La brigada Stonewall

Frank G. Slaughter · Capítulo 75 de 89

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La brigada Stonewall

Capítulo VIII

 

 

EN los sótanos de una iglesia situada a unas diez millas al sur de New Market, se encontraba una importante ruta que corría hacia el este desde el camino de portazgo del valle hasta Richmond, pasando por el Blue Ridge, y el área virginiana del valle. En aquellos sótanos se encontraba David vendando el pie a uno de los chicos del Instituto Militar de Virginia. Caía la tarde del 14 de mayo de 1864. El joven formaba parte del regimiento de doscientos quince estudiantes del Instituto, que habían pasado a integrar las fuerzas confederadas con grado de oficial. A ellos se agregaban algunos hombres, pertenecientes a dicha escuela, más treinta y dos cadetes que prestaban servicios con los cañones de dos bocas que habían pasado a reemplazar, en algunas zonas, a las piezas de artillería anticuadas.

El cadete, que se apellidaba Battalion, iba en camino para juntarse a un ejército de cerca de cuatro mil hombres que avanzaban desde el sudeste de Virginia hasta Staunton para hacer frente a una fuerza militar de seis mil. El general Franz Siegel, que era el jefe de este cuerpo, buscaba evidentemente apoderarse de la estación del ferrocarril central de Virginia. Era claro que una vez en manos federales aquel punto vital de comunicaciones no sólo quedaría suprimido el abastecimiento de Richmond, sino que los soldados federales podrían trasladarse al valle por tren, lo cual agregaba rapidez a las maniobras y evitaba el cansancio de los hombres, que en tal caso podrían llevarse con celeridad a través del Blue Ridge para formar otro eslabón de la cadena de hierro que en torno a Richmond estaba tendiendo el general Grant.

Agresor, como siempre, el general Ulysses S. Grant se disponía a lanzar un ataque abrumador contra Richmond, con intención de capturar la capital confederada y ofrecérsela en bandeja al Presidente Lincoln, quien debía convencer a un electorado poco entusiasta en los ya próximos comicios de noviembre. Con típica tenacidad de bull dog, Grant estaba completamente resuelto a tomar Richmond mediante un ataque frontal a través de la zona del desierto.

Las órdenes recibidas finalmente por David se habían retardado, de acuerdo con los propios términos de su telegrama, que Lachlan Murrell había cursado. La respuesta aceptándolo y destinándolo temporalmente a la unidad sanitaria que se encargaría de los cadetes del Instituto Militar de Virginia le había llegado unas horas antes de que los chicos hubiesen comenzado su marcha para unirse a las tropas del general Breckinridge en Staunton, la cual intentaría un ataque desesperado para detener al ejército federal.

Había llovido casi constantemente desde el momento en que el cadete Battalion dejara su escuela cuatro días antes entre aclamaciones y bandas de música. Iba en formación con otros cadetes que, como él, habían sido destinados a las tropas de Breckinridge y en el punto de partida habían desfilado, con los cañones de doble boca delante, bien engrasados de manera que no chirriaran sus ruedas. Todo el pueblo de Lexington había despedido a los cadetes elegantemente vestidos con sus vistosos uniformes. Espectacular y estimulante como había sido la despedida, puso ánimo en el pecho de los nuevos soldados de la Confederación; pero ahora, tras la lluvia incesante y el progresivo acercamiento a la zona donde sería preciso luchar con gran bravura, se habían atemperado un poco los entusiasmos de los chicos, algunos de los cuales apenas contaban dieciséis años.

Cuando David ya estaba concluyendo el vendaje, un mojado cadete de la avanzadilla entró en el sótano de la iglesia y saludó militarmente.

—Acaba de llegar un mensaje para usted, doctor. —Como tantos en el ejército del Sur, el cadete no estaba muy seguro de dar al médico su exacto rango militar cuando se dirigía a él—. El general Breckinridge quiere verle en su cuartel general cerca de New Market tan pronto como pueda usted llegar hasta allí.

David se apoderó de un trozo grande de pan y algo de tocino, envolviéndolos en un pedazo de tela impermeable y guardó la reserva en un bolsillo de su capote, para hacer uso de ella durante el viaje de diez millas que tenía por delante hasta llegar al cuartel general. Una vez hecho eso se puso de inmediato en camino. Cuando había andado durante unos noventa minutos se presentó en el cuartel general de la división, que se hallaba en una cabaña de madera de dos habitaciones, un poco al sur de la ciudad de New Market. Por la puerta entreabierta podía ver al general trabajando sobre un mapa que tenía ante su vista y, mientras esperaba ser recibido, se preguntaba por qué le había mandado llamar. Acaso se hubiese producido algún cambio en las órdenes que le habían asignado a la unidad sanitaria encargada de los reclutas del Instituto y se quería que pasase a las unidades médicas de la división durante la batalla que ya se avecinaba.

