Vientos de guerra
XXI la Catástrofe de Epípolas
XXI
LA CATÁSTROFE DE EPÍPOLAS
Diez mil hombres ascendieron durante la segunda vigilia de la noche, la infantería pesada y los infantes de la flota con víveres para resistir cuatro días (pues contábamos con el contrafuerte), junto con un batallón de apoyo de balística. Aquello significaba que, aparte de los marineros y el pueblo llano, no quedaba nadie que pudiera defender el perímetro ante un contraataque dirigido a la flota. Demóstenes estaba convencido de que la apuesta valía la pena. Reunió todos sus efectivos y se lanzó contra Gilipos.
Yo estaba convencido del éxito del asalto; sólo me aterrorizaba la situación de mi primo. No era un guerrero y podía suceder cualquier cosa entre aquellas rocas, sobre todo en la oscuridad y formando parte de una caballería sin montura ni preparación alguna para el ataque con armadura y para una escalada. Peor aún, el oficial que tenía Simón al mando era Apsefión, un idiota que los dos conocíamos del tiempo de Acarnas, el cual, jugando al héroe, consiguió llevar a sus muchachos al lugar donde la batalla iba a ser más cruenta: el acceso occidental a la ciudad, que pasaba por Euríalo, el camino del parque, donde la pendiente quedaba más a la vista y el enemigo tenía su posición mucho más fortificada.
La caballería de a pie de mi primo formaría parte de la tercera línea de ataque, a las órdenes del general Menandro. León y yo estábamos en la primera, en el ala izquierda, tras la infantería pesada de los argivos y los mesenios, once mil en total, con el apoyo de cuatrocientos hombres de las tropas ligeras y arqueros de Turi y el Metaponto. El centro, una vez que se hubiera reconstituido, estaría compuesto exclusivamente por atenienses, tropas tribales de Leonte y Egeo, unidades de primera, dotadas de armas arrojadizas e incendiarias. A su izquierda se encontraban las tropas mercenarias, en las que se incluían los arcadios de Telamón, apoyados por doscientos infantes de la marina corcirense, con sus jabalinas, y junto a ellos otro regimiento ateniense, los erecteos. Entre ellos y nuestra falange se encontraban cuatrocientos guerreros de Andros y Naxos, y etruscos con
corazas como hoplitas, y los míos entre éstos, con cien arqueros cretenses y cincuenta arqueros de la tribu de los mesapios de Iapigia. Las unidades pesadas atacarían las murallas y la unidad de balística, inmediatamente detrás, dispararía por encima para despejar la fortificación.
La Cumbre, como llamaba la tropa a Epípolas, se encuentra a unos cientos de pies de altura y está formada por piedra caliza poco consistente cubierta por carmel y carrasco, escarpada en tres vertientes, a excepción de la occidental, empinada aunque de relativamente fácil acceso. En su extremo hay un camino denominado Poliduceo, el último espacio plano, y en él se reunieron las tropas de asalto durante la primera vigilia de la noche.
Un pelotón ligero, compuesto por doscientos asaltantes, había iniciado ya el ascenso. Tenía como cometido poner cuerdas en la vertiente para protegernos del abismo.
Era una noche calurosa y oscura como boca de lobo. Las tropas habían permanecido despiertas todo el día, nerviosas e impacientes; pocos habían conciliado el sueño la noche anterior por la inquietud. Cada hombre llevaba encima sesenta minas de peso entre el escudo, el yelmo, el peto y cuarenta más en herrajes y equipo, pues teníamos órdenes de derribar el contrafuerte y construir el nuestro. Nos acompañaban todos los mamposteros y carpinteros. Apelotonados en el punto de reunión, los hombres sudaban a mares, probaban todo tipo de posturas y apoyaban sus cabezas en escudos, piedras y extremidades ajenas. Muchos se quitaban el yelmo por el calor y la falta de visión en la oscuridad; otros abandonaban el peto y las grebas. La diosa Miedo había hecho su aparición. Se esparcían por el campo quienes evacuaban el intestino y vaciaban sus vejigas.
—Esto empieza a oler a batalla —observó León.
En aquel momento apareció nuestro primo Simón. Nos había visto pasar y obtuvo permiso para acercarse. Iba equipado con la panoplia completa, incluido el yelmo con crin de caballo.
—¿Y ahora qué?
—Esperar.
Lo presenté a los que estaban junto a nosotros; conocía a Sopa de Atenas, a Astilla, otro de nuestros compañeros, de Fegas, cerca de Maratón.
—¿Cómo le llamáis a eso? —preguntó éste, señalando la crin de Simón.
—Afectación —apuntó Sopa.
