Vientos de guerra

Steven Pressfield · Capítulo 25 de 54

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Vientos de guerra

XXIV la Cvestión de la Derrota

XXIV

LA CVESTIÓN DE LA DERROTA

Más tarde, en las canteras, uno de los nuestros preguntó a un guardián siracusano si era cierto que Alcibíades había participado en la batalla del puerto.

Él hombre se rió en sus narices:

—Vosotros, los atenienses, podríais poner un poco más de imaginación en vuestras historias. ¿O es que no os entra en la cabeza que os derrote alguien que no sea de los vuestros?

Existe en Sicilia un delito al que los autóctonos no griegos denominan demortificare. Significa disponer las cosas de tal forma que alguien se sienta avergonzado o bien ser consciente de tal sentimiento de congoja y no hacer nada por aliviarlo, actitud igualmente reprobable. Para los siracusanos, que han hecho suya la idea, se trata de un delito más grave que el asesinato, al que consideran un acto de pasión o de honor y, como tal, aprueban o cuando menos aceptan los dioses. Demortificare, sin embargo, es algo totalmente distinto. Vi en una ocasión cómo el padre de uno de los rapazuelos que nos ayudaba en la colada pegaba a su hijo hasta dejarle prácticamente sin sentido por haber dejado sola en las danzas a su prima.

Los siracusanos tenían mil razones para odiarnos, pero por encima de todo estaba el habernos rendido ante ellos. Fue León quien lo constató, cuando recopilaba observaciones para su historia, y hacía mentalmente, recitándolas luego en voz alta para evitar que los compañeros se sumieran en la desesperación. «Los siracusanos pueden perdonarnos por haberles declarado la guerra. Tolerarán incluso el saqueo de su ciudad y la matanza de sus hijos. Pero nunca nos perdonarán nuestra vergüenza.»

Tú eres un caballero, Jasón, pero también un guerrero. Y te consideras asimismo filósofo. Yo estoy convencido de que lo eres. ¿Sabes por qué he acudido a ti para que me ayudes en mi defensa? No lo he hecho creyendo que podrías echarme una mano. Nadie lo conseguiría; han cavado ya mi tumba. He abusado más bien de tu buena voluntad por interés personal.

Quería conocerte. Te he admirado desde lo de Potidea. ¿Te sorprenderá saber que he seguido tu carrera? Conozco lo de la muerte, mejor dicho, lo del asesinato de tus dos amados hijos a manos de los Treinta Tiranos. Y

también la ruina que cayó sobre la familia de tu segunda esposa. Soy consciente del peligro que corriste tú y tu familia al defender al joven Pericles ante la Asamblea; leí tu discurso con profunda admiración.

Mantenerse del lado del honor una vida entera es algo encomiable.

Me enorgullece tener en común con un hombre como tú, sino el honor, al menos la intuición. He aquí mi delito, y para dar cuentas de él, llevo a toda Grecia conmigo al banco de los acusados: para salvar la piel, abandoné a mis compañeros, en el campo y en mi corazón. Pero vamos a decir las cosas sin tapujos. No sólo abandoné a mis hermanos: me abandoné también a mí mismo. Me abandoné para salvarme.

Todo vicio tiene su origen en la carne; ¿acaso no nos lo ha enseñado Sócrates? Como afirma Agatón en el discurso de Palamedes ante Troya, él mismo condenado a muerte:

… en la medida en que un hombre vincula la concepción de su propio valor a la carne, será un malvado. En la medida en que la vincula a su alma, será divino.

Pero ¿quién, de entre nosotros, lo ha hecho? Tu maestro, sin ir más lejos. Por ello le odian, pues reconocer su nobleza implica admitir la propia bajeza, lo que nadie hace voluntariamente. Le odian como el fuego odia al agua, como el mal odia al bien.

Nosotros que volvimos la espalda a nuestros compatriotas y a nuestra más noble naturaleza, nosotros, a quienes una larga y brutal guerra ha llevado a tal abjuración, ¿podemos definir como objeto de nuestra traición a otro que no sea nosotros mismos? ¿Hay alguien a quien hayamos abandonado individual y colectivamente?

¿A quién sino a Alcibíades? Atenas le despreció no una vez, sino tres, cuando él, arrodillado ante ella, le ofreció todo lo que poseía. ¿Y qué movió a Atenas a odiarle aún más? Tan sólo el hecho de negarse a reconocer que le había abandonado. Empujado por su propia naturaleza orgullosa, la que le llevó a renegar de sí mismo y de su patria natal, Alcibíades demostró una profunda verdad del alma humana: lo que nosotros desterramos vuelve para vengarse.

Es lógico, pues, que Atenas desprecie más a estos dos hombres que a todos los demás: al más moderado, tu maestro, y al más imprudente, tu amigo. Y a ambos los odia por la misma razón: porque entre los dos, uno con la lámpara de la sabiduría, el otro con la antorcha de la gloria, han iluminado el espejo en el que se reflejaban las almas abandonadas de sus compatriotas.

Pero me estoy apartando del tema. Volvamos al Puerto Grande, a la cuestión de la derrota…

Con la muerte de Sopa y de Astilla, el Pandora perdió a todos los miembros de la tripulación original, a excepción de León y yo. Tras la campaña de Iapigia, habían causado baja por heridas Metón, de apodo Quebrantabrazos, Teres, Testa, Adrastro, Cabeza de estopa, Colofón, Barbirrojo, y Menónides; por enfermedad, Agnón, El Pequeño, Estrato, Marón y Diágoras; desertaron Teodectes y Milón, el pentatleta. Si el valor de un oficial se mide por el número de hombres que devuelve a casa vivos, la lista es bastante elocuente. Sólo puedo añadir como defensa que nadie lo hizo mejor. De los sesenta mil ciudadanos libres, voluntarios de los estados tributarlos y conscriptos de ambas flotas, poco más de mil consiguieron volver a casa, cada cual por su cuenta y después de pasar terribles tribulaciones.