El comandante general John Cabell Breckinridge tenía entonces cuarenta y tres años y era un hombre extraordinariamente guapo que había sido ya vicepresidente de los Estados Unidos bajo el Presidente Buchanan. Se había presentado en las elecciones de 1860 contra el propio Presidente Lincoln, con un programa político que sostenía las bondades del esclavismo y la necesidad de respetar los derechos de cada estado. Tras la elección consiguió alcanzar un escaño en el Senado en representación de su estado natal, Kentucky. Allí se quedó hasta diciembre de 1861.

Aunque Breckinridge había trabajado sin descanso para conseguir que los estados del Sur permaneciesen dentro de la Unión, sus, excolegas del gobierno de los Estados Unidos le expulsaron por traidor, aun cuando acababa de negarse a aceptar un cargo en el ejército confederado. Por esta razón, el ánimo de Breckinridge cuando del Norte se trataba, era el de un amargado.

David le había visto varias veces cuando ambos estaban en Washington. Al ser introducido en el despacho del general, a los diez minutos de su llegada al cuartel general, no encontró que Breckinridge hubiese cambiado mucho desde entonces. Sólo podía apreciarse un gesto más rígido alrededor de su boca.

—Tome asiento, mayor. Le atenderé a usted enseguida —dijo el general en jefe. Pero tardó varios minutos en terminar la lectura de las hojas que tenía ante sí, porque aparentemente se trataba de algo que debía estudiarse con cuidado. Al cabo de ese tiempo se inclinó y, poniendo los papeles sobre la mesa dibujó debajo su rápida firma.

—Tengo entendido que ha servido usted a las órdenes del general Jackson, comandante —dijo finalmente.

—Durante dos años, señor: desde Harpers Ferry hasta Chancellorsville. Era el jefe del l.er Hospital de Campaña del Segundo Cuerpo ya en la primera Batalla de Manassas y seguí en ese cargo hasta que un fuerte ataque de malaria me tuvo al margen, hace de esto poco más de un mes.

—¿Y ha estado ausente del servicio por causa de enfermedad?

—Estuve en coma por casi un mes, señor.

—He visto alguna malaria invernal en Baton Rouge —dijo el general Breckinridge levantando las cejas con gesto extrañado—. Pero pensé que eso no ocurría tan al norte en los meses más fríos del año.

—La enfermedad es, en efecto, menos frecuente en los meses invernales, especialmente en el norte —admitió David—. Pero yo la contraje con gran fuerza en el 62 y tuve una recaída el verano siguiente, también grave. A partir de entonces creo que he quedado propenso a las recaídas. De todos modos, me vi expuesto a un gran enfriamiento en marzo y estuve delirando durante bastante tiempo a partir de entonces.

—Me alegro de que se haya usted repuesto y de poder, en consecuencia, contar con su ayuda, comandante. Se me ha dicho que adquirió usted especialización en Europa y que por tal causa el general Jackson lo tenía como consejero.

David sonrió.

—Nadie le daba muchos consejos al general Jackson, con excepción, tal vez, del general Lee. Pero es cierto que en algunas ocasiones me invitó a formar parte de un consejo de asesor amiento. En ocasiones en que trabajaba sobre alguna estrategia particular.

—Yo soy nuevo aquí y desconozco esta zona, de modo que quisiera que usted desempeñase a mi lado el mismo papel que al lado del general Jackson, comandante. Según me ha dicho el general Imboden, la próxima línea de defensas hacia el sur, después de New Market, se halla en Lacey Spring, por la zona donde usted acaba de dejar a los cadetes. ¿Está usted de acuerdo en eso con él?

—Totalmente, señor. Si dejamos que los federales tomen New Market…

—Ya lo han tomado, mayor. Me propongo ahora arrojarlos nuevamente de allí, impidiendo así que el general Siegel continúe hasta Richmond a través de Luray y Sperryville. La pregunta es ésta: ¿Cómo hacerlo?

—La técnica militar del general Jackson consistía en atacar siempre.

—¿Y usted sigue aconsejando esa técnica?

—Sí, señor. En absoluto. —David vaciló un momento—. Pero confío en que no irá usted a lanzar a los cadetes del Instituto Militar de Virginia al frente de batalla.

Breckinridge le dirigió una mirada dura, pero no pareció ofenderse por la brusquedad de David.

