Vientos de guerra
XV Vn Discvrso de Nicias
XV
VN DISCVRSO DE NICIAS
El debate que siguió a la partida de Alcibíades en casa de mi abuelo fue un fiel reflejo, en ardor y vivacidad, de lo que destilaba hasta el último poro la concurrencia ante las palabras de aquel hombre.
Más allá del mérito de la presentación de nuestro anfitrión, se estuviera o no de acuerdo con él, lo que realmente impresionaba a quien le escuchara era la fuerza de su personalidad. La mayor parte de ancianos del clan sólo había tenido ocasión de ver a Alcibíades en la Asamblea. Era la primera vez que disponían de la oportunidad de observarlo de cerca, en su propio consejo, donde podían mirarle a la cara, ver la inteligencia en sus ojos, la expresividad en sus manos, la determinación en su voz. Era la fuerza personificada. Su fe en la empresa que defendía era tan auténtica, la transmitía con tal convicción, que incluso los que se mostraban reacios ante su sabiduría o sus acérrimos detractores debían echar mano de una cierta frialdad para resistirse a su persuasión. La belleza de aquel hombre conquistaba con facilidad a los ya predispuestos, pero desarmaba también a quienes detestaban su carácter y comportamiento.
Hasta el ceceo actuaba en su favor. Era un defecto; le hacía humano.
Anulaba su arrogancia y conseguía que el público, a pesar de todos los recelos, viera a Alcibíades como a un igual. Pese a que acabo de presentar su discurso como si él lo hubiera pronunciado sin interrupciones, en realidad su efecto se intensificaba gracias a una serie de simpáticas rarezas.
Cuando la memoria le fallaba y no encontraba la palabra o frase que buscaba, acostumbraba a hacer una pausa, que podía durar unos momentos, ladeando la cabeza, hasta que se le ocurría el giro o expresión buscados.
Aquella actitud resultaba atractiva por la falta de artificio, por su ingenuidad y autenticidad. Con ella vencía.
Se produjeron espectaculares reacciones entre nuestro clan. Mi tío Hemón, acérrimo entusiasta de «lo bueno y verdadero», menospreció la
caracterización que hizo nuestro invitado de la expedición como honorable y de sí mismo como patriota.
—Hace la rosca al vulgo, pura y llanamente, y la llamada proeza siciliana pretende hacer pasar por justicia la audacia de la acción y lo desmedido de la ambición, presentándola como una cuestión de honor. Pero no se trata de honor sino de thrasytes, atrevimiento, sin más.
Hablaron otros y hubo división de opiniones. Mi abuelo fruncía el ceño sin manifestarse. Acuciado por fin por su hijo, Ión, hermano de mi padre, rechazó a Alcibíades diciendo:
—Lleva faldón demasiado largo.
El comentario fue recibido por un fuerte griterío por parte de los más jóvenes.
—Echa otra cabezadita, abuelo —saltó mi primo Calicles. El patriarca respondió:
—Nuestras generaciones anteriores llevaban el dobladillo más; arriba, como muestra de veneración hacia sus orígenes, la época en la que araban la tierra, cuando sus vestiduras no tenían que arrastrarse sobre el fango y el estiércol. Pero la nueva generación, nacida en la ciudad, no conoce nada de la tierra, por ello permite que sus faldones rocen el suelo sin recato— ni decoro. Mis temores no se centran en los bosques ni viñedos, Calicles, antes bien en las virtudes que nos enseña el cultivo de la tierra: la modestia, la paciencia, la veneración a los dioses, de todo lo cual Alcibíades conoce muy poco y le importa menos. Es un producto de la ciudad y él mismo pone de manifiesto todos sus defectos: la vanidad, la arrogancia, la impaciencia y la inmodestia ante los cielos.
Calicles le respondió con gran brío:
—Yo puedo citarte otras muchas virtudes del campo, anciano.