Por lo que se refiere a mis hombres, mía es la culpa. La formación en el campo de la obediencia que recibí de niño, así como práctica adquirida en el servicio como mercenario, habían sido excesivamente duras, demasiado espartanas, por así decirlo, para imponerlas a los atenienses, sobre todo a aquellos valentones desharrapados que conformaban el grueso de la fuerza naval. Era gente a la que no le faltaba valor e iniciativa. Habían nacido para la discusión y la disputa, no se dejaban intimidar por autoridad alguna y se mostraban descarados, briosos e indómitos como gatos.

Invencibles cuando todo estaba a su favor, aunque sin la rígida disciplina necesaria para concentrarse cuando el cielo se volvía contra ellos, momento en que ni yo ni León nos veíamos capaces de instilársela. Disponíamos de los implacables guerreros a los que un mando inteligente y audaz podría llevar de victoria en victoria. Ahora bien, cuando se veían obligados a soportar adversidades durante un largo periodo —y no hablo sólo de la derrota sino de simples demoras o lapsos de inactividad—, el espíritu de iniciativa que les distinguía se revolvía contra ellos y, como una rata enjaulada, empezaba a roerles las entrañas. De las observaciones de León:

Un soldado no debe poseer excesiva imaginación. En la victoria, recalienta su ambición; en la derrota, aviva sus temores. Un hombre valeroso que posea imaginación no conservará mucho tiempo el valor.

Los soldados y marineros atenienses habían vencido durante tanto tiempo que no sabían perder. La derrota les amedrentaba como el golpe demoledor al luchador al que nunca ha derribado un golpe. Nunca había visto a nadie perder armas y armaduras como las suyas. Inquietos, propensos al aburrimiento, nuestros ciudadanos combatientes no poseían la paciencia del guerrero ni se preocupaban por adquirirla. La virtud de la obediencia, valorada en Esparta hasta el punto de ser adorada como una diosa, para los atenienses no era más que carencia de visión o falta de osadía. En la victoria despreciaban a sus oficiales; en la derrota se amotinaban sin escrúpulos. Resultaba imposible convencerles de que la virtud de la obediencia y el mando son las dos caras de la misma moneda.

La fortuna elevaba a veces al puesto de mando a algún estratega con dotes para el cargo, que ponía delante de los ojos de sus hombres tinas virtudes —

tolerancia, tenacidad, fortaleza— que para ellos contaban tanto como sus propios orines, e impartía castigos imposibles (le aplicar en un ejército democrático. Lo único que puedo decir para rendir honores a los caídos es que perecieron cuando la lucha podía llevar aún el nombre del honor.

Dos noches después de la derrota en el Puerto Grande, el ejército partió; como mínimo se pusieron en marcha los cuarenta mil que se encontraban en condiciones de andar, en busca de alguna parte de la isla donde pudieran luchar por la supervivencia. Iban a abandonar a su suerte a los enfermos y heridos.

Mi primo no quería dejarles morir. Me encontré con él cuando el ejército se concentraba para el traslado. La noche era oscura como boca de lobo, pero aún así se percibían las sombras de los lisiados y mutilados que, a rastras o renqueando, se dirigían hacia la formación suplicando que les llevaran con ellos.

—¡Me dejaré arrastrar! ¡Tirad de mí como si fuera un saco! —

suplicaba uno que había perdido las piernas.

Había quien prometía oro para cuando regresaran a casa, o todo lo que poseyera su padre. Otros rogaban en nombre de los dioses, de la piedad

filial, de los vínculos de la infancia, de algún juramento o de las tribulaciones vividas en común.

Llegó la orden de partir. Los enfermos se afanaban por hacer valer sus bienes —«¡Llévame contigo aunque sea durante tres estadios, amigo!»-, mientras los que gozaban de salud colocaban todo lo que poseían en las apretadas manos de quienes iban a abandonar. «Toma, compañero, rescata tu vida si tienes ocasión de ello.» La angustia de quienes imploraban para que se les admitiera no era tan intensa como el suplicio de sus compañeros, que no tenían otra opción que dejarles allí. Supliqué a Simón que partiera con nosotros. ¿Qué sacaba quedándose allí para morir? Los desdichados le rodeaban, pidiéndole que se marchara.

—Vete, y llévame contigo.

Otros insistían ante León yTelamón, quienes, al habérseles endurecido su buen corazón, pretendían disuadirlos. De pronto apareció un joven en las filas. Era uno de los oficiales de proa del Pandora, Mejillas sonrosadas, a quien habían atravesado el pie con una lanza. Me agarró de la capa.

—Amigo, puedo andar a la pata coja. Ofréceme tu brazo, te lo ruego.

En dos años de campaña militar nunca había cedido ante el terror o la ira. Entonces se me revolvieron las entrañas. Me quité de encima al suplicante, maldiciéndole a él y a todos los enfermos. «¿Por qué no estiráis la pata todos juntos de una vez y acabáis con el suplicio?» Rogué a Simón que no se hundiera con todos aquellos que estaban ya muertos. Me respondió pidiéndome la bendición. Le dije que era un estúpido y merecía morir. El me espetó:

—Dame tu bendición.