Tomaban el pelo a Simón, riendo con nerviosismo.
—¿Hace calor —dijo Simón— o sólo es miedo?
—Lo uno y lo otro.
Le quité el yelmo.
—¿Estás asustado, Pommo?
—Petrificado.
Entre las notas de León figura esta observación: Cuando los soldados pretenden poner nombre al objeto de su terror, pocas veces citan su verdadero origen sino alguna de sus consecuencias, que no guardan relación con él e incluso son absurdas.
Mi primo estaba obsesionado por la terrible idea de que aquella noche León y yoíbamos a morir y que él, en cambio, se salvaría. Sería algo innoble, imaginaba él, pues consideraba que él era quien más lo merecía. Y
prometía cambiar su comportamiento.
—Ninguno morirá —lo tranquilizó mi hermano.
—Efectivamente —le apoyó Sopa—. Nosotros somos inmortales.
Cuando nos llamaron, cogí a mi primo aparte.
—Arriba hará mucho calor; sudarás. No tomes vino, ¿entendido?
Únicamente agua. Come siempre que puedas o perderás energías. Y no te avergüence hacerte las necesidades encima. A la salida del sol todos llevaremos los muslos enlodados. —Oíamos que el portaestandarte ordenaba que nos reuniéramos; todos debíamos formar en línea—. Todo te saldrá bien, Simón. Y también a nosotros. Tomaremos el vino más tarde, para celebrar la victoria.
Se oyó la señal. Avanzamos en columna. Incluso a aquella hora, las piedras de la ladera de poniente transmitían un calor espantoso, fruto del sol que había caído a plomo sobre ellas toda la tarde. Había allí tres senderos, cada uno con la anchura suficiente para el paso en fila; las curvas eran tan pronunciadas que uno, serpenteando por su superficie, alcanzaba con la punta de su espada los escudos de la columna que avanzaba por delante.
Oíamos los gritos de batalla a doscientos pies por encima de nosotros; llegó la orden de doblar el paso, como si aquello fuera posible. Seguimos ascendiendo, agarrándonos a las cuerdas, sujetando al tiempo el equipo, las herramientas, las espadas cortas y los puñales, con una lanza de nueve pies en la mano derecha, el faldón de piel de vaca bajo el escudo para desviar los
proyectiles, los odres y el petate, con pan y vino. El sudor nos inundaba; uno se freía dentro de la armadura.
Cuando nuestra unidad alcanzó la cima, la tropa de asalto y las unidades de vanguardia habían expulsado al enemigo de la fortaleza de Labdalón. Salimos al llano, donde nos volvimos a juntar.
—¡Las cabezas descubiertas! —gritó nuestro capitán. Nos deshicimos de nuestros tocados de cornejo que nos protegían de un golpe accidental con las afiladas espadas.
El espacio de la cima medía unos veinticinco estadios de levante a poniente y apenas dieciséis de anchura. Teníamos que cruzarlo por su parte ancha y con la mayor rapidez.
—¡Cerrad filas!
—¡A vuestras posiciones!
De los dieciséis infantes del Pandora, habíamos perdido a nueve a causa de las enfermedades o el combate en dos años; se habían añadido diez más procedentes de unidades disueltas, y de éstos faltaban también siete.
Los once restantes estábamos agrupados en una sección etrusca cuyo capitán, pese a haber cumplido ya los cincuenta, conservaba todo el brío, tenía el pulso firme como la cuerda de un ancla y unos perniles como los de un buey. Se decía de él que era capaz de levantar en brazos una mula, aunque es algo que yo nunca constaté con mis propios ojos.
—En un instante empezará a llover fuego, muchachos. Mantened cerradas las filas, que se toquen los culos con los ombligos, si queréis correr algún día más detrás de un coño.
La escuadra se puso en marcha con los escudos en alto. La fortaleza de Labdalón nos había intranquilizado enormemente y sin embargo cayó sin apenas lucha. El terreno era abrupto, en gran pendiente, interrumpido de vez en cuando por algún curso seco y desfiladeros. En cierta manera, aquello era peor que estar en campo abierto bajo el fuego enemigo. Las ramas se pegaban al escudo; la maleza dificultaba el paso; resultaba imposible seguir en fila. Primero en pequeños grupos y más tarde en secciones completas, nos íbamos desperdigando; se abrían huecos, que se llenaban desde los flancos o detrás. Veíamos el fuego ante nosotros y oíamos los gritos.
