La brigada Stonewall
Capítulo IV
—¿DÓNDE diablos te habías metido? —preguntó Joe Stannard cuando entró cojeando en la zona de campamento del l.er Hospital poco después de quedar éste instalado. El que en un tiempo fuera vistoso uniforme del abogado estaba lleno de polvo y su cara se hallaba cruzada por las huellas que las gotas de sudor habían dejado al barrer la tierra que la cubría.
—Aquí estoy, para servirte, como siempre —le dijo David—. ¿Estás herido?
—Me torcí un tobillo tratando de subir a una colina cercana a la ciudad llamada Oak Ridge. Tuvimos una ligera refriega por allí esta tarde.
—Sí; se podían oír los tiros cuando llegamos a Gettysburg —dijo David —. Déjame quitarte el zapato de modo que pueda ver ese tobillo.
La lesión era bastante importante, de modo que el tobillo se veía muy hinchado y pálido.
—Te acostarás aquí y te pondremos un vendaje húmedo con sal de Epson sobre el tobillo esta noche para ver si reducimos la hinchazón —dijo David a Stannard—. ¿Quieres que te ponga en la lista de los heridos y en consecuencia se te releve de la acción?
—¡No, demonios! La verdadera refriega vendrá mañana. Lo de esta tarde no fue más que eso que los italianos llaman antipasto.
—¿Qué sucedió?
—Los yanquis ocuparon una posición sobre McPherson Ridge al noroeste de la ciudad. Parte de la división de Rodes, perteneciente a nuestras fuerzas llegó aquí desde Carlisle a la una.
—Partieron por la noche. El resto de nosotros llegamos poco después.
—Rodes desplegó a sus hombres a lo largo de Oak Ridge, al noroeste de Gettysburg para oponerlos a los yanquis del general Abner Doubleday. Hubo bastante jaleo en Oak Ridge, pero los federales fueron reforzados por el grueso del ejército de Meade, que subía hacia el norte desde Taneytown y Rodes estaba siendo repelido hacia atrás. Cuando el resto de nosotros llegó de York, el Viejo Jube usó su artillería y lanzó al mismo tiempo su infantería, y así pudimos arrollar 9 la fuerza federal de manera parecida a la que resultó cuando Jackson arrolló a Banks en el valle la primavera pasada. Se dispersaron y corrieron hasta Cemetery Hill. Por un momento aquello tenía todo el aspecto de una derrota; pero pudieron reagruparse. A esa altura el Viejo Baldy Ewell encajó un tiro en la pierna… de palo.
—Gracias a Dios.
—¿No ve usted que ahora estoy en mucho mejores condiciones que antes para pelear?, —le dijo el Viejo Ewell al general John B. Gordon, que iba junto a él—. Y no duele absolutamente nada una bala en una pierna de palo.
—A menos que no se proyecte sobre la sana.
—Creo que Ewell se quedó un poco sobresaltado, con todo —manifestó Stannard—. Me dijo Sandie Pendleton que el general Lee le ordenó que presionara a eso de las tres sobre Cemetery Hill. Pero si el Viejo Ewell recibió la orden, no la obedeció: los federales están en posesión de esa parte ahora y también parte de Cemetery Ridge, aquí arriba. Lo cual significa, siempre según Sandie Pendleton, que los yanquis mantienen una línea de unas tres millas de largo que tiene la forma de un anzuelo. Y la mayor parte está en alturas, lo cual los coloca en excelente posición.
—Ya nosotros en una mala.
—En la peor posible.
Joe Stannard extrajo un pequeño mapa de uno de sus bolsillos y lo extendió delante de ambos para estudiarlo a la débil luz del fuego que había hecho Hal.
—El flanco derecho de la Unión está aquí, en Culp’s Hill, y el otro flanco sobre otra elevación situada al sur de Cemetery Ridge, en el lugar llamado Little Round Top.
—¿Cuál es nuestra posición?
—Estamos en este semicírculo que tiene seis millas de largo y se halla en la parte exterior del anzuelo. Nuestro flanco derecho está en Cemetery Ridge, lugar opuesto a Little Round Top. El izquierdo está desplegado en los arrabales de Gettysburg, a lo largo del arroyo.
—Lo que no puedo comprender es por qué el general Lee ha sido llevado a ocupar una situación tan adversa para sus fuerzas —dijo David.
—No tiene la culpa. Sólo puede sacar el mejor partido de lo que ha sido desde el principio un mal asunto. El general Jeb Stuart todavía está, según parece, en algún lado al este de aquí haciendo su pequeña guerra personal y el general Lee ni siquiera sabía a ciencia cierta dónde estaba Meade hasta que la brigada de Pettygrew vino hacia aquí desde Seminary Ridge a buscar zapatos para sus hombres y se encontró con los federales que se aproximaban por el este. Pettygrew se replegó para que el general Lee conociera la situación y esta mañana la división de Heth fue enviada a ocupar Oak Ridge, justamente al noroeste de Gettysburg.
