Vientos de guerra
XLVIII Camino de Tracia
XLVIII
CAMINO DE TRACIA
Telamón y yo regresamos a Teos, para descubrir que habíamos perdido el favor de los espartanos. De vez en cuando, había que hacer purgas entre quienes realizaban tareas como la nuestra. Filoteles nos consiguió otro trabajo antes de que fuera demasiado tarde: viajar al norte, a los nuevos dominios de Alcibíades, y «evaluar la situación».
Alcibíades tenía tres fortalezas cerca de los estrechos, en Ornoi, Bisantes y Neonteicos. Según se decía, se las había conseguido Timandra con dinero robado de los botines de la flota de Samos. Desembarcamos en la misma playa de Egospótamos en la que, menos de un año después, Atenas derramaría la poca sangre que le quedaba.
Los odrisios tracios detienen sin excepción a cualquier extranjero que pise su suelo. Requisan tus pertenencias y te obligan a emborracharte. Su bebida favorita, la coroessa, es un licor espeso como jarabe o resina que quema como el fuego y que ellos toman puro. No hay que resistirse a su efecto, sino ceder y pillar una tajada tan grande como se pueda. Así es como determinan tu aedor, tu aliento o hedor, que para ellos es el atributo supremo y decisivo de cualquier hombre. Soportamos aquella prueba con los pasajeros de dos barcos que habían varado antes que nosotros. Al parecer, tres viajeros carecían de aliento. Los odrisios los largaron en el siguiente barco; no estaban dispuestos a permitirles el paso.
Nuestra escolta llegó del interior para acompañarnos a nuestro destino.
Eran muchachos, jinetes prodigiosos con botas de piel de zorro y bridas de plata.
—¿A qué príncipe servís? —les preguntó Telamón, admirado de su porte.
—Al príncipe Alcibíades —declaró nuestro guía.
El chico nos aseguró con orgullo que la fortuna de su señor, obtenida atacando a las tribus del este de las Montañas de Hierro, excedía los cuatrocientos talentos. Si el odrisio no exageraba, Alcibíades, era más rico
que la propia Atenas, que había dilapidado hasta su última reserva de emergencia. Los espartanos y los persas le cortejaban, nos explicó muy ufano el muchacho, y el mismo príncipe Seutes seguía su parecer en todo.
Le preguntamos qué tropas tenía a su mando, imaginando que serían peltastas e, irregulares, salvajes que le dejarían en la estacada al primer copo de nieve.
—Hippotoxotai —respondió en griego el muchacho.
Arqueros a caballo. Cambié una mirada con Telamón, que estaba tan sorprendido como yo. Unos estadios más adelante nuestro guía nos hizo tirar de las riendas a la entrada de un valle cubierto de brezo. En la llanura, que habría bastado para albergar toda Atenas, la hierba aparecía hollada por cascos de caballos y salpicada en toda su extensión de basura de un campamento, en la que escarbaban mujeres y perros. Se habían alzado grandes túmulos para los sacrificios; vimos plataformas ante las que habían desfilado las tropas y presas construidas en los arroyos para abrevar miles de caballos.
—Hippotoxotai —repitió el muchacho.
Cabalgamos todo el día. Esa parte de Tracia carece de árboles. El suelo está cubierto de arbustos bajos que dan flores y prosperan a pesar del frío, plantas parecidas al brezo que producen bayas rojizas, muy bonitas, y proporcionan una alfombra sobre la que los caballos pueden galopar a toda velocidad y los hombres, dormir como criaturas envueltos en mantos de pieles. El agua de los arroyos es tan fría que te traspasa los dientes y te deja los dedos entumecidos. Dichas corrientes señalan los límites de los territorios de las tribus. Abrevar el caballo en la tierra de otra es una declaración de guerra, y de hecho así es como la provocan.
En Tracia abundan las pulgas, incluso en invierno. Lo infestan todo, desde las barbas hasta la ropa de la cama; no hay otra manera de librarse de ellas que zambullirse en agua helada. Los caballos son pequeños, pero resistentes como cuero sin curtir; pueden cargar con un peso equivalente al suyo todo el día y no le temen a nada, salvo al oleaje de la playa, o tal vez al olor de la sal, que los vuelve locos de terror.
