La brigada Stonewall
Capítulo VIII
JOHN ROSS se encontraba sentado en la cama, leyendo el periódico de la mañana, cuando David le visitó el sábado, en las primeras horas del día. Sus tobillos ya no estaban hinchados y en la base de sus pulmones no se notaba lo que al principio. La dilatación de las vísceras cardíacas había cedido rápidamente, confirmándose así el diagnóstico original de Preston. De no haber atacado éste enseguida el aumento de tamaño del corazón con el tratamiento oportuno, las consecuencias hubieran podido ser fatales.
Terminado el reconocimiento, David pasó al salón para dirigirse a la puerta de salida de la suite, localizando a Araminta junto a una de las ventanas. Los cristales se hallaban tan empañados, a causa del hollín y las impurezas provenientes de la chimenea del hotel que apenas podía divisarse nada a través de ellos.
—¿Qué es realmente lo que hay al otro lado de estos cristales? —preguntó ella, zumbona.
—Un hermoso día de abril. Las rosas están empezando a abrirse a lo largo de las orillas del río y el césped toma un color verde intenso…
—Y yo aquí, encerrada en esta prisión.
—Por poco tiempo ya. Acabo de decirle a su tío que dentro de unos días ya estará en condiciones de viajar.
—Dejaremos atrás Washington, lleno de intrigas por todas partes, trocándolo por la Nación, donde, probablemente, las cosas son aún peores.
David miró, sorprendido, a la muchacha.
—Yo creí que usted y Lachlan eran unos activos defensores de la causa de la Confederación…
—Lachlan no abriga ninguna duda. Él es como aquellos caballeros de la antigüedad que se lanzaban por los caminos a reparar injusticias…
—¿Y usted?
—Las mujeres cherokees se han sentido siempre muy independientes, David. Cuando vuelva a la Nación, me dedicaré a enseñar en nuestras escuelas… si es que la guerra, por entonces, no las ha destruido.
—Si su tío sigue adelante con sus planes, todavía estarán funcionando, a buen seguro.
—No vaya a hacerse la idea de que no estoy dispuesta a pagar lo que sea por la educación que he recibido, en las escuelas cherokees y en el Seminario Femenino de Mount Holyoke. —Araminta sonrió de pronto. Cambiaba de maneras como los camaleones cambian de color al pasar de la sombra a la luz —. ¿Verdad que ése es un nombre terrible? Se trata de un colegio maravilloso, pero temo que la gente de South Hadley, en Massachusetts, no piense demasiado bien de mí.
—¿Por qué?
—Las tardes de los domingos solía alquilar un caballo en unas cuadras existentes cerca del centro, lanzándome al galope por la campiña, montando a pelo, gritando como un comanche. Los que me oían temían perder, probablemente, sus cabelleras.
—¿Le gustaría poder vivir eso de nuevo?
—Mount Holyoke es parte del pasado, exactamente igual que mi niñez — repuso ella, juiciosa ahora—. Lo mismo también que Carolina del Norte, donde habitaban los cherokees, antes del «Sendero de las Lágrimas». Se ven por allí altas colinas, coronadas por nubes, y valles tan verdes que las reses quedan medio ocultas en las hierbas. —Araminta se encogió de hombros—. Pero, ¿por qué suspirar por algo que no se ha de tener de nuevo? Es como la invitación que tenía para la recepción que daba la señora Lincoln esta tarde… Me había hecho un vestido para esa fiesta y por culpa del Motín de Baltimore ha sido cancelada.
David tuvo una repentina inspiración.
—Yo puedo proporcionarle, al menos, un motivo, un pretexto para estrenar el vestido en cuestión si me acepta una invitación para cenar conmigo en casa de Monsieur Cruchet. ¿No se acuerda que te lo prometí?
—¡Oh, David! ¿Podría ser eso?
—No sé por qué no… Su tío ya no está tan necesitado de cuidados como hace poco.
—¿No podríamos alquilar una calesa para dar un paseo primero? ¡Oh! Ir a Georgetown, por ejemplo… No he estado allí desde que nos vinimos a Washington.
—Desde luego… ¿Vengo a buscarla a las seis?
—Mejor a las cinco. Así, el paseo será más largo.