Estrechez de miras, misantropía, tacañería y pobreza de horizontes. ¡Al cuerno con todo ello! La ciudad tiene como virtudes la audacia, la imaginación, la perspectiva y la totalidad.
—El hombre del campo —siguió mi abuelo— está interesado en la paz, el de la ciudad está al servicio de la guerra.
—Un servicio que no ha hecho ningún daño a tu bolsillo, abuelo. Ni a nadie que viva bajo este techo.
Aquello provocó un gran revuelo.
—Caballeros, caballeros. —Mi tío Ión restableció el orden. De todos los reunidos era el que mejor encarnaba la sagacidad a la que la gente del
campo denomina «sabiduría de la tierra»: el sentido común de la madurez.
¿Qué opinaba él, quisieron saber sus parientes, no sólo de la propuesta de nuestro invitado sino del hombre en sí?
—Le temo. Pero más miedo aún me da rechazarlo. Mientras le observaba esta noche, a la fuerza tenía que imaginármelo, como él mismo sugería, dirigiéndose a concurrencias como ésta en Sicilia, enfrentándose a los nobles de aquellas tierras, solicitándoles su alianza. Sicilia es rica, de acuerdo, pero también es basta. Podríamos comparar a sus príncipes con los nuestros de hace cien años. Probablemente no se sentirán tan impresionados por el poder de Atenas como por su agresividad y audacia, cualidades que ellos temen, admiran y envidian, y que nuestro invitado encarna en grado sumo. El es Atenas, o aquella parte de ella capaz de intimidar y doblegar a esos caballeros de allende los mares.
»Es acertado también el punto expuesto por el capitán Pitíades, sobre el hecho de que Siracusa, cuya conquista, en eso estamos todos de acuerdo, constituye la llave que ha de abrir Sicilia, es una democracia. Hemos visto la atracción que siente la muchedumbre por nuestro joven héroe. Quizás también esto vaya a favor de la expedición. Sin embargo…
—Sin embargo, nada —le interrumpió Calicles, nuestro joven agitador.
Habló de su servicio, durante el invierno anterior, en Recursos Navales.
Entre sus cometidos estaba el de hablar con los intermediarios que representaban a los marineros extranjeros: los isleños de Samos, Quíos, Lesbos y los otros estados marítimos que servían a sueldo en la flota ateniense. Calicles afirmó conocer aquellos hombres.
—No son piratas ni lobos de mar hartos de vino, sino profesionales de gran responsabilidad con espíritu de aventura, que abrigan esperanzas de prosperar. Saben cuánto vale su destreza y se valoran con astucia. De todas formas, estos extranjeros no sirven en nuestra armada tan sólo por dinero, pues éste podrían conseguirlo en otra parte, sino por un imponderable mucho más contundente.
»Están enamorados de Atenas.
»Observadlos —siguió Calicles—, cualquier día de asueto. Desfilan en los festivales, abarrotan los bancos de las danzas y coros. Durante sus horas libres se reúnen en el Liceo y en el Leocorión, en el mercado, en la Academia y en los bosques y parajes en los que se juntan los filósofos con sus alumnos. Todos les habéis visto, primos. Permanecen cerca de allí escuchando embelesados a Protágoras de Abdera, Hipias de Elis, Gorgias
de Leontino, Pródico de Cos y el sinfín de sofistas y retóricos que montan su tenderete al aire libre ofreciendo la mercancía de la sabiduría. Se arraciman alrededor de Sócrates. Y sobre todo se entusiasman con el teatro.
»Antes de una competición se les ve por centenares en el patio, buscando la sombra bajo las estatuas de los generales o saliendo de la arboleda del Amazoneón con sus amantes y la cesta de la comida en la mano, con la manta de lana que usan en el mar sobre el hombro, y los mismos cojines en los que se sientan para remar les sirven a la hora del espectáculo.