En cuanto a mí, desembarqué en aquellas tierras tan abatido como cabía estarlo. El país consiguió levantarme la moral. Era como haber muerto y estar en el infierno. Nada podía ser peor, de modo que era fácil animarse. Creo que Alcibíades se benefició del mismo efecto tónico. La gente tenía energía. Sus dioses eran de una tosquedad reconfortante. Y las
mujeres… En las culturas que viven del pillaje los hombres llevan consigo todo lo que desean perder. Aquellos salvajes cargaban con hermanas, madres, hijas y esposas, a cual más peligrosa. Supongo que un hombre con mi historial debería haber aborrecido al género femenino. Pero las órdenes del capitán que nos cuelga entre los muslos son tan inapelables que la vida, o al menos la lujuria, acaba imponiéndose contra viento y marea. Descubrí que me alegraba de volver a estar en campaña. La vida del soldado era mi vida. Cierto día, observando a una mujer que ordeñaba a una perra (las tracias mezclan la leche de perra con mijo para hacer gachas para sus criaturas), comprendí que seguían interesándome las cosas. Ese es el supremo misterio de la vida: que, aun sabiendo exactamente en qué consiste, seguimos agarrándonos a ella. Y la vida, a pesar de los pesares, acaba encontrando la manera de engañar a nuestros desengañados corazones.
El tracio utiliza la misma palabra para referirse al viento y al cie lo: aedor, el nombre de un dios, que no es ni femenino ni masculino, sino tan antiguo, creen ellos, que antecede a los sexos. Los tracios creen que lo que sustenta al mundo no es la tierra, sino el cielo, elemental y eterno. Cantan el siguiente himno:
Antes que tierra y mar existía el cielo,
que seguirá existiendo después de ellos.
También en el hombre lo primero es el aedor,
y lo último que lo abandona.
El viento tiene una enorme importancia en la cultura tracia. Los nativos son conscientes en todo momento de su «golpe» o «nariz», como llaman al punto desde el que sopla. Ningún guerrero puede interponerse entre el viento y un superior. El más noble da la espalda al viento; el inferior lo recibe en el rostro.
Los campamentos se asientan según sopla el viento, y el séquito del príncipe se elige del mismo modo. El de Seutes constaba de más de cien hombres, situados a su alrededor según una jerarquía tan elaborada como la de la corte de Persia. Sólo ha habido un extranjero que haya conseguido dominar la sutileza del orden ecuestre de Tracia.
¿Hace falta que lo nombre?
Pasamos de largo cerca de su fortaleza de la costa y lo buscamos en el interior, donde, según nos informó nuestro guía, participaba en un salydonis, una combinación de caza y ritual mediante el que un señor rinde vasallaje a otro mayor, y en la que le acompañaban los espartanos, la embajada de Endio, para comprobar con qué tropas les invitaban a aliarse Alcibíades y Seutes. Durante dos días no vimos a nadie, ni siquiera a los pastores de los rebaños de ovejas, cuya lana, en aquella remota región, no esquilan sus propietarios, pues el código de hospitalidad autoriza a cualquiera a coger lo que necesita. Luego, a media mañana, un jinete solitario apareció en el horizonte, a unos dos estadios sobre nuestras cabezas, cabalgando con la impávida gracia de un joven dios. El jinete bajó la pendiente en zigzag al tiempo que nosotros la ascendíamos hacia él.
Sin embargo, cuando el desconocido estuvo cerca, comprobamos que era una muchacha, calzada con botas de piel, como los hombres.
A Telamón y a mí nos impresionó su melena, larga, lustrosa y rubia como la arena, que llevaba anudada sobre la cabeza en un moño del que escapaban mechones que el viento hacía volar sobre su cara.
—Quedaos aquí —nos ordenó nuestro guía—. Cara al viento. —Y
salió al trote al encuentro de la joven.
El resto de la escolta nos dio alcance.
—¿Quién es ese pimpollo? —preguntó Telamón.
—Alejandra —respondió uno de los muchachos.
Era la mujer de Seutes, no una simple compañera de cama, sino su esposa, la reina. No se dignó mirar a nuestro grupo, pero parlamentó con nuestro guía. Pregunté si las mujeres solían viajar solas en Tracia.
—Quien las ofende, señor, se convierte en comida para los cuervos.
Nos habían advertido que nunca miráramos a la mujer de otro hombre. En aquel caso era imposible. El pelo de la princesa brillaba como la piel de marta y sus ojos le hacían juego como joyas. El caballo también tenía el mismo color, como si lo hubiera elegido, como una mujer de ciudad un vestido, para que realzara sus ojos y su piel.
El animal parecía consciente de ello, hasta el punto de que bestia y mujer formaban un conjunto de espectacular nobleza.