Un silbido rasgó la oscuridad. Aparecieron tres guerreros atenienses, que se identificaron con el santo y seña, «Atenea protectora», y fueron conducidos hasta el puesto de mando de Demóstenes, situado en algún
punto impreciso a nuestra derecha. Nuestro jefe etrusco se lanzó en su búsqueda. Los hombres bebieron agua y atacaron los víveres. Volvió el etrusco. La primera fuerza defensiva se encontraba dos estadios más adelante: una barrera de piedra con empalizada. En el suelo se veían estructuras y troncos para la construcción de la muralla; el enemigo le había pegado fuego, de ahí procedían las llamas que habíamos visto antes. El enemigo seguía por allí. A la espera. La tropa de asalto estaba compuesta por gente dura, de rostros ennegrecidos, con la cabeza cubierta por pilos, y no llevaban más que un palo curvo y una hoz lacedemonia, el xyele.
Estaban cansados y asustados; querían vino. ¿Y quién no?
León y yoorganizamos dos filas de seis y de cinco, con los dos en cabeza. Hacía un calor insoportable; el sudor corría a raudales bajo la armadura; casi podías oírlo gotear sobre la piedra caliza, un sonido que recordaba a un perro meando. Cuando escurrimos los protectores de la cabeza, el líquido salió a chorros, como de una esponja. Uno de los infantes trató de quitarse el yelmo. Nuestro oficial etrusco le pegó un coscorrón.
—¿Quieres que te machaquen los sesos?
León no permitía que sus hombres se abrieran los petos ni descansaran, si no era sobre una rodilla. Podían echar un trago; todos lo necesitábamos.
El miedo ya se había apoderado de nosotros, Incluso lo oíamos mientras pasaban de mano en mano los pellejos y cada soldado tragaba el valor en forma de líquido, que nunca parece suficiente, y pronunciaban plegarias y conjuros, tocaban los amuletos que colgaban de sus escudos y entonaban frases mágicas.
—Pase lo que pase, no nos separemos. Escudo contra escudo hasta llegar a la cima. -León reunió a los once—. A quien corra, más le vale que yo muera. —Se refería a que iba a matarlo en cuanto regresara.
Llegó la consigna: avance.
Oía la fatigosa respiración de mi hermano a mi lado.
—Pequeño León.
—Al infierno con él.
La tropa avanzaba en silencio. La pendiente se veía ancha, salpicada por rodales de pinos enanos e hinojo. La formación alcanzó el ritmo que le permitía mantenerse unida. Bajo nuestros pies crujía el carbón. ¿Dónde estaba el enemigo? Habíamos cubierto ya medio estadio. Más o menos. De repente, cayó en la oscuridad una vasija de pez en llamas, se hizo añicos y arrojó una cascada de fuego.
—¡Ahí están! —gritó una voz enemiga.
Con un grito, la fila avanzó, elevando los escudos como protección. La tierra se había encendido con lo que arrojaba el enemigo. Se nos chamuscaban los pelos de las piernas; el terror nos movía a inclinarnos hacia la derecha, a refugiarnos en el escudo del que teníamos al lado.
—¡Alinearse! —gritó León—. ¡Adelante!
Todo el mundo se agachó formando un trapecio, colocando las piezas del yelmo que protegían la nariz y las mejillas contra la mancha de sudor de la parte superior del escudo, dejando sólo al descubierto las rendijas para no perder la visión, es decir, la borrosa imagen a la que dan este nombre los soldados, bronce contra bronce, preparados para resistir la arremetida que a la fuerza tenía que llegar, y pronto. Oíamos el sonido de los primeros proyectiles sobre los aspides a lo largo y a lo ancho. Todos colocamos el hombro izquierdo en la concavidad del extremo superior del escudo. De forma simultánea, con el puño derecho, que blandía la espada, agarrábamos la cuerda de cáñamo a la derecha de la cavidad interna y, sirviéndonos del mango de la espada como apoyo, la asegurábamos con dos anillas de hierro al extremo del escudo, bloqueándolo contra cualquier sacudida futura.
Hasta el último nervio entre la punta de los pies y la coronilla se iba tensando con aquella prolongada y ondulante marcha.
Llegó una tormenta de piedras y proyectiles.
—¡Venga, muchachos! ¡Son sólo guijarros! ¡Ánimo, no dobléis las rodillas!
Como un montañero en la cresta planta los pies en el suelo y aguanta, con los hombros firmes, la granizada, así las filas de atacantes avanzaron contra la tempestad de piedras y plomo.
—¿Quién será el más valiente?
—¿Quién expulsará al enemigo primero?
Delante de la tormenta de fuego, los arqueros.
—¡Palillos, contra ellos!