»Les he visto en los gimnasios en los que admiten extranjeros. Los marineros hebreos soportan el dolor que producen aquellas abrazaderas de cobre llamadas "sombrero de hongo" que tensan la circuncidada piel de sus miembros, situándola por encima del descubierto prepucio, a fin de que una vez desnudos puedan parecer griegos, atenienses. Tal es el delirio que les inspira nuestra ciudad. Si abriéramos las listas de la ciudadanía, el número de solicitudes tendría una longitud que superaría las tres vueltas al ágora.
»He aquí mi opinión, caballeros. En todos los puertos extranjeros en los que he atracado, han acudido a mí veinte veces al día los marinos extranjeros, navegantes de primera clase en busca de mi influencia para conseguir una litera en nuestras naves. La mayoría se ofrece sin esperar paga alguna. Desean tan sólo aprender bajo las órdenes de un capitán ateniense, para perfeccionar su destreza y conseguir sus aspiraciones.
»Estoy convencido de que estos extranjeros se verán empujados a servir bajo las órdenes de un jefe como Alcibíades. Los mejores, los más ambiciosos serán los que mas desearán navegar con él, puesto que saben que él les llevará a la victoria y también porque se asemejan a él. Sueñan en convertirse en él. Alcibíades lo sabe y sabe también cómo sacar partido de ello.
»Recordemos que todos estos marineros se conocen entre sí.
Frecuentan los mismos antros y casas llanas; conocen a todos los oficiales de todas las escuadras y saben qué marineros navegan con él. No estoy abogando por Alcibíades. Pienso, empero, que la oportunidad de servir bajo su mando arrastrará a los mejores navegantes del mundo. Dejo que cada cual valore por su cuenta las consecuencias que ello ha de tener sobre Sicilia y sobre nuestros enemigos del Peloponeso.
Aquel invierno muchos hacendados presentaron garantías para construir las quillas. Pero como suele ocurrir con los humanos, al llegar la
primavera encontraron excusas para la demora. Alcibíades y su círculo siguieron por su cuenta. Euriptolemo y Trasíbulo pusieron en servicio el Atalanta yel Afrodisia; otros el Vigilante, el Contrabalanza y el Temible.
Alcibíades inició la construcción del Antíope ydel Olimpia; éstos, además de los cuatro que había donado con anterioridad. ¿Podía permitirse tal desembolso? Quizás no, pero aquel inicio atrajo a otros que esperaban un mejor momento. El espectáculo de aquellas naves que se construían en los astilleros de Muniquia y Telegonia, el incesante golpeteo de azuelas y formones que tallaban los baos, el hedor de la brea y la estopa que se embutía en las junturas de los cascos con ensambladura de mortaja y espiga, así como la multitud de technitai y archítectones, carpinteros y constructores navales empleados a este efecto, producían un efecto magnético e irresistible. En poco tiempo se cubrió de cascos en construcción un espacio costero de más de ocho estadios en Cantaros y otro de doble longitud en el camino de Sunion, por no citar los que iban surgiendo simultáneamente en las zonas madereras de Macedonia y el Quersoneso, mientras los muelles se poblaban de establecimientos de carpintería, de manufacturas de velas, almacenes y fundiciones, herrerías, armerías, puestos de sogueros y manufacturas de mástiles y palos. Los banderines y enseñas coloreaban los callejones; bajo los colgajos circulaban los carros día y noche, suministrando material para la construcción.
Había calado la fiebre. En la ciudad no se hablaba más que de Sicilia.
En el mercado, se quitaban unos a otros de las manos las maquetas de barro de la isla; hombres y muchachos esbozaban su perfil en la tierra y ensalzaban sus maravillas en la barbería y en la talabartería. Era como si se hubiera conquistado ya y no hubiera que discutir más que la distribución del botín.
El aristócrata Nicias se dirigió a la Asamblea en una calurosa mañana, en la que el Pnix, convertido en un horno, estaba de bote en bote.