Llegamos al campamento de Alcibíades esa noche. Había unos cinco mil jinetes odrisios y peonios, además de diez mil arqueros escitas y peltastas. Los oficiales griegos habían improvisado una especie de fuerte en un lugar estratégico de la llanura, cubierta de nieve hasta la altura de la pantorrilla, y en cuyo extremo se alineaba el ejército de perros salvajes que sigue a las hordas tracias para alimentarse de los desperdicios. En el ejercicio participaban dos alas de caballería que asaltaban el fuerte desde el sur, cara al viento, mientras una tercera lo hacía desde el norte con el apoyo de la infantería. En un visto y no visto, el simulacro se convirtió en un caos de violencia. A los tracios no les entraba en la cabeza el concepto de práctica. Empezaron a disparar en serio, y los oficiales griegos se las vieron y se las desearon para detenerles. Los salvajes no tenían más objetivo que impresionar a sus príncipes con su arrojo individual y su destreza como jinetes. Unos cabalgaban de pie sobre sus monturas arrojando lanzas y hachas; otros se inclinaban para ocultarse tras el costado del caballo y disparaban flechas por debajo de sus pescuezos.
Sólo un milagro evitó que se produjera un baño de sangre; luego, una vez acabado el ejercicio, aquellos salvajes, empeñados en recuperar sus armas, iniciaron un altercado y pelearon regocijados por su equipo llamando en su ayuda a los de su clan.
Al oscurecer, se entregaron a la bebida y a las mujeres de un modo que desafía cualquier descripción. Las hogueras formaban avenidas a lo largo de la llanura, rodeadas de figuras que brincaban extáticas al ritmo de los tambores y los címbalos. Uno no podía evitar sentir simpatía por aquellos individuos salvajes y libres. Pero, a medida que avanzaba por el campamento, procurando no pisar a las parejas de borrachos entregados a la cópula, comprendí por qué aquellos guerreros, que constituían el ejército más numeroso y arrojado de la tierra, no había dejado un solo trazo en la tablilla de cera de la Historia. Eran más indisciplinados que sus perros.
Acompañé a Endio y Telamón a ver a Alcibíades, que seguía despierto en su podilion, una de esas cabañas tracias bajas, circulares y asombrosamente cómodas, construidas con pieles y turba y excavadas de modo que se desciende a ellas como a la madriguera de un tejón. Una especie de brasero las mantiene caldeadas incluso en mitad de una tormenta de nieve. En su interior, se encontraban
Mantiteo y Diotimo, con los Ojos de Gato, Damón y Nestórides, que ahora iban cubiertos de pieles, y una docena de hombres entre los que reconocí a algunos de los mejores oficiales de la flota de Samos.
—¡Bienvenidos sean los proscritos y los piratas! —exclamó Alcibíades a guisa de saludo.
Las conversaciones sobre política se prolongaron durante toda la noche. Yo dormitaba entre dos sabuesos. Al cabo, cerca del alba, la charla cesó y Alcibíades, levantándose entre el humo, me hizo señas de que le acompañara al exterior.
Se había enterado de la muerte de mi mujer y de mi condena por asesinato. No había nada que decir y no lo intentó. Se limitó a caminar a mi lado sobre el suelo helado, duro como el hierro. Nunca he sentido tanto miedo, ni en batalla ni ante cualquier otro peligro, como en su presencia. A pesar de todo, seguía temiendo decepcionarle. ¿Lo comprendes, Jasón? Tenía una voluntad tan formidable y una inteligencia tan penetrante que había que echar mano de todos los recursos de que disponías simplemente para escuchar sus consejos y no parecer idiota. Hizo un gesto hacia los hombres que dormitaban en el campamento.
—¿Qué te parecen?
—¿En qué sentido?
Su risa llenó el aire de vaho.
—Como soldados. Como ejército.
—¿Me lo preguntas en serio?
Me explicó sus planes mientras caminábamos. Atenas carecía de un único elemento, que no obstante le había impedido sacar partido de sus victorias navales: la caballería.
—Te olvidas del dinero —repuse.
—La caballería produce dinero —replicó Alcibíades—. Dame Sardes y acuñaré moneda en cantidad suficiente para llegar a Susa y plantar nuestras tiendas ante Persépolis.
Esa vez fui yo el que reí.
—¿Y quién adiestrará a estos batallones invencibles?
—Tú, por supuesto. —Me puso la mano en el hombro—. Y tu amigo Telamón, y los otros oficiales griegos y macedonios que ya tengo, y los que vendrán.
Habíamos subido a un altozano desde el que, a unos trescientos estadios, se avistaba el brillo del mar. Dos fuerzas se disputaban el Egeo, me recordó Alcibíades: de una parte, Atenas; de otra, Esparta y Persia.
