Vientos de guerra
XI Mantinea
XI
MANTINEA
De no haber sido por mi hermano, no habría ido a Mantinea. Él se encontraba en Orcómenos, con Alcibíades, y me hizo llegar un mensaje.
Está a punto de librarse la mayor batalla de la historia. Intentaré reservarte un puesto, si te apresuras.
Hay que hacerse cargo de la topografía del Peloponeso para comprender el peligro que corría el estado de Esparta de no haber resistido aquel día. Desde Mantinea, los argivos y los aliados, caso de haber salido victoriosos, habrían recorrido la llanura hasta Tegea, para dirigirse hacia el sur, a Asea y Oresteón, desde donde se abría a la espada todo el valle del Eurotas. Los siervos de Esparta se habrían alzado, y suponían diez veces más efectivos que sus dominadores. Los muchachos y las mujeres de Esparta habrían perdido la vida bajo las azadas y azadones. Los defensores, aliados con lo que quedara del Cuerpo de los Iguales, hubieran resistido hasta exhalar el último aliento y perecido luego en un inaudito baño de sangre.
Llegué la mañana de la batalla, en el séquito, con Telamón y nuestros mesenios, tan abatido por la fiebre que lo mejor hubiera sido para mí viajar en el carro con los infantes, las mujeres embarazadas del campamento y las astas de lanza de repuesto.
Jamás había visto tantas tropas ni tan preparadas. En una ocasión, de niños, León y yo nos habíamos dedicado a juguetear tras los corredores en la carrera de la antorcha de las Panateneas. Les seguimos desde la estatua del Amor de la Academia, donde los participantes encendían sus teas, hacia la Puerta Sagrada, cruzando el ágora, pasando por el altar de los Doce Dioses y dando la vuelta desde allí a la Acrópolis, camino del Heracleion, y durante todo el recorrido vimos una inmensa aglomeración. Pues aquello no era nada comparado con Mantinea. Todo el ejército de Argos se encontraba
en pie de guerra, encuadrado por su cuerpo más selecto, los Mil, así como las tropas de Mantinea, regimiento tras regimiento, los cleonenses y orneanos, los aliados y las tropas a sueldo de Arcadia, con mil hoplitas de Atenas, dispuestos en «posición defensiva», para no obstaculizar la paz. Y
además, o eso parecía, toda alma viviente de la Argólida capaz de arrojar un dardo o lanzar una piedra, cinco o seis por cada hoplita.
Nos cruzamos con los mesenios detrás del resto de las tropas. Yo estaba completamente mareado, vomitando como un perro. Sin embargo, tenía que armarme de valor, de lo contrario no podría volver a mirar a la cara a mis compañeros. Apenas había empezado, instigado por Eunice, cuando vi a León que frenaba el caballo en la parte de arriba. Llevaba un banderín de' guía y arrastraba una segunda montura, una yegua que, según me contó, había arrojado al suelo al jinete.
Tenía que montarla para llevar los despachos. Alcibíades había dado órdenes de que ese puesto no lo cubrieran aquel día los pajes sino los oficiales. Alcibíades no se encontraba allí como mando (había perdido las últimas elecciones para el Consejo de Generales de Atenas), sino como enviado. Evidentemente, se trataba de una distinción gratuita, puesto que cada cargo que cubría pasaba a convertirse en el centro y la médula espinal simplemente por la entrega que le dedicaba. Así arrancó la batalla.
Se había producido un falso comienzo tres días antes, un alarde abortado por Agis, quien lanzó piedras antes de establecerse el contacto.
Los espartanos se habían retirado hacia el sur, camino de Tegea. Nadie sabía qué llevaban entre manos. Según los aliados, intentaban inundar la llanura. Corría el mes de boedromión; ningún curso de agua superaba en caudal los meados de un viejo. Pasó un día entero; luego otro. Los aliados tenían miedo de que Agis planeara algo realmente descabellado.