Araminta estaba esperándole cuando él llamó a la puerta del alojamiento de Ross en el National Hotel. Estaba muy bonita con su vestido de muselina rameada. Se cubría con una capa porque había pensado en el frío de las noches abrileñas. Lucía un sombrero que, por todas las trazas, había sido diseñado por un costurero francés. La multitud de todas las tardes llenaba ya el vestíbulo del National Hotel. Araminta, con mucho aplomo, se deslizó por entre los hombres que la admiraban sin disimulo, y luego David la ayudó a subir a la calesa que había alquilado.
Hacía casi una semana que no había llovido y la Pennsylvania Avenue estaba muy polvorienta, según pudieron apreciar. Dejaron atrás el Palacio del Presidente, que miraba en dirección norte hada el Parque, con los sombríos edificios de unos cuantos departamentos oficiales alrededor, a una y otra parte. Directamente, al otro lado, quedaba la construcción de ladrillos en que se alojaba el Secretario Seward, con los tubos de sus cuatro chimeneas. No muy lejos, se veía la iglesia episcopaliana de St. John, con su campanario y la menuda cúpula. Los Lincoln habían asistido allí a las funciones religiosas, desde su llegada a Washington.
Dejaron atrás uno de los enormes vehículos que transportaban viajeros entre Washington y Georgetown. Araminta sonrió al percibir el coro de admirativos silbidos con que la acogieron los jóvenes asomados a las ventanillas del ómnibus. Más allá del Parque del Presidente, las calles venían a ser como unos caminos campestres, llenos de baches, y la población era una acumulación de viviendas casi sin orden ni concierto. Pero al llegar a Georgetown, después de pasar por un puente de piedra, sobre Rock Creek, Araminta contuvo él aliento, maravillada ante la visión de los saúcos, en plena floración por todas partes.
Había muchos niños jugando en las bien trazadas calles de Georgetown. Grandes macizos de jacintos, campanillas y lilas daban color a los macizos vegetales que bordeaban las casas de ladrillos rojos de la vieja y digna ciudad. Rebasaron los perfectamente cuidados terrenos de Georgetown College, cuyos muros albergaban por entonces unos setenta estudiantes tan sólo, tras la marcha de los del Sur, hacia sus lugares de procedencia.
Como era sábado, los hombres de la milicia no se hallaban dedicados a la práctica de sus ejercicios. Las bocas vacías de los cañones plantados en las alturas de Georgetown, desde donde se dominaba Arlington, eran lo único que hacía pensar allí en la guerra. Unos cuantos soldados de guardia en aquellos lugares se dedicaban a prepararse la cena sobre unas pequeñas hogueras.
Araminta gozaba con todo. Sus ojos centelleaban cada vez que descubría algo nuevo. David se mantenía exclusivamente pendiente de sus reacciones, sin apenas prestar atención a lo circundante. Hasta que al regresar al puente que había de llevarlos nuevamente a Washington, el avance de la calesa se vio entorpecido por una multitud congregada en torno a una plataforma elevada, a un lado de la vía. Por un momento, pensó que podían haber tropezado con un grupo de manifestantes… Cuando descubrió el verdadero carácter de la reunión, su vehículo se encontraba ya rodeado por muchas personas, resultando imposible avanzar.
—¿Qué ocurre, David?
Araminta no estaba inquieta, si bien se había convertido en el centro de atención de numerosas personas. Otras muchas, miraban hacia la plataforma, levantada a unos quince metros de ellas.
—Se trata de una subasta.
Encima de la plataforma había un hombre y una mujer negros, con grilletes en los tobillos y en las muñecas. La piel de la mujer era más clara que la del hombre.
—Me parece que sólo podremos salir de aquí cuando todo haya terminado —añadió David.
—¿Y cómo es que ocurren estas cosas aquí, ahora, en Washington? El señor Lincoln juró acabar con la esclavitud, ¿no?
—Esto es Georgetown —recordó David a Araminta—. Además, el Tribunal Supremo ha dictaminado que el Congreso no tiene poder para prohibir la esclavitud en ningún estado si ya existe de antes.
—Eso lo estudiamos en el colegio… Es la decisión Dred Scott.
—El Presidente Lincoln ha prometido también no emprender ninguna acción con quienes tenían ya esclavos. Él se va a limitar a prohibir la esclavitud en los nuevos estados.
—¿Qué es lo que se puede pedir por estas manos, por este fuerte cuerpo?
La voz del subastador interrumpió la conversación de David y Araminta. Los dos siguieron con atención a partir de este momento la subasta.