—Hay una tercera fuerza. E irresistible. ¿Qué nación es más numerosa que la tracia? ¿Cuál más guerrera? ¿Cuál posee más caballos o puede atacar con mayor rapidez? A Tracia, que tiene todo eso, sólo le falta…
—Alguien como tú.
Un tercer poder aliado con uno de los dos bandos inclinaría la balanza, aseguró. Había iniciado conversaciones con el persa Tisafernes, a quien Ciro le había cortado las alas y que ardía en deseos de vengarse.
—Tisafernes odia a Lisandro y sembrará la discordia en la sucesión a la corona, a la que aspira Ciro y por la que luchará en cuanto muera el rey Darío. Ése es el motivo de que el príncipe busque el arrimo de Lisandro. Pero su plan fracasará. Puede que los espartanos acepten el oro de Persia, pero nunca servirán a Persia; eso es algo que ni Lisandro conseguirá. Se ha ganado la enemistad de Endio alejándolo de sí para acercarse al rey Agis. Ninguno de los dos puede moverse sin Atenas, y Atenas, aparte de mí, no posee a nadie con suficiente estómago para pronunciar en voz alta la palabra Lacedemonia. Ambos, aunque por distintas razones, tienen que mirar hacia un tercer poder, o crearlo, si no existe.
Pero ¿cómo iba a atraer a Atenas a aquella alianza?
—Es un puente que ha ardido en dos ocasiones, Alcibíades. El demos nunca aceptará un régimen presidido por ti, por mucho poder o expectativas que les ofrezcas.
Alcibíades no respondió de inmediato; paseó la mirada por el campamento, en el que los tracios, cubiertos de escarcha, empezaban a levantarse y sacudir la nieve de la tienda de su señor, mientras los mozos, golpeándose el cuerpo envuelto en pieles, extendían el forraje para los caballos y las bestias de carga, que iniciaron el alboroto de rebuznos y relinchos que para el soldado en campaña es como el canto del gallo para el granjero.
Cualquier otro, viéndose en aquella región hiperbórea, habría maldecido al destino que le había llevado allí, a aquellos yermos tan
alejados de la cuna de la civilización, después de veintiséis años de guerra. Tratándose de Alcibíades, era una reacción impensable. El lugar en el que se encontraba era siempre, y siempre lo sería, el centro y el eje del universo.
—No necesito a Atenas. Atraeré a mí a los mejores, uno tras otro, como te he atraído a ti. Echa un vistazo al campamento. Ya cuento con los cuadros navales más preparados del mundo, con los comandantes de caballería más audaces, con los constructores de barcos más hábiles. El dinero comprará a los marineros. La madera de Seutes hará los barcos.
—Sí, si puedes controlarlo.
—Seutes es inteligente, Pommo, pero también un salvaje que se siente fascinado ante mí. Durante toda la guerra, la iniciativa me ha seguido adondequiera que haya ido. Ahora, me seguirá a Tracia; haré que me siga. Seutes no puede atraerla por sí solo y lo sabe. Por el momento, eso me proporciona influencia. Puede que el ejército sea suyo, pero fíjate hacia quién se vuelven esperando órdenes.
Señaló hacia el campamento, que despertaba poco a poco.
—¡Alcibíades!
—¡Comandante!
Los capitanes le saludaban; los oficiales de caballería espoleaban sus monturas hacia él; otros muchos se acercaban a la carrera para recibir órdenes.
—Nos apoderaremos de los estrechos —siguió diciendo Alcibíades, en referencia al Helesponto y Bizancio, cuya conquista había llevado a cabo con anterioridad con un ejército diez veces menor—. Pero no cortaremos el suministro de grano a Atenas ni le impondremos condiciones. Seguiremos abasteciéndola a nuestro capricho.
Lo haría, no me cabía duda, y yo estaría con él. Pero ¿quién metería en cintura a aquellos salvajes que adoraban al viento e iban y venían a su antojo?
—Ni siquiera tú, Alcibíades, eres tan iluso como para imaginar que te seguirán.
Me miró con una expresión irónica.
—Me decepcionas, amigo mío. ¿Estás tan ciego como estos tracios a lo que tenéis, tú y ellos, delante de las narices? No tenía ni la
más remota idea de a qué se refería.
—Su propia grandeza.
La de quien consiguiera empujarlos a obtenerla, quería decir.