—Esos jóvenes representan lo mejor que el futuro puede dar a Virginia, en muchos aspectos, señor. El Sur los necesitará mucho cuando la guerra haya terminado.

—Pero nosotros también necesitamos una victoria que defienda las posiciones del general Lee contra el ataque de Grant y que mantenga en alto nuestra moral militar, comandante. ¿Sabe usted lo que significa cargar con el mando de fuerzas constantemente derrotadas?

—Creo que no, señor.

—Pues yo sí. Primeramente traté de evitar la guerra y para eso quise aferrarme al Congreso tanto tiempo como pudiese. Como recompensa me declararon, por votación, traidor a la patria. Luego fui derrotado en Shiloh, Chickamagua y Missionary Ridge. Ahora que cuento con un ejército equivalente a los dos tercios del que tiene el general Siegel, estoy resuelto a no dejarme vencer por un inepto general de la Unión.

Breckinridge volvió a inclinarse sobre la mesa sobre la cual se hallaban los planos y en la que había estado tomando unos apuntes.

—Pero estoy dispuesto a hacer una concesión, comandante: los cadetes se hallarán en la segunda línea del ejército. —Puso su nombre bajo una orden que se hallaba sobre la mesa y se la extendió a David—. Buenas noches, comandante. Lleve, por favor, esta carta al coronel Shipp que manda el regimiento de cadetes. Ha de adelantarse para juntarse conmigo de inmediato.

David saludó, retirándose. Era casi la medianoche cuando volvió al campamento de los cadetes para presentarse al oficial de guardia, que era un remoto pariente suyo y uno de los cuatro oficiales tácticos del regimiento. Le habían herido en los primeros meses de la guerra y como consecuencia de ello le faltaba un brazo. Más tarde le nombraron instructor de tácticas militares en el renombrado Instituto Militar de Virginia y ahora estaba junto a sus cadetes.

—De modo que mañana será el día —dijo el oficial de guardia f El general Breckinridge no pierde tiempo.

—Calcula que tenemos dos hombres por tres de ellos. Lo cual es bastante mejor que la situación que generalmente ha afrontado hasta ahora nuestro ejército en una batalla.

—¡Sargento de Guardia! —gritó el capitán Preston (pues llevaba el mismo apellido que David) llamando al oficial cadete que estaba a cargo de los piquetes que vigilaban el campamento—. Que el tambor mayor ejecute el redoble largo. Abandonaremos de inmediato este lugar.

Hacía ya meses que David no oía el atronador redoble de los tambores llamando a las unidades a prepararse para la acción, señal que se conocía en todo el ejército como el «redoble largo». En este caso, aunque los tambores estaban húmedos por causa de la ininterrumpida lluvia, pudo sentir la misma excitación a pesar de que el sonido era sordo. También comprobó que volvía a correr por él un súbito sentimiento de aprensión, que asimismo le invadía mezcladamente siempre que se acercaba la hora.

Faltaba aún media hora para que rayara el alba cuando los cadetes, tras una breve pausa para desayunar y una final inspección de los equipos, llegaron a un punto situado a casi una milla de New Market. Por mandato del general Breckinridge, se encaminaron hacia la izquierda del camino de portazgo del valle, formando una línea en ángulo recto con él, tras una baja cadena montañosa llamada Shirley’s Hill. Desde allí podían ver la línea de frente de la infantería desplegada un poco más atrás de la cúspide de la colina y, a lo lejos, alguna que otra escaramuza ocasional que probaba la fortaleza de las retaguardias. Ligeros tiroteos provenientes de allá, podían oírse en el aire quieto.

La artillería confederada —compuesta, según se informaba, de dieciocho cañones— ya estaba emplazada a la altura del paraje llamado Bushong Hill; y los dos cañones de la división de cadetes fueron colocados de manera tal que respaldaran al grueso de las tropas, sobre el flanco derecho, en medio de las aclamaciones entusiastas de los cadetes. David, que iba a caballo, siguió a los hombres encargados de disponer el exacto lugar de tropas y cañones, esperando ver a John Imboden o a Lachlan Murrell antes de que diera comienzo la lucha. Encontró a la familiar y fortachona figura de Imboden ayudando a colocar uno de los cañones que formaban parte de la artillería confederada.

—Eres un buen augurio —le dijo el oficial de caballería dándole calurosamente la bienvenida—. Con tres veteranos de Jackson aquí, no podemos perder.

—¿Aunque luchemos dos contra tres?