—Llévatela a los infiernos.

Mi hermano se acercó. Los dos abrazamos a nuestro primo llorando.

—Ocúpate de que mi hijo reciba instrucción y mi hija, su dote. —

Simón colocó en mi mano sus anillos y un amuleto de marfil que había obtenido en una competición en Apaturia—. Por el Recodo del camino —

dijo, refiriéndose a Acarnas, su tumba.

La ruta más allá de la empalizada atravesaba las marismas que el enemigo había defendido durante la batalla naval. Las habían desalojado.

Los hombres se animaron y apretaron el paso.

—Nos tiene miedo —dijo alguien, refiriéndose a Gilipos.

Los siracusanos se encontraban en el interior de las murallas de la ciudad, celebrando la victoria. Se oían címbalos y tambores. No estábamos

perdiendo una gran fiesta.

Teníamos que dirigirnos al interior, al encuentro de los sículos para pasar luego a Catane, unos ciento cincuenta estadios al norte. El recorrido, dado que no nos atrevíamos a bordear las Epípolas, comprendía las pendientes rocosas que salían del puerto. El ejército tenía que avanzar formando un cuadrilátero hueco, con los no combatientes en su centro, pero a su alrededor empujaban bandadas de esposas en busca de sus hombres.

Berenice, la compañera de León, y suhermana, Herse, se mantenían casi pegadas a nosotros; avanzábamos con una lentitud exasperante. La formación se desplegaba a uno y otro lado del camino; cada vez que topábamos con un muro, los hombres se amontonaban y se paralizaba la marcha.

Poco antes de que amaneciera, las patrullas de reconocimiento del enemigo nos alcanzaron. Oíamos sus caballos y sus gritos entre la niebla.

Por la noche todo su ejército nos atacaría. Las mujeres tenían que marcharse de inmediato. León se despidió de Berenice sin a penas detenerse, metiendo en su equipaje sus notas y todo el dinero que llevaba encima. Otros se metían mano para desearse buena fortuna. Muy pocos pudieron decirse adiós con una relación sexual. A éstos se les veía agitándose por el suelo o empujando contra un árbol.

Había una encina junto al camino. Alguien habría clavado en ella un kyprídíon, unos hilos de lana con el nudo de la pasión, el símbolo de Afrodita desposada, el mismo que colgaban las mujeres en los dinteles de las casas de los recién casados para desearles suerte. ¿Quién habría sido capaz de colocar tal invocación sobre el árbol de la sangre, con cuya floración se tiñe la capa escarlata que Esparta y Siracusa visten en la guerra? Ahora, la dama denominada Muerte era nuestra esposa. Me situé al lado de León yambos seguimos al mismo paso.

A mediodía, la columna llegó al primer río. Los siracusanos habían construido en él una presa o lo habrían desviado porque estaba completamente seco. Nos enteramos de ello, muchos estadios antes, por medio de la caballería enemiga, que hablaba a gritos mientras pegaba fuego al sotobosque a un lado y otro del camino. Comprendimos también por sus gritos que habían tomado nuestro campamento. Habían ejecutado a los heridos y a quienes les atendían. Me dejé caer en la cuneta al enterarme de la triste noticia, abatido de dolor, y debí permanecer en este estado mucho

tiempo pues León y yoperdimos de nuevo a nuestra compañía, por tercera o cuarta vez en el curso de aquella retirada.

—¡Arriba! —dijo mi hermano tirando de mí—. ¡Pommo! ¡Debemos seguir en la columna.

El camino seguía entre la maleza. La caballería enemiga la había encendido siguiendo la dirección del viento y el paso estaba envuelto en una nube de humo.

—Eso ocurre porque Gilipos ha abierto la puerta —exclamó uno de caballería que avanzaba a nuestra derecha—. ¿Por qué atacarnos dentro de las murallas si podía conseguir que nuestros brillantes oficiales nos llevaran a sus yermos en los que la sed puede quitarnos el sentido?

Finalmente, un caballero se situó junto a la línea. Los nuestros excavaban en el seco lecho del río en busca de algún curso subterráneo.

—¿A qué esperamos? —gritó uno de infantería—. ¡Ataquemos curso arriba! Que es donde se encuentra el enemigo… y el agua.

El de a caballo contravino la decisión de los estrategas: la maleza era demasiado densa y, de avanzar por ella, nuestra situación empeoraría.

—Llevo dos días sin ver una gota de agua, compañero. ¿Aún pueden empeorar las cosas?

La caballería nos atacó cuando llegamos a la llanura. No eran muchos, pues el grueso de la fuerza había avanzado para fortificar el camino que íbamos a tomar. La columna empujaba hacia adelante siguiendo aquella cadencia exasperante de ensancharse y comprimirse, característica de una masa en movimiento. Llegamos a una propiedad en la que había una fuente.

Antes que nosotros, miles de hombres se habían aprovechado de ella. Aún así, los nuestros se afanaban con la rezumante arcilla, que exprimían en sus labios como si intentaran extraer el jugo de una granada.

La columna llegó al segundo río al anochecer. Sus pozas presentaban un turbio caldo. Cada hombre tomó un vaso de él. Luego proseguimos el camino.

Los hombres se iban fundiendo de dos en dos y de tres en tres en la maleza. Enfrentándose como podían a su suerte. Telamón llegó a donde estábamos nosotros. Dijo que había llegado el momento de rendirse.

¿Queríamos seguirle?