—Atenienses: veo que la aventura os ha robado el corazón. Al dirigirme hoy a esta concurrencia no he podido localizar a mi ayudante. Le han encontrado más tarde por fin entre los mozos, parloteando, fascinado, sobre Sicilia. ¿Qué otra cosa podía esperarse? Nosotros, varones de Atenas, tenemos por costumbre contar como nuestro algo en lo que hemos puesto nuestras esperanzas y, en cuanto hemos tomado una resolución, no permitimos que nadie se oponga a nuestro antojo. A quien se atreviera a hacerlo, le haríamos callar a gritos, como si creyéramos que con sus
palabras nos está arrebatando lo que ya poseemos y no aconsejando por nuestro propio bien sobre aquello que tal vez nunca consigamos, en cuya persecución podemos encontrar incluso nuestra propia ruina.
»Veo también ante mí, en la primera fila, al joven, y a sus aliados, cuya ambición ha inflamado vuestros corazones con esta insensatez. Sonríe el orgulloso criador de caballos, el corruptor de la moral pública, pues sabe que digo la verdad. No soporto ver esa sonrisa, amigos míos, por atractiva que pueda parecer. No permitáis, caballeros, caso de encontraros junto a los secuaces de este catrín, que os intimiden sus bravatas, ni os sintáis avergonzados cuando os llamen cobardes al poner alguna objeción a la expedición en ciernes. En efecto, sus amigos me están interrumpiendo.
Dejémosles. Ahora bien, si estos fanáticos no atienden seriamente a mis palabras, ruego que vosotros, sus mayores, quienes debéis darles ejemplo, lo hagáis.
»Veo asimismo, en aquel protegido recinto en el que goza de popularidad, a Sócrates, el filósofo, cuyos consejos escucha tan sólo nuestro joven héroe. Todos sabemos de qué lado estás, amigo nuestro. Has expresado tu opinión en contra de la aventura siciliana, calificándola de injusta, de declaración de guerra a un pueblo que no abriga intenciones de desencadenarla contra nosotros. Dilo en voz alta, amigo mío, si es que miento. Tu célebre daímon, la voz que te advierte del peligro o de lo descabellado, te ha desaconsejado tal aventura, ¿o no es así? Sin embargo, no veo que nadie preste atención a tus canas ni a las mías.
»Permitidme, pues, varones de Atenas, que os hable, no en oposición a tal empresa, puesto que intuyo que habéis tomado ya partido y nada puede desviaros, sino desde el desván de la experiencia, como suele decirse, precisando que debemos discutir este asunto si deseamos lograr la espectacular proeza y no acabar fracasando por completo.
Nicias expuso los peligros que entrañaba alejarse tanto de la metrópoli y de los puntos de reabastecimiento, de cruzar unos mares tan distantes y traicioneros, precisando que en invierno tal distancia, incluso la nave más veloz, tardaría cuatro meses en cubrirla. En las anteriores campañas allende los mares, habíamos contado con el baluarte de los puertos aliados, como lejanas bases y territorios amigos, para asegurar el abastecimiento. Aquél no era el caso de Sicilia. Nos encontraríamos en los confines de la tierra, sin un mendrugo que llevarnos a la boca aparte del que lleváramos con nosotros. Advirtió asimismo que al acometer a este nuevo enemigo,
dejábamos a otro en el umbral de nuestra puerta, los espartanos y sus aliados, que habían estado a punto de destruirnos y quienes, a pesar de ceñirse a los acuerdos de paz, reemprenderían sus operaciones redoblando los esfuerzos en cuanto nos hubiéramos centrado en el frente occidental, y además, suponiendo que sufriéramos allí un revés, con nuevo coraje, y apoyados por nuevos aliados tan crecidos como ellos, intensificarían la guerra para acabar con nosotros.