Comenzó la puja. Todos se iban calentando. El hombre negro permanecía impasible. Había incluso un gesto de desprecio en su rostro. Finalmente/fue vendido por un millar de dólares a un tipo alto, de rasgos faciales muy acusados, que se tocaba con una chistera.
—Ése es Ebenezer Stroud, el más importante de los tratantes de esclavos en Washington —explicó David a Araminta—. Compra pensando en el mercado de Louisiana, y también en el de Mississippi. Los plantadores de algodón de esos lugares le darán por un fuerte trabajador mil quinientos, o dos mil dólares.
La mujer de la plataforma se había puesto muy pálida. Era bonita. El subastador la obligó a dar un paso adelante. En su voz, ahora, había una inflexión de ironía, una untuosa nota que significaba muchas cosas, las cuales no era necesario traducir en palabras.
—Un buen ejemplar de mujer, señores —anunció—. Sólo tiene dieciocho años y es virgen, de acuerdo con el certificado médico que se pone a disposición de los compradores. Está muy bien enseñada para ocuparse de las tareas domésticas y siempre ha obedecido fielmente a sus amos.
Estas frases fueron acogidas con unas risotadas por parte de tos oyentes. Se inició la puja. La joven fue vendida a una mujer de cabellos rojos, cuyas mejillas aparecían exageradamente recargadas de carmín y de polvos. Lucía un gran sombrero adornado con una pluma de avestruz. Ninguna de estas cosas llegaba a ocultar los estragos que en su cuello había producido el paso de los años.
—Mejor será que nos vayamos —manifestó David—. De haber sabido que Rose McCauley se encontraba aquí no nos habríamos detenido.
—¿Qué es Rose McCauley realmente?
—Pues… todo lo que haya oído contar la gente acerca de su persona. No obstante, tiene fama de ser muy buena con las chicas que compra. Y ciertas muchachas como ésa logran a menudo situarse bien.
—Yo las he visto en Nueva Orleáns en compañía de los hombres de más fortuna.
—¿Por qué no nos vamos ya a Cruchet? Reservé una mesa para las siete.
El Cruchet era un hotel que estaba mucho más de moda que el Willard. Los camareros se disponían a servir la cena ya. Uno de ellos, muy obsequioso, que saludó a David pronunciando su nombre, los acomodó en una mesa de reducidas dimensiones.
—A ti, decididamente, te conoce todo el mundo en esta ciudad —comentó Araminta, sentándose en su silla y quitándose los guantes.
Había estado tuteándole de una manera indirecta. Ahora lo hacía con franqueza, sin rodeos.
David decidió adoptar idéntica actitud. Había estado un poco ceremonioso con ella hasta aquellos instantes.
—Es que vivo aquí —explicó—. Además, durante el tiempo que estuve en Europa me aficioné a la cocina francesa y ahora entiendo algo de ella.
—Yo iba a visitar Europa este verano. Pero esta terrible guerra que nos amenaza y la enfermedad de tío John…
Monsieur Cruchet en persona interrumpió sus palabras. Se pasaron unos minutos discutiendo el menú para la cena. Araminta se inclinó por una especialidad de la casa, canard á l’orange… Dejó bien zanjada la cuestión de los vinos.
—Quiero saborear un rosado de Provenza con la cena —declaró—. Y luego, una copa de champaña. —Observando la expresión de sobresalto de David, la joven añadió—: En Louisiana solemos tener champaña cuando pasamos en esa plantación el invierno. No obstante, llevo ya algún tiempo ahora sin probarlo.
—Lo mismo me ocurre a mí —admitió él—. Mis quehaceres profesionales no me permiten alternar en sociedad, normalmente.
—Me siento muy a gusto aquí, David —dijo ella, paseando una mirada por el salón, lleno de gente elegante—. Ni siquiera me importa ya que el pato que me traigan esté quemado, ni que el champaña haya perdido toda su fuerza. Estoy decidida también a perdonarte definitivamente, por no haberme reconocido al llegar a la suite de mi tío la primera mañana…
—Llevaba cinco años sin verte —le recordó él—. Cinco años atrás ya eras una linda chica, pero ahora… —David levantó la mano que tenía apoyada en el inmaculado mantel de la mesa, llevándose las puntas de los dedos a los
labios, expresivamente—. [3] Voilà! Une fille incomparable!
David observó en los ojos de Araminta una luz especial al hacer eso, algo indescriptible que aceleró los latidos de su corazón. Llegó el vino pedido a la mesa. El camarero llenó sus copas. Él levantó la suya, haciéndola tintinear contra el cristal de la de Araminta.