—Atenas —le respondió León— es nuestra patria.

—Con todos los respetos, amigos míos, a tomar viento, nuestra patria.

Nos reímos. Nos dimos la mano; no era hombre de largas despedidas.

Dos días después, la columna llegó a una gran meseta. La cortaban dos barrancos en la parte suroccidental; no había forma de dar la vuelta; el enemigo ocupaba las alturas. Teníamos que avanzar, de lo contrario, no llegaríamos a ver Catane. Me destinaron a una compañía bajo las órdenes de un capitán cuyo nombre nunca conseguí memorizar, un hombre parlanchín a quien todos apreciaban Llegamos al camino poco después del mediodía. Los hombres ascendían y morían. No se podía hacer más. La compañía a la que pertenecía yo fue colocada bajo una fortificación construida a toda prisa con piedras. Decidimos subir más tarde.

Por detrás de nosotros se extendía la columna. La caballería siracusana organizaba incursiones en cien puntos distintos; miraras donde miraras, no veías más que la polvareda que ascendía desde la maleza. Bajo nuestros pies, arcilla reseca; me di cuenta de que si no conseguíamos agua moriríamos indefectiblemente.

León señaló la posición que ocupaba el enemigo, a la derecha de nuestra fortificación, en donde se iniciaba la lluvia de proyectiles y piedras.

«Sal de ahí y resolverás tus problemas.»

Tres veces subió la colina nuestra compañía. El paso había que dado reducido a la anchura de una sola compañía; el enemigo lo había cerrado con un muro. Detrás de éste se había reunido en formación de veinte hombres en línea y cien de fondo; otros cientos cubrían los flancos de la colina. Nos lanzaban piedras y jabalinas e incluso nos alcanzaban los desprendimientos de tierra. Pasado ya el mediodía habían mejorado su técnica: nos dejaban avanzar hasta el muro, donde ellos se parapetaban contra las piedras, y así protegidos nos arrojaban sus proyectiles. Atacaban por turnos; cuando habían caído demasiados o simplemente los hombres se desplomaban, se producía un repliegue y llegaba una compañía de refresco.

El camino tenía ya otro nombre, Río de sangre, pero éste tampoco era el apropiado, pues el líquido que se derramaba sobre él quedaba absorbido en el acto por la reseca tierra. Al descubierto, en la parte ascendente del curso fluvial, nos arrastrábamos como lagartos o nos agachábamos contra las rocas que formaban una improvisada empalizada, escondiéndonos asimismo en las oquedades mientras las piedras del enemigo se estrellaban contra nosotros. Se oía el ruido de los escudos de quienes iban cayendo y se acumulaban en enormes pilas con las que tropezaban los soldados que habían rechazado el contraataque; algunos resbalaban por la pendiente. Los armazones de madera habían quedado reducidos a astillas por las piedras

enemigas, las insignias y los blasones ni se veían bajo el amasijo de polvo y sangre.

El camino ascendente se había convertido en una profundo surco en el que nos hundíamos hasta las pantorrillas en un terreno reducido a polvo, macerado por orines y sudor y compactado de nuevo por los cadáveres. Las compañías asaltaron la colina durante todo el día. Y aquello se repitió al amanecer del siguiente. Habíamos aprendido a romperlas jabalinas del enemigo, porque cada vez que retrocedíamos, ellos las recuperaban para lanzárnoslas de nuevo. Las lanzas aterrorizaban a los hombres, y no sólo por su impacto sino también por el ruido, y mucho peor eran los efectos de las grandes piedras.

Se acercó un capitán de caballería en busca de voluntarios. Gilipos atacaba nuestra retaguardia con cinco mil hombres; estaba erigiendo otro muro para acorralarnos y exterminarnos. León yyo aceptamos con entusiasmo la empresa. Lo que fuera con tal de salir de aquel infernal barranco.

En la retaguardia, nuestros diez mil hombres atacaron a los cincuenta mil de Gilipos. Al anochecer el enemigo retrocedió, pues se les habían acabado los proyectiles y las piedras. La compañía situada delante de la nuestra retomó el muro. Rebuscó entre los pertrechos del enemigo pero no encontró ni una gota de agua. Las distintas compañías tenían que reagruparse en el cuerpo principal, aunque se ordenó que la nuestra y dos más permanecieran en su lugar para sepultar a los muertos y establecer un perímetro donde pasar la noche. Nos desplomamos sobre el muro con el cuerpo cubierto de polvo para observar cómo retrocedían a duras penas las unidades. Desde nuestra posición estratégica veíamos la caballería enemiga, el polvo que levantaba una incontable sucesión de escuadrones y, al otro lado de la llanura, las columnas de infantería que convergían desde la parte septentrional y oriental: cien mil, doscientos mil, concentrándose para la matanza.

La sed atormentaba al ejército. Los hombres lanzaban maldiciones contra Nicias y Demóstenes, y también contra Alcibíades; mucho más contra él por habernos abandonado. Yo también le odiaba por lo de mi primo, por todos los muertos, pero sobre todo por no encontrarse a nuestro lado para protegernos.

Dos veces pasó Nicias a caballo. Había que reconocérselo: pese a su terrible enfermedad, demostraba una inagotable determinación al supervisar

repetidamente las líneas, haciendo caso omiso de su propia aflicción, Le oí pronunciar este discurso una hora después del anochecer del quinto día, rodeado por dos mil hombres:

—Hermanos y compañeros, debo deciros unas palabras y el tiempo apremia. Soy consciente de que no tenemos agua y de que esta circunstancia hace más difícil el camino para nosotros y para los animales que transportan nuestro armamento. Pero esta noche invertiremos el sentido de la marcha para volver hacia el mar. A lo largo del camino hacia Heloro encontraremos unos ríos de abundante caudal que el enemigo no podrá represar.