Habló de los mercaderes, los artesanos y marineros de fuera, que llenaban los muelles y astilleros, y en la misma proporción, los bancos de la flota. ¿Cómo podíamos confiar en aquellas personas que no compartían nuestra sangre, sabiendo al mismo tiempo que sin ellos no teníamos ninguna esperanza de dominio? ¿Acaso no nos situábamos en la misma posición peligrosa en la que se encontraban nuestros enemigos, los espartanos, que tenían que luchar con un ojo clavado en el enemigo y el otro en sus propios siervos? En la guerra, a menudo no podíamos contar ni siquiera con nuestros propios compatriotas. Mucho menos con quienes sirven a sueldo.
—Al dirigirme hoy a esta asamblea, he observado que se están construyendo gran cantidad de viviendas y establecimientos. Eso es buena señal. Pero no debéis olvidar, atenienses, que se trata de las mismas propiedades que fueron abandonadas, incluso incendiadas por sus dueños, durante la peste. ¿Es que lo habéis olvidado, amigos míos? ¿Recordáis la huida en aquellas horas en las que vuestra supervivencia colgaba de un hilo, en las que no existía riqueza, poder ni súplica a los dioses que valiera para apartar de nosotros el asedio de los cielos? La paz, que yo mismo negocié, nos ha reportado sus beneficios. Hemos podido abrir las puertas de la ciudad, cabalgar de nuevo hacia nuestras propiedades, ponerlas en orden y sembrarlas otra vez. Han nacido ya niños que no conocen el hedor del fuego incendiario del enemigo ni han visto trasladar de noche los cadáveres de sus madres. Habéis llegado a puerto sanos y salvos, compatriotas míos. ¿Y qué fue lo primero que visteis? Apenas han podido encontrar el descanso en sus tumbas los restos de vuestros propios padres y ya estáis deseando que los vuestros vayan a parar a su lado. ¿No sois capaces de disfrutar de una vida tranquila? ¿Tan anciano soy que encuentro el desahogo junto al fuego al acabar el día y que disfruto observando jugar a mis hijos en el patio?
»Sin embargo, no es ésta nuestra naturaleza, varones de Atenas. Nada para vosotros es más insoportable que la paz. Cada momento de asueto es
para vosotros un intervalo desperdiciado, una oportunidad de victoria echada a perder. El labrador ha aprendido que debe dejar los campos en barbecho y que el fruto llega tan sólo en su tiempo. En cambio, habéis rechazado estos límites. Vivís en otro dominio, en un país ficticio al que llamáis el futuro. Soñáis en lo que será y desdeñáis lo que es. No os definís a vosotros mismos como quienes sois sino como quienes podéis ser y os apresuráis allende los mares hacia la orilla que nunca alcanzáis. Lo que hoy poseéis no cuenta para vosotros y valoráis únicamente lo que ganaréis mañana. Y aun así, en cuanto ponéis las manos sobre tal tesoro, renegáis de él en el acto y seguís adelante en busca de lo nuevo. No es de extrañar que tengáis en alta estima a ese joven, a ese triunfador en las carreras, pues él vive aún más que vosotros por encima de sus posibilidades.
¿Qué carencia en vuestro carácter, amigos míos, os empuja a buscar la guerra cuando disfrutáis de la paz? ¿No os bastan vuestros propios problemas? ¿Debemos salir a la mar en busca de otros? Os suplico, amigos míos, que desechéis tales imprudencias. Te ruego, presidente de la Asamblea, que pongamos de nuevo a votación este asunto.
Después de Nicias hablaron unos cuantos, la mayoría expresando su punto de vista a favor de la expedición. Cuando por fin se alzó Alcibíades, llamado por aclamación, se ciñó a los puntos fundamentales.
—He de agradecer a nuestro maestro —dijo, inclinando la cabeza hacia Nicias— su perspicaz y saludable sermón. Qué duda cabe que nuestro carácter, como atenienses, está plagado de imperfecciones. No hemos llegado, ni de lejos, al modelo a que aspiramos. Aunque, si se me permite hablar con franqueza, debemos ser quienes somos.