—¿Qué te parece? ¿Por quién brindamos?
—Brindemos por la Confederación… Y también porque la guerra llegue a su final enseguida.
La cena fue lo que Monsieur Cruchet les aseguró que sería. Araminta comió con el apetito natural en una joven de su edad. El champaña animó aún más los centelleos de sus ojos. Mientras la miraba, David se descubrió a sí mismo olvidando su propia incertidumbre a la vista de la firme convicción de ella, de su seguridad sobre el triunfo del Sur. Sí. Según Araminta, el Sur había de salir victorioso rápidamente de aquel conflicto, conquistando el derecho a seguir su destino como una nación aparte.
Finalizada la cena, se dedicaron a saborear el champaña en compañía de una delicada muestra de la repostería francesa, que Monsieur Cruchet envió a su mesa con sus cumplidos.
De pronto hizo acto de presencia en el centro del salón un hombre ya entrado en años, de anchas espaldas y fuerte armazón óseo, que vestía un uniforme resplandeciente, con brillantes botones y doradas charreteras. Un ayudante y un criado le estaban ayudando a acomodarse en su mesa. Tratábase de un tipo alto, voluminoso. Su corpulencia le hacía andar con cierta vacilación o torpeza. Una vez sentado, se pasó un pañuelo de seda por la frente, cubierta de sudor.
—¿Quién demonios es ese hombre? —preguntó a David la joven, bajando la voz—. Me he dado cuenta de que Monsieur Cruchet le trata como si fuera un rey.
—Es el general Winfield Scott, general en jefe del ejército.
—Yo creí que Winfield Scott había muerto. ¿Qué edad tiene?
—Unos setenta y cinco, creo.
—Da la impresión de contar ochenta y cinco —manifestó ella con la franqueza propia de los jóvenes—. Tío John tiene setenta años, pero hasta que cayó enfermo en la presente ocasión estuvo moviéndose y trabajando con exceso todos los días, más que muchos hombres jóvenes de la Nación.
—El general se ha dado siempre la gran vida.
—Si ése es el hombre que va a mandar el ejército del Norte —manifestó Araminta, moviendo la cabeza lentamente, como si no pudiera creer todavía lo que estaba viendo—, estoy convencida de que el verano próximo sí que podré hacer mi proyectado viaje a Europa.
—El jefe de los Servicios Médicos cuenta ochenta años… El ejército está lleno de oficiales que hubieran debido ser retirados hace tiempo —explicó David—. Pero esta preponderancia de gente vieja no se limita al Norte. Lachlan me ha dicho que un antiguo profesor nuestro, el comandante Thomas Jonathan Jackson, va a ingresar en el ejército de la Confederación, y que hasta es posible que mande las tropas de mi zona nativa, en el Valle de Shenandoah. Si el hombre no supera como estratega sus calificaciones de profesor… me figuro a lo que estamos abocados…
—¿No era ése el profesor del centro que los cadetes tomaban siempre por blanco de sus chanzas?
—Había varios en idéntica situación que él.
—Cuando estuve en el centro, el día de la entrega de títulos a los graduados, Lachlan me enseñó al comandante Jackson. Vestía un uniforme no muy limpio, en el que faltaba un botón. Tuve ocasión luego de hablar con él un rato, durante la recepción, y me pareció una persona sumamente agradable y cortés. —La joven dejó de escudriñar la figura del general Scott—. ¿Cómo es que no ingresaste en el ejército después de haberte graduado en el Instituto, David?
—Por entonces, ya había decidido hacerme médico. Por otro lado, en aquella época, sólo una cuarta parte de los graduados del Instituto se inclinaban automáticamente por el uniforme.
—A Lachlan le gusta la vida militar. Especialmente, le entusiasma el arma de caballería.
—Esperemos que todo esto termine cuanto antes, de todos modos. Cuando tal cosa sea una realidad, me volveré a Preston Cove, al sudoeste de Virginia.
—¿Dónde estudiaste medicina? —preguntó la joven.
—En Philadelphia, en el Jefferson Medical College.
—Tía Mary proviene de Philadelphia, y yo me he detenido frecuentemente por allí, en mis idas y venidas hacia el Seminario de Mount Holyoke. ¿Es verdad lo que suele decirse de los estudiantes de medicina, es decir, que se plantan en los cementerios de noche, robando cadáveres enterrados para proceder a su disección en los centros de enseñanza? Siempre que pasaba por delante de aquel edificio apretaba el paso.