Las puntas de hierro retumbaban contra el revestimiento de cobre de los escudos, rebotando hacia las lanzas levantadas. Los aspides de las primeras líneas quedaron cubiertos como puerco espines por las saetas del enemigo, que atravesaban el bronce para alojarse en el armazón interior de roble, consistente como una tabla de cocina e impenetrable como ésta. Oías cómo rebotaban a tus pies y cómo zumbaban más allá de tu cabeza las que no habían dado en el blanco.
—¡Adelante! —ordenó León a gritos. Para entonces éstos se habían generalizado a medida que los hombres elevaban sus súplicas al cielo entre la mortífera lluvia.
Apareció la luna.
Con su luz pudimos ver el bastión.
—Jabalinas! —El soldado que tenía al lado soltó un grito y se desplomó. Llegó la cerrada descarga mortífera. No soplaba ni una brizna de viento, por lo que las jabalinas llegaban directas, sin desviación alguna.
León cayó al suelo en medio del atronador ataque.
—¡Estoy bien! —Hizo un esfuerzo para ponerse de pie a mi lado.
Se produjo una segunda descarga. Esta vez caí yo al suelo—. ¡Arriba, hijo de perra!
La línea lo es todo.
No debe cundir el terror; uno no tiene que huir. La línea lo es todo. No debe cundir la furia; uno no debe lanzarse hacia delante.
La línea lo es todo. Si se mantiene, seguimos vivos; si se rompe, morimos.
—¡Maldición! ¡Maldición! —voceaba León. El enemigo se vino abajo antes de que le alcanzáramos. Se dividió una línea. Los hombres dieron vivas de alegría.
—¡Silencio! ¡Apagad el fuego!
El etrusco nos reunió para el contraataque. La fatiga nos hacía caer al suelo como si nos diera con un mazo. Se oía cómo claqueteaban los yelmos contra la piedra caliza y también el sonido apagado de la caída de escudos y equipo.
—¡De pie! ¡Contraofensiva! ¡Que nadie rompa filas!
Habíamos tomado la primera barrera. La segunda nos llevó dos horas más, durante las cuales casi nos partimos la espalda con el calor y el agotamiento. De los seis que habían caído en nuestra sección, sólo dos estaban heridos. Los demás sufrían tirones en la ingle y la corva, se habían roto algún hueso, habían padecido contratiempos a causa del agotamiento y la sed o alguna caída por un barranco en la oscuridad. Todos sufríamos calambres. Habíamos abandonado hacía mucho todo el material de construcción; más tarde mandaríamos por él a los equipos de recuperación.
Circulaban los rumores. Nuestras compañías en el asalto del fuerte del Círculo habían sido derrotadas; Gilipos disponía de otros cinco mil hombres venidos de la ciudad; se mantenía en el contrafuerte, la posición definitiva
que debíamos ocupar. Fuera o no cierta, la noticia animó a la tropa. Había que inmovilizar a aquellos imberbes y Siracusa sería nuestra. Pegamos unos buenos tragos de agua y de vino y nos dispusimos a seguir.
El segundo bastión no era todavía la colina Calcárea, la serie de baluartes que había construido el enemigo durante el otoño cuando nos fue echando de los altos; al contrario, se trataba de un bastión nuevo, mucho más alto, levantado en la cima de una pronunciada pendiente. Contaba allí el enemigo con mil hombres; tendríamos que tomarlo por asalto. Habían quemado un terreno equivalente a un estadio, colocando en toda su extensión pacas o haces empapados de brea. Se habían amontonado en sus extremos unas montañas de espinos que permitían dirigir a los agresores hacia la zona de los honderos. Nuestras fuerzas incendiarias prendieron fuego a toda la extensión. Brillaba una luna amarillenta entre la bruma.
Nos dieron órdenes de resistir hasta que se hubieran quemado los obstáculos. Pero no había forma de contener a la tropa, presa de la fiebre por la contienda, de terror al comprobar los refuerzos de Gilipos o aprensión ante la fatiga que se había apoderado de todos. Todos se amontonaron sin orden ni concierto en aquel infierno, sirviéndose de los escudos para protegerse de los encendidos proyectiles, mientras que el enemigo concentraba su ataque algo más allá, donde avanzaban los atenienses, los argivos y los aliados.
Nuestra compañía estaba en segunda posición. Los primeros cien se abalanzaron contra la muralla. La pared era de piedra con un sinfín de puntiagudos palos despuntado en la superficie. Desde lo alto, el enemigo arrojaba rocas. Avanzamos como las tortugas, con los escudos sobre la espalda, abriéndonos camino entre las piedras con las manos. Aparecieron veloces las tropas ligeras. Oíamos sus saetas y el silbido de los proyectiles.
Una roca cayó sobre mi columna vertebral y me lanzó contra la puntiaguda muralla. Las piedras eran tantas que me resultaba difícil apartarlas.