Una tumultuosa aclamación dio la bienvenida a aquellas palabras. Yo me encontraba en el epotis, la «oreja» del Pnix. Veía cómo Nicias, rodeado de ciudadanos, sonreía con aire misterioso y movía la cabeza.
—En realidad —siguió Alcibíades—, no podemos ser más que eso, ni como individuos ni como estado.
Un nuevo clamor le interrumpió. Prosiguió luego rebatiendo las opiniones de Nicias con gran lucidez, punto por punto, cada contragolpe en ascenso hasta llegar a la siguiente conclusión:
—En cuanto a nuestro carácter inquieto, atenienses, en mi opinión no indica imperfección en el modo de ser, antes bien la prueba de empuje e iniciativa. Nuestros padres no hicieron retroceder a los persas sentados junto al fuego ni consiguieron su imperio contemplando cómo sus hijos
jugaban en el patio. Nicias afirma que el fruto llega a su tiempo. Y yo digo que el tiempo ya ha llegado. A la afirmación de nuestro amigo de que la seguridad se obtiene desde una posición de cautela y defensa, le diré que es algo que puede regir para otras ciudades pero no para nosotros. Resulta fatídico cambiar la forma de actuación de un pueblo activo. Nuestro temperamento nos lleva a la aventura lejos de casa, a la audacia. Ahí reside nuestra seguridad y no en la defensa.
»Nicias ha hablado de los remeros forasteros: nos reprocha que nuestra escuadra no pueda hacerse a la mar sin ellos, y se refiere a ello como si fuera un lastre. Demuestra, según él, que nuestros recursos son insuficientes. Para mí, representa todo lo contrario. En efecto, nada podría mostrar mejor en su justa medida la profundidad de nuestra vitalidad y el magnetismo de nuestro mithos. ¿Por qué acuden a nosotros estos forasteros y no a otra nación de la Hélade ? Porque saben que aquí y sólo aquí podrán ser libres.
»En cuanto al agravio que lleva implícita su afirmación de que estos recién llegados son inferiores a nosotros, he de decirle que no los conoce y que no les hace justicia a ellos ni a nosotros. Reflexionemos sobre los peligros a los que se han expuesto estos hombres, amigos míos, a los que Nicias minusvalora y degrada. Han dejado atrás hogar y familia, su tierra y su cielo natal; han renunciado a sus propios dioses para aventurarse al otro lado del mar, para llegar a esta tierra extranjera en la que no podrán disfrutar ni de la protección que ofrece la ley ni participar en el proceso politico, donde serán relegados y excluidos, donde no poseerán nombre, ni voz, ni voto. No obstante, siguen viniendo y ninguna fuerza bajo la capa celestial les detendrá. ¿Por qué? Porque saben que la vida en los confines de la tierra, en Atenas, es mejor que la vida en el centro del universo, en su patria. Nicias se equivoca, amigos míos. Tal vez estos forasteros no sean el ladrillo y la piedra de nuestra nación, pero sí son su argamasa. Y seguirán siéndolo.
Unos ensordecedores aplausos secundaron aquellas palabras. No se les pasó por alto a los aliados y los enemigos del orador que el repique de sus palabras iba a repetirse como un eco durante toda la noche entre los marineros y artesanos forasteros, quienes iban a aclamarle a partir de entonces con más fuerza como patrono y héroe.
Alcibíades siguió de pie, llamando al orden. Cuando finalmente se calmó el tumulto, se volvió, sin rencor ni engreimiento, dirigiéndose a su
adversario.
—Se te ha encomendado el cargo de primer comandante, Nicias, justamente el que exige tu historial de servicios y el que yo acepto sin reservas. Aprecio tu sabiduría y no en menor grado tu demostrada buena estrella. No es mi deseo sustituirte, señor mío, antes bien quisiera que te alistaras entusiasmado en la causa de nuestro país. Que nos ayudaras. No nos digas por qué vamos a fracasar sino cómo podemos triunfar.
