Vientos de guerra

Steven Pressfield · Capítulo 29 de 54

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Vientos de guerra

XXVIII la Colina de los Delfines

XXVIII

LA COLINA DE LOS DELFINES

Dos veces empezó y dos veces le falló la voz, tan abrumado se sentía por el espectáculo que se extendía ante sus ojos. Cuando se interrumpió por tercera vez, quienes se apretujaban en las primeras filas empezaron a jalear.

—¡Que hable! ¡Que hable! —gritaban, y la multitud que abarrotaba el lugar unió sus voces de inmediato en un inmenso rugido de estímulo.

Cuando cesó el alboroto, Alcibíades volvió a tomar la palabra, tan bajo al principio que los heraldos, situados a intervalos para trasmitir sus palabras a los que habían subido a la colina, debían volverse a los lados y repetirlas también a los compatriotas que tenían cerca, e incluso a los que estaban más próximos al orador que ellos.

—No soy… —empezó a decir Alcibíades, y, cuando volvió a titubear, los heraldos optaron por repetir tal cual aquel comienzo de frase:

»No soy…

… el hombre que era…

… el hombre que era…

»… hace un momento, al subir a esta plataforma. —Una vez más, los heraldos lanzaron la frase en todas direcciones. Alcibíades consiguió al fin entonar la voz y, haciéndoles señas para que se alejaran, retomó el hilo del discurso—. Tenía pensado adoptar el papel de salvador. Presentarme ante vosotros como alguien que puede liberaros facilitándoos la alianza con ese imperio cuya riqueza y poderío naval os llevará a la victoria que no habéis podido obtener hasta ahora por vuestros propios medios. Iba a dirigirme a vosotros como un caudillo y exigiros un voto de fidelidad para el esfuerzo en que nos vamos a empeñar. Pero veros así… —Volvió a fallarle la voz—.

Veros, compatriotas, me parte el corazón. Me abruma la vergüenza. No sois vosotros quienes tenéis que pronunciar un voto, sino yo. No sois vosotros quienes tenéis que servir, sino yo. La Atenas que me exilió… —Una vez más, Alcibíades, asiéndose con una mano a un pilar de la plataforma, tuvo

que hacer una pausa para recobrar la presencia de ánimo—. La Atenas que me exilió se ha esfumado de mí memoria. Vosotros sois mi Atenas. Vosotros y eso… —Hizo un gesto que abarcaba el cielo, el mar y la flota—. A vosotros y a todo esto ofrezco mi voto de lealtad.

Un clamor que era mitad sollozo y mitad grito de aprobación se elevó de la muchedumbre, desde los que se apretaban en las primeras filas hasta la periferia de la audiencia. A sabiendas o no, Alcibíades había dado expresión al pesar y la angustia por la patria que, tanto aquellos hombres como su recuperado líder, sentían tan remota como Océano y despojada no sólo de sus hijos, sino de su alma, incomprendida y maltrecha.

—Si he ofendido a los dioses, y no cabe duda de que lo he hecho, imploro su perdón ante vosotros. Por su clemencia, y por la fe con que me habéis honrado, juro que ningún poder del cielo o de la tierra, incluidos los ejércitos del infierno, me impedirán dar por vosotros y por nuestra patria todo cuanto poseo. Mi sangre, mi vida, todo lo que soy y tengo, os lo ofrezco a vosotros.

Dicho aquello, retrocedió y desapareció entre el nutrido grupo de oficiales que habían subido a la plataforma.

El muelle era un clamor unánime de entusiasmo y aprobación.

A continuación, habló Trasíbulo, al que siguieron en el uso de la palabra los generales Diomedón y León. También se dirigieron a la asamblea representantes de los nautai y los infantes. Los ánimos aún estaban encendidos tras el golpe y el contragolpe que habían sacudido Samos hacía apenas unos días, en respuesta al levantamiento que había derrocado el gobierno de la metrópoli. A esas alturas, todo el mundo sabía que en Atenas la democracia había sido secuestrada. Los asesinatos y los actos de terror habían acobardado al demos, y el régimen que se llamaba a sí mismo de los Cuatrocientos se había enseñoreado de la Asamblea y de la voluntad popular, proscribiendo de la participación política a la ciudadanía. La exasperación de la flota iba en aumento ante los rumores de las atrocidades perpetradas contra ciudadanos libres, los arrestos y ejecuciones ilegales, la confiscación de propiedades y la derogación de la constitución de Clístenes y Solón. Los hombres de Samos temían por sus familias y por su patria, que aquellos tiranos, como aseguraban informes recientes, planeaban vender al enemigo para salvar la propia piel.

