa. Dejemos que un ala lleve doble dotación de infantes, que se adiestre particularmente en el uso del arpeo y el botalón. Permitamos a otra que lleve serviolas al estilo corintio y se autodenomine Pez Martillo o Carnero. Cuando los marineros de diferentes escuadras coincidan en una taberna, quiero que arrecien los insultos. Quiero trifulcas. Cuantas más, mejor, porque tras ellas los hombres se sentirán aún más unidos que antes.

Para formar la caballería, actuó de la siguiente manera.

Las incursiones para apoyar a la flota lo habían familiarizado con Tracia, sus hordas de jinetes y el espíritu de sus indómitos príncipes, dos en particular, Seutes, hijo de Maisades, y Medoco, caudillos de los odrisios.

Trasíbulo y Terámenes le insistían en que negociara con ellos. El ejército no podría comprar jinetes en ningún otro sitio. Pero Alcibíades comprendía los corazones de aquellos guerreros salvajes. No era posible acercarse a ellos sin regalos, ni se les podía ofrecer amistad de un modo que fuera menos que espectacular.

Había dos trierarcas a los que Alcibíades favorecía especialmente: Damón y Nestórides, dos hermanos de su mismo distrito, Escambónidas.

Con veintitrés y veintidós años respectivamente, eran los más jóvenes de la flota. ¿Te acuerdas, Jasón, de la indignación que produjo en Atenas el asunto del coro de muchachos? Había ocurrido hacía diez años, antes de

Siracusa. Axíoco, tío de Alcibíades, había financiado un coro de imberbes durante las Panateneas; para celebrar su victoria, Alcibíades había conseguido que los muchachos pasaran la noche en su propiedad en lugar de volver a casa con sus padres. Tras poner a tono a sus pupilos dándoles a probar vino por primera vez, hizo aparecer a una cuadrilla de despampanantes (y crecidas) hetairai.

Y pasó lo que tenía que pasar.

El escándalo fue mayúsculo. Alcibíades tuvo que enfrentarse a una acusación de hybris, la funesta arrogancia. Fue entonces cuando Meleto pronunció su famosa frase: «No culpéis a las putas, sino al chulo». Por supuesto, Alcibíades juzgaba que el premio valía la pena. Consideraba a aquellos muchachos la flor de la ciudad, los jefes del futuro. Orquestando aquel rito de paso a la virilidad, el más decisivo de sus jóvenes vidas, pretendía ligarlos a él con cadenas inquebrantables.

Y ahora dos de aquellos adolescentes, Damón y Nestórides, habían llegado de Atenas. Alcibíades los había alistado como simples infantes, pues eran demasiado jóvenes para tener un mando en la flota sin provocar un motín entre el resto de los capitanes. Sin embargo, no tardó en conseguirles sendos barcos. Envió a los muchachos a realizar una serie de reconocimientos de los astilleros espartanos de Abidos. Durante diez noches, trazaron planos de las atarazanas y sus alrededores. Informaron de cuatro barcos en reparación, casi listos para hacerse a la mar.

—Traedme uno —les propuso Alcibíades—, y os nombraré sus capitanes.

Una noche lluviosa, los hermanos desembarcaron con treinta hombres, mientras Antíoco permanecía al pairo con cuatro trirremes rápidos. Halaron y botaron no una, sino dos naves, a las que llamaron Pantera y Lince. Aquel par de cachorros se convirtieron en el terror de los mares. Calafatearon los cascos de negro y pintaron ojos de gato en las proas. Se encargaban de misiones nocturnas que ponían los pelos de punta a otros capitanes. Fueron ellos, jóvenes que aún no habían cumplido los veinticuatro, quienes cortaron la cadena en Abidos y abrieron el puerto a la incursión que prendió fuego a la mitad del barrio portuario, ejecutó a una veintena de magistrados y administradores y capturó en la cama de su amante al secretario de Farnabazo, con todos sus documentos. Pero su principal athlon, la hazaña que nos proporcionó la caballería que necesitábamos, fue el rapto de trescientas mujeres.