—¡A trepar! —gritaban todos.
Un cuerpo me cayó encima. Algún hijo de perra al que habían acribillado nuestros arqueros. Intenté incorporarme; ¡y el granuja aquel resucitó! Noté que unos dedos se clavaban en las cuencas de mis ojos y un filo se acercaba a mi cuello. Hice bajar el ala del yelmo, apretando su borde contra la coraza y el terror me dio fuerza para levantarme. El hombre se desplomó, atacado desde arriba por los suyos.
—¡Trepa! —gritaba León a mi lado. Vi su fornido cuerpo que ascendía por la pared. Sentí una terrible vergüenza. Escalé a su lado. Los defensores seguían lanzándonos brea encendida. Pero nuestro ascenso continuaba.
Retrocedieron ante su propio fuego. Nuestras descargas de jabalina les llegaban a través de la muralla. En cuanto alcancé la cima, me encontré con un hombre que blandía una cuchilla; descendí un poco y le embestí. Nos hundimos enlazados. No llevaba yelmo; le aticé en el cráneo con mi espada.
Oí vítores. Avanzaba la segunda compañía arrojando sudor y saliva contra el enemigo en fuga. Caí en cuclillas sobre la humeante piedra.
—¡León!
—¡Estoy aquí, hermano!
Nos levantamos los yelmos para constatar que los dos habíamos sobrevivido y acto seguido nos desplomamos de alivio y cansancio.
Se veía ya toda la luna. Los hombres se concentraban, camino del segundo fuerte.
—¡Arriba, arriba!
No había que ceder a la fatiga, sobre todo cuando el contrafuerte se mantenía y Gilipos tenía tiempo para reforzarlo con más tropas. Los hombres llevaban horas trepando y luchando. La noche no había refrescado lo más mínimo. La tropa llevaba la lengua colgando como su fuera una manada de perros.
Detectamos a los argivos por su acento. Apareció en la oscuridad un capitán de la élite de los Mil. Estaba cerrando las filas.
—¡Hay que conquistar otra roca!
Habían llamado a los oficiales. León vomitaba, tenía retortijones. Me dirigí hacia allí. Me encontré con Demóstenes. Su unidad se nos había adelantado en dirección hacia el fuerte de Labadlón; o él o nosotros habíamos perdido la posición. Sus oficiales ordenaron que los hombres comieran. ¿Quién era capaz de tragar el pan sin vino ni agua?
—La tropa está exhausta —informó un capitán—. La tercera oleada sigue ascendiendo desde Euríalo, a nuestra espalda; ¿tal vez deberíamos detenernos y permitirles el avance?
Demóstenes le miró como si creyera que se había vuelto loco.
—La luna está ya en lo alto. Asaltaremos ahora mismo ese estercolero.
Uno de los oficiales dijo que no sabía si sus hombres aguantarían.
—No son los hombres quienes deben decir lo que hay que hacer —
gritó Demóstenes—. Nosotros se lo decimos a ellos.
El oficial veía que sus oficiales no se habían recuperado. Todos habían bebido en exceso y, aunque el miedo y el agotamiento les había hecho sudar, el ardor de la uva había hecho mella en su sangre, como le ocurriría a quien aguanta una borrachera dos días seguidos, llevándoles a tal estado de postración que ningún acto de voluntad hubiera podido vencer.
—¡Agrupaos, primos! —Demóstenes reunió a los oficiales como hubiera hecho un padre con sus hijos—. Sé que los hombres están exhaustos. ¿Creéis que yo mismo no lo estoy? Pero hay que tomar el fuerte Calcáreo. No puede aceptarse ningún otro resultado.
»Si fracasamos esta noche, Gilipos nos echará mañana de los altos.
Nos encontraremos de nuevo donde empezamos; peor aún, pues el enemigo se afianzará. En cambio, si asaltamos el fuerte Calcáreo esta noche, todo estará a nuestro favor. Caerá el contrafuerte, sitiaremos la ciudad. ¡Arriba ese ánimo! No podemos conceder tiempo al enemigo. ¡Acabemos con él ya y quitémonos de encima la pesadilla!
Sin embargo, Gilipos no esperó la arremetida. Situándose de espaldas al contrafuerte, dirigió sus tropas hacia los atenienses que se estaban concentrando. Oímos su paean y corrimos hacia nuestros puestos. León ya había movilizado a nuestros soldados. Me lancé hacia delante entre ellos.