Descendieron por el monte Alesion, una posición inexpugnable, hacia la garganta de la llanura, al norte del bosque de Pelagos. Corrió el rumor de que los espartanos avanzaban desde el sur con todos los equipos y armas que podían acarrear. Eso cuando llegué yo. Los aliados se habían situado en formación, ocupaban unos treinta estadios de anchura, lo que impedía el acceso a la llanura.
Circuló luego otro rumor: los espartanos habían retrocedido. No se libraría la batalla; los nuestros también retrocederían. El regimiento de arriba, en el que nos encontrábamos mi hermano y yo, se había congregado bajo unos perales, los únicos cultivos que no habían incendiado los
espartanos porque su fruto no había madurado aún y las tropas, aburridas, se habían dedicado a mordisquear las verdes peras. Aquellos hombres hacían de vientre como los patos. Abandonaban la formación de dos en dos y de tres en tres, siguiendo al parecer la llamada de la naturaleza pero en realidad aprovechaban para levantar el campamento.
De repente vimos un polvillo.
Las volutas ascendían desde el bosque de Pelagos, a unos doce estadios de allí. Al principio parecían producto de la quema de broza en otoño, cuando los olivareros recogen sus montones bajo la cubierta de los árboles y les prenden fuego. Poco a poco, los hilillos se fueron transformando en estelas y éstas, en nubes. Cesó todo el movimiento en nuestra formación. El frente de polvo fue espesándose; iban juntándose las columnas de humo. El paso de treinta mil hombres no podía levantar tal polvareda; el contingente del enemigo tenía que doblar aquel número. Y a pesar de todo, nadie veía el destello de un escudo, ni siquiera a un explorador que hiciera el reconocimiento en primera línea. Polvo y nada más, que ascendía en espesos nubarrones desde las copas de los robles, hasta que el bosque se convirtió en niebla de un extremo al otro.
León se detuvo a mi lado; teníamos que acercarnos a los jefes para recibir órdenes. Me indicó el atajo más rápido. De repente, de forma inexplicable, nuestras tropas empezaron a avanzar.
Se trata de un movimiento que todo el mundo ha presenciado en una multitud congregada. Los soldados en formación a menudo ni siquiera oyen una señal reglamentaria a causa de la algarabía del campo. Cada cual se pone en movimiento siguiendo la acción de los demás; más o menos como les ocurre a los componentes de un rebaño de ovejas o de una bandada de gansos. Fuera como fuese, la formación empezó a moverse.
—Hacia el frente —gritó mi hermano, señalándome la llanura—. ¡Hay que descubrir qué demonios pasa!
Ya he dicho que no pertenezco a la caballería. Además, la yegua era rebelde; cuando intentaba dirigirla en medio del remolino, empezó a brincar y a corcovear. La formación se encontraba entre huertas, como he explicado anteriormente, y las ramas amenazaban con partirme el cráneo, por no hablar ya del bosque de lanzas en alto que tuvimos que superar mientras, con las rodillas y los tobillos, me apretaba al animal al tiempo que clavaba las uñas en su crin. Llegamos a un claro.
Aparecieron las primeras columnas enemigas procedentes de Pelagos.
Luego supimos que los espartanos sintieron un gran pavor al salir del bosque con la súbita arribada del ejército aliado que se precipitaba hacia ellos. Sin embargo, era tal la disciplina y el orden con que se desplegaron en formación de batalla que fuimos nosotros y no ellos quienes quedamos paralizados de miedo.
Volví a nuestro campo, a la propiedad de Euctemón, fuera quien fuese el personaje, lugar donde se habían concentrado los ejércitos aliados.
Aparecieron por la izquierda y por la derecha, aunque no por el centro.
Avanzaban en dos columnas, separadas entre sí por tres estadios de distancia. ¡Por todos los dioses, qué desorden!