David se echó a reír.
—Creo que todo eso es un cuento.
—Pues en Inglaterra sí que lo hacen. Yo lo he leído en alguna parte.
—Me he dado cuenta de que Lachlan te llama alguna vez por otro nombre, Araminta. Es que… Me parece que no sé pronunciarlo.
—Sequoyah es un sobrenombre cherokee. En realidad, Sequoyah fue un gran erudito, que nos dio el primer alfabeto cherokee. En el colegio siempre ocupé los primeros puestos, de modo que mis familiares empezaron a llamarme así. —Araminta sonrió, cerrándose sus ojos levemente—. Y, desde luego, el hecho de que yo siempre he sido inquieta, traviesa, hacía aquel apodo apropiado, aun aplicado a una princesa.
—No sabía que los cherokees se sintieran inclinados hacia la realeza.
—Nuestro gobierno es de tipo republicano, pero yo desciendo de una
auténtica reina: [4] Cofitachequi.
—No me pidas que pronuncie ese nombre. ¿Quién era ella?
—Cuando los españoles, a las órdenes de Hernando de Soto, entraron en nuestro país, fueron guiados por la Señora de Cofitachequi, una reina entre los cheraws, que capturaran en Carolina del Sur. Era llevada en una litera, por mujeres esclavas, y guió a los hombres de De Soto por el Winding Star Trail, adentrándose así en la zona montañosa.
—Pero eso ocurrió hace trescientos años…
—Trescientos veinticinco, para ser más exactos. Leí el relato de la expedición de De Soto durante el último curso, en el colegio. Me enteré así de que el grupo abandonó las tierras de los cheraws, en Carolina del Sur, el mes de mayo de 1539. —En la voz de Araminta se notó a continuación un dejo de amargura—. Trescientos años antes de que el Presidente Andrew Jackson obligara a los cherokees, como si hubiesen sido unas manadas de ganado, a cruzar el Mississippi para dirigirse a las tierras que hoy poseen.
—Vuestro pueblo tiene perfecto derecho a sentirse amargado —convino David—. Hallándonos en el Instituto, oí muchas veces a Lachlan hablar de ese desplazamiento.
—La Señora de Cofitachequi condujo a los hombres de De Soto a las montañas cuyas cumbres estaban cubiertas de nubes…
—Las que hoy son denominadas Great Smokies, ¿verdad?
—Sí. Habiéndose detenido la expedición en una aldea cherokee, para pernoctar (la aldea se llamaba Guasili, cerca de donde se encuentra hoy Franklin, en Carolina del Norte), la Reina de los cheraws pudo escapar. Tras la marcha de los españoles, sin embargo, abandonó su escondite, quedándose con los cherokees. Mi familia desciende de ella por el lado materno.
—Lo cual te convierte en una princesa…
De repente, la mirada de ella se tomó dura.
—¿Lo dudas?
—No me he permitido dudar de eso un momento. Yo he visto en Europa princesas, y reinas… Ninguna de ellas era tan bonita como tú.
—Nunca había oído, dirigidas a mi persona, unas palabras tan gratas, David.
Araminta pronunció esta frase con voz un poco enronquecida, que delataba su emoción.
—Pues me alegro mucho de haber sido yo quien las pronuncie.
La joven echó un vistazo al reloj de pared situado encima de la puerta del comedor.
—¡No es posible que sean ya las nueve! —exclamó.
—¿Tú crees que tía Mary se sentirá preocupada?
—¿Sabiendo que estoy contigo? Desde luego que no. No obstante, habremos de irnos…
Ante la puerta del alojamiento de Ross, en el hotel, ella le dio su llave, pero dejó caer una mano sobre el brazo de su acompañante antes de que éste la introdujera en la cerradura.
—He de darte las gracias, David, por esta noche. Nunca me había sentido más feliz.
Araminta se empinó sobre las puntas de sus zapatos para besar a David, pero lo que empezó siendo una caricia fraternal, de aprecio, se trocó de pronto en algo muy distinto.
—¡Oh! —exclamó ella, empujándole, abriendo mucho los ojos, arrebolada, más linda que nunca. Seguidamente, dejó oír una risita nerviosa —. Es mejor que te apresures a abrir la puerta, David. Las mujeres cherokees son muy impetuosas y si se presenta alguien por aquí y me ve en tus brazos se producirá un terrible escándalo.