Vientos de guerra
Libro VIII: - Tres Veces Nueve Años
LIBRO VIII
TRES VECES NUEVE AÑOS
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XXXVIII
EL PESO DEL ORO
¿Has visto alguna vez un carro cargado de oro, Jasón?
No es gran cosa. Sólo dos lingotes, envueltos en borra y no más grandes que troncos de chimenea, pero tan pesados que, según nos contaron los oficiales de la escolta a Telamón y a mí, tras permitirnos echarles un vistazo a las puertas del erario de Éfeso, hubo que cargarlos arrastrándolos con poleas sobre una plataforma de rodillos. Cada barra tenía que ir exactamente sobre un eje para que el peso no desfondara el carro, que debían remolcar bueyes, pues un tiro de caballos o mulas podía arrastrarlo en terreno llano, pero no cuesta arriba.
El príncipe Ciro había enviado diez lingotes como aquéllos a Castolos, con instrucciones de su padre, Darío de Persia, de entregar a los espartanos todo lo que necesitaran para destruir la flota de Atenas. Por si eso no bastara, añadían los informes, el príncipe había puesto su fortuna personal a disposición de sus aliados, prometiéndoles hacer pedazos su trono de oro en caso necesario. En total eran cinco mil talentos, diez veces el tesoro de Atenas. Ahora, amigo mío, dime quién gano la guerra para Lisandro.
Los marineros atenienses cobraban tres óbolos; Lisandro pagaba cuatro. Una tripulación ateniense tenía tres cuartas partes de extranjeros; algunos barcos llevaban apenas veinte ciudadanos. Los reclutadores de Lisandro podían pagar espléndidamente a esos extranjeros. Y los espartanos pagaban «unto al proís», y el sueldo entero cada mes, no la tercera parte, como nuestros pagadores, que retienen el resto hasta la llegada al puerto de origen…
En este punto del relato —lo recuerdo porque mis notas se interrumpen a media frase— un alboroto procedente del Patio de Hierro interrumpió a Polémides. Al cabo de unos instantes, apareció un carcelero para informarnos de que una mujer que afirmaba ser la esposa del
prisionero se había colado en el puesto del vigilante y exigía, con palabras soeces, que le dejaran ver a su marido. No podía ser otra que Eunice.
—¿Qué le digo?
—Que estoy ocupado.
Podíamos oír sus juramentos, que dejaban chiquitos a los de cualquier contramaestre, mientras el portero la obligaba a abandonar el patio.
—Es la única ventaja de estar encarcelado —observó Polémides—. La intimidad.
Sin embargo, había perdido la concentración. Yo tenía que atender a otras obligaciones, de modo que decidimos levantar la sesión. No obstante, querido nieto, dispongo de varios documentos que puedo intercalar provechosamente en este punto para suplir la narración de Polémides.
Esto son anotaciones de bitácora de Pericles el Joven, a la sazón capitán del Calíope; me las entregó después del juicio contra los generales de Arginusas. Forman un esbozo de la primera campaña contra Lisandro: 8 de hecatombaión, estrecho de Micale. Asediando al Pedagogo [los atenienses llamaban así a Lisandro, además de Maestro y Profesor]. No quiere salir a jugar.
12 de hec. Bloqueando Éfeso. Los setenta y seis del Profe no asoman la nariz para enfrentarse a nuestros cincuenta y cuatro.
27 de hec. Incursiones en los pueblos al este de Eleo. Sesenta prisioneros, en su mayoría mujeres, que en total no valen una mina. Seis heridos, cuatro graves. Paga: cuarenta días de retraso.
3 de metageitnión, Imbros. Perseguimos dos escuadras de seis y ocho durante todo el día desde Mirina. Vararon y huyeron durante la noche.
11 de meta. Atinos, Tracia. Saqueo. Cuatro heridos. Sin paga.
14 de meta. Más pueblos. Sin paga.
2 de boedromión, Samos. Llega el Indomable. Alcibíades ha estado persiguiendo a Lisandro con tres escuadras desde Aspendo. Seguimos sin entrar en acción.
Era la respuesta del navarca espartano a las ansias de combate que dominaban a sus enemigos. Eludir la batalla. No estaba dispuesto a luchar.
Pericles escribe a su mujer, Quíone:
Una cosa es que los mandos entendamos la estrategia de Lisandro y nos armemos de paciencia esperando vencerle, y otra muy distinta explicársela a los hombres. Las tripulaciones pagan su frustración no con Lisandro, sino con nosotros.