Ante nosotros, un número inconmensurable de enemigos. Cerramos filas; un ejército se lanzó contra el otro. El desconcierto que siguió sólo podía recibir el nombre de combate por sus dimensiones. Tan juntos se hallaban los cuerpos que nadie era capaz de blandir una espada. Las lanzas se mostraron inútiles. Todo el mundo las iba abandonando y optaba por utilizar el escudo como arma, batallando por apartar el pie del contrario o atacarle al estilo espartano, con un golpe y adelante. Cualquier parte del cuerpo protegida por la armadura se convertía en un arma. Luchábamos con las rodillas, clavando el metal protector de éstas en los testículos del contrario, atizándole con el codo en la garganta y la sien y rematándole, ya en el suelo, con el tacón. En medio del desconcierto, cualquiera agarraba el extremo del escudo del enemigo y lo empujaba hacia abajo con todas sus fuerzas. Arañábamos los ojos del que se nos plantaba delante, le escupíamos cuando éramos capaces de reunir saliva suficiente y terminábamos mordiéndole. Nos dábamos cuenta de que el enemigo cedía.
Nos llegaron refuerzos desde atrás, que empujaron con su peso aquella masa humana que formábamos. Al fondo, detrás, se veía la luna. El enemigo salió a la desbandada.
Debe atribuirse la culpa de lo que sucedió luego a nuestros mandos, y yo me incluyo entre ellos. Éramos incapaces de contener a nuestros hombres; se lanzaban contra el adversario como animales desbocados.
Aquella furia procedía sin duda de los dos años de tribulaciones y frustración que habían vivido bajo Nicias. Estoy convencido de que aquellos hombres también temían encontrarse al límite de su capacidad de aguante; llevaban cinco horas luchando sin comer ni beber; tenían que acabar rápidamente con el enemigo antes de que les fallaran las fuerzas.
Tú mismo presenciaste la aplastante derrota, Jasón. De haberse desarrollado de forma adecuada, la caballería habría seguido al enemigo en fuga, le habría inutilizado con el sable o liquidado directamente con la lanza. Aliados con la tropa a caballo, los más ágiles podían haberse adelantado al enemigo en su huida y haber acabado con él a golpes de lanza. Podían rematar a los heridos allí mismo. Sin embargo, en las alturas, no disponíamos de fuerzas de caballería ni de lanzas; todo lo habíamos abandonado o había sido destruido. Así pues, las tropas se precipitaron en estampida golpeando a diestro y siniestro con la espada. Así no se mata a un hombre. La herida infligida con la punta de la espada no es mortal de necesidad, ni siquiera está claro que inmovilice a nadie, al contrario, provoca tal estado de desesperación en quien la recibe que incluso incita al cobarde a darse la vuelta y pelear. En cambio, si el ataque se realiza de modo efectivo, penetrando a fondo en el cuerpo, la persona presentará la espalda y se podrá acabar con ella con facilidad. El segundo axioma que hay que meter en la mollera del novato cuando el campo de batalla está en desbandada es el de no enfrentarse jamás con el enemigo uno solo, sino de a dos y desde lados opuestos.
Ambos principios fueron arrojados por la borda en la situación extrema a la que les había llevado la fatiga. En la parte frontal, veíamos a nuestra infantería acuchillando las corvas y los cuellos del, adversario, y más tarde, al caer los últimos, se' abalanzaban sobre el grupo que les seguía, dejando a los hombres heridos y despojados, aunque también con cierta capacidad de respuesta, o bien, si se trataba de alguno más astuto, fingía haber quedado inmovilizado para situarse luego entre nuestras tropas cuando llegaba hasta él la siguiente fila. La línea se deshizo a lo ancho del campo. Se iba ensanchando la zona que controlábamos. La colina Calcárea, hacia la que huía el enemigo, quedaba a unos cuatro estadios, siguiendo una superficie muy irregular. Nuestros hombres, extenuados, invirtieron la
marcha, mientras el enemigo utilizaba en su huida los páramos y las pendientes.
No obstante, el avance ateniense tropezó con escasa oposición; resonaron los gritos de victoria al tiempo que nuestras tropas, en completo desorden, pasaban hacia los baluartes que rodeaban la calcárea elevación que dominaba el contrafuerte. Avanzábamos con la luna por encima de nuestros hombros; ante nosotros, el enemigo se precipitaba en masa hacia las pocas salidas y veíamos el resplandor de sus escudos y yelmos en la noche. Eran hábiles. Gilipos era hábil. No había optado por mantener a sus hombres detrás de las almenas, contra las que habrían presionado nuestras desorganizadas tropas, que se hubieran reorganizado al confluir. Al contrario, el espartano decidió enfrentarse a nosotros en campo abierto, lanzando en masa sus tropas frescas contra las nuestras, exhaustas e indisciplinadas.