—¿Ya había decidido el general Lee luchar aquí?
—Todavía no. Pero cuando Heth se enzarzó con los yanquis, decidió que fuera así, de modo que trasladó su cuartel general a un punto situado al norte de Hagerstown Pike.
Stannard hizo correr su dedo por el mapa, siguiendo el curso de la cadena montañosa marcado en él.
—Lo que hace de Gettysburg un punto tan importante es el hecho de que se trata de una ciudad en la cual convergen diez caminos. Pienso que se podría decir de esta zona que es un campo de batalla natural.
—Con una serie de alturas adecuadas para una lucha. Es triste pensar que casi todas ellas están en manos federales. ¿Qué crees tú que haría el general Jackson en estas circunstancias? —preguntó David.
—Algo muy parecido a lo que está tratando de hacer Lee: flanquear a los federales por el norte de la ciudad, por la zona llamada McPherson’s Ridge y cortarlos en pedazos. Luego enfrentar al enemigo en Cemetery Hill y aplastarlo antes de que pueda utilizar su artillería.
—¿Por qué Meade no recibe orden de avanzar con sus tropas a través de Gettysburg y contraatacar desde el camino Carlisle? Parece raro.
—No lo es, porque no tendría seguridad de salir bien parado: la colina Culp está en poder nuestro y nuestra artillería podría inmovilizar a Meade en Cemetery Hill.
—¿Pero por qué, entonces, no nos situamos nosotros en esa elevación en lugar de permanecer aquí abajo?
Stannard se encogió de hombros.
—Lee deja esos detalles al cuidado de sus generales y la pierna le está causando de nuevo grandes sufrimientos al Viejo Baldy Ewell. Tal vez Lee quiera que se conserve esa posición hasta que A. P. Hill y el general Longstreet lleguen con refuerzos mañana. Acaso espere también que de una vez se presente Stuart. ¿Quién sabe?
—¿Has podido enterarte de lo que ha sucedido hoy?
—Mucho es lo que se dice por ahí, como es costumbre. En resumen parece ser que los ejércitos en cierta forma tropezaron uno con el otro en Gettysburg. Los federales llegaron primeramente, sin embargo; de modo que no tardaron en apoderarse de las posiciones estratégicamente más importantes. Esto es lo que da ventajas a Meade. Y lo peor de todo es que si Stuart ha hecho lo que se supone debía hacer y Longstreet está amoscado porque el general Lee rechazó su plan de batalla para fortalecer nuestras fuerzas al este de Tennessee, de manera que Grant no pudiese apretar las tuercas sobre Vicksburg, podríamos haber ganado ya la batalla por Pennsylvania.
—¿Y tal vez la guerra?
—¿Quién podría decirlo? Pero, de todos modos, habríamos tenido una oportunidad. Tal como son las cosas, la caballería federal que avanzaba al frente del grueso del ejército de Meade se encontró de pronto con la división del general Heth que avanzaba hacia el este desde Sachtown, temprano por la mañana. En lugar de mantener posiciones y esperar que Lee decidiera el lugar donde quería entablar la batalla, los muchachos se pusieron a luchar. Entretanto, el general en jefe de las fuerzas de la Unión, aprovechaba la circunstancia para apoderarse de todas las alturas que estaban a su alcance y emplazar en ellas su artillería. Ahora tendremos que luchar con casi todas las ventajas del lado de los yanquis.
—¿Cuál es, entonces, el plan de batalla?
—Se supone que el general Longstreet atacará el flanco izquierdo de los federales mañana por la mañana, esperando moverlo y llevándolo a retirarse hacia el norte a lo largo del Taneytown Road o del camino de portazgo de Baltimore. De ese modo se habría cortado en dos las fuerzas enemigas. Ewell y Early, es decir, nosotros, se supone que se ocuparán del flanco derecho de los federales y también del central, e impedir así que Meade lleve tropas a su flanco izquierdo para ayudar a detener a Longstreet.
—Parece buena estrategia. Sobre el papel, al menos —dijo David.
—Pienso que lo es. Pero si Longstreet fuese Jackson, yo me atrevería a esperar que parte de sus fuerzas se enzarzara en una operación de retén por alguna zona cercana al Little Round Top, mientras el resto recorría en un amplio flanco el camino hacia el noreste para cortar el camino de Hanover y enseguida caer por el sur.
—¿Algo así como la Gran Marcha de Flanco del Viejo Jack, que Jackson llevó a efecto en Chancellorsville, cuando tomó a Hooker por la espalda?
—Exactamente.
—¿Dónde está Stuart?
—Lo último que hemos sabido de él es que está en los alrededores de Carlisle Barracks tratando de asustar a un grupo federal.
—Algo más que un grupo… y armados con buenos cañones, amigo —dijo una voz.