»Te emplazo ahora, no como adversario sino como compatriota, a dar otro paso al frente. Las reservas que has expresado tienen su sentido.
Decidnos, pues, ahora, lo que precisamos para vencer. Presentadnos cifras concretas. Queremos oír la dura verdad. Y os haré una promesa: si Atenas no puede garantizarnos lo que creéis que necesita la expedición para el éxito, yo mismo me situaré a tu lado en la oposición a ella.
»Pero, caso de que nos garantice lo que consideres imprescindible, te pido que, con el mismo espíritu, accedas a la disposición de vuestros compatriotas. No eludas el mando con el que se te ha honrado, al contrario, acéptalo con vigor. Te necesitamos, Nicias. Dinos qué debemos poseer para que confíes en la victoria.
Nicias aceptó el desafío de su adversario. Subió inmediatamente al estrado y procedió a detallar una lista, que parecía interminable, de provisiones y armamento, de pertrechos y material bélico, una enumeración que iba desde los mástiles y velas de recambio hasta la cebada tostada y los panaderos y hornos que habían de convertirla en pan. Exigió una abrumadora superioridad en las fuerzas navales: un mínimo de cien buques de guerra, una infantería pesada superior en número a toda fuerza que el enemigo pudiera reunir contra nosotros, reforzada por un número idéntico de tropas ligeras, arqueros y honderos para neutralizar la caballería enemiga, puesto que no podríamos transportar la nuestra a aquellos confines del mar.
Por otra parte, la expedición necesitaría forjadores y mamposteros, zapadores e ingenieros de asedio, naves de carga y de transporte de tropas.
Alcibíades había pedido cifras concretas y Nicias se las ofreció. Cien talentos para contratar naves de aprovisionamiento, doscientos para intendencia y pañoles durante la expedición, otros doscientos para adquirir caballos para la caballería sobre el terreno, y en el caso de que los nativos sículos nos negaran dicha ayuda, la misma cantidad para financiar los asaltos y poder vencer mediante el uso de la fuerza. Evidentemente, la cifra
no incluía la infantería ni su asistencia, como tampoco a los marineros ni el mantenimiento de los buques de guerra. Aquello ascendería a mil talentos, y otros mil deberían destinarse a reserva. Quedaba, implícito que el total cubría únicamente el verano; la suma se duplicaría en invierno y, suponiendo que la expedición no hubiera cubierto su objetivo durante el primer año, Atenas tendría que organizar otra que acudiera en ayuda de la primera. Las exigencias de Nicias se iban multiplicando. Quedaba claro que preveía que un desembolso tan enorme, expuesto a la concurrencia de una forma tan cruda y brutal, surtiría el mismo efecto que un cubo de agua fría contra el rostro de un soñador.
Sin embargo, Alcibíades comprendía muchísimo mejor el carácter de sus compatriotas que su adversario. Los ciudadanos, lejos de amilanarse ante las exigencias de Nicias, decidieron que eran plausibles y las asumieron con determinación. Cuanto mayor fuera la expedición, más asegurarían la victoria. Cuando Nicias hubo terminado su lista de requerimientos, se dio cuenta, como el resto de los ciudadanos reunidos en la Asamblea, de que Alcibíades le había superado en táctica militar y de que el prestigio de éste iba aumentando por más empeño que pusiera él en debilitarlo. Toda Atenas vio que, además de estar a punto de poseer una escuadra de insuperable capacidad, tenía en Alcibíades un general cuyo ingenio y temple iba a llevarle a la gloria. De un solo golpe, Alcibíades no sólo había conseguido todo lo que deseaba sino que, pese a su cargo de comandante secundario, se había hecho con el control de la expedición, convirtiéndola en suya.
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