A su lijo Jantipo, empezando a enseñarle el oficio de comandante:
… el dinero es la pesadilla de los oficiales de la armada. Nada, ni siquiera un criadero de caballos, lo devora como un barco, y ningún barco con más voracidad que un trirreme. Cambiar una simple plancha ensamblada a mortaja y espiga exige carenar la nave y a menudo reemplazar toda una sección del casco, tarea extraordinariamente compleja que requiere toda la habilidad de los carpinteros de ribera, por no mencionar la madera adecuada de la edad adecuada y de las dimensiones adecuadas.
¿Y dónde encuentras todo eso cuando lo necesitas? Pero el principal gasto son los hombres, que despilfarran hasta el último óbolo en cuanto lo reciben; ¿y quién puede culparlos, si se matan a trabajar haga buen o mal tiempo y ponen su vida en peligro constantemente? Atrévete a decirles, después de diez días de dieciocho horas de faena, manduca fría, falta de sueño y patrullas a lo largo de una costa hostil, que no puedes pagarles ni el tercio del sueldo.
El trierarca dilapida el capital de su credibilidad cada vez que da largas a sus hombres, y lo lamentará amargamente en cuanto tenga que entrar en acción. Si es rico (y para los hombres siempre lo es, pues en caso contrario la ciudad no le habría endilgado el mando de una nave de guerra), los remeros se preguntan irritados por qué no echa mano a su propia bolsa de una vez y arregla cuentas con el erario más tarde. Por supuesto, muchos lo hacen, y acaban arruinándose. Porque, una vez que pagas a la tripulación de tu propio bolsillo, ya nunca podrás volver a decirles que no. Has dejado de ser su capitán para convertirte en su esclavo.
Una de los talentos más sobresalientes de Alcibíades, mediante el que ha mantenido en pie la flota, que estaba prácticamente arruinada, durante
tanto tiempo, consiste en obtener dinero de una ciudad o distrito rural contra su voluntad. Porque, créeme, esos destripaterrones son capaces de enterrar sus tesoros tan profundamente que te cansarías de cavar antes de desenterrarlos, y ponerles la espada en el cuello no sirve más que para hacerle el juego al enemigo. Alcibíades es el único que sabe hacerles soltar la pasta. Contribuciones. Los engatusa, los estafa o escribe sus famosas O.C., órdenes de compensación. La flota no puede enviar a ningún otro capaz de obrar ese prodigio. Nadie se las apaña como él. Lo que provoca un nuevo problema, porque Alcibíades debe abandonar el mando para conseguir dinero. Eso devora la moral como el ácido; pero la flota no tiene otra alternativa, y Lisandro lo sabe.
Nuestros comandantes, agobiados por la penuria, no tienen más remedio que avenirse al terrible trabajo del pillaje. Su principal inconveniente es la situación en que coloca a los hombres. Los marineros no están preparados, ni física ni mentalmente, para la guerra terrestre; les angustia. Los que son líderes en el barco, se echan atrás cuando la columna avanza tierra adentro y dejan que los sádicos y los canallas tomen la delantera. El fuerte del remero no es asaltar empalizadas, robar ovejas o secuestrar a golfillos y abuelas para venderlos a los tratantes de esclavos. Si un pueblo ofrece resistencia, los hombres se echan atrás, se niegan a atacar.
Si el enemigo cede, se vuelven locos. Cometen atrocidades. No hay cosa que tema más un oficial. Porque cada virgen violada significa otra aldea entregada en bandeja al enemigo y, lo que es más peligroso a corto plazo, el hostigamiento de los familiares de la víctima, que, decididos a vengarla, aprovechan el momento en que regresamos al barco para arrojar una lluvia de dardos y piedras sobre nuestra retaguardia o montar a caballo y cargar como locos contra nosotros blandiendo jabalinas, hasta obligarnos a abandonar el botín por el que hemos arriesgado la piel, para aligerar la carga y huir.
Las partidas siempre regresan con heridos, y eso produce un efecto desastroso en el barco. Un solo hombre gritando con las tripas al aire se las, revuelve a todos los demás, y aún es peor si se ha quedado ciego o le han quemado. Dios no quiera que hayan herido a alguno en sus partes; sus compañeros se acobardan, y sólo una acción inmediata y radical evita que los aspirantes a demagogos de la tripulación lleven a los hombres al borde del motín. Puedes azotarles. Puedes mandarlos al escobén. Puedes hacer que los infantes elijan a uno y den un escarmiento. Pero a un barco de
guerra lo mueve el corazón tanto como el sudor. Debe haber concordia entre los hombres, o estás acabado.
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