Ahora, eufóricos por el regreso de Alcibíades, los presentes reclamaban acciones y sangre a gritos. ¡Rumbo a Atenas! ¡Muerte a los

autócratas! ¡Viva la democracia!

Los soldados de infantería empezaron a golpearse los muslos y patear el suelo; en los barcos, los marineros hacían crujir los puentes y las cuadernas de sus naves; en los muelles, los pies de los infantes de la marina hacían temblar el puerto, e incluso las mujeres y los niños producían tal estridencia de chillidos y silbidos que resultaba imposible oír a quienes intentaban acallarlos. Dos taxiarcas se pusieron en pie; la pita los obligó a sentarse de nuevo. Diomedón intentó hacer escuchar su vozarrón, pero ni siquiera Trasíbulo, a quien los hombres, que lo respetaban, dejaron hablar, pudo apaciguar el frenesí general. Los soldados de infantería se levantaron y avanzaron hacia las pilas de armas.

La multitud se agolpó junto a los barcos, como si el embarque fuera inminente. Jaleaban a Alcibíades como un solo hombre. «¡Guíanos!

¡Llévanos a casa!»

El desatino de semejante empeño, evidente a los ojos más desapasionados de los mandos, tenía sin embargo un atractivo tan irresistible para los hombres que ningún comandante habría podido disuadirlos ni se atrevió a intentarlo. Ahora, Alcibíades tendría que enfrentarse a aquella locura, de inmediato y echando mano, no de una confianza ganada con el tiempo, de victorias compartidas y respeto ganado a pulso, sino únicamente de su carisma.

—Si navegamos hasta Atenas, hermanos, venceremos a nuestros enemigos en la patria fácilmente y estableceremos un gobierno obediente a nuestros caprichos y gratíficante para nuestra vanidad. —Los hombres vitoreaban y aclamaban. El orador pidió silencio con un gesto, y el gentío se mantuvo expectante—. Pero ¿qué habremos dejado tras nosotros aquí, en el Egeo? Detengámonos a reflexionar, compatriotas, y sí acabamos considerando acertado el propósito que os anima, no transcurrirá otra hora sin que vosotros y yo nos hayamos hecho a la mar para deponer a los usurpadores.

Más vítores y gritos de aclamación.

Alcibíades llamó a la asamblea al orden. Tal fue la expresión que empleó, y obtuvo con ella el efecto deseado. Instó a cada uno de los presentes a imponer a su anárquico corazón el autodominio que diferencia al hombre libre del esclavo y le recuerda que es unser racional, capaz de reflexionar y decidir. A renglón seguido, los exhortó a hacer un esfuerzo y ponerse en el lugar del enemigo.

—Imaginad que sois Míndaro, comandante espartano de Mileto, y que os enteráis de que hemos decidido poner rumbo a casa. No olvidéis, amigos míos, que, antes de que anochezca, los espías que nos acompañan le habrán informado de todo lo que hayamos debatido en el día de hoy…

Fría y racionalmente, Alcibíades les puso ante los ojos la oportunidad que la retirada de la flota brindaría al enemigo, que debía aprovecharla y la aprovecharía sin pérdida de tiempo. Se dirigía a sus oyentes no como un general arengando a sus tropas, sino como un oficial exponiendo su parecer a sus iguales o un hombre de estado disertando ante la ekklesia.

Si dejábamos el Egeo a su merced, los espartanos se apoderarían del Helesponto y cortarían el suministro de grano para las colonias y para Atenas. El enemigo dominaba Lámpsaco y Cícico, y había obtenido la defección de Bizancio. Extendería su poder por toda Jonia y tomaría hasta el último enclave estratégico de los estrechos. Tendríamos que volver de casa de inmediato, simplemente para evitar la depauperación de lo que acabábamos de reconquistar. Y ¿con qué nos encontraríamos a nuestro regreso? No, como en aquellos momentos, un enemigo en el mar, donde le llevábamos ventaja, sino dueño de la tierra firme y encastillado en fortificaciones de las que tendríamos que expulsarlo. Alcibíades preguntó a los hombres si estaban dispuestos a luchar con los espartanos en tierra y en sus propios términos. Y ¿desde qué base? La primera plaza que tomaría el enemigo sería Samos, las mismas piedras y maderos que pisábamos en aquel instante.