Los ejércitos enemigos seguían en formación desde el bosque. Ahora estaba claro el alcance de la movilización espartana. Tan serio era el peligro que suponían era obra de Alcibíades, que el enemigo había recurrido a siete u ocho reemplazos, ocho mil espartanos bajo el mando de los dos reyes, Agis y Pleistoanactes, junto con los Iguales y cuatro de los cinco éforos presentes en el campo de batalla como oficiales de servicio. Habían movilizado asimismo las fuerzas de las setenta ciudades lacedemonias, a veinte mil hoplitas, obligados a «seguir a los espartanos adonde éstos les llevaran», junto con todo el ejército de Tegea, que defendía su patria de origen, los aliados arcadios de Herea y Menalia, además de los ilotas libertos, los brasidioi y los «nuevos ciudadanos», los neodamodeis. Con los argivos, los mantineos y los aliados, nos encontrábamos ante la más imponente concentración de griegos contra griegos de la historia.
Entonces fue cuando vi a Alcibíades. Incluso a distancia se le reconocía por el brío con el que cabalgaba. Por fin surgía el centro aliado, con él y otros oficiales al galope para juntarse con los mandos de la primera línea.
Había despuntado ya del bosque, a unos ocho estadios, el grueso de las fuerzas enemigas. En la extensión que quedaba entre los ejércitos, vimos aparecer, como preludio de todas las batallas, a los muchachos a pie o montados, e incluso se veían por allí muchachas con los ojos fuera de las órbitas. Algunos, dejándose llevar por la emoción del momento, se arrojaban al campo y perdían la vida; otros alcanzaban la categoría de héroes al recoger a los caídos; y muchos merodeaban por allí con el objetivo de registrar los cadáveres. Se oía ladrar a los perros. Las manadas salvajes olían la batalla, pero incluso los sabuesos domesticados, azuzados
por el lastimero lamento que oye tan sólo su raza, se veían empujados hacia el campo para su propia extinción. Corrí hacia los jefes. Se les veía inquietos ante el impecable avance del enemigo.
—¡Ahora! —gritó Alcibíades en medio del estruendo—. ¡Ahora!
La vanguardia del enemigo se encontraba a un estadio. León me pegó un tirón. Los primeros proyectiles empezaron a pulverizar los terrones a nuestros pies; momentos después, las piedras repiquetearon con un estruendo atroz. No me veía capaz de alcanzar a los mandos, esparcidos en sus unidades. Mi hermano me gritó que había llegado el momento de luchar como caballería. Aparecieron nuestros arqueros y lanceros, montones de ellos que se movían de un lado para otro, y detrás, la masa de hoplitas, argivos, mantineos y atenienses, orneanos y cleonenses, así como los mercenarios de la Arcadia; la llanura temblaba bajo sus pies. Empezaban a entonar el paean, el himno a Cástor que sus allegados dóricos, los espartanos, harían suyo momentos más tarde.
A la derecha del campo confluían un cauce seco y los restos de un viñedo incendiado poco antes por el enemigo. Por allí avanzaba la escirítide espartana, una línea de ochenta escudos por ocho de fondo, cuyo lugar de honor se encuentra siempre a la izquierda. A su lado empujaban otras mil seiscientas capas escarlatas, los regimientos que habían luchado en Tracia bajo el mando de Brásidas; ellos y los nuevos ciudadanos, doscientos escudos más que lucían la lambda de Lacedemonia.
A su derecha apareció el Cuerpo de los Iguales. Era inconfundible la precisión de su orden y el esplendor de su atuendo de campaña. Todas las demás naciones de Grecia avanzan en la batalla al son de la trompeta; únicamente los espartanos utilizan aulós, flautas. Éstas, en aquellos momentos, interpretaban el acompasado quejido que en parte es música y en parte grito que hiela la sangre. Agis, el rey, avanzaba por el centro, flanqueado por los Trescientos, la agema de Caballeros. Toda la fuerza, los siete regimientos, progresaba en un solo tono escarlata, con los escudos cruzados y las lanzas, de nueve pies, en alto.