»Mantened inquebrantable el ánimo, amigos míos, fortaleced vuestra determinación teniendo siempre en mente que los cuarenta mil hombres con los que cuenta nuestro ejército no son tan sólo una fuerza invencible sino una auténtica ciudad, la mayor de Sicilia a excepción de Siracusa. Podemos ir adonde nos plazca, expulsar a los habitantes de cualquier lugar e instalarnos en sus casas. Encontraremos alimento y agua. Podemos construir naves y volver a casa. No debéis olvidar nunca esto ni perder el ánimo. La fortuna no puede sernos indiferente eternamente; incluso los más duros de entre los inmortales se conmoverán ante nuestra difícil situación.

En cuanto a la decisión que nos ha llevado a este paso, asumo la plena responsabilidad. Vosotros no tenéis culpa alguna. Nunca ha disminuido vuestro valor, mas el esfuerzo que habéis hecho ha sido malogrado por la animadversión de los dioses y por nuestros errores estratégicos.

León observaba a los hombres, atentos al discurso. Le sorprendió, como comentó más tarde, la viveza que reflejaban sus rostros; le recordaban la actitud de los atletas en la arena a primera hora de la mañana, antes de una competición. Según mi hermano, parecían valorar a Nicias como lo habrían hecho ante un actor, clasificándolo como persona de primera o segunda clase. Sus expresiones revelaban que veían en él a un hombre piadoso, valiente, incluso noble. Sin embargo, no era Alcibíades. Ni tampoco lo era Demóstenes, a pesar de su valor y habilidad. ¿Acaso dudaría alguien de que, de encontrarse Alcibíades al mando, no podría dar la vuelta a la situación? Nicias tenía razón en algo: éramos un ejército temible, como no había otro en aquellos momentos sobre la capa de la tierra. Pero también nos encontrábamos destrozados y éramos conscientes de ello. Eso era precisamente lo que me hacía odiar aún más a Alcibíades. Nadie podía

sustituirle. Mientras Nicias hablaba, se abatieron los corazones de aquellos hombres al asimilar la idea.

—Finalmente, amigos míos, recordad que sois atenienses, argivos y jónicos, hijos de héroes y héroes vosotros mismos. Os habéis cubierto de gloria en esta guerra y, si la fortuna nos es propicia, cosecharéis más éxitos.

Recordad a vuestros padres y las pruebas a las que se enfrentaron con valor.

Manteneos firmes, hermanos. Con la ayuda de los cielos y nuestro esfuerzo, lograremos volver a nuestros hogares y ver a nuestras queridas familias.

Se dieron órdenes de encender unos cuantos fuegos. El ejército los prendió y se dispuso a partir. Al alba, la columna había llegado al camino que conduce a Heloro, nuestro punto de partida. Esta vez íbamos a huir en dirección hacia el sur, a ascender por el río, hacia el interior, a fin de describir un círculo e intentar de nuevo llegar a Catane.

Durante todo el día y el siguiente, la caballería siracusana atacó la columna. No disponíamos de caballos ni arqueros; no podíamos hacer más que seguir adelante. El enemigo atacaba en compañías de ciento cincuenta hombres; nosotros nos disponíamos en dos columnas, pues el cansancio apenas nos permitía movernos, mientras el adversario lanzaba sus descargas contra nosotros. Al principio, los más jóvenes de entre nosotros les asaltaban, apuntando a las piernas de sus caballos o intentando abrirles el vientre con las lanzas. De todas formas, un hombre a pie es un blanco fácil.

Coincidían dos o tres de caballería, y si uno de los nuestros caía al suelo lo pisoteaban o clavaban las lanzas en sus entrañas. Los compañeros tenían que acudir a rescatarle. A cada incursión enemiga iban cayendo dos o tres de los nuestros. Un brazo roto, un muslo astillado, una contusión. Había que trasladar a los heridos. Los más fuertes transportaban a los débiles, y cuando desfallecían otros debían ocuparse de su labor. Un oficial agrupó los asnos con el objetivo de improvisar una caballería, pero los desdichados animales estaban excesivamente exhaustos o aterrorizados para recibir órdenes. Pasamos por delante de un mulo destripado y los nuestros, medio muertos de sed, sorbieron su sangre.

La columna se encontraba en campo abierto, sin protección alguna contra el sol. Ya nadie sudaba; el sol quemaba, sin más. Los guerreros en marcha suelen aplicarse entre sí la expresión de «atontado por el sol». La columna seguía hacia delante enfebrecida, una procesión de condenados.

Los sentidos iban generando espejismos. Oías a uno gritar los nombres de sus hijos; sus compañeros, avergonzados ante la escena, seguían

penosamente la marcha. Por fin uno de ellos, incapaz de soportar aquello por más tiempo, soltaba un grito para hacerle callar, y el primero, como despertando de un sueño, ni siquiera recordaba haber gritado. Otro intentaba entonar una canción algo subida de tono para animar la marcha.

Nunca llegaba a la segunda estrofa. La sed atormentaba a la columna.

Algunos mascaban pequeñas ramas y colocaban piedrecitas bajo su lengua.

—¡Ahí están!

Otro ataque, y el terror nos dejaba más exhaustos aun, y al acabar, tres heridos más, otros tres a los que había que arrastrar.