El mundo conoce el espectacular triunfo de aquella táctica. León y yo habíamos alcanzado a Sopa y a Astilla, así como a otros que habían quedado sueltos de otras unidades y se habían unido espontáneamente a nosotros. Nuestro bando seguía su avance; los Mil argivos situados a nuestra izquierda acribillaban a la división siracusana en formación contra ellos. Veíamos el fuerte Calcáreo a medio estadio de nosotros.
—¡Ha caído! —oí gritar a un oficial argivo.
En aquel preciso instante, el hombre que tenía a mi derecha se desplomó sobre mí. Me agaché para sujetarlo, puesto que un hombre con armadura en el suelo equivale a un muerto. Me volví hacia la derecha y me encontré con que el enemigo se daba la vuelta y nos embestía desde el flanco.
Más tarde supimos que aquella era la división Cadmea, los voluntarios beocios y el regimiento de Tespias de las Termópilas, dos mil en total, a los que Hegesandro había situado ante el baluarte llamado Ravelino. Los demás estaban derrotados pero éstos resistían. Al igual que la gran roca sobre la que baten las olas, ellos aguantaron y nos devolvieron el embate.
Yo estaba en el suelo; me había caído a raíz del ataque. Me veía incapaz de levantarme llevando encima un talento de carga. Uno de los nuestros hurgaba bajo mi cuerpo, intentando que fueran mis carnes y no las suyas las que alcanzara la lanza enemiga. Pasaron los beocios hundiendo las puntas. Oí como una de ellas daba en el blanco; el sonido del cráneo reventado, los fluidos de la cavidad saliendo a borbotones. Una rozó mi
cadera y a punto estuvo de alcanzarme un ojo. El enemigo siguió su camino. Pude darme la vuelta y liberarme. León me apartó arrastrando mi cuerpo.
En la huida de la derrota uno no se pregunta si tiene la cabeza en su sitio, se limita a abandonar toda la carga que puede, decidido a correr al máximo para conservar la vida. Allí, en el alto, se cambió esta costumbre.
Reinaba la oscuridad. No existían caminos. La luna proyectaba unas sombras que todo lo sumergían en el caos. Habíamos perdido la noción de nuestra posición; nos habían superado. Avanzar era un suicidio, pero por otro lado al huir caías encima de las mismas tropas que acababan de derrotarte.
Pero entonces nos desconcertó un nuevo peligro: el enemigo al que nuestras tropas habían tomado la delantera en el avance. Aquellos hombres estaban otra vez de pie disponiéndose a la ofensiva como carniceros.
Recorrían el campo, cortando el cuello a todo ateniense que encontraban.
Yo estaba con León, Sopa, Astilla y un puñado de compañeros. Por alguna razón nos habíamos ido desplazando hacia el extremo derecho del campo.
Ante nosotros, unos riscos con fuerte pendiente, más o menos un estadio de profundidad. Sopa observó con León el panorama.
—¿Lo probamos?
—Tú primero.
Recorrimos el borde en busca de un lugar para descender. León y yo nos situamos en una elevación para otear. Vimos una batalla a lo lejos.
Nos quitamos los yelmos y oímos el paean —dorio o nuestro, imposible precisarlo— y el himno que todos los soldados conocen, el tañido y el fragor del othismos cuando las formaciones se comprimen y chocan.
—Yo lo dejaría —comentó Astilla.
León le preguntó dónde estaba su afán de gloria.
—Lo perdí hace unas horas, junto con todo lo que guardaba en los intestinos.
Nos deslizamos por la pendiente, camino de la batalla. Al fondo veíamos unas siluetas fantasmagóricas. Oímos acentos áticos.
—¿Atenienses?
—Adelante —gritó un oficial—. Vamos a formar más allá de la elevación.
Nos acercamos a las tropas, pero les perdimos en un desfiladero. Los bajos estaban inundados de niebla, la luz era extraña. Cuando tenías la luna
de cara quedabas deslumbrado; si te quedaba a la espalda, avanzabas en la negrura. Aparecieron de un páramo unos cientos de soldados de infantería; los oficiales les alineaban. Nos metimos entre ellos, en busca de alguien a quien informar. Un guerrero nos hizo señas para que nos situáramos atrás.
Un hombre se dirigía a un compañero. Hablaba en dialecto siracusano.
No eran los nuestros.
Nos encontrábamos entre el enemigo.
Un siracusano alto y esbelto me tiró del hombro. Iba a preguntarme algo. La espada de León le cortó el cuello. Cayó como un saco, chorreando sangre.
Salimos disparados. Pedí a León que asumiera el mando. Yo estaba desquiciado; no coordinaba las ideas.
—¿Cómo habían llegado hasta allí esos mal nacidos?