Se trataba de dos partidas de esclavas, de ciento cincuenta mujeres cada una, cuyos movimientos habían detectado los hermanos y a las que Alcibíades les había ordenado mantener bajo vigilancia a lo largo de la costa que se extiende bajo el monte Coppias. Las mujeres, cautivas odrisias, trabajaban excavando acequias. Una noche, Alcibíades envió a los hermanos con doce barcos. Los muchachos saltaron al agua y corrieron hacia ellas gritando de alegría, mientras los patronos persas les arrojaban lanzas antes de salir huyendo como demonios valle del Caicos arriba.

Creyendo que Alcibíades planeaba vender a las mujeres en los burdeles, Damón y Nestórides las llevaron a Sestos. Pero Alcibíades hizo que se bañaran y perfumaran, y dio órdenes de que las trataran como a hijas de la nobleza.

Ya tenía el presente para los príncipes tracios.

Envió a los hermanos por delante, para informar a los montaraces nobles de que Alcibíades deseaba reunirse con ellos y acordar la fecha y el lugar del encuentro. El propio Alcibíades acompañó a las mujeres, que iban tocadas con guirnaldas de novia para borrar la humillación de la cautividad y darles legitimidad como consortes que los príncipes podrían poner al servicio de sus favoritas. Las embarcó en cuatro galeras escoltadas por una docena de naves de guerra y desembarcó con ellas en la playa salvaje de Salmidesos, donde las ofreció a Medoco, Bisantes y Seutes, los grandes príncipes de las llanuras.

Por los dioses gemelos que aquellos hijos de puta sabían cómo dar las gracias. Entregaron sendas mujeres a Antíoco y a los dos hermanos allí mismo, sin admitir protesta, e hicieron traer de las colinas quinientos caballos, como regalo para Alcibíades y la caballería. ¿Has visto quinientos caballos juntos alguna vez, Jasón? Es todo un espectáculo. Los de la escolta no veíamos el momento de embarcar a los animales y largarnos de allí antes de que aquellos salvajes cambiaran de opinión.

Pero faltaba lo mejor. Alcibíades rechaza el regalo de los príncipes. No está dispuesto a aceptar los caballos. Lo que es peor, le dice a Seutes que lo ha ofendido ofreciéndole aquellos caballos en lugar de lo que realmente desea. Es medianoche pasada. En las inmediaciones brilla un centenar de fogatas; nuestros barcos esperan, varados en la playa, mientras aquellos salvajes, hombres y mujeres borrachos como cubas, zascandilean a nuestro alrededor y un ejército mil veces más numeroso que nuestro grupo se extiende por la llanura hasta donde alcanza la vista. Para colmo de males,

nuestro anfitrión Seutes es un toro y está completamente ebrio, como suelen estarlo la mayoría de sus paisanos. Y, como todos los tracios, cuando le hacen algún favor, se toma a pecho devolverlo por duplicado; si no puede hacer un presente mejor que el que ha recibido, ¿qué nos cabe esperar, aparte de un baño de sangre? Alcibíades repite que el príncipe lo ha ofendido con su regalo y, volviéndose hacia nosotros, los cuarenta de su escolta, nos ordena que embarquemos y nos larguemos.

Seutes no está dispuesto a dejarnos marchar. Ordena que traigan los caballos y, dirigiéndose a sus invitados y sus propios compatriotas, comienza a cantar las alabanzas de los animales, que, como todo el mundo sabe, los atenienses necesitan desesperadamente, pues su caballería es escasa y se encuentra a merced de la caballería real de Farnabazo cada vez que avanza tierra adentro y se aleja de sus naves. El príncipe ha ido calentándose poco a poco y está de un humor de perros. ¿Qué clase de hombre, le pregunta a Alcibíades, qué caudillo rechaza una fortuna como aquélla, si no para su propio uso, para el de los magníficos guerreros que tiene a sus órdenes?