Habíamos llegado a un punto en el que nadie ansiaba la dirección de Alcibíades. Tampoco ninguno le odiaba por su ausencia. Era él quien nos había mandado aquel azote; su orgullo nos había lanzado a las manos del enemigo. El era quien, entre la patria y su vida, había optado por la supervivencia, arrojándonos, a nosotros, sus hermanos, al infierno.

—¡Que los dioses me conserven la vida —suplicaba al cielo uno de los nuestros— para ver cómo sufre el castigo! Dejadme vivir, aunque sólo sea para darle muerte.

Dos días después, enloquecida por la sed, la columna llegó a Asinaro.

Nosotros nos encontrábamos en la retaguardia y nos enteremos más tarde de lo que ocurrió.

El enemigo no había represado el río. Se estaba alineando en la otra orilla, en formación de doscientos por diez, con cincuenta soldados de caballería en nuestros flancos, lo que obligaba a nuestra columna a avanzar hacia el grueso de su infantería acorazada y sus lanzadores de proyectiles.

Los arqueros y lanzadores de jabalina siracusanos se habían situado en primera línea, en la orilla opuesta. Empezaron a atacar cuando nuestras tropas se encontraban aún a medio estadio del agua. Nicias y el resto de jefes pretendían contener a nuestros hombres, pero los guerreros se precipitaron hacia el río, mientras el enemigo lanzaba una nube de proyectiles. Los hombres caían y, moribundos, batallaban entre sí por llegar al agua. Cayeron en ésta a miles; otros miles, en su huida, fueron apresados y sometidos a esclavitud. Detrás de nosotros, la división de Demóstenes había sido arrollada por otros cincuenta mil hombres de caballería, las columnas que habíamos avistado desde lo alto del muro de Gilipos. Nuestro ejército estaba destrozado. Habíamos partido en número de cuarenta mil; en aquellos momentos no llegábamos a los seis mil.

Nicias se rindió a la mañana siguiente. Al cabo de dos noches nos encontrábamos ya en las canteras.

He. aquí como nos marcaron: disponían de cuatro pasadizos como los que usan los pastores para las ovejas. Nos obligaban a avanzar en fila. Al final topábamos con un montante que nos bloqueaba la cabeza. El hombre que manipulaba el hierro candente daba instrucciones a un aprendiz:

—¡No como a un buey, muchacho! ¡Esta es piel humana y no cuero!

Tiene que ser como un beso… el beso que darías a tu amada, ¡así!

Recuerdo que me incorporé, en busca de una superficie en la que se pudiera reflejar mi imagen para contemplar mi nuevo aspecto de esclavo, con la koppa grabada en la frente. Pero no hacía falta: bastaba echar una ojeada a los compañeros.

En las canteras, los hombres se agarraban a la esperanza más quebradiza. Muchos decían que si los siracusanos no nos habían matado aún era porque pretendían hacernos trabajar o vendernos. Otros alimentaban la esperanza del rescate. León se propuso hacer añicos tales ilusiones, pues creía que al sustentarlas todo el mundo se desmoralizaba más. Teníamos que estar dispuestos a morir como hombres. Los que habíamos abandonado en el Puerto Grande, nos recordó, lo habían hecho así.

Siete mil hombres nos encontrábamos en las canteras; atenienses, argivos y otros aliados libres. Quince mil habían encontrado la muerte en los caminos; unos cinco mil habían sido apresados por el enemigo para convertirlos en esclavos sin conocimiento de sus oficiales. De los trece mil restantes —mercenarios, ayudantes y seguidores— la mayoría había sido salvajemente asesinada; a los demás los habían vendido.

Las canteras eran de piedra caliza delimitadas por una hendidura —la infausta spelaion, la «caverna»- que partía el risco; el resto permanecía al descubierto, a una profundidad que oscilaba entre un cuarto de estadio y medio estadio. Se encontraban en las afueras de la ciudad, cerca de Temenites. Nuestros carceleros nos obligaban a descender por medio de escaleras, que retiraban en cuanto habíamos bajado. Si alguno moría, no podía recibir sepultura; los cadáveres se iban amontonando y despedían un hedor insoportable. Aquellos a los que sus carceleros llamaban para administrarles un castigo o simplemente para divertirse con ellos, eran arrastrados por los pies hacia arriba y tenían que protegerse la cabeza con los brazos, pues iban rebotando contra la piedra a cada tirón de la polea.

La comida consistía en un cuenco de cereales, bazofia medio cruda, al día, y medio cuenco de agua, lo que bajaban hacia nosotros en unos recipientes pensados para que resultara imposible que llegara abajo todo su contenido, enviados asimismo con tal precipitación que exponíamos nuestras vidas para cogerlos. Los carceleros orinaban normalmente en el agua que nos suministraban; todos los días encontrábamos excrementos en la comida.

Los centinelas nos llamaban «caballos», por la marca que llevábamos en la frente. Sus oficiales nos contaron el día en que entramos; a partir de entonces, los recuentos se hicieron ocho veces al día. Todos teníamos que levantarnos antes del amanecer y no podíamos sentarnos hasta que oscurecía. Si te sorprendían incumpliendo la norma, te lapidaban o te ponían los arreos para «montar» sobre ti. Quienes salían con vida de estas sesiones no tardaban en morir.