El aire transmitió el grito de «¡Al ataque!». Se animó el ritmo y todos los cuerpos alzaron la voz como un solo hombre entonando el himno a Niké. La formación, con los escudos al frente, perfectamente alineados, se situó al fondo de la llanura. Agarré la crin de mi yegua y empecé a espolearla frenéticamente.
Apareció la formación de lambdas. Los mantineos que tenían que entrar en pugna con ellos se encontraban en un estado de gran frenesí. El miedo les hacía gritar y aporrear sus escudos; sus oficiales, al frente, intentaban en vano controlar la agitación. Dos estadios separaban ahora a los hoplitas. La formación aliada fue derivando hacia la derecha, como haría cualquier ejército, a medida que cada uno de sus componentes busca cobijo en el escudo del hombre que tiene al lado, de forma que nuestra ala se enfrentó a los espartanos en una extensión de un estadio. Una orden atronó en la línea; los flautistas la recogieron; la escirítide se situó en el escalón izquierdo, abriéndose para ajustarse a los mantineos que se aproximaban. Se formó un hueco entre ellos y las compañías contiguas.
Algo había fallado. No avanzaba reserva alguna para llenar el citado vacío.
Los mandos de la escirítide, apercibiéndose de su debilidad, transmitieron con las flautas la orden de volver a la derecha. Demasiado tarde. Quedaba aún medio estadio. Las lanzas descendieron dispuestas al ataque. Los mantineos, lanzando un grito, cerraron filas y se precipitaron sobre el ala izquierda espartana.
De todos los instantes de furia concentrada vividos en aquella larga y amarga guerra, pocos superaron el que nos ocupa, cuando los cuerpos de Mantinea, luchando por su hogar y su patria contra quienes les habían tratado con prepotencia durante siglos, arremetieron contra el sanguinario enemigo, mientras la aislada izquierda de la escirítide y los brasidíoi seguían hombro con hombro, atrincherándose para aguantar la avalancha del othismos.
Mi hermano y yo nos encontrábamos en el límite derecho, con la caballería y los hoplitas de Mantinea. Los espartanos que quedaban permanecían aislados por ambos lados, a la derecha, por el vacío entre ellos y el Cuerpo de los Iguales, y a la izquierda por el ala de los mantineos. He aquí la posición que más teme la fuerza de ataque: quedar rodeada.
Los arqueros y lanzadores de jabalina de ambos lados, a quienes habían adelantado los hoplitas en su avance, inundaban los resquicios, atacándose entre sí y azuzando a la apiñada infantería. Los arqueros se encontraban tan inmersos en la batalla que incluso lanzaban sus astas por encima del hombro de sus compañeros, contra el rostro del enemigo. Y
desde el bando contrario les pagaban con la misma moneda. Las nubes de proyectiles dibujaban arcos que ascendían, caían en picado y desaparecían en medio de las columnas de polvo. Los hoplitas mantineos pasaron
arrasando junto a León y a mí, como trirremes en el mar, efectuando la maniobra «de penetración», acribillando a los espartanos y girándose luego para atacar desde el flanco y desde atrás. El ala enemiga, doblada sobre sí misma, resistía con espectacular valor. Pero la masa de mantineos, diez mil contra menos de cinco mil, los iba hundiendo. El enemigo se agolpaba en la retaguardia. Caía una descarga impresionante sobre sus temblorosas filas, mientras las pesadas armaduras de Mantinea seguían embistiendo con sus filas de treinta o cuarenta hombres de fondo. Estalló un espectacular grito de júbilo en el momento en que los mantineos, hasta entonces intimidados por aquellos dueños del Peloponeso, intuyeron por un instante la derrota de Esparta. Se habría dicho que nada podía impedirlo.
Los aliados hicieron retroceder a la escirítide, a través del cauce seco, por en medio de los árboles, hacia el campo espartano, donde se encontraban los ancianos y los pertrechos. Lo quemaron todo y pasaron a cuchillo a quienes encontraron allí.