—No permanecerán a mi lado para cumplir mi destino, Pommo, sino el suyo. Porque su nación se asoma como un águila al borde del cielo y sólo carece de la audacia para saltar y elevarse. Yo se la proporcionaré. Y, cuando la tengan, por todos los dioses, las hazañas que llevarán a cabo transformarán el mundo.
Has oído las historias, Jasón, de quienes aseguran que se había vuelto loco, o salvaje. Bailaba toda la noche, aseguraban los hombres, al son del címbalo y el pandero. El licor puro había acabado por trastornarle. Yo mismo vi su caballo atado en un bosquecillo de alisos junto al de Alejandra. Era un hecho que Seutes se mostraba cada día más distante, y no tardó en mostrarse hostil. Atenas le halagaba sin pudor: concedió la ciudadanía a sus hijos y envió a su corte poetas, músicos e incluso peluqueros. Hacía el final, según los informes, el lenguaje de Alcibíades se hizo pródigo en extravagancias como «la alquimia de la aclamación» o «la llanura de la intercesión», que, según él mismo, era el campo en el que dioses y mortales se encuentran y parlamentan. Prometía gobernar «dominando el mythos»
y llamaba a su filosofía «la política de la arete».
Empezó a referirse a si mismo en tercera persona, se decía, y a invocar a su propio espíritu como sí fuera un dios. Brujos y hechiceros se sentaban a su diestra. Afirmaba que era posible detener el sol.
Según otros, se mutilaba alegando despreciar la materia como un manto que hay que trascender o desechar. Soy testigo de que ofrecía sacrificios durante noches enteras a Hécate y Necesidad. También se aseguraba que Timandra era su mentora en la práctica de tales aberraciones, un súcubo salido del infierno en vez de una mujer mortal. Subyugado por ella, decían, se alejaba del trato de los hombres para dormir y convocar a los brujos para que interpretaran sus sueños. En una ocasión afirmó que podía volar y que había viajado a Ptía con alas de azogue para conversar con Néstor y Aquiles.
En verano me envió a Macedonia para conseguir madera para barcos. Una vez allí, la casualidad puso en mí camino a Berenice, la mujer qué acompañaba a León en campaña, y a quien afortunadamente le iban bien las cosas, pues se había casado con un
carretero. A pesar de las muchas penalidades que había pasado después de Siracusa, había preservado la historia de su amante, que me entregó junto con el arcón en que ahora la conservo, hecho por su marido. Me gustaba aquel hombre. Era una plancha sin desbastar, como su predecesor. Se había mudado a Macedonia después de trabajar «en el sur», transportando mercancías ilegalmente fuera del Ática. Los propios generales de Atenas estaban tan seguros de la inminencia de la derrota que habían empezado a esconder sus bienes.
Seguía en Macedonia, en Pella, cuando me enteré del definitivo desastre de Egospótamos. En los días previos a la batalla, después de que Lisandro tomara Lámpsaco y alineara sus doscientos diez barcos de guerra en el estrecho, frente a los ciento ochenta de Conón, Alcibíades se dignó salir de su fortaleza y acercarse a la playa donde fondeaba la flota de sus compatriotas. Apareció envuelto en píeles de zorro, se cuenta, y con el pelo suelto, que le llegaba hasta medía espalda. Le escoltaban cuarenta jinetes odrisios, con un aspecto aún más salvaje. Reuniría cincuenta mil hombres entre infantería y caballería, prometió, y atacaría a Lisandro por tierra, sí los generales atenienses le proporcionaban transporte marítimo. Reconquistaría Lámpsaco y se la devolvería sin pedir nada a cambio. Pero rechazaron su oferta.
—Ya no mandas aquí, Alcibíades —se limitó a responderle el general Filocles, aquel miserable cuyo concepto del código del guerrero incluía proponer la moción, aceptada de forma tan infame por la Asamblea de Atenas, de cortarle la mano a cualquier marinero enemigo hecho prisionero.
De esta forma, por tercera vez en su vida, Alcibíades se vio apartado de la sociedad de sus compatriotas. Dieciséis meses más tarde, cuando la partida que le dio muerte recorría aquella misma playa síguiéndole los pasos, Endio aludió con pesar a la locura que era a un tiempo la maldición y el genio de Alcibíades, y a la que se mantuvo irreductiblemente fiel toda la vida.
—Las naciones son demasiado insignificantes para él. El concepto que tiene de sí mismo le induce a situarse por encima de las cuestiones de estado, y quienes no le siguen y saltan con él al precipicio del mundo son enanos a sus ojos. Pues su visión es el futuro, que el presente no puede, ni podrá nunca, tolerar de buen grado.
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