Los siracusanos se dedicaron a desmoralizarnos eliminando a nuestros oficiales. En cuanto identificaban a uno de ellos, lo izaban hasta el borde de la cantera, donde los torturaban durante dos o tres días de forma que todos pudiéramos oír aquellas atrocidades. Bajo tortura, le arrancaban los nombres de otros oficiales a los que izaban también para infligirles semejantes tormentos. Arrojaban a los muertos al fondo de la cantera. A quien intentara darles sepultura, le disparaban flechas o le lanzaban jabalinas o piedras. El tormento siguió hasta que no quedó ni un solo oficial.

Pero todo no acabó aquí. A causa de algún malentendido, o tal vez por pura malicia, nuestros captores declararon que quedaban aún tres oficiales.

Ordenaron que se identificaran enseguida. Ni que decir tiene que, de no haberse dado a conocer de inmediato, el enemigo habría iniciado la carnicería al azar.

Tres hombres dieron un paso al frente: Pitodoro, hijo de Licofrón de Anaplisto, Nicágoras, hijo de Mnesicles de Palene, y Filón, hijo de Filoxeno de Oa. Su monumento, a los Tres Oficiales, se encuentra hoy en Atenas, en la cuesta situada frente a Eleusinión. Mientras los siracusanos tiraban de aquellos hombres, ninguno de los cuales ostentaba un cargo superior a jefe de pelotón, por los pies, los nuestros empezaron a entonar espontáneamente el Himno a la Victoria.

Oh Diosa nacida del amargo parto,

Que nos proporcionas júbilo y nos revelas la verdad, Oh Niké tanto tiempo buscada, nuestras voces

Se alzan en un canto hacia ti.

Tú, la más severa de entre los inmortales,

Aunque clemente con el audaz,

Al que sostienes,

Tú borras todo mal.

Aquellas estrofas generaron una emoción tal que uno tenía la impresión de que llenaban el gran vacío como si fueran un líquido y de que en la cantera el sonido resonaba como en ninguna otra parte.

Oh veleidosa hija del trueno,

Nosotros penetramos en tus recintos de contienda.

A tí, Resplandeciente, o a la Muerte

Entregamos nuestras almas.

En Sicilia, el final de verano ofrece días de asfixiante calor seguidos por noches de crudo frío. No se nos permitía cubrirnos de noche ni hacer fuego; aquel lugar estaba a la intemperie. Muchos de nosotros tenían heridas de guerra, otros estaban enfermos; y en aquellas circunstancias empeoraban. Se difundió el estado denominado aphydatosis, en el cual, los órganos, faltos de líquido, dejan de funcionar.

El cerebro se asa en el interior del cráneo. Uno no consigue orinar. Falla la vista; las extremidades se inmovilizan con la parálisis.

Organizaban excursiones de las escuelas de la ciudad y llegaban los niños en uniforme, acompañados por sus pedagogos, a ver a los que se habían hecho a la mar para conquistarles y habían sido reducidos por el valor de sus padres. Izaban a los cautivos para que los pequeños pudieran romperles los dientes a martillazos. En las canteras, cada noche los hombres morían a puñados. Aun así, tal es la fuerza de la existencia que se encuentre uno donde se

encuentre, aunque sea en el propio infierno, con el tiempo convierte el lugar en su casa.

Un pequeño montículo pasa a ser el Pnix; una depresión se convierte en el theatron. Había allí un ágora y un Liceo, una Acrópolis y una Academia. Está ilusoria geografía conformaba nuestros días, mientras los hombres se reunían en la «plaza del mercado» y de ahí se dirigían a la

«palestra». A fin de pasar el tiempo, se impartían enseñanzas. El herrero transmitía sus conocimientos sobre el oficio; otros traspasaban los suyos en carpintería, matemáticas y música. León les enseñaba a luchar. De todas formas, le era imposible hacer demostraciones prácticas: habría llamado la atención de los centinelas. De forma que tenía que limitarse a la teoría y en voz muy baja mientras él y los que se habían congregado a su alrededor soportaban el implacable sol.

Los siracusanos localizaron a uno de los enseñantes, a un maestro de coro, y le cortaron la lengua. Aquello fue un duro golpe para todos. Pero la desesperación subsiguiente resultaba imposible de soportar. León reemprendió su labor.

Enseñaba

gimnasia,

ejercicios

musculares

y

de

concentración, así como técnicas de resistencia. Daba lecciones sobre los humores de la sangre y sobre el grado de saturación que debe mantenerse en los tejidos a fin de que el atleta consiga suficiente resistencia para los juegos Olímpicos. Ese era el objetivo del ejercicio en los caminos, el remo y la carrera en el estadio. Dichos terrenos, explicaba él, eran lo que el preparador denominaba el recinto del dolor.

—De pequeño me enseñaron que una diosa reside ahí, que permanece en silencio en ese santuario durante el momento culminante del dolor. Su nombre es Niké. Echad una mirada a vuestro alrededor, hermanos. Ahora mismo nos encontramos en el citado recinto. Y la diosa está con nosotros. Incluso aquí, amigos míos, podemos entregarnos a ella y dejar que sus alas nos eleven.

Alguien pasó la información al enemigo. Nunca supimos quién. Los siracusanos izaron a León y estuvieron

torturándole durante tres días. No voy a contar lo que le hicieron, me limitaré a decir que lo realmente atroz vino más tarde.

Le arrojaron al fondo. Yo estuve junto a él, abrazándole, toda la noche, mientras otros acercaban sus cuerpos para mantener el calor. Cinco días más tarde reemprendió sus enseñanzas. Nadie se acercaba a oírlas. «¡Pues las impartiré al viento!», exclamó. Y eso es lo que hizo. Me situé delante de él; el único acto de mi vida del que estoy realmente orgulloso.