El guerrero debe luchar contra el desorden que, en el arrebato de la evidente victoria, le quita el control sobre sí mismo. Encontré a mi hermano y me detuve junto a él. Nuestros propios arqueros nos atacaban a nosotros y a la caballería aliada, movidos por la euforia ante la perspectiva de unos blancos tan expuestos.
—¡Tenemos que cruzar! —gritó León, refiriéndose a la parte izquierda del campo, donde libraban la batalla las tropas atenienses y la caballería.
Reunimos a todos los jinetes que pudimos y nos encaminamos hacia allí.
Una serie de desfiladeros nos impidieron el paso; las tropas ligeras saltaban por allí como langostas. El humo y el polvo hacían irrespirable la atmósfera. Esperábamos que subiendo una cuesta veríamos el choque del cuerpo central. En lugar de ello, nos percatamos de que aquel espacio se había evacuado y quedaban tan sólo en él algunos heridos de Mantinea y Argos. Dirigimos la vista hacia la derecha, en busca de los espartanos en fuga. Tampoco vimos nada.
Pasamos a la izquierda. Podían vislumbrarse, a unos cuatro estadios, las últimas filas del Cuerpo de los Iguales, a Agis, los Caballeros y los siete regimientos. Acosaban a los argivos como hacen los perros con las ovejas.
Lo que infundía más terror era la implacable precisión del avance espartano. Sin la voracidad y el entusiasmo que muestran otros ejércitos en la cumbre del triunfo, antes bien en orden, empujando a un ritmo constante, hacia delante sin tregua. Al igual que la mies se rinde ante la guadaña, los
aliados caían ante el avance de Esparta. Su centro se encontraba a unos cuatro estadios y vencían en toda la línea.
Oí un grito muy cerca de mí. Un jinete fue derribado. Los proyectiles silbaban en nuestros oídos. Las avanzadas del enemigo, ya sin formar en compañías sino como huestes desperdigadas, se precipitaron contra nosotros junto a la orilla. Nuestro grupo salió disparado; mi yegua se plantó de nuevo. León acudió en mi ayuda. Nos saltó encima una multitud de hombres y muchachos; sus flechas y bodoques nos rozaban con el sonido de la rasgadura de una tela.
Llegamos a una zanja, pero en el ascenso de la pendiente mi montura se cayó. Me di de bruces contra el suelo con el animal encima. Mi hermano había salvado el desnivel y seguía espoleando su caballo. En el borde, el enemigo seguía lanzando piedras y dardos. Observé, perplejo, que la yegua se alzaba. ¡Era un caballo de batalla! Me agarré a sus lomos, mucho más lacerados que mi propia espalda. Pero la pronunciada pendiente nos separó de nuevo. Tres muchachos se habían situado en la zanja; eran honderos y se encontraban demasiado cerca para atacar; se dedicaron pues a avanzar y retroceder lanzando blasfemias a gritos e intentando luego cortar el tendón del corvejón de la yegua con sus hoces y a trabarle las patas con las correas de las hondas. En pocas ocasiones había experimentado un terror como el que me infundían los ojos de aquellos mozalbetes sedientos de sangre.
Apareció mi hermano, como caído del cielo, a salvarme, junto con nuestro grupo, el que se situaba a la derecha del campo. La yegua brincó en la zanja.
—¡Eres tú quien debe guiar el caballo y no al contrario! —exclamó León mientras salíamos al galope.
En el límite izquierdo se encontraban nuestros compatriotas y también la caballería, con Alcibíades. Teníamos que llegar hasta ellos, aunque sólo fuera para morir a su lado. Pero en el terreno, como sembrado con puntiagudas estacas, nos esperaban más escaramuzas. Allí arriba éramos unos blancos perfectos. ¡Que me parta un rayo si vuelvo a montar otra vez a caballo! De pronto, los principales cuerpos espartanos invirtieron el sentido de la marcha. Se produjo una de aquellas inconcebibles situaciones que ves a veces en la guerra. El enemigo abandonó la persecución de los argivos y los orneanos y fue en ayuda de los espartanos que se daban a la fuga en su parte izquierda. Eso nos salvó de los honderos que nos seguían la pista.