Alcibíades remueve los pies, tan colérico como su anfitrión, y asegura que, en efecto, sería el hombre más afortunado de Oriente si el príncipe le diera lo que desea en lugar de los caballos. ¿Y de qué se trata?, pregunta Seutes.

—De tu amistad.

En un abrir y cerrar de ojos, Alcibíades, que abarca con la mirada a todos los tracios que nos rodean, está tan sobrio, frío y sereno que resulta evidente que no ha perdido la cabeza ni por un instante.

—Si acepto esos caballos —dice—, zarparé llevándome un regalo magnífico, pero seguiré siendo pobre. En cambio, si os dejo los caballos a vosotros, sus dueños, y me llevo vuestra amistad —y se cruza de brazos ante Seutes, que parece estar tan sobrio como él—, poseeré no sólo esos soberbios animales, pues podré pedírselos á mi amigo siempre que los necesite, sino también valerosos guerreros para que los monten y luchen a mi lado. Pues mi amigo no me enviará los caballos y dejará que me enfrente a mis enemigos sin ayuda.

Pero Seutes no es ningún idiota. Sabe.que el hombre que tiene enfrente lo ha planeado todo desde el primer instante en que vio a las mujeres.

Comprende la astucia del plan y comprende que Alcibíades sabía entonces y sabe ahora que la comprendería. Desea poseer esa-misma astucia y sabe

que, si se hace amigo de aquel hombre, tendrá un mentor que le aconsejará y le enseñará a obtenerla. El joven príncipe abraza a Alcibíades. Diez mil salvajes lanzan un grito de júbilo. Nuestro grupo respira aliviado.

Y el príncipe Seutes apareció con sus caballos, no con quinientos, sino con dos mil, cuando la flota y el ejército tomaron Calcedonia y Bizancio, cerraron los estrechos e infligieron a los espartanos la peor derrota de la guerra. Pero me he adelantado a los acontecimientos y he pasado por alto una historia y un punto de inflexión que merecen ser recordados.

Bajando por el estrecho un mes después de la gran victoria de Cízico, la nave insignia se encontró con un bote que traía un despacho de Samos.

Era una noche de luna, y la barca hizo señales de fuego. Las dos embarcaciones se pusieron al pairo en el centro del canal. La galera Paralos, informaron los del bote, había llegado de Atenas ese mismo día con la noticia de que una embajada espartana se había presentado ante la Asamblea para negociar la paz. Los hombres vitorearon entusiasmados y quisieron saber los términos propuestos por los lacedemonios, que consistían en un armisticio inmediato, la retirada de cada bando de los territorios del otro y la repatriación de todos los prisioneros. La tripulación volvió a dar vivas y gritar que pronto estaría en casa.

—¿Los espartanos siguen en Atenas? —preguntó Alcibíades a los del bote.

—Sí, señor.

—¿Quién encabeza la embajada?

—Endio, señor.

Otra explosión de júbilo.

—Los lacedemonios han querido honrarte, Alcibíades. ¿Por qué si no iban a enviar a Endio, tu amigo? —dijo Antíoco, piloto de Alcibíades y uno de los desterrados que le habían acompañado a Esparta—. Es evidente que, aunque sigues siendo un exiliado, te consideran el primero de los atenienses.

El Esforzado de Trasíbulo nos había dado alcance por sotavento y se había puesto al pairo lo bastante cerca para oírlo todo. Su piloto preguntó si aquello significaba de verdad que podíamos volver a casa. Alcibíades no respondió y siguió inmóvil en la popa.

—Eso no es una oferta de paz —dijo con calma a los oficiales del alcázar y a los remeros sentados a sus pies—, sino una estratagema para sembrar la discordia entre nosotros y el pueblo de Atenas y llevarnos a la

ruina a todos. —Se volvió hacia un marinero—. Haz señales a todos los barcos. Que continúen hasta Samos. Y a Trasíbulo, que nos siga solo —y dirigiéndose a Antíoco, que estaba al timón—: Adelante, condúcenos a Aquileón.

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