—El Viejo Jack hubiese pensado que en tal caso nuestras posibilidades eran enormes. —Pero Imboden se puso bruscamente serio—. De todos modos, quisiera yo que contáramos con unos cuantos centenares de veteranos del viejo Ejército del Shenandoah y con la Brigada Stonewall en vez de los cadetes. Mi hermano pequeño se hallaba entre quienes ayudaban a colocar esa pieza de artillería.

—Sabía que estaba en el Instituto de Virginia. Lachlan me lo dijo.

—De modo que te has casado con la hermosa princesa, ¿no es verdad? He oído a menudo a Joe Stannard contar cómo se te movían los ojos el primer día de vuestro encuentro en Harpers Ferry, cuando atravesaron el río con los Ross y Lachlan Murrell. ¿Dónde está tu esposa ahora?

—En Preston’s Cove. Bueno, en lo que ha quedado de Preston’s Cove.

—No sabía que los yanquis hubiesen hecho incursiones por esa zona.

—No fueron los yanquis, sino los «cuellos amarillos» desertores de nuestro propio bando. Quemaron la casa y mi madre murió de dolor unas semanas más tarde.

—Lo siento mucho, David —dijo el oficial de caballería—. Recuerdo que la vi en Lexington antes de la guerra y —era una verdadera dama. Con todo, creo que muchas más casas arderán aún, cuando Grant descubra que el valle del Shenandoah ha sido hasta ahora nuestra mejor fuente de suministros y abastecimientos para el ejército que se halla en Richmond. Sabrás que ha sembrado la destrucción a través del Mississippi con el fin de tomar Vicksburg.

—Estoy seguro que tratará de tomar Richmond a cualquier costo.

—En ese caso tal vez tengamos suerte de hallarnos en el ejército.

—Pedí anoche al general Breckinridge que no lanzara a los cadetes al frente de batalla…

—¿Y qué te respondió?

—Que comenzaría por ponerlos en segunda fila. Y yo espero que allí los mantenga.

—Quiera Dios que pueda. Breckinridge ha tenido que actuar en una larga serie de batallas perdidas, de modo que acaso vea en ésta una oportunidad para desquitarse y recobrar prestigio.

—Así me lo confesó él mismo anoche.

—No puedo decir que su actitud se presta a la crítica. Trató por todos los medios, siendo vicepresidente, de mantener al país unido y sin guerra para obtener a cambio que el Senado le declarara traidor a su país, que quiso defender preservándolo de la guerra. Eso tiene que haberle afectado profundamente. ¿Qué piensas del campo de batalla?

—No lo había visto desde la última vez que luchamos bajo Jackson.

—No estarías muy seguro si te asomaras a ese lado para mirar ante ti, ahora; pero puedo darte una idea de lo que será dentro de muy poco. — Inclinándose, el oficial de caballería tomó una vara, empezando a dibujar sobre el terreno un burdo mapa de las operaciones—. El camino de portazgo del valle corre entre North Fork y el río Shenandoah por un lado y un arroyuelo tortuoso llamado Swift’s Creek, por el otro. La ciudad de New Market está justamente delante de nosotros y esto es Shirley’s Hill, donde están localizados los cadetes.

Imboden trazó una cruz a la izquierda.

—La batalla comenzará sin duda cuando el general Breckinridge ordene a nuestros hombres descender por la ladera más apartada del Shirley’s Hill.

—¿De modo que los federales ocupan aún la ciudad?

—Con dos regimientos de infantería y cerca de trescientos hombres de caballería. Yo tuve que replegarme ayer por la tarde por orden de Breckinridge —• dijo Imboden—. Siegel tiene una fuerte batería un poco más allá, a la altura del cementerio; pero el grueso de sus fuerzas se halla más al norte, para proteger a su vanguardia de infantería.

—Parece un buen esquema para una marcha de flanco de aquellas que tanto gustaban al Viejo Jack.

—Es lo que trataré de hacer yo mismo. Si puedo hacer un amplio círculo con la caballería, que incluya el arroyo llamado Shirley’s Creek, tal vez consiga meter a Siegel en una trampa. —Imboden trazó otra línea sobre la arena—. Aquí hay un puente que cruza el río Shenandoah y no está muy lejos. Si puedo inutilizarlo, los federales se encontrarán en un callejón sin salida, con el río a las espaldas.

—A Jackson le hubiese gustado esa estrategia —dijo David—. ¿Pero no están esos arroyos propensos a crecer mucho con las lluvias?

—Atravesar el arroyo no será tarea fácil, es cierto. Deséame buena suerte —añadió Imboden—, porque, mi buen amigo, creo que la necesitaré.