Pasaron en tropel los hoplitas, dificultando la tarea de nuestros
perseguidores. A caballo, quedábamos fuera del alcance de la infantería pesada de los Iguales. Siguieron avanzando, lo suficientemente cerca de nosotros para que pudiéramos percatarnos de los detalles de los banderines de su unidad e incluso ver los ojos de aquellos hombres a través de las cuencas de bronce.
Por la izquierda, nuestros atenienses habían quedado derrotados; la infantería había abandonado, dejando en manos de la caballería el terreno invadido y defendiendo como podían a los heridos. Vi el caballo de Alcibíades, muerto en el suelo, y algo más allá, en una zanja, su yelmo.
Con la claridad de una revelación, vi que nuestra nación no sobreviviría a tal pérdida. Tal vez el tormento que sentía era fruto de la fatiga. Llevaba horas sin probar bocado. La fuerza había huido de mis brazos al forcejear durante todo el día con aquel animal salvaje, sobre cuyos lomos el traqueteo me había minado toda la resistencia que podía quedar en mis propias ancas y también en las rodillas. Sin embargo, con la lucidez que uno adquiere al agotar su último empuje, el temor que sentía por Alcibíades me pareció de lo más lógico.
Tenía que encontrarle. Tenía que protegerle. Seguí todos los recorridos posibles con mi indómita yegua, cuyo nombre nunca supe ni me preocupé por saber, en busca de Alcibíades.
No conseguí encontrarle. Pero de vuelta al campamento, cuando la caída de la noche aplazó por fin la contienda, apareció procedente del campo, con una armadura de soldado de infantería, que al parecer había sacado de un cadáver en plena batalla y con la que había seguido la lucha durante todo el día. No se despojó de ella; al contrario, se alineó entre las tropas de Argos y los aliados, con el escudo al hombro, negro de sangre, y los ojos que parecían pábilos ennegrecidos.
En la derrota uno aprende quién es su amigo y quién cuenta con él.
Pasada la medianoche, el asistente de Alcibíades nos llamó, a mi hermano y a mí, para que acudiéramos a su tienda. Había reunido allí sólo a sus más allegados: su primo Euriptolemo, Mantiteo, Antíoco, el piloto, Diotimo, Adimanto, Trasíbulo y unos cuantos más. Aquél fue un singular honor en nuestras vidas, en la de León y la mía, y ambos lo tuvimos siempre presente.
Aquélla fue una triste reunión. Las enseñanzas que podíamos sacar de la calamidad se trincharon allí como se hubiera hecho con un pato asado y se repartieron entre la inapetente concurrencia.
La derrota había significado la sentencia de muerte para la alianza conseguida. Mantinea y Elis se encontrarían de nuevo bajo la égida de Esparta, al igual que Patrás, quien vería derribar sus largas murallas.
Resultaría imposible mantener Orcómenos; Epidauro y Sición se irían asfixiando bajo las garras del enemigo. Los espartanos desterrarían o ejecutarían a los últimos demócratas y tomarían como rehenes a los hijos de las familias implicadas. En Argos caería la democracia; en poco tiempo entraría también en el saco espartano.
Alcibíades no habló en toda la noche, cedió la palabra a Euriptolemo, como sustituto suyo, algo que hacía a menudo, pues la compenetración entre los dos primos era perfecta. Euro rogó a su primo que saliera para Atenas al alba. Habían llegado allí noticias sobre la derrota; él tenía que presentarse para resistirlo con honra y ofrecer su apoyo a quienes siguieran a su lado.
Alcibíades no podía marcharse. Debía seguir allí para recoger a los muertos.
—La presa se ha derrumbado, primo —dijo—. No podremos contener la riada.