Los dos amigos se sobresaltaron, porque estaban rodeados por sombras más allá del pequeño fuego ante el cual se hallaban. La mano de Stannard corrió rápidamente en busca de su pistola, que tenía en la cintura, pero interrumpió el movimiento cuando una figura familiar, de la cual se oía el sonar del sable y las espuelas a medida que se acercaba y que llevaba un gran sombrero, penetró en el pequeño círculo de luz del fuego.
—¡Lachlan! —exclamó David—. ¡Lachlan Murrell!
—Buen par de soldados formáis vosotros —dijo el cherokee—. Si aún fuera un buen piel roja en lugar de oficial formal y un caballero cuyo título emana del Congreso, os quitaría a ambos la cabellera.
Lachlan nunca había tenido aspecto más extenuado ni atuendo menos inmaculado. Líneas muy marcadas de cansancio podían verse en su rostro oscuro, que estaba lívido ahora. Los pómulos le sobresalían extraordinariamente. Se dejó caer sobre una roca cercana al fuego. Sólo sus alegres ojos eran los de siempre.
—¡Demonios! ¿De dónde vienes, comandante?
—De Carlisle Barracks. Hemos corrido como si el propio diablo nos persiguiera. ¿Tienes algo que valga la pena, por aquí, David? ¿Y aunque sólo sea un trozo de pan? No me he detenido a comer ni beber desde esta mañana muy temprano.
David llamó a Hal Perkins, quien a poco trajo una botella de whisky intacta y un poco de carne y pan.
—Quisiera cocinar algo para usted, comandante Murrell —dijo Hal—. Pero no tenemos nada.
—Lo que yo necesito es whisky, comida y sueño, en ese orden —afirmó Lachlan—. De modo que si tienen algunas preguntas que hacer antes de que me caiga dormido, caballeros, háganlas cuanto antes.
—¿Cuándo llegará aquí Stuart con su caballería? —preguntó Stannard.
—Si tiene suerte, mañana. Es lo que vine a decir al general Lee.
—¿Qué estabais haciendo en Carlisle? —inquirió David—% Nosotros capturamos el whisky que estás bebiendo hace varios días.
Lachlan llevó la botella a los labios y bebió un largo trago.
—No me extrañaría que ya os quede poco.
—Aún no has contestado a mi pregunta.
—Ni a la mía —dijo Stannard.
—Supongo que podría decirse que el general Stuart cometió un pequeño error de cálculo —admitió Lachlan—. Pensó que si podía hacer un poco de ruido cerca de Washington y Baltimore, los federales iban a dividir sus fuerzas.
—Eso me parece sensato —aseguró Stannard—. Pero en verdad pienso que en Washington y en Baltimore se sabía más de eso que lo que sabíamos nosotros desde aquí.
—Efectivamente, así era. Los periódicos de ambas ciudades reclamaban a Hooker…
—Ahora es Meade quien lleva el mando.
—Lo sé. Sin duda para no moverse a zonas muy distantes de Washington y llegar hasta aquí en Pennsylvania, el general Hooker pidió ser relevado en esta campaña.
—No creo que hayamos salido ganando. Según mis informes, Meade es tan obstinado como Grant.
—Tal vez. —Lachlan se puso de pie, desperezándose y bostezando—. Hace un par de días, el sargento Walheim se las arregló para intervenir el telégrafo entre Gettysburg y Baltimore y así nos enteramos de que parte del Ejército de Virginia del Norte estaba ya en Carlisle y York, de modo que Stuart pensó que Lee había decidido flanquear a Meade en Gettysburg y cruzar el Susquehanna en Wrightville.
—Lo hubiésemos hecho —dijo Stannard—. Pero los yanquis dañaron el puente al retirarse y no había tiempo para ponerlo nuevamente en condiciones de ser usado antes de que se nos ordenara volver a Gettysburg de nuevo.
—Eso lo supimos en York, de modo que nos trasladamos a Carlisle — añadió Lachlan—. Stuart pensó que el avance hacia Harrisburg aún podía intentarse desde Carlisle, así que avanzamos por la margen izquierda del Susquehanna esperando encontrar algún puente que pudiésemos retener hasta que el general Lee llegara con el grueso de sus fuerzas. Pero cuando llegamos a Carlisle, resultaba obvio que la batalla que estaba por librarse tendría lugar en Gettysburg, de modo que se me envió a decir al general Lee que Stuart estaría aquí mañana.
——¿A tiempo para decidir las cosas a nuestro favor? —preguntó David.
—¿Quién podría decirlo? —dijo Lachlan—. Pero si el viejo Stonewall Jackson fuera quien llevase a cabo este espectáculo, puedo aseguraros que las cosas serían de otro modo y la estrategia más flexible.
—Jackson deseaba ardientemente invadir el corazón del Norte mediante movimientos rápidos e imprevisibles —dijo David—. Tal vez su alma vigile las cosas, situada un poco a las espaldas de Lee.