Nos metimos en un barranco, aterrorizados, agarrándonos uno a otro como críos.
—¿Estamos rodeados? ¿Cómo han conseguido situarse a este lado?
Intentábamos orientarnos por la luna, pero en el barranco no acertábamos a ver de dónde procedía la luz. ¡Ruido! Hombres que avanzaban en formación compacta desde donde habíamos huido.
—¡Son ellos!
Aparecieron tres soldados de asalto. Nos lanzamos contra ellos.
—¡Atenienses! —gritaron, presas del terror.
Les pedimos la contraseña.
La habían olvidado. Igual que nosotros.
—¡Por Zeus! ¿Sois atenienses?
—Sí, sí.
Ahí estaban nuestros compatriotas. Poco después apareció el grueso principal en lo alto, una sección; localizamos a su oficial. León le informó de que habíamos topado con el enemigo en dirección norte.
—Es la parte occidental.
—Imposible. Mirad la luna.
—Es la occidental, seguro.
—¿Dónde está, pues, la batalla?
—Se acabó. Nos han derrotado.
—¡Ni hablar!
Salimos de prisa en busca del combate. Ante nosotros vimos más hombres. Formamos rápidamente ante el temor de encontrar al enemigo.
—Atenea Protectora —gritaron con el escudo en la cabeza. ¡La contraseña! Respondimos a ella. Corrieron hacia nosotros.
—Por todos los dioses —comentó ya más tranquilo el más joven—,
¿qué demonios ocurre?
Una lanza se hundió en sus entrañas. Cayeron también otros. El terror se apoderó de nosotros.
No sabíamos si se trataba del enemigo, que había descubierto la contraseña, o si eran de los nuestros que nos habían confundido con el enemigo. Nos empujaba un objetivo: alcanzar nuestras propias líneas. Nos daba igual caer eviscerados un instante después: debíamos reunirnos con nuestros compatriotas. La imperiosa necesidad nos impedía reflexionar.
Veíamos siluetas imprecisas en la oscuridad, que huían y avanzaban en todas direcciones. Todo el mundo guardaba silencio, aterrorizados. Un nuevo temor me paralizó. Pensaba que podía encontrarme con mi primo y, al tomarnos por enemigos, matarnos.
Al paso de los hombres grité:
—¡Simón!
—¡Silencio! —respondió León.
No podía callarme.
—¿Eres tú, Simón?
—¿Has perdido el juicio?
Abandonamos por fin la llanura. Un pequeño páramo de unos ocho estadios nos llevó hasta el fuerte de Labdalón, el primero que habían tomado las tropas de asalto aquella noche, aunque parecía haber transcurrido una eternidad desde entonces. Allí se había reunido una gran multitud: retiraban los cadáveres y los heridos; los mamposteros y carpinteros ascendían por las pronunciadas curvas de Euríalo; se veían también centenares de supervivientes como nosotros, en desorden, aterrorizados. Las tropas estaban en retirada. Los hombres se peleaban para llegar al risco.
—¿Qué ha ocurrido?
—¡Se ha perdido! ¡Se ha perdido todo!
—¡Esperad! -León avanzó entre la corriente—. ¡A formar, hermanos!
Hay que armarse de valor.
El ver a nuestros compatriotas huyendo me avergonzó tanto que se reavivó en mí el coraje, o cuando menos algo parecido a eso. Me coloqué junto a León.
—¿Has recuperado la cabeza, Pommo?
—Sí.
—Me asustaste muchísimo.
Los hombres desfilaban ante nosotros. Tomamos a unos cuantos, avergonzados como nosotros, y organizamos una formación.
Reconocí a uno de ellos, a Conejo, que había luchado con Telamón. Le agarré del brazo y vi que lloraba.
—He matado a un hombre —exclamó.
—¿Cómo?
—Nuestro. A uno de los nuestros.
Estaba trastornado; me suplicó que le cortara el cuello.
—Que Dios me ampare, no pude verlo… Pensé que era un enemigo.
—Déjalo, es por la oscuridad. Debes sobreponerte. Desenfundó la espada y colocó la punta bajo su mandíbula.
—¡A formar! —le grité—. ¡Conejo! ¡A tu puesto!
Agarró la empuñadura con ambas manos y hundió la hoja hasta el cerebro.
—¡ Conejo!
Se desplomó como una marioneta a la que se corta el hilo. Todos quedaron boquiabiertos al contemplarlo. Oíamos el paean del enemigo.
—¡Firmes! —gritó León a nuestros compañeros—. Que nadie abandone el puesto.
—¿Por qué? —preguntó uno de ellos. Salieron corriendo. Nosotros tras ellos.
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