Nadie durmió aquella noche. Antes del amanecer se organizaron los grupos de recuperación. Se habían aparejado mulas y asnos, incluso monturas de caballería con planchas de madera denominadas «parihuelas de panadero»; se habían reunido los carros de intendencia, a los que se habían juntado otras angarillas y literas; los hombres llevaban capas y mantas con las que iban a transportarse los cadáveres. Los espartanos habían enviado sus sacerdotes de Apolo para santificar el campo y dar un carácter oficial al permiso de recuperación de los muertos. Ellos ya habían solicitado los suyos.
Al rayar el día se entonó el himno a Deméter y Core; los clanes salieron. Alcibíades iba con sandalias y una larga túnica de lana blanca sin emblema ni distintivo de grado. Se le veía serio aunque no abatido. Recogió a los muertos en silencio, trabajando codo con codo con los ayudantes de los soldados e incluso con los esclavos.
En los puntos en que habían vencido los tegeatas y los lacedemonios, los cadáveres de los aliados yacían desnudos. Les habían despojado de su armadura y de las armas; el enemigo les había arrebatado incluso los zapatos.
En cambio en la zona en la que habían triunfado los Iguales, los cadáveres no habían sufrido vejación. Seguían todos tendidos donde habían caído, con el escudo y la armadura intactos. Los espartanos les habían concedido el honor de no sufrir esta humillación. Muchos lloraron, entre ellos mi hermano, al constatar tanta grandeza de corazón.
Al mediodía, Alcibíades se detuvo ante el grupo en el que trabajábamos mi hermano y yo.
—¿Es cierto, Pommo, que recorriste el campo de batalla intentando salvarme? —Alguien se lo había contado; me pareció que aquello le llenaba de alegría—. No sabía que me quisieras tanto.
Repliqué bromeando sobre el hecho de que los infantes le necesitábamos, pues él sabía cómo pagarnos. No rió aquella lamentable ocurrencia; al contrario, nos dirigió una grave mirada, primero a mi hermano y luego a mí.
—En cuanto a la recompensa, lo único que sé yo, amigos míos, es cómo corresponder a los que se muestran sinceros.
Nos dijeron luego que aquella misma tarde Alcibíades había pasado por el límite derecho del campo, la zona donde nos encontrábamos nosotros cuando los mantineos habían desviado la escirítide espartana. Se encontraba hablando con unos oficiales mantineos cuando pasó un capitán de la caballería espartana y paró a su lado.
Era Lisandro. Los dos adversarios conversaron tranquilamente y pospusieron la lucha para después de la tregua. Lisandro hizo hincapié en la magnitud de la victoria de los aliados en aquella parte. De haberse extendido, el resultado habría sido catastrófico para Esparta. «Así de cerca habéis estado de ello, Alcibíades», dijo, al parecer, Lisandro.
Su adversario citó, como respuesta, el proverbio: «Así no se consiguen las coronas».
Y a ello respondió Lisandro: «Que Dios te lo conceda como epitafio»; se dio la vuelta y salió al galope.
Cuando las sombras empezaron a alargarse, los Iguales iniciaron la retirada. Los veíamos despuntar en la pendiente del bosque y dirigirse en columna hacia el camino de Tegea. Agis iba a la vanguardia, flanqueado por los Caballeros, y los siete regimientos le seguían en orden. León señaló hacia allí. Ahí estaba Lisandro; había intentado atraerse la simpatía de su caballería concediéndole el puesto de guardia real. Ésta avanzaba al lado de
los polemarcas, los jefes militares, y los pithioi, los sacerdotes de Apolo. El grueso del grupo seguía su camino al son de las flautas.
Eran ocho mil, todos de escarlata, con las lanzas al hombro, con sus ayudantes, uno por hombre, a su lado, llevándoles el escudo, reluciente como un espejo. Donde nos encontrábamos nosotros, entre el polvo del campo, todos se agachaban en las sombras. Los vencedores avanzaban al sol.
Cantaban. Era un cántico rítmico: «Hemorroides, repelos e infierno», en un tono que denotaba un irreverente desprecio hacia la muerte. Llevaban las lanzas enfundadas, pero sus yelmos destacaban como el oro bajo el sol.
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