Otros imitaron mi comportamiento, conscientes de que con ello firmaban la condena a muerte de León ytambién la suya.

Los siracusanos izaron de nuevo a León. Cuándo lo soltaron otra vez, habría jurado que estaba muerto. Hice todo lo que estaba en mi mano para protegerle del frío; entre todos reunimos un montón de trapos. Pasada la medianoche, se movió un poco.

—Este cuerpo no es más que una fuente de problemas.

¡Qué alivio sería deshacerse de él! —dijo.

Durmió durante una hora y luego recuperó el conocimiento, sobresaltado.

—Tienes que proseguir con mi historia, Pommo. Tú eres la única persona en la que confío.

Me dormí meciéndole. Cuándo me desperté, estaba ya frío.

En una ocasión, de niños, habíamos ido a jugar a lapelota a un campo llamado el Aspis, situado fuera de las murallas, junto al santuario de Atenea Tritogenea. Imagino que conocerás el lugar, Jasón. En el camino hay una pendiente donde los carreteros dejan que sus carros cojan velocidad para el ascenso hacia la puerta de poniente. Por aquel entonces contaba yo nueve años, al igual que mis, compañeros, pero León, que apenas había cumplido los seis, nos había suplicado tanto que le admitiéramos que al fin decidimos que se juntara al grupo. De repente, una de las pelotas salió del campo y fue rebotando hasta el camino de los carreteros. León fue tras ella. Vi Cómo corría a campo traviesa. A diferencia de otro muchacho de su edad, él era

consciente de que se precipitaba hacia el camino de un vehículo cuyas enormes ruedas de roble no tenían posibilidad de maniobra. El no conocía el miedo. Emprendí una desesperada carrera y conseguí alcanzarle a tiempo. Bajo la lluvia de improperios del carretero, levanté a León yle golpeé hasta dejarle el cuerpo ensangrentado, añadiendo a la paliza mi propia invectiva, más violenta aun que la del carretero, por haberme dado un susto de muerte. Cuándo nuestro padre le preguntó aquella noche por qué tenía un ojo a la funerala, mi hermano no soltó prenda. A pesar de todo, yo recibí una buena paliza, y otra al día siguiente cuándo de los inocentes labios de mi hermano salió una réplica perfecta de mi diatriba del día anterior.

Sin embargo, allí, en las canteras, no podía salvarle de su propio valor.

Lo sepulté, como mejor pude, en el recinto más profundo, en la morada de la diosa. Cualquier discurso habría resultado superfluo, salvo la simple enumeración de sus hazañas. Él había sido, sin excepción alguna, el soldado más valeroso y la persona mejor que había conocido en mi vida.

A la mañana siguiente me llamaron. Me izaron con la polea. Me avergüenza confesar que la muerte seguía aterrorizándome. Pero lo que más me hacía sufrir era no vivir el tiempo suficiente para que Alcibíades recibiera su merecido. «Que los dioses me conserven la vida y no permitan que confiese ningún nombre.»

La polea me llevó al borde de la cantera. El suelo estaba plagado de dientes. Hacía calor. Las moscas se agolpaban revoloteando sobre determinados puntos, manchados de sangre o atestados de trozos de carne, dedos de las manos y de los pies. Vi unas planchas sobre las que destripaban a unos hombres atados. Junto a éstas, otros bancos en los que había esparcidos instrumentos como los que se usan en prácticas quirúrgicas. Identifiqué entre éstos algunas cuchillas y rompehuesos. No conocía la función de los restantes. Un poco más allá vi una serie de postes de

ejecución. En aquel momento no había nadie atado en ellos, pero sus aristas y la piedra caliza de la base eran un hervidero de moscas. No muy lejos se levantaban las tiendas y un círculo de piedra, donde los guardianes comían. A su lado habían montado un matadero en miniatura, en el que sacrificaban pollos y palomas para su consumo. Me pareció ridículo que hubieran dispuesto los mataderos de hombres y aves de corral casi juntos. Tuve que soltar una carcajada.

Un guardián me pegó un zurriagazo en los riñones. Me empujó hacia delante. Otros preguntaban cómo me llamaba.

Tuve que repetirlo una y otra vez mientras consultaban la lista.

—Polémides, ¿hijo de Nicolaos de Acarnas?

—Sí.

—¿Hijo de Nicolaos?

—Sí.

—¿De Acarnas?

—Sí.

—Es él. Me lo llevo.

Estas últimas palabras fueron pronunciadas por una voz que yo no había oído antes. Me volví y descubrí a un joven robusto, con un antojo rojizo en el rostro, un par de jabalinas en la espalda y un xyele lacedemonio en la cadera. Era el escudero de un guerrero espartano. Se plantó delante de mí, y me tendió un cuenco de madera que contenía un poco de vino en el que nadaba un puñado de cebada.

—No te lo tragues de golpe, pues perderás el conocimiento. Moja pan ahí dentro.

Tenía las manos libres y en las muñecas notaba aún el hormigueo producido por los grilletes.

—¿Quién eres? —le pregunté en tono suplicante.

—Cómete el pan —me ordenó.

Observé detenidamente su cara, consciente de que la había visto antes, aunque sin recordar dónde. El joven me estudiaba también a mí, sin compasión, sopesando cuánta fuerza podía quedarme y hasta qué punto soportaría lo siguiente.

—Sirvo al polemarca Lisandro de Esparta —dijo—. Por clemencia de los dioses, se te perdona y se te ordena que me acompañes por mar a Esparta.

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