A continuación, pasó a exponer la consecuencia más nefasta de nuestra retirada: su efecto sobre el persa. ¿Cómo reaccionaría nuestro benefactor, del que dependía todo, si levantábamos el campo inopinadamente? ¿Seguiría considerándonos aliados fiables en los que podía depositar su confianza?

Tisafernes nos dejaría caer como un águila a unáspid, y volvería a aliarse con los espartanos. No le quedaría otro remedio, pues temería que, libres de nuestro antagonismo, volvieran su nuevo poder contra él e invadieran su satrapía.

—Recordad, esto, hermanos. Atenas será nuestra en el momento en que elijamos tomarla. Pero Atenas no es sus ladrillos y sus piedras, ni siquiera la tierra sobre la que alza. Atenas somos nosotros. Esto es Atenas.

El enemigo está ahí —proclamó señalando hacia el este y el sur, las ciudades ocupadas de Jonia y el bastión laconio de Mileto—. He venido a

luchar contra los espartanos y peloponesios, no contra mis compatriotas.

¡Y por los dioses que os haré luchar contra ellos!

Un murmullo avergonzado recorrió la muchedumbre, que al f n cayó en la cuenta, no sólo de su propia locura, en contraste con la lucidez de Alcibíades, sino también de la habilidad de que había hecho gala su nuevo comandante para quitarles de la cabeza aquel propósito suicida. Hacía apenas una hora que había regresado y ya había conseguido preservar a la patria. Y lo que era más, se decían los hombres, se había enfrentado a sus deseos sin ayuda y con una temeridad férrea que nadie más habría podido mostrar. Saltaba a la vista que las aguas habían vuelto a su cauce y que los hombres agradecían la firmeza de la mano de su caudillo y comprendían el estrecho margen en el que les había hecho virar y volver la popa al desastre.

—Pero si os lo dictan vuestros corazones, hermanos, poned rumbo a Atenas ahora mismo. Pero antes mirad allí, a ese espigón que los samianos llaman el «Gancho». Porque voy a fondear mi barco en él, y juro por Niké y Atenea Protectora que caeré como el rayo sobre la primera nave que intente hacerse a la mar, y después sobre la siguiente, hasta que alguna consiga echarme a pique. Quien quiera navegar hacia Atenas tendrá que pasar sobre mi cadáver.

La aclamación que saludó aquellas palabras fue tal que consiguió acallar el tumulto que la había precedido. Adelantándose de inmediato, Trasíbulo disolvió la asamblea y ordenó que los hombres volvieran a sus tareas y todos los trierarcas y jefes de escuadrón se presentaran en la comandancia de la flota.

Dicho cuartel general se hallaba instalado en la antigua aduana, que se llenó de oficiales, cuyo número, contando capitanes de barco, comandantes de infantería y oficiales, ascendía a más de cuatrocientos.

Tras unos momentos de confusión, Trasíbulo, Trasilo, Alcibíades y los taxiarcas se instalaron en una sala contigua, empleada en otros tiempos para almacenar decomisos y ahora mástiles y velas de repuesto, costillas para los cascos y todo tipo de aparejos y elementos de madera para la flota. Varios comandantes tomaron la palabra y dieron su parecer sobre las cuestiones más urgentes. Para Protómaco, lo principal era obtener fondos; había que pagar a los hombres, que llevaban meses desmoralizados; Lisias consideraba imperativo proseguir el adiestramiento; Erasínides llamó la atención sobre el deficiente estado de los barcos; otros expusieron sus

propias preocupaciones, a cual más acuciante. Parecía que las quejas sobre las condiciones de hombres y naves no se acabarían nunca.

Alcibíades cambiaba de postura con movimientos tan leves que resultaban casi imperceptibles. El alboroto cesó de golpe. Enmudeciendo como un solo hombre, los oficiales se volvieron espontáneamente hacia quien, si técnicamente tenía tan sólo un tercio del mando tripartito, acababa de ser reconocido tácitamente por la asamblea como comandante supremo.

—Apruebo cuanto decís, señores. Las necesidades de la flota son muchas y urgentes. No obstante, hay una que se impone a todas las demás.

Me refiero a aquello que los hombres necesitan por encima de cualquier otra cosa y hemos de darles sin falta ni dilación.

Como un poeta o un actor sobre el escenario, Alcibíades hizo una pausa y consiguió captar con su silencio la absoluta atención de sus oyentes.

—Hemos de